Bajo el mismo techo.
By LadyCornamenta.
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Capítulo 4: Noche en casa de los Cullen.
Cuando salí del trabajo, Edward me esperaba con el reluciente Volvo estacionado a solo unos pasos del local de los Weber. En el momento en que entré al automóvil, me di cuenta que su actitud no había cambiado para nada desde su última advertencia. Por ese mismo motivo, nos dirigimos a mi casa en un incómodo y pesado silencio, que yo no tenía intención de romper. Apenas estacionó en frente de mi vivienda, bajé torpe y apresuradamente del auto. Subí dando trompicones a mi cuarto y comencé a meter algunas de las prendas que Alice me había comprado en una vieja mochila. Corrí al baño y guardé algunas cosas personales como el cepillo de dientes y mi peine. Me miré al espejo y me pasé rápidamente los dedos por el cabello para emparejar un poco mi extraño peinado. Luego me colgué la mochila al hombro y comencé a andar escaleras abajo. Cuando volví a salir al jardín, Edward seguía frente al volante, aunque con la cabeza levemente echada hacia atrás. Entré al auto, y se irguió rápidamente. Sus ojos verdes ni siquiera me miraron cuando arrancó el vehículo con un leve rugido del motor.
El camino transcurrió en el mismo silencio sepulcral que antes, sólo que ahora podía sentir las miradas furtivas de Edward sobre mi persona. Estaba tan incómoda, que me sentí totalmente agradecida cuando vi la imponente casa de los Cullen erguida frente a mí. A medida que Edward avanzaba con el Volvo, veía de más cerca las inmaculadas paredes blancas, reluciendo contra la espesa vegetación que adornaba la casa. Pronto viró hacia la derecha del camino y estacionó el auto en un amplio garage, donde ya se encontraban otros tres vehículos que me dejaron con la boca abierta.
Cuando salí de mi sorpresa, vi que Edward ya estaba de pie a mi lado, con la puerta abierta, en aquella actitud de caballero tan propia de él. Me bajé y pronto me sentí insignificante frente a tan magnánima vivienda. Edward pasó con su elegante andar a mi lado pero, antes de que siquiera llegara a la puerta, Alice ya la había abierto y nos esperaba con una sonrisa en el pie de las pequeñas escaleras de mármol.
¿Cómo sabía que estábamos allí?
Pronto se acercó a nosotros dando pequeños saltitos. Debe haber visto mi cara de confusión, porque enseguida soltó una risita.
—Os vi llegar desde la ventana —comentó con una sonrisa, y se puso bien derecha para pasarme un brazo por los hombros y guiarme dentro de la casa.
Si la casa de los Cullen me había impresionado por fuera, por dentro me había dejado sin habla. Los muebles de roble contrastaban con las inmaculadas paredes blancas iguales a las del exterior y el piso de brillante mármol. Grandes ventanales de cristal —que incluso llegaban a cubrir toda una pared— permitían que la luz se filtrara por las habitaciones, dándole una luz cálida a cada rincón del hogar. Todo se veía extremadamente bello y reluciente, como los rostros de los dos muchachos que ahora iban a mi lado.
Alice volvió a soltar otra risita, supongo que de mi expresión de sorpresa.
—Ven a dejar tus cosas, Bella —me pidió con una alegre sonrisa.
Seguí a Alice, que con su grácil andar se dirigió al segundo piso, tan hermoso como la planta baja. Caminó por el largo pasillo, y me quedé sumida en la decoración elaboradísima de cada rincón. Casi no me di cuenta cuando empujó una de las tantas puertas que parecían multiplicarse a lo largo del pasillo. Cuando ingresamos, otra vez me volví a sorprender por lo que veía. La habitación era un conjunto de colores y pequeños adornos brillantes por doquier que, sin embargo, combinaban en una alegre armonía. Sin dudas, todo aquello me recordaba a la pequeña muchacha que se encontraba a mi lado. La cama poseía un colorido acolchado, y lo que más se distinguía era el enorme placard con afiches, adornos y dibujos rodeándolo. Un moderno televisor, un ordenador sobre un escritorio y un llamativo sofá completaban la elaborada decoración.
—¿Te gusta? —me preguntó animadamente, mientras me sacaba la mochila de las manos y la dejaba sobre el pequeño sofá.
Asentí energéticamente con una sonrisa.
Escuché un golpe en la puerta, y luego vi una cabellera algo despeinada asomarse por la puerta.
La sonrisa burlona de Emmett apareció en su rostro cuando me vio.
—¡Pero si es mi damisela preferida! —exclamó y yo puse los ojos en blanco, aunque con una sonrisa bailando por mi rostro.
—Me alegro de verte, Emmett —respondí, sacándole la lengua y haciéndolo soltar una de sus graves risotadas.
—¿Alice va a someterte a una noche de piyamas? —habló de forma confidente, sabiendo que su hermana lo escuchaba a la perfección.
—Oh, sí, ¿alguna idea para que pueda escaparme? —pregunté yo divertida, siguiéndole el juego.
—Puedo planear un secuestro, si quieres —me comentó guiñándome un ojo, haciendo que tanto Alice como yo riéramos.
—Encantada —respondí.
Inesperadamente, sentí como Emmett me tomaba por la cintura y me alzaba, depositándome en su hombro como si de un saco de patatas me tratase. Solté una risita mientras me tomaba de la parte trasera de su camiseta, al tiempo en que él comenzaba a andar. Con la cabeza hacia abajo, vi como comenzábamos a bajar las escaleras, con Alice detrás de nosotros dando pequeños saltitos. Estábamos en el amplio living, al pie de las escaleras, cuando sentí que Emmett se detenía.
—¿Qué haces, Emmett? —preguntó la perfecta voz de Edward.
Emmett soltó una risa.
—Estoy secuestrando a Bella —comentó despreocupadamente y, desde mi posición, sentí como se encogía de hombros—. Te la robé —agregó—. Ahora es mi prisionera.
—Déjala, ella es la prisionera de Edward —comentó Alice y, desde mi posición, vi su pícara sonrisa.
—Has lo que quieras —escuché la voz de Edward, y luego lo vi pasar por nuestro lado.
Me dirigió una extraña mirada antes de subir las escaleras elegantemente.
El resto de la tarde y las primeras horas de la noche pasaron de forma amena. Edward no volvió a bajar de su habitación y no volví a verlo desde que subió. Alice y Emmett, por su parte, me mostraron los exteriores de la casa y, cuando comenzó a anochecer, me llevaron a la sala a ver un poco de televisión. Alice puso una película romántica que, según había declarado antes de que empezara, era su favorita. La película era una trágica historia de amor, donde una mujer debía sobrellevar la muerte de su esposo, de quien solo le quedaban algunas cartas. Sin embargo, a pesar de la fatal historia, no pude parar de reírme durante toda la película por las imitaciones de Emmett de cada uno de los personajes y las situaciones por las que estos debían pasar. Finalmente, terminé llorando de risa sobre el sillón junto con Alice, dejando de hacerle caso al argumento de la película.
Estaba aún secándome las lágrimas, cuando escuchamos la puerta de calle abrirse y las voces que provenían del vestíbulo. Inconcientemente me erguí en mi lugar, mientras Alice también se ponía de pie, caminando alegremente hacia la entrada. Carlisle hizo acto de presencia en el living, con una hermosa mujer caminando a su lado.
—Isabella, que bueno tenerte aquí —me saludó el doctor Cullen cuando reparó de mi presencia.
—Muchas gracias, señor Cullen —repliqué.
—Oh, llámame Carlisle, por favor —pidió con una sonrisa, haciendo un gesto con la mano.
—Sólo si usted me llama Bella —repliqué yo.
—De acuerdo —aceptó con una sonrisa—, pero te voy a pedir también que por favor no me trates de usted —pidió de forma cordial.
—Lo hace sentir un viejo decrépito —me dijo Emmett de forma confidente, haciendo reír a todos los presentes, incluyéndome.
—¿Tú eres Isabella Swan? —me preguntó la mujer que se encontraba con Carlisle. Poseía el cabello negro y los ojos de un brillante color verde que podría reconocer incluso a metros de distancia, aunque lucían mucho más cálidos que los que yo conocía. Su rostro me resultaba demasiado parecido al de Alice.
Pero aquellos ojos sólo los poseía otra persona.
Asentí, suponiendo que ella debía ser la madre de Edward, Alice y Emmett.
Me sorprendí muchísimo cuando la hermosa y esbelta mujer se acercó a mi lado y me abrazó de forma casi maternal. Me quedé petrificada en mi lugar, hasta que me soltó solo lo suficiente como para mirarme a los ojos.
—Sabes que puedes contar con todos nosotros para lo que necesites, ¿cierto? —aquellas palabras me recordaron a las de Alice, y mis sospechas, sin dudas, quedaron completamente confirmadas.
Asentí con energía, mostrando una sonrisa.
—Si, muchísimas gracias… —dejé la frase inconclusa, ya que no sabía su nombre.
—Esme —se presentó, con una radiante y contagiosa sonrisa.
Sin dudas, aquella era la madre de Alice.
Volvimos al sillón luego de una breve charla con Carlisle, quien me dijo que la situación de mis padres seguía igual que los primeros días, pero que estaban trabajando mucho en ellos. Alice y Emmett se pasaron más de una hora intentando distraerme con sus bromas y peleas y, a pesar de que me sentía mal por mis padres, lograron arrancarme más de una pequeña sonrisa con sus tonterías.
Pronto llegó la hora de cenar. Escuché como Esme, luego de avisarnos que la comida estaba lista, se quejaba de algo y subía las escaleras murmurando para sí, con cierto gesto de preocupación surcando su rostro. Confundida por su actitud, me dirigí hacia el lujoso comedor de los Cullen, donde Carlisle se encontraba ya sentado en la cabecera de la enorme mesa de roble. Alice ocupó su puesto y yo me senté a su lado. Emmett, por su parte, se ubicó frente a su hermana, quien se puso de pie para comenzar a servirnos. Me extrañó bastante el hecho de que no tuvieran ningún tipo de sirvientes merodeando por la casa.
Sin darme tiempo para seguir con mis cavilaciones, pronto Alice se puso a comentarle a Carlisle sobre nuestros primeros días en el instituto, en una conversación en la que también mi incluyó a mi, a sus hermanos y a los Hale. Pocos minutos después llegó Esme con el rostro un poco ensombrecido, pero rápidamente, cuando me vio que la observaba, adornó su cara con una sonrisa que me pareció un tanto forzada. Unos pasos detrás de ella apareció Edward que, con su siempre inescrutable rostro, se sentó elegantemente en la mesa, al lado de Emmett y en frente mío. Comenzó a comer en silencio, mientras Alice seguía con su perorata sobre los profesores nuevos, los compañeros y las tareas que ya nos habían asignado para la semana siguiente.
Cuando terminamos la cena, insistí en ayudar a Alice y Esme a levantar los platos, aún sorprendida por el hecho de que no tuvieran ningún tipo de servicio doméstico con semejante casa.
—A Esme le parece algo innecesario tener alguien que haga cosas que ella puede hacer —comentó Alice, como si supiera que tenía pensado preguntarle aquello—. Es una persona muy hiperactiva.
—Ya sé a quien sales, entonces —comenté en voz alta, haciendo que Alice soltara una suave risita, mientras llegábamos con algunos platos en la cocina.
Terminamos rápido con todo y pronto la más pequeña de la familia me llevó arrastrando hasta su colorido cuarto. Allí me armó una cama para que pasara la noche y me permitió la entrada a su baño personal para que me cambiara. Me puse mi piyama —una blusa de mangas cortas y un short de color verde claro, ya que eran mi ropa de dormir de verano más presentable— y me lavé los dientes. Luego salí a la habitación, donde Alice ya me esperaba, con su camisón rosa, sentada en medio de la cama y con una gran sonrisa pícara. Me hizo un gesto con la mano para que me sentara a su lado.
Ambas nos quedamos largo rato hablando sobre nuestros gustos, nuestra vida y algunas otras nimiedades. Alice era una chica muy divertida y llena de vida, que me hacía sonreír con solo escuchar su cantarina vocecita. Cuándo ya eran alrededor de las doce de la noche, puso un poco de música suave, para no despertar a los demás, y comenzó a acomodar algunas prendas que quería que me probara. Rodé los ojos y le pedí que me esperara, ya que tenía algo de sed. Alice me permitió la huida a la cocina, aunque me temo que solo había sido para darle más tiempo para preparar todo el vestuario.
Intentando hacer el menor ruido posible y guiar mis pies con cuidado en la espesa oscuridad, bajé las escaleras tanteando los escalones con los dedos de los pies y tratando de no tropezar con mis propios pasos, como usualmente me sucedía. Suspiré con alivio cuando llegué a la planta baja y comencé a andar en puntas de pie hacia la cocina. Cuando llegué abrí el refrigerador y tomé un poco de gaseosa. Me la bebí de un largo trago y, luego de lavar el vaso, comencé a subir las escaleras con muchísima cautela otra vez. Aún con cuidado de no hacer ningún ruido, me dirigí al baño del pasillo, para volver a enjuagarme los dientes. Ingresé en el cuarto —cuya ubicación recordaba solo por el hecho de que era la primera puerta luego de subir las escaleras— y creo que me puse pálida cuando vi una figura en el interior, inclinada sobre el lavamanos. Todo sucedió demasiado rápido. Quería gritar, pero ningún sonido salía de mi boca. Di unos pasos hacia atrás, haciendo que sólo se cerrara la puerta con violencia por el contacto brusco, cuando apoyé todo el peso de mi cuerpo sobre ella. El otro ocupante del baño alzó la cabeza y me encontré los ojos verdes de Edward mirarme con confusión.
Seguramente estaba pálida como un papel.
—¿Estás bien? —me preguntó confundido.
¿Siempre iba a preguntarme lo mismo?
Asentí.
—Sí, aunque me he dado un buen susto —comenté, llevándome una mano al pecho.
—Deberías llamar a la puerta antes de entrar —replicó seriamente y yo fruncí el ceño.
—¡Cómo sabía que tú ibas a estar en el baño a las doce de la noche! —exclamé, haciendo grandes esfuerzos por no alzar demasiado mi tono de voz.
Sonrió de lado.
Aquella sonrisa torcida que me dejaba sin respiración.
Me recordé a mi misma que necesitaba tomar aire si quería seguir con vida.
—Bueno, te dejo tranquilo —dije por fin, aunque con bastante dificultad—. Usaré el baño de Alice.
Giré antes de que Edward tuviera alguna posibilidad de replicar; mas, cuando intenté abrir la puerta, la manilla dio un giro completo y quedó en mi mano, separada de la puerta. Miré a Edward con horror, aunque él solo suspiró con resignación, murmurando para sí:
—Parece que Emmett tenía razón con eso de que había que arreglarla…
—¿Qué vamos a hacer? —pregunté, moviendo frenéticamente la manecilla en mi mano.
—¿Tienes claustrofobia? —inquirió seriamente.
Lo miré alzando una ceja y poniendo las manos en mi cintura.
—No, ¿por qué?
—No es algo tan grave, entonces —murmuró, apoyándose en la pared con los brazos cruzados sobre su pecho y desviando su mirada.
Fue en aquél instante en el que reparé que traía una camisa y unos pantalones largos azules como piyama. Los dos últimos botones de la prenda de arriba dejaban ver una porción de piel marmórea. Nuevamente, tuve que recordarme a mi misma que necesitaba respirar si no quería morir encerrada en un baño.
Desvié mi mirada, algo sonrojada, hasta que sentí que era él quien me observaba.
—¿Qué? —pregunté a la defensiva.
—Nada —murmuró él, clavando su mirada en la pequeña ventanita del cuarto de baño, que daba al exterior de la casa, ubicada en la pared opuesta.
¿Y ahora que le pasaba?
Apoyé mi espalda contra la puerta y me dejé deslizar hasta terminar sentada en el frío piso del baño, aún con la manilla en mi mano. Eché la cabeza hacia atrás y traté de luchar contra el sueño que tenía. Los ojos se me cerraban solos, pero, a duras penas, logré volver a abrirlos. Vi que los orbes verdes de Edward me miraban con aquél semblante inescrutable que tanto me incomodaba. En silencio, él también se sentó en el piso, con las piernas flexionadas frente a su pecho a cierta distancia y los brazos apoyados en sus rodillas, en una pose despreocupada que me pareció muy poco propia de él.
Pasamos algunos minutos en silencio, hasta que escuchamos unos sonidos en el pasillo. Luego, unos suaves golpecitos se oyeron en la puerta.
—¿Bella? ¿Estás ahí? —preguntó suavemente la voz de Alice, del otro lado de la puerta.
Giré en mi puesto, sin levantarme del piso y gimoteé:
—Sí, Alice, aquí estoy —suspiré—. Estoy encerrada.
—¿Cómo? —preguntó con notable confusión.
—Emmett tenía razón con lo de la manilla —habló Edward con tono fatigado. Giré mi cabeza para mirarlo.
—¿¡Edward!? —chilló Alice del otro lado—. ¿¡Qué haces tú ahí!?
—No saques conclusiones apresuradas, Alice —pidió Edward con su voz suave como el terciopelo, poniendo los ojos en blanco—. Fue un accidente.
—¡Voy a llamar a Emmett! —chilló Alice—. ¡Se ha salido la manilla! —la escuché gritar intentando controlar su tono, mientras su voz se iba apagando por el pasillo—. ¡Se ha salido la manilla! ¡Se ha salido la manilla!
Volví a suspirar y me preparé para lo que venía.
Cuando Alice volvió, traía a Emmett con ella. Luego de hacer algunos comentarios nada puritanos sobre por qué podíamos habernos quedado encerrados, estuvo largo rato estudiado la puerta. Finalmente, sentenció que necesitábamos un cerrajero que reparara la manilla para que pudiéramos salir.
—¡Que brillante! —comentó Edward desde adentro, con sarcasmo, luego de la veredicto de su hermano.
Giré mi rostro y asomé una pequeña sonrisa que él no pudo llegar a ver.
Emmett y Alice descendieron al living para llamar a algún cerrajero. Igualmente, yo ya había perdido todas mis esperanzas de salir esa misma noche, y creo que Edward también. Después de todo, solo a Alice y Emmett podía ocurrírseles llamar a un cerrajero a la una de la madrugada
Sentí como los párpados comenzaban a pesarme y, corriéndome un poco de la puerta, en caso de que se les ocurriera hacer algo extraño para abrirla, me recosté sobre la misma pared que Edward, aunque con una distancia prudencial separándonos a ambos. Eché la cabeza hacía atrás con cansancio y sentí como los párpados comenzaban a pesarme aún más que antes.
Me desperté y sentí que la luz de la pequeña araña que pendía sobre el techo me daba en el rostro. Cerré los ojos nuevamente, sin poder acostumbrarme a la luz, y, apenas me moví cuando sentí un fuerte dolor en el cuello. Parpadeé, con la cabeza oculta y pude percibir un fuerte aroma dulzón cerca de mí. Embriagador. Esa era la única palabra que venía a mi mente. Luego, intenté otra vez abrir los ojos, y lo primero que vi fue algo azul, demasiado cerca de mi campo de visión. Confundida alcé la vista, y todo lo que vi fue verde. Verde y más verde. Sentí como el corazón comenzaba a latirme con violencia dentro de mi pecho, mientras levantaba la cabeza del hombro de Edward, que aún seguía mirándome con sus intimidantes ojos del color de las esmeraldas.
¿Cómo demonios había terminado durmiendo allí?
—Yo… esto…eh… —intenté, pero creo que ya no quedaban frases coherentes en mi pobre cerebro.
—Está bien —me cortó, con aquella expresión inescrutable.
Nos quedamos en silencio unos segundos, mientras yo me frotaba los ojos con molestia. Entonces, mi mirada se desvió a la ventana y me di cuenta de que todavía podía verse el oscuro cielo nocturno.
—¿Cuánto dormí? —pregunté confusa, evitando la mirada de Edward.
—Casi unas tres horas —replicó con su voz aterciopelada.
—¿Y Alice y Emmett? —pregunté. Temía lo que podían haber hecho.
Dos mentes siniestras como aquellas, juntas, no podían ser nada bueno.
—Emmett ha estado probando sus habilidades como cerrajero, con resultados nulos —relató, poniendo los ojos en blanco. Sonreí por su expresión—. Alice ha despertado, muy posiblemente, a todos los cerrajeros de Forks que, afortunadamente, no son muchos —explicó con voz solemne.
—Bueno, igualmente no creo que dejen de atenderlos por eso —repliqué yo divertida. Él me miró—. En vuestra casa deben estar, por lo menos, la mitad de las puertas de todo Forks.
Vi que por su rostro asomaba otra vez aquella sonrisa torcida y mi corazón volvió a retumbar contra mi pecho, amenazando con salirse del mismo en cualquier momento.
—¡Edward! ¿Siguen vivos? —preguntó la chillona voz de Alice del otro lado de la puerta, sacándome de mi estado de nerviosismo.
Me reí levemente.
—Oh, no, Alice —repliqué yo, con voz teatral—. Edward se me ha ido por el retrete, no he logrado retenerlo.
Del otro lado, escuché la melodiosa risa de Alice y la socarrona risotada de Emmett.
—Así que has logrado que mi hermano se vaya por el retrete, ¿eh, damisela? —preguntó el mayor de los tres Cullen, con su grave voz del otro lado—. ¡Yo lo he intentado durante toda mi infancia y no lo he logrado!
—Eso es porque no tienes cerebro —replicó seriamente Edward.
—Oh, ¡estoy herido! —respondió con tono trágico Emmett—. Me has roto el corazón… otra vez.
No sabía con exactitud cuanto tiempo nos habíamos quedamos hablando idioteces con una puerta de por medio, pero varias veces tuve que sujetarme el estómago, que ya me dolía de escuchar las cosas estúpidas que decía Emmett. Sólo fui conciente de que había transcurrido mucho tiempo, cuando vi que los primeros rayos de Sol de la mañana comenzaban a filtrarse por la pequeña ventana del baño. Entonces, las risas cesaron y puede escuchar unos pasos del otro lado de la puerta que nos separaba del pasillo.
Afortunadamente, Esme pudo ayudarnos telefoneando a un cerrajero al que, luego de pedirle disculpas por la indiscreta llamada de Alice a altas horas de la madrugada, le pidió que por favor viniera cuanto antes. Así lo hizo el hombre que, en menos de quince minutos de trabajo, logró sacarnos del baño. Sonreí avergonzada a Esme, que, cuando salimos, nos miraba a Edward y a mí con cierto aire divertido.
Digna madre de Alice.
Le conté a Esme y a Emmett como habían sucedido las cosas, mientras bajábamos a la cocina para desayunar. Edward desapareció hacia su cuarto y, cuando volvió a bajar, me di cuenta de un pequeño detalle: él ya no llevaba su piyama azul y yo iba por la vida con mi pequeño short y mi camisita verde. Sonrojada, pedí permiso y me levanté de la mesa de la cocina, saliendo del lugar acompañada de la burlona risa de Emmett. De forma atropellada subí las escaleras que llevaban a la habitación de Alice, pero me di cuenta de que había un pequeño problema.
No tenía ni idea cuál era la puerta que llevaba a la habitación de la pequeña de los Cullen.
Comencé a andar e intenté recordar algo de la noche anterior, mas la primera vez que subimos estaba demasiado ensimismada en observar la lujosa y detallista decoración, que ni siquiera había reparado de que puerta había abierto Alice. Me acerqué con vacilación a una de ellas, y me reí de mi misma cuando abrí lo que parecía ser un cuarto de limpieza. Me moví hacia la puerta de mi derecha y me encontré con una habitación. Sin embargo, aquella no era la de Alice. Todo estaba decorado en variadas gamas del azul y prolijamente ordenado. Una cama estaba contra una de las paredes y a su lado, luego de la mesita de noche, se hallaba una biblioteca repleta de libros, así como enorme estantería rebosante de cds. Un sofá parecido al de Alice, aunque de cuero negro, decoraba el costado más cercano al placard, y un enorme ventanal de vidrio daba a un pequeño balcón iluminado por la luz del sol. Algunos modernos aparatos electrónicos complementaban la decoración. Confundida por todo aquello, comencé a andar con pasos cautelosos y me acerqué a la mesa de noche. Había una foto de la familia Cullen, y a su lado otro portarretratos.
Me helé en mi lugar y sentí que mi corazón se comprimía dentro de mi pecho.
Abrazado a una hermosa muchacha de largo cabello rubio, aunque con leves destellos pelirrojos bajo el Sol, estaba Edward. Tenía la sonrisa más hermosa que hubiese visto en mi vida y tenía su brazo alrededor de la cintura de la muchacha. La joven, cuyos llamativos ojos miel parecían tener brillo propio, tenía una sonrisa un poco más desdeñosa, pero no por eso menos bonita. Tomé la foto con cautela y me quedé observando el perfecto rostro sonriente de Edward.
Seguí por un instante de tiempo indefinido allí, hasta que el chirrido suave de la puerta me sobresaltó.
Tuve que hacer grandes esfuerzos para que el portarretratos no terminara hecho añicos en el piso. Lo sostuve con fuerza y me volví, para ver el rostro confuso de Alice. Suspiré aliviada cuando vi que era ella, mientras comenzaba a acercarse lentamente. Su ceño, para mi desconcierto, se encontraba aún fruncido, y su vista voló al portarretratos.
—¿Qué haces con eso? —me preguntó suavemente, como si temiera hablar en voz alta.
Yo estaba completamente confundida por su actitud.
—Yo… entré aquí por casualidad…y lo vi —expliqué, volviendo momentáneamente mi vista a la foto—. ¿Quién es ella? —pregunté luego de un leve silencio.
Alice suspiró.
—No creo que sea yo la indicada para contártelo.
—Pero Alice…
—Yo sé lo que te digo —me cortó, y me sorprendí por su total seriedad—. Será mejor que salgamos de aquí, si no quieres que Edward nos mate.
Dejé el portarretratos en su lugar, y luego sentí como Alice tiraba de mi mano para que comenzara a caminar. Sólo me dejé arrastrar, ya que mi mente no estaba centrada allí para nada. Debía haberme dado cuenta de ello desde el primer instante en que lo vi, desde la primera palabra que me dijo con su voz suave como seda, desde el primer momento en que sus ojos verdes me intimidaron. Es decir, ¿Cómo Edward Cullen no iba a tener novia, si su belleza estaba más cerca de ser algo irreal que humano? ¿Cómo no me había dado cuenta de ello? Era tan obvio.
De hecho, no me sorprendía para nada.
Pero entonces, ¿Por qué sentía aquella molesta opresión en mi pecho?
Y, sobre todo, ¿Por qué de repente quería saber todo sobre aquella joven de ojos miel?
…
Bueno, ¿Qué tal? ¿Qué les pareció? Ya conocemos un poco más de los Cullen, para los que venían pidiendo de ello. La verdad es que es un capítulo que me gusta bastante, sobre todo la escenita del baño. Espero sus comentarios al respecto, por supuesto; espero que les haya gustado tanto como a mí.
Repito lo mismo que dije en el capítulo anterior, solo por si las dudas: Quiero que sepan que no leí aun Breaking Dawn, por lo que les voy a pedir encarecidamente que por favor no me dejen spoiler, ni comentarios ni nada relacionado al respecto. Ni que les pareció, ni que no, ni nada, porque la verdad es que si hay algo que me frustra mucho es que me cuenten los libros que quiero leer. Bah, ustedes me entienden ¿No? Así que ya saben, el que comente Breaking Dawn, directo a la horca jaja.
Bueno, en fin, miles de gracias por los comentarios del capítulo anterior. Me pone más que contenta el hecho de que les esté gustando lo que escribo. ¡Muchas, muchas gracias! En serio.
Saludos para todos.
¡Qué tengan una linda semana!
LadyCornamenta.
