Capítulo 9: Explicaciones Inconclusas

Capítulo 9: Explicaciones Inconclusas.

Me sentía en el mismísimo cielo.

Cuando pude por fin moverme, tuve la intención de llevar mis manos a su nuca, para profundizar aquel placentero y electrizante contacto de sus cálidos labios contra los míos; sin embargo, sentí que su suave boca me abandonaba y clavaba sus inescrutables obres verdes en mí, dejando caer sus brazos a los costados de su cuerpo. Hice lo mismo con los míos, viéndome completamente hipnotizada por sus llameantes ojos y sintiendo que no podía respirar con normalidad. Alice volvió pocos segundos después, con mi bolso entre sus manos y Edward automáticamente se alejó de mí. Algo atontada aún, yo me senté del lado del copiloto y la pequeña de los Cullen arrancó en silencio, mientras Edward se dirigía a su Volvo. Respiré varias veces, con las uñas clavadas en el tapizado, intentando calmar mi corazón totalmente desbocado. ¿Realmente había sucedido todo aquello, o era producto de mi imaginación? ¿Tendría algo la gaseosa que me habían dado mientras estábamos sentadas en a fiesta? ¿Estaba durmiendo?

Dios, ¿¡Qué demonios pasaba!?

—¡…Bella! ¿Estás aquí o en la luna? —escuché la voz de Alice y despegué mi vista del vidrio para mirarla.

—¿Qué?

La vi poner brevemente los ojos en blanco.

—Efectivamente, estás en la luna —se auto-respondió. Me dirigió una mirada de soslayo mientras conducía—. Te diría que vayas despabilándote para cuando lleguemos a casa, porque Edward nos va a dar una bonita reprimenda.

—¿Cómo supo que estábamos aquí? —pregunté confundida. La miré de forma amenazadora—. ¡No me digas que tú…!

—Yo no le dije nada, Bella —me cortó rápidamente Alice—. No sé como lo supo, pero se veía furioso.

Suspiré intentando buscar alguna relación entre todas las actitudes que Edward había presentado aquella noche: prohibirme ir a la fiesta, el ataque a Jacob, el beso y la reprimenda que seguro nos estaba esperando cuando llegáramos al hogar de los Cullen. Me quedé cavilando sobre aquello pero, incluso cuando llegamos a nuestro destino, todo me parecía carente de lógica alguna. Reprimí un bostezo mientras Alice aparcaba el auto frente a la enorme vivienda. Pronto sentimos el sutil ronroneo de un motor cerca de nosotras y vimos como el Volvo se detenía con cautela. Tragué con dificultad mientras descendía del auto de Alice y ambas comenzábamos a caminar hacia la gran puerta de la casa. A nuestras espaldas, claramente, sentimos los pasos de Edward. En completo silencio, los tres ingresamos a la vivienda de los Cullen, intentando no despertar a nadie. Evidentemente, con Alice pensamos en la misma escapatoria de subir las escaleras y librarnos de Edward encerrándonos en el cuarto de la pequeña de los Cullen, pero la aterciopelada voz de él nos detuvo cuando ni siquiera habíamos alcanzado el primer peldaño.

—¿Y bien?

Alice se volvió y yo la imité segundos después.

—Edward, nosotras… —balbuceó la pequeña. Nunca la había visto nerviosa—. ¿Cómo supiste que estábamos allí?

—Sería bueno que, si Black va a llamar, no olvides tu celular —comentó, mirándome fijamente.

Tierra trágame, por favor, por ser tan imbécil.

—Yo… disculpa, yo la arrastré a Alice en esto —murmuré, sintiendo ambos pares de ojos clavados en mi—. Si hay alguien con quien debes enojarte, es conmigo.

—No estoy enojado con nadie —masculló Edward.

Aquello no se lo creyó ni él.

Nos quedamos en un pesado silencio, en el que el piso de la sala me pareció lo más interesante del mundo.

—Será mejor que se vallan a dormir —comentó Edward, con voz fría como el mismísimo hielo.

—Pero, Edward…—mis palabras fueron interrumpidas por su dura mirada.

Luego lo vi llevar dos dedos hacia el puente de su nariz y sentí la mano de Alice tirar de la mía, comenzando a arrastrarme por las escaleras. A medida que íbamos subiendo, sentí que el ritmo de nuestros pasos aumentaba. Rápidamente estuvimos dentro de la habitación que Esme había preparado para mí y vi como Alice cerraba la puerta. Las dos soltamos un fuerte suspiro al mismo tiempo y nos miramos con preocupación.

—Creí que sería peor —confesó Alice, sentándose en la cama—; pero, muy probablemente, si nos quedábamos un poco más, iba a explotar.

Me pasé una mano por el rostro, para luego sentarme a su lado. Todo lo sucedido en las últimas horas era demasiado para mi pobre cerebro. Si Edward no explotaba, probablemente yo lo haría.

—Sin embargo… —siguió hablando Alice, pausa de por medio—. Hay algo que me extraña, lo siento…diferente.

—¿En qué sentido? —pregunté yo y pronto me encontré bajo el escrutinio de sus pequeños ojitos azules.

—¿Bella, cuál es el secreto? —soltó de repente, agarrándome justo bastante distraída como para no dejar ver la sorpresa en mi rostro—. Y no me digas que no hay ninguno, porque es demasiado obvio.

—¿Eh? ¿Por qué lo dices? —pregunté sinceramente.

—Cuando Edward y tú están en el mismo espacio físico, el ambiente se puede cortar con un cuchillo —dijo sencillamente, como algo obvio—. Es evidente que algo pasa.

Cerré los ojos y respiré un par de veces.

Entonces una idea brillante cruzó mi mente.

—Yo te contaré lo que quieres, si tu me cuentas lo que yo quiero —propuse con una sonrisa astuta.

—Depende —respondió Alice rápidamente, con desconfianza—. ¿Qué es lo que quieres que te cuente?

—El motivo por el cuál Edward y Jacob parecen querer sacarse los ojos mutuamente —respondí.

Vi como Alice se tensaba notablemente.

—Mira Bella, yo no soy la indicada para hablar de esto —quise replicar, pero ella me interrumpió con una de sus manos—. Sólo puedo decirte que algo bastante complicado pasó entre ellos dos hace bastante tiempo…

—¿Entonces no es un odio reciente? —pregunté yo con sorpresa—. ¿Hace cuánto?

—Unos…dos años —respondió pensativa—. Pasaron cosas bastante graves entre ellos y todo terminó de la peor manera —explicó con rostro sombrío—. Fue el comienzo de la rivalidad que hoy en día vez —explicó.

Hizo una larga pausa y luego alzó sus ojos hacia mí.

—Por eso —continuó—, te recomendaría que dejes de hacer enfadar a Edward y te alejes de Jacob Black de una buena vez.

—¿Pero por qué yo…?

—Eso es todo lo que puedo decirte —me cortó. Tenía miles de preguntas para hacerle y estoy segura de que ella lo sabía—. Ahora que yo cumplí la parte de mi trato…

Dejó la oración abierta y al instante me sonrojé. ¿Tenía que contarle?

—Yo… bueno… yo…

Escuché su risita cantarina.

—Bella, sabías que luces como un farolito de navidad otra vez ¿No? —dijo divertida.

Me sonrojé más, si es que aquello era humanamente posible.

—¿Qué paso? —insistió Alice, al ver que me quedaba mirando un punto fijo en la habitación.

—Edward… —balbuceé, luego de un rato en silencio. Si hasta ese momento mis palabras no tenían demasiada claridad, luego solo se convirtieron en un murmullo confuso—. …hoy cuando fuiste a buscar mi bolso Edward me besó.

Alice frunció el ceño y supuse que no había entendido nada de lo que yo había dicho. Sin embargo, su rostro fue pasando lentamente de la confusión a la sorpresa y me miró completamente incrédula. Vi que abría la boca varias veces y volvía a cerrarla. ¿Era mi impresión o por primera vez Alice Cullen se había quedado sin palabras?

—¿Él…te…beso? —preguntó con incredulidad.

Asentí. A mí también me costaba creerlo.

Alice volvió a quedarse callada y pensativa en su lugar; mas, luego, una enorme sonrisa apareció de forma repentina en sus labios. Entonces se abalanzó sobre mí y me estrechó en un fuerte abrazo, mientras daba suaves grititos en mi oído y balbuceaba cosas que para mí carecían de sentido alguno.

—¡No lo puedo creer! —exclamó, cuando me soltó—. ¿Pero…cómo fue? ¿Por qué te beso?

—Fue un beso Alice, un beso —corté yo, aunque para mí no había sido tan simple como eso—. Y no se por qué sucedió, a decir verdad, me besó y no dijo más nada.

—¿Pero… no hizo nada? ¿No dijo nada? Quiero decir, ¿Qué pasó luego del beso? —inquirió y pude ver la confusión en sus ojos azules.

No la culpaba, ya que yo me sentía igual o más confundida que ella.

—No, no me dijo nada —respondí—. Sólo se quedó mirándome y, cuando llegaste tú, se alejó. Nada más.

Cuando acabé el comentario, dejé escapar un suspiro de completa frustración. Después de todo, no había tenido ni siquiera tiempo para pensar en aquello; pero ¿Qué había impulsado a Edward a besarme? ¿Había tenido algún motivo, o sólo lo había hecho porque sí? Me removí con molestia en mi lugar y vi los ojos de Alice clavados otra vez en mí.

—Presiento que esto traerá un gran cambio, Bella —comentó con voz profunda y otra vez me sorprendí con su seriedad—. Las cosas pueden cambiar, tengo ese fuerte presentimiento —me aseguró, mientras se ponía de pie.

—¿Qué quieres decir? —pregunté confundida.

Ella, sin embargo, sólo sonrió.

—Nada, ya verás —comentó, encogiéndose de hombros—. Ahora te dejaré dormir, que bastante agitada ha sido la nochecita.

Se rió de forma musical, mientras me daba un beso en la mejilla.

—Solo te digo algo —me comentó de forma confidente—. No dejes de iluminar la vida de Edward como lo haz estado haciendo —me pidió, sorprendiéndome—. No te das una idea de lo bien que puedes hacerle si te propones romper esas idiotas barreras que se auto-impuso.

Asentí, aunque en realidad no había entendido ni jota. Ella solo amplió su sonrisa ante mi estupefacción.

—Hasta mañana, Bella —comentó, mientras caminaba hacia la puerta, ya de espaldas a mí.

—Hasta mañana, Alice.

Vi como la puerta se cerraba y me dejé caer hacia atrás, impactando mi cuerpo contra el confortable colchón.

¿Cómo dormir después de tantas cosas?

Suspiré.

Si mi cerebro no explotaba esa noche, tenía una resistencia increíble.

Finalmente, el sueño logró vencerme luego de unas cuantas vueltas en la cama. Otra vez, cuando me levanté, me di cuenta que ni siquiera me había cambiado la ropa de la noche anterior, como últimamente solía pasarme. Miré el reloj y vi que era bastante temprano, mas ya no me sentía con demasiadas ganas de dormir; además ese día teníamos la feria y no tenía sentido que me volviera a acostar, cuando en pocas horas debíamos salir hacia el colegio. Luego de aquel pequeño pensamiento lógico, me levanté, dispuesta a darme una ducha rápida. Luego, me dirigí al armario y me puse unos jeans y una camiseta verde que encontré a mano. Cuando acabé de vestirme, bajé las escaleras con sigilo y me dirigí a la cocina.

Me sorprendió cuando, al ingresar, únicamente un par de obres verde esmeralda se fijaron en mí.

—Buenos días —murmuré, mientras me sentaba a la mesa.

Allí ya había un par de tazas usadas y otras cuantas listas para utilizar. Alrededor había una jarra, una tetera de aspecto antiguo que ya había visto alguna vez y algunos platos a juego repletos de comida, acompañados por algunos frasquitos y la azucarera con el mismo diseño que la gran tetera. Edward me devolvió el saludo rápidamente y luego llevó la taza a sus labios, con elegancia.

La tensión en el ambiente ya me resultaba algo habitual entre nosotros, pero esta vez era diferente; o, por lo menos, yo lo sentía diferente. Después de todo, el nerviosismo no sólo se debía a su intimidante presencia, sino que las cosas que daban vuelta por mi mente eran las que me tenían inquieta. Temía lo que pudiera responder, pero tenía tantas cosas que preguntarle. ¿Por qué mostraba siempre esa frialdad, cuándo lo único que quería era ver sus ojos con ese brillo que pocas veces ofrecían?

Suspiré con frustración y, cuando alcé la vista de mi taza, su mirada se cruzó con la mía.

Cuando pude despegarme de sus ojos, vi que él ya había acabado con su desayuno. Con cuidado llevó las tazas usadas —que supuse que serían de Esme y Carlisle— al fregadero. Luego se volvió con claras intenciones de salir de la cocina y yo no pude evitar ponerme de pie abruptamente. Entonces, lo vi volverse y clavar sus ojos en mí. Luché con todas mis fuerzas contra mi laguna mental y lo miré con una dudosa determinación.

—Edward…yo… —balbuceé. Genial; se supone que, por lo menos, debía sonar un poco firme—. ¿Qué fue lo que…sucedió ayer?

Lo vi suspirar en su lugar y entendí que no necesitaba más palabras para comprender a lo que me refería. Rápidamente se pasó una mano por los cabellos y desvió la mirada. Suspiró otra vez y se quedó así por unos instantes, hasta que sus ojos verdes volvieron a posarse en los míos.

Lo vi avanzar lentamente un par de pasos hacia mí con determinación, aunque su rostro se notaba vacilante.

—¡Buenos días! —la alegre vocecita de Alice nos hizo sobresaltarnos de forma considerable.

Maldije internamente cuándo la vi ingresar con su pijama en la cocina y Edward retrocedió unos cuantos pasos hasta volver a su antiguo lugar y apoyarse en la mesa. Me dirigió una intensa mirada y salió de la cocina. Luego de un estremecimiento, miré a la pequeña Cullen que comenzaba a servirse cosas para desayunar con una enorme sonrisa pícara.

Suspiré.

Aquello sería más difícil de lo que pensaba.

Luego de que Alice se cambiara y de que Emmett se alistara y acabara con su desayuno, los cuatro partimos en el Volvo hacia la escuela. Tuvimos que dar varias vueltas alrededor de la escuela, ya que esta vez no podríamos usar el aparcamiento. Después de todo, el mismo, junto con el gimnasio y alguna que otra de las aulas más espaciosas, sería usado para la feria. Luego de un par de vueltas, Edward consiguió aparcar su auto y los cuatro descendimos de él, cargando toda la comida que habíamos preparado. Cuando llegamos al exterior del edificio escolar, varios alumnos y profesores ya se encontraban allí. Podía verse gente yendo de un lado para el otro con cajas, tablones, telas y otras cosas de lo más variadas. Alcanzamos un sector cercano a la puerta principal, donde muchísimas llamativas rosas rojas se encontraban distribuidas en espaciosas canastas de mimbre. Pronto allí apareció Rose con una enorme sonrisa pintada en su rostro.

Solté una risita.

—¿Las rosas vencieron a los girasoles? —pregunté divertida, viendo como Jasper llegaba con otra canasta repleta de flores.

—Oh, si; Stanley quiere mi cabeza —se carcajeó, apuntando cosas en una agenda de color rojo oscuro.

—Siempre tenemos un armario a la vuelta de la esquina —comentó Emmett, pasándole una mano por la cintura y haciendo que todos sonriéramos con sus ocurrencias.

Con Alice y Edward, acompañados de Jasper, comenzamos a trasladar al interior de la escuela toda la comida que habíamos preparado. Alcanzamos la cocina del instituto, donde una de las encargadas nos permitió acomodar todo en la enorme heladera que el lugar poseía. Luego de dos viajes logramos dejar todo lo que habíamos preparado y nos dirigimos al estacionamiento nuevamente. Allí, Alice y yo comenzamos a ayudar a Rose para colocar las flores por todos lados a modo de decoración; mientras Edward, Jasper y Emmett comenzaban a levantar algunos de los puestos de madera con la ayuda de otros muchachos del quinto año.

—Rose, las flores son hermosas —comenté, elaborando un pequeño ramo con diez de ellas.

—¿Verdad que sí? —comentó orgullosa.

Alice asintió con efusividad.

Las tres nos encontrábamos sentadas en el piso, de forma despreocupada, junto a los enormes canastos repletos de flores. Alice comenzó a arreglarlas y, luego de sacarle las espinas a una de las flores que ya estaban más abiertas, la acomodó con cuidado a un costado de mi cabello. Con una risita cantarina la torció para que se quedara allí.

Luego de hacer lo mismo con Rose y con ella misma, las tres seguimos entre risas con nuestra labor.

—Sería bueno que amarráramos los ramos con una cinta —comentó pensativa Alice—. ¿Creen que podremos sacar un poco del salón de arte?

Me puse de pie.

—Voy a ver si encuentro algo y aprovecho para ir al baño —me ofrecí y comencé a andar hacia el interior del instituto.

Crucé la puerta, disfrutando un poco de la calma del edificio, ya que todo el bullicio sólo provenía del estacionamiento. Atravesé un corto trecho y me dirigí a los baños más cercanos. Cuando salí, me crucé con uno de los grandes espejos frente a los lavabos. Me reí suavemente de mi propio reflejo con la enorme rosa roja a un costado de mi rostro, enredada entre mis cabellos; lucía divertidamente patética. Encogiéndome de hombros, me dispuse a seguir con mi camino.

—¡Bella! —me volteé rápidamente cuando escuché aquella voz. Pronto me encontré con la figura de Edward acercándose hacia mí con grácil andar—. Vas al salón de arte ¿Cierto?

Asentí.

—Emmett necesita cinta adhesiva —comentó y ambos emprendimos el camino en silencio.

Recorrimos los pasillos del instituto, hasta dar con la sala de arte. El lugar se encontraba completamente desierto y de hecho podía jurar que nadie había entrado allí desde el viernes: había cartones sobre los escritorios; algunos pequeños botes de pintura, cerrados; pinceles; restos de papel; entre otras cosas. Vi que Edward se dirigía rápidamente a uno de los pequeños armarios del fondo. Yo por mi parte dirigí mi vista a las estanterías ubicadas sobre los ventanales, revisando las cajas con grandes etiquetas en el frente. No transcurrió demasiado tiempo hasta que me topé con la que estaba rotulada como Cintas. Con sumo cuidado me subí al pupitre más cercano y, en puntillas, me incliné sobre el estante para alcanzar la caja. Estiré las manos con fuerza y pude golpear la caja con la punta de los dedos, haciéndola deslizarse un poco hacia delante. Repetí el proceso varias veces; pero, en la última, la caja se deslizó más de lo pensado y acabó cayendo de la repisa. En un intento desesperado de agarrarla, me incliné hacia el otro lado y, haciendo gala de mi torpeza, me fui hacia atrás.

El impacto que esperaba por mi caída llegó de forma difusa ya que, si bien sentí el frío suelo cuando caí de bruces, también sentí las manos en mi cintura y el sonido de una silla que se corría. Mis ojos se encontraron con el rostro de Edward, que se encontraba sentado en el piso, frente a mí. Rápidamente pasó una mano por sus desordenados cabellos y luego me miró. Se inclinó un poco, quedando a una distancia prudencial de mi rostro, pero que lograba ponerme nerviosa de igual manera.

—¿Estás bien? —preguntó en un susurro suave.

Asentí, llevándome casi de forma inconciente una mano a la cintura, donde segundos antes habían reposado las suyas.

Entonces vi que su vista se clavaba en el piso y la seguí. La rosa roja había caído de mi cabello y estaba tirada en el helado suelo del salón. Aún sentado en su lugar, Edward se estiró un poco y alcanzó la rosa, generando un notable contraste con sus níveas manos, envolviéndola. Entonces, con delicadeza y cierta concentración, lo vi ordenar los pétalos de la flor y me sorprendí al sentir el suave contacto de sus dedos sobre mi cien. Con extremo cuidado, tomó un mechón de mi pelo y lo estiró, acomodando la rosa en él. Cerré por un segundo los ojos y dejé escapar un suspiro cuando volví a abrirlos y me encontré con sus obres esmeraldas que parecían lejanas, poseídas; casi obnubiladas. Entonces, de repente, vi que dejaba de mirarme y, dando un sacudón suave con su cabeza y con el ceño levemente fruncido, se puso de pie sin decir nada. Haciendo gala de su constante caballerosidad, me extendió una mano y me ayudó a incorporarme.

Luego de juntar las cintas de forma apresurada, los dos salimos del salón sin hablar y comenzamos a atravesar los pasillos del colegio envueltos en un sepulcral sonido. Entonces, temí que pudiera oír los latidos aún desbocados de mi pobre corazón.

En el exterior, el sonido se reanudó apenas abrimos las enormes puertas del edificio y Edward se fue, con la cinta adhesiva entre sus manos, sin siquiera volver a mirarme. Cuando llegué con la caja en donde se encontraban Alice y Rosalie, vi que la última suspiraba con cansancio, mientras seguía apuntando cosas en su agenda. Alice, siempre llena de energía, comenzó a revolver las cintas y a exponer cuál pensaba que podía ir mejor con la decoración. Seguí con la mirada a Rosalie, que se sentó con una mueca cansada en el pequeño escalón cercano a la entrada.

—¿Todo bien, Rose? —pregunté, sentándome a su lado. Después de todo, Alice parecía no necesitar ningún tipo de ayuda.

—Oh, sí, sólo un poco cansada —comentó y luego vi que sus ojos se fijaban en el frente.

Seguí su mirada y entonces comprendí por qué su gesto se había transformado en cuestión de segundos: Jessica Stanley acababa de llegar. La vi ponerse de pie con suma elegancia y, luego, volverse hacia mí.

—Debo ir a asegurarme de que no haga idioteces —comentó, señalando con la cabeza de forma disimulada a la muchacha que se encontraba detrás de nosotras—. ¿Te puedo pedir un favor?

Asentí, entonces ella me pasó su agenda.

—¿Puedes ir con los chicos y preguntarle a Edward o a Jasper como van con los puestos? —pidió—. Ahí están anotados todos los que deben estar —me comentó luego, señalándome la página escrita—. Intenta evitar a Emmett, sabes que es un poco…desorganizado.

Me reí suavemente mientras me ponía de pie.

—¡Alice, guarda un poco de esa cinta para el cierre con globos que planeamos para la noche! —protestó Rose—. ¡Deja de hacer moñitos con la cinta! —fue lo último que la escuché exclamar.

Me reí nuevamente.

Caminé un gran trecho en el que vi gente trabajando tanto en el armado de puestos como en el decorado, la preparación de un pequeño escenario, la colocación de algunas sillas y mesas a un costado, entre otras labores. Esquivando cosas llegué hasta donde la gran figura de Emmett se distinguía con claridad. Vi que tenía entre sus manos una gran tabla y, siendo ayudado por Edward, la trasladaba sobre una especie de caballetes que servían de sostén. Me dirigí hacia Jasper, que observaba la escena, divertido.

—Jasper, ¿Crees que podrás decirme cuáles son los puestos que ya están listos para, más o menos, tener un control? —comenté y vi que asentía con una sonrisa cordial.

Entonces, sentí que me elevaba del suelo, mientras la agenda se escapaba de mis manos. Dejé escapar un gritito ahogado cuando me sentí siendo cargada como un saco de patatas, con la cabeza hacia abajo, y escuché la risotada grave de Emmett.

—¿Cómo estás, damisela? —comentó con tono divertido.

—Estaría mejor con los pies en la tierra —comenté yo, alzando levemente la cabeza.

Choqué con los ojos de Edward, que se puso en cuclillas para tomar la agenda que yo había perdido. Emmett, luego de una pequeña riña, me bajó; mientras Jasper le comentaba a Edward el motivo de mi visita. Volví a tomar la agenda y la abrí en la página en la que Rosalie me la había entregado, echando un rápido vistazo a ella.

—¿Necesitas saber cuáles están y cuáles no? —me preguntó Edward y sentí su voz bastante más cerca de mí.

Cuando me volví, lo vi observando la agenda por sobre mi hombro.

Inhala, exhala. Inhala, exhala. ¡Muy bien, Bella!

—Ajá —respondí simplemente.

Lo vi que se quedó pensativo, mientras, con la mirada, estudiaba los puestos que ya estaban en pie. Luego de un rato se volvió hacia mí, que había estado haciendo más o menos lo mismo.

—¿No deberías ir tildando los que ya están? —propuso.

—Tienes razón —coincidí, asintiendo con la cabeza—. ¿Una lapicera? —pregunté más para mí.

Rebusqué en la agenda, pensando que quizás podía encontrarse en el sobre que tenía la tapa; mas grande fue mi sorpresa al darme cuenta que esta era de tapa simple y que, en vez de un sobre en ella, había tan sólo pegada una foto sobre una esquina. Allí, sonriendo, se encontraba la misma muchacha que había visto en el cuarto de Edward, aunque se notaba claramente más joven; quizás de unos once o doce años de edad. Miré sobre mi hombro y vi que mi acompañante mostraba una cara de completo desconcierto, con los ojos clavados en la fotografía.

—¿Quién es ella? —pregunté en un susurro.

Los ojos verdes de Edward se clavaron en mí y en ellos percibí miles de sentimientos que nunca había visto.

Sentí una extraña opresión en el pecho, pensando en todo lo que podía producirle aquella muchacha de sonrisa arrogante, cabello llamativo y ojos miel.

Luego me recriminé a mí misma.

¿Qué derecho tenía yo a estar celosa de Edward?

Ninguno.

Pero no me importaba. Estaba celosa.

Completamente.

Ai, ai, ai, parece que a alguien le picó el bichito de los celos (?). No, mentira; de hecho, siempre odié que me dijeran eso. 'No, no me picó ningún bichito; estoy celosa y, si no te corres, cobrás vos también'. Nah, no crean que soy una persona violenta —quizás de vez en cuando sí, pero eso no viene al caso—, pero odio que me digan eso jaja. En fin, la cuestión es que Bella está celosa y no hay ningún bichito implicado en ello. Ya tengo muchas cosas en mente y les aseguro que el siguiente capítulo promete demasiado. Voy a tratar de traerlo lo más pronto posible. I promise.

Por cierto, algo al margen: estoy comenzando una nueva historia. Bah, estoy en proceso de escribir una pequeña introducción, como para más o menos plasmar la idea que tengo dando vueltas en la cabeza desde hace un tiempo. Va a ser un UA también y ya les voy a ir tirando un poquito más de data; igualmente, seguro voy a publicarla cuando termine con esta. Me estoy debatiendo entre hacerla de todos humanos o cómo lo planteo la señora Meyer; pero creo que estoy un poquito más inclinada para el lado de los humanos jaja. ¡Bah! Veremos jaja.

Repito lo mismo que digo siempre, sólo por precaución, ya saben: Quiero que sepan que no leí aun Breaking Dawn, por lo que les voy a pedir encarecidamente que por favor no me dejen spoiler, ni comentarios ni nada relacionado al respecto. Ni que les pareció, ni que no, ni nada, porque la verdad es que si hay algo que me frustra mucho es que me cuenten los libros que quiero leer. Bah, ustedes me entienden ¿No? Así que ya saben, el que comente Breaking Dawn, directo a la horca jaja.

En fin, vuelvo a agradecer por los reviews. Honestamente, me puse más que feliz, no puedo creer que lleguen tantos. ¡Soy feliz! jaja. Agradezco todas y cada una de sus palabras de aliento, de verdad. ¡Gracias, gracias y más gracias! Ya mismo me pongo a responderles. Espero sus comentarios sobre el capítulo con la misma ansiedad de siempre.

¡Saludos para todos! ¡Se cuidan!

¡Nos leemos pronto!

LadyCornamenta.