Bajo El Mismo Techo.
By LadyCornamenta.
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Capitulo 11: Promesas difíciles de cumplir.
Me desperté con la claridad golpeando mis párpados, aún rehusándome a abrir los ojos, sintiendo unas suaves sacudidas al costado de mi cuerpo y el susurro de lo que parecía mi nombre. Intenté ignorar la molestia, pero parecía no querer cesar, por lo que abrí los ojos con pesadez. Dos obres celestes me devolvieron la mirada, aunque de forma risueña.
—Buenos días, Bella —saludó Alice. Estaba por acomodarme para volver a dormir, cuando escuché su vocecita otra vez—. ¡Vamos, levántate! ¡Hoy tenemos instituto!
Me incorporé rápidamente en la cama llevado los cobertores conmigo, confundida.
¿Instituto? ¿Qué día era?
Entonces, intenté ubicarme en tiempo y espacio y las escenas vinieron a mi mente como una película antigua; incluso, creo que podía verlas en blanco y negro, como si fueran algo completamente lejano. Traté de calmarme y repasé las difusas imágenes en mi cabeza, mas nada cobraba sentido. ¿Todo aquello había pasado o era sólo producto de mi retorcida mente? ¿Estaba soñando?
—¿Bella? ¿Estás bien? —inquirió Alice.
Automáticamente asentí.
—Si, si, me daré una ducha y bajo —comenté de forma ausente.
Mi cabeza aún estaba intentando reconstruir aquél beso perfecto, el contacto de sus labios con los míos, sus manos en mi nuca, su húmedo cabello haciéndome cosquillas sobre el rostro. Todo aquello no podía ser irreal. ¿Pero entonces…?
—Apúrate —comentó con un guiño y salió de la habitación.
Salí de la cama con cuidado y entonces, cuando me dirigí al baño dispuesta a darme una ducha, me di cuenta de un pequeño detalle que antes había ignorado: mis ropas eran las mismas de la noche anterior. Estaban secas, sí, pero seguían siendo las mismas. ¿Entonces...? Me pasé las manos por el rostro, frustrada, y luego me tomé la cabeza con desesperación. Mejor me daba una ducha para aclarar mis ideas, incluso cuando aquello pareciera completamente imposible.
Una vez que terminé con mi aseo personal y pude cambiarme, salí rápidamente de la habitación. Luego de bajar, llegué a la cocina, donde Emmett me miraba con una enorme sonrisa surcando su rostro. Después de terminar de masticar lo que fuera que estaba comiendo, se aclaró la garganta.
—Buenos días, damisela —saludó animadamente—. Veo que hemos tenido una mala noche ¿Ah?
Fruncí el ceño mientras me sonrojaba.
—¿Por qué lo dices? —inquirí, auténticamente confundida.
—¿Acaso no viste las ojeras que tienes? —preguntó Alice escandalosamente, detrás de mi, haciéndome pegar un respingo—. Emmett, toma las llaves de mi auto y conduce, que yo debo maquillar a esta pequeña.
Iba a declinar la imposición de la pequeña de los Cullen, cuando me percaté de que mis cálculos mentales daban tres…
—¿Y Edward? —pregunté mecánicamente, mientras salíamos de la casa.
—Con nuestro padre —replicó Alice, con una mal disimulada sonrisa pícara—. No irá a clases hoy porque insistió en pasar un día en el hospital, con papá.
La miré alzando una ceja.
—Papá dice que le servirá para el futuro —comentó encogiéndose de hombros.
Me quedé un rato con aquello en la cabeza, mientra caminábamos el tramo que nos separaba de los automóviles de la familia. ¿Sería todo aquello una mera casualidad con lo que pasaba por mi mente? Suspiré, subiéndome al Porsche de Alice de mala gana. Me sentía completamente frustrada y mi cabeza parecía a punto de explotar, algo que se me había vuelto bastante cotidiano en los últimos días.
Pronto arribamos al instituto, más temprano de lo que normalmente llegaba yo cuando viajaba en el Volvo de Edward. Suspiré mientras descendía del vehículo con mi bolso, y comencé a andar al lado de la pequeña Alice. Emmett, luego de devolverle las llaves a su hermana, se despidió con una enorme sonrisa de nosotras y se dirigió a su clase. Alice y yo seguimos nuestro camino de siempre y nos adentramos en el aula, que estaba relativamente vacía. Yo me desplomé en mi sitio con cansancio, mientras la pequeña Cullen iba a hacer sociales con los pocos alumnos que se encontraban presentes.
Pasaron las horas y para la tercera, que era de Matemáticas, estaba completamente aburrida. Con desgano miré mi hoja, repleta de identidades trigonométricas que en mi vida entendería, ni aunque el mismo Pitágoras viniera a explicármelas. Suspiré, jugando con mi lápiz y pensando seriamente en la posibilidad de fingir un dolor de cabeza o algún otro tipo de lesión, tan sólo para escapar de allí por el resto de la jornada. Sin embargo, alguien se adelantó ágilmente a mí.
—¡Profesor! —cantó Alice desde su puesto. El corpulento hombre que nos daba la materia se volvió para mirarla—. ¿Puedo acompañar a Isabella a la enfermería? No se siente bien…
El profesor me dirigió una rápida mirada y luego asintió en silencio.
¿Tan mal aspecto tenía, cómo para ni siquiera oponer resistencia?
Pronto me vi siendo arrastrada por la menor de los Cullen hacia las afueras del salón. Comenzamos a caminar, alejándonos unos cuantos metros de aula; pero, en vez de dirigirnos a la enfermería, vi que tomaba un rumbo distinto.
—¿Alice qué…? —inquirí, confundida.
—Hoy a la mañana escuché a una de las chicas decir que la enfermera estaba con licencia por maternidad —comentó alegremente—. Le diré al director que nos retiramos porque te sientes mal y la enfermera no está —agregó luego, guiñándome un ojo.
Sorprendiéndome con su maquiavélica cabecita, vi como llamaba a la puerta del director, para comenzar con su pequeño circo.
Efectivamente, salió todo perfecto; como si Alice supiera que las cosas iban a ser así de justas para ella. Con una sonrisa bailoteando en sus labios, me arrastró de la mano hacia el estacionamiento y, luego de soltarme, se subió a su auto. La imité, metiéndome del lado del copiloto y, con un suave rugido, comenzamos nuestro trayecto. La vi tomar la ruta opuesta a su casa y supuse que allí sería al último lugar que nos dirigiríamos. Antes de que pudiera decir nada, la oí soltar una cantarina risita.
—Esta vez no puedes llevarme la contra —me aseguró—. Debemos ir de compras.
La miré frunciendo el ceño profundamente.
—¿Por qué? —inquirí.
Ella me dirigió una rápida mirada, y luego chasqueó la lengua suavemente.
—Se me debe haber pasado —comentó más para sí que para mí—. Este viernes es la fiesta de cumpleaños de Rose y Jasper.
La miré sorprendida.
—¿Ya cumplen sus dieciocho? —inquirí sorprendida.
—El jueves —puntualizó Alice—; pero, como quieren hacer una gran fiesta, lo han pasado para el viernes —explicó rápidamente.
Sorprendida por el dato, me quedé en mi asiento mientras Alice cambiaba la estación de radio y volvía sus manos al volante. El camino fue mucho más tranquilo de lo que usualmente era, debido a que no había mucha gente tomando la carretera rumbo al centro comercial un lunes a las once de la mañana. De hecho, sólo nos habíamos cruzado con algunos pocos trabajadores, andando por las tranquilas calles de Port Angeles.
Llegamos al centro comercial y Alice se bajó con parcimonia, disfrutando de la soledad del lugar siendo tan temprano. La pequeña Cullen, con una enorme sonrisa en su rostro y dando pequeños saltitos entusiastas como si estuviera en Disney World, comenzó a pasearse por los locales más costosos. Estuvo observando las vidrieras, hasta que decidió meterse en uno de ellos. Al instante quedó enamorada de un vestido verde que la hacía ver como la versión morena de Campanita. Solté una suave risa mientras ella daba vueltas con el vestido frente a un espejo, haciendo que el mismo se alzara levemente.
—Te queda precioso, Alice —confesé con honestidad.
Ella sonrió ampliamente.
—Gracias —replicó—. Además, combinan perfectamente con unos zapatos que me compré hace unos meses —agregó, casi hablando para sí misma.
Luego de quitarse el vestido, se dirigió presurosa a la caja y abonó la prenda. Después de aquello, comenzó a caminar por los pasillos del centro comercial otra vez, observando cuidadosamente las vidrieras. Entonces, volvió a ingresar como loca en uno de los locales y corrió hacia una de las vendedoras, preguntándole algo que no llegué a escuchar, debido a que yo todavía estaba en la puerta. Vi como la encargada asentía y luego se iba por una pequeña escalera hacia abajo, que seguramente acababa en el depósito.
—¿Qué sucede Alice? ¿Aún tienes algo que comprar? —inquirí, confundida. ¿Para que necesitaba más ropa?
Alice sonrió y a los pocos segundos la dependienta volvió con un vestido entre sus manos. El mismo era de un fuerte color cereza, con una vaporosa falda de capas de lo que parecía muselina. Era un vestido realmente bonito, a pesar de que el color no fuera demasiado convencional para una prenda tan fina.
—No me quedó en azul —comentó la dependienta, poniendo el vestido frente a Alice—. Sólo tengo este.
La pequeña Cullen se encogió de hombros con despreocupación, mientras tomaba el vestido con una sonrisa.
—Ten, Bella —habló, pasándome la prenda—. Pruébatelo.
La miré confundida, poniendo las manos frente a mí en señal de defensa; mientras negaba frenéticamente con la cabeza.
—No, no, Alice yo no…
—¡Por favor, Bella! —me cortó, colgándose el vestido al brazo para juntar las palmas de sus manos a forma de ruego—. ¡Te prometo que si usas este vestido en la fiesta, no te arreglaré! ¡Podrás hacerlo como tú quieras!
Fruncí el ceño, estudiándola silenciosamente.
—De acuerdo… —balbuceé, aunque no estaba muy segura de que fuera a cumplir su promesa.
Finalmente, me dirigí al espacioso vestidor del local, del cual todo parecía extremadamente costoso. Con cuidado, me saqué los vaqueros y la camiseta que me había puesto para el instituto y me probé el fino vestido. Con cuidado até el delicado lazo que cruzaba mi cintura y me miré al espejo. Efectivamente, a pesar de que me rehusara a hacerle caso, Alice tenía excelente ojo para la ropa. Cuando salí, ella estaba esperándome justo enfrente de la cortina del vestidor. Apenas me vio, comenzó a dar pequeños saltitos de forma animada.
—¡Bella! ¡Te queda pintado! —exclamó alegremente—. Sin dudas, nos lo llevamos —le dijo a la dependienta, mientras sacaba su billetera.
—¡No, Alice! —protesté, al ver que tenía la intención de pagar—. ¡No quiero que…!
Otra vez me interrumpió con un gesto de su mano, cómo si siempre supiera lo que iba a decir. ¿Tan predecible era para ella?
—Lo voy a pagar, porque quiero regalártelo —me aseguró, con tono serio—. Eres parte de la familia y quiero compensarte por todos aquellos regalos que técnicamente te debería desde que naciste hasta ahora —agregó con una sonrisa, y no pudo evitar reírme levemente ante su ocurrencia.
Finalmente, cuando consiguió algunas otras cosas más en un local de accesorios, para complementar nuestras vestimentas, las dos volvimos al auto a dejar las bolsas en la cajuela. Luego comenzamos a andar por las calles de Port Angeles, hasta que nos cruzamos con un local de comida rápida. Yo me bajé y ordené algunas cosas para llevar, mientras Alice se quedaba en el automóvil, aparcado a un costado de la calle. Después de unos minutos de espera, volví al vehículo y las dos comenzamos a comer allí mismo. Nos quedamos unos minutos en silencio mientras ambas, hambrientas, degustábamos nuestra comida. Luego, una vez que había tomado un poco de bebida, Alice se volvió para mirarme. Su ceño fruncido no me anticipó nada bueno.
—Bella… —me llamó—. ¿Ayer ha pasado algo con Edward?
Inevitablemente, mi corazón comenzó a latir con violencia. ¿A qué se refería? ¿Acaso todo lo que pensaba que era sólo un sueño, una perfecta ilusión de mi cabeza…?
—¿Por qué lo preguntas? —inquirí, evadiendo su interrogante.
Me estudió el rostro antes de continuar.
—Por qué hoy a la mañana mi hermano estaba de un humor muy extraño… —murmuró Alice pensativa—. Es decir, él siempre tiene un carácter bastante… cambiante, por llamarlo de alguna manera —explicó—. Pero hoy estaba extraño.
—¿E-extraño? —inquirí, titubeante.
Ella asintió, mirando fijamente al frente, cómo perdida en sus pensamientos. Agradecí aquello, porque sino, probablemente, hubiera notado mi nerviosismo en el acto.
—Si, estaba cómo… malhumorado —explicó de forma vacilante—. No se como explicarlo. Creo que frustrado es la palabra que más se acerca a lo que quiero decir —comentó luego.
¿Frustrado? ¿Qué quería decir con eso?
Suspiré profundamente.
—Alice —la llamé. Ella volvió sus ojitos celeste hacia mí—. Yo… —suspiré profundamente, buscando las palabras que quería, al tiempo en que me sonrojaba notoriamente—. Edward ayer volvió a besarme... —expliqué—… creo —susurré luego, casi inaudiblemente.
Me miró con una mezcla de sorpresa y alegría en su pequeño rostro.
—¡Bromeas! —exclamó, aún atónita—. ¿Pero cómo que crees?
Mi cara no debía tener nada que envidiarle al color de un tomate. Suspiré varias veces, armándome de coraje. ¡Me sentía tan patética!
—Yo… bueno, el me besó y creo que yo me desmayé —balbuceé de forma algo incomprensible.
Sin embargo, supe que me había entendido, cuando una pequeñísima sonrisa surcó su rostro, que aún seguía mostrando su sorpresa. Se quedó unos segundos estudiándome, y luego se puso seria.
—Creo que ahora comprendo un poco más su humor… —murmuró taciturnamente, casi como un pensamiento dicho en voz alta.
Rápidamente tiró una bolsa con basura al asiento trasero y arrancó el automóvil con aquél suave rugido. Comenzamos a andar por las calles de Port Angeles, hasta que se cumplió el horario en el que debía ingresar a mi trabajo. Alice prometió volverme a buscar cuando terminaba y yo sólo asentí de forma distraída. Toda la tarde estuve así en el local de los Weber, demasiado perdida en mis pensamientos como para siquiera prestarle atención a lo que sucedía. La información seguía dando vueltas en mi cabeza y yo continuaba intentando reconstruir aquél beso que parecía extraído de mis más hermosas fantasías.
Finalmente, cuando acabé mi turno, me senté en el largo escalón de la puerta del local contiguo al de los Weber, para esperar a Alice. Me quedé allí unos cinco minutos, hasta que escuché que alguien gritaba mi nombre. Alcé la cabeza para encontrarme con una muchacha de cabellos negros mirarme amistosamente.
—¿Bella? —inquirió con una sonrisa.
—¿Leah? —respondí yo. Ella asintió divertida, mientras yo me ponía de pie—. ¿Cómo estás?
—Muy bien ¿Y tú? ¿Qué haces en Port Angeles? —inquirió.
Señalé con mi pulgar el local de los Weber.
—Trabajo aquí —comenté, encogiéndome de hombros—. ¿Y tú? ¿Vives aquí?
Negó suavemente con la cabeza y noté como su semblante se ensombrecía.
—Vivo en la Push, pero las cosas no están muy bien allí en estos momentos —comentó, dejando escapar un suspiro—. Por lo que estoy pasando unos días en la casa de unos amigos, aquí en Port Angeles.
—¿Cómo que las cosas no están muy bien en la Push? —inquirí confundida.
—Si… —afirmó y luego se quedó vacilante—. Han regresado unos viejos… amigos, y las cosas no están muy bien allí —comentó, con un dejo de sarcasmo en varias de sus palabras.
—¿Y por qué te estás quedando aquí? —pregunté yo, de forma tímida, intentando no sonar imprudente.
Ella suspiró.
—Supongo que sería para mí un problema estar allí —comentó y me sentí ajena a lo que decía; más bien, parecía estar hablando con ella misma—. Ahora que él volvió…
La miré confundida.
Antes de agregar nada más, la bocina de un auto sonó y las dos alzamos la cabeza para encontrarnos con un reluciente Porsche amarillo.
—Parece que te vinieron a buscar ¿No? —comentó Leah divertida, observando el ostentoso auto—. Nos vemos pronto, Bella.
—Hasta luego, Leah —saludé y me encaminé hacia el auto de Alice.
Dentro de él, ella me esperaba con el ceño fruncido.
—¿Qué hacías hablando con Leah Clearwater? —inquirió.
Una mueca de sorpresa cruzó mi rostro.
—¿La conoces? —pregunté.
—Podría decirse que sí —murmuró ella, mientras arrancaba el auto—. Pero entonces… ¿Cómo la conoces?
Mientras andábamos de vuelta al hogar de los Cullen, le conté brevemente a Alice la historia de cómo conocía a Leah, obviando detalles de por medio que podían ponerme en problemas. Ella escuchó la historia atenta; pero, cuando acabé, no hizo más que asentir y cambiar de tema. Cuando finalmente llegamos a nuestro destino, bajé del auto con pereza y comenzamos a andar hacia el interior de la casa. Las dos nos dirigimos al living a dejar nuestras cosas y, cuando Emmett comenzó a preguntarnos cómo habíamos hecho para tan excelente huida del instituto, Esme se asomó sonriente por la puerta.
—Bella, Alice, ¿Cómo están? —inquirió. Las dos respondimos al unísono y, luego de otra sonrisa amable, Esme se volvió hacia mí—. Bella, Edward dijo que en media hora estará aquí para que se dirijan a tu casa.
Instantáneamente me tensé, mientras asentía quedamente.
Me quedé un rato con Alice y Esme tomando té en la cocina. La madre de los hermanos Cullen era una persona sumamente agradable y cálida, y sin dudas Alice había heredado muchísimo de ella, desde su carácter hasta cada uno de sus gestos y expresiones. Estábamos riendo por una anécdota que Esme había contado sobre cuando Emmett tenía siete años y se había quedado atrapado en una cabina de teléfono, cuando vi que la madre de los hermanos Cullen alzaba la cabeza.
—Edward, que bueno que ya estás en casa —saludó y me quedé helada en mi lugar—. ¿Cómo ha estado el día? —inquirió.
Lentamente giré, para ver su perfecta figura en el umbral de la puerta.
—Muy bien —dijo con su suave voz de terciopelo, mirando sólo a Esme.
Luego de despedirme de los Cullen, seguí a Edward al exterior de la casa. En completo silencio, los dos nos subimos a su reluciente auto plateado y él arrancó suavemente. Todo el viaje ambos nos quedamos firmes en nuestro lugar, sin decir palabra y sin siquiera mirarnos a los ojos. Cuando arribamos a mi hogar, me bajé rápidamente del Volvo y esperé paciente a que Edward abriera la puerta.
El resto de la tarde pasó tan lenta como siempre. Me dediqué a hacer algunos deberes lejos de los ojos verdes e intimidantes de Edward, encerrada en mi cuarto. Traté de hacerlos a una velocidad completamente lenta y anormal y, sin embargo, me di cuenta de que había acabado antes de lo que hubiese deseado. Con pesadez me levanté de mi lugar y bajé silenciosamente a la cocina. Podía estar tratando de evitarlo, pero no iba a deshidratarme por su culpa.
Con cautela, me dirigí a la heladera y me serví rápidamente un vaso de gaseosa. Bebí con tranquilidad y me volví con agitación cuando escuché unos pasos. Edward ingresó en la cocina con despreocupación, con una toalla tapando su rostro mientras se secaba el pelo.
Bella, respira.
Cuando descubrió sus ojos, pronto nuestras miradas se encontraron. Juro que quería decir algo; pero nada, ni siquiera un comentario idiota, cruzaba por mi mente. Sólo podía pensar en él, en sus ojos y en lo cálidos que eran sus labios.
¡Mierda!
No se cuánto tiempo nos quedamos allí, observándonos mutuamente; pero el contacto pronto se rompió cuando él desvió su mirada, dando un fuerte suspiro. Después de aquello, pasó por mi lado y tan sólo se dedico a preparar la cena. Nuevamente huí y volví para cenar, media hora después. Luego de la comida me tiré con desgano en el sofá, sin siquiera darme cuenta que Edward se encontraba en el pequeño sillón individual de enfrente, leyendo. Quise fingir que no me importaba y comencé a cambiar los canales, aparentando una indiferencia que claramente no sentía. Estuve por unos minutos allí, pero sentía mi mente fallar; estaba más torpe de lo normal y cualquier pequeño sonido que Edward realizaba —incluso cuando pasaba lentamente las hojas de su libro— me alertaba de una manera patéticamente insoportable.
Solté un suspiro de frustración y me puse de pie.
—Hasta mañana, Edward —saludé y por inercia me acerqué a él.
¿Qué mierda estaba haciendo?
Tuve la intención de retroceder, pero sus ojos verdes se posaron en mí.
No podía irme, pero entonces… ¿Qué?
Con andar vacilante me acerqué a él y me agaché ante su mirada curiosa, para rozar suavemente mis labios con su mejilla. Estaba dispuesta a separarme, pero creo que me quedé más tiempo de lo debido a un par de centímetros de su rostro, mirándolo a los ojos. ¿Por qué tenía que ser tan perfecto? ¿Por qué su mirada debía ser de aquél verde tan profundo y hermoso? ¿Por qué tenía que resultarme tan endemoniadamente irresistible?
Mi estudio pareció alertarlo, pero me sorprendió claramente.
Se mordió el labio casi de forma imperceptible y luego, con suavidad, apoyó su mano en mi mejilla, haciendo que la piel que tocaba me quemara. ¿Por qué tenía ese efecto en mí?
Lo vi suspirar, mientras me miraba a los ojos.
—¿Por qué tienes que atentar así contra mi autocontrol? —susurró aterciopelada y quedamente y sentí que todo en mi fallaba.
Trastabillé con mis pies de forma torpe e, irremediablemente, antes de caer me apoyé en su regazo. Me miró sorprendido, pero luego su expresión se suavizo. Con cuidado, cuando vio que ya estaba afianzada sobre mis pies, quitó su mano de mi mejilla y llevó ambas a mis muñecas, ayudándome a enderezarme y poniéndose de pie. Con cuidado, arrastró su mano por mi mejilla otra vez, hasta llevarla al hueco de mi mandíbula. Entonces se inclinó, y sentí sus tibios labios sobre mi frente.
—Hasta mañana, Bella —susurró, nuevamente, de forma queda, y salió del living, dejando mi corazón latiendo a mil por hora.
Era algo definitivo.
Si seguía actuando así, Edward Cullen iba a matarme.
La mañana siguiente me levanté más tarde de lo normal y tuve que hacer todo a la velocidad de la luz para llegar a tiempo. Cuando bajé, encontré a Edward sentado en la cocina y mirando las noticias con despreocupación. Me dirigió una rápida mirada al llegar y luego volvió su vista al frente, después de un casto saludo. Tomé con velocidad una tostada y un pequeño cartoncito de jugo, y me colgué la mochila al hombro.
—Desayuna tranquila —murmuró él, con el ceño fruncido.
—No, no, vamos, llegaremos tarde —lo apremié. Lo único que faltaba es que él, un constante madrugador, llegara después de hora por mi culpa.
Las clases del día fueron completamente aburridas. En la última de todas, cuando pensé que el aburrimiento me mataría, saqué mi pequeño cuaderno y comencé a hacer dibujos sin sentido y a escribir idioteces, como siempre solía hacer.
—¿Deja de atentar contra mi autocontrol? ¿Desde cuando escribes esas cosas? —preguntó una voz alegre cerca de mi oído, y sacudí mi cabeza para mirar a la pequeña Alice.
Todos ya se estaban levantando de sus lugares, rumbo a la salida, y yo ni siquiera me había dado cuenta de cuando había acabado la última hora. Confundida, volví mi vista al papel y, entre todos los dibujos y frases, pude distinguir con letras más grandes las palabras que Alice había leído. Dios, ¿Cuándo había escrito aquello?
—N-no, n-no es na-ada —balbuceé, cerrando rápidamente el cuaderno y metiendo mis cosas en la mochila.
Apresuradamente me puse de pie y comencé a caminar fuera del salón, con Alice pisándome los talones. ¿Bajo que tipo de trance me tenía Edward Cullen? ¡Necesitaba alguna repuesta, Dios!
—¿Qué significó todo eso? —preguntó Alice, estudiándome silenciosamente mientras caminábamos hacia la cafetería de la escuela.
—Nada —comenté, desviando la mirada.
—Bella, ¿Cuántas veces tengo que decirte que eres muy mala mintiendo? —inquirió Alice, con una pequeña sonrisa. Sin embargo, sus ojos mostraban preocupación—. Sabes que puedes confiar en mí.
Me quedé unos segundos en silencio, hasta que me dí por vencida, soltando un largo suspiro.
—Edward —comenté y volví a desviar la mirada—. Él me dijo eso.
—¿Eh? ¿Qué? —preguntó confundida.
—Eso… —murmuré—. Me preguntó por qué siempre atentaba contra su autocontrol —dije en un susurro y Alice me miró sorprendida.
—¿De verdad dijo eso? —inquirió.
Asentí quedamente, mientras las dos nos deteníamos frente a mi casillero. Dejé mis libros de historia y lo cerré de forma suave, para luego apoyar mi cabeza contra la fría superficie de metal. Estaba mentalmente agotada, de verdad.
—No se que quiso decir con eso —confesé, suspirando.
—Creo que yo sí —replicó ella, y alcé la cabeza rápidamente, para encontrarme con su seria mirada.
—¿A qué te refieres? —inquirí.
La vi suspirar sonoramente, con una mueca de duda en su rostro.
—Supongo que tienes derecho a saberlo —comentó, exponiendo sus pensamientos en voz alta—, pero no es algo que pueda hablarse a la ligera —suspiró—. Espérame un segundo, que voy a avisarles a los demás que cenaremos afuera, en el patio trasero.
La miré confundida pero, antes de que pudiera preguntar algo, Alice salió corriendo rumbo a la cafetería. Esperé algunos minutos allí, apoyada en mi casillero, completamente impaciente. Pronto Alice volvió corriendo, con algunas cosas para comer entre sus manos. Con un suave gesto de su cabeza me indicó que la siguiera y las dos nos dirigimos al patio trasero de la escuela. Pocas veces había estado allí —ya que generalmente los recesos los hacíamos adentro, en el gimnasio, debido a las constantes lluvias de Forks—, pero era un lugar amplio y bastante pintoresco. El día nos favorecía ya que, si bien había nubes cubriendo el cielo, ninguna de ellas daba indicios de tormenta. Las dos anduvimos hasta sentarnos cerca de una de las esquinas del amplio espacio, bastante alejadas de aquellos que, como nosotras, habían decidido almorzar afuera.
Alice apoyó su espalda en un árbol con cautela y comenzó a acomodar todo lo que había traído entre medio de nosotras. Su paciencia para hacer todo comenzó a desesperarme, por lo que la ayudé y, una vez que terminamos, la miré expectante.
—¿Y bien? —inquirí, dándole el pie para que comenzara.
Alice, aún parsimoniosa en una actitud nada propia de ella, abrió su botella de agua y le dio un largo sorbo, para luego aclararse la garganta. Creí que, si seguía así, yo enloquecería pero, gracias a Dios, me miró y comenzó a hablar:
—Bueno… hace tiempo digamos que… Edward hizo una promesa —me comentó, con semblante serio y algo titubeante—. Edward… se prometió a si mismo… no volver a enamorarse.
Me quedé mirándola fijamente, intentando procesar aquello que me decía.
—¿Cómo? —logré articular.
Mi mente trabajaba demasiado rápido cómo para poder pensar con claridad. Sólo quería saber más. Quería saberlo todo.
—Él cree que siempre le hace mal a las personas que quiere —murmuró, poniendo los ojos en blanco—. Una actitud idiota por su parte, si quieres mi opinión —comentó—. El problema, es que seriamente no quiere encariñarse demasiado con nadie por ello.
—Pero… ¿Por qué prometió algo así? ¿Y que tiene que ver con lo que me dijo ayer? —pregunté, con mi corazón latiendo a una velocidad increíble.
Quería saberlo todo sobre aquél asunto. Quería comprender porque Edward se portaba así.
—Los motivos de la promesa son cosas suyas, supongo que es algo que debería decirte él… —balbuceó, mirando hacia otro lado—. Y creo que lo otro está más que claro.
—¿Qué? —pregunté.
Me miró con una pequeña sonrisa triste.
—¿No te diste cuenta que en el último tiempo ha estado… evitándote?
Asentí, con cierto desconcierto.
—Edward no quiere encariñarse contigo Bella, porque teme enamorarse de ti —me aseguró y sentí que en ese momento mi corazón se detenía—. Claro, si es que aún no lo está.
Me quedé totalmente estática en mi lugar, respirando entrecortadamente.
¿Edward realmente sentía algo por mí?
…
¡Aw! Este capítulo es algo así como una transición, a pesar de que, gracias a la pequeña Alice, tenemos otro dato más que explica las actitudes de Edward. ¿Qué le está pasando? ¿Realmente se está enamorando?
El próximo capítulo ya está en proceso y tiene unas cuantas cosas interesantes. Tengo otra semana de exámenes, pero ya es la última y, después de esto, tengo algunas más libres, antes de los finales. ¡No veo la hora de que llegue diciembre de una buena vez! Pero bueno, prometo que voy a ponerme con todo a escribir cuando tenga unos ratitos libres.
Repito lo mismo que digo siempre, sólo por precaución, ya saben: Quiero que sepan que no leí aun Breaking Dawn, por lo que les voy a pedir encarecidamente que por favor no me dejen spoiler, ni comentarios ni nada relacionado al respecto. Ni que les pareció, ni que no, ni nada, porque la verdad es que si hay algo que me frustra mucho es que me cuenten los libros que quiero leer. Bah, ustedes me entienden ¿No? Así que ya saben, el que comente Breaking Dawn, directo a la horca jaja.
Por Dios, no saben lo agradecida que estoy con sus reviews. ¡Nunca había recibido tantos en un solo capítulo! Supongo que la escena final tuvo mucho que ver jaja. Honestamente, me encantaría que pudieran comentar siempre, no saben lo que me motivan sus comentarios. ¡Gracias, gracias y de nuevo gracias a todos aquellos que se toman un tiempo para dejar sus comentarios! De verdad. Voy a intentar, entre hoy y mañana, responder todos los reviews. ¡Perdón si tardo un poco en responder , es que hoy es el día de la madre —sí, adivinaron, dentro de unas horas me espera una multitudinaria reunión familiar— y mañana tengo un hermoso examen de geografía. ¡Pero prometo que tarde o temprano voy a responder todos, de verdad! ¡Gracias de nuevo!
Por cierto, ¡Feliz día para todas las madres!
¡Saludos a todos! ¡Nos leemos pronto!
LadyCornamenta.
