Bajo El Mismo Techo.
By LadyCornamenta.
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Capítulo 13: ¿Quién quiere autocontrol?
Sentí los cálidos rayos de sol darme de lleno en el rostro, aún con los párpados cerrados. La calidez producida por la luz de la mañana envolvía mi entumecido cuerpo. Me removí con torpeza, sintiendo la cama incómoda. Sin embargo, mis movimientos quedaron reducidos a un suave giro prácticamente nulo, ya que algo me impidió hacerlo. Con cautela abrí los ojos, aún viéndome imposibilitada de enfocar bien mi vista. Aquella superficie de un perfecto color pálido debería haberme alertado de alguna manera. Sin embargo, sólo cuando mis ojos se enfocaron correctamente y vi aquel cabello broncíneo, que me hacía cosquillas en la nariz, pude darme cuenta de la situación. Si no hubiera estado acostada, seguramente me hubiera caído de la sorpresa y el desconcierto.
Suspiré profundamente, viéndome embriagada por aquella fragancia dulce.
Aún boca abajo, algo atontada por el fuerte perfume y con la cabeza apuntando a la oreja de mi acompañante, bajé mis ojos y recorrí el helénico rostro, para encontrarme con algo que me dejó con la boca abierta —en el sentido literal de la palabra—. Mi brazo reposaba sobre aquella cintura enfundada en una camisa verde, que ahora lucía arrugada y desordenada. Entonces me di cuenta que la tibieza en mi costado izquierdo no era más que su mano aprisionando mi cintura. Me quedé totalmente paralizada, sintiendo una extraña sensación en mi pecho.
¿Cómo habíamos acabado Edward y yo así?
Y, sobre todo, ¿Por qué siempre que me quedaba dormida cerca de él, amanecía durmiendo sobre él?
Inevitablemente, me sonrojé ante el pensamiento.
Aún con cierta timidez alcé mis ojos a su perfecto rostro. A diferencia de otras veces, que lucía hosco y frío, ahora podía ver una mueca serena en cada facción. Sus cabellos, del color del bronce, completamente desordenados; sus ojos cerrados con tranquilidad; su boca levemente entreabierta y dejando escapar con suavidad su respiración. Me quedé prendada a su rostro, el cual me transmitía una paz increíble. Así, decidí que aún estaba cansada y no me preocupé por la comprometedora posición en la que nos encontrábamos, tampoco porque traíamos nuestras ropas del día anterior y ni siquiera porque estábamos en una habitación que no era nuestra; simplemente, me acomodé como antes y volví a quedarme dormida en el más pacífico de los sueños.
No se cuanto tiempo transcurrí allí, pero me sorprendió que, cuando volví a despertarme, Edward siguiera en la misma posición que cuando me había dormido. Acomodado a mi derecha, respirando acompasadamente con sus ojos cerrados. Giré un poco para el costado, aún sintiendo su mano en mi cintura, y me deleité con su piel blanca como la nieve. Con delicadeza, pasé tres de mis dedos por su pálida mejilla y entonces, casi de forma instantánea, sentí dos orbes esmeralda mirarme con desconcierto. Un encantador desconcierto.
—¿Bella? —preguntó en un susurro adormilado, con voz algo ronca.
Asentí suavemente mientras quitaba mis dedos de su mejilla. Él pareció notarlo, porque me miró aún más confundido que antes. Me observó por unos segundos a los ojos —en los que me vi patéticamente conteniendo mi respiración— y luego su mirada vagó de forma apresurada por la habitación. Una ola de entendimiento llegó a su rostro, porque este se desfiguró de una forma repentina. Lo vi incorporarse de golpe, quitando rápidamente la mano de mi cintura. Me erguí yo también, aunque de forma más suave, y tiré de la manga de su camisa con delicadeza. Él, que estaba mirando al frente, se volvió para mirarme.
—¿Estás mejor? —pregunté suavemente.
Lo escuché suspirar y sus ojos viajaron a un punto de la habitación lejos de mi figura.
—Sí, muchas gracias —respondió quedamente.
Nos quedamos en silencio allí, en medio de la cama, por unos cuantos segundos; hasta que escuchamos unos casi inaudibles golpes en la puerta. Ambos miramos en aquella dirección con el ceño fruncido y escuché la suave voz de Edward.
—¿Adelante?
Apenas pronunció aquello, la curiosa cabecita de Alice se asomó por la puerta. Su mirada se dirigió de Edward a mí y de mí a Edward, repitiendo el proceso varias veces. Parecía un poco decepcionada, pero pronto una enorme sonrisa pícara se prendió de su rostro.
—¿Qué haces aquí, Alice? —preguntó confundido, Edward.
—Oye, que vosotros no sois los únicos que podéis quedaros a dormir aquí —comentó divertida.
Traía una larga bata de un apagado rosa viejo —que supuse que sería de Rose, ya que le quedaba bastante larga— y bajo sus ojitos azules se veían una pronunciadas ojeras. Volvió a alterar su mirada entre ambos, al ver que ninguno de los dos respondía. Escuché su risita antes de que volviera a hablar.
—Bueno, igualmente, no venía para recriminaros nada —comentó, con aquél matiz pícaro que siempre me hacía sonrojar—. Vengo a avisaros que en unos minutos estará listo el almuerzo.
—¿Almuerzo? —preguntó Edward sorprendido, ganándome de ante mano—. ¿Qué hora es?
—Las dos de la tarde, quiero hermanito —respondió divertida—. Digamos que tuvimos que postergar el almuerzo porque Hannah sólo se atrevió a despertar a Rose primero, alrededor de las doce del mediodía.
—¿Y por qué no viniste antes? —inquirí yo.
—Toqué varias veces la puerta —comentó, aparentemente divertida—, pero nadie respondía así que…
Otro sonrojo volvió a llegar a mis mejillas mientras me ponía torpemente de pie. Recordé que traía puesto el vestido, por lo que me acomodé la falda rápidamente. Sentí dos pares de ojos sobre mí, pero me decidí por mirar a Alice y evitar los intimidantes ojos de Edward. La pequeña de los Cullen observó a su hermano y luego volvió a dirigir sus ojos a mí, con una sonrisita en el rostro.
—Puedes darte una ducha si quieres, Bella —comentó—. Te conseguiré algo de ropa, ¿te parece?
Asentí suavemente.
—Sí, gracias Alice.
—Conseguiré algo para ti también, Edward —agregó la pequeña antes de salir lentamente de la habitación, arrastrando los pies.
Los dos volvimos a sumirnos en un profundo silencio, hasta que Edward decidió ponerse de pie. Con suavidad empujó la puerta y sus ojos se posaron en mí nuevamente. Me hizo un suave gesto con la mano.
—Ven, te mostraré el baño que puedes utilizar —ofreció con seriedad.
Yo simplemente asentí y lo seguí por los pasillos de la casa.
Rápido pude ducharme en uno de los grandes baños de la casa, para luego vestirme con las prendas informales que Alice me había facilitado. Recordando algunas vagas imágenes de la noche anterior, bajé a la cocina para encontrarme con la sonrisa cordial de Hannah, una malhumorada Rosalie, la siempre alegre Alice y un serio y aseado Edward.
—Buenos días —saludé suavemente, mientras me sentaba a la mesa.
—Buenos días, Bella —me saludaron Hannah y Rose a la vez, una con tono cordial y la otra con voz cansada.
La madre de los hermanos Hale comenzó a servir el almuerzo, mientras todos comenzábamos a saborearnos por los manjares que veíamos pasar frente a nuestros ojos. Antes de que acabara de servir, escuchamos unos ruidos provenientes del piso superior, seguidos de algunos gritos e improperios. Minutos después, aparecieron en la cocina un sonriente y divertido Jasper, y un enfurruñado Emmett, cuyas ropas se encontraban mojadas.
—¿Quién fue la mente brillante? —gruño el mayor de los Cullen de mala manera.
Rosalie levantó la mano sin miramientos, mientras la otra se dirigía a su boca para acallar un bostezo. Emmett se sentó de mala gana a su lado.
—Sabes que, si no te tirábamos agua, podías seguir durmiendo hasta mañana —comentó Rose, encogiéndose de hombros.
—Y sabes que siempre me asignan los trabajos de riesgo… —comentó Jasper con una sonrisa. Luego nos miró a todos, señalando con el pulgar a Emmett—. ¡Me tiró un zapato y creí que me arrancaría la cabeza! ¡Hermano, no sabía que tuvieras pies tan grandes!
Hubo una carcajada general e incluso vi una suave mueca en los labios de Edward. Jasper se sentó a la mesa y todos comenzamos a comer con ansias el elaborado almuerzo.
La comida acabó entre escasas charlas y pronto todos acabamos. Poco después de levantar la mesa, los seis nos dirigimos al living y el panorama seguramente debía resultar bastante patético. De hecho, Hannah se ocupó de confirmar aquello cuando, al entrar a la amplia sala, dejó escapar una suave y melodiosa carcajada.
—¿Dónde están los fuertes y energéticos chicos que salen de fiesta? —preguntó con algo de sorna, mientras pasaba su mirada divertida por nosotros.
Y es que, efectivamente, no quedaba ningún rastro de energía en nuestros cansados rostros. En el sillón más grande del living nos encontrábamos los seis apoyados los unos sobre los otros. Mi cabeza reposaba de forma pesada sobre el gran brazo de Emmett y los desordenados cabellos de Alice me hacían cosquillas en el hombro contrario. Mas allá estaban sentados Jasper y Edward con la cabeza echada hacia atrás, y Rose se encontraba medio acostada entre su hermano y Emmett, con cara de haber pasado por la guerra.
—Creo que esos chicos se han escapado por la ventana —comentó de forma desganada Rosalie, llevándose una mano a la cabeza—. Si los encuentras por ahí, diles que vuelvan.
—Igual no crean que nos quedaremos toda la tarde aquí sin hacer nada, ¿eh? —aseguró Alice alzando la cabeza, y todos nos volvimos para mirarla con terror, menos Hannah, que rió melodiosamente.
—¿Qué planea tu demoníaca cabeza? —pregunté, frunciendo el ceño.
Alice se llevó un dedo a la barbilla con un divertido gesto pensativo.
—¡Ya sé! —gritó, después de unos segundos, sobresaltándonos a todos— ¡Vamos a la playa!
Oh, sí. La cara de todos era un poema.
¿Pero quien, en su sano juicio, podía decirle que no a una tan entusiasmada Alice?
Suspiré. Sería un día largo.
Entre medio de las protestas de los Cullen y los Hale, me vi siendo arrastrada por la pequeña Alice al exterior de la casa, alegando que debíamos cambiarnos y tomar algunas cosas. Quedando con Jasper y Rosalie para las cuatro y media de la tarde —algo completamente inútil a mi parecer, ya que cuándo llegáramos a la playa nos quedaría tan solo un par de horas de luz solar —, Edward y Emmett salieron con nosotros. Todos nos subimos al Volvo, que estaba allí desde la noche anterior, y nos dirigimos de regreso a la casa de los Cullen.
Alice armó un equipo completo para mí que, al estar demasiado cansada como para discutir, acepté sin rechistar. Estaba acabando de abotonarme una camisa verde sobre el traje de baño oscuro, cuando escuché los grititos de Alice desde afuera de la del cuarto que ahora ocupaba en mis visitas a aquella casa. Pocos segundos después, la más pequeña de los Cullen entró en el ambiente como un vendaval, seguida de Edward que…
Demonios.
Edward en traje de baño. En unas largas bermudas de baño. Nada más.
Tierra llamando a Bella. Tierra llamando a Bella. ¿Hay alguien ahí?
Edward notó mi mirada y aparté los ojos automáticamente de su piel nívea. Alice soltó una cantarina risita y se colgó de la cintura descubierta de su hermano.
—Vamos, que las bermudas quedan bien —alegó, alzando el rostro para miarlo—. ¿Verdad que sí, Bella?
—A… ja —respondí, soltando todo el aire que había estado guardándome.
—De acuerdo, pero… ¿podrías devolverme mi camisa? —dijo Edward de mala gana, evitando mi mirada.
Alice, con una inocente sonrisa, le pasó una camisa blanca de mangas cortas. Edward la tomó de forma recelosa y rápidamente se la pasó por los brazos. Tuve el descaro de observarlo por unos segundos más, mientras el acababa con la tarea de abotonarla de una, a mi parecer, lenta y tortuosa forma.
—¿Ya estás lista, Bella? —canturreó Alice, dirigiéndome una pícara mirada.
—Sí, diablilla —mascullé entre dientes, mientras tomaba mi bolso.
Emmett se nos unió enseguida ante el grito de partida de su hermana. Los cuatro volvimos a meternos dentro del auto de Edward y nos dirigimos por la carretera hacia las afueras de Forks. Después de un rato de viaje con la música a un volumen considerable —controlada por Alice, por supuesto—, llegamos a una pequeña loma que descendía en las playas de La Push. Esta vez, sin embargo, tomamos un camino que nos llevó varios kilómetros más allá de donde se había desarrollado la fiesta de Jake. Después de pasar rápidamente los diferentes balnearios, Edward se detuvo detrás de unas plantas y pudimos bajar. Pronto la sal llenó mis pulmones y el cálido viento llegó hasta nosotros de forma placentera, acompañado de los tímidos rayos del sol, que en pocas horas desaparecería. Emmett tomó todos los bolsos y objetos de playa con facilidad y su hermano lo ayudó a llevar algunas sillas que la pequeña Alice había insistido en meter dentro de la cajuela del auto.
En el centro de la playa, vimos a un animado Jasper hacernos señas con los brazos extendidos. Todos nos acercamos y, a su lado, divisamos a Rosalie sentada sobre una colorida lona. Traía un traje de baño color cereza que la hacía ver realmente deslumbrante. Jasper pasó un brazo por la cintura de Alice, pero esta se le colgó del cuello con una feliz sonrisa.
—¡Vamos al mar! —pidió de forma animada—. ¡Por favor!
—De acuerdo —le sonrió Jasper.
—Yo prefiero quedarme aquí —aseguró Rose, aún recostada boca abajo.
—Oh, no, tú te vienes con nosotros —aseguró Emmett, quien, tomándola por la cintura, se la cargó al hombro.
—¡Emmett!, ¡bájame! —se quejó la rubia del grupo, con resultados nulos. Emmett ya había comenzado a caminar hacia el mar, con ella a cuestas—. ¡Cuando mis pies toquen la tierra, vas a sufrir graves consecuencias!
—¿Vienes, Bella? —me preguntó la pequeña de los Cullen.
Negué suavemente con la cabeza.
—Prefiero quedarme aquí —aseguré—. Estoy un poco cansada…
—Pero no quiero que te quedes sola… —comentó Alice haciendo un puchero.
—Tranquila, yo me quedaré aquí también —aseguró la aterciopelada voz de Edward, y los tres nos volvimos para mirarlo.
La pequeña de los Cullen dibujó una gran sonrisa en su rostro y, después de asentir, tiró fuertemente de la mano de Jasper, empezando a correr.
—¡Alice, me vas a matar! —gritó Jasper con horror, ante la velocidad de su prometida, mientras ambos avanzaban por la arena.
Reí con ganas y vi cómo las comisuras de los labios de Edward, a mi lado, se elevaban suavemente ante la imagen.
—Son asombrosos… —susurré, mirando hacia el mar, donde Rosalie estaba colgada del cuello de Emmett y Alice y Jasper trataban de sostenerla para que no lo matara.
—Sí, lo son —aseguró Edward, mirando hacia el frente.
El sol resplandecía en sus ojos verdes y en su cabello, arrancando destellos del color del bronce de ellos. La camisa blanca se movía suavemente con la brisa, dándome la impresión de que no era un joven a quién miraba, sino a un ángel.
Sacudí la cabeza.
—¿Trajeron algo para tomar? —pregunté, no sin cierta de torpeza.
Edward miró sobre su hombro, analizando todas las cosas que habíamos traído.
—Creo que no —murmuró—. ¿Quieres… que valla a comprar algo?
Negué suavemente con la cabeza. ¿Tantas cosas había traído Alice, pero no había nada para tomar?
Suspiré.
—Déjame a mí —aseguré; después de todo, un paseo para refrescar mi mente no me vendría mal.
De acuerdo, estar un poco lejos de Edward no me vendría mal. Esa era la verdad.
Antes de que él pudiera decir algo más, comencé a caminar con pasos pesados por la arena. Afortunadamente no fue demasiado el tiempo que tardé en llegar a una larga pasarela de madera, donde se ubicaban un par de negocios, en su mayoría cerrados. Con paso lento seguía andando por el largo lugar, tomando una curva. Allí, se podía ver una hilera repleta de negocios, así como también un panorama oculto de la carretera. Pasé algunos lugares con recuerdos y otras nimiedades, hasta que finalmente hallé un puesto de comida.
—Un agua mineral, por favor —pedí, cuando un muchacho de unos veintitantos años se acercó por detrás del mostrador de madera.
Me hizo una seña con la cabeza.
Mientras esperaba, me apoyé de espaldas a la barra, con los codos sobre ella, mientras estudiaba el lugar con cierta curiosidad. Entonces un grupo de altos jóvenes de piel trigueña me llamó la atención.
—¡Jake! —grité.
Todo el grupo se volvió y el aludido, después de mirarme con las cejas alzadas, se acercó con una sonrisa. Aproveché su camino para tomar mi agua del mostrador y pagarle al joven lo que le debía de forma apresurada.
—¡Bella!, ¿cómo estás? —preguntó tan entusiasta como siempre—. ¿Qué haces por aquí?
—Locuras con los Cullen y los Hale —comenté yo alzando los ojos, mientras él soltaba un suspiro—. Vine a comprar un agua.
—¿Supongo que entonces debo dejarte ir antes de que manden a la INTERPOL a buscarte no? —replicó con gracia, haciendo que una sonrisa se dibujara en mis labios.
—Supongo.
Comenzamos a andar un poco.
—Oye, Bella —me llamó. Lo miré, alzando un poco la cabeza para alcanzar sus ojos—, ¿crees que podrás escaparte de los Cullen alguna noche? —preguntó dudoso.
Lo medité unos segundos, mirando el camino de madera.
—Creo que podría intentarlo —respondí, y volví a mirarlo—, ¿por qué?
—Me gustaría poder cenar y hablar un poco contigo —comentó seriamente—. ¿Crees que podremos planear algo sin que Edward Cullen quiera mi cadáver? —agregó luego, dibujando una suave sonrisa en su rostro trigueño.
Sonreí.
—Lo intentaré —aseguré, antes de darle un beso en la mejilla—. Te contactaré, ¿de acuerdo?
Asintió con una sonrisa.
—Nos vemos, Bella.
Con cuidado, sosteniendo el agua entre mis manos, recorrí el camino de vuelta con tranquilidad. Aún el sol brillaba intensamente escondido entre las nubes, a pesar de que debían ser ya las cinco y media de la tarde. Con cuidado salí del camino y comencé a andar por la arena. Cuando llegué, pude divisar a los lejos a Edward, sentado sobre la lona. En el mar todavía se escuchaban gritos y podía ver las figuras de los Cullen y los Hale moviéndose en el agua.
—¿No tienen frío? —pregunté yo, sentándome al lado de Edward.
Pareció sorprendido por mi presencia y, saliendo de aquél estado pensativo en el que se encontraba antes de que yo hablara, se encogió suavemente de hombros.
—Están algo locos —aseguró, volviéndose para mirarme.
Le sonreí.
—Y tú debes ser la oveja negra de la familia, ¿no? —bromeé.
Me sorprendió ver aquella sonrisa torcida tan… ¡Demonios!, ¿qué definición podía darle a aquéllo?
—Supongo que tengo algo de oveja negra… —murmuró, con las comisuras de sus labios aún tenuemente alzadas.
Y algo de bipolar también.
Honestamente, ¿cómo podía ser tan frío en un momento y alguien tan agradable en el otro?
Entonces recordé la charla que había tenido con Alice… ¿Tendría que ver su promesa con su constante actitud conmigo? ¿Sería realmente aquél Edward agradable y dulce el qué se ocultaba detrás de la coraza? Parecía tan sincero cuando lucía aquella sonrisa y cuando hablaba de manera tan despreocupada pero… ¿Cómo saberlo?
Aquella mueca pacífica en su rostro me aseguró que estaba tranquilo y que la forzada frialdad estaba fuera de su mente, por lo menos en aquél momento. Sus ojos cerrados y sus labios aún curvados de forma casi imperceptible me otorgaban el indicio de que, seguramente, aquél era uno de esos pocos momentos en los que estaba frente al verdadero Edward Cullen. Así, sin ningún tipo de barrera, sin ninguna coraza. Con las defensas bajas…
Entonces, algo en mi mente se instaló y comenzó a debatirse dentro de ella.
¿Debía seguir mis impulsos, o medir las consecuencias antes de actuar?
Una suave y cálida brisa vino hacia nosotros, y sus cabellos se ondularon con el viento de manera sublime, desprendiendo destellos que no tenían nada que envidiarle al mismísimo bronce.
Entonces, me decidí.
Con inseguridad pero con rapidez, llevé una mano a su cuello. Vi cómo sus ojos se abrían y se fijaban en mí con confusión.
—¿Bella, que…?
Esa vez, sin embargo, fue mi turno de no darle tiempo. Esta vez quise ser yo la que pudiera dejar a sus impulsos liberarse. Quise, por una vez desde que nos habíamos conocido, destruir las barreras de Edward Cullen.
Y lo besé.
Incluso cuando se encontraba sorprendido, moví mis labios sobre los suyos de forma suave, aún cuando esperara su rechazo.
Sin embargo, sus manos sobre mi rostro me desconcertaron.
Cómo siempre, terminó siendo él quien rompió mi autocontrol, cuando sus labios comenzaron a moverse sobre los míos de forma lenta y acompasada.
¿Por qué Edward Cullen siempre tenía la capacidad de sorprenderme?
Como tantas veces, sentí que su boca se despegaba de la mía; pero, a diferencia de otras veces, él no se alejó. Sus cálidas manos se quedaron a ambos lados de mi rostro y su frente descansó contra la mía. Cuando despegué mis párpados lentamente para observarlo, me encontré con sus ojos aún cerrados. Lo sentí suspirar contra mi rostro de una enloquecedora y dulce forma.
—Bella, ¿no recuerdas lo que te dije sobre mi autocontrol? —preguntó en un susurro que me incitó a cerrar los ojos también.
—No necesito que te controles —respondí de vuelta yo, completamente embriagada por el sonido de su voz de terciopelo.
Cuando se quedó por un rato en silencio, abrí mis ojos para toparme con sus relucientes e hipnotizantes orbes verdes, aún con su frente unida a la mía. Sentí tristeza en ellas y un extraño sentimiento me traspasó el alma.
—Es que no entiendes… —susurró—. Yo no puedo darte… nada.
Una de mis manos pasó de forma casi inconciente por su cuello, hasta llegar a su mejilla.
—Yo no te estoy pidiendo nada… —aseguré en un susurro también—. ¿Por qué tan sólo no puedes dejarme intentarlo?
Su rostro se contrajo en una extraña mueca y sus ojos aún lucían tristes.
—Porque siempre que lo he intentado, me ha salido mal… —susurró—. No quiero volver a cometer el mismo error.
—Edward… —repliqué, de forma suave, a modo de protesta.
—Bella, lo hago por ti —me aseguró apaciblemente—. Es mejor para ti si te alejo de mí.
Lo estudié cuidadosamente.
—Pero yo no quiero alejarme de ti —le aseguré, pasando distraídamente mi mano por su suave mejilla—. No quiero.
Se acercó a mí con cuidado y mi corazón aumento su ritmo, que ya de por sí estaba bastante por arriba de lo normal. Con cuidado apretó de forma suave mi cara entre sus manos y presionó sus labios contra mi frente. Entonces, pasó un brazo por mis hombros y me atrajo de forma cálida contra su pecho. Me quedé unos segundos asimilando lo que sucedía, hasta que logré reaccionar, y me acomodé contra el pecho de Edward.
—En algún momento lo comprenderás, Bella —me aseguró—; pero gracias, de verdad.
No reclamé nada. Por lo menos, en aquél momento no lo deseaba.
Después de todo, sus palabras me habían sonado a un cambio favorable en todo lo que pasaba entre nosotros.
Y además, en sus brazos, podía quedarme para siempre sin decir ni una sola palabra.
…
Aw. Que lindos que son juntos. De cualquier modo, el capítulo va a tener bastante relevancia. Ya verán por qué. En fin, ¿Les gustó? ¿No les gustó? ¿Algún tipo de sugerencia?
Ya tengo las fechas de los finales y me enorgullezco en decir que en aproximadamente cuatro semanas voy a poder hacer de mi tiempo lo que me plazca. En otras palabras, voy a ser oficialmente libre jaja. Tengo pensado comenzar alguna nueva historia en la que seguramente serán todos humanos. La trama, de cualquier modo, no va a ser tan retorcida como esta. Tengo tres ideas en mente, en realidad, que no tienen nada que ver una con la otra: una, más que nada, cómica y con menos quebraderos de cabeza; otra con toques de humor, pero con un fondo un poquito dramático; la tercera, con un comienzo bastante dramático y quizás un desarrollo algo empalagoso. No voy a dar detalles puntuales de la trama, pero me gustaría saber que les atrae más —sobre todo porque hace tiempo que no puedo decidirme por ninguna de las tres—. De momento, tengo la introducción de dos y sólo el planteo de la idea de otra, pero no se por cuál inclinarme. ¿Ustedes que opinan?
Para Caro que preguntó, por cierto, los afiches yo los vi en la gran mayoría de los cines (están en casi todos los de Buenos Aires). Y no te preocupes, yo también estuve más que tentada a llevarme uno; pero acá, nos toca esperar hasta el primero (un bajón).
Repito lo mismo que digo siempre, sólo por precaución, ya saben: Quiero que sepan que no leí aun Breaking Dawn, por lo que les voy a pedir encarecidamente que por favor no me dejen spoiler, ni comentarios ni nada relacionado al respecto. Ni que les pareció, ni que no, ni nada, porque la verdad es que si hay algo que me frustra mucho es que me cuenten los libros que quiero leer. Bah, ustedes me entienden ¿No? Así que ya saben, el que comente Breaking Dawn, directo a la horca jaja. Ya lo tengo pensado, y lo voy a leer en diciembre, en vacaciones jaja. Después de ese mes, se aceptan los comentarios jaja.
Como siempre, agradezco los comentarios. ¡Les juro que me ponen tan feliz! Aprecio tanto palabras de aliento, como críticas o simplemente la marca de que leyeron y les gusta. ¡Muchas, muchas gracias! Ahora me pongo a responder sus dudas.
En fin, buena semana para todos.
Nos leemos pronto. ¡Saludos!
LadyCornamenta.
