Bajo El Mismo Techo.
By LadyCornamenta.
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Capítulo 16: Cambios favorables.
Jasper y Rosalie llegaron pronto —más rápido de lo que hubiese deseado, a decir verdad— y se sorprendieron notablemente al verme tan sólo abrazada a Edward, ya con nuestros rostros a una distancia prudencial. Con cuidado, luego de separarnos, ambos nos pusimos de pie y nos acercamos a los gemelos. Algunos minutos después, Emmett apareció por donde se había ido, con Alice cargando al hombro. El mayor de los Cullen llegó hasta nosotros y, con la pequeña gritando sobre su hombro, comenzó a caminar a nuestra par. Me subí con los Cullen al auto de Alice, luego de despedirnos de los Hale. La pequeña comenzó a manejar con destreza por la carretera y, en menos de lo que esperaba, divisé mi hogar.
—¡Nos vemos mañana! —chilló de forma alegre Alice, mientras salíamos del auto.
Me despedí de ella y Emmett agitando la mano, mientras Edward abría la puerta de entrada. Lo seguí dentro de la casa y ambos dejamos nuestras cosas en el recibidor.
—¿Qué quieres comer? —preguntó suavemente, mientras se dirigía a la cocina.
Lo tomé del brazo con cuidado.
—Tranquilo, yo cocino —me ofrecí con una sonrisa, cuando él se volvió.
Su rostro confuso se transformó en uno sereno, mientras una suave sonrisa apenas visible se posaba en él. Asintió suavemente y, cuando me dirigía hacia la cocina, lo descubrí caminando tras mis pasos.
Lo miré alzando una ceja.
—¿Me dejarás, aunque sea, ayudarte? —preguntó con falsa inocencia.
Asentí con una sonrisa, feliz de aquella nueva actitud que había adoptado conmigo.
Entre los dos pronto terminamos de preparar la comida. Con una energía de origen incierto, comencé a poner la mesa mientras Edward revolvía la salsa que yo había preparado. Cuando todo estuvo acabado, ambos comimos con la televisión de fondo, en un clima mucho más ameno y agradable de lo normal. Se ofreció a lavar los platos pero, por supuesto, yo me quedé a ayudarlo para devolverle el favor. Cuando acabamos, suspiré cansada, mientras dejaba un repasador sobre la mesada de la cocina.
—¿No sería mejor que te fueras a dormir? —me preguntó suavemente Edward, cerrando la canilla y secándose las manos.
Asentí suavemente, recargando mi peso sobre la mesada, de espaldas a ella.
—Si, sino mañana nadie podrá levantarme —comenté, enderezándome. Miré a Edward, quien sonreía de lado.
Inevitablemente, me encontré sonriendo de forma suave yo también.
Me acerqué un poco más a él y me quedé unos segundos observando su pálido rostro, sus ojos brillantes y aquella hermosa mueca sobre sus labios.
—Hasta mañana —saludé suavemente.
—Hasta mañana, Bella —respondió, pasando una mano por mi mejilla. Con cuidado, rozó sus labios con los míos y su perfume chocó contra mí, mareándome levemente—. Que descanses.
Obligué a mis pies a andar y salí de la cocina. Como autómata realicé todas las tareas previas a acostarme y, cuando por fin terminé, me dejé caer pesadamente sobre mi cama. Con una sonrisa idiota en mis labios, giré y me acomodé boca abajo, hundiendo mi cabeza en la almohada. Aquél fin de semana había tenido, ciertamente, un poco de todo. Tenía ganas de seguir dándole vueltas a todas aquellas incógnitas que habían quedado planteadas en mi mente, pero los ojos me pesaban y mi cuerpo reclamaba a gritos un poco de descanso. Intentando dejar de lado todas las preocupaciones y cavilaciones para el día siguiente, cerré los ojos y dejé escapar un pesado suspiro. Poco tiempo después me quedé dormida, pensando en aquella profunda fragancia que estaba volviéndome loca y en aquella sonrisa que cada día me gustaba un poco más.
Sentí algo que disturbaba mi sueño. Estaba soñando con Edward y no era conciente de si aquello, en mis condiciones, estaba bien o mal. El hecho de que no me hubiese dado una negativa ante la propuesta de darme una oportunidad quizás me estaba haciendo ilusionar más de la cuenta, pero no quería pensar demasiado en ello. Estaba feliz y no había nada que hacer. Volví a sentir algo molestándome y traté de espantarlo con mi mano adormilada, sin éxito alguno. Gruñí cosas incomprensibles hasta para mí, demasiado a gusto como para abrir los ojos. Escuché un melodios sonido, el susurro de mi nombre y me alerté. ¿Tan loca estaba que escuchaba cosas? Entonces, la comprensión llegó a mí como un balde de agua fría.
Abrí los ojos de repente para encontrarme con aquellas hermosas esmeraldas.
Me quedé congelada por unos cuantos segundos.
—Buenos días —me saludó Edward, con parcimonia y una suave mueca alegre en su rostro.
En una actitud completamente infantil, me tapé con todas las sábanas hasta la coronilla. ¡Recién me levantaba y debía ser un desastre! No tenía derecho, menos siendo tan… endemoniadamente perfecto como era él ante mis ojos.
—No querrás volver a dormir, ¿No? —preguntó la voz de Edward, que, desde mi posición, sonaba ahora más lejana.
¡No quería dormir! ¡Quería ocultarme!
Sin embargo, pronto las mantas desaparecieron casi por arte de magia. Cuando alcé los ojos, me encontré con Edward de pie frente a mí y con toda la ropa de cama en sus manos. No esperaba aquello, pero creo que él también se sorprendió cuando me vio allí, sobre mi cama…
¡Dios! ¡Lo único que traía era mi camisón de verano!
Casi como autómata, Edward volvió a apoyar las sábanas en mi cama, con las que me tapé hasta el cuello, sintiendo mi rostro arder. Cuando percibí que los colores comenzaban a bajar y que estaba calmándome, lo vi sonreír de forma tenue, como venía haciendo últimamente, y señalarme con un cabezazo suave la mesita de mi habitación. Allí había una bandeja con comida y una humeante taza.
—Te dejaré para que desayunes y te cambies tranquila —comentó—. Se ha hecho un poco más tarde de lo normal. Te espero abajo.
Asentí quedamente, para que luego él saliera de la habitación.
Entonces, solté todo el aire que había estado conteniendo.
Rápidamente ingerí el desayuno que Edward había preparado y rebusqué en mi armario unos jeans bastante nuevos y una camisa que encontré en el primer cajón. Corrí hacia al baño y, marcando un nuevo record para sumar a mi lista, acabé de asearme y cambiarme. Bajé torpemente las escaleras mientras guardaba una de mis carpetas en el morral, dirigiéndome a la cocina. Al no ver a nadie allí, caminé hasta el hall, de donde pude divisar a Edward, sentado amenamente en uno de los sofás del living. Cuando escuchó mis pasos agitados, alzó la cabeza y se puso de pie.
—Perdón por el retrazo —balbuceé entrecortadamente, intentando recuperar la respiración luego de la carrera—. Hice todo lo más rápido que pude pero no tenía los libros en e…
Uno de los níveos dedos de Edward selló mis labios, mientras los suyos se curvaban en una mueca comprensiva.
—Tranquila —me calmó con voz suave—. No es tan tarde.
Se dirigió a la puerta y tuve que recordarme varias veces como respirar antes de seguirlo. ¿Es que nunca terminaría de acostumbrarme a él?
Compartimos un viaje ameno hacia la escuela y, cuando llegamos a los exteriores de la misma, Edward aparcó con destreza en uno de los pocos lugares libres que quedaban. Con velocidad —o por lo menos a todo lo que mis piernas daban, ya que estaba segura de que él podía correr más rápido— atravesamos los pasillos casi desiertos y tomamos algunas curvas hasta alcanzar nuestro aula. Edward llamó rápidamente y, luego de disculparnos con el profesor, ambos ingresamos y nos acomodamos en nuestros respectivos lugares, bajo la atenta mirada de nuestros compañeros.
—Antes de que llegaran el señor Cullen y la señorita Swan —comentó el profesor de literatura, apoyándose sobre su escritorio y cruzando los brazos sobre su pecho—, estaba comentando que, cuando acabemos con las pocas páginas que nos quedan de Romeo y Julieta, me gustaría que hicieran un análisis de la misma en grupos de a cuatro, dividiendo los aspectos que se tocan en la obra.
Hizo una rápida explicación y, afortunadamente, nos dejó elegir los grupos por lo que pronto anoté mi nombre junto al de Alice y el de Edward, dejando el equipo abierto a quien quisiera unirse a nosotros, antes de pasar la lista hacia delante. El hombre que impartía la materia observó el papel antes de dar un asentimiento.
—Le haré saber los temas en la semana —agregó finalmente.
Después de que acabáramos con la clase, una joven de cabellos rubios —que, si no me equivocaba, respondía al nombre de Lauren Mallory— se acercó a nosotros y nos comentó que se había unido a nuestro grupo, no sin antes dirigirle una descarada mirada a Edward. La fulminé con la mirada y, ante la risita pícara de Alice, le comenté de mal humor que ya arreglaríamos un día para reunirnos.
El resto de la mañana transcurrió con normalidad y pronto salimos del aula, con destino a la cafetería de la escuela. Con una sonrisa en mi rostro comencé a andar al lado de Alice, que no dejaba de hablar de lo bueno que era tenerme dentro del grupo, después de haber hecho tantos trabajos grupales con malos compañeros y desastrosos resultados.
—¿…y cuántas veces dijiste que lo leíste? —alcancé a oír.
—Unas cuatro, creo —comenté ausentemente.
—¡Nos irá excelente, entonces! —exclamó emocionada, abrazándome, al tiempo en que yo sonreía divertida.
—Nos irá bien de cualquier modo —comentó la voz de terciopelo de Edward, que venía caminando detrás de nosotras—. Las dos son muy buenas en literatura.
Alice miró a su hermano confundida, mientras yo sólo le regalaba una sonrisa.
—¿Desde cuándo se te da por meterte en las conversaciones ajenas? —preguntó Alice, rezagándose para comenzar a caminar a la par de su hermano—. ¿Te sientes bien?
Edward sólo le sacudió el pelo de forma cariñosa y siguió su camino, mientras Alice se quedaba incrédula y helada en su lugar.
Me quedé con ella, mientras Edward se dirigía hacia donde estaba Emmett, parado unos cuando metros más adelante y haciendo innecesarias señales con los brazos entre el gentío. ¡Vamos, si le sacaba una cabeza a la mayoría de los alumnos!
—¿Tú sabes que le pasa, Bella? —inquirió la pequeña Cullen, con voz queda.
Negué suavemente con la cabeza. Luego una pequeña sonrisa surcó mi rostro.
Quizás si sabía, pero todo a su tiempo.
Nos reunimos con los demás y, todos juntos, nos dirigimos a la mesa que habitualmente ocupábamos. Con cuidado acomodé mi bandeja sobre la mesa y me senté, con Edward y Alice a mi lado. Comencé a comer en silencio, mientras los hermanos charlaban sobre cosas sin demasiada relevancia. En medio de un comentario nada refinado de Emmett sobre la profesora de economía, escuchamos un suave taconeo sobre el piso. Todos alzamos la cabeza para encontrarnos con una muchacha de cabello oscuro, luciendo una enorme sonrisa.
—Edward Cullen, ¿No? —preguntó quien recordaba como Jessica Stanley, mirando al aludido de forma bastante indecorosa.
¡Vamos! ¿Era hoy el día de comerse con la mirada a Edward Cullen y yo no me había enterado?
Edward asintió y ella sonrió aún más. Vi como Rosalie murmuraba algo entre dientes, mientras Alice soltaba una risita, con su vista posada en mí. La comprendía, después de todo, ya que mi mirada amenazante hacia Jessica debía ser algo bastante memorable.
—Me dijeron que te entregue esto —comentó la muchacha, alcanzándole un papel.
Edward, bastante confundido, tomó el retazo.
—Gracias —murmuró.
Jessica le dirigió otra empalagosa sonrisa antes de salir de nuestra vista. Rosalie la vio alejarse y luego se volvió de forma amenazante a mirar a Edward.
—Si te dio su número de teléfono, hazme el favor de saberlo —masculló la rubia—. Quiero saber cuán patética puede llegar a ser.
Emmett y Jasper soltaron una risita, mientras Alice y yo mirábamos atentamente las manos de Edward. Él abrió el papel, al que lamentablemente yo no tenía acceso, y comenzó a leer en silencio, frunciendo el ceño de vez en cuando. Poco tiempo después dobló el trozo de hoja y lo guardó en su bolsillo.
—Era de Carlisle —explicó, mirando a Rosalie, quien, luego de su declaración, parecía decepcionada—. Este viernes harán una importante operación y quiere que esté presente.
Todos nos quedamos mirándolo por unos segundos y asentimos quedamente, para luego retomar nuestra comida. Estuvimos allí un rato más, mientras terminábamos con lo que nos quedaba.
—Es un día tan hermoso —comentó soñadoramente Alice, apoyando el mentón sobre la palma de su mano—. ¿Por qué no hacemos algo? —propuso entusiasta.
—¿No te alcanzó con el fin de semana que tuvimos? —preguntó una incrédula Rose.
Sentí la mirada de la pequeña Cullen sobre mí.
—Yo tengo que trabajar —me excusé rápidamente. Luego solté un suspiro de fastidio—. Además, tengo que estudiar matemática —bufé—. Malditas inecuaciones.
—No te preocupes —comentó Edward—. Tengo un par de apuntes que pueden servirte —aseguró con aquella voz cordial y suave.
Asentí sonriente y sentí como Edward me respondía, apretando un poco los labios, con aquella mueca en su rostro que se asemejaba a una sonrisa.
Me volví hacia los demás y vi como nos observaban con muecas incrédulas en sus rostros. Emmett parecía entre sorprendido y divertido, Rose y Alice tenían cara de haber visto un fantasma y Jasper simplemente sonreía tenuemente. Completamente avergonzada, me puse de pie de forma torpe. Sus miradas ahora estaban clavadas exclusivamente en mí.
—Esto… arte… salón de arte… pinceles olvidados… ya vuelvo.
Bravo Bella, excepcionalmente coherente.
Con aquellas palabras sin sentido salí de la cafetería, con el rostro adornado de diferentes tonalidades de rojo. Siempre parecía olvidarme de todo lo que me rodeaba cuando Edward estaba a mi lado. ¿Me estaba volviendo loca o qué? Suspiré.
Aquello era posible.
Con cuidado ingresé a la dichosa aula de arte y cerré la puerta con cuidado. Con el reflejo de la claridad del día colándose por las amplias ventanas, comencé a deslizarme de forma cansina por las baldosas decoradas con viejos manchones de pintura de colores, hasta alcanzar un pupitre. Con desgano me apoyé sobre él, afianzando mis manos a los bordes del mismo y echando mi cabeza hacia atrás. Cerré los ojos y me quedé allí, disfrutando del silencio e intentando tranquilizarme, hasta que escuché el suave chirrido de la puerta.
Bajé la cabeza para encontrarme con el alegre rostro de Alice.
—¿Encontraste los pinceles? —preguntó con retintín, cerrando la puerta y acercándose a mí.
La miré alzando una ceja y ella soltó una risita melodiosa.
—Tranquila —me comentó, con su voz cantarina—. Sólo venía a buscarte, nada más; y a agradecerte.
La miré frunciendo el ceño.
—¿Agradecerme? —pregunté confundida—.¿Agradecerme por qué?
—Por ayudarnos a ir recuperando, poco a poco, al viejo Edward —respondió con total seriedad y una mirada llena de cariño.
Me estremecí, mientras mi corazón comenzaba a latir como loco dentro de mi pecho.
La semana, como usualmente venía sucediendo, se pasó con mayor rapidez de la que esperaba. Además de las clases y el trabajo, tuve que soportar los constantes comentarios de Alice y las alusiones de los Cullen y los Hale a la nueva actitud de Edward; y eso que, aún, ninguno tenía idea de aquello que había pedido el día de nuestra salida.
Suspiré. Aquello sería un tema difícil de tocar.
El viernes, saliendo del local de los Weber, pasó el Volvo de Edward a recogerme. Subí dentro de él y mi acompañante comenzó a manejar con rapidez hacia el hogar. Cuando llegamos a la casa, abrí la puerta pero no salí, al ver que él aún se encontraba dentro y no se había movido de su asiento.
—Yo me quedo —comentó—. Debo ir al hospital.
—Te acompaño —aseguré rápidamente, a pesar de lo cansada que estaba—. Me gustaría visitar a mis padres.
Edward negó suavemente con la cabeza.
—Voy a volver tarde, ya que voy a quedarme con mi padre —replicó—. Si quieres ver a tus padres, puedo llevarte mañana —agregó suavemente.
Asentí quedamente, mientras me inclinaba hacia él.
Me miró con cierta sorpresa cuando nuestros rostros quedaron a una escasa distancia.
Con timidez, avancé un poco más y rocé mis labios con los suyos, acariciando con cuidado su níveo rostro.
—Suerte —me despedí, con las mejillas sonrojadas, empujando la puerta del Volvo.
Con velocidad me encaminé hacia la casa, mientras veía como el automóvil aceleraba y se perdía por el camino. Respirando de forma irregular y con los latidos de mi corazón a una velocidad anormal, abrí la puerta de calle y me adentré en la casa, dejando todas mis cosas de forma desordenada en el sofá. Con cansancio me tiré sobre él y cerré unos minutos los ojos.
Me pasé toda la tarde mirando televisión y buscando alguna cosa con la que matar el tiempo. Me estiré sobre el sillón boca arriba, completamente aburrida, dejando la mirada fija en el techo. Del exterior sólo podía oír la copiosa lluvia caer contra los cristales de la ventana, percatándome recién en ese momento que estaba lloviendo con cierta intensidad. Me quedé un rato allí, escuchando las gotas repiquetear contra el vidrio, hasta que, inevitablemente, me quedé dormida. No sé cuánto tiempo me quedé allí descansando, pero, cuando me levanté, aún llovía. Luego de unos minutos en los que me rehusé a levantarme, finalmente, me puse de pie con fatiga y me dirigí al piso superior, decidida a realizar algunos deberes y aprovechar de manera productiva el tiempo libre. Después de todo, no tenía nada mejor que hacer.
Luego de buscar mi mochila, volví a bajar y me acomodé, no sin cierta pereza, en la mesa de la cocina. Encendí la vieja radio que repostaba sobre uno de los estantes, sintonizando alguna de las estaciones locales de música; para luego sentarme a la mesa. Rebusqué mi estuche de lápices y le dirigí una mirada de odio a mi carpeta de matemática, como si fuera la total y absoluta culpable de mi dificultad para con el tema que estábamos viendo en clase. Busqué las hojas correspondientes y los apuntes que me había prestado Edward y los analicé con una rápida mirada; entonces, tomé mi morral para buscar los útiles de geometría. Revolví en el interior, pero mis manos se toparon con un papel. Con curiosidad, analicé la fuerte caligrafía.
La nota de Jake.
Entonces, recordé nuestra conversación.
¿Debía llamarlo o…?
Me quedé por un tiempo indefinido allí sentada, pensando en las posibilidades que tenía. Sin embargo, el teléfono sonó, sacándome de mis pensamientos. Me puse de pie de forma torpe y, luego de guardar el papelito dentro de mi pantalón, troté hasta el teléfono.
—¿Si?
—Bella, habla Alice —comentó, con su vocecita cantarina—. ¿Cómo estás?
—Muy bien —repliqué, aún algo perdida en mi mundo.
—Bella, Edward me llamó hace un rato —me comentó casi de forma confidente—. Me dijo que debe quedarse hasta la madrugada en el hospital, porque las cosas se han complicado un poco y necesitan quedarse en espera con mi padre. Volverá, con seguridad, pasadas las dos de la madrugada, pero me pidió que vaya contigo a hacerte compañía…
Dejé de escucharla por unos instantes, sopesando las posibilidades que tenía. Todo parecía haberse dado de forma correcta y me intrigaba bastante lo que Jake tenía para decirme, ya que rara vez su voz sonaba tan seria y sombría. Suspiré y trate de hacer mi mejor esfuerzo.
—No es necesario que vengas, Alice —respondí—. La verdad es que estoy más que cansada y quiero irme a dormir.
La excusa se oyó bastante convincente, a mi parecer; más que nada porque en realidad no era una mentira.
—De acuerdo —aceptó, luego de alguna que otra insistencia por mi parte—. Pero si tienes algún problema o quieres compañía no dudes en llamarme ¿Eh? —garantizó, de forma heroica.
Reí suavemente.
—Si, mujer maravilla, la llamaré si tengo algún problema.
Su risa fue lo último que escuché antes de que cortáramos la conversación.
Caminé arrastrando los pies hasta el sofá del living y me dejé caer en él, aún con el teléfono firmemente aprisionado entre una de mis manos. Dejé caer la cabeza hacia atrás, observando el techo de pintura algo gastada y preguntándome qué debía hacer en aquella situación. Luego de quedarme en aquella posición por unos cuantos minutos, decidí lo que me parecía más conveniente.
Con decisión tomé el teléfono y, luego de sacar el papel de mi bolsillo, tecleé rápidamente unos cuantos números.
—¿Hola? —preguntó una voz grave.
—¿Jake? Habla Bella.
—¡Bella! ¿Está todo bien? —preguntó con entusiasmo.
Le comenté rápidamente las condiciones en las que me encontraba: la ausencia de Edward, mi sutil rechazo a Alice y mi soledad en la casa; hechos que parecieron convencerlo sólo un poco. Después de que le explicara todo aquello, se quedó unos instantes en silencio. Tan sólo supe que aún seguía del otro lado de la línea por su acompasada y fuerte respiración.
—¿Estás segura de que Cullen no aparecerá de la nada por ahí? —preguntó, dudoso—. No quiero generarte más problemas, pero realmente necesito hablar contigo.
—No te preocupes —tranquilicé—. Las cosas se han complicado y, como te dije, no pisará la casa hasta entrada la madrugada.
Luego de alguna que otra palabra de convencimiento y de que me avisara que llegaría algo tarde, acabamos la comunicación. Con cuidado me dirigí a la cocina y puse agua dentro de una olla, para luego ponerla sobre el fuego. Mientras esta se calentaba, subí con velocidad al baño y me dí una ducha rápida. Haciendo mi mayor esfuerzo para no matarme, me envolví en una toalla y me dirigí presurosa a mi cuarto, para cambiarme. Una vez que acabé con aquello, alrededor de las diez y media de la noche, volví a la cocina para terminar la comida. Estaba terminado de pisar algunas papas, casi una hora después, cuando el timbre sonó, sobresaltándome ligeramente.
No sin antes tropezar con una de las sillas, salí corriendo de la cocina y abrí la puerta. En la entrada se encontraba Jake, con el cabello y las ropas completamente empapadas. Aquello, sin embargo, no parecía importarle, ya que una contagiosa sonrisa surcaba su rostro. Me acerqué un poco a él para saludarlo y el olor a salitre inundó todos mis sentidos.
—Sería bueno que me alcanzaras una toalla —comentó divertido Jake, a modo de saludo—. No me gustaría dejarte la casa pasada por agua.
Reí suavemente, mientras corría escaleras arriba. Luego de que encontré una amplia toalla en el baño, bajé y se la pasé a Jake, que aún esperaba de pie en la puerta. Con velocidad se la pasó por los brazos, el cuello y el rostro, para luego secar de forma despreocupada su largo cabello. Me pasó la toalla con una sonrisa y, después de escurrir un poco su ropa, ingresó en la casa. Yo eché a andar hacia la cocina y él me siguió. Le invité a que se acomodara en la mesa mientras yo terminaba de cocinar.
—¿En la paz del hogar? —preguntó cómicamente, mientras echaba un vistazo alrededor.
—Totalmente —aseguré—. No hay ningún Edward que pueda saltar a tu cuello en algún descuido.
Me sacó la lengua en un gesto infantil que me hizo reír suavemente.
Serví la comida rápidamente y me senté frente a Jake, mientras él llenaba nuestros vasos con jugo de algún sabor incierto. Probó la comida y, luego de un halago y alguna que otra broma, nos pusimos a charlar de temas banales, sin importancia alguna. Después de que termináramos con el plato principal, me levanté para buscar algo de helado que había en el congelador. Serví un poco en unos recipientes y los acerqué a la mesa, donde Jacob me esperaba. Su rostro, a diferencia de antes, se veía serio, casi sombrío.
—Necesito hablar contigo, Bella —comentó, tomando una cuchara y tomando un poco del contenido del recipiente, aunque mirándome a mí—. Es algo bastante… delicado.
Lo miré confundida.
¿Por qué todos tenían aquella maldita costumbre de darle un insoportable misterio a todo?
…
Antes que nada, les recuerdo que si matan a la autora, se quedan sin historia. Además, todavía soy muy joven y falta poco para las vacaciones, para mi cumpleaños y para el estreno de Crepúsculo —por cierto, mis felicitaciones y mi nada sana envida a aquellos que pueden ir a verla hoy mismo—. Déjenme vivir, aunque sea por unos meses más. Tengan piedad de esta pobre infeliz que acaba de llegar de un agotador examen de la turbulenta historia de su país. Afortunadamente, ya no voy a soñar más con Perón y con los generales delo GOU. ¡Gracias!
En relación con la encuesta, estoy pensando ya en ir cerrándola para que conozcan los resultados. Por ello, les comento que, a los que quieran votar, lo hagan cuanto antes, porque posiblemente la termine en unos días. Hay una historia que ya tiene todas las de ganar, pero todavía queda alguna chance para las otras jaja. De cualquier modo, ya estoy escribiendo.
Repito lo mismo que digo siempre, sólo por precaución, ya saben: Quiero que sepan que no leí aun Breaking Dawn, por lo que les voy a pedir encarecidamente que por favor no me dejen spoiler, ni comentarios ni nada relacionado al respecto. Ya lo tengo pensado, y lo voy a leer en diciembre, en vacaciones jaja. Después de ese mes, se aceptan los comentarios jaja.
Afortunadamente, todo el tema de la conexión era un problema del router, por lo que ya tengo Internet. En dos semanas —incluyendo el examen de ingles que tengo que rendir fuera de la escuela— voy a ser una persona completamente libre, por lo que quizás las actualizaciones se hagan más esporádicas. De momento, les pido paciencia, porque en la semana no tuve prácticamente tiempo de escribir nada.
Como siempre, muchísimas gracias por sus reviews. No saben que contenta me pone que pasen los capítulos y que cada vez lleguen más. Honestamente, nunca había recibido tantos en una historia y me hace sentir que hubo un progreso en mi forma de escribir. ¡Gracias a todos! De verdad. Veré cuanto tiempo tengo para responder reviews antes de irme a las prácticas para el examen de ingles. Dormí apenas unas cinco horas y necesito una siesta urgentemente jaja. Saben que, igualmente, por cualquier pregunta o duda que tengan, pueden agregarme al msn —que se encuentra en mi perfil—, que gustosa voy a aceptarlos. Si no hay dudas y todo lo que quieren es hablar, por supuesto, también hay lugar para todos. Ahora, les aviso, no es fácil hacerme callar, así que es bajo su propio riesgo jaja.
En fin, saludos para todos. Que tengan una buena semana.
¡Se cuidan!
LadyCornamenta.
