Bajo El Mismo Techo.

By LadyCornamenta.

.

Capítulo 17: De revelaciones y descubrimientos varios.

Jake y yo nos quedamos en uno de esos desesperantes y tensos silencios a los que ya me había habituado bastante después de mi convivencia con Edward. Mientras yo removía las manos sobre mi regazo, con impaciencia, lo vi abrir la boca varias veces, pero ningún sonido salió de ella. Finalmente, apoyó con resolución sus brazos sobre la mesa, cruzándolos uno sobre el otro, y me miró fijamente.

—Primero, me gustaría saber qué fue lo que Cullen te dijo sobre mí —pidió con determinación, haciéndome fruncir el ceño.

¿Para qué necesitaba saber aquello?

Me encogí de hombros y alcé las cejas suavemente, intentando hacer memoria de mis conversaciones con Edward sobre el muchacho que tenía sentado enfrente de mí. Suspiré y, tratando de poner en orden mis ideas, alcé mi vista de mi regazo y lo miré, dudosa.

—Sólo me dijo que cargan con una… enemistad desde hace un tiempo —respondí, de forma vacilante. Me quedé en vilo unos segundos, con su mirada incitándome a continuar. Tragué pesadamente—. También me dijo que…

—¿Qué, Bella? —preguntó, no sin cierta impaciencia en su voz.

—…que no eras un buen chico para mí —murmuré rápidamente, en una voz apenas audible.

Golpeó la mesa con un puño, mientras soltaba una amarga carcajada.

—¡¿Por qué no me extraña de él?! —exclamó, aún con una irónica sonrisa pintada en sus labios. Luego, su rostro volvió a mostrar una completa seriedad—. Bella, necesito que, por una vez, me escuches a mí. Sólo a mí.

Lo miré, interrogante.

—Por favor —pidió, con una mueca.

Asentí rápidamente.

—Pero… ¿Qué quieres decirme? —pregunté, algo impaciente—. Quiero decir…

El asintió, dándome a entender que me había comprendido. Suspiró y luego miró a un punto indeterminado de la cocina.

—Conozco a los Cullen y a los Hale desde hace bastante tiempo… —explicó con voz profunda—. De hecho, casi todo el mundo sabe quienes son —agregó. Me quedé mirándolo, totalmente confundida—. Son dos de las familias más ricas de la región.

Abrí mi boca y asentí en silencio, dándole ánimos para continuar.

—Ellos bajaban con frecuenciaa la Push, aunque nunca se acercaban demasiado a nosotros —comentó con voz casi monótona—. Siempre han sido un poco raros…

—¿A qué te refieres con raros? —interrumpí yo, suavemente.

—Tienen sus propias costumbres, tradiciones,… cosas de familia —replicó, casi restándole importancia al hecho de haberlos llamado raros—. Eran tres parejas bastante… cerradas —agregó, después de una pausa—. El grandote y la rubia, la pequeña y el otro rubio —comentó con voz levemente despectiva—. Y, claro, Cullen y… Tanya.

—¿Tanya? —pregunté en un quedo susurro—. ¿Tú… la conoces?

Asintió suavemente, con una amarga sonrisa de lado.

—No sé por qué estaban comprometidos, realmente es algo que desconozco —explicó. Asentí, dándole a entender que yo me encontraba en las mismas condiciones—, pero los Cullen y los Hale nos ignoraban —apuntó.

Lo vi suspirar suavemente y hacer una breve pausa. Era algo desesperante.

—Ella, sin embargo, era diferente—comentó con voz suave—. A ella no le importaba su círculo —aclaró, no sin cierta sorna al pronunciar la última palabra—. Era la rebelde de la familia, por decirlo de alguna manera.

Supe en aquel momento que una bomba podría haber estallado fuera de casa, pero yo hubiese seguido escuchando a Jake con atención. La lluvia aún golpeaba en el exterior con fuerza y los árboles se agitaban con cierta violencia; sin embargo, todo aquello no importaba. Yo sólo tenía ojos para Jacob y oídos para su historia.

—Tanya solía bajar más a la Push que el resto de su familia —prosiguió, apoyando sus brazos sobre la mesa en una posición diferente—. Venía a caminar, a leer algún libro o simplemente a sentarse cerca de la orilla a ver el mar.

Yo seguía asintiendo, casi como una autómata, atenta a su relato.

—En uno de esos tantos viajes, Tanya se hizo amiga de Leah y su hermano, Seth —explicó.

Lo miré con los ojos desmesuradamente abiertos.

—¿Tanya era amiga de Leah?

Él asintió de forma suave.

—Se hicieron muy buenas amigas —afirmó con aquella voz profunda que había estado usando a lo largo de su relato—. Lógicamente, luego de un tiempo, nos la presentó a mí y a los demás del grupo.

Suspiró profundamente.

—Ella me gustaba —afirmó suavemente—, pero sabía que estaba comprometida con Cullen y, simplemente, me olvidé de lo que pudiera pasarme. Después de todo, sabía que era imposible.

Mi rostro debía de ser un poema, porque Jake hizo una pausa en su historia para mirarme. Intentando que mi mente procesara todo lo que había dicho, me había quedado congelada en mi lugar con la boca entreabierta y los ojos como platos. En algún momento debí reaccionar, porque Jacob continuó:

—Sin embargo, después de mucho tiempo, ella… me confesó que… no estaba enamorada de Cullen. Ella… sentía algo… por mí —narró de forma entrecortada y creo que, si mi boca hubiese podido abrirse más, hubiese llegado hasta el suelo.

—¿¡Qué!? —grité, quizás demasiado alto—. ¿Ella no estaba comprometida con…?

—Sí, pero era un compromiso arreglado —señaló, con un suspiro de por medio, con una mueca oscura surcando su rostro—. Ellos no estaban enamorados cuando los comprometieron. Al parecer, él se enamoró, pero ella no.

—¿Pero…pero… cómo? —pregunté, confusa. ¿Quién en su sano juicio podría no enamorarse de Edward?

Él pareció dudar. Abrió y cerró la boca varias veces, aunque sin decir nada. Finalmente, suspiró.

—No estaba enamorada de él —sentenció nuevamente—. Punto.

Mi cara debía de ser digna de una fotografía, estaba segura de ello.

Un trueno irrumpió con violencia en el cielo. El mismo pareció sacar a Jacob de aquel estado meditabundo y sombrío en el que se encontraba, porque, después de sacudir su cabeza, vi que miraba el reloj colgado en la pared. La impaciencia de pintó en su rostro y soltó un profundo suspiro.

—Bella, es algo tarde —comentó, echando una mirada alrededor—. No me gustaría que Cullen llegara y…

—¡Pero no puedes dejarme en medio de la historia! —protesté yo, con un extraño sentimiento dentro de mi pecho.

Me giré y vi que el reloj de la cocina marcaba ya casi la una y media de la mañana.

—Creo que ha sido demasiada información por hoy —comentó, con una sonrisa, al ver mi desesperada reacción—. Pero no te preocupes, nos las arreglaremos para volver a hablar —aseguró—. Sólo hazme saber cuando puedas escaparte de las garras de Cullen.

Suspiré, dándome por vencida.

Después de todo, lo último que quería eran conflictos con Edward.

Después de garantizarme unas veces más que hablaríamos y que seguiría con aquella historia, se despidió de mí y salió de la casa. Lo vi subirse a una reluciente moto oculta entre los árboles y, con un suave rugido de su vehículo, salir disparado por la carretera. Me quedé observando la nada por unos cuantos segundos, sin preocuparme demasiado de que las gotas de lluvia que llegaban con el viento mojaran mi ropa y mi piel. Simplemente me quedé allí, cual zombie, intentando procesar toda la información que había recibido. Después de unos minutos, cerré la puerta y volví al interior de la casa. Puse un poco de agua a hervir y tomé la toalla que había usado Jake para secarme un poco el rostro y los brazos. Agarré la bata de franela que pendía sobre el tendedero, ubicado en la parte trasera de la cocina, y me metí dentro de ella, anudándola por la cintura. Sin embargo, parecía muy lejos de allí.

Todavía no podía creer todo lo que había escuchado.

Me puse de pie y, suspiro de por medio, me preparé un té cuando el agua ya estaba hirviendo. Sin salir de aquel estado ausente, me dirigí a la sala y me acomodé sobre el sofá, cruzando las piernas bajo la bata. Encendí la televisión y comencé a pasar los canales, si fijarme demasiado en lo que había en ellos. Finalmente, dejé alguna película que no conocía. Aquello no me importaba. Nada me importaba, de hecho, más que lo que había oído minutos antes.

Edward estaba enamorado de Tanya, pero ella… ¿estaba enamorada de Jacob?

¿Acaso mi amigo de la Push, los Cullen y los Hale se habían aliado para volverme loca?

Suspiré. Develar todo aquel misterio sería más difícil de lo que pensaba.

Escuché la puerta abrirse y me quedé estática en mi lugar, aún con la taza de té caliente entre mis manos. Escuché el sonido de llaves, algo de movimiento en el recibidor y, luego, la perfecta figura de Edward apareció en el umbral de la puerta que daba a la sala de estar. Sus ropas y su cabello estaban empapados y su rostro lucía cansado.

—Buenas noches —saludó suavemente.

—Buenas noches —repliqué de igual manera—. ¿No quieres… una toalla o algo?

Negó suavemente con la cabeza.

—Creo que mejor me daré una ducha —respondió—. ¿Y tú? ¿Qué haces despierta todavía?

Me encogí de hombros levemente.

—No tengo sueño —aseguré, haciendo grandes esfuerzos por no volver a pensar en todo lo que Jacob me había dicho—. Creo que miraré una película o algo…

—Enseguida vuelvo, entonces —replicó y, con aquella gracia innata que poseía, salió de mi campo de visión.

Me quedé allí, quieta como una estatua, mirando fijamente la televisión pero sin ver nada en realidad. Estaba perdida y totalmente desconcertada, y lo peor de todo era que sabía que debía fingir frente a alguien tan perceptivo como Edward. ¿Realmente él no notaría mi nerviosismo? ¿Y si me ponía más torpe de lo normal y…?

—No sabía que te interesaran los tratamientos para la pérdida de cabello —comentó una voz levemente divertida, haciéndome salir de mi ensoñación.

Sacudí la cabeza para fijarme en Edward, que se encontraba apoyado en el umbral de la puerta. Vestía unos pantalones de tela azul oscuro, a juego con una camisa de mangas largas, que supuse que era su pijama. Sacudí mi cabeza suavemente y fijé mi vista en la televisión. Entonces, descubrí a uno de esos vendedores de mal gusto que buscaban cualquier cosa apta para engatusar a los compradores por televisión. En este caso, se trataba de algún tónico que evitaba la caída del cabello y permitía el crecimiento del mismo en cantidades abundantes.

Me sonrojé de forma violenta.

—No… yo… sólo pasaba —comenté, cambiando rápidamente de canal.

Escuché su suave y melodiosa risa, que parecía casi como una canción de cuna. Pronto me sentí extrañamente relajada. Sin embargo, toda mi tranquilidad se esfumó cuando lo vi sentarse a mi lado.

—¿Qué película tenías pensado ver? —inquirió suavemente.

Oh, oh. Buen punto.

—Eh… esto… ¿Tienes algo en mente? —pregunté, en tono inocente.

Él se quedó pensativo.

Lo vi ponerse rápidamente de pie. Salió de la habitación y a los pocos minutos volvió con una película.

Acabamos viendo una interesante historia sobre un mago. En medio de la película, Edward me confesó que era una de sus películas favoritas. Cuando me lo dijo, me sorprendí de la cercanía que ambos teníamos. Casi hacia el final de la historia, un involuntario bostezo se escapó de mi boca, ya que, seguramente, debían de ser más de las tres de la mañana. Entonces, sentí el brazo de Edward atraerme por los hombros. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza cuando sentí su aliento chocar contra mi oído.

—¿No quieres ir a la cama? —inquirió en un suave susurro.

Negué rápidamente con la cabeza.

—Estoy bien —aseguré, encontrándome mucho más cómoda refugiada en su pecho.

Nos quedamos un rato así, hasta que la película acabó. El silencio se hizo presente y la pantalla quedó teñida de color azul, indicando que la grabación había terminado. Sin embargo, no quería moverme de allí. Me apreté un poco más contra el pecho de Edward, sintiendo su mirada sobre mí. Alcé los ojos y vi sus obres esmeralda mirarme con una inexplicable paz. Alcé mi mano con cuidado, acariciando su pálida mejilla, y vi como cerraba sus ojos. Con cuidado, levanté mi cabeza e hice chocar mis labios con los suyos en un suave contacto. Sin embargo, perdí cualquier control de la situación cuando Edward bajó sus manos hasta alcanzar mi cintura. Estrechándome de forma posesiva contra él, alzó uno de sus brazos y llevó los dedos hasta mi nuca, hundiéndolos en mi pelo.

Era un beso dulce e intoxicante.

Totalmente perfecto.

Nos separamos para tomar aire y nos miramos a los ojos. Esta vez, fue él quien provocó el impacto de sus labios contra los míos.

Llevé mis manos a su nuca y no pude evitar suspirar contra sus labios cuando su mano depositó una suave caricia en mi espalda. El beso comenzó a subir de intensidad, aunque sin abandonar los tratos dulces y suaves que Edward siempre utilizaba conmigo. Sentí que depositaba un suave beso sobre mi labio inferior.

Entonces, nos separamos y me atrajo con cuidado contra su pecho.

En mi mente la pregunta no podía dejar de repetirse: ¿cómo Tanya no había podido enamorarse de él? Era tan dulce, cuidadoso y… perfecto. El solo hecho de que alguien le hubiese hecho daño de esa manera a Edward me rompía el corazón. No podía quitarme de la cabeza sus ojos dolidos y su sonrisa triste cuando hablaba de ella, tan sólo porque no había tenido la oportunidad de demostrarle su amor…

Entonces comprendí. Él me estaba dando una oportunidad.

La oportunidad que Tanya no le había dado.

—Duerme, mi Bella —susurró con voz dulce Edward, acariciándome la cabeza.

Enredé mis brazos en su cintura con fuerza, intentando reconfortarlo de algún modo. Casi sin saber lo que hacía, deposité un beso entre su hombro y su cuello, antes de acomodarme de nuevo en su pecho y viajar al mundo de los sueños, aún con el aquel posesivo que había utilizado Edward dando vueltas por mi cabeza.

Sin dudas, en sus labios, sonaba más que bien.

No entendía nada. Sólo sabía que me dolía horrores el cuello. Suspiré con los ojos cerrados y aquel olor dulzón me hizo cuestionarme si realmente estaba loca. Entonces, comprendí lo que sucedía y una tonta sonrisa se extendió por mi cara. Abrí los ojos pero, sin embargo, sólo me encontré con el sillón. El sillón, vacío, y yo acostada sobre él. Sola.

Confundida, me puse de pie rápidamente, mareándome un poco y amenazando con acabar en el suelo. Sin embargo, haciendo uso de mi casi nulo equilibrio, comencé a andar por el comedor arrastrando los pies. No sabía cuántas horas había dormido, pero no sentía que hubieran sido demasiadas. Sentía el cuerpo agarrotado y los párpados un poco pesados. Finalmente, llegué a la cocina sin ninguna caída de por medio y me encontré con Edward, preparando algo. Aún lucía aquel pijama azul que le quedaba demasiado bien. Aquello me hizo cuestionarme si no estaba tan loca después de todo. Mis recuerdos parecían algo completamente irreal…

Edward, en el momento en que me oyó hacer algún sonido con mi caminar, se giró para mirar hacia el umbral y, cuando me vio allí, un gesto suave se dibujó en sus labios. Se acercó a donde me encontraba y me tomó por la cintura, haciendo que mi corazón latiera desbocado dentro de mi pecho. Entonces se inclinó y depositó un beso suave sobre mi frente.

—¿Dormiste muy mal? —inquirió dulcemente.

Negué con la cabeza.

—Un poco de dolor en el cuello, nada más —comenté, mientras él dejaba mi cintura para volver a su labor.

—Sí, discúlpame —murmuró, mientras revolvía algo—. Creo que no fue la mejor idea dormir en el sillón.

Sonreí. Definitivamente, no estaba tan loca.

—No te preocupes —aseguré—. A mí no me molestó.

Para nada, de hecho.

Con una casi imperceptible sonrisa a la que ya me estaba terminando por acostumbrar, Edward se sentó a la mesa, dejando frente a mí unos apetitosos hot cakes. Estaban realmente deliciosos. Ambos comimos en silencio, hasta que el timbre nos sobresaltó. Edward pasó rápidamente por la puerta y luego escuché un par de ruidos en el vestíbulo. Me puse de pie y me asomé por la cocina. Entonces, unos ojitos celestes se posaron en mí.

—¿Alice? —pregunté, confundida—. ¿Qué haces aquí a…? —me volví, para observar el reloj que colgaba de la pared—¿¡… las once menos diez de la mañana!?

¡Era demasiado temprano para ser sábado!

La pequeña Cullen rió de forma cantarina, mientras se acercaba a mí con una gran sonrisa.

Oh, oh. Esto no puede ser bueno.

—Querida Bella —comentó con voz extrañamente dulce—. Tenemos cosas que hacer.

La miré estrechando los ojos.

—¿Qué tipo de cosas? —pregunté, de forma desconfiada.

—Debemos ir… —respondió lentamente, mirando a Edward también—…a tomar medidas.

—¿Qué? —preguntamos Edward y yo a coro.

Ella rió felizmente.

—Debo tomarles las medidas para hacer sus ropas —aclaró. Nuestras caras seguían igual de confusas. Ella rodó los ojos, claramente divertida—. ¡Sus trajes para la boda de Rosalie y Emmett! —chilló, feliz

Me quedé mirándola, sorprendida.

—¿La boda? ¿Cómo que la boda? ¿Cuándo? ¿Dónde? —pregunté de sopetón.

Alice rió, divertida.

—Todavía falta, pero soy una persona precavida —respondió—. Así que, ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Quiero verlos listos en quince minutos! —apremió con felicidad.

Suspiré y, luego de sacarle la lengua de forma infantil, me encaminé a mi habitación, frotándome mi aún dolorido cuello. Me puse las primeras prendas que encontré dentro del armario que combinaran entre sí. Luego, me até las zapatillas y bajé cuidadosamente la escalera, intentando no ganarme un viaje al suelo; después de todo, aún sentía el cuerpo cansado. Uno o dos minutos después, Edward bajó de su habitación también, luciendo unos jeans y una camisa clara.

—¡Vámonos! —cantó Alice, mientras se dirigía dando pequeños saltos hacia la puerta.

Nos refugiamos de la suave lluvia metiéndonos en el Porsche de Alice. La pequeña condujo con destreza hasta llegar hasta su casa, por el verde y aburrido paisaje de Forks, el cual contrastaba con su llamativo automóvil. Después de que aparcara, los tres nos bajamos del vehículo. Alice nuevamente comenzó a dar saltos y a moverse de forma grácil hacia la casa, mientras Edward y yo la seguíamos desde atrás, apurándonos para no mojarnos demasiado con la llovizna. La pequeña nos esperaba en la puerta de la magnánima casa, aún emocionada con la idea de poder vestirnos a su gusto.

Atravesamos pronto la sala de estar, con el objetivo de meternos lo antes posible en la cocina para no empaparlo todo. Una vez que nos hubimos asegurado de que los suelos de Esme no corrían peligro, nos dirigimos a la sala, donde Jasper estaba sentado sobre un sillón, echándole un vistazo al periódico. Cuando nos vio, nos dirigió una suave sonrisa, mientras dejaba su lectura de lado.

—Tortura de la mano de Alice Cullen, parte uno —habló, poniéndose de pie—. Bienvenidos.

—¿Parte uno? —pregunté con horror—. ¿Eso quiere decir que hay más de una parte?

—Oh, sí —afirmó Edward—. Es algo de nunca acabar —murmuró, mientras Alice y su prometido reían.

—Vamos, vamos, dejen de quejarse—apremió la más pequeña, con una enorme sonrisa—. Ven, Bella, tú serás la primera —sentenció, tomándome de la mano.

Les dirigí una mirada de horror a Edward y Jasper, antes de subir las escaleras con Alice.

Lo último que vi fueron sus caras claramente divertidas.

¡Agh!

Entré con Alice a su habitación y, tan pronto como entró, la vi ponerse a correr de un lado para el otro, sacando un metro, tela, tizas y algunas otras cosas que no alcancé ni siquiera a ver. Pronto la vi enderezarme y comenzar a tomar medidas con el metro, como si fuera una extensión de su mano. Después de unos cuantos minutos moviéndose a mi alrededor, anotando cosas y comentando lo hermosa que quedaría dentro de su creación, se alejó con una enorme sonrisa de satisfacción, haciendo algún comentario acerca del color del vestido. Murmuró algo más acerca de una tela violeta y otra azul, mientras anotaba alguna cosa, con duda, y luego alzó la cabeza para mirarme.

—Creo que ya tengo unas cuantas ideas —comentó con una sonrisa—. Llama a Jasper. Creo que Eddie puede esperar.

—¿Eddie? —pregunté, claramente divertida.

Ella soltó una pequeña risita entre dientes.

—Si, pero no le digas que lo he llamado así —comentó, confidente, aún riéndose—. Lo detesta.

Aún con una sonrisa plasmada en mi rostro por el dato que Alice me había dado, bajé las escaleras. Allí estaban los otros dos prisioneros de la pequeña Cullen. Jasper parecía bastante divertido por algo; mientras que Edward, sentado en la otra punta del sofá, lucía molesto.

—Parece que no fue tan terrible, ¿no? —preguntó, divertido, el novio del pequeño demonio.

Sonreí un poco más.

—Mejor de lo que esperaba —comenté, mirando a Jasper—. Te toca a ti.

El aludido se puso de pie y, después de guiñarle un ojo a Edward, recibiendo como única respuesta una especie de gruñido, subió las escaleras. Yo ocupé su lugar en el sofá, aunque bastante más cerca de Edward. De hecho, me acomodé a su lado.

Me sorprendí cuando pasó de forma despreocupada su brazo por mi cintura.

—¿Todo bien allí arriba? —inquirió con una sonrisa conciliadora.

Me encogí de hombros.

—No me quejo.

Sonrió tenuemente, mientras depositaba un beso en mi cabeza. Me apoyé sobre su pecho, mientras él reposaba su mejilla sobre mi cabeza. ¡Me generaba tanta paz tenerlo a mi lado! Me acarició con suavidad la cintura, provocándome un placentero escalofrío. Sólo podía escuchar el ruido de la lluvia proveniente del exterior y su acompasada respiración. Miré a Edward de reojo y vi que sus párpados se encontraban cerrados, con una mueca tranquila surcando su rostro. Con una suave sonrisa sobre el mío, cerré mis ojos también, disfrutando el agradable momento. En cualquier momento podría quedarme dormida, pero realmente no me importaba. Él estaba ahí, y eso era suficiente para mí.

—¡Bella! ¡Necesito que me ayu…!

Abrí los ojos con violencia y me separé un poco del pecho de Edward, para ver a Alice de pie en el umbral de la puerta. Sus ojos estaba abiertos y su pie flotaba en el aire, como se hubiese quedado repentinamente congelada. Su mirada volaba de Edward a mí con velocidad, y sus labios se encontraban algo separados, con asombro. Entonces, poco a poco, una enorme sonrisa comenzó a surcar su rostro. Sus ojos brillaron casi como quien está por ponerse a llorar.

—No se preocupen, lo mío puede esperar —aseguró alegremente, dirigiéndonos una cálida sonrisa—. Creo que, sin dudas, será el azul, el azul… —la escuché murmurar, mientras se alejaba por donde había llegado.

Suspiré y miré a Edward, que parecía algo ausente. Se volvió para observarme cuando sintió mis ojos sobre él.

—¿Crees que nos traerá muchos problemas? —pregunté, con un gesto dudoso.

Se encogió levemente de hombros, casi con resignación.

—Más de los que te imaginas —aseguró, paseando su mano distraídamente por mi cintura—. Además, creo que Jasper también aportará lo suyo.

—¿Jasper? —pregunté, confundida. ¿Acaso él…?

—He olvidado comentarte que es una persona horriblemente perceptiva —respondió a mi pregunta mental.

—No te preocupes, creo que podremos manejarlo… Eddie.

Me miró con una mezcla de confusión y horror, que me provocó soltar una suave carcajada. Volví a refugiarme en su pecho casi de forma involuntaria.

No me importaban demasiado los problemas que pudieran traernos Alice o Jasper...

Bueno, quizás sólo un poco.

Estoy, oficialmente, muerta. Quien habla es sólo una pequeña porción de lo que queda de mí —lo que no se derritió, de hecho—. El calor se vino con todo y la cabeza me está por explotar. Con cuarenta grados de sensación térmica de ayer —seh, el próximo capítulo lo voy a escribir dentro de una botella, cuando me encuentre en estado líquido—, puedo considerarme dichosa de estar frente al aire acondicionado, después de un examen final en un aula que parecía cerrada herméticamente. Gracias por leer mis problemas, por cierto, pero son solo mis excusas para disculparme por la tardanza. Ya saben…

Por otro lado, les comento que la encuesta ya está cerrada y los resultados se encuentran en mi perfil. En la semana —ahora que ya estoy prácticamente libre de escuela y horarios—, voy a publicar la nueva historia. Les recomiendo que se den una vueltita por mi perfil entre el domingo o el lunes, que seguro ya va a estar ahí.

Muchos preguntaron cuanto le queda a esta historia. Bueno, les comento que mientras me aburría en unas clases de psicología estuve pensando e hice un cálculo mental. Puedo asegurarles que, seguramente, habrá más de veintitrés o veinticuatro capítulos, pero no creo que se extienda tanto como para treinta. Son sólo cuentas mentales, claro.

En relación con Breaking Dawn, prometo que la semana que viene, ya exenta de toda responsabilidad escolar y extraescolar, me pongo a leer. Ya les comentaré cuando lo haya terminado; sin spoilers, claro.

Como siempre, muchísimas gracias por sus reviews. ¡No puedo creer que lleguen tantos! De verdad, no saben lo feliz que me pone chequear el mail y encontrarme con tan lindos comentarios. Miles de gracias a todos y perdón que no pude responder nada. Es que siempre tomo como prioridad actualizar, antes que responder reviews. Creo que, como lectora, lo prefiero. Claro que me gustaría que me dijeran ustedes si prefieren que tarde un día más en actualizar y responda todos los reviews o me apuré y suba un capítulo nuevo en cualquier ratito libre, aunque no pueda responder nada.

Y sé que las notas de autora se están haciendo kilométricas, pero no puedo dejar de agradecer especialmente a Ray Laé Àlfori por haber beteado el capítulo, en tan poquito tiempo. Te agradezco por todas esas cosas que me marcaste, de verdad. Siempre hay cosas nuevas para aprender y a mí aún me queda mucho. En fin, muchísimas gracias.

También gracias a todos ustedes por sus comentarios. Que el calor no los derrita… digo, que la suerte no los abandone.

¡Se cuidan! Nos leemos pronto.

LadyCornamenta.