Bajo El Mismo Techo.

By LadyCornamenta.

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Capítulo 22: Construyendo respuestas.

Llegué a casa con Edward, aún con un dolor de cabeza bastante fuerte. Mi acompañante había estado dirigiéndome furtivas miradas, aunque no habíamos cruzado palabra durante todo el viaje. Ingresamos en la sala, y yo me dejé caer sobre el sofá, apoyando la cabeza y la espalda contra el mullido respaldo. Ni siquiera aquello parecía suficiente para que mi cabeza dejara de palpitar de aquella espantosa forma. Después de todo, la encrucijada seguía en mi mente, tan presente como en el hospital.

—Bella, ¿estás bien? —preguntó la suave voz de Edward.

Asentí, con algo de dificultad.

—Es sólo un dolor de cabeza —cuchicheé, haciendo movimientos circulares en mis sienes, con los ojos cerrados.

Sentí que el sofá se hundía a mi lado, y una mano fría se posaba sobre mi frente.

—No creo que tengas fiebre —apuntó aquella voz aterciopelada—. ¿Quieres una aspirina?

Abrí los ojos, para encontrarme con el rostro de Edward.

—Supongo que eso sería bueno —respondí, asintiendo y sonriéndole con cansancio.

Edward se deslizó por la sala con siglillo, mientras yo volvía a echar la cabeza hacia atrás y cerraba los ojos. No quería volver a pensar en todo lo que había sucedido, ya que sabía que aquello sólo empeoraría las cosas. Pero, ¿cómo no pensar en ello? Tenía que encontrar rápido una respuesta a todo si no quería volverme loca.

Si es que ya no lo estaba, claro.

—Ten —dijo Edward, sacándome de mi mundo.

Me extendió un vaso con agua y una pequeña pastilla blanca.

—Prepararé algo para comer y después lo mejor sería que te vayas a la cama —apuntó Edward.

—Gracias —respondí, mientras asentía, intentando dibujar mi mejor sonrisa.

Edward sonrió de vuelta, antes de dirigirse hacia la cocina.

Cenamos en un ambiente tranquilo, y sentí como los párpados me pesaban cada vez más. Cuando por fin terminé, Edward insistió en que no me preocupara por los platos, que él se encargaría. Me negué, por supuesto, pero el sólo encontró una forma de hacerme entrar en razón: con resolución, me alzó y me cargó sobre uno de sus hombros, para llevarme al piso superior. Demasiado cansada como para luchar contra él, refunfuñé un par de cosas entre dientes mientras subíamos por las escaleras. Cuando llegamos a mi habitación, me apoyó sobre la cama e intentó dejarme en ella, pero yo no solté su camisa. Por el contrario, tiré de ella, acercándolo un poco a mí. Cuidadosamente, junté mis labios con los suyos, mientras envolvía mis brazos en su cuello. Tratando de no aplastarme con su cuerpo, Edward apoyó sus brazos en la cama, a ambos costados de mis hombros. Lo atraje más hacia mí, hasta que alzó la cabeza.

—Los platos pueden esperar —murmuré contra sus labios.

Atrapé su boca nuevamente. Me besó dulcemente por unos cuantos segundos más, hasta que volvió a separarse de mí.

—Necesitas dormir, Bella —apuntó, con los ojos cerrados—. Mañana tenemos escuela.

—Lo sé —respondí yo, hablando bajo. Hice una pausa—. Quédate conmigo —pedí.

Con destreza, dejó que su peso cayera a mi lado. Su brazo cruzó mi espalda con cuidado, hasta atraerme a su pecho. Entonces, dejando un beso en mi oreja, comenzó a tararear alguna melodía suave. Antes de poder preguntarle de que se trataba, fui transportada al mundo de los sueños.

Esa noche dormí bastante bien, teniendo en cuenta todas las cosas que habían sucedido. Cuando me desperté, encontrarme en los brazos de Edward fue una buena manera de comenzar el día. Su cabeza estaba echada hacia atrás y sus labios se encontraban levemente entreabiertos. Paseé mis dedos por su pálida mejilla. Segundos después, sus cansados ojos verdes me estudiaban en silencio.

—¿Qué hora es? —preguntó, con una mueca adormilada.

—No lo sé —respondí, con voz débil.

Edward giró sobre su costado, para quedar frente a mí. Sus manos, que aún reposaban en mi cintura, me atrajeron un poco más hacia él. Yo también giré, apoyando mis manos en su pecho, para después comenzar a jugar con el cuello de su camisa.

—Tenemos que levantarnos, Bella —comentó, aunque no se movió ni un ápice.

—Lo sé —afirmé yo, también quedándome en la misma posición. En esos momentos, no me apetecía para nada salir de la cama—, pero no quiero hacerlo.

Me acurruqué en su pecho, enredando mis manos detrás de su cuello. Sentí su respiración acompasada sobre mi hombro, incitándome a volver a caer en un profundo y agradable sueño. Su nariz golpeó mi cuello gentilmente y después sus labios se posaron sobre él, dejando una agradable caricia.

—Aunque sea debería avisarle a Alice que no iremos —agregó, aunque siguió en su lugar.

Entusiasmada por la idea de poder quedarnos allí, alargué mi mano hacia la mesa de noche. Tanteé la superficie de madera, chocando con varias cosas en el proceso. Finalmente, me di cuenta que traía toda mi ropa del día anterior puesta. Soltando un suspiro por mi despiste, metí una de mis manos en el bolsillo de mi pantalón. Le pasé mi teléfono móvil a Edward, quien sonrió de lado. Con las mejillas sonrosadas, volví a esconderme en su pecho, mientras escuchaba el sonido de mi teléfono.

Edward mantuvo una conversación con Alice, quién soltaba chillidos de vez en cuando, los cuales podía oír, incluso estando lejos del auricular del teléfono. También me pareció escuchar alguna que otra risotada de Emmett, aunque no estaba segura. Mi acompañante, con toda la paciencia del mundo, comenzó a explicarle cosas a su hermana, quien parecía haber sacado conclusiones apresuradas. Después de negar insistentemente unas cuantas veces y de aclarar algunas cuestiones, Edward cortó la comunicación. Una vez que acabó, dejó escapar un suspiro de cansancio. Pronto me encontré riéndome de su expresión.

—A veces me pregunto si no soy adoptado… —murmuró Edward.

Sólo pude soltar una nueva carcajada.

Cuando lo miré, su hermoso rostro lucía una sonrisa de lado.

Pasamos unos cuantos minutos más allí, en total silencio. Volví a acurrucarme en el pecho de Edward, quien me rodeó gentilmente con sus brazos. De vez en cuando, sentía que hundía su nariz en mi cabello o depositaba un beso en mi frente. Cuando creí que me quedaría dormida otra vez, sentí como el cuerpo de Edward se movía. Confundida, alcé los ojos, para encontrarme con su mirada.

—Creo que voy a preparar algo para comer —apuntó, con una sonrisa conciliadora.

Hice un mohín de disgusto que lo hizo sonreír.

—Voy contigo —musité, resignada.

Ambos bajamos y preparamos algo para el desayuno. A diferencia de los días en los que asistíamos a la escuela, en aquella oportunidad, hicimos todo con parcimonia. La comida fue mucho más abundante y elaborada, y nos tomamos nuestro tiempo para comer. Estábamos ya por el segundo vaso de jugo, degustando uno de los tantos platos que habíamos preparado, mientras las noticias del televisor llenaban el ambiente; cuando el timbre sonó. Ambos intercambiamos una mirada llena de confusión.

¿Por qué nadie avisaba antes de visitarnos?

Extrañamente, me puse de pie antes que Edward y salí disparada hacia la puerta. Si era Alice, consideraría la posibilidad de matarla con mis propias manos, sin testigos. Sin embargo, todos mis planes se fueron por la borda cuando el serio rostro de Carlisle apareció tras la puerta. Helada en mi lugar, me quedé observándolo.

—¿Carlisle? ¿Qué… esto…?

—Estuve hablando con Alice y me dijo que estaban aquí —respondió rápidamente, con voz suave— y, como tenía el turno de la mañana libre, me pareció oportuno tener una charla con ustedes.

—Nosotros… ¿Por lo de hoy? —pregunté, tímidamente.

¡Que vergüenza!

Carlisle me observó, confundido, para luego soltar una melodiosa carcajada. En esos momentos, me parecía estar oyendo a Edward.

—¿Eh? No, Bella —aseguró, sonriente, mientras negaba con la cabeza—. Todos hemos faltado a la escuela alguna vez —garantizó—. Venía por otra cosa.

Fruncí el ceño, mientras ambos entrábamos en la cocina.

—¿Papá? —preguntó Edward, confundido, en el instante en que nos vio—. ¿Qué haces aquí?

Invité a Carlisle a sentarse; con una sonrisa, ignorando momentáneamente el interrogante de su hijo, me agradeció. Después de acomodarse en la silla, miró a Edward.

—Quería hablar contigo —respondió. Luego me miró—. En realidad, con ustedes.

Me senté al lado de un inquieto Edward. Carlisle apoyó sus brazos sobre la mesa, entrelazando sus manos con aquél aire profesional. Su mirada paseó del rostro de Edward al mío unas cuantas veces.

—He hablado con Alice y me ha contado lo que ha dicho Jacob —explicó rápidamente.

Vi como Edward, a mi lado, fruncía el ceño profundamente.

—¿Y…?

—He estado pensando en lo sucedido la noche del accidente —comentó Carlisle, de forma ausente. Luego, sus ojos azules se posaron en su hijo—. Analicé los detalles y hablé con la señora Trophey, la enfermera de turno aquella noche.

Edward se inclinó un poco hacia delante, enderezándose en su silla.

—¿Por qué haces todo esto, papá? —inquirió, con los ojos entrecerrados y la voz firme.

Carlisle suspiró.

—Porque creo que Jacob es inocente —respondió, mirando fijamente a su hijo.

Ambos compartieron una profunda mirada que me erizó los vellos de la nuca. Edward dejó escapar un suspiro y una irónica risa entre dientes, mientras se ponía de pie. Apoyó, con determinación, las palmas de sus manos sobre la mesa, mirando fijamente a su padre. Automáticamente, mis manos viajaron a unos de sus brazos, reteniéndolo. Las miradas de ambos Cullen se posaron en mí. Tiré un poco de la camisa de Edward, antes de mirar a su padre.

—Carlisle, esto, ¿podrías esperarnos en la sala? —pedí a media voz—. Me gustaría hablar con Edward un momento.

Carlisle asintió, mientras se ponía de pie.

—Sí, no te preocupes —respondió—. Iré al hospital, a ver si necesitan algo de ayuda. Por cualquier cosa, saben donde encontrarme.

Después, me hizo un suave gesto con la cabeza, para que lo acompañara a la puerta. Caminamos por el recibidor y, cuando abrí, Carlisle se volvió para mirarme.

—Yo sé que tú puedes hacerlo entrar en razón —aseguró, con una voz casi tan suave como la de su hijo, para después despedirse de mí.

Cuando cerré la puerta, tragué pesado. Que Carlisle confiara en mí me hacía sentir un poco más segura, pero estaba al tanto de que convencer a Edward no era una tarea sencilla. Tomando una profunda bocanada de aire y soltándola lentamente, me encaminé hacia la cocina. Edward seguía en la misma posición, aunque ahora sus ojos se encontraban clavados en la mesa. Con cuidado, me acerqué a él y rodeé uno de sus tensos brazos con los míos. Alzó su cabeza y sus ojos verdes se posaron en mí.

—Edward —llamé suavemente—, creo que tu padre… tiene razón. Tendrías que intentarlo.

—Bella, él y yo no…

—Por favor —pedí, interrumpiéndolo—. Habla con él. Escúchalo, nada más.

Lo sentí suspirar, no sin cierto fastidio, y después percibí como su brazo se aflojaba bajo la presión de mis manos. Giró sólo lo suficiente para mirarme, dejando sólo una mano apoyada sobre la mesa.

—Si lo hago es sólo porque tú me lo estás pidiendo —aclaró—, pero eso no quiere decir que voy a ser agradable con Black.

Sonreí tenuemente.

—Con eso me alcanza.

Me adelanté, con cuidado, y pasé un brazo por su cuello. Automáticamente, sentí su brazo sobre mi cintura y presioné mis labios contra los suyos. Me permití, por unos segundos, enredar mi mano entre su suave cabello. Estaba por mandar todo al demonio, cuando recordé que, primero, teníamos algo importante que hacer. Cuando me separé de él, no me soltó. De hecho, parecía reacio a dejarme ir.

—Voy a llamar a Jacob —aclaré rápidamente.

La mano que sostenía mi cintura cayó desganadamente. Después Edward se alejó de mí, con resignación.

—De acuerdo.

Subí a mi habitación y busqué mi teléfono celular, que había quedado debajo de las sábanas. Me senté en la cama, mientras intentaba encontrar el número de Jacob. Esperé pacientemente, con el móvil sobre la oreja, pensando que no me atendería, ya que él debía estar en la escuela. Sin embargo, después de dejar el teléfono llamar unas cuantas veces, me atendieron.

¿Bella?

—Sí, Jake, soy yo —pregunté rápidamente—. ¿Estás en la escuela?

Sí, tuve que buscar la manera de salirme de las clases de aritmética, pero sí —respondió, hablando con velocidad—. ¿Por qué? ¿Qué sucede? ¿Tú dónde estás?

Rápidamente, inventé alguna excusa medianamente convincente para justificar el hecho de que Edward y yo nos hubiésemos saltado las clases del día.

—Necesito hablar contigo… —avisé después, de forma cuidadosa—. En realidad, necesitamos hablar contigo.

¿Tú y quiénes?

—Edward y yo.

Hubo una especie de gruñido del otro lado de la línea.

Supongo que está bien —masculló—. Pasaré por tu casa a la hora del almuerzo, ¿te parece bien?

—Sí. Gracias, Jake.

Tomé algunas prendas de mi armario y me dirigí al baño. Me di una ducha rápida y me cambié, intentando hacer todo lo más rápido posible. Después de acomodar mi cabello en una desordenada coleta, bajé las escaleras. Edward estaba sentado en el sofá, estudiando superficialmente el periódico. Cuando escuchó mis pasos, alzó la vista.

—Jake vendrá cuando terminen las clases de la mañana —comenté, mientras me sentaba a su lado.

Edward, simplemente, dejó el periódico a un lado, para después recostar la cabeza en el respaldo del sofá.

—Todo esto es bastante estresante, ¿sabes? —cuchicheó Edward, suspirando.

Asentí, mientras acomodaba mi cabeza contra su hombro. Una agradable sensación recorrió mi cuerpo cuando mi frente rozó su cuello.

—Sí, pero creo que vale la pena —comenté.

—Eso espero.

Pasar tiempo con Edward era algo tan fácil como respirar, incluso cuando nos encontrábamos en completo silencio. Las caricias y roces ocasionales y los intercambios de frases cortas y precisas hacían del momento algo totalmente agradable y placentero.

Después de un rato en el sofá, me puse de pie para preparar el almuerzo y esperar a Jake. Edward comenzó a poner la vajilla sobre la mesa, mientras yo vigilaba atentamente el horno, donde la carne y las patatas se cocinaban lentamente. Fueron pocos los minutos que pasaron antes de que el timbre nos sobresaltara a ambos. Edward, haciéndose el sordo, siguió mirando las noticias con aire desinteresado. Suspiré, mientras rodaba los ojos, para después dirigirme hacia la puerta. Cuando abrí, Jacob mostraba una sonrisa socarrona. Por cierto, ¿cuándo había comenzado a llover? ¿Tan distraída había estado, que ni siquiera me había dado cuenta de ello?

—Anuncian lluvias torrenciales para la noche —apuntó Jake, como quien no quiere la cosa—. No me gustaría estar todavía aquí, de pie, cuando eso suceda.

Me sonrojé levemente.

—Disculpa, pasa —balbuceé.

Evidentemente mi comportamiento le resultó divertido, porque entró a la casa riendo entre dientes.

Comencé a caminar hacia la cocina, sintiendo los fuertes pasos de Jacob detrás de mí. Corrí al cuarto de lavado, no sin antes tropezar con una de las sillas, y le pasé al recién llegado una toalla. Jacob gruñó un saludo en dirección a Edward y después comenzó a secarse el cabello descuidadamente. Una vez que acabó, los dos nos sentamos a la mesa. Fijé mis ojos en el rostro de Edward, quien se encontraba a mi lado y parecía totalmente aburrido y fastidiado con aquella situación. Intenté dirigirle una mirada amenazante, pero dudo que haya tenido el resultado que quería, porque él sólo mostró una suave media sonrisa.

—Bueno, entonces, ¿puedo preguntar a que se debe el cambio? —preguntó Jacob, no sin cierta ironía en su voz.

—Carlisle —gruñó Edward—. Él insiste en que te escuchemos, chucho.

—De acuerdo, sanguijuela, entonces cierra la boca —replicó Jacob, desafiante.

—¿Pueden dejar de pelearse, por favor? —pedí, cansada de la situación—. No estoy sentada aquí para escucharlos insultarse.

Edward bufó, mientras Jacob solamente reía entre dientes.

—Entonces, ¿qué quieres saber, querida Bella? —preguntó Jacob, fingiendo ser extremadamente cordial.

—Vamos a escuchar tus fundamentos —gruñí, y me sorprendí al sonar tan parecida a Edward. Lo miré y pude ver en su rostro una sonrisa de lado.

—¿Más fundamentos?

—Carlisle habló con nosotros —intervino Edward—. Dice que hubo una llamada anónima y que confía en que…

—Él de la llamada anónima, en cierto modo, fui yo —cortó Jacob.

Edward lo miró, alzando una ceja.

—¿A qué te refieres con en cierto modo? —preguntó, escéptico.

Jacob suspiró.

—La banda de Sam estaba detrás de nosotros —explicó—. Mi idea fue distraerlos, por lo que tuve que dejar a Tanya. No quería que se la agarraran con ella.

—¿Y eso que tiene que ver? —preguntó rápidamente Edward.

—Le pedí a un hombre que llamara al hospital —musitó—. Evidentemente no dio su nombre, pero llamó como le había pedido.

Edward entrecerró los ojos.

—¿Tendría que creerte?

—Edward… —murmuré.

Después de todo, la historia tenía bastante sentido. Según recordaba, el grupo de Sam no tenía ningún problema contra Jacob, sino contra los Cullen. Tanya, al ser considerada parte de la familia, era el problema del asunto. Entonces, ¿no había sido correcta la forma en la que Jacob había actuado, protegiéndola?

—Es la verdad, idiota —comentó Jake, no de una forma agresiva, sino usando el insulto como un simple apodo.

Nos quedamos un rato en silencio. Entonces, vi que las cejas de Jacob se encontraban en el centro de su frente, formando suaves arrugas. Sus ojos se entrecerraron, mientras observaba a Edward con cuidado.

—Ahora, podrías decirme quién fue tu informante, ¿no? —comentó Jake—. Me gustaría saber quién te dio una versión tan… difusa de los hechos.

Edward, repentinamente, pareció muy interesado en la ventana de la cocina.

—Seth —gruñó, simplemente—. ¿Quién creías que podría haber hablado conmigo?

Abrí los ojos repentinamente.

—¿Seth? —pregunté, con sorpresa—. ¿El hermano de Leah?

—Oh, sí, Eddie y el pequeño Sethie han desarrollado una hermosa amistad —se burló Jacob, ganándose una mirada asesina por parte de Edward—. Siempre me sorprendió que el pequeño mocoso se llevara bien con todos los Cullen y los Hale —murmuró.

—El punto del asunto —interrumpí, viendo como Edward iba a replicar— es qué fue lo que él dijo.

Edward me observó.

—Fue una versión diferente —gruñó Edward, suspirando resignado y mirando a Jacob—, pero supongo que no tiene tantos fundamentos como la tuya.

Nuevamente, me encontré abriendo los ojos con sorpresa. ¿Era mi impresión o Edward acababa de dar el brazo a torcer?

—Me alegra que estés siendo un poco racional, Cullen —comentó Jacob, sonriendo de lado, con clara suficiencia.

—No creas que será el comienzo de una amistad, chucho —gruñó Edward, aunque sus ojos lo delataban—. Las cosas no terminarán tan fácil.

Jake no abandonó su sonrisa petulante.

—No esperaba menos de ti, sanguijuela.

Mi mirada paseó por los rostros de ambos, con cierta incredulidad. ¿Era aquello un tratado de paz? ¿Sería una bandera blanca, después de la guerra que habían mantenido desde que Tanya había muerto? Sonreí inconcientemente ante aquél pensamiento. Quizás, finalmente, tendríamos un poco de paz después de tantos sobresaltos.

Edward tomó mi mano por debajo de la mesa, generándome un escalofrío y haciendo que mi corazón comenzara a latir con furia.

Bueno, quizás, aquello de los sobresaltos no sería posible.

Por lo menos, no por el momento.

Un capítulo que me costó escribir, teniendo en cuenta que se solucionan unas cuantas cosas. Realmente me interesa saber que les pareció, si les quedó algún tipo de duda o que, ¿si? También, por supuesto, me interesa saber si les gustó o no, claro jaja.

¿Tuvieron una bonita navidad? Yo la verdad, no me puedo quejar, la pasé con amigos y familia y estuvo muy bonita, aunque claro, ningún Jackson apareció en mi arbolito. De todos modos, creo que puedo vivir con ello jaja. Si alguien le llegó uno, sólo háganmelo saber, así arreglo mis cuentas con el gordo.

¡Gracias por los reviews! De verdad, no lo puedo creer siempre que empiezan a llegar tantos. ¡Gracias, gracias, gracias! No puedo decirles más que eso. Cualquier duda, ya saben donde encontrarme, ¿no? Siempre estoy disponible en mi mail y, aunque tarde un poco, siempre los respondo. En el msn, de vez en cuando, pueden encontrarme también. Sino, PM, ya saben. ¡En serio, gracias a todos!

¡Saludos a todo el mundo!

¡Que terminen bien el año! (Dios, no puedo creer que esté diciendo esto, ¡se nos fue el 2008!)

¡Nos leemos el año que viene! (? Jaja.

LadyC.