Bajo El Mismo Techo.
By LadyCornamenta.
.
Capítulo 23: Sobresaltos.
Jacob se fue, no extendiendo demasiado su visita. Después de todo, según sus propias palabras, aún se sentía en el territorio del enemigo. Se despidió, no sin antes pedirme que le diera las gracias a Carlisle, a quien parecía guardarle una enorme gratitud después de lo que había hecho por él.
La semana pasó rápida y las cosas parecían estar tomando un curso positivo. Alice se había enterado de la charla que habíamos mantenido con Jacob, por lo que toda la familia ya estaba al tanto de ella. Todos se habían alegrado, claro, ya que el fin de todo aquello representaría un alivio para Edward; y, como Alice me había comentado en privado, seguramente para mí también lo sería.
Todavía llovía, después de días de interminables tormentas. Eran alrededor de las dos de la tarde del viernes, cuando Edward y yo nos dirigimos a la sala. Ese día, afortunadamente, no habíamos tenido escuela por motivos de desinfección. Angela, después de enterarse de la noticia, me había dicho que no era necesario que fuera a trabajar y que ella podía encargarse de todo, al presentarse la jornada tan poco activa. Me negué, pero ella insistió; y la verdad es que ¿qué podía decir? Todo día libre no se presentaba todos los días. Después de un almuerzo abundante, Edward y yo nos dejamos caer en el sofá, en silencio, buscando el cuerpo del otro. Una atmósfera reflexiva nos rodeaba a ambos, mientras cada uno se encontraba perdido en sus pensamientos. Aún todos los sucesos de los últimos días se encontraban demasiado presentes, tanto en mi cabeza como en la suya. Pasamos un largo rato allí, mientras la lluvia cada vez golpeteaba los cristales con más fuerza; sólo el timbre del teléfono interrumpió la paz en la que nos encontrábamos sumidos. Parpadeé, con pereza, antes de correr hacia el aparato.
—¿Si?
—Bella —habló la alegre voz de Alice—, prepárense para salir. En un rato estaremos con Jasper por allí.
Tardé algunos segundos en procesar la información.
—¿Eh? —fue todo lo que pude decir.
—Media hora, no más —apuntó, hablando a gran velocidad—. Abríguense. Adiós.
Y, sin más, cortó la comunicación, dejándome con la palabra en la boca. Resoplé, con exasperación.
Maldita costumbre de Alice.
Volví a la sala, arrastrando los pies y aún con aquel rostro de pocos amigos. La atenta mirada de Edward se posó sobre mí, mientras volvía a sentarme a su lado. Lo miré y se me escapó un pesado suspiro, antes de hablar.
—Alice nos quiere preparados en media hora —apunté, de mala gana.
—¿Preparados? —preguntó Edward, parpadeando varias veces—. ¿Preparados para qué?
Me encogí de hombros.
—No lo sé —gruñí—, sólo me dijo que nos abrigáramos.
Edward se puso de pie, tendiéndome la mano luego.
—No sé que nos espera, pero ya sabes como es Alice —apuntó rápidamente, robándome una suave sonrisa—. Mejor no hacerla enojar.
Asentí, para después dirigirme a mi cuarto.
Me di una ducha y luego rebusqué en mi armario un par de pantalones limpios. Cuando los hallé, tomé una camiseta verde y un jersey oscuro. Me arreglé un poco el cabello y, después de tomar una campera gruesa, bajé las escaleras, teniendo el habitual cuidado de no matarme. Cuando llegué al primer piso, Edward ya se encontraba listo. Con unos simples pantalones negros y un jersey blanco se veía mejor de lo que cualquiera podría verse en ellos. En el momento en que llegué a su lado, una suave sonrisa se extendió por su rostro. Me sorprendí cuando sentí que sus dedos se entrelazaban con los míos.
—¿No crees que te has abrigado demasiado? —apuntó, dirigiéndome una rápida mirada.
Me encogí de hombros, con una sonrisa.
—Con Alice, nunca se sabe —respondí.
—No puedo negarlo, en eso tienes toda la razón.
Alice llegó a la hora señalada, anunciándose con alegría. Abrí la puerta para encontrarme con su sonriente rostro. Jasper nos saludó con la mano desde el Porsche amarillo, el cuál venía conduciendo. La pequeña Alice tomó mi mano y la de Edward y nos arrastró tras ella, dándonos tiempo tan sólo a cerrar la puerta. Ambos nos sentamos en la parte trasera del vehículo, mientras Alice se acomodaba en el lugar del copiloto. Antes de que Jasper pusiera el auto en marcha, la pequeña Cullen se volvió para mirarnos a mí y a su hermano.
—¡Nos vamos de viaje! —exclamó, feliz.
—¿¡Qué!? —preguntamos Edward y yo, al unísono, mientras la suave risa de Jasper se hacía oír.
—Debemos ir a registrar la casa de campo que papá compró hace unos cuantos años —explicó Alice, sin dejar que la enorme sonrisa que traía abandonara su rostro—. Queríamos darles una sorpresa a Rose y a Emmett, realizando la fiesta de bodas allí.
—¿Los terrenos de Hoquiam? —preguntó Edward, confundido—. ¿Alice, estás segura de que, con todo lo que sucedió, papá…?
—Él no tienen ningún problema con ello —respondió Alice rápidamente—; de hecho, le pareció una buena idea.
Edward murmuró algo inteligible, dando el asunto por terminado.
—Pasaremos todo el fin de semana allí —apuntó, felizmente—. ¡Hay tanto por hacer!
—Espera, espera, espera… ¿¡cómo que todo el fin de semana!? —pregunté—. ¡Alice, no llevamos nada!
—Oh, no te preocupes, ya me he encargado de eso —apuntó ella, restándole importancia al asunto.
Edward tampoco parecía muy contento con la idea de salir en un viaje de improvisto, por lo que también expuso sus argumentos frente a Alice. Claro, como siempre, la pequeña tenía preparada una respuesta excelente para cada una de nuestras preguntas y quejas. Finalmente, resignados, ambos aceptamos, aunque hubo un pedido al que Alice no pudo negarse.
—Quiero ver a mis padres antes de que nos vayamos —pedí—. Por favor.
No tuve que decirlo dos veces para que Jasper comenzara a conducir rumbo al hospital.
Afortunadamente, nos encontramos con Carlisle en uno de los tantos pasillos del edificio. Edward me acompañó a ver a mis padres, quienes presentaban leves mejorías en su estado conforme iban pasando los días. Según palabras del padre de los hermanos Cullen, mi madre había evolucionado notablemente desde la operación, recuperándose a una velocidad increíble; con aquellas palabras, dejamos el establecimiento. Una cálida sensación inundó mi pecho y se quedó allí, incluso cuando ya nos encontrábamos en el auto, camino a Hoquiam.
Nuestro viaje por la carretera fue ameno. Jasper, a diferencia de Alice y Edward, conducía con un poco más de moderación, aunque la velocidad seguía siendo bastante más alta de lo normal. Hicimos alguna ocasional parada para ir al baño y para comprar algunos comestibles. Cuando atravesábamos las zonas de espesa vegetación, me permitía perderme entre el reluciente paisaje verde, mientras las anécdotas que Alice contaba llegaban tenuemente a mis oídos.
Estaba a punto de quedarme dormida, cuando el auto disminuyó su marcha. Comenzamos a abrirnos paso por unas pequeñas calles de ciudad, bastante parecidas a las de Port Angeles. Después de atravesar un largo tramo, volvimos a ingresar en una zona más abierta, con algunas ocasionales casas ubicadas a una distancia considerable. Minutos después de pasar por el frente de una de las tantas casas, cuando pensé que no llegaríamos nunca, Jasper bajó la velocidad hasta detenerse. Con sorpresa, abrí mi boca y mis ojos: frente a nosotros se encontraba una hermosa casa de ladrillo, con detalles blancos en los marcos de sus innumerables ventanales. El tejado gris relucía bajo las nubes de lluvia, que aún manchaban el cielo. Unas largas escaleras de piedra subían una pequeña loma que llevaba a los amplios jardines, hasta llegar a un amplio arco de ladrillos viejos que se erguía frente a la puerta de entrada. Los enormes árboles que la rodeaban le daban una especie de privacidad, que la hacía ver bastante más acogedora. Edward rió suavemente al ver que no separaba mis ojos de la ventana, mientras me ayudaba a bajar.
—Espera a verla por dentro —comentó, con una dulce sonrisa, mientras bajábamos del auto.
Puedo jurar que vi como Alice me guiñaba un ojo, antes de correr hacia la puerta de la enorme casa. Jasper la siguió, pidiéndole que tuviera cuidado, mientras cargaba unas maletas, que parecían bastante pesadas. Edward ayudó con dos más, mientras yo llevaba un pequeño bolsito de la más pequeña del grupo.
Cuando llegué hasta el arco frente a la puerta, la misma ya se encontraba abierta. Ingresé, detrás de Edward, a un enorme recibidor. Todo lucía bastante lleno de polvo y abandonado, aunque, bajo aquella capa de suciedad, podían apreciarse los pisos de mármol, las paredes blancas y los muebles lujosos. En cierto modo, me recordaba a la casa de los Cullen en Forks, aunque con un estilo un poco más rural.
Edward dejó las maletas junto a las que había cargado Jasper, mientras Alice daba saltitos, juntando sus palmas con emoción.
—¡Tenemos tanto por hacer! —exclamó—. ¡Quedará hermosa!
—Creo que deberíamos limpiar algunas habitaciones —apuntó Jasper, con su usual tranquilidad—. Dentro de algunas horas necesitaremos dormir.
Alice asintió, tomándolo de la mano.
—¡Vamos, vamos!
Edward rodó los ojos, aunque podía notar cierto matiz divertido en su mirada.
Con cuidado, nos abrimos paso por una polvorienta sala, hasta alcanzar una escalera recta, que llevaba al piso superior. Cuando terminamos de subir, nos encontramos en una habitación rectangular, con una alfombra raída en el suelo, con varias puertas. Alice abrió una de ellas, permitiéndonos la entrada a una oscura habitación. Con alegría, se dirigió hasta una pared, para correr una pesada cortina. La luz entró por los sucios cristales, revelando una enorme cama doble de estilo antiguo.
Me sorprendió el arsenal de productos de limpieza que Alice había transportado. En algunas horas, conseguimos limpiar dos de las enormes habitaciones y el pequeño cuarto que las conectaba. La diferencia era completamente notable: ahora los cristales dejaban ver el hermoso paisaje, manchado por la lluvia; las alfombras de colores claros relucían bajo nuestros pies; las paredes parecían recién pintadas, contrastando con los adornos que habíamos limpiado con esmero y los muebles brillaban, desprendiendo un delicioso aroma a madera. Alice y yo nos encargamos de cambiar las sábanas de las camas, mientras Edward y Jasper iban a encargar algo para comer.
Estábamos terminando de limpiar el amplio balcón de la segunda habitación, cuando Jasper se asomó por el ventanal. Se quedó unos segundos apreciando la hermosa vista que teníamos, mientras Alice y yo lo observábamos, levemente divertidas. Cuando salió de su ensoñación, nos miró, con una sonrisa.
—Es una vista hermosa —comentó.
Ambas asentimos; después de todo, aquello no podía ser más cierto.
—¿Y Eddie? —preguntó Alice, haciendo que su novio riera ante el apodo.
—Eddie, no lo sé; pero yo estoy aquí —apuntó Edward, claramente molesto con el apodo.
—¿Qué comeremos? —inquirió Alice, de forma inocente.
—Pizza —respondió Jasper, encogiéndose de hombros—. Fue lo que encontramos más cerca.
Edward nos mostró las cajas, mientras las apoyaba sobre la pequeña mesita del balcón, la cual recién habíamos limpiado. Jasper alcanzó la bebida y algunos vasos, depositándolas también en la superficie de madera. Nos sentamos sobre el piso de piedra, aprovechando que el lugar era lo suficientemente amplio. El pequeño techo del balcón, que no permitía que la lluvia nos mojara, creaba un agradable sonido cuando las gotas golpeaban sobre él. Allí, ubicados alrededor de la mesa, comimos los cuatro, entre charlas cortas y ocasionales.
—Me estoy muriendo de sueño —apuntó Alice, para después acallar un bostezo con una de sus manos.
—Entonces, creo que les dejaremos su habitación y nos retiraremos a nuestros aposentos —bromeó Jasper, ayudando a la pequeña Alice a levantarse—. Mañana tenemos mucho trabajo por hacer.
Alice, divertida y emocionada ante la perspectiva, se subió a la espalda de Jasper, enredando sus piernas en su cintura y sus manos en su cuello. Después de soltar una suave carcajada, el joven Hale se llevó a su novia fuera de la habitación, comentándole algo, aún con una sonrisa pintada en su rostro.
Me quedé mirándolos fijamente.
—Realmente hacen una pareja preciosa… —susurré.
—Ya lo creo —apuntó una voz de terciopelo, sacándome de mi ensoñación.
Sacudí levemente la cabeza, para observar los ojos verdes de Edward. Compartimos un leve silencio, que me resultó bastante incómodo.
—La verdad es que yo también estoy bastante cansada —apunté, como quien no quiere la cosa.
Edward, ante mi comentario, se puso de pie. Me tendió la mano y me ayudó a levantarme.
—Alice me dijo que te dejó ropa en el cuarto de baño —comentó—. Yo me iré a cambiar abajo.
Asentí en silencio. Él, después de sonreír de forma casi imperceptible, se dirigió fuera de la habitación. Suspiré y caminé hasta una puerta blanca, ubicada a un lado de la habitación. Habíamos tenido tiempo de limpiar, junto al cuarto que Edward y yo ocuparíamos, el pequeño baño que éste incluía. Las pequeñas paredes de azulejos celestes brillaban con intensidad, bajo la pequeña bombilla. Sobre la tapa del váter, se encontraba una pequeña pila de ropa. Revisé lo que Alice había dejado allí y mi boca se abrió de par en par.
¡Yo no iba a ponerme eso!
Cuando sacudí el pequeño camisón oscuro, un pequeño papel cayó de él. Lo tomé con cuidado y leí la ajustada caligrafía.
Más vale que mañana a la mañana, cuando me levante, te vea con esta prenda; sino, sufrirás mi ira. Te quiero, Alice.
Demonios. ¿Cuándo había hecho aquéllo? ¿Cómo hacía siempre para estar un paso adelante?
Suspiré. Alice Cullen era imposible.
Me puse el camisón a toda velocidad y abrí un poco la puerta, tan sólo dejando espacio para asomar mi cabeza. Al hacerlo, me dí cuenta del frío que hacía, aunque aquél no fuera mi principal objetivo. Al ver que Edward aún no había llegado, corrí por la habitación, hasta alcanzar una de las camas individuales. Con torpeza, corrí las sábanas y frazadas y me metí debajo, tapándome hasta el cuello. Pocos minutos después, Edward cruzó el umbral con una camisa y un pantalón a juego, de algún color oscuro que no podía identificar con exactitud, al encontrarse la habitación en penumbra. Después de cerrar la puerta, su figura se deslizó por la habitación, hasta que se acostó en la pequeña cama individual, ubicada junto a la mía.
—Hasta mañana, Bella —susurró su voz de terciopelo.
—Hasta mañana, Edward —repliqué.
Giré mi cuerpo, encontrándome con su hermoso rostro a sólo unos cuantos centímetros del mío. Me estiré un poco fuera de la cama y él, al instante, se levantó un poco. Recorriendo el escaso espacio que separaba ambas camas, los dos juntamos nuestras bocas en un lento beso. Mis manos se encontraban apoyadas sobre el colchón, intentando mantener mi peso, aunque sólo querían viajar a su cabello. Quería abrazarlo, besarlo, tenerlo conmigo. Su lengua recorrió, con cuidado, mi labio inferior, dándome lo que necesitaba para decidirme.
Me separé lentamente de él.
—Edward —llamé suavemente, con la voz más ronca de lo normal—. ¿Te molestaría… dormir conmigo?
Mi cara, de seguro, debía estar como un farolito de navidad.
Vi la mueca de sorpresa en su rostro, así como también la tenue sonrisa de lado que se formo en él. Contuve la respiración mientras él se ponía de pie. Automáticamente, giré un poco sobre la cama, acomodándome sobre uno de los extremos. El cuerpo cálido de Edward se ubicó junto al mío, mientras sus manos rodeaban mi cintura. Pasé mis brazos alrededor de su cuello, enterrando mi rostro en su pecho.
Aspiré su aroma y agradecí el hecho de estar acostada. Su fragancia era tan exquisita como embriagadora.
Sentí sus dulces labios sobre mi cabello, mientras sus manos acariciaban mi cintura, de forma suave.
—Ahora duerme —me pidió, con un susurro arrullador—, que mañana tenemos bastante que hacer.
Una risa tonta se escapó de mis labios, mientras me abrazaba más a él. No sabía cuanto tiempo había tardado en conciliar el sueño, pero estaba segura de que sus dulces labios sobre los míos habían sido lo último que había sentido antes de caer en los brazos de Morfeo.
Al día siguiente, la claridad golpeó mis ojos adormilados, dificultándome la visión por unos cuantos segundos. Con pesadez, alcé una de mis agarrotadas manos y la pasé por mi rostro, consiguiendo ver un poco mejor. Frente a mí, pude divisar el pacífico rostro de Edward. Sus ojos verdes me estudiaban en silencio, con una muy tenue sonrisa surcando sus labios. Estaba sobre uno de sus costados, apoyando su codo sobre la almohada y reposando la cabeza sobre su mano. Hice una mueca con mi rostro, antes de hablar en un susurro adormilado.
—¿Hace mucho que estás despierto?
Él negó suavemente con la cabeza.
—No te preocupes, he dormido excelentemente —apuntó.
—Que bueno, porque tengo tendencia a moverme mucho e, incluso, a pegar algunas patadas —murmuré.
Su melodiosa risa llenó la habitación.
—¡Tortolitos, vengan a desayunar! —gritó Alice, del otro lado de la puerta—. ¡Nada mejor, después de una noche agitada, como una buena comida! —agregó, con picardía.
Entrecerré los ojos.
—Con permiso —pedí, corriendo las sábanas—. Voy a asesinar a tu hermana.
Me puse de pie y, cuando me disponía a salir de la habitación, escuché el grito ahogado de Edward. Me volví para mirarlo, encontrándome con su rostro sorprendido. Seguí su mirada y entonces…
¡Oh, Dios!
Mi rostro debió cambiar a todas las tonalidades de rojo existentes, mientras me quedaba congelada en mi lugar. ¿Cómo demonios me había olvidado que tenía aquél ridículo y diminuto camisón puesto? Sin demasiadas opciones, corrí hacia el baño. Cerré la puerta y me apoyé sobre ella, intentando tranquilizarme y olvidar mi patética actuación. Mojé mi rostro con agua helada varias veces. Cuando creí que toda la vergüenza se había ido —por lo menos de mi rostro—, me quité aquella prenda y me puse mis pantalones y mi camiseta.
Era oficial, ¡iba a matar a Alice!
Salí se la habitación, pensando seriamente con qué cara miraría a Edward. Entonces, cuando escaneé el cuarto con la mirada, no tardé en chocarme con aquellos hermosos ojos verdes. Aún se encontraba en la cama, aunque ahora estaba sentado en ella. Cuando me vio salir, se levantó lentamente, con aquel andar felino tan propio de él. Pocos segundos después, se encontraba frente a mí. Al ver la suave sonrisa divertida en su rostro, desvié la mirada.
—Perdón… esto… perdón por lo de recién —balbuceé yo—. Fue culpa de Alice y yo n…
Uno de sus largos dedos interrumpió mi frase, posicionándome sobre mis labios.
—Entonces, recuérdame que le agradezca a mi hermana —comentó, y su rostro se adornó con aquella sonrisa torcida que tanto me gustaba.
Me sonrojé visiblemente, mientras mis ojos volvían a viajar lejos de los suyos.
Sentí una de sus manos sobre el costado de mi rostro, obligándome a mirarlo de nuevo. Su frente chocó con la mía, mientras su otra mano me capturaba por la cintura. Pronto me encontré atrapada entre la puerta del baño y su cuerpo, y, antes de que pudiera hacer nada, sus labios presionaron los míos. Con una desconocida necesidad, aferré mis brazos a su nuca. Comencé a mover mi boca sobre la suya, hasta que decidió profundizar el beso. Había una ferocidad dentro de mí, cuya existencia me había sido indiferente hasta aquél momento. Quería todo, cada parte de él. Separamos nuestras bocas por un segundo, para tomar aire, y me di cuenta que mis piernas se encontraban alrededor de su cintura. Antes de que tuviera tiempo para sonrojarme por aquello, sus labios arremetieron otra vez contra los míos.
Entonces, Edward se separó de mí, mientras mis piernas se deslizaban hacia abajo. Sus brillantes ojos verdes me miraron con intensidad.
Aún respirando agitadamente, su boca se abrió.
—Bella… yo…
Su voz ronca me dificultó aún más la respiración.
—Edward…
—¡Hey! ¡Los estamos esperando para desayunar! —chilló Alice, del otro lado de la puerta—. ¿Piensan quedarse en la habitación todo el día? ¿Qué demonios están haciendo? —hizo una pausa—. De acuerdo, no quiero saberlo.
Suspiré.
—¿Bajamos? —pregunté.
Una mueca contrariada se dibujó en el rostro de Edward, mientras asentía.
Los dos salimos de la habitación y agradecí que, después de todo aquello, mi corazón siguiera dentro de mi pecho.
¿Era normal que alguien tuviera tanto efecto en mí?
…
Aww, ¿no me digan que no son lindos? Este capítulo me gusta bastante, a pesar de que no es muy… revelador, aunque el que sigue es uno de mis preferidos. ¿Ustedes que opinan? En fin, estoy con una fiebre asquerosa y dolor de estómago, y se supone que no tendría que estar acá, sino en la cama. Antes de que me maten, voy a tratar de hacerla corta.
Lo pienso y todavía no lo creo… denme un par de segundos. Quiero decir, ¡mil reviews! Es como… wow. Realmente, no tengo palabras. Solamente puedo repetirles lo que digo siempre, con total sinceridad: ¡Muchas, muchas gracias! Me pone tan contenta. Los reviews son la heroína de los escritores de FF, si queremos quedarnos dentro de tema. Les juro, muchas, muchas gracias.
Tengo una buena noticia, supongo: finalmente, la historia va a tener veintisiete capítulos. Sí, ya sé, deben pensar que estoy completamente loca; pero la verdad es que hay unas cuantas cosas que resultaron ser más extensas de lo que pensaba y la planificación que había hecho de los capítulos no me sirvió. En fin, supongo que, igual, que haya un capítulo más no es tan malo, ¿no? Jaja.
¡Muchas gracias a todos, otra vez! Espero que hayan comenzado bien el año y que este sea mejor que el anterior. Que todos esos deseos que afloran de nuevo cuando comienza el año se cumplan. También, espero que ningún virus molesto llegué correteando y se meta en su habitación (hum).
¡Saludos! Nos leemos de nuevo, antes de mis ansiadas vacaciones jaja.
¡Se cuidan!
LadyC.
