Bajo El Mismo Techo.

By LadyCornamenta.

.

Capítulo 25: Despertar.

Me removí entre sueños, sintiéndome realmente cansada. Contuve un bostezo, mientras giraba sobre la cama, sintiendo mi cuerpo extrañamente pesado. Entonces, mis ojos se toparon con aquellas esmeraldas verdes. La claridad entraba por algún lugar de la habitación, haciendo que sus ojos brillaran con intensidad. Entonces, sus labios se acercaron a mi frente, depositando una suave caricia en ella. Poco a poco, el entendimiento fue llegando a mí; las imágenes de la noche anterior se arremolinaron en mi mente, haciéndome sonrojar de forma inevitable. Había sido perfecto, no podía decir otra cosa al respecto. Sus manos gentilmente sobre mi cuerpo, sus labios susurrando palabras que nunca habría creído escuchar de su boca, sus ojos mirándome fijamente hasta que ambos habíamos acariciado el cielo con la punta de las manos.

—Buenos días —susurró Edward.

Su tibia mano se movió sobre la piel de mi cintura, por dónde me tenía abrazada.

—Buenos días —respondí, sonriendo tenuemente.

Después de mucho tiempo, me sentía lo suficientemente feliz.

—Creo que iré a darme una ducha a la otra habitación —apuntó—. Si quieres, puedes usar el baño del pasillo —comentó, señalando una puerta blanca.

Asentí, aún demasiado conmocionada como para hablar mucho.

Sus labios atraparon los míos en un suave y dulce beso, antes de que se pusiera de pie. Agradecí el hecho de que visitera los pantalones de su pijama, ya que las cosas hubiesen sido un poco más embarazosas a la luz del día.

Cuando dejó la habitación, giré sobre la cama. Mi cabeza su hundió en su almohada, que desprendía aquella fragancia tan dulce y masculina. Entonces, dejé escapar un grito contra ella, de modo que nadie lo oyera; aún no podía creer todo lo que había sucedido. Los hechos se había desencadenado de la forma más extraña y, en cierto modo, más perfecta que podría haber imaginado. Había sido inexpertamente suave y dulce, casi como una fantasía que podía desvanecerse con el viento. Volví a aspirar el intoxicante perfume de su almohada, agradeciendo tener alguna prueba física de lo que había sucedido.

Me dirigí al baño y me dí una rápida ducha; después me puse mi pijama y volví a la habitación. Allí se encontraba Edward, ya duchado y cambiado. Cuando me vio entrar, una tenue sonrisa se extendió por sus labios. Se acercó a mí y sus brazos atraparon mi cintura. Contagiándome de su sonrisa, apoyé mis manos en su pecho y me estiré para alcanzar su boca. Nunca me cansaría de aquello, estaba segura.

Escuchamos un carraspeo y ambos nos volvimos: Alice estaba de pie en la puerta, con una enorme sonrisa pintada en su rostro.

—Honestamente, no quiero molestarlos —apuntó, sin disimular su alegría en lo absoluto—, pero se les enfriará el desayuno.

Miré a Edward, quien simplemente rodó los ojos; sin embargo, era claro que no estaba molesto. Con naturalidad, me tomó la mano y ambos salimos de la habitación, con la pequeña Alice dando saltitos detrás de nosotros. Cuando llegamos abajo, Jasper pareció, en un principio, bastante sorprendido por el hecho de que Edward y yo fuéramos juntos con tanta normalidad. Inevitablemente, un sonrojo cubrió mis mejillas; entonces su rostro mostró una dulce sonrisa.

El desayuno transcurrió con tranquilidad y, una vez que terminamos, los cuatro pusimos manos a la obra. Ya nos desenvolvíamos mejor con el asunto de la limpieza, por lo que logramos dejar como nuevas más habitaciones en una menor cantidad de tiempo. Mientras los demás limpiaban una gran sala, próxima al cuarto de juegos, yo me dirigí al ambiente donde se encontraba aquel hermoso piano de cola. Comencé a limpiar cada una de las teclas, con infinito cuidado, mientras las imágenes de la noche anterior volvían a mi mente de forma inevitable.

—Creo que necesitaba una buena limpieza —susurró aquella voz de terciopelo, contra mi oído.

Sentí el agarre de las manos de Edward en mi cintura, mientras sus labios recorrían mi cuello. Cerré los ojos, aflojando todo mi cuerpo. Mis manos, que aún se encontraban sobre las teclas del piano, provocaron un estruendoso y desagradable sonido cuando mis músculos se alojaron. Pegué un respingo, mientras escuchaba la suave risa entre dientes de Edward, al lado de mi oído.

—Ja, ja, ja —me burlé, pretendiendo estar enojada.

Giró mi cuerpo suavemente, atrapando mi labio inferior con su boca.

—Esto es tan injusto… —murmuré contra sus labios.

¿Quién podría enojarse con él, cuando hacía eso?

Después de volver a reír, su boca atrapó la mía.

Antes de que el reloj diera las cinco de la tarde, los cuatro subimos al automóvil de Alice. Después de todo, teníamos cierto tiempo de viaje y debíamos asistir a clases al día siguiente. La casa había quedado bastante bien, teniendo en cuenta el poco tiempo que habíamos tenido para ordenarla. Habíamos limpiado varias habitaciones, dejando de lado aquéllas que no servirían para la fiesta.

El viaje transcurrió de forma amena. De hecho, creo que habíamos hecho unos pocos kilómetros cuando me quedé dormida, apoyada contra el asiento delantero, en una posición bastante incómoda.

—¿Bella? ¿Bella?

Dejé escapar un gemido de molestia, mientras giraba mi adolorido cuello. Dos enormes ojos verdes aparecieron a centímetros de mi rostro, haciéndome sonreír involuntariamente. Escuché la melodiosa risa de Edward y después todo a mi alrededor comenzó a moverse. Abrí los ojos, viendo el familiar entorno, aunque con mi cabeza hacia abajo. Entonces, giré mi rostro, para encontrarme con Edward, quien me cargaba contra su pecho, con sus manos bajo mis rodillas y espalda. A duras penas le saqué la lengua, ya que tenía la cabeza colgando, mientras veía como la puerta principal de abría. Esme nos recibió a todos con entusiasmo. Pude percibir la sorpresa en su rostro, al ver la forma tan sutil en la que Edward cargaba conmigo. Pronto me encontré sentada sobre el sofá, en una posición bastante extraña. Me enderecé, dirigiéndole una mala mirada a Edward, quien sólo mostró una reluciente sonrisa.

Realmente, ¡aquello era tan injusto!

Esme parpadeó varias veces, al ver la despreocupada sonrisa que mostraba su hijo.

Claro, partir de aquel día, ella no fue la única. La facilidad de Edward para sonreír se había vuelto algo completamente sorprendente. Alice, siempre secundada por algún miembro de su familia, no dejaba de agradecerme por ello. Después de todo, la pequeña Cullen estaba convencida de que todo era gracias a mí.

De hecho, parecía que todo el mundo notaba el claro cambio en Edward. Una tarde de miércoles, en clase de gimnasia, la profesora había propuesto jugar a alguna cosa extraña, donde debías pegarle a tus oponentes con un pequeño balón, manteniéndote dentro de un perímetro determinado. Los grupos eran reducidos, por lo que Alice y yo, junto con Edward y otro muchacho de nuestro curso, habíamos decidido enfrentarnos a Angela, Ben Cheney, Jessica Stanley y Mike Newton. Claro, a Alice no se le ocurrió mejor idea que pasarme el balón, justo cuando debíamos lanzar al otro lado. Sin lograr controlar mi fuerza adecuadamente, tiré la pelota. Se suponía que los golpes debían ir del cuello para abajo, pegando en el cuerpo de nuestros oponentes. Claro que, entre muchas otras cosas, la puntería no era una de mis habilidades más desarrolladas; por lo que el balón fue a parar, sin escalas, al centro de cabeza de Mike Newton. Cuando cayó de bruces hacia atrás, todos los que jugaban con nosotros rompieron en risotadas; sin embargo, la carcajada de Edward fue la que más se distinguió. Podría decirse que la profesora estaba tan sorprendida por el hecho, que casi se olvida de atender a Mike.

—Ese, sin dudas, fue un buen tiro —apuntó alegremente Alice, mientras salíamos de mi infierno personal.

—Déjalo ya, Alice —pedí—. No me hagas sentir culpable.

—Fue un tiro excelente —secundó Edward, sin poder ocultar una pequeña sonrisa.

Me detuve en mi camino, mirándolos mal. Edward, que tenía atrapada mi mano entre las suyas, avanzó, obligándome a seguir caminando.

—¡Debiste ver la cara de Mike! —exclamó Alice, haciendo una extraña mueca con el rostro, en un intento de imitar el aspecto aterrado de nuestro compañero.

Inevitablemente, me encontré riendo con ellos.

Llegamos a la cafetería, donde ya nos esperaban los Hale y Emmett. Alice no tardó demasiado en contarles lo que había sucedido, y su hermano casi se ahoga con lo que estaba tomando. Después del incidente, la comida fue amena. Claro, no faltaron las alusiones de Emmett a las clases de gimnasia peligrosas y los balones asesinos.

Cuando acabaron nuestras clases, Edward me llevó hasta mi trabajo. Angela también me recordó el incidente con Mike, aunque, a diferencia de los demás, ella intentó tranquilizarme, diciéndome que sólo le había quedado un pequeño chichón. Me sentí un poco culpable, pero ella sólo se encogió de hombros.

—No es tan terrible —apuntó, con una sonrisa.

Estuvimos allí, hablando sobre temas sin relevancia, mientras los ocasionales clientes ingresaban. Nos encontrábamos detrás del amplio mostrador, ubicado al final del local, cuando la campanilla de la entrada se agitó con violencia. Las dos giramos, asustadas, para encontrarnos con el turbado rostro de Edward. Inmediatamente, corrió hasta el fondo del local.

—Bella, tu madre, tu madre… ha despertado —balbuceó, intentando recuperar la respiración.

Mis ojos se abrieron de par en par.

—¿Q-q-qué?

—Se despertó, Bella, ella despertó —respondió rápidamente, mientras una sonrisa se extendía por mi rostro.

Pronto las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.

Angela ni siquiera me dejó pedirle permiso para irme; simplemente, me empujó hacia fuera, deseándome suerte. Edward me tomó de la mano y me acompañó hasta su automóvil. Me ayudó a acomodarme del lado del copiloto y luego dio la vuelta al auto para ponerse al volante. Estaba tan ansiosa que el viaje me resultó absurdamente largo, cuando en realidad no teníamos una gran distancia desde el local de los Weber hasta el hospital y Edward conducía endemoniadamente rápido. Prácticamente me tiré fuera del auto cuando llegamos a nuestro destino. Edward corrió a mi lado y me ayudó a mantenerme en pie. Juntos atravesamos los amplios pasillos del hospital, corriendo con dificultad por las lustrosas baldosas. Sin embargo, antes de que pudiéramos llegar al piso de terapia intensiva, Carlisle nos intercepto en uno de los corredores.

Me quedé mirándolo, incapaz de decir nada y con el corazón latiéndome como loco.

—Bella, ven conmigo, por favor —pidió Carlisle, con rostro amable.

Lo seguí, haciendo grandes esfuerzos para hacer algo tan simple como caminar. Caminé detrás de él por los corredores y las escaleras, que se me hicieron más ensortijados que el más grande de los laberintos. Finalmente, llegamos a un piso en el que nunca había estado. Carlisle caminó un poco, hasta que se detuvo y su mano descansó en el picaporte de una de las tantas puertas. Me dirigió una tranquilizadora sonrisa, muy parecida a la de Edward, antes de abrir.

—Señora Swan, tiene visitas —alegó.

Ingresé a la habitación con dificultad, hasta que mis ojos chocaron con los de mi madre. De forma torpe, corrí hasta ella y me abalancé sobre la cama.

—¡Mi pequeña! —exclamó Renée, con voz llorosa.

Estuve por un largo rato derramando lágrimas junto a mi madre. Entonces, alcé la cabeza; ambas nos miramos y comenzamos a reír. Cualquiera que nos hubiese visto en aquel momento hubiese pensado que estábamos totalmente locas; pero la realidad era que, después de tanto tiempo llorando, ambas nos sentíamos lo suficientemente tontas como para reírnos.

Sí, la locura era algo hereditario.

—Querida Bella, ¿cómo ha ido todo? —preguntó mi madre, con una sonrisa. Su voz aún sonaba algo débil—. Me dijo el doctor Cullen que hemos estado mucho tiempo aquí.

Asentí suavemente.

—La familia Cullen me ha ayudado mucho —apunté—. No sé que hubiese sido de mí sin todos ellos.

Renée sonrió; segundos después, sus ojos se dirigieron a la puerta. Una mueca de asombro se pintó en su rostro. Me volví, confundida, para encontrarme con Edward.

—¿Está todo bien? —me preguntó, con una sonrisa cordial.

Asentí.

—Edward, ella es mi madre, Renée —presenté rápidamente—. Mamá, él es Edward, hijo de Carlisle y…

—Su novio —completó Edward, con una radiante sonrisa, mientras pasaba un brazo por mi cintura.

Mi madre abrió la boca y, de hecho, creo que yo también lo hice, escuchando sólo la risita entre dientes de Edward. Luego los ojos de Renée adoptaron un pícaro matiz, que me recordó mucho a las miradas de Alice. Antes de que nadie pudiera agregar nada más, Carlisle ingresó en la habitación. Nos dirigió una de sus amables sonrisas a mí y a mi madre, antes de volverse hacia su hijo.

—Edward, estoy teniendo algunos problemas con Rosalie y Emmett en el primer piso, que parecen bastante emocionados por las cuestiones de la boda… —apuntó, con una mueca extraña—. Esas situaciones no son para que un padre se entrometa, ¿te molestaría… intervenir?

Edward murmuró alguna cosa entre dientes y, después de alzar los ojos al cielo, salió a toda velocidad de la habitación. Carlisle nos dirigió una sonrisa avergonzada.

—Voy a buscar unos estudios, señoritas —nos comentó—. Enseguida estaré de vuelta.

Ambas lo observamos desaparecer por la puerta de la blanca habitación.

Entonces, escuché la tos fingida de mi madre.

—Así que tu novio, ¿ah? —comentó, como quien no quiere la cosa—. Si vuelvo a quedar incontente, entonces ¿qué harás?, ¿te casarás?

Le saqué la lengua, mientras un suave sonrojo cubría mis mejillas.

—Edward me ha ayudado mucho —apunté, intentando salirme por la tangente.

—¡Cualquiera quisiera que lo ayudara! —replicó, con un poco más de energía, aunque su voz aún sonaba débil—. ¡Es descaradamente guapo!

—¡Mamá! —chillé escandalizada, mientras sentía mi rostro enrojecer—. ¡Por favor!

Mi madre rió animadamente, mientras escuchábamos ruidos en la puerta. Después de unos instantes, Emmett y Rose ingresaron a la habitación, luciendo bastante desalineados. Edward entró detrás de ellos, mostrando en su rostro una mueca de fastidio. Emmett rápidamente se presentó, lleno de entusiasmo; incluso, después de presentar a Rose, se permitió darle un abrazo a mi madre. Edward, ubicándose a mi lado, rodó los ojos, mientras yo reía suavemente.

—Bella, sabes que estás muy sonrojada, ¿no? —apuntó.

Los colores de mi rostro subieron un poco más.

—Oh, sí, ignóralo —pedí, intentando sonar despreocupada.

Carlisle tuvo que hacer unos cuantos estudios y cosas antes de que pudiera volver a ver a mi madre. De cualquier modo, sabíamos que debía quedarse en el hospital por unos días, sólo para asegurarse de que todo iba bien. Sin embargo, a pesar de que me avergonzara y no parara de hacer comentarios acerca de mi relación con Edward, quería pasar con mi madre todo el tiempo que pudiera. La realidad era que la había extrañado demasiado.

—No te preocupes, mamá, volveremos mañana —le aseguré, con una sonrisa, cuando todos se habían retirado—. Supongo que todavía hay muchas cosas que quieres saber.

Ella se encogió de hombros, con una maliciosa sonrisa.

—Alice me aseguró que ella me contaría todos los detalles que quisiera saber —apuntó.

Entrecerré los ojos.

—Me encargaré de que no pueda abrir la boca por un par de meses —comenté, con una sonrisa. Después, me incliné para darle un fuerte abrazo—. Nos vemos, mamá.

—Adiós, hija.

Salí de la habitación, caminando con más ligereza de la que había sentido en bastante tiempo. Aunque aún tenía la cuestión de mi padre, que no permitía que la felicidad fuera completa, las cosas parecían ir mejorando poco a poco. Todo iba retomando su curso natural, y yo no podía estar más feliz por ello; y, aunque aún quedaban cosas sin resolver, todo parecía un poco más claro.

Fuera del hospital, Edward me esperaba dentro de automóvil. Busqué alrededor los demás coches, pero el llamativo Porsche de Alice no estaba por ningún lado. Me acomodé en el asiento del copiloto, para luego mirar a Edward, con confusión.

—¿No íbamos a cenar a tu casa? —pregunté.

—Primero me gustaría resolver otra cosa —apuntó, con aire misterioso.

La confusión no abandonó mi rostro.

—Ya que comenzamos con todo esto, sería bueno que lo termináramos de una vez —explicó Edward, sin dejarme del todo claro lo que quería decir.

Antes de que pudiera agregar nada más, mi acompañante comenzó a conducir a aquella velocidad desorbitarte a la que usualmente llevaba su automóvil. Comencé a cambiar la radio, más que nada para distraerme un poco. Estuve un largo rato buscando algo bueno para escuchar, que casi no me di cuenta cuando el paisaje comenzó a cambiar. El verde follaje fue reemplazado poco a poco por terreno rocoso y lleno de tierra. Edward maniobró con el volante y, con una hábil y escalofriante maniobra, aparcó su coche.

—Perdón por eso —musitó.

Cuando bajé del auto, vi una pequeña casita frente a nosotros. Algo de follaje rodeaba el exterior y la fachada de la misma parecía algo gastada, haciendo juego con aquel pesado aire marino que la rodeaba. Un pequeño camino nos llevó hasta la puerta, la cual Edward golpeó suavemente. Esperamos allí unos instantes, hasta que una joven apareció frente a nosotros. La sorpresa llenó mi rostro cuando me di cuenta de quien se trataba; me volví hacia Edward.

—¿Leah? —pregunté, confundida.

—¿Edward? ¿Bella? —habló la joven, tan perdida como yo.

—Leah, disculpa la molestia, la verdad es que no se me presentó la oportunidad de decirte que vendríamos —explicó Edward cortésmente—. ¿Está Seth en casa?

La muchacha estudió en silencio el rostro de Edward, con cierto recelo en sus marcadas facciones trigueñas.

—Salió, pero no creo que tarde demasiado en llegar —respondió rápidamente la joven Clearwater. Dudó unos segundos—. ¿Quieren pasar?

Edward negó suavemente con la cabeza.

—La realidad es que tenemos algo de prisa —explicó, sin abandonar aquel tono de voz suave y cordial—. ¿Crees que podrás decirle a tu hermano que me visite cuanto antes, que tengo algo serio que charlar con él? —pidió.

Leah asintió, aún con su entrecejo fuertemente fruncido.

—De acuerdo. Muchas gracias, Leah.

Después de sus palabras, Edward me tomó de la mano y me arrastró suavemente hacia el automóvil, dándome sólo la posibilidad de despedirme de Leah con un rápido saludo con la mano. Me abrió la puerta del lado del copiloto y me permitió la entrada. Pronto se encontró él ubicado en su lugar y, en un abrir y cerrar de ojos, nos hallábamos transitando el camino de regreso. Estudié el rostro serio de Edward por unos cuantos minutos, hasta que me dispuse a disipar mis inquietudes.

—¿Quieres hablar con Seth sobre…?

Él asintió, con la vista aún fija en el camino, antes de que yo pudiera terminar mi pregunta.

No hablamos durante el viaje y pronto nos encontramos en la puerta de la casa de los Cullen. Edward bajó del coche, con aquella mirada ausente que lucía desde que habíamos comenzado el trayecto. Confundida por su actitud, lo intercepté antes de que ingresáramos a la casa. Cuando sintió mi mano sobre su brazo, se detuvo. Su rostro interrogante me estudió cuidadosamente, mientras yo buscaba las palabras adecuadas.

—Edward, ¿todo está bien? —pregunté a media voz.

La confusión se dibujó en su rostro unos instantes, para luego ser reemplazada por una tenue sonrisa.

—Sí, ¿por qué lo preguntas? —replicó, con voz despreocupada, mientras tomaba mi mano.

—Te noto un poco… ausente —apunté yo, mientras él jugaba con mis dedos.

Sonrió de lado.

—Ha sido un día bastante… agitado —apuntó.

Asentí.

—Dímelo a mí, recuperé a mi madre y conseguí un novio en menos de veinticuatro horas —apunté, recalcando la relación entre nosotros que él mismo había calificado.

Su melodiosa risa llegó a mis oídos.

—Puedes perderlo, si quieres —apuntó, con una pícara sonrisa.

—No estoy interesada en ello —respondí, antes de acercarme más a él.

Sus manos viajaron a mi cintura y sus labios presionaron los míos con aquella mezcla de fuego y dulzura que poseían. Perdí la noción de tiempo y espacio cuando profundizamos el beso. En medio de la escena, creí escuchar algún comentario de Emmett referido a Edward, diciéndole que era un nuevo devorador de jovencitas, y también escuché alguna advertencia dirigida hacia mí, recomendándome que tuviera cuidado porque parecía ser su próxima víctima. Sin embargo, todo aquello no podía importarme menos ni hacerme soltar a mi Edward. Después de todo, parecía que por fin las cosas iban retomando su curso natural.

Entonces, una súbita frenada nos hizo separarnos.

Una reluciente motocicleta captó toda nuestra atención, aunque pronto nuestros ojos se dirigieron a quien la conducía.

Parpadeé, notando claramente los rasgos característicos de su familia.

¿Sería hora de que Seth Clearwater nos aclarara aquellas dudas restantes?

Su humilde servidora, acá desde la costa, quemada hasta los tobillos, llena de arena, con olor a sal y poquísimo sueño; dejándoles el capítulo prometido. No voy a decir mucho, porque tengo a una banda de personas por acá gritando, cantando y demás. Sólo espero sus comentarios… ¿les gustó? Sé que fue antes de lo prometido, pero me acaba de llegar el capítulo y no quería hacerlos esperar. No sé cuando podré volver a conectarme, pero cuando tenga Casi Platónico prometo que voy a tratar de colgarlo cuanto antes.

Agradezco de todo corazón los reviews, ya lo saben. Prácticamente mil doscientos y yo no lo puedo creer todavía. Saben que no hice a tiempo ni de responder las preguntas, ya que apenas los pude leer; pero, cuando esté de vuelta, saben que voy a estar disponible en el msn para cualquier cosa. El primero o segundo de febrero subiré el capítulo que sigue. Sólo pido un poquito de paciencia, ya saben.

¡Gracias a todos, de verdad! ¡Nos leemos a mi vuelta, en algunos días, si es que salgo viva de acá!

Saludos.

LadyC.