Bajo El Mismo Techo.

By LadyCornamenta.

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Capítulo 26: Últimas piezas.

Cuando Seth bajó de la motocicleta, todo el aspecto intimidante que este podía llegar a conseguir quedó reducido a nada. No era un joven pequeño, ni mucho menos, pero su caminar era inseguro y su rostro mostraba que claramente se sentía intimidado al encontrarse allí. Edward se alejó de mí y le tendió la mano al recién llegado, acompañando su saludo de algunas palabras de bienvenida. Ignorando la mirada interrogante de Emmett y de su futura esposa, que no parecía estar muy contenta con la visita, Edward le permitió a Seth la entrada a la casa. Con un suave gesto de su cabeza, me indicó que lo siguiera. Edward comenzó a subir la larga escalera, seguido por el recién llegado. Me apresuré para no perderlos, teniendo cuidado de no tropezar con nada. Edward abrió una puerta y terminamos sentados en lo que parecía ser una pequeña sala de té. Seth se acomodó, cohibido, en uno de los pequeños sofás, mientras Edward me indicaba que yo también me sentara.

Los tres compartimos un silencio denso, el cual el pequeño Clearwater rompió con vacilación.

—Me dijo Leah que… ¿querías hablar conmigo de algo… serio?

Edward asintió, balanceándose en su asiento.

—Sí, la realidad es que han sucedido unas cuantas cosas en el último tiempo y me gustaría… saber si estás al corriente de ellas —explicó, con tono tranquilo.

—¿Qué cosas? —preguntó rápidamente Seth.

Edward dedicó unos cuantos minutos a explicarle la historia que habíamos construido con los relatos de Jacob, las dudas de Carlisle y los recuerdos que habíamos conseguido sacar a flote. Seth escuchó atentamente, mostrándose sorprendido en ciertas partes del relato, confundido en algunas y perdido en otras. Finalmente, Edward le comentó acerca de nuestro último encuentro con Jacob, exponiéndole su nueva perspectiva de los hechos.

—¿Tú sabías algo de todo eso? —preguntó Edward. Su voz sonaba siempre cordial, como si estuviera hablando con un niño pequeño. Se notaba que, a pesar de todo, sentía cierto cariño hacia el menor de los Clearwater.

Seth negó con su cabeza.

—Yo… no sabía… realmente —respondió él—. La realidad es que en La Push… todos teníamos la versión de Sam.

—Lo supuse —masculló Edward para sí, bajando la vista.

—Leah, sin embargo… —murmuró Seth.

Edward alzó los ojos rápidamente, clavándolos en los del más pequeño.

—¿Qué paso con ella? —inquirió.

Seth vaciló en su respuesta; lucía claramente pensativo.

—La verdad es que Leah siempre defendió a Jacob —respondió, aún perdido en sus propias cavilaciones—. Yo siempre creí que era por Sam y su ruptura pero…

Me encontré asintiendo, al igual que Edward, cuando él dejó su frase en el aire.

—Nunca quise darte una versión distorsionada de los hechos, Edward —aseguró Seth, con culpabilidad—. Simplemente, esa fue la versión que tenía yo.

Edward asintió.

—No te preocupes, Seth —tranquilizó Edward—. Yo sé que es así, gracias.

—Pero… —súbitamente, los dos me miraron cuando me escucharon hablar— ¿cómo es que Jacob nunca aclaró todo si él no era el culpable?

Esa duda venía dando vueltas en mi cabeza desde hacía ya bastante tiempo.

Edward, con sus manos enlazadas sobre sus rodillas, miró fijamente al suelo, al tiempo en que soltaba un profundo suspiro.

—Supongo que eso, en parte, es culpa mía —apuntó él—. La verdad es que he sido bastante… cerrado en ese asunto.

—Tenías motivos —recordó Seth, en lo que me pareció un intento por hacerlo sentir mejor—. Desde lejos, Jacob parecía culpable por muchas cosas.

Edward asintió, aún algo perdido en sus pensamientos.

Estábamos los tres tan sumidos en aquél tenso silencio, que todos nos sobresaltamos cuando la puerta se abrió de golpe. El rostro de Alice apareció, con los ojos desenfocados y las mejillas arreboladas. Entonces, soltó todas las palabras de golpe.

—¡Bella tu padre ha reaccionado! —exclamó y me fue bastante difícil comprenderla.

Entonces, cuando entendí sus palabras, yo también me puse histérica. Antes de que pudiera hacer nada, Alice me tomó de la mano y me arrastró con ella por los pasillos. Pude sentir los pasos de Edward y Seth detrás de nosotros mientras bajábamos por las escaleras. Toda la familia parecía estar al tanto de la noticia, ya que lucían expectantes.

—Carlisle nos espera en el hospital —comentó rápidamente la pequeña Cullen, mientras salíamos de la casa—. Acaba de llamar.

Subimos al Porsche de Alice, mientras Edward compartía una rápida despedida con Seth, carga de agradecimientos y disculpas. Después subió con nosotras al automóvil, y Alice comenzó a conducir a aquella desorbitada velocidad a la que se encontraba acostumbrada. Esta vez, sin embargo, ni siquiera pensé en quejarme. Gracias a ello, llegamos al hospital en unos pocos minutos, en los que me encargué de preguntar qué era lo que había sucedido. Alice no pudo darme demasiadas respuestas, ya que ella sabía casi tan poco como yo.

Cuando entramos al gran edificio, comenzamos a correr, preguntando a varios integrantes del personal del hospital dónde podíamos encontrar a Carlisle. Pronto nos indicaron dónde se encontraba y los tres corrimos como si la vida se nos fuera en ello. Ni siquiera la cantidad de veces que tropecé lograron detenerme. Entonces, lo vimos al final de uno de los innumerables pasillos.

—Carlisle, ¿dónde…está… mi padre? —pregunté, aún sin logar recuperar la respiración.

—Bella, tranquila —me pidió, poniendo una mano sobre mi hombro—. Él está inconciente todavía.

Me quedé helada en mi lugar, logrando articular sólo una palabra a media voz.

—¿Qué?

—Sí, él reaccionó, mostró signos vitales diferentes, pero sigue inconciente —explicó—. Lo más sorprendente del asunto es que reaccionó exactamente cuando tu madre fue a su encuentro —sonrió tenuemente—. Supongo que debe poder escuchar algo.

Parpadeé varias veces, confundida.

—¿Cómo es eso?

—Él está como atrapado en su propia mente, ¿no? —me sorprendí al escuchar la voz de Edward, que parecía bastante cautivado con el asunto. Carlisle asintió—. Increíble.

—Sería bueno que hablaras un poco con él, Bella —apuntó el doctor Cullen.

Asentí suavemente.

Lo seguí por aquellos pasillos que me resultaban imposiblemente iguales. Después de una larga sucesión de puertas, Carlisle abrió una de ellas. Mi padre se encontraba igual que como lo había visto hacía unos pocos días: estaba conectado a todos esos cables y máquinas, tenía aspecto algo pálido y, lo que me parecía más desalentador, seguía con los ojos cerrados. Me acerqué cuidadosamente a la cama y tomé su mano, que estaba incluso más fría que las mías.

—Te dejaré un rato a solas con él —ofreció Carlisle.

Asentí, en silencio, mirando en su dirección tan sólo por unos segundos. Luego escuché la puerta cerrada, mientras mis ojos se concentraban en el pálido rostro de mi padre. Me quedé observándolo por un largo rato en silencio, estudiando cada uno de sus rasgos. Después me aclaré suavemente la garganta, recordando las palabras de Edward.

—¿Es verdad que me escuchas? —pregunté suavemente, sabiendo que no obtendría respuesta—. Hay tantas cosas que deberías saber, tantas novedades… a pesar de que siempre te haces el desentendido, yo sé que te interesaría saberlas.

Suspiré profundamente, mientras algunas lágrimas se agolpaban en mis ojos. Mi respiración, en disonancia con los molestos pitidos de las máquinas, era bastante irregular. Gemí involuntariamente e intenté secar las lágrimas que ya corrían por mi rostro.

—Papá, necesito tanto que te despiertes… —susurré, apretando un poco su mano. Hice una profunda pausa—. Te quiero, papá, te quiero mucho.

Entonces, sentí una tenue presión en mi mano, el rostro de mi padre dibujó una casi imperceptible mueca de molestia y aquellos aparatos ubicados detrás de nosotros cambiaron el sonido que producían. Me quedé congelada por unos segundos; luego, cuando reaccioné, salí corriendo de la habitación. No pude correr demasiado, porque Edward me interceptó casi al instante.

—¿Bella?, ¿qué sucede? —preguntó.

—Mi padre, Edward, mi padre se ha… movido… las máquinas… su mano —balbuceé. Ni una frase coherente podía salir de mis labios.

—Llamaré a Carlisle —se ofreció rápidamente—. Tú quédate aquí.

Vi como Edward salía corriendo por el pasillo. Comencé a retroceder, hasta que mis piernas chocaron con una de las frías sillas del hospital; me dejé caer sobre ella, mientras largaba un pesado suspiro. No tuve que esperar demasiado para que padre e hijo volvieran por el corredor, con velocidad, seguidos de una inquieta Alice. Carlisle ingresó a la habitación de mi padre y yo lo seguí.

Entonces, me quedé de piedra.

Mi padre estaba sentado en la cama, con los ojos abiertos y la confusión plasmada en cada recoveco de su pálido rostro.

—¿Carlisle? —preguntó, claramente confundido.

Vi como el doctor Cullen le sonreía.

—El mismo, Charlie.

Entonces, los ojos de mi padre se encontraron con los míos. Nos quedamos observándonos por un largo rato. Sin saber exactamente que hacer, corrí hacia él, propinándole un fuerte abrazo.

—Definitivamente, alguien tendrá que explicarme que sucede.

Reí, mientras lágrimas de felicidad escapaban de mis ojos.

Después de todo, Charlie estaba en lo cierto: que lo abrazara con tanta efusividad era un hecho completamente antinatural.

La siguiente media hora pasó entre explicaciones, intentando ubicar a mi padre en tiempo y espacio, por lo menos lo suficiente para que supiera que hacía allí. Finalmente, pareció comprender, aunque algunos de sus asentimientos eran algo dudosos. Me contó, también, como conocía al doctor Cullen y algunas de las anécdotas que habían compartido cuando eran tan sólo unos pequeños niños. Cuando Edward se acercó a mí, para preguntarme si quería algo para comer —no sabía en que momento se había hecho tan tarde—, tomó suavemente mi mano. Por supuesto, cuando me quedé sola con Charlie, después de que Edward y su padre abandonaran la habitación, los ojos de mi progenitor me estudiaron calculadoramente.

—¿Quién es ese chico? —preguntó, entrecerrando los ojos.

—Él es Edward Cullen, papá, el hijo de Carlisle —respondí, con tono inexpresivo.

—¿Y por qué te tomó de la mano? —preguntó, con su complejo de jefe de policía.

Rodé los ojos, aunque levemente divertida.

—Porque él es mi… novio —expliqué, desviando la mirada unos instantes, mientras sentía mis mejillas arder.

Entonces me volví, para encontrarme con el rostro sorprendido de Charlie.

—Tú… ¿qué? —susurró.

—Ehm… ¿eso? —comenté tímidamente.

Charlie suspiró y compartimos un silencio prolongado.

—Me duele la cabeza —apuntó luego, como quien no quiere la cosa.

Me hubiese asustado, dadas sus condiciones, si no hubiese conocido tan bien aquella frase. Aquélla era la clara escapatoria de Charlie cuando quería librarse de algún problema, alguna reprimenda o alguna cosa que lo incomodara. En este caso, creo que me inclinaba por la última opción. Claro, sabía que de todos modos no me salvaría de esa charla con mi padre.

—Esto… yo… llamaré a Carlisle —apunté rápidamente, dirigiéndole una cálida sonrisa, antes de retirarme.

¡Era tan absurdamente feliz!

Encontré a Carlisle en uno de los pisos inferiores, hablando con Alice, quien, al verme, sonrió amplia y tiernamente. El doctor Cullen se retiró y la pequeña de la familia se colgó de mi cuello, con una sincera alegría.

—¡Qué feliz me pone que todo esté bien, Bella! —exclamó.

—Ya lo creo —respondí, sin dejar de sonreír—. ¿Y Edward?

—Se ha ido a casa—explicó—; quería preparar algo para comer para que pudiéramos cenar cuando lleguemos. ¡Ahora vamos a ver a Renée!

Seguí a Alice, contagiándome de su entusiasmo. No me resultaba algo sorprendente el hecho de que ella y mi madre se hubiesen llevado tan bien en tan poco tiempo. Después de todo, se parecían en demasiados aspectos, sobre todo en aquello de hablar sobre mi vida privada como si estuvieran haciendo comentarios sobre el clima.

Llegamos a la habitación de mi madre, quien se encontraba leyendo una revista. Evidentemente quería actualizarse un poco, después de haberse perdido meses de chismes y cotilleos. Cuando nos escuchó llegar, alzó la vista, dirigiéndonos una cálida mirada. Algo me decía que pronto mi madre adoptaría a Alice como una hija más, y no podía estar más feliz por aquéllo.

No sabría con exactitud decir si había sido buena idea o no contarle a mi madre que Charlie ya estaba despierto. Su reacción fue muy típica de ella: sin interesarse demasiado en los cables a los que se encontraba conectada, sin importarle su salud ni las heridas que aún podían molestar, se puso de pie y comenzó a buscarlo por los pasillos, aún cuando no tenía ni idea de dónde se encontraba. Gracias a Dios, una enfermera la interceptó y pudo ayudarla con su cometido sin ocasionar un gran revuelo.

Compartí un buen rato con mis padres, evitando los temas de rigor y contándoles algunas cosas sobre la escuela, las personas y los lugares que había frecuentado y la vida en Forks. Era ya bastante tarde cuando, mientras discutíamos sobre los beneficios del clima lluvioso —que a mí me parecían inexistentes, claro—, Alice ingresó en la habitación, ofreciéndose para llevarme a casa. Automáticamente, miré a mis padres.

—Ve y descansa un rato —apremió Renée—, que nosotros haremos lo mismo.

Charlie asintió.

Les dirigí una gran sonrisa y, después de un rápido abrazo, salí con Alice del cuarto.

Antes de abandonar el hospital, nos despedimos de Carlisle, quien nos aseguró que se quedaría allí por el resto de la noche. Alice condujo por la oscura carretera, hasta que alcanzamos la imponente casa donde residía. Aparcó su auto y ambas nos bajamos de él, bastante felices con la perspectiva de encontrarnos, finalmente, en la calidez del hogar. Esme me recibió con un cálido abrazo, seguido por los asfixiantes brazos de Emmett. Entonces, en un rincón de la habitación, pude ver mi sonrisa preferida.

—¿Todo ha ido bien? —preguntó Edward, mientras me acercaba a él.

Asentí, con una suave sonrisa.

—Antes de que empiecen con cursilerías, vamos a comer —pidió Emmett, tomándonos a ambos por los hombros.

Todos nos dirigimos al comedor, donde había preparada una abundante cena. Esme comenzó a servir, ayudada por Edward, quien se encargó de llenar nuestras copas. Una vez que hubo terminado, se sentó a mi lado, mientras su madre se acomodaba frente a él. Comenzamos a comer en silencio, el cual sólo fue interrumpido por las felicitaciones al apuesto cocinero que tenía acomodado a mi lado.

—Ya te he preparado tu cuarto, Bella —comentó Esme, con una cálida sonrisa.

—Oh, muchas gracias —respondí—; pero la realidad es que estaba pensando en volver al hospital.

—¿No sería bueno que durmieras un poco? —apuntó Edward, atento a la conversación—. Si quieres, mañana podemos ir bien temprano para el hospital.

Me quedé mirándolo, con duda, por unos cuantos segundos.

—¿Tú crees?

—Me parece lo mejor —respondió, asintiendo—. Necesitas dormir un poco.

—Edward tiene razón —secundó Alice—. Mañana te acompañaremos todos.

Emmett rió.

—La verdad es que estoy bastante interesado en conocer a tus padres, damisela —comentó, con una enorme y pícara sonrisa.

Reí con entusiasmo.

—Muchas gracias —dije—. Muchas gracias a todos.

Una sonrisa se pintó en cada uno de los rostros de la familia Cullen. Realmente, eran personas increíbles. Durante todo ese tiempo, se habían comportado como parte de mi familia y no podía estar más agradecida con cada uno de ellos. No sólo me había cuidado y ayudado a superar el accidente y el estado de mis padres, sino que siempre me habían brindado su cariño hogareño y su sincero afecto. En ese poco tiempo, se habían convertido en mi segunda familia.

Cuando terminamos de comer, ayudé a levantar la vajilla y, sin dejarme hacer nada más, Edward me arrastró a la sala. Después de dejarse caer en el sofá, tiró de mi mano, haciéndome caer a su lado. Lo miré fingiendo enojo, pero él simplemente me atrajo por la cintura, permitiéndome descansar en su pecho. Depositó un suave beso en mi cabeza, mientras comenzaba a cambiar los canales del televisor. Poco tiempo después, Emmett y Alice se encontraban sentados con nosotros. El mayor de los hermanos le robó el mando del televisor a Edward, quién soltó una especie de gruñido.

—Tú tienes a la chica, yo tengo al televisor, ¿capiche? —expuso Emmett, aparentando una inquebrantable seriedad.

—Parece justo —murmuró Edward con una pequeña sonrisa, mientras me apretaba un poco más contra él.

No estuvimos demasiado tiempo allí, ya que sabía que cuanto más temprano nos acostáramos, más temprano podríamos ir a ver a mis padres. Edward tomó mi mano y me acompañó al piso superior, después de que nos despidiéramos de sus hermanos. Entré en aquel cuarto decorado en diferentes gamas de color crema, apoyándome en la amplia cama.

—Alice dejó algo de ropa para ti en el baño —comentó Edward.

Asentí, mientras me dirigía hacia allí.

Afortunadamente la ropa que Alice me había dejado para dormir era bastante más prudente que la que había preparado la última vez. Con una sonrisa, me puse los pantalones cortos y me abroché la camisa celeste. Salí nuevamente hacia la habitación, donde aún se encontraba Edward, ahora sentado a los pies de la cama. Me senté a su lado, tomando una de las manos que reposaban en su regazo. Como respuesta, me regaló una hermosa sonrisa, antes de juntar sus labios con los míos. Me dejé caer hacia atrás, mientras sus manos se amoldaban a mi cintura y sus labios acariciaban la piel de mi cuello. Nos arrastramos hasta llegar al cabecero de la cama, donde Edward apoyó su peso para no aplastarme. Depositó un suave beso en mi nariz, mientras yo jugaba con sus cabellos.

—Es todo tan… perfecto —comenté, rompiendo el silencio.

Sus ojos verdes, que brillaban en la penumbra, se fundieron con los míos.

—Estoy de acuerdo —apuntó, mientras acariciaba mi mejilla. Un largo y profundo beso unió nuestros labios por unos cuantos segundos. Luego volvió a alzar la cabeza—. Te amo, mi Bella.

—Y yo a ti —aseguré, aún sin poder acostumbrarme a todo aquéllo.

Sus manos envolvieron mi cintura y me acomodé contra su cuerpo, aún preguntándome como todo podía estar en aquel perfecto equilibrio.

Mis padres, mis amigos, mi nueva familia y él.

Todo era demasiado increíble como para ser real.

Sí, estoy de vuelta en mi casita, trayéndoles el anteúltimo capítulo de la historia (snif, snif). La verdad es que retrazó un poco más mi llegada, por lo que mañana voy a actualizar Casi Platónico, ya que todavía tengo unas cuantas cositas que organizar. ¿Qué les pareció el capítulo? ¿Les gustó?

Como ya saben, agradezco muchísimo los comentarios y, si bien estuve fuera, hice lo posible por leerlos. Como eran ocasionales las veces en las que tenía Internet y los leía como podía, me gustaría que volvieran a plantear sus dudas; sobre todo si tienen alguna pregunta importante o algo que quieran decirme. De cualquier forma, saben que pueden agregarme al msn, que vuelvo a estar disponible por ahí. En fin, ¡gracias a todos por los comentarios! No saben cuánto les agradezco por ello.

Nos leemos pronto gente.

¡Saludos!

LadyC.