Chapter 6: ¿Te quedas conmigo?

Comimos rápido porque faltaba poco para que cerraran la cantina y entre cuchicheos Prim me deseó suerte cuando nos separamos para ir a encontrarme con Peeta. Estaba tan animada y segura de mí misma que había olvidado tener vergüenza por el hecho de que fuera mi hermana pequeña quién me estuviera alentando a ese encuentro.

- Peeta, soy yo, Katniss ¿puedes hablar un momento? –todo el buen humor fue desapareciéndome al enfrentarme a esa puerta cerrada. Había estado muy bien hablar de todo eso desde la distancia, pero ahora que todo se volvía real empezó a entrarme el miedo. La puerta se abrió antes de que pudiera repensármelo.

Se le veía temeroso, como no sabiendo bien qué esperar y siendo sincera no le podía culpar, le había herido ese mismo día.

- ¿Otra pesadilla? –no supe qué contestarle, él sabía que era demasiado temprano como para haberme acostado pero supongo que era su forma de iniciar una conversación amistosa. Empujé todas mis inseguridades al fondo de mi mente e intenté recuperar la valentía.

- No exactamente, vengo a disculparme –no pareció sorprendido pero sí curioso. Terminó de abrir la puerta y me invitó a pasar.

- Adelante –pasé por su lado y esperé a que cerrara la puerta. En el mismo momento que me miró le solté todo lo que me preocupaba.

- Lo siento, lo siento muchísimo de veras. Me he sentido fatal desde esta mañana con lo del spot y lo he ido empeorando a lo largo del día –dije atropelladamente–. No quería dejarte de lado en el pasillo pero es que… –en ese momento me arrepentí de no haber ensayado el discurso con Prim.

- No te preocupes, está olvidado –y me sonrió. Eso solo consiguió hacerme sentir peor. Ni siquiera le había hecho falta oír toda la historia, le había bastado solo con mi esfuerzo por dar la cara por mis desplantes. Pero no era suficiente, yo sabía que lo había herido.

- No, de verdad, ¿qué era eso que llevabas en las manos? ¿Me lo enseñas? –dije intentando sonreírle amistosamente.

- Katniss, no tiene mayor importancia.

- No, si la tiene. Quiero verlo de verdad –y le cogí las manos para transmitirle mi decisión. Él lo meditó y al final fue a buscar algo en su mesilla. Me lo tendió.

Era el dibujo de la flor que había hecho. Era una puesta de sol donde el sol era la misma flor.

- Oh Peeta es hermoso –dije con total sinceridad.

- Quería regalártelo, como tú me regalaste la flor –eso me emocionó y me sentí muy muy culpable. Era obvio que tenía a Peeta muy presente en mi mente, de no ser así no hubiera recogido esa flor mientras estaba hablando con Gale.

- Es hermoso… –solo pude repetir eso y abracé el dibujo, sintiendo cómo los ojos me escocían. Él se alarmó.

- No, no llores por favor –se preocupó él.

- No pretendía herir tus sentimientos… –él negó con la cabeza.

- ¿Me cuentas por favor qué es lo que te ha pasado? –me suplicó. Peeta era el mismo que siempre: atento, dulce y amable. Si había estado enfadado conmigo ya no había rastro de eso.

- Después de lo del spot Gale me siguió y acabamos peleándonos –entendió de inmediato la gravedad de eso.

- ¿Quieres que vaya y le parta la cara? Es más alto que yo pero a fuerza bruta no me gana nadie –me hizo reír. Lo decía en broma pero sabía que realmente deseaba hacerlo. Negué con la cabeza– ¿Puedo preguntar qué es lo que te ha hecho? –lo medité un segundo y volví a negar con la cabeza. Hubiera sido mejor decirle alguna mentirijilla, porque ese silencio solo anunciaba lo peor– Así que el muy canalla ha aprovechado nuestra desastrosa grabación del spot.

- Muchas cosas han rondado por mi mente después de eso.

- Seguramente demasiadas –tomé aire, había sido muy difícil sincerarme ante Prim y sentía que mi capacidad para eso se estaba agotando, pero hice de nuevo un esfuerzo.

- Me ha frustrado mucho que no saliera bien, especialmente me han cabreado los comentarios con respecto al beso –él asintió.

- Lo sé, me sacaron de quicio. Es muy desagradable que te ordenen hacer todo eso. Pero no debes preocuparte, no ha salido bien porque había mucha gente presionándonos, no debes culparte por eso –por mi mirada apesadumbrada entendió que sí me culpaba–. Yo también he tenido culpa, eso es responsabilidad de los dos. No estábamos inspirados, eso es todo. Procura no desanimarte por eso –y me fregó el brazo amistosamente.

Pensé en lo que habíamos hablado con Prim.

- Tú siempre has tenido claros tus sentimientos –me adentré en terreno pantanoso, lo supe al instante porque Peeta se puso rígido–. ¿Sigue siendo así?

- Si –respondió al acto y sin vacilar.

- Yo nunca he tenido nada claro más allá de que te quería a ti y a mi hermana con vida. Me he ofuscado tanto en eso que dejé de ver nada más –lo meditó unos momentos.

- ¿Qué sentiste cuando Gale te besó? –di un pequeño brinco.

- ¿De dónde sacas eso?

- Llevas sin mirarme a los ojos desde que has entrado –era verdad, de hecho en ese mismo momento me estaba mirando los pies. Hice un esfuerzo y le miré. Me sentía culpable delante de esos ojos que me miraban con cariño. Me forcé a no apartar la mirada.

- Dime ¿qué sentiste? –parecía tener verdadera curiosidad. Eso iba a ser muy incómodo. Respiré hondo y se lo solté.

- Sentí que no era lo correcto porque a mí solo me besas tú –sabía lo que eso significaba y me concentré en analizar su reacción. Sorpresa, ilusión, precaución y un leve sonrojo. Ya no había marcha atrás.

- Interesante pensamiento –vi la cautela en su expresión. Quería hablarme pero las palabras no pasaban la censura que se estaba autoimponiendo–. Respóndeme a otra pregunta –tragó–, aunque no sepas definirlo… digamos que, ¿sientes algo por mí? –asentí. Se fregó las manos en los pantalones. Tomó aire– Digamos… ¿en el sentido de la química que nuestros horrorosos compañeros comentaron? –estábamos muy cerca, sentía como el aire me abandonaba y que me costaba respirar.

- Supongo… no estoy segura...

- ¿Me dejas…? –no terminó la frase pero su expresión habló por él. Yo asentí.

Lentamente me rodeó la cintura y me cogió la cara con la otra mano. Nos habíamos abrazado miles de veces, pero esta vez era distinto, sentía algo en la boca de mi estómago que no sabía identificar. Me acarició la mejilla con el pulgar y se acercó lentamente a mi rostro. El escaso tiempo que tardó en besarme me pareció una verdadera tortura.

Cerré los ojos al instante y sentí como una corriente eléctrica me recorría de arriba abajo. Sus ya conocidos labios eran finos y tiernos, pero los traté cómo si fuera la primera vez que los besaba, con dulzura e inocencia. Pero pronto me invadió un hambre terrible, una necesidad que me obligó a profundizar un poco más. Era una experiencia muy intensa que hacía temblar todo mi cuerpo y por primera vez teníamos todo el tiempo del mundo para descubrirnos, para hacer lo que más nos apeteciera. Cuando Peeta me mordió ligeramente el labio inferior perdí el mundo de vista. Me tambaleé un poco y tuve que aferrarme a su pecho para buscar un poco de equilibrio. Sentí como dibujó una sonrisa sobre mis labios pero no se la dejé tener por mucho tiempo porque le volví a besar. Ese beso pronto dejó de ser suficiente.

Cuando nos separamos para coger aire nos volvimos a encontrar con más intensidad. Él volvió a succionar mi labio inferior y yo me agarré fuertemente a su cuello, pidiendo más. Él también me apretó más fuerte contra sí, estábamos todo lo pegados que podíamos pero seguía sin parecernos suficiente, necesitábamos sentirnos más cerca aún. Me aferré a su pelo dorado y él me empujó esta que mi espalda quedó apoyada contra la puerta. Un fuego muy intenso nació en mi interior, sentía como las llamas me recorrían todo el cuerpo. El sentimiento era placentero y peligroso al mismo tiempo pero quería más, tenía más hambre.

Peeta entonces se separó de mí, quedando a escasos centímetros de mi rostro y me dedicó una mirada. Era amor, incluso yo podría reconocerlo. Y yo… se la devolví. No quería estar con nadie más que no fuera él, ahora lo sabía. Peeta me dio un nuevo beso en los labios pero esta vez fue breve, ya que bajó por mi clavícula. Yo di un respingo, no me lo había esperado en absoluto y me aferré aún más a su pecho, sintiendo mil sensaciones por los sitios donde Peeta me iba besando. Se me escapó un suspiro y me avergoncé al acto, pero eso pareció animar a Peeta que me levantó rodeándome con ambos brazos la cintura y dándome un beso incluso más apasionado.

Nos separamos respirando el aliento del otro y rápidamente volvimos a unirnos. Nunca imaginé que me encontraría en una situación así. Lo hacíamos porque queríamos, nadie nos había obligado a ello y ahora que conocía la sensación dudaba ser capaz de renunciar a ello. Entonces yo me separé de sus labios para bajar por su cuello, como él había hecho. Peeta ahogó un pequeño suspiro y sentí como sus dedos se clavaban en mi piel. Me sentía satisfecha por cada nueva sensación que le hacía tener, así que me esmeré y bajé hasta donde su camisa me lo permitió. Él tiró de mí hasta llegar a la cama, se sentó y me puso en sus rodillas. Seguimos besándonos, él subió y bajó sus manos por mi espalda y yo me aferré a su cara, no dejando que se separara de mí.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, haciéndonos estremecer el uno al otro con nuestros besos y caricias. Estábamos exhaustos y lentamente nos fuimos deteniendo. Nos quedamos con las frentes pegadas, respirando con dificultad y de manera arrítmica. Nuestros pechos subían y bajaban sin control. Necesitábamos recuperar el aliento. Me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y me dio un beso en la punta de la nariz. Sonreí y él me devolvió la sonrisa.

- Vaya… –dijo él, yo seguía aferrada a sus hombros, tratando de recuperar la calma– espero que nadie se atreva nunca más a poner en duda nuestra química… –no pude evitar reírme.

- ¿Te ha gustado?

- ¿Estás loca? –se alarmó él– Es lo mejor que me ha pasado hasta la fecha –entonces me dio un nuevo beso cariñoso– ¿Y tú Katniss, cómo te sientes?

- Yo… erg… –demasiadas cosas rondaban por mi cabeza y los fuertes latidos de mi corazón me ensordecían, dificultando que pudiera pensar– sorprendida supongo, no esperaba sentirme así.

- ¿Pero te arrepientes? –me preguntó un poco preocupado.

- No –respondí rápidamente–. No, claro que no, ni se te ocurra pensar así –y le di otro beso cariñoso para alejarle ese pensamiento de su mente.

Me separé y le acaricié la mejilla con el pulgar, él puso su mano encima de la mía. Miré sus pestañas doradas y me perdí en esos ojos azules. Por un momento nos habíamos transformado, a Peeta se le había ensombrecido la mirada, con las pupilas ligeramente dilatadas. Pero ahora volvía a tener esos ojos cristalinos, volvíamos a ser nosotros mismos.

- Estoy feliz que seas tú –le dije al fin. Sus mejillas se enrojecieron y me enseñó esos blancos dientes que tenía en una sonrisa deslumbrante–. Pero tengo miedo –me acomodó mejor en sus rodillas, yo me sujeté a sus hombros.

- ¿Por qué? –se preocupó y me acarició la espalda. Era increíble la gran necesidad que ahora teníamos por rozarnos. Nos movíamos como imanes.

- Porque si ahora algo llega a pasarte yo no podría soportarlo –entonces él me atrajo hacia sí y me abrazó, apoyé mi cabeza en su hombro.

- Llevo sintiéndome así desde aquel primer beso en la cueva. Es un sentimiento aterrador, pero supongo que es el precio que tienes que pagar cuando amas a alguien –"cuando amas a alguien". A juzgar por mi respiración y los latidos desbocados de mi corazón, creo que ya no había dudas al respecto.

- ¿Crees que esto saldrá bien? –ahora mismo estaba muy preocupada por la rebelión y la guerra, no podía imaginarme a Peeta en peligro de nuevo, otra vez no.

- Si dos juegos consecutivos no han podido con nosotros no me imagino qué lo hará –me separé para mirarle de nuevo.

Esas pestañas tan largas, esa nariz que terminaba en una ligera punta, sus pequeñas orejas y esa expresión de niño bueno en su rostro. No podía entender de ninguna manera cómo su familia no llegó nunca a apreciarle. También me di una reprimenda mental a mí misma por haberlo descuidado tanto tiempo, dejándole sufrir en soledad. Le di un suave beso en los labios y me recosté sobre él, descansando. Él me acarició el pelo.

- Sé que tú no estás preparada para decirlo, pero yo te quiero Katniss, necesito decírtelo –noté cómo se me erizaban los pelos de la nuca. Se me declaraban dos chicos en un mismo día, pero cuán diferente eran esos significados para mí. Me volví valiente, me acerqué a su oído y le susurré muy flojito:

- Y yo a ti.

Peeta se dejó caer encima de la cama y caímos rodando sobre las sábanas. Me hizo rodar y se puso encima de mí, con una pierna en cada lado para repartir su peso.

- ¿Lo dices enserio? –ese entusiasmo, esa ilusión, esa sonrisa radiante… sentí como su luz me envolvía, estábamos brillando ahora mismo. No podía dejar de sonreír.

No me reconocía a mí misma pero si, el corazón me iba a estallar. Prim me había pedido que le escuchara y no estaba siendo muy difícil: ¡me estaba gritando a grandes voces! Asentí, sonriendo como una bobalicona. Él hundió la cabeza en mi pelo ahogando un grito de felicidad.

- ¿Te quedas conmigo? –ese era nuestro lema.

Él me dio un rápido beso en los labios y trepó por la cama, ayudándome a mi también a llegar hasta el cabezal de la misma. Una vez allí apagó las luces y tiró de mí, abrazándome con mucha fuerza.

- Siempre.

*Nota autora: ¡Hola! Muchas gracias por seguir leyendo esta historia y por favor no dudéis en comentarme cualquier cosa que se os pase por la cabeza, eso me anima mucho y acepto sugerencias!

Finalmente quisiera añadir que también tengo una cuenta de Instagram donde últimamente subo dibujos de los juegos del hambre, si alguien tiene curiosidad buscadme por angela_moiras_art

Un abrazo muy fuerte y cuidaos!