Capítulo 7: En el hospital de campaña

Había sido una gran noche. Nos besamos y nos dimos carantoñas durante toda la noche. Cuando sonó el despertador maldije no tener un día de fiesta para pasarlo a nuestras anchas. Nos habíamos movido mucho, ahora mismo mi camiseta estaba un poco levantada y Peeta tenía su mano encima de mi ombligo. Sentir su mano sobre mi piel desnuda me resultaba muy placentero, aunque fuera solo sobre esa pequeña porción de mi cuerpo. Yo tenía mi mano posada sobre su brazo, lo acaricié levemente para despertarle.

- Peeta, tenemos que ir al distrito 8… –sentí como se movía un poco pero sin terminar de desperezarse. Giré dentro de sus brazos para estar cara a cara– Eh, chico del pan, hoy nos necesitan –eso le despertó, aún sin abrir los ojos me apretó más fuerte contra sí.

- Buenos días.

- Buenos días –lentamente abrió los ojos y cuando me vio me sonrió ampliamente.

- Por un momento he temido que no fuera real –le acaricié la mejilla, la nariz, sus largas pestañas rubias y sus labios con las yemas de mis dedos.

- Ha sido real –hundió su cabeza en mi cuello ahogando así un suspiro de felicidad.

- ¡Qué suerte! –su aliento en mi cuello me hizo cosquillas. Me dio un beso y me estremecí. Luego se desperezó rápido y se sentó. Yo le imité.

- Vamos a grabar un spot.

Había sido una gran noche, pero estaba agotada. Ahí sentados en el aerodeslizador y vestidos con los uniformes sabía que mi aspecto lastimero no pasaba desapercibido. Peeta y yo nos habíamos sentado juntos, con la mano de Peeta descansando en mi rodilla.

Creo que su cara de inmensa felicidad hablaba por si sola de nuestra nueva situación. Casi que podía oír los pensamientos de los presentes, incluido Gale, que no dejaban de mirarnos. Pero yo cerré los ojos, haciendo ver que eso no iba conmigo y terminé durmiéndome en su hombro.

Normalmente no nos mostrábamos cariñosos en público, pero después de lo que habíamos compartido parecía que ya no podríamos continuar con nuestras vidas como antes. No podíamos ni queríamos separarnos. Siempre habíamos sido como imanes: donde iba el uno iba el otro, pero ahora era distinto, si no le sentía lo suficientemente cerca me agobiaba, por ejemplo, ya no bastaba con viajar en el mismo aerodeslizador, teníamos que sentarnos juntos.

Cuando aterrizamos Haymitch me miró con una cara entre de orgullo, de picardía y de viejo verde. Actué como si no le hubiera visto. Cuando entramos en el hospital de campaña sentí náuseas de inmediato. El hedor a descomposición, sangre y sudor inundó completamente mis fosas nasales. Ante de entrar ya sabía lo que habría dentro y sabía que no sería una experiencia agradable, pero aun así se me puso la piel de gallina al ver el panorama tan lastimoso y miserable que formaba esa gente desatendida y enferma. Inconscientemente me acerqué aún más a Peeta y él me cogió de la mano. Era un escenario muy duro de ver.

Empezamos a andar con cuidado y solemnidad, tratando de no molestar a los enfermos. A medida que avanzábamos menos entendía qué hacíamos allí. No podíamos ayudarlos de ninguna forma, yo no era médico como mi madre o mi hermana. ¿Qué podía hacer por ellos?

- ¿Katniss? ¿Eres tú? –me giré para ver a la mujer que me había reconocido. Tenía el ojo derecho vendado y un color de piel amarillento.

- ¡Y Peeta! –dijo otra voz.

- ¡No me lo puedo creer! –un coro de voz empezó a repetir nuestros nombres.

Todo el mundo a nuestro alrededor se centró en nosotros y nosotros como buenamente pudimos les dimos ánimo y respondimos sus preguntas.

- Eres muy hermosa Katniss, no te hacía falta el maquillaje en las entrevistas –me dijo una mujer que descansaba en una esterilla en el suelo.

- Usted sí que es hermosa –me arrodillé a su lado–, su pelo es de un color muy bonito –tenía el cabello rizado de color caoba. Lo tenía bastante sucio pero dadas las circunstancias eso era lo de menos.

- ¡Qué cosas dices! ¿Hermosa, yo? ¡No me puedo creer que Katniss Everdeen me haya dicho eso! –y esbozó una sonrisa de mil diamantes. Entonces entendí por qué estábamos allí. Les ayudábamos a tener esperanza.

- ¡Katniss, Katniss! –me dijo una niña– ¿Me podrías hacer la misma trenza que tu llevas? Mi mamá no ha vuelto todavía y yo sola no me la sé hacer –oculté el sufrimiento que me provocó esa confesión y le sonreí.

- ¡Claro! Ven, ponte aquí delante, ¿cómo te llamas?

Mientras le hacía la trenza busqué a Peeta con la mirada. Había cogido las manos de un anciano que le agradecía haber venido. Cuando me di cuenta ya había dos niñas haciendo cola para que también las peinara. No se me daba demasiado bien pero intenté que les quedaran bien las trenzas.

- ¿Así que tu pierna ortopédica no es de hierro? –eso captó mi atención. Un grupo de personas que tenían algunos miembros amputados se habían reunido alrededor de Peeta, quién perdió una pierna en los primeros juegos.

- Es una alineación de distintos materiales como el titanio –explicó él.

- Buf, ojalá tuviera algo así. Yo me las intento arreglar con un trozo de madera –y el hombre señaló un pequeño bastón de madera que sustituía su pie.

- Quizás podamos enviaros material –dijo Peeta pensativo.

- A mí me faltan los dos brazos, ¿se acordaría de enviarme las prótesis señor Mellark? –no pude evitar sonreír levemente, seguramente Peeta aprendería mucho de esa experiencia.

- ¿Habéis visto las declaraciones de Finnick en contra de la rebelión? –me preguntó un hombre con semblante serio.

- Si, pero tenéis que saber que lo están obligando a decir todo eso. Seguro que también lo están chantajeando así que os pido que no le deis la espalda, es una persona muy querida para nosotros.

Había una señora que estaba intentando atarse de nuevo el vendaje que se le había caído. Me arrodillé a su lado y la ayudé. Cuando me vio se le iluminó la cara.

- Muchísimas gracias por haber venido, sois el rayo de luz que nos hacía falta para resistir –cuando sonrió me fijé que prácticamente no tenía dientes.

- Al contrario, vosotros nos estáis ayudando a nosotros. Sois el motor que nos inspira a seguir adelante –la señora asintió emocionada con lágrimas en los ojos.

- Tenéis que ganar Katniss, por todos los que han caído.

- Si, así lo haremos –eso debió encenderle la bombilla a alguien.

- ¿Qué hay de vuestro bebé?

Durante toda la mañana las preguntas y comentarios de la gente se habían solapado unos con otros, haciendo prácticamente imposible enterarte de todo a la vez. Esa pregunta, sin embargo, había sido la excepción. "¿Qué hay de vuestro bebé?" había acallado todo el ruido a nuestro alrededor, captando la atención de todos. Todo el mundo guardó silencio a la vez y dirigió los ojos hacia mí con una mirada expectante. Durante toda la mañana las cámaras habían ido grabando por aquí y por allá, pero por primera vez las sentí clavadas en mi espalda. "¿Qué hay de vuestro bebé?" miré a un Peeta preocupado y en tensión. Aclaré mi garganta antes de hablar.

- Lo perdí en la arena –dije todo lo convencida que pude y con voz firme.

La decepción colectiva se hizo presente en ese mismo instante. Lamentos e incluso algunos sollozos llegaron a mí. Peeta dejó su grupito y se me acercó, se suponía que esa era una confesión muy dolorosa y teníamos que actuar en consecuencia. No me gustaba mentirles pero era la forma más rápida de terminar con todo esto. Peeta me pasó un brazo por los hombros y yo me apoyé en él.

- Lo siento tantísimo… –la gente empezó a darnos sus condolencias. Era muy curioso ver como gente que estaba a las puertas de la muerte nos estaba intentando animar. Me sentí mal. Por suerte Peeta les interrumpió.

- Lo importante es que nos hemos mantenido unidos y que Katniss está sana y salva –le dieron la razón.

- Exacto, esto es lo más importante. No debéis permitir que esto os separe –dijo alguien a mi derecha.

Besé cariñosamente a Peeta para tranquilizar los ánimos y esperar que, con suerte, eso zanjara el asunto. Ojalá no lo hubiera hecho porque las imágenes de la noche anterior se amontonaron en mi memoria y tuve que reprimirme y separarme de él para evitar lanzarme a sus brazos como si no hubiera un mañana. No me reconocía a mí misma, le necesitaba cerca de mí y con sus labios encerrando los míos. Me sonrojé de solo pensarlo y una corriente eléctrica se formó en la boca de mi estómago. Me odié por ello. Ese no era el momento.

Después de eso nos despedimos y por fin pudimos dejar atrás el hospital.

- No me creo que los hayas tocado –me dijo Gale. No le había contado lo que había pasado entre Peeta y yo, pero él tampoco era tonto, seguro que ya se lo había olido. Sin embargo, estaba intentando mantener una conversación amistosa conmigo y eso me animó.

- Lo sé, yo tampoco me lo esperaba, pero han sido tan buenos conmigo que no me he podido negar…

Entonces vinieron unos aerodeslizadores dispuestos a tirar el hospital a bajo. Se me contrajo el corazón al máximo, me quité el pinganillo por el que Haymitch me estaba gritando y me preparé para hacer frente a esas naves. Con mi impulso puse en peligro a todo el equipo, Gale rompió la nariz a Boggs, yo lancé mis flechas incendiarias, Peeta gritó algo, me hirieron, todo se volvió negro.

Cuando desperté en la camilla del hospital Haymitch estaba sentado a los pies de mi cama. Estaba muy enfadado y yo no pude evitar sentirme satisfecha por ello. Él me sacaba de quicio constantemente así que esas pequeñas victorias lo eran todo para mí.

- La próxima vez que te quites el pinganillo te voy a poner este casco que solo se abre con una llave, mi llave. Y si no te voy a insertar un maldito chip en el cerebro para que me escuches las 24 horas del día.

- Paso de tenerte en mi cabeza, dame el pinganillo –él me miro amenazadoramente.

- Katniss te hablo enserio. Como sigas comportándote así…

- ¿Qué? ¿No queríais un símbolo de la rebelión? ¡Aquí estoy! Soy rebelde, soy el sinsajo –me pareció un comentario divertido pero Haymitch dio un golpe a la cama. Eso me asustó.

- ¡Eres una estúpida niña consentida! ¿No te das cuenta? –me estaba gritando a escasos centímetros de mi cara– A este paso nadie te dará su apoyo y ya no podremos protegerte, ¿lo entiendes?

- Hice lo que debía –dije seria. Haymitch se levantó de la cama dando un golpe.

- Menos mal que al final pudimos sacar a Peeta, estaríamos perdidos solo contigo… –dijo en voz baja yendo hacia la puerta.

- ¿Cómo que "al final"? ¿No teníais intención de sacarlo? –él se detuvo, no me respondió.

Pensé rápido, recordé ese día en la arena. En el último momento Peeta y yo nos habíamos negado a separarnos y nos quedamos a hacer guardia con Beetee mientras Johanna y Finnick iban a colocar el cable. Cuando disparé la flecha Peeta corrió a mi lado. Nos cogieron a los dos con el mismo gancho.

- Ese día hiciste una cosa bien y fue no separarte de él –me dijo muy serio–. Solo podíamos sacarte a ti, tú eras el objetivo. Si Peeta no hubiera estado contigo se habría quedado en la arena, como pasó con Finnick.

Sentí cómo mi corazón se empequeñecía hasta desaparecer dentro de mi pecho. Siempre supe que esa misión de rescate fue un milagro, una hazaña que nadie nunca habría imaginado ser capaz de hacer. Habíamos estado tan cerca de la muerte que la habíamos aceptado, yo misma estaba dispuesta a matar a Peeta y luego suicidarme para que el Capitolio no nos cogiera. Pero ahora, imaginarme mi vida sin Peeta a mi lado me parecía insoportable.

- ¿Habrías tenidos los cojones de hacer eso? –le grité a Haymitch– ¿A pesar de haberme prometido que lo salvarías a él antes que a mí? ¿Hubieras entregado a Peeta al Capitolio? –ahora era yo la que gritaba.

- La guerra nunca es justa –dijo sin mirarme y yendo hacia la puerta.

- No, no te atrevas a irte –estaba intentando levantarme pero me tenían atada con demasiados cables–. Creí que Peeta te importaba, creí que le querías. ¿Hubieras sido capaz de eso? –sentí el ya conocido escozor en los ojos que anunciaba que las lágrimas aparecerían pronto. Me concentré para impedirlo pero no pude hacer desaparecer esa quemazón.

- Si te lo he contado no es para que me eches nada en cara ¡sino para que valores la posición privilegiada en la que te encuentras! –estaba muy cabreado pero más lo estaba yo.

- ¡Y una mierda! –di un fuerte talonazo a la cama–. Me voy a ir al maldito bosque, ¡os las tendréis que apañar sin Sinsajo! –grité tan fuerte como pude y Haymitch salió dando un fuerte portazo. Empecé a llorar de rabia. Jamás había dejado de ser un muñeco en manos de alguien, no nos salvaron por compasión, no nos ofrecieron libertad en ningún momento.

Lloré hasta cansarme. Sabía que no podía irme, mi hermana ahora vivía ahí. Gale y mi madre trabajaban ahí. Todos estaban dando lo mejor de ellos por la causa, pero no veían que no eran más que números, que Coin no estaba realmente interesada en ellos.

Peeta a manos del Capitolio… no podía ni imaginármelo. Era pensarlo y quedarme sin aire. Y Finnick y Johanna… iba a rescatarlos. En ese mismo momento me prometí hacerlo. Nadie merecía estar a merced de Snow y ellos menos que nadie. Los rescataría, a ellos y a todos los que pudiera. Ya se acabó hacer propaganda, estaba dispuesta a pasar a la acción, como había hecho ese mismo día en el hospital.

Hubiera reconocido esa forma de andar en cualquier parte. Además, Peeta no destacaba por ser precisamente silencioso en sus andares. Solo de recordar que él podría no estar conmigo en estos momentos sino secuestrado me provocó unas terribles ganas de llorar. Rápidamente alcé los brazos en dirección a él y una expresión de súplica se apoderó de mi rostro. Él tenía la barbilla vendada y un brazo en cabestrillo, pero eso no le impidió venir en mi ayuda.

- Ya estoy aquí, tranquila… –en algún punto había vuelto a llorar. Se subió a la cama conmigo y yo me aferré a su pecho– ya está, no tienes que temer por nada, ya pasó… –y me meció levemente.

- Peeta no puedo soportarlo más…

- Lo sé… –su voz me reconfortaba pero no conseguía ahuyentar a mis demonios en su totalidad.

- Nada de lo que hago está bien, todos me controlan, ya no sé ni quién soy ni qué hago. Me siento atrapada –él me abrazó más fuerte.

- Eres Katniss Everdeen del distrito 12, fuiste obligada a participar en los juegos del hambre. Tu color favorito es el verde –a medida que él iba hablando sentí cómo mi corazón empezaba a calmarse.

- El tuyo es el naranja, el color del atardecer…

- Cuando cantas todo el mundo se detiene para escucharte.

- Eres un artista con las pinturas y los glaseados.

- No te gusta la medicina pero siempre tratas de ayudar cuando alguien está herido.

- Te gusta dormir con la ventana abierta.

- Te gusta cazar en el bosque.

- Siempre te haces dos nudos en los cordones de los zapatos.

- Odias profundamente a tu gato –eso me hizo reír. Una risa sincera… eso solo lo hubiera podido conseguir Peeta. Me sentía mucho más calmada. Las preocupaciones seguían ahí pero por fin podía respirar sin sentir que me ahogaba– ¿Te sientes mejor? –asentí en su pecho.

- Gracias Peeta –había sufrido un ataque de pánico, él me acarició el brazo y me dio beso en la frente.

- ¿Qué te parece? Al final hemos terminado por conocernos –recordé que eso era lo que él siempre había querido; saber qué me preocupaba, cuáles eran mis aficiones… pero yo era un libro abierto, cualquiera podía saberlo con solo observarme un poco. Lo sorprendente fue darme cuenta de lo mucho que sabía yo sobre él.

- Hemos pasado muchas horas en el hospital.

- Y aún nos siguen poniendo en distintas habitaciones, estos del 13 no aprenden… –él sonrió, lo supe porque su pecho subió y bajó muy rápido. Hundí más mi rostro en su pecho, encontrando consuelo en ese olor que conocía tan bien.

- Cierto.

Entonces Peeta me levantó la barbilla y yo le miré directamente a esos ojos azules. Solo de pensar que ahora mismo podría estar captivo en el Capitolio…

- Te he echado de menos –sabía a lo que se refería.

Me levanté un poco para poder acercarme a su rostro y darle un beso. Él rápidamente apretó sus labios contra los míos y me besó como si fuera la primera vez que nos veíamos en años. Yo también me sentía así pese a que habíamos pasado el día juntos, pero claro, no de la manera que me habría gustado. Se separó un momento para acariciarme la mejilla y mirarme fijamente, anunciando así que lo que iba a decir era importante.

- Tienes que saber que siempre estaré contigo para apoyarte. ¿Entendido? Siempre.

- Lo sé, pero no está en tu mano defender esta promesa –le había ido de un pelo quedarse tirado en la arena y no solo había sido en ese momento, el peligro no había pasado, él podía desaparecer con cada segundo que pasaba–, así que no puedo creerte.

- Tienes que creerme –insistió él–, da igual donde me lleven, da igual lo que nos hagan, yo siempre estaré de tu lado –negué con la cabeza, no dudaba que él quería hacerlo, pero si Coin le enviaba de repente al frente, esa promesa se rompía en un segundo. Así de fácil.

- No puedes controlar lo que nos pasa, nunca podremos –puse mi mano encima de la suya–, así que nunca voy a estar tranquila. Tú mismo me dijiste una vez que vivías constantemente preocupado. Pues hoy casi nos matan otra vez, nunca voy a ser capaz de pegar ojo.

- ¿Y no es eso lo que siempre hemos hecho? No ha cambiado nada desde los primeros juegos, donde por cierto prometí estar a tu lado y no he roto la promesa incluso después de todo lo que nos han hecho pasar –sé que no existe algo como la "suerte" porque nunca ha estado de nuestra parte, pero sí habíamos sobrevivido inexplicablemente hasta llegar hasta donde estábamos. Sinceramente no le encontraba la lógica ni el motivo a los acontecimientos, porque nos había ido de un pelo en prácticamente cada cosa que habíamos vivido, pero aquí estábamos. Quizás sí podía creer lo que Peeta me prometía.

- Entonces no te atrevas a romperla nunca y no hagas como el estúpido de Haymitch que se pasa las promesas por el forro –Peeta sonrió.

- Haymitch es un tipo peculiar.

- Es un imbécil, no sé por qué lo defiendes, él no te ayudó en los primeros juegos y ahora en los segundos no habría dudado en dejarte atrás tampoco… –me pregunté cuánto sabía Peeta sobre eso, si sabía que casi no lo cuenta–. No entiendo por qué sigue apostando por mí si no nos soportamos mutuamente, ¡él me odia! –Haymitch me frustraba muchísimo porque sé que en el fondo tenemos más cosas en común de lo que quiero reconocer.

- Apostar por ti es apostar por mí también. Además, sabes que él no puede hacer todo lo que quiere.

- Beber por ejemplo –Peeta me dio un leve golpe en el brazo a modo de queja.

- ¿Cómo dices eso? Sobre todo después de la borrachera que te pillaste con él –no pude evitar reírme pero él estaba muy serio.

- Fue tan asqueroso y humillante… –me pasé la mano por la cara para ocultar mis risas– fue horroroso caer tan bajo.

- Lo que te horroriza es parecerte más a él de lo que quieres reconocer –eso me hizo levantarme de golpe. Le miré con tremendo pavor durante unos segundos antes de darme cuenta de lo que hacía. Soy un maldito libro abierto, claro que sabía lo que pensaba. Finalmente logré desatarme y me levanté de la cama con incomodidad–. Katniss, lo siento, no quería ofenderte –me siguió preocupado–. Solo me refería a que él te apoya incondicionalmente como yo. Él sería de los primeros en seguirte si tu fueras tras una idea loca. Es lo que caracteriza nuestra relación –me dio rabia que estuviera tanto en lo cierto. Peeta y él siempre se encargaban de arreglar lo que yo rompía. ¿Por qué actuaba así? ¿Por qué no era capaz de ser una maldita adulta responsable de sí misma? Y estaba pagando mi frustración con él. Intenté calmarme.

- A veces me sacas de quicio.

- ¿Cuándo? ¿Solo cuando sabes que tengo razón o solo cuando voy vestido tan sexy? –iba con el traje de hospital que lo hacía parecer débil, blando e incluso un poco estúpido. Me di por vencida. Seguía frustrada y cabreada, pero no podía seguir enfadada con ese trozo de pan.

- Venga, vamos a comer.

*Nota autora: ¡Hola! Pedisteis capítulos más largos y os he hecho caso, este es el más largo que he subido hasta la fecha ;) Me anima mucho leer vuestros comentarios, por eso envío un especial saludo a Amortetia, Sole713, SaraTendo, ereri-fangirl013 y Karon. ¡Muchas gracias por vuestros reviews!

Finalmente deciros que si queréis ver mis dibujos de los Juegos del Hambre (entre otras temáticas) están publicados en mi cuenta de Instagram angela_moiras_art. ¡Besos y cuidaos!