Capítulo 10: Toallas

Esa noche no había podido dormir. Bueno, ninguna en realidad desde que había discutido con Peeta. Lo bueno es que había hecho las paces con Prim y se había ofrecido a dormir conmigo para hacerme compañía. Pero aun teniéndola a mi lado seguía sin poder conciliar el sueño. La idea de poder llegar a hacer las paces con Peeta me mantenía en vilo. Si me levantaba ahora mismo, cruzaba el pasillo y llamaba a su puerta podría verle. No me costaría más de quince segundos. Podría hacerlo incluso con diez. Podría sentir sus brazos de nuevo, dormir envuelta por su aroma… No, Katniss céntrate. Si vas con él ahora será como aceptar que él venga contigo a la guerra… pero muy posiblemente se las arreglará para venir igualmente… entonces, ¿qué más daba? No, habíamos discutido, yo no sé trabajar en equipo y eso no iba a cambiar, me había criado así.

- Ve con él –me susurró Prim.

- Duérmete –le dije sin hacerle caso.

- Tozuda…

- Shh

- Igualita que papá –eso me dejó helada.

- ¿Qué recuerdas de papá? –tranquilamente podía ser esta la primera vez que hablábamos de ello.

- No mucho, pero sé que eras como él. Aún ahora lo veo en ti –me hizo mucha ilusión oír eso. Sé que yo no era como mi madre, me había esforzado al máximo para que así fuera, pero eso no significaba necesariamente que fuera como mi padre.

- Gracias Prim.

- Él estaría orgulloso de ti, Katniss. Así que hagas lo que hagas estará bien –no pude evitar emocionarme. Había intentado tanto imitarle que siempre pensé que nunca lo conseguiría.

- ¿Realmente lo crees?

- Si, pero terminaría de estarlo si hablaras con Peeta –eso me arrancó una sonrisa. Si mi padre supiera en los líos que ando metida…

- ¿No puedes darme ni un respiro?

- No.

- Se nota que eres de la familia, tozuda como nosotros –y nos pusimos a reír por lo bajo.

Por la mañana estaba más melancólica y triste que de costumbre. Había llegado al límite de mi aguante. La simpatía de Delly con Peeta y la insistencia de mi hermana y Gale animándome a hablar con él me hacían creer que realmente podía arreglar las cosas. La cuestión era… ¿quería? Sí, sí quería. Entonces la cuestión era… ¿debía? Le vi haciendo estiramientos en un rincón. Estaba serio. Quería, quería mucho, pero no sé si debía. Tardé tanto en decidirme que ya nos dieron el pitido de salida.

Gale se había ido ya con el grupo de profesionales encabezando la carrera, pero yo me quedé rezagada, no me apetecía hablar con nadie. No llevábamos ni diez minutos corriendo cuando el cielo se oscureció y las primeras gotas empezaron a caer. Miré hacia atrás y localicé a Peeta. Paulatinamente la intensidad de la lluvia fue incrementando. Volví a mirar hacia atrás y desaceleré, mi instinto me decía que era mejor no perderlo de vista. Cada vez llovía más y más. Peeta se detuvo y yo me detuve, se le había enganchado la pierna ortopédica en el lodo. Justo cuando me decidí a ayudarle vi que lograba sacarla. Fingí no haberme detenido y seguí corriendo pero despacio. Entonces la cosa se puso fea de verdad. Los relámpagos caían muy cerca, el pelo se me pegaba a la cara y la ropa empezó a pesarme mucho. Me estaba intentando limpiar la cara cuando tropecé con unas raíces y me di de bruces en el barro, como las pendientes estaban muy resbaladizas bajé rodando un par de metros.

Me estaba intentando apartar el barro de la cara cuando unos brazos me recogieron.

- Peeta… –estaba aquí, justo delante de mí, intentando levantarme. Al parecer él tampoco me había perdido de vista a mí, no pude evitar emocionarme un poco.

- ¿Te has hecho daño? –me preguntó preocupado. Ya estaba de pie pero no me había soltado de sus brazos.

- Estoy bien… –me di cuenta que no me había entendido, la lluvia era ensordecedora así que esta vez lo grité– ¡estoy bien! –él asintió.

- ¡Volvamos a la base! –me gritó muy cerca de mi oído.

- ¡Vale! –y no nos soltamos.

Dimos media vuelta y deshicimos el camino cogidos de la mano. No era precisamente romántico pero sí muy necesario: el suelo estaba muy resbaladizo y nos ayudaba a mantener el equilibrio y a tirar del otro cuando se caía. Sobretodo ayudaba a no perdernos de vista porque el agua caía con tanta intensidad que apenas podías ver lo que tenía delante. Empecé a tener miedo, esto estaba siendo muy peligroso y no pude evitar recordar la arena de los juegos: los dos solos corriendo para salvarnos, era como volver a estar atrapado en una de las horas de ese reloj infernal del Vasallaje, como si estuviéramos en la sección de la ola gigante y estuviéramos a punto de darnos de bruces con un campo de fuerza. Tuve un escalofrío solo de recordarlo. Peeta se detuvo.

- ¿Qué pasa? –le grité.

- ¿Sabes dónde estamos? –dijo preocupado. Miré a mi alrededor, era difícil de saber. En principio habíamos seguido el camino pero ya no podía estar segura.

- ¡Por aquí! –dije al identificar una parte del circuito.

Seguimos adelante tirando el uno del otro. Cuando por fin logré ver la entrada del 13 sentí un alivio infinito. Peeta ya había empezado a cojear.

- ¡Vamos! –grité e hice un último esfuerzo para llevarnos ahí.

- ¡Soldado Everdeen, soldado Mellark! –dijo nuestra entrenadora al vernos. ¿Habíamos desobedecido alguna orden al volver? Esperé una bronca que nunca llegó– Me alegro de veros, pasad –y tachó nuestros nombres en su libreta. Entonces me fijé que muchos habían vuelto.

Nos adentramos unos metros más y me dejé caer al suelo. Peeta se sentó a mi lado. Ambos intentando recuperar el aliento.

- Eso ha sido muy peligroso –dijo enfadado, yo asentí. Me di cuenta que era nuestra primera conversación en más de una semana y no supe qué decir.

- ¿Estás bien? –le pregunté al ver que se tocaba el lado derecho del abdomen.

- Si, ¿tú? –volví a asentir. Sí, estábamos hablando, no me lo podía creer– A ver, enséñame tus manos –dijo viniendo hacía mí. Me quedé paralizada. ¿Qué había dicho? Ah sí, mis manos. Se las tendí– ¿Te duelen? –francamente no sabía de qué me estaba hablando, mi mente había dejado de funcionar ahora que lo veía tan cerca de mí. Miré hacia abajo y vi mis manos ensangrentadas.

- Oh… –dije sorprendida. En ningún momento me había dado cuenta de eso. Al caer debí cortarme con alguna rama. Me las cogió y yo no sentí dolor alguno, solo pude sentir sus fríos dedos tocando mis palmas.

- No parecen cortes profundos… –dijo analizando mis manos. Estaba tan cerca que podía ver de nuevo esas pestañas rubias tan largas que parecía que iban a enredarse en cualquier momento. Me odié por estar disfrutando de ese momento.

- Me pica un poco pero no me duele… –dije intentando centrarme.

- Será mejor que te las desinfectes –y me las soltó lentamente. Me sentí vacía en ese mismo instante. Peeta me miró a los ojos y yo le devolví una mirada llena de dolor y súplica. Mi mirada le influyó porque parecía indeciso. Su mirada reflejó también dolor y yo me incliné un poco hacia él.

- Peeta… –fue lo único que pude decir para terminar de convencerle para que no se alejara de mí. Lo logré porque se dio por vencido y me abrazó.

- Katniss… –oírle susurrar mi nombre me estremeció. Me aferré a él con todas mis fuerzas.

- Lo siento –dije rápidamente. Todo había sido mi culpa.

- Yo también lo siento –ahora todo parecía una gran estupidez. Habíamos renunciado a esa calidez y ¿por qué? No podía acordarme– Estás temblando –se separó de mí y puso su mano en mi mejilla– ¿tienes frío? –sí que tenía frío, estábamos empapados de la cabeza a los pies pero ¿a quién le importaba?

- Estoy bien –sin embargo me delataba un ligero temblor.

- Tienes los labios morados –dijo preocupado– vamos a dentro –dejé que me ayudara a levantarme y anduve aferrada a su cintura.

- Un momento –dije de repente recordando a Gale, miré a nuestro alrededor pero no podía verlo por ningún lado. Peeta entendió a quién buscaba y su humor se vio afectado.

- Vamos a preguntar –dijo un poco seco. Tiré de su brazo.

- Peeta solo quiero saber que está bien. Nada más. Entre él y yo no hay nada tienes que creerme –por su expresión era evidente que seguía dolido–. Peeta, podría estar herido y es mi amigo, solo quiero saber que está bien. Esto no significa nada –no tenía claro que lo hubiese convencido pero él asintió sin decir nada más.

Justo cuando íbamos a preguntar a la entrenadora él llegó lleno de barro. A penas se distinguía que eso era una persona y francamente no supe que era él hasta que se acercó a nosotros y nos habló.

- ¿Estáis bien?

- Si –dije y entonces miré a Peeta de reojo, él seguía serio.

- Me alegro, esto ha sido una locura. Bueno os dejo, tengo que quitarme todo esto –y se fue sin decirnos nada más, agradecí que no alargara mucho más la conversación porque aún tenía que convencer a Peeta. Le cogí de la mano.

- ¿Vamos a dentro? –pregunté todo lo amable que pude. Él asintió. Mierda, ¿qué voy a hacer ahora? Finalmente recordaba los problemas que teníamos, todos y cada uno de ellos.

Justo antes de cruzar por la puerta nos detuvimos. Nos quitamos las botas para vaciarlas de agua y nos escurrimos un poco las camisetas y los pantalones. Entramos descalzos y con las botas bajo el brazo.

- Peeta… –empecé– sé lo que parece pero él solo me ha estado apoyando… –él seguía sin responder– por favor dime algo…

- No me negarás que Gale no ha visto su oportunidad en todo esto –bueno, me había hablado, eso ya era mucho.

- Yo también lo pensé y ya le dije desde el primer momento que se olvidara de conseguir nada conmigo. Ya verás, pregúntale. Me hizo quedar como una tonta –Peeta seguía sin mirarme, decidí jugármela con una estrategia un tanto peligrosa–. ¡Esto es injusto! Tú también te has apoyado en otros, ¿no? ¿Qué me dices de Delly? –eso lo hizo detenerse.

- Es una amiga del colegio, de pequeños jugábamos juntos –entonces le levanté la ceja indicándole que eso mismo es lo que me había pasado a mí.

- Te digo lo mismo.

- Es distinto, ella no se me ha declarado –se defendió con cierta dureza.

- Aun. Os he visto muy juntos últimamente –le acusé.

- ¿Estás celosa?

- No. ¿Y tú? –dije a la defensiva.

- Tampoco –dijo enfadado. Dos personas claramente celosas y enfadadas, no íbamos por buen camino.

- ¿Y ahora qué? –le insté.

- No lo sé –y se pasó la mano por el pelo. Me estaba cabreando. Me crucé de brazos y lo desafié con la mirada. Eso le molestó.

- Esto es ridículo –dijo ofendido. Entonces tiré la toalla.

- Si, lo es –y empecé a andar. Esa no era la mejor forma de solucionar nuestros problemas pero ya me había hartado de no saber llevar esa situación.

- Katniss espera –y me cogió del brazo.

- ¿Qué quie…? –no pude terminar la frase porque me besó. Eso me dejó completamente fuera de lugar pero no tardé más de un nanosegundo en reaccionar y aferrarme a él. Sabía a tierra. Se separó solo lo necesario para poder hablar.

- Deberíamos hablar calmadamente de esto sin intentar matarnos en el proceso, ¿qué te parece? –dijo serio.

- Me parece bien –respondí también seria. Luego nos volvimos a lanzar a los labios del otro pero Peeta volvió a interrumpir el beso.

- Espera, vas a pillar un resfriado, vamos –y me cogió de la cintura para guiarme. Nos detuvimos delante de mi puerta.

- ¿Nos vemos después? –quise asegurarme.

- Si, ¿tú seguro que estás bien? –me apartó un mechón de pelo que tenía pegado en la mejilla y me lo puso detrás de la oreja. Yo asentí, temblando de frío.

- Solo necesito una ducha, eso es todo.

Peeta estaba a punto de entrar a su habitación cuando le llamé para que volviera.

- ¿Qué pasa?

- Es la puerta –tiraba y tiraba pero no podía abrirla–. Se ha trabado. No se abre.

- ¿No hay nadie dentro? –Peeta también tiró.

- No. Hace días que cuesta abrirla, pero hasta ahora con un tirón bastaba… –dije volviendo a tirar.

- Para, para, la vas a romper.

- ¿Y qué hago? –era muy frustrante no poder entrar. Él lo meditó un momento.

- Dúchate en mi compartimento.

- ¿Y tú qué? –yo estaba temblando pero sabía que Peeta debía tener mucho frío también.

- Mientras tanto yo voy a pedir que te lo arreglen.

- Voy contigo.

- Vas a resfriarte. Tranquila tú dúchate y yo voy y así hago un poco de tiempo –no me convencía la idea pero Peeta me llevó prácticamente arrastras hacia su habitación–. Cuanto antes te duches antes lo haré yo, vamos –y con eso se me dejó sola en su baño.

Vi mi reflejo en el espejo y no sabía si alegrarme o preocuparme. Peeta debía quererme mucho para pasar por alto ese aspecto tan lamentable que ofrecía y haberme besado. En fin, estábamos acostumbrados a vernos heridos y moribundos, ya no nos venía de un poco de barro.

No me convencía mucho la idea pero cuando sentí el agua caliente corriendo entre mis dedos no me lo pensé dos veces y me desnudé, tirando toda la ropa sucia a un lado. Tenía el pelo muy enredado y me costó mucho limpiarlo. Lo mismo pasó con mis uñas y orejas, que no sé en qué momento se llenaron de barro. Había entrado con la resolución de ducharme rápido, pero en cuanto el agua caliente tocó mi piel… me avergüenza reconocer que me entretuve. Oí unos golpecitos en la puerta. Cerré de golpe el grifo recordando que estaba en el compartimento de Peeta.

- ¿Peeta? –no sabía cuánto tiempo había pasado pero Peeta debía de estar muerto de frío. Busqué con la mirada alguna toalla pero no era capaz de encontrar ninguna. Con las prisas no me había fijado.

- Katniss ya estoy aquí, me han dicho que esta tarde te lo arreglan –no estaba realmente escuchándolo porque estaba entrando en pánico por no encontrar ninguna toalla y la ropa embarrada hecha un ovillo en una esquina del baño no me parecía una buena opción.

- ¿Dónde están las toallas?

- Perdón, las tengo en el armario, un momento…

Me puse muy nerviosa y sin saber qué hacer me abracé a mí misma. Me sentía un poco estúpida ahí de pie, desnuda. Lo bueno era que los vapores que se habían formado durante la ducha me prevenían del frío.

- Ya la tengo –dijo su voz a través de la puerta–. ¿Cómo te la doy? –buena pregunta.

Pensé en las opciones pero empecé a ponerme más nerviosa aún, cosa que no tenía sentido. Solo tenía que sacar una mano y que me la diera, no era tan complicado. Además, estábamos hablando de Peeta. Pero había algo, una sensación en el fondo de mi estómago que no sabía identificar.

- Entra –dije al final, agobiada por mis propios pensamientos. La mampara era transparente pero los vapores habían difuminado su interior, igualmente me pegué a la pared en un intento de esconderme.

Peeta abrió lentamente la puerta. Acerqué mi mano al borde de la mampara y la corrí unos centímetros. Vi que Peeta había entrado de espaldas y estaba gestionando como podía la situación. Ese nerviosismo y preocupación me sacó una sonrisa. El chico del pan lo estaba pasando mal.

- Aquí, trae –dije sacando el brazo. Peeta se puso de lado y mirando al suelo de soslayo se ubicó y fue finalmente capaz de pasarme la toalla.

- ¿La tienes?

- Si –vi cómo relajaba sus hombros.

- Genial, te espero fuera…

- No, un momento –sin perder de vista a Peeta la enrollé a mi cuerpo y me aseguré de atarla bien. Sabía que le estaba haciendo pasar un mal rato y que estaba alargando su agonía, pero había algo… Salí de la ducha.

- Ya estoy, ya puedes mirar.

Peeta se giró lentamente sin atreverse a levantar la mirada aún, pero al final me lanzó una mirada recelosa. Cuando me vio cubierta con la toalla se relajó y me sonrió.

- No era tan difícil –dijo con una risita nerviosa.

Me fijé que el barro se había secado en su piel, con la mano intenté quitarle la tierra que tenía en el pelo pero no tenía sentido, había demasiada. Peeta había vuelto a apartar la mirada. Me acerqué un poco más a él, le puse una mano en la mejilla e hice que me mirara a los ojos. Él se quedó muy quieto, mirándome sin entender. Pero yo no podía hablar, la emoción y un ligero nerviosismo me impedían pronunciar palabra. Me sentía mujer y quería averiguar cómo me veía él, qué sentía al verme así. Peeta recorrió con la mirada el camino que una pequeña gota había dibujado desde mi frente, pasando por mi mejilla, cuello y hasta perderse en la toalla blanca. Vi como tragó ante eso. Tardó unos momentos en dejar de mirarme el escote antes de volver a mirarme a los ojos. Eso me bastó para saber lo que pensaba.

Me acerqué y le besé lentamente. Seguía sabiendo a tierra. Cuando me separé él tenía la mirada perdida, como si estuviera bajo un hechizo.

- ¿Katniss? –preguntó débilmente.

No le respondí. Estaba nerviosa pero estaba decidida. Ni siquiera me había detenido a pensar en lo que estaba a punto de hacer, simplemente me estaba limitando a hacer caso a ese fuego que empezaba a quemar en mí. Inspiré profundamente, cogí sus manos y tiré levemente de él, guiándolo hasta la ducha. Peeta me miraba con un nivel de ensimismamiento que aún no había visto en él. Estaba muy confuso pero aceptaba lo que le proponía. Primero entré yo y luego entró él. Deslicé la mampara y nos encerré a los dos.

Abrí el grifo y empecé a enjabonarle el pelo. Él estaba muy quieto, no se atrevía a moverse. El agua caliente empezó a empaparnos a los dos y sentí cómo su pulso se aceleraba. Le bajé la cremallera de la chaqueta que cayó al suelo. Él me miraba muy serio ahora, muy pendiente de mis movimientos. Coloqué mis manos en su cintura y tiré de la camiseta hacia arriba. Peeta levantó los brazos y colaboró para quitársela. Cogí la esponja y la pasé por sus brazos. Cuando la pasé por el abdomen sentí como su cuerpo se estremeció. Él había acercado su cabeza a la mía. Nuestras frentes se rozaban. Miré de nuevo a Peeta, estaba muy serio. Me acerqué un poco más, rozando nuestras narices. Me cayó la esponja al suelo. Hasta ahí había llegado nuestro autocontrol.

Cuando unimos nuestros labios un abrumador torrente de pasión nos invadió. Peeta me levantó y me empujó contra la pared. Con mis piernas yo me aferré a su cintura y él empezó a acariciarme los muslos. Habíamos compartido muchas caricias pero nada era equiparable a eso, por primera vez sentía sus manos sobre mi piel desnuda. Nos besábamos con tanta intensidad que parecía más bien que nos estábamos mordiendo. Bajó por mi cuello y yo me aferré más fuerte a él. Nuestros cuerpos se habían estado moviendo tanto que la toalla había empezado a soltarse. Si nos separábamos caería al suelo y Peeta lo sabía. Intentó separarse un poco pero yo me aferré a él, era una tortura placentera que quería alargar.

- Me vuelves loco –me susurró. Sentía la necesidad en sus caricias y en sus besos.

- Lo sé –y volvió a besarme con intensidad.

Entonces sentí que Peeta estaba incómodo. El peso del agua tiraba de sus pantalones hacia abajo y no le dejaba moverse con libertad. Me soltó un momento para quitárselos y apartarlos, yo me agobié un poco con eso, pero realmente era una prenda que nos había estado incomodando, además, aún llevaba la ropa interior a diferencia de mí y sabía que era eso lo que lo estaba volviendo loco, saber que estábamos ahí los dos medio desnudos, bajo el agua, separados solo por una toalla que prácticamente había caído del todo. Me volví valiente. Hice que me mirara a los ojos y mientras tanto aproveché para sacar la toalla de un tirón. Rápido e indoloro, como si hubiera arrancado una tirita. Cuando vio lo que había hecho se quedó paralizado.

Entonces algo emitió un fuerte pitido y el agua dejó de caer. Era como una especie de alarma. Nos miramos preocupados.

- ¿Qué es eso? –recogí la toalla del suelo y volví a taparme. Estaba aturdida pero la arena me había enseñado bien y mi cabeza ya había pensado en miles de posibilidades. ¿Nos atacaban desde el Capitolio? ¿Un incendio? ¿Qué?

Peeta salió de la ducha solo con sus calzoncillos, yo lo seguí hasta la habitación y le vi asomarse al pasillo.

- ¿Y bien?

- Nada –dijo aun mirando a ambos lados.

- Es como si solo sonara aquí –dije volviendo al baño y entré de nuevo a la ducha donde se oía más fuerte. Vi que una luz roja parpadeaba. La pulsé y la alarma dejó de sonar–. ¡Peeta ya está! –grité para que me oyera.

- ¿Qué era? –dijo volviendo a entrar. Señalé con la cabeza la ducha.

- Creo que hemos superado el cupo diario de agua. Nos han cortado el suministro –los del 13 ahorraban muchísimo, estaba en sus genes.

- ¿Enserio era eso? –dijo intentando tranquilizarse.

Las alarmas era algo que los del 12 no nos tomábamos a la ligera, la mayoría de las veces significaban un accidente en las minas. De hecho, el día que murió mi padre las alarmas también sonaron. Era más que normal que nos hubiéramos asustado de esa forma.

- Menuda tontería –dijo empezando a reír–. Qué susto me ha dado.

- Y que lo digas –dije empezando a reír también pero entonces me detuve. Recordé lo que estábamos haciendo antes de que esa alarma nos interrumpiera. Se me encendieron tanto las mejillas que tuve que ponerme de lado para intentar ocultarlo.

- Katniss –me llamó él con tono pícaro.

- Oh, cállate –y me tapé la cara con las manos. Separé los dedos justo para verle reírse– a veces no te soporto –dije volviendo a esconderme. Me moría de la vergüenza.

- ¿A mí? ¿Qué he hecho yo? –seguía riéndose. Le empujé suavemente a modo de queja.

- A mí no me hace gracia –me quejé muerta de la vergüenza. Entonces Peeta me cogió en volandas y me dio tal susto que casi hizo que me cayera.

- ¡Eh! –me quejé pero no me hizo caso.

Nos sacó del baño, comprobó que el pestillo estuviera puesto y luego me dejó encima de la cama. Fue al armario y sacó toallas. Substituí mi toalla por una de seca y me senté. Peeta ya estaba enredado en la suya y se sentó a mi lado. Le miré con curiosidad pero él solo podía sonreír.

- ¿Qué?

- Aun no me lo creo –sabía a lo que se refería. Rodé los ojos.

- No vas a dejar el tema, ¿verdad?

- Ni en un millón de años –dijo él con cara burlona. Reí y le ofrecí una sonrisa coqueta–. Sabes que te quiero, ¿verdad? –me di cuenta de lo mucho que había necesitado oír eso. Sobre todo después de estos días separados.

- Y yo a ti –dije con cierta tristeza. Recordé el motivo de nuestra pelea.

- Iré contigo a la guerra –me dijo directamente. Asentí. Posiblemente nunca había existido una alternativa–. Prométeme que no me vas a dejar de lado.

- Peeta…

- Katniss, empezamos esto juntos y terminaremos esto juntos. Voy a ir contigo –dijo decidido. Sentí remordimientos, dudas y miedo. Eso era lo que había querido evitar. Se acercó a mí y tocó mi brazo. Todos mis sentidos se pusieron alerta.

- De acuerdo –accedí finalmente.

- Pero esta vez cumple con tu palabra –asentí.

- Lo haré –había logrado convencerme y esta vez iba a cumplir, estaba decidida a ello.

- ¿De verdad?

- De verdad de la buena.

Entonces tiró de mí y me encerró en sus brazos, me quedé recostada encima de él, descansando mi cabeza en su pecho.

- Lo siento… –susurré. Nos estaba condenando.

- Esto va más allá de tú o de mí –dijo él muy serio–. Dejamos de ser dueños de nuestro destino el día que Effie sacó nuestros nombres de la urna. Bueno, ya me entiendes –mi nombre no salió escogido la primera vez, pero en la práctica era como si así hubiera sido.

- Sí, los momentos de paz no son más que una ilusión…

- Por eso debemos aprovecharlos mientras duren –le lancé una mirada inquisidora. ¿Lo había dicho con segundas?

- ¿Y qué propones? –le puse a prueba. Él empezó a acariciarme el brazo. Sí, había estado en lo cierto.

- No sé… –dijo haciéndose el despistado– quizás podríamos aprovechar esta nueva faceta tuya.

- ¿Qué nueva faceta? –ahora me hice yo la despistada.

- La que considero que es la que realmente hacer honor a tu nombre.

- ¿Mi nombre? ¿Katniss? –pregunté sin entender.

- No –se acercó a mi oído–. El de la chica en llamas.

- ¡PEETA! –chillé sin poder parar de reír.

**Nota de autora: ¡Darán! ¿Qué os ha parecido la reconciliación? Nunca había escrito algo así de intenso pero creo que esta pareja se merecía que lo intentara (espero que os haya gustado).

Estos días están siendo un poco duros, pero estoy contenta de que de alguna forma Katniss y Peeta y también vosotr s me acompañéis, por eso agradezco tanto vuestros comentarios (Love-Underworld y Nya Mich-chan, me siento muy halagada) y también os animo a escribirme tanto por aquí como por angela_moiras_art. Muchos besos, ¡cuidaos!