- ¿Tenéis agua? –preguntó Enobaria a Cressida. Cressida me miró a mí, preguntándome con la mirada.
- Repartámosla y prioricémoslos a ellos –Enobaria me miró levantando una ceja, había descubierto quién estaba al mando y parecía que no le hacía mucha gracia. Aceptó el agua sin perderme de vista.
- La liaste a base a de bien, ¿eh? –me dijo seria–. Pero al final tu plan fue todo un éxito, ¿no? Mírate, líder de la revolución. Enhorabuena Sinsajo –y dio un trago a su agua.
- No pedí nada de esto –me defendí. Esa era, de hecho, la primera vez que hablaba con ella. Enobaria siguió analizándome con la mirada, al final suspiró y dejó a un lado su aire amenazador.
- Esos dos están muy graves, aunque los hayáis sacado de ahí, no durarán mucho sin atención médica –Enobaria no nos agradecería haberla salvado así que ese "tono amable" era lo máximo que podría recibir de ella. De todos ella era la que estaba en mejor estado, claro era del Distrito 2 y el Capitolio la había tratado relativamente bien, pero era evidente que tampoco les tenía demasiada simpatía ya que no la devolvieron a su distrito.
Me acerqué a Finnick, quién aún estaba inconsciente y reposaba en el regazo de Annie, que no paraba de balancearse encima de él, temblando y dedicándole susurros incongruentes. Finnick era el único de los tributos rescatados que consideraba realmente mi amigo. Juntos habíamos pasado por muchas cosas durante al Vasallaje. Además, le salvó la vida a Peeta y nunca olvidaría eso.
- ¿Cómo está? –le pregunté a Gale en un susurro porque a pesar de que Annie no parecía estar prestándonos atención, no quería alterarla. Gale estaba desinfectándole las heridas de las muñecas producidas por las esposas.
- Creo que de no haberlo sacado hubiera muerto hoy mismo. Pero no sé cuánto tiempo podrá aguantar aquí afuera… –dijo también en un susurro. Miré el rostro prácticamente desfigurado de Finnick. A él le importaba mucho su imagen, me pregunto qué diría si se viera así.
- Sea como sea, estará mejor aquí con nosotros –dije a pesar de tener el corazón en un puño porque lo que le ofrecíamos era una alcantarilla mugrienta, oscura y apestosa.
- Sí, eso ni lo dudes. Por muy poco que podamos hacer ahora por él estará mil veces mejor que en esa cela.
- Especialmente cuando se despierte y la vea, se le pasarán todos los males –miré a Annie que seguía medio ida, balanceándose entre susurros encima de la cabeza de Finnick.
- Esperemos que lo haga pronto entonces.
- Asegúrate de que los dos coman y beban, ¿vale?
- Descuida –me levanté y me arrodillé al lado de Peeta, quién trataba de darle de comer a Johanna.
- ¿Cómo está? –pregunté preocupada. Johanna solía quejarse y pelearse todo el tiempo. Con solo verla volvían las palpitaciones a mi cabeza, donde ella me provocó la contusión cerebral. Pero ahora estaba muy callada y apenas colaboraba con Peeta, ya que no abría la boca para comer. Eso era muy, muy mala señal.
- Pues ya la ves, ni siquiera estoy seguro de que nos haya reconocido –dijo preocupado.
- Johanna soy Katniss. ¿Te acuerdas de mí? –ella no respondió, siguió con la mirada perdida– Te pondrás bien, te lo prometo –me sentía responsable de ella, todo esto había pasado por mi culpa y tenía que hacer algo.
Me levanté y empecé a organizarnos de nuevo. Nos haría falta comida, además que teníamos que encontrar el modo de enterarnos de cómo avanzaba la guerra, ya que nuestro circuito de comunicaciones era cerrado, solo funcionaba entre nuestros dispositivos. Nos dividí entre los que haríamos guardia, lo que cuidaríamos de los heridos y los que iríamos a buscar víveres e información. Después de casi un quilómetro de tuberías salimos a la superficie y después de deliberarlo mucho el día siguiente nos atrevimos a colarnos en una de las casas que habíamos dictaminado que estaba vacía. No pudimos encontrar mucha comida pero al menos sí pudimos llenar todas nuestras cantimploras porque el agua corriente seguía siendo potable.
Peeta y yo estábamos sentados con nuestras espaldas apoyándose la una en la otra, yo miraba hacia nuestros compañeros y Peeta hacia el túnel. Así solíamos hacer las guardias; en la arena uno vigilaba el bosque mientras el otro vigilaba la playa, ahora uno vigilaba a los heridos y el otro a los posibles atacantes.
- ¿Crees que saldremos de esta? –le pregunté. Cada día pasaba por dos estados de ánimo opuestos: o bien creía que lo lograríamos o bien creía que moriríamos. Ahora estaba convencida de que no lo lograríamos, de que nos había condenado a morir en esa alcantarilla apestosa.
- Claro, ahora estamos en una guerra de desgaste y aquí somos seis vencedores. No hay nada que se nos dé mejor que resistir, ¿no? –dijo Peeta sonriente. Él siempre era tan positivo… pero bueno, había motivos para ello, de momento estábamos vivos, tributos incluidos. Incluso Johanna había empezado a insultarme de nuevo, signo inequívoco de que empezaba a encontrarse mejor.
- ¿Has visto a Finnick y a Annie? –dije observándolos. Desde que Finnick se había despertado que no se habían separado. De hecho, a penas habíamos hablado, parecía que solo tenían tiempo el uno para el otro y que los demás no les importábamos demasiado. Pero la verdad, no podía culparles.
- Sí y me alegro sinceramente por ellos. Pase lo que pase, estoy seguro de que este es el mejor regalo que podríamos haberles hecho –y sabía lo que se decía. De habernos pasado a nosotros, hubiera dado cualquier cosa por poder pasar unos últimos momentos con Peeta.
- Gracias a verles así me doy cuenta de que tomamos la decisión correcta. A pesar de que no me gusta estar bajo tierra, me recuerda demasiado a las minas…
- Pronto saldremos de aquí, esta guerra no puede durar mucho más –yo también creía eso, pero teníamos que averiguar si éramos capaces de aguantar hasta entonces.
- Estoy tan pegajosa… –me quejé mientras me secaba la frente con la manga de mi uniforme teñido con varias manchas. Mi cuerpo estaba envuelto por varias capas de sudor y suciedad. Me daba tanto asco a mí misma que no me atrevía a acercarme demasiado a Peeta.
- Lo que daría por una ducha –dijo él, la verdad es que incluso en los Juegos estábamos más limpios que ahora.
- Y yo –y empecé a soñar con ese momento–. Agua corriente…
- Jabón… –añadió él.
- Mucho jabón –corroboré con una risita, necesitaría mucho jabón, mucha agua y mucho tiempo.
- Y nos ducharíamos juntos, así podríamos retomar lo que dejamos a medias –instintivamente me giré hacia él.
- ¿Es así como quieres darte tu primera ducha? –pregunté levantándole una ceja inquisitiva pero con una sonrisa en los labios.
- Y la última, y las que hayan de por medio –dijo él con una risita, volví la mirada al frente y me reí también– ¿No te gusta la perspectiva señora de Mellark? –sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo entero. No es que hubiera olvidado que estábamos casados, pero con todo lo que estábamos viviendo no podía pensar en ello muy a menudo, ya que era difícil ser especialmente románticos cuando luchábamos por sobrevivir en esta cloaca.
- Si logramos salir de aquí te concederé ese deseo –dije haciéndome un poco la difícil, a pesar de que ya me tenía ganada.
- Te lo recordaré cuando estemos de vuelta al doce –pensé en nuestro distrito destruido.
- ¿Dónde viviremos?
- La Aldea sigue en pie, así que tendremos a Haymitch como vecino. Tu madre y tu hermana estarán también si quieren volver, así que podrías mudarte a mi casa. Seríamos todos vecinos –recordé ese día tan lejano en la cueva en que soñamos con un futuro parecido.
- Sería genial –y cerré los ojos unos momentos, imaginándome la escena–. ¿Los domingos comeríamos todos juntos?
- Claro, yo cocinaré.
- Menos mal –y nos reímos entre susurros.
Habíamos logrado establecer una buena rutina de abastecimiento, pero Finnick estaba severamente enfermo y vivir en estas condiciones nos estaba pasando factura a todos. Cuando me estaba planteando seriamente la posibilidad de salir de aquí y jugárnosla en el exterior, llegó Cressida con noticias.
- ¡Los rebeldes han tomado el Capitolio!
- ¿¡Qué?! –me levanté de golpe y me di contra el techo. Sí, estábamos extremadamente estrechos aquí.
- ¡Sí! Están arriba ahora mismo, socorriendo a los heridos. ¡Tenemos que llevarlos con ellos ahora mismo! –todo el mundo dio por buenas sus palabras y en ese mismo instante empezamos a recoger las cosas. Habíamos estado esperando esta noticia por demasiado tiempo.
Trasladamos a los heridos y cuando salí a la calle rápidamente me sentí cegada por la luz. Inspiré profundamente por la nariz y busqué a mi alrededor por ayuda. Los otros estaban esperando mi señal para salir.
- Ahí –dijo Cressida y empezó a correr en dirección a una camioneta–. Son de los nuestros, ¿ves el logo?
- Sí, pero despacio –dije sujetando un poco más fuerte el arma que llevaba. Podría ser una trampa.
- Soy la soldado Cressida, hemos hablado antes –se presentó a los hombres que estaban en la camioneta. Empezamos a hablar y terminé de convencerme que eran de confianza.
- ¿Cuántos heridos traéis?
- Varios, pero dos están especialmente graves –di la señal y empezaron a salir en fila.
- Vale, os llevaremos a la unidad de enfermería más cercana, pero tenemos que identificaros antes –les di los nombres, cuando supieron quién era yo casi se cayeron de culo– ¿Katniss? ¿Katniss Everdeen? ¿El Sinsajo?
- Es difícil reconocerme con tanta mugre encima, pero sí, soy yo.
- ¡Habéis sobrevivido! –dijo tremendamente emocionado– ¡Se alegrarán tanto de saberlo! Michel, llama a la central, deben saber que están aquí y rápido, subid.
Pero a medio camino de llegar recibieron órdenes de que nos llevaran al centro del Capitolio, a la mismísima mansión de Snow, donde se había trasladado el centro de operaciones. Incluso hablé con Coin por radio, corroborándole que estábamos vivos y pidiendo que los médicos estuvieran preparados para recibirnos porque Finnick necesitaba inmediatamente asistencia médica. También le recordé que había prometido indultarles y ella me dijo que no me preocupara por nada, que todo estaría listo para cuando llegáramos.
- Cualquier diría que sois mejores amigas… –se burló Gale.
- No sabe que lo sabemos –respondí simplemente.
El plan era actuar como siempre, dormir con un ojo abierto y poner los pies en polvorosa en cuanto nos fuera posible. Pero no me iría sin matar a Snow, claro. Ese era el único asunto pendiente que nos mantenía ahí. Una vez muerto ya éramos libres para irnos del Capitolio.
- Cuando tu madre nos vea volver a los tres… –comentó Peeta. Entonces los tres nos miramos y dibujamos una sonrisa enorme.
Apestábamos, estábamos sudados, heridos, cansados y hambrientos, pero aun y así juntamos nuestras cabezas y nos abrazamos. En el pasado esto habría sido impensable, ellos dos como mucho habían logrado soportarse mutuamente, pero ahora habíamos formado un equipo, una alianza irrompible entre los tres y estaba orgullosa de ello. Aún no me lo podía creer pero parecía que todo iba a terminar y que, por más extraño que pareciera, nos habíamos salido con la nuestra.
.
.
.
*Nota de la autora: Este capítulo ha sido cortito pero ya tengo bastante avanzada la continuación así que lo subiré a lo largo de esta semana. La guerra está a punto de acabar pero siguen habiendo cabos sueltos que los protagonistas tienen que resolver antes de poder volver a casa…
Muchas gracias por seguir leyendo mi fanfic, ¡os lo agradezco de corazón! Nos vemos pronto, hasta entonces ¡muchos besos y cuidaos!
