Capítulo 18: En la mansión de Snow

Cuando bajamos de la camioneta un equipo de médicos nos estaba esperando. Annie se negaba a soltarse de Finnick y tuvimos que convencerla para que lo soltara el tiempo justo para ponerlo en la camilla, pero no pudimos evitar que les siguiera y no soltara su mano.

- Vosotros por aquí –nos indicó una médico y nos separaron.

Cada uno tenía a una persona para que le revisara las heridas. Con la de heridos que debían de haber… éramos afortunados, pero supongo que haberte utilizado y torturado públicamente nos concedía a los vencedores cierta prioridad. Y por lo que a Gale respecta, ya tenía prioridad por ser un soldado élite dentro del círculo de Coin.

Yo tenía pocas heridas, rasguños y sí un feo moratón en el abdomen, que aún me dolía un poco pero prácticamente nada en comparación con las heridas de los otros. Mi equipo de preparación acudió volando, con lágrimas en los ojos (eran unos exagerados…) y empezaron a adecentarme. Al parecer Coin había cumplido su promesa y me dejaba matar a Snow, lo que significaba que tenía que salir de nuevo en la tele y claro, el rostro de la rebelión tenía que ir a la moda e impecable. No era la cómoda ducha con la que habíamos soñado Peeta y yo pero bueno, era agradable sentirse limpio otra vez. Por primera vez sentí verdadera pena por mi equipo: devolverle la vida a mi pelo y a mis uñas era todo un reto. Tuvieron que cortarme un poco el pelo y pasaron varias capas de exfoliante por mi piel.

Cuando por fin volvía a parecer una persona era cuando menos persona me sentía. Tenía buen aspecto pero estaba un poco mareada y me sentía débil. Me llevaron a una habitación muy elegante y justo cuando me senté en la cama, preguntándome qué iba a hacer ahora, entraron Haymitch con una bandeja de comida y Effie.

- ¡Effie! –me levanté como un cohete para ir a su encuentro y ella me ofreció las manos con una sonrisa apagada, se las cogí.

No habíamos sabido nada de ella desde que llegamos al trece y por la mirada apesadumbrada que traía mucho me temía que había sido arrestada durante todo ese tiempo. Le apreté un poco más fuerte las manos al darme cuenta de su desmejorado estado físico. Sé que esto había sido duro para todos, pero nunca imaginé ver a la impecable Effie, tan risueña y alegre, tan derrotada y apagada como ahora.

- Mi vencedora, lo has vuelto a conseguir –dijo con orgullo.

- Aprendí de la mejor –dije en un intento de alabarla, ella sonrió tímidamente.

- Me han contado que me he perdido la boda –dijo tocando el anillo con su pulgar.

- Fue improvisado y simbólico –nos excusé–. Pero estás invitada a la boda oficial que haremos en el 12, serás la invitada de honor –traté de animarla.

- ¿En el 12? –hizo una mueca, no le gustaba demasiado nuestro distrito y supongo que ahora le daba aún más pereza ir ahí, sabiendo que solo había cenizas y destrucción– Pero qué remedio, necesitaréis a alguien con buen gusto –entonces se acercó mi mano para inspeccionar mejor mi anillo–. ¿En qué pensaba Peeta? ¿Qué material es este? Es muy rudimentario y fíjate, ¡ni siquiera brilla! –rodé los ojos con una sonrisa, Effie era simplemente así– Pero el detalle de la perla… supongo que eso lo compensa, ¿no? Peeta es siempre tan detallista…

- Precioso, muy bonito –dijo Haymitch que ya se había cansado de escuchar hablar de joyas–. Dejemos que Katniss coma –y me dio la bandeja. La verdad es que estaba famélica, la dejé encima de la mesa y empecé a comer.

- ¿Dónde están los otros? –pregunté con la boca llena.

- Recuperándose, repartidos por la mansión, pronto los verás –Effie miraba la habitación, supongo que la estaba comparando con la que le habían adjudicado a ella–. ¿Effie tienes ya lo que hemos venido a buscar? –Haymitch se sentó a mi lado y sin pedirme permiso cogió un par de guisantes con la mano y se los comió.

Instintivamente aparté el plato de él; llevaba semanas sin comer nada decente y este manjar no iba a compartirlo, que se buscara su propia comida, pero Haymitch tiró de la bandeja y después de una mini pelea terminé dejando que se comiera parte de mi preciada comida.

- Es verdad –Effie se fue directa a la silla donde tenía mi traje del Sinsajo sucio y agujereado–. Me lo llevo, lo necesitarás para el gran día –otro "gran día" se acercaba y por primera vez tenía realmente ganas de que ese gran día llegara. Sería el día que matara a Snow al fin. Effie miró a Haymitch que seguía entretenido jugando con la bandeja y poniéndome nerviosa a mí–. Me gustaría quedarme pero tengo que arreglar esto, nos vemos pronto Katniss.

- Hasta luego –le dije con una sonrisa pero sin perder de vista mi plato. Para mi sorpresa cuando Effie se fue Haymitch dejó inmediatamente de jugar y se puso serio.

- Vale tenemos que hablar. ¿Has oído los rumores? –estaba un poco confusa por ese cambio de actitud pero supongo que lo había hecho para despistar a Effie y para quedarse a solas conmigo.

- ¿Cuál de ellos? –volví a acercar mi bandeja hacia mí y comí con pose protectora.

- Coin. Hará lo que sea para hacerse con el poder –así que Haymitch también lo sabía.

- Soy una amenaza para ella, quiere deshacerse de mí –dije con la boca llena.

- Exacto, pero no intentará nada mientras estemos todos aquí, pero más te vale vigilar y no ir sola a los sitios –señaló mi plato–. Agradéceme que lo catara antes para asegurarme de que no llevaba veneno.

- Si hubieras creído que llevaba veneno no te lo hubieras comido, no te hagas el héroe –dije restándole importancia con la mano, Haymitch medio sonrió–. Y por cierto no son solo rumores, la amenaza es real, compró a unos soldados dentro del pelotón en el que estaba para que me mataran –Haymitch engrandeció los ojos.

- ¿Y cómo terminó eso?

- Murieron, pero la verdad es que nos fue de un pelo. Coin no sabe que lo sabemos –Haymitch se puso a pensar.

- Mejor –y entonces se puso a pensar un momento, decidiendo si contarme algo o no– Hay algo más que no sabes, Coin y los suyos han planeado volver a celebrar los Juegos del Hambre, lo harán público el día de la ejecución –me atraganté y empecé a darme golpes en el pecho para hacerme bajar la comida.

- ¿Está loca? –pregunté cuando pude hablar.

- Con los hijos del Capitolio –dijo serio.

- Ni con los del Capitolio ni con los de los Distritos. Maldita sea, ¿no ha aprendido nada? ¿Para qué diablos me he dejado la piel en esto? ¡Con Snow se terminaban los Juegos! –me levanté de golpe–. Tengo que hablar con ella –Haymitch me retuvo tirándome del brazo.

- No, no, quieta. Te matará si intentas algo.

- Como se nota que los del trece nunca tuvieron que entregar a sus hijos –dije indignada–. ¿Y qué harán? ¿Marcar para siempre a los habitantes del Capitolio? Si Prim quisiera estudiar medicina aquí y por un casual terminara aquí, ¿sus hijos también serían entregados? ¿Un peaje a pagar para los inmigrantes?

- No le busques la lógica porque no la tiene, es un sinsentido, ya sabes que este mundo está podrido –Haymitch se pasó las manos por la cara, buscando calma–. Mira, no tenemos mucho tiempo. Por lo que has dicho entiendo que Gale y Peeta saben que corres peligro, ¿no? –asentí– Entonces avisa a tu familia, escoged distrito e iros de aquí cuando termine la ejecución.

- ¿Iros? ¿Tú no vendrás con nosotros? –pregunté con cierta tristeza– ¿Qué pasa? ¿Plutarch te ha prometido algún puesto en el nuevo gobierno? –Haymitch se rio.

- La política no me interesa lo más mínimo, solo me metí en todo esto por vosotros.

- ¿Entonces? ¿Te vienes con nosotros? –cuando le vi sonreír supe la respuesta.

- Soy vuestro tutor, ¿no? Necesitáis que alguien os vigile. Además, alguien tendrá que llevarte al altar.

- Gracias Haymitch –dije de verdad, sintiendo una cálida sensación en el corazón. Empezamos esto juntos y lo íbamos a terminar juntos, me los iba a llevar a todos a casa. La situación se había vuelto un poco emotiva así que Haymitch trató de cambiar de tema.

- Como sea, recuerda lo que te he dicho: no llames mucho la atención y no le busques las cosquillas a Coin. Calladita y sin levantar sospechas. ¿Podrás hacerlo por una vez en tu vida? No le des motivos a esa bruja para que te encierre –dicho esto se levantó, abrió la puerta y miró por el pasillo. Entonces me recordó–: en todo momento debes tener a alguien contigo, ¿vale? Esperaré a que llegue tu madre antes de irme.

Mi madre y mi hermana estaban sanas y salvas y felices de verme. No quería asustarlas pero les recomendé que no bajaran la guardia, que esto aún no había terminado. Cuando les pregunté dónde querrían ir al terminar todo esto me dijeron que no lo tenían claro, porque Prim había empezado sus estudios como médico. Sin embargo me aseguraron que pasaríamos unos días juntas antes de intentar retomar nuestras vidas.

Cuando llegó Peeta no pude evitar sonreír, él siempre acudía a mí donde fuera que estuviera. Como en el hospital, él siempre venía a verme.

- ¡Peeta! –Prim se le echó a los brazos y él la recibió gustoso– ¡Qué alegría verte!

- Lo mismo digo, ¿estás bien?

- Sí, un poco atareada en el hospital pero bien. Habíamos sacado un poco de tiempo para ver a Katniss pero ya tenemos que volver… –dijo apenada– Hubieras podido venir antes –y le dio un leve golpe en el pecho, Peeta se rió.

- La próxima vez ven a verme a mí entonces.

- Imposible, ya sabes que soy su favorita –dije metiéndome en la conversación, haciéndoles reír.

- Me alegro mucho de que estés bien –intervino mi madre–, gracias por volver sanos y salvos –y entonces Peeta y ella intercambiaron una mirada seria. Habían terminado por tener una relación bien extraña….

- Sobre todo ha sido gracias a Katniss, ha sido una buena líder –dijo Peeta mirándome con una sonrisa.

- ¿Sí? –preguntó Prim ilusionada.

- Claro, ¿no viste los juegos? Soy la chica en llamas –dije con fingida suficiencia, consiguiendo hacer reír a Prim.

- Bueno, tenemos que irnos –dijo mi madre dándome un abrazo.

- Nos vemos más tarde –dijo Prim.

- Sí, claro –le di un beso en la mejilla–. Hasta luego.

Cuando nos quedamos solos Peeta me miró y un escalofrío me recorrió. Me acerqué a él con la intención de jugar un poco.

- Qué limpito has venido. Casi que había olvidado que eras rubio –y lo despeiné un poco.

- Lo sé, ¿y me has olido? No recordaba que uno podía oler tan bien –puso las manos en mi cintura, atrayéndome a él. Me acerqué a su cuello, rozando levemente mis labios con su piel.

- Pues sí que hueles bien. Tenías razón con lo de las duchas del Capitolio –dije aludiendo a lo que él le había dicho a Ceasar hacía casi dos años atrás.

- Es que no dije ninguna mentira, funcionan de maravilla –rozábamos nuestras narices.

- Que conste que yo te creí –y nos besamos, pero entonces recordé sus heridas y me separé levemente de él–. ¿Estás bien? ¿Te han curado bien? –pregunté preocupada. Le cogí la cara e hice que se pusiera de lado, para que pudiera comprobar cómo tenía la herida que se hizo el día de la explosión.

- Me lo han cosido y desinfectado –le aparté el pelo y pude verlo por mi misma, suspiré aliviada.

- ¿Y la pierna? –debido a las condiciones en las que nos encontramos su pierna ortopédica se había resquebrajado.

- Me han dado una nueva –se levantó la pernera del pantalón. Estaba tan limpia y nueva que hasta relucía.

- ¿Se te ha adaptado bien?

- Sí, es el mismo modelo que la otra, pero hablemos de ti. ¿Cómo tienes el abdomen? –me subí la camiseta, mostrando mi piel amoratada. Peeta hizo una mueca– Bueno, ha estado peor… ¿te duele? –acercó un dedo hacia mi vientre y me aparté automáticamente.

- No, si no me lo tocan –le regañé.

- No iba a apretar fuerte –se defendió.

- Por si acaso –solté la camiseta y me cubrí. Entonces volví a cogerle la cara a Peeta–. ¿Seguro que estás bien?

- Sí, no te preocupes –puso las manos sobre mis manos–. Ahora ya estamos a salvo.

- De momento, Coin está al acecho.

- No te dejaremos sola, no va a pasarte nada –me prometió y antes de que me diera tiempo a replicarle me cambió de tema–. ¿Qué quieres hacer hoy? Yo voto por darnos un tour por la mansión. ¿No te divierte la idea de poder pasearnos libremente por su casa? Podríamos aprovechar y no sé, romperle algún jarrón o algo –recordé cuando vino a intimidarme a la mía. Ahora la situación se había invertido.

- Ojalá pudiera ver su cara al saber que estamos todos aquí. Con lo mucho que nos odia segura que le da toda la rabia del mundo.

- Quizás podríamos verle –levanté una ceja con curiosidad–, ya sabes, para hacerle saber que no ha conseguido separarnos y que estamos bien, merodeando por sus dominios con toda tranquilidad.

- No sabía que necesitaras regodearte así –dije con una risita burlona.

- ¿Qué? Tú vas a dispararle una flecha, no nos dejas demasiada diversión a los demás –y unió nuestras frentes.

- Mmm ¿qué podríamos hacer? –pregunté al aire. Intenté recordar algo que odiara particularmente de Snow aparte de su existencia– ¡Las rosas! Necesito destrozar algunas.

- Vayamos al invernadero pues –y me besó.

Salimos del cuarto, nos cogimos de la mano y empezamos a pasearnos tranquilamente por esos largos y blancos pasillos, señalando las cosas que nos parecían curiosas y reprimiendo las ganas de garabatear en los cuadros, porque pese a no reconocer a esas personas, probablemente eran antepasados de la casta Snow y nos resultaban tan repulsivos como el mismo Coriolanus. Pero bueno, tampoco teníamos pintura a mano, así que esas señoras y señores se libraron de terminar con un aspecto ridículo.

Seguimos cruzando pasillos y pasillos hasta que nos dimos cuenta que no teníamos ni la más remota idea de dónde estábamos. La mansión resultó ser un laberinto.

- ¿Y ahora qué? –preguntó Peeta inseguro. Yo me acerqué a una ventana.

- Desde aquí veo un trozo de jardín. Si torcemos a la izquierda quizás podamos salir.

- ¿Y luego cómo entramos? –se burló él mientras tomábamos el camino de la izquierda.

- Quizás nos echen de menos y vengan a por nosotros.

Logramos salir al jardín, pero eso no nos daba ninguna pista de en qué ala quedaban nuestras habitaciones. Tampoco reconocí el jardín pese a haber venido aquí para el Vasallaje. Esta mansión y sus jardines eran gigantes. Seguimos paseando hasta dar con el invernadero.

- Bingo –susurré y tiré de la mano de Peeta–. Vamos, quiero coger una rosa para ponérsela a Snow en el corazón, justo donde dispararé mi flecha –dije emocionada.

Me sorprendí al encontrar vigilancia en la puerta. ¿Protegían las rosas? Nos identificamos ante ellos y después de debatirlo un momento nos dejaron pasar. Ahora no podría hacer grandes destrozos, sabrían que habríamos sido nosotros... en fin, pero una rosa sí podía coger. Cuando entramos el fuerte olor dulzón me golpeó y rápidamente me tapé la nariz. Odio este olor con toda mi alma, ojalá llevara una cerilla para quemarlo todo. Oí a alguien toser y miré a Peeta. ¿No estábamos solos? Avanzamos con discreción, tratando de no hacer ruido y cuando giramos la esquina y me vi al presidente Coriolanus Snow sentado en una silla a escasos metros de mí casi me da un infarto. Me tensé y apreté los dientes, mi cuerpo empezaba a sacudirse de odio.

- Vaya, mirad quiénes tenemos aquí –dijo dejando las rosas de lado–. Los amantes trágicos del Distrito 12, es todo un honor –Peeta me sujetó cuando me disponía a golpearle.

- No vale la pena –me susurró.

- Voy a matarle –le dije a Snow sin tapujos y sosteniéndole la mirada sin miedo.

- No me cabe la menor duda, al fin y al cabo era cuestión de tiempo que uno acabara con el otro.

- Muy poco tiempo queda ya –le recordé con frialdad. Snow sonrió. Entonces miró a Peeta y luego otra vez a mí.

- Veo que al fin ha triunfado el amor, señorita Everdeen, ¿o debería llamarla señorita Mellark? –dijo con una sonrisa diabólica.

- No es de su maldita incumbencia –dije rápidamente con tono severo.

- Espero que le guste este estilo de vida, porque no va a conocer nada más –y se pasó las manos por el pelo. No entendí bien a qué se refería– ¿No se cansa señorita Everdeen? ¿De ser siempre perseguida? ¿De sentirse amenazada? ¿Hasta cuándo cree que puede seguir protegiendo a los suyos?

- Hasta dentro de un par de días, cuando le atraviese el corazón –respondí seca.

- No será tan ingenua de pensar que todo esto se termina conmigo, ¿verdad? –tosió un poco y se secó los labios ensangrentados en su pañuelo– Mientras nos perseguíamos mutuamente, Coin ha accedido al poder. La gente como usted solo causa problemas en el sistema y solo hay una cosa que se puede hacer en estos casos; eliminar la plaga –y sonrió maliciosamente. Creía firmemente que si no me mataba él, Coin lo haría–. ¿Qué piensa hacer al respecto?

- Seguir su propio consejo y eliminar la plaga. Justo ahora tengo delante a la alimaña más repugnante de todas.

- Deberíamos irnos… –susurró Peeta.

- Disfruten el poco tiempo que les queda juntos –dijo Snow volviendo su atención a las rosas y luego dijo con voz cantarina–, ¡y bienvenidos a los septuagésimo-sextos Juegos del Hambre! –esa fue la gota que colmó el vaso y me dispuse a romperle esa estúpida bocaza que tenía, pero Peeta se interpuso.

- No vale la pena, sabe que no tiene escapatoria –y volvió a tirar de mí para que nos fuéramos. Me resistí lo justo para escupirle sin apartar la mirada de sus ojos de serpiente y luego dejé que Peeta me arrastrara hasta fuera pero cogiendo una rosa al último momento–. No debiste dejar que te arrastrara a su juego –me riñó.

- ¡Me provocó! –me defendí.

- ¡Es justamente lo que quería! –entramos a la mansión por la primera puerta que encontramos–. Y no debes dejar que sus palabras te afecten.

- No me afectan –mentí. Entonces recordé su asquerosa cara y di un par de patadas contra la impoluta pared blanca, ensuciándola–. Maldita sea Peeta, no me has dejado romperle la cara a ese malnacido –dije enrabiada.

- No podías hacerlo, ¿que no lo entiendes? Su ejecución va a ser televisada, no puede salir con un ojo morado, ¡se supone que está bajo custodia! –di otro pisotón, ¿por qué diablos Peeta sabía siempre lo que era correcto?

- A veces me sacas de quicio –dije pagando con él mi enfado. Peeta también se enfadó pero no me respondió. Esa visita inesperada al presidente nos había puesto de muy mal humor y seguimos dando tumbos sin dirigirnos la palabra hasta que nos cruzamos con Cressida y por fin averiguamos dónde estábamos.

Cuando nos reunimos con el equipo para cenar habíamos tenido tiempo suficiente como para que se nos pasara el enfado. Para cuando nos fuimos a dormir, ya habíamos hecho las paces, pero yo seguía inquieta.

- No dejo de darle vueltas… –le dije a su pecho, que es donde tenía apoyada la cabeza.

- Sabes que lo dijo para manipularte, ¿no? –me dijo mientras me acariciaba el pelo.

- Sí, por eso me da más rabia aún que tenga razón –dije fastidiada.

- Mientras estemos aquí Coin no intentará nada y después de la ejecución nos iremos tan rápido que tampoco tendrá ocasión de hacerte daño –me repitió algo que ya me habían repetido todos unas mil veces.

- Lo sé pero no es suficiente –me levanté y le miré preocupada–. Seguirá con los Juegos del Hambre, ¿quién no te dice a ti que termine por involucrarnos otra vez?

- La gente nos quiere, se enfadarían y no se lo permitirían.

- ¿Enfadarse? ¿Como el día de la de entrevista? Oh sí, se enfadaron mucho pero ¿adivina qué? Me enviaron a la arena igualmente a pesar de mi supuesto embarazo –dije enfadada– ¿Además qué pasa si se llevan a Prim? ¿O a sus hijos? ¿O a los nuestros? –me quedé petrificada en ese mismo instante. Por primera vez había abierto la puerta a una posible maternidad junto a Peeta. Se me vació completamente el aire de los pulmones. Peeta se había quedado muy quieto también. El corazón me iba a mil, esperando que dijera algo.

- ¿Has dicho nuestros? –preguntó con tono serio. Sé que sabe que yo no quiero tener hijos. O no quería.

- Era una suposición, una forma de hablar –dije rápido–, pero no voy a tener ninguno mientras este terrible show siga adelante –Peeta asintió muy lentamente y no dijo nada más, me puse nerviosa. Pasaron los segundos–. Bueno di algo –dije sintiendo que me pondría a llorar.

- ¿El qué? ¿Que me ha encantado oírte hablar de la posibilidad de tener hijos? Sé que no es una opción ahora mismo pero… me ha emocionado un poco –me confesó con timidez. Le había pedido que hablara, pero ahora era yo quién no sabía qué decir–. Y no te preocupes, ya pensaremos en algo –dijo para animarme.

- ¿Cómo matar a Coin?

- No, Katniss –se alteró de golpe–, eso lo arruinaría todo, nos meterían en la cárcel o algo peor...

- La gente nos adora –le recordé.

- Hay un límite –dijo serio.

- Si me dieran dos flechas... –dije pensando en voz alta.

- ¡No! ¿Y en público encima? No, Katniss…

- Pero ya no se trata de nosotros, estamos hablando del asesinato de niños inocentes, sean quienes sean y provengan de donde provengan, debemos impedirlo. Ya vamos a matar a un presidente por ese motivo.

- Y se ha necesitado una rebelión para ello –me recordó.

- ¡Pues hagamos otra contra Coin! –Peeta se pasó las manos por la cara, exasperado.

- Hablemos con Plutarch entonces.

- ¿Plutarch? –me reí– Él solo busca su propio beneficio y además es el perrito faldero de Coin, nunca iría en su contra.

- A no ser que pudiera sustituirla.

- ¿Plutarch como presidente? –me horroricé con solo pensarlo.

- ¿Y si te presentas tú? –ahora sí que me reí, me reí de corazón.

- Nadie en su sano juicio me seguiría.

- Todos te hemos seguido.

- Pues mal hecho, ¿sabes cuanta gente ha muerto por mi culpa? –recordé a los miembros de mi pelotón que murieron en la guerra y a mis vecinos del distrito que murieron cuando los bombardearon– Demasiada.

- Déjame pensar en algo, ¿vale? –me medio suplicó, asentí pese a saber que no habían más opciones que las que ya habíamos dicho. Volví a recostarme en su pecho– No quiero que todo lo que hemos conseguido desaparezca así sin más, sobre todo ahora que había saboreado la victoria…

- Pero los Juegos nunca terminan –le recordé.

- Lo sé, pero por un momento me había creído que sí lo habían hecho –se pasó las manos por la cara una vez más–. Pensaré en algo –repitió.

- Vale.

Pero no se le ocurrió nada.

.

.

.

**Nota autora: ¡Hola! Lo prometido es deuda, aquí tenéis el nuevo capítulo (y bastante largo). Personalmente es uno de mis favoritos, me ha gustado imaginármelos paseando por la mansión, reprimiendo las ganas de pintarrajear cuadros y rompiendo cualquier cosa. También me gusta por el tono animado que mantiene (con Haymitch peleando por la comida, Katniss haciendo broma sobre el color del pelo de Peeta…) porque cuando esto pasó en el libro era todo lo contrario. Katniss estaba devastada: había perdido a su hermana y a su madre, y solo pensaba en suicidarse. Aquí se enfronta a Snow junto con Peeta, además que no está sola y cuenta con el apoyo de todos sus seres queridos, como debería ser.

De nuevo muchas gracias por seguir leyéndome, ya llevamos muchos capítulos y seguís ahí, gracias. Me gustaría que me dijerais en los comentarios (o por privado) qué os está pareciendo y si tenéis alguna sugerencia, ¡eso siempre anima mucho!

Espero tardar poco en poder actualizar (Cap 19: El fin de la guerra). ¡Muchos besos y cuidaos!