Cuando desperté sentí una gran calma y una tremenda felicidad. Traté de recordar el porqué de este sentimiento y miré a mi alrededor; estaba en mi habitación y un olor muy familiar llegaba hasta mi nariz. Mi madre debía de estar abajo, preparando un rico desayuno. Prim estaba tumbada a mi lado, con Buttercup entre sus brazos. Solía odiar este gato, pero ahora estoy de tan buen humor que hasta le he dejado dormir conmigo. Prim se despertó.
- Buenos días dormilona –le dije cariñosamente.
- ¿Es muy tarde? –dijo bostezando. La verdad es que anoche nos quedamos hasta las tantas hablando.
- Creo que no –dije analizando la luz que entraba por la ventana.
- Mejor, tenemos muchas cosas que hacer –y Prim se levantó de golpe, dejando a Buttercup al suelo, que se quejó de inmediato–. Vas a estar preciosa.
Seguí su mirada hasta uno de los vestidos diseñados por Cinna y que llevé durante la Gira de la Victoria. Estaba colgado de una percha en la puerta para evitar que se arrugase y a sus pies aguardaban unos zapatos a juego. Se trataba del vestido de novia que iba a llevar hoy.
Me apresuré en seguir a Prim hasta la cocina. Tanto ella como mi madre estaban visiblemente nerviosas, puede que incluso más que yo y francamente era culpa mía. Insistieron tanto en querer ayudarme con los preparativos que no tuve otro remedio que aceptar y después, cuando Effie empezó a ponerse pesada con la decoración, delegué en Prim y mi madre hasta el punto de que he participado bien poco en la organización del evento. Solo espero no haberme equivocado en haber confiado en su juicio… hoy lo sabremos.
- Los invitados van a llegar en el tren de las nueve –dijo Prim leyendo su pequeño cuaderno–. Alguien tiene que ir a buscarlos y acomodarlos en las casas asignadas –aparte de nuestra casa, la de Peeta y la de Haymitch, aun habían unas cuantas casas más en la Aldea que estaban deshabitadas. No habíamos pedido exactamente permiso para utilizarlas pero digamos que el alcalde, uno de los invitados ya que era quién iba a casarnos, no dijo nada cuando dejamos caer que algunos de los invitados pasarían la noche ahí–, alguien tiene que ir a despertar a Haymitch y…
- Me pido Haymitch –dije animada. A pesar de que me gustaba la idea de encontrarme con mis amigos, Peeta o Gale (quién había estado ayudando mucho) podrían hacerlo. Pero yo no iba a desaprovechar la oportunidad de despertar a Haymitch a la antigua usanza (es decir, a jarronazo de agua fría) ya que hoy era un día especial y presentía que no me lo tendría demasiado en cuenta.
- Vale –Prim tachó ese punto de su lista–. Tenemos que acabar de preparar la comida y ya luego nos ponemos con los vestidos.
- De acuerdo –dijo mi madre animada y a mí se me contrajo el estómago por primera vez en todo el día. Invitados, comida, vestidos… la cosa iba enserio. Recordé a Haymitch y me animé pensando que quizás podría esconderme con él durante un rato, para no pensar en este gran evento que se había montado.
- No hagas muy tarde –me recordó mi hermana cuando salía por la puerta.
- ¡Estaré aquí a tiempo! –y entré en casa de Haymitch con buen humor, sin preocuparme por llamar.
Las cortinas estaban pasadas y todo estaba a oscuras, a pesar de conocerme la casa avancé con cuidado ya que era tan desordenado que fácilmente podía tropezarme con cualquier cosa. Me lo encontré tirado en el sofá del comedor. Ya llevaba la jarra de agua en mis manos, riéndome por dentro por lo que iba a hacer, que no me esperé la reacción de Haymitch.
- Dulce venganza –dijo Haymitch riéndose. Al parecer había estado despierto y cuando le acerqué la jarra, confiada pensando que dormía, me sorprendió y logró tirármela él a mí, mojándome toda la cara y pecho.
- ¡¿Y si hubiera llevado el vestido?! –dije enfadada tirando la jarra al suelo y secándome la cara con las mangas.
- Te habrías fastidiado por mala persona –dijo sentándose en el sofá. Me ardían las mejillas de indignación y vergüenza, lo que le hizo reír más aún.
- No tiene gracia –bufé.
- Sí la tiene y mucha, preciosa –dijo aun riéndose. Me giré para irme– ¿A qué venías por cierto?
- A despertarte pero al parecer no hace falta.
- No seas rencorosa, anda ven aquí –y dio unos golpecitos al sofá, invitándome a sentarme con él. Suspiré y me dejé caer de mala gana.
- ¿Has visto ya a tu prometido? –dijo intentando empezar una conversación. Suspiré.
- No todavía. Pobre, debería ir a ayudarle. Estoy segura que ahora mismo Prim le estará ordenando hacer mil cosas.
- Al final va a suceder, ¿eh? ¿Estás nerviosa?
- Ya estamos casados, más o menos… –dije para intentar quitarle hierro al asunto pero la verdad es que el tiempo iba pasando y pronto tendría que enfrontarme a una ceremonia formal.
- ¿Sigues queriendo que sea tu padrino?
- Claro –dije sin dudarlo–. Me has salvado la vida dos… –intenté hacer el cálculo–, bueno, varias veces, no se me ocurre nadie mejor. ¿Pero te ves capaz de avanzar por el pasillo sin tambalearte? –di una patada a una botella vacía que había en el suelo.
- Sí, porque aunque no lo creas ayer bebí poco porque sabía que hoy iba a poder emborracharme de verdad –negué con la cabeza con una sonrisa. Estuvimos en silencio un rato.
- ¿Sigues pensando que no merezco a Peeta?
- ¿Qué? –dijo como si esa pregunta le viniera de nuevo.
- Tú mismo me lo dijiste: "ni viviendo cien vidas te merecerías a ese chico". ¿Sigues pensando eso? –Haymitch suspiró.
- Es cierto que él es más amable, educado, bueno y agradable que tú –Haymtich no tenía ningún inconveniente en criticarme abiertamente–. Pero sé que le quieres de verdad y él está dispuesto a soportarte así que… ¿por qué no?
- ¿Pero le merezco? –dije un poco preocupada, no había respondido directamente. Haymitch sonrió.
- Claro que le mereces boba, te lo dije para que reaccionaras. Creí que tenías confianza suficiente en ti misma pero quizás he sido demasiado duro contigo –se rascó la cabeza–. He intentado no decirte lo bueno para que no se te subiera a la cabeza, pero tienes muchas cosas buenas. Y definitivamente sí mereces a Peeta y sí mereces que te pasen cosas buenas –eso me emocionó.
- Gracias –le dije con sinceridad.
- Sois mis tributos, quiero que seáis felices –apoyé mi cabeza en su hombro y él me abrazó.
- Somos unos tributos felices –dije sonriendo.
- La verdad es que es curioso… –susurró– el Capitolio me quitó mi familia, pero fue el Capitolio quién me dio otra también –eso me impactó a un nivel que no puedo describir. Me aferré a su cuello–. Madre mía ¿y a ti que te pasa ahora?
- Gracias Haymitch, gracias por todo –Haymitch había sido nuestra figura paterna cuando Peeta y yo no habíamos podido contar con una. Le debíamos la vida y a cambio nosotros solo le hicimos sufrir y sin embargo nos consideraba su familia…
- Anda, para ya de llorar, deja algo para luego –me separé de él y vi que se frotaba un ojo–. ¿No tienes cosas que hacer? ¿Cómo cambiarte de ropa? No sé si lo sabes pero estás mojada.
- Muy gracioso –le saqué la lengua a modo de queja– ¿Te veo luego?
- Claro, tenemos un paseo que dar.
- Ponte guapo.
- No necesito ponerme guapo, yo ya soy guapo.
Al salir me encontré con el desfile de invitados liderado por Gale y Peeta que llevaban algunas de sus maletas.
- ¡Ya estáis aquí! –dije sin saber a quién abrazar primero.
- ¡Mi vencedora! –Effie se acercó con los brazos levantados. Volvía a ser ella; ataviada con una peluca vistosa y de color estridente a juego con su vestuario.
- Qué alegría verte –dije dándole un abrazo intentando que su sombrero no me sacara un ojo.
- ¿Está listo Haymitch? –me preguntó.
- Está despierto, que ya es mucho.
- No sé si tendré tiempo porque tengo que hablar con tu madre y tu hermana pero trataré de ir a verle para asegurarme de que está decente...
- ¿Qué tal descerebrada? –me saludó Johanna, le había crecido el pelo a pesar de que lo llevaba corto igualmente. Se la veía estupendamente y me alegraba por ello, pero no nos abrazamos porque no teníamos ese tipo de relación.
- Muy bien, ¿tú?
- Recuperándome, pero mucho mejor, gracias.
- ¿Y tú qué tal Finnick? –dije contenta de ver que volvía a parecer el mismo de siempre. Se le veía alguna que otra cicatriz en el rostro, pero se podría decir que incluso le favorecía.
- Mejor que nunca, Annie y yo tenemos una noticia que darte –dijo sonriendo y mirando a Annie quién iba cogida de su brazo. Annie se tocó la barriga.
- Estoy embarazada.
- ¡Eso es fabuloso! –dije francamente feliz por ellos.
- ¿Vendrías al Distrito 4 para una pequeña fiesta? –dijo él sonriendo.
- Claro, ¡cuando quieras!
- Pero ya hablaremos de eso, hoy es tu día –dijo Annie con una sonrisa, Finnick le dio un beso en la frente.
- Estoy muy feliz por los dos –les dije con sinceridad.
Terminé de saludar al resto de invitados que incluía a los que había quedado de mi pelotón como Cressida y Pollux, luego ocupé mi lugar al frente junto con Gale y Peeta.
- No hemos podido hablar –me dijo Peeta dándome una de las maletas, se le veía estresado–. Es de Johanna.
- Coge esta también, Cressida comparte casa con ella –dijo Gale dándome una pequeña mochila que me colgué del hombro.
- Gracias Gale –luego me dirigí a Peeta– Lo sé, todo esto es un caos, ¿podremos vernos antes de la ceremonia?
- No lo sé pero espero que sí –cuando me aseguré que lo tenía todo bien sujeto le di un beso a Peeta.
- Por si acaso –le dije con una sonrisa. Él me la devolvió y luego nos separamos en grupos para acomodar a nuestros amigos.
Les di un pequeño tour por la casa pero no pude entretenerme mucho porque Prim vino a por mí.
- No pienso maquillarme –les amenacé pero Effie ya se acercaba a mí con la brocha.
- Oh, vamos, es tu día, ¡tienes que estar espectacular!
- Por eso mismo, es mi día, déjame ser feliz –dije apartándome. Prim intervino.
- No, Katniss, haznos caso –y luego se dirigió a Effie–, pero que sea suave, no muy exagerado –miré a Prim con la boca abierta.
¿Desde cuándo era tan marimandona? Ah sí, desde que se encargaba de mi boda. Así que no tuve otro remedio que ceder y dejar que hicieran conmigo lo que quisieran: Effie me maquillaba, mi madre me peinaba y Prim, ya arreglada y con el pelo increíblemente trenzado, estaba de pie a mi lado supervisándolo todo.
- Estás muy guapa –le dije.
- ¡Shh! No te muevas –me riñó Effie. Rodé los ojos. Solo esperaba que no prendieran fuego a mi vestido esta vez.
Cuando terminaron con el maquillaje me vistieron y no me dejaron ver el resultado final hasta que me dieron el visto bueno después de una decena de retoques. Creía que eso era innecesario, que estaban exagerando, porque yo ya he pasado varias veces por maquillaje, peinado y prueba de vestido de la mano de Cinna (a quién echaba especialmente de menos), pero cuando me vi en el espejo me entraron unas terribles ganas de llorar.
Me habían maquillado lo justo, sin alterar ningún rasgo, incluso se me veían algunas cicatrices lo cual adoraba porque eso hacía que siguiera siendo yo misma. El pelo ligeramente ondulado caía en cascada sobre mis hombros, con unas trenzas adornadas con flores (flores Katniss y prímulas) en la parte de arriba y que me caían por detrás. Las trenzas eran mi símbolo y ahí estaban, pero no le quitaban protagonismo a mi larga melena. También habíamos escogido el vestido menos ostentoso (pero no por eso menos elegante) de todos y me sentía cómoda con él.
Era la primera vez que me sentía tan yo misma pero tan distinta. Esta versión de mi misma me mostraba al mundo como una mujer fuerte, que después de una vida de sufrimiento conseguía por fin la paz que tanto había anhelado. Durante la guerra los rebeldes utilizaron mi imagen como símbolo de esperanza, pero esta era la primera vez que veía realmente la esperanza en mi propia imagen.
- Bueno… ¿qué te parece? –me preguntó Effie emocionada. No pude responder, era un tipo de belleza al que no estaba acostumbrada.
- Creo que necesita un momento para procesar todo esto –dijo Prim con una risita–. No puedo esperar a ver la reacción de Peeta.
Oh, Peeta. ¿Qué dirá al verme así? Él ya me había visto muchas veces maquillada, con trajes ceñidos e incluso me había visto ataviada en joyas. ¡Si incluso me había visto con un vestido que se transformaba en Sinsajo! Quizás no se sorprendiese con este vestido color crema tan sencillo (aunque también encantador). ¿Quizás sí necesitaría un poco de fuego al fin y al cabo?
- ¿Crees que le gustará? –pregunté un poco preocupada.
- ¿Estás loca? –y entonces Prim se me puso delante con una mirada asesina– ¡Va a caerse de espaldas! –yo no lo tenía muy claro pero me animé pensando que quizás sí.
- Gracias por lograr… esto –les dije a las responsables de lograr este milagro.
- Solo te falta el toque final –dijo mi madre colocando algo en mis manos– ¿Quieres llevarlo? –me miré las manos y encontré mi pequeño sinsajo dorado, se me escapó una sonrisa. Como Peeta, esta insignia siempre encontraba la manera de volver a mí.
- Ha estado conmigo cuando más lo necesitaba, creo que le gustaría estar conmigo hoy también –además, así Rue y Madge también me acompañarían. Me lo puse encima del corazón, que es dónde llevaba a estas dos grandes amigas.
- Estoy orgullosa de ti, y estoy segura de que tu padre lo está también. Nos has protegido mejor de lo que nunca hubiéramos podido soñar –me dijo mi madre cogiéndome de las manos.
- Gracias mamá.
- Ya estamos listas entonces –dijo Effie haciendo esfuerzos por no llorar y arruinar su maquillaje.
Cuando nos pusimos en marcha descubrí que no sé a dónde íbamos. Llevaba en mis manos un pequeño ramo de flores a conjunto con las flores que llevaba en el pelo y eso es todo lo que sabía.
- ¿Dónde vamos? –por primera vez me preocupaba realmente por el lugar donde se iba a celebrar la ceremonia. Es decir, el Edificio de Justicia está destruido, ¿dónde lo haremos?
- Es una sorpresa –por el camino que seguíamos vi que nos dirigíamos al bosque. Lo que me asustó y asombró a la vez.
- ¿Al bosque? –pero si no saben nada de él, ¿y si nos salía algún animal salvaje?
Pero cuanto más nos acercábamos, más sentido cobraba esta decisión. Era el único sitio que no fue afectado por las bombas y que tenía un significado especial para mí… Mi padre también estaría hoy conmigo.
- Espera aquí, la novia tiene que llegar la última –me detuvo Prim cuando llegamos al linde del bosque. Intenté ver entre los árboles y pude ver pedazos de cabezas y de sillas. Pero mi madre se me puso delante para que no pudiera verlo.
- No seas impaciente –me riñó amigablemente.
- Estoy muy nerviosa –le confesé.
- No tienes por qué. Estás preciosa y toda la gente de allá te quiere y te aprecia. Solo ve ahí y deja que la cosa fluya, no tienes que hacer nada más, todo saldrá bien –dijo acariciándome levemente la mejilla– Bueno, sí tienes algo que hacer, acuérdate de dar el sí quiero. Pero solo si quieres de verdad, claro–dijo seria levantando una ceja.
- Es un poco tarde para eso ya, ¿no crees? –dije riendo. He tomado muchas decisiones de las que me arrepiento, pero no tenía dudas acerca de esto.
- Tenía que asegurarme –se excusó ella. Entonces vino Haymitch acompañada de Prim que lo había ido a buscar. Ahora que estaba duchado, peinado y llevaba traje y corbata, casi que parecía otra persona. Estaba bastante guapo.
- Vaya, estás verdaderamente preciosa –me dijo y parecía que lo había dicho enserio.
- Gracias –significaba mucho que me lo dijera él, principalmente porque no es de su estilo ir regalando los oídos a la gente. Si lo dice es porque lo piensa de verdad.
- Vale, vamos a nuestros sitios. Avanzad cuando os demos la señal, ¿vale? –me mi madre se despidió de mí con un rápido apretón de manos y mis acompañantes corrieron a ocupar sus sitios.
- Tú lo has visto, ¿es muy malo eso de ahí delante? –le pregunté ahora que no podían oírnos.
- Digamos que no vas a poder esconderte –me recordó Haymitch.
- ¿Pero es muy cursi? Debí haberlo supervisado… –dije poniéndome nerviosa.
- Es bonito, no te preocupes.
- ¿Bonito estilo Capitolio o bonito estilo 12? –Haymitch frunció el ceño.
- ¿Y qué demonios significa eso? ¿Estilo 12? ¿Crees que van todos vestidos de minero y que están sentados sobre carbón? –eso me hizo reír y me distrajo momentáneamente de mis preocupaciones.
- ¿Has podido ver a Peeta? ¿Cómo está? –pregunté preocupada. Me lo imaginaba temblando como un flan delante de todos, al menos, yo estaba temblando.
- Está bien, no te preocupes. Pronto le verás –entonces mi madre nos hizo una señal–. Parece que ya es la hora –dijo ofreciéndome su brazo. Me cogí a él.
- Estoy aterrada, me siento como instantes antes de ser lanzada a la arena –le confesé. Haymitch se rio– ¿Qué? En unos minutos va a cambiarme la vida, llevo el Sinsajo y estaré ahí sola con Peeta, no puedes negarme el parecido –dije enfadada.
- Y los invitados son tributos en su mayoría –añadió Haymitch.
- ¡Ves! Te lo dije –Haymitch siguió riendo.
- Solo que esta vez no hace falta que te comas las bayas para que os dejen volver juntos. Y creo que las sensaciones que te transmitirá esta arena serán un poco distintas…
Cuando llegamos y vi la escena sentí que me quedaba sin aire. Menos mal que Haymitch me estaba sosteniendo.
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**Nota autora: ¡Hola! Había salido bastante largo así que lo he divido en dos, pero los he subido juntos para que no se perdiera la emoción del momento, ¡así que id a por la continuación!
