IX: Amistades que valen la pena


— ¿Qué es esto? ¿Un familiar me prohíbe la visita de su diosa? Cuestionó la mujer conocida como la diosa viviente de Kyoto, Hiiragi Kayako. Quien había ido a visitar a Nanami posterior a su ausencia en representación como parte del templo Mikage durante la última reunión de Dioses, ya hace varios días atrás. —

— Si, Kayako-san. No quiero ser grosero, pero Nanami-chan no puede ver a nadie que no sea la sacerdotisa del templo de la luz. — Afirmó Mizuki un poco intimidado por la postura de la chica, quien parecía que en cualquier momento lo pasaba por encima y entraba sin miramientos. —

— Pues tú no me denegaras el paso. — Enfatizó autoritaria, se estaba cansando de la negligencia que Mizuki se empecinaba en mantener. —

— Pues yo sí. — Afirmó Tomoe, sumamente molesto por la presencia de Kayako. Ella a su vez, se sintió temerosa. —

— Z-Zorro…

— Nanami apenas puede mantenerse consiente en este momento. Por lo que necesito que entienda que mi señora no puede atender a ninguna persona durante su recuperación. — Respondió lo más educadamente posible, sin embargo, Kayako sabía que eso era una fachada. El solo quería sacarla a patadas del templo. —

— Esto no es propio de tu diosa, ¿qué se supone que está pasando? Vine hasta acá porque me comentaron que la esencia de Nanami se está diluyendo, cuando llegue hasta acá me di cuenta que no se me permite ver su futuro, si al menos no me van a dejar entrar a visitarla para conocer su estado, mínimo pueden explicarme qué demonios le sucede. —Afirmó arrogante, ocultando en vano su notoria preocupación, desde que su futuro estaba bloqueado desde Kyoto pensó que quizás solo era parte de un cambio del destino, más cuando llegó hacia el hogar de Nanami y aun no podía visualizar nada, no pensó mucho en subir las escaleras para verla, exigiendo una explicación ante el impropio estado de la chica. Tomoe suspiró, cansado. Kayako pensó que eso tampoco era común. —

— Está bien, te llevaré hacia donde está Nanami, si es su deseo, diosa viviente.

— ¿T-Tomoe-kun? — Mizuki estaba confundido, ni siquiera le había permitido a él entrar a la habitación de Nanami para conocer su estado. —

— Está bien, será más fácil que lo vea con sus propios ojos, además es una diosa. No le hará daño su cercanía. —Ese comentario dejo descolocada a la Kayako. — Sígueme.

El templo principal aun cuando no era una mansión como la suya, era bastante espaciosa y con una inmensa pureza en su ambiente, aun cuando Nanami estuviese delicada. Pequeñas esencias de vida se desbordaban desde un punto principal donde la dirigía el familiar albino, como si estuviesen siendo enmarañadas con sumo cuidado y preocupación, era la esencia de la vida misma que solo hacía sentir a Kayako un poco pequeña con lo que la chica pudiese llegar a crear, estaba algo celosa, pero confundida al mismo tiempo. Nanami estaba ahí y desprendía vida constantemente, literalmente… ¿Entonces por qué la veía agonizando? Se detuvo cuando el familiar cesó el paso en la habitación de la chica, llevaba una fuerte carga energética.

— Espérame aquí. Mencionó antes de ingresar a la habitación, Kayako afirmó con la cabeza. —

Entró a la habitación con una sutileza particular que llamó la atención de Kayako, mas no consiguió ver nada dentro de este. El aire que se desbordaba de las esquinas tenía un olor a incienso y flores frescas… No características de Nanami, probablemente alguien más estaba en ella. Luego de unos minutos, Tomoe volvió a salir un poco más tranquilo.

— Entra. — Antes de abrir la puerta la mano del kitsune le aprisionó con determinación y algo de fuerza. — Ni se te ocurra elevar la voz o sacar esa mierda de personalidad. — Sus ojos mostraban una ira desbordada… No… Más que ira era miedo, un profundo miedo de que la persona dentro fuese herido —

— No vine a pelear, familiar zorro.

Y sin explicar nada más, entró. Lo que vio fue un espectáculo visual y sensitivo que si no hubiese venido con su fortaleza impenetrable de emociones, hubiese llorado. Pequeñas partículas de vida volaban grácilmente dentro de la habitación que se apreciaban con mucha más facilidad… Junto con unas luces que volaban aleatoriamente dando una sensación de ensueño. En medio de la habitación se encontraba una sacerdotisa que si bien no conocía, podía saber fácilmente de quien se trataba con su sola presencia. La señora de los perros, y devota cuidadora de los cachorros del infierno, Miko-sama. La observaba con cautela mientras fumaba un tabaco que ocasionaba ese olor nostálgico en el aire, seguramente algún tipo de medicina. Se encontraba recostada de lado en un futón donde una figura débil se asomaba en posición fetal en su regazo. Una vez la identificó como la chica que había ido a ver, se acercó con pausa y cuidado mientras evitaba todo lo posible las telas alrededor del futón que volaban en un extraño intento de crear un nido.

— N-Nanami…. — Mencionó con suavidad, la chica apenas había reaccionado. —

— … ¿Kayako? — Se incorporó lentamente mientras identificaba la voz que la llamaba. Su cuerpo estaba tan delgado que la clavícula se marcaba más de lo que anteriormente lo pudo hacer su cuerpo. Un rostro cansado y su energía parecía estar siendo absorbida por algo. Kayako la observó preocupada, ahora entendía todo. —

— Nanami… Tu… ¿Hiciste algo estúpido?

— Si… Algo así… — Sonrió con dificultad mientras se dirigía a la kitsune dorada. — Miko-san, puedes dejarnos a solas, ¿por favor? Estoy mejor ahora.

— Como quieras, llámame ante cualquier cosa — Sin mirar a la diosa viviente, besó su frente y desapareció en un humo dorado. Mientras que Kayako se acercaba un poco más a la joven diosa, quedando al lado del futón, estaba cálido y extrañamente suave. Más de lo que pensaba —

— Te ves horrible. — Mencionó con su característica acidez en sus palabras, Nanami solo rio. —

— Eso creo… No me he visto en mucho tiempo en el espejo.

— Nanami, no puedo ver tu futuro cercano ¿Que te sucede? ¿Por qué estas cerca de una sacerdotisa de tal nivel? — Cuestionó mientras observaba como la chica trataba de mantenerse erguida, seguramente estaba haciendo un esfuerzo demasiado grande. — Relacionarte con ella es prácticamente hablarle a Inari.

— Pues, no sería la primera vez, Inari-san es mi jefe después de todo… Aunque no sé qué tanto conozca mi situación, hace años que no hablo con él… — Al tratar de incorporarse, sus fuerzas flaquearon por un segundo, Kayako fue un poco más ágil y la tomó en sus brazos para evitar un movimiento brusco. —

— ¿Qué clase de situación? — Inquirió, dudosa en conocer la verdad. Aunque si Miko-sama estaba involucrada, solo era por una sola razón. —

— Estoy embarazada…. Miko-san me está cuidando desde hace ya varios meses… — Respondió con apenas un suspiro, mientras trataba de arroparse adecuadamente. Kayako por su parte, se levantó alterada. —

— ¡¿De un zorro salvaje?! ¿¡Te das cuenta de lo grave que se encuentra tu salud en este momento!? — Antes de darse cuenta ya estaba hablando con bastante fuerza, recordó las palabras del familiar. Comenzó a respirar si no quería que la echasen a patadas de la habitación de Nanami. — Ahh por los dioses, eres realmente un gran problema. Podrías morir, Nanami.

— No es como si lo hubiese planeado… Solo vino de repente… Desvió la mirada, entre apenada y complacida, no se arrepentía en absoluto de su condición. Lo que irritó más a Kayako conociendo el deseo de Nanami en ser madre alguna vez. Maldita suertuda malnacida. —

— ¿Cuántos meses tienes? — Preguntó, tratando de cambiar el tema. —

— Cumplí los cinco meses hace unos días…

— Ni siquiera has pasado los seis meses y te ves horrible — Antes de darse cuenta la chica estaba sentada a su lado otra vez, obligándola a poner su cabeza en su regazo. Le molestaba demasiado su actitud positiva incluso en ese momento, cuestionaba mucho de donde sacaba sus fuerzas si todos en el templo se veían estresados de tanta preocupación, especialmente su familiar zorro. Kayako de alguna manera, se sentía inferior, Nanami volvía a demostrar ser una diosa de altura. Situación que solo la sacaba de quicio. ¿¡Cómo es que siempre conseguía ganarle en todo!? Si fuese ella en su situación, simplemente no podría, ni mucho menos durante tanto tiempo. — Si vas a aferrarte a tener hijo con un demonio, con el cuerpo de un Dios y más encima que el padre de ese niño sea tu familiar, deberías por lo menos comportante y mejorarte pronto. Idiota. — Nanami rio ante el comentario, hace mucho que no la insultaban de esa manera, dado que solo había recibido comentarios de alivio. La ayudaba a sentir que aquella situación, tal vez solo sería pasajera, tenía que ser fuerte por su familia, necesitaba serlo además por su dulce cachorro que crecía cada día mas. —

— Ahí está la Kayako que conozco…

— Nanami, de verdad me molestaré si la próxima vez que te vea, no tengas esa sonrisa estúpida en tu cara y un mocoso cargando en tus brazos. ¿Sabes lo que es? — Preguntó algo, demasiado interesada para su gusto. —

— Es un niño. Gracias por venir a verme, Kayako... Te lo agradezco mucho.

Jamás, ni en los peores momentos creía poder ver a la joven diosa de ese modo… Parecía estar muriendo lentamente y aun así manteniéndose optimista a que todo saldría bien, aferrándose a un ser que posiblemente moriría también, tal vez después de los días de nacido, la mortalidad de los kitsune era considerablemente alta debido a que por sí solos cargaban demasiado poder espiritual, y eran objetivo de muchas criaturas que deseaban con obsesión insana su considerable poder, el hijo de una diosa… Nanami tendría demasiados problemas para que la pobre criatura pudiese vivir como correspondía si no lo cuidaba adecuadamente. Era una tarea casi imposible que los primogénitos de los zorros sobrevivieran si la madre tenía complicaciones en el embarazo, además. Tampoco es que quería decirle esas palabras si ya apenas podía mantenerse consigo misma. Seguramente el familiar zorro conocía esa realidad, era responsabilidad de él hacérselo saber a Nanami. La chica tosió levemente mientras un poco de sangre salía consigo, mencionando que ya era casi normal que eso sucediese, Kayako sentía su corazón comprimirse de impotencia, si tan solo habría una forma de ayudarla… Una sola idea se le vino a la cabeza, seguramente resultaría.

— Nanami... Te puedo dar un poco de mi energía espiritual si quieres.

— ¿Qué? — Nanami la miró confundida. —

— Es como donar sangre para nosotros. — Siguió. — Te ves muy mal… Si al menos puedo dejar bien parada a los dioses humanos de los que ya no perteneces, lo haré. — Sonrió arrogante. —

— ¿N-No es peligroso? Ni siquiera Mikage-san puede hacer eso…

— No más de lo que estas en este momento… Así que cállate y relájate.