Lo primero que Harry descubrió al llegar a Nueva York, fue que nadie se equivocó al bautizarla cómo: "la ciudad que nunca duerme".
Luego de insistir durante horas que Draco le contara qué quería, qué iba a lograr con Harry empacando y siguiéndolo a través de los continentes y sin conseguir absolutamente nada, se había rendido y nada más lo siguió al aeropuerto.
Draco se marchó del apartamento con lentes de sol y una peluca (sí, una peluca) de color negro, y Harry, siguiendo su ejemplo, se había puesto una gorra que cubría su frente y sus propios anteojos para la vista, guardando los lentes de contacto en su equipaje.
Tomaron un rápido desayuno en una sucursal del mismo aeropuerto y esperaron a que los llamaran para abordar su vuelo que, sorprendentemente, había sido reservado una semana atrás (aunque Draco no respondió preguntas al respecto, para variar), y Harry durmió todo el trayecto de Londres para así llegar a las diez de la mañana a su destino sin entender absolutamente nada, notando que había una diferencia horaria de cinco horas entre Londres y Nueva York.
Draco reservó una habitación en un hotel bellísimo a un lado del Time Square y Harry además de estar feliz de visitar una ciudad tan llamativa, también estaba feliz al pensar que era un solo cuarto. Uno. Uno solo. Para los dos.
Cuando el botones del hotel se marchó, cerrando la puerta tras de sí, el moreno se tomó unos segundos para echarle un vistazo al lugar, -habían dos camas, sin embargo, detalle que no se le escapó a Harry, y un gran ventanal que mostraba la ciudad bajo sus pies- tratando de controlar los latidos desbocados de su corazón al sentir que se avecinaba algo.
Dios, acababa de seguir a Draco Malfoy a través de un océano solo porque se lo había pedido, por supuesto que se avecinaba algo.
—¿Me vas a decir qué hacemos aquí exactamente Draco, o…? —preguntó Harry evitando su mirada, y tomando su maleta para elegir una de las camas.
Sintió al rubio suspirar a sus espaldas pero no se giró a mirarlo. En cambio, trató de ocultar con todas sus fuerzas la decepción que sentía al saber que no dormirían juntos.
Pero tenía sentido, después de todo. Habían pasado casi ocho meses desde la última vez que compartieron una cama, y ni siquiera habían hablado del beso que se dieron tras bambalinas. No podía esperar que solo porque estuvieran en otro continente todo estaba arreglado.
—Harry… —Draco lo llamó desde su lado, y el moreno se sobresaltó, sin esperar que se acercara a él tan pronto—. Tenemos que hablar.
Harry se volteó con cuidado, y dejó salir un suspiro tembloroso al sentir el aroma de Draco y tenerlo tan cerca. Sus ojos grises, sus labios carnosos… Tragando en seco, se sentó en la cama.
—¿Es sobre el beso…? —preguntó con algo de indecisión, desviando la mirada.
El rubio mantuvo su vista encima de él unos segundos, y luego, con cuidado, tomó asiento a su lado, haciendo que sus rodillas se rozaran y Harry fuera capaz de sentir su calor incluso a través de la ropa.
—No, no. —Draco negó con la cabeza, mordiéndose el labio—. Es sobre… lo que pasó. Y lo que se viene.
Eso hizo que Harry ladeara la cabeza para mirarlo, con una arruga en el entrecejo. ¿Lo que pasó? ¿Y lo que se venía? ¿A qué demonios se refería?
—¿Lo que se viene? —expresó su duda en voz alta.
Draco suspiró, algo tembloroso, y volvió a rehuir de sus ojos verdes.
—Después de la gira. Del tour. Nada volverá a ser lo mismo. Nada —le dijo con seguridad y firmeza—. Y yo… necesitaba esto. Una última vez de ser alguien común y corriente. Pero contigo.
Las traicioneras mariposas que siempre estaban allí cuando Draco se encontraba a su lado, volvieron a atacar a su estómago con fuerza. Trató de reprimir una sonrisa y asintió. El rubio mantenía su expresión seria.
—Está bien… —dijo Harry.
Draco se giró a mirarlo por fin.
—Y para que eso pase, necesitamos conversar —prosiguió, observándolo con intensidad—. No más mentiras. No más secretos entre nosotros.
Aquello fue suficiente para que Harry recapacitara un poco. Su rostro se tiñó con melancolía y trató de separarse.
Así que de eso quería hablar.
—Draco…
Draco alcanzó a tomarlo del brazo para no dejarlo escapar.
—No, escúchame. Estoy harto de esto. Tantos, tantos meses alejado de ti. Restrigiéndome a hacer lo correcto. O absteniéndome de decirte la verdad porque tenía miedo--
Harry negó con la cabeza mientras Draco maldecía por lo bajo, súbitamente vulnerable ante él. El moreno entrelazó sus dedos, queriendo darle a entender que no era necesario hablar, pero el ojigris tomó una respiración honda, y mirando al techo, continuó.
—Tenía miedo de que me traicionaras. Tenía miedo de que después de ver cómo era y lo que me había pasado, hubieras pensado que no valía la pena--
—Yo jamás pensaría algo así de ti —interrumpió Harry con una fiereza que le parecía extraño poseer.
Los ojos grises de Draco volvieron a su rostro, y el azabache se encargó de impregnar sus facciones con determinación, asegurando sus palabras con otro apretón de manos. Esta vez, el rubio se lo devolvió.
—Bueno —pronunció Draco con lentitud—. Pero… tenía miedo, Harry. No te di lo suficiente--
—Eso no es así-- —comenzó a interrumpir tercamente Harry, negando con la cabeza.
—¡Es la verdad! —Saltó Draco desde su lugar, girándose para encararlo. Harry se sorprendió un segundo—. No te di lo necesario, ni lo suficiente. Creí que sí. Creí que te lo había dado todo, todo lo que podía. Creí que había depositado en ti mi confianza y mi vulnerabilidad de una forma que no lo había hecho con nadie. Pero no fue así. —Cerró los ojos, cómo si le causara un dolor terrible admitir eso, y a lo único que Harry atinó fue a seguir negando con la cabeza, mientras se acercaba a él—. Te di lo mínimo. Te di lo mínimo para no salir herido. Y mira eso dónde nos dejó.
El pelinegro se mordió la lengua para no gritarle que no fuera tan ingenuo, pero se contuvo. Subió su mano libre hasta la cara de Draco y pasó un mechón de su cabello tras su oreja, reposando su palma encima de su mejilla.
—No es tu culpa —murmuró con tranquilidad. El rubio abrió los ojos, solo para mirarle con la incredulidad escrita en todo su rostro—. No lo es, Draco. Yo debí haber hecho más. Debí haberte preguntado, joder. Debí haber hablado contigo esa noche. Es solo que…
Fue su turno de cerrar los ojos y girar la cabeza.
¿De verdad iba a hacer esto? Hablarle abiertamente sobre lo que habían sentido esa noche.
Ya se habían pedido disculpas. ¿No podía quedar solo allí, y seguir adelante?
Mordiendo sus labios, y tratando de evadir el tema, volvió a ver a Draco.
Y entonces su mirada volvió a encontrar la gris y supo que tenía que hacerlo.
Dios.
—Me consumió —confesó, con una voz pequeña—. No podía concebir el hecho de que te hayas fijado en mí. Mi cerebro no podía entender qué hacía alguien como tú conmigo. Y cuando pasó lo de ese chico… yo solo podía pensar que era lógico. Era lo lógico, ¿no? Que hubiera alguien más. Alguien mejor.
—Harry… —intentó interceder Draco, pero Harry lo detuvo.
Tomó la mano del rubio y la llevó hasta sus labios, para dejar un casto beso en sus nudillos. Sintió los orbes ajenos encima suyo todo el tiempo, silenciosos, pero se rehusó a observar la expresión que debía tener Draco en el rostro. Aún con sus dedos entrelazados, tomó su mano y la depositó encima de su pecho, respirando hondamente para confesar. Para serle totalmente franco.
—No es que no confiara en ti, Draco —susurró Harry—. Es que no confiaba en mí mismo.
Una larga mano con unos cuantos anillos estuvo encima de la piel de su mejilla de inmediato y el ojiverde se dejó caer en ella, cerrando los ojos, agradeciendo su confort, demasiado avergonzado para mirarlo.
—Aún no lo hago —dijo de nuevo, tímidamente.
Oyó cómo Draco chasqueaba la lengua y se acomodaba aún más cerca suyo, juntando sus frentes.
—Pero yo tuve culpa de eso —afirmó el rubio con pesadez—. Yo no ayudé a que pudieras al menos tener la certeza de que te quería. —Tomó aire—. Que te sigo queriendo.
Harry se apresuró en negar, abriendo los párpados y tomando también el costado de su cara.
—No, no. No lo entiendes. —Harry habló con voz áspera—. Aunque te hubieras abierto a mí. Aunque hubieras hecho todo lo que deseaba. Todo lo que necesitaba. Aún así habría encontrado una forma, Draco. Una excusa para pensar que no me querías.
Entonces, el aliento del hombre chocó contra su boca y sintió el irrefrenable impulso de besarlo. De besarlo y no parar y dejar las conversaciones incómodas.
Aunque este se le adelantó.
No fue un beso propiamente tal. Nada más que un roce. Pero Harry se sintió como en el octavo cielo y más allá. En un abrir y cerrar de ojos, Draco ya se había separado de él y se había acurrucado en su pecho, algo doblado por la posición. Harry lo abrazó con fuerza.
—Estamos un poco jodidos, ¿no? —intentó bromear él.
Harry esbozó una sonrisa triste.
—Más que jodidos.
Sintió cómo la respiración de Draco se hizo un poco más pesada durante unos momentos y el azabache supo casi de inmediato que quería decir algo, así que se mantuvo en silencio, pasando la palma por encima de su espalda y esperando.
—Me he arrepentido de pocas cosas en la vida, Harry —murmuró Draco al cabo de unos segundos contra su ropa, y Harry sonrió un poco al saber que tenía razón—. Pero de la que más me arrepiento es de haber dado media vuelta esa noche y haberme ido sin mirar atrás.
Un ramalazo de dolor pasó por su pecho, pero lo acalló rápidamente, siendo consciente de que Draco estaba ahí, y estaba a su lado. Que eso ya había pasado.
Su agarre se hizo un poco más fuerte, más desesperado.
—Y yo me arrepiento de haberte dejado marchar.
Draco se despegó de él para poder mirarle a los ojos y Harry bajó la mirada. Su iris brillaba, y aunque aún había un poco de tristeza presente, se notaba que las palabras del moreno habían hecho efecto. Harry se acercó, para cepillar sus narices juntas y habló casi encima de su boca.
—Pero fue para mejor, ¿sabes?
Draco frunció el ceño confundido, mientras el azabache se alejaba, y entonces, el rubio soltaba una risita débil. Harry se permitió sonreír también.
—He vivido en el literal infierno. No veo cómo pueda ser para mejor —dijo él, aunque sonaba algo divertido.
Para Harry no lo era.
Ah, volviendo a temas serios tan rápido.
Draco también sintió el cambio de tema, tornándose súbitamente serio.
El pelinegro se removió incómodo en su lugar, mordiéndose el interior de la mejilla. Dios, cómo odiaba ese tipo de conversaciones.
—Ese día… —comenzó tentativamente, pasando saliva—. Aunque nos hubiésemos reconciliado, nuestros problemas no se hubieran ido, y quizás nos estallarían en la cara luego, de una peor forma —explicó con calma, lo que recordaba que su psicóloga le había dicho—. A mí me sirvió, me sirvió para poner las cosas en perspectiva.
Se encogió levemente de hombros, aún viendo a Draco a la cara. El rubio se le quedó mirando unos segundos más, un poco inexpresivo, y entonces asintió, suspirando.
—A mi también —admitió de mala gana.
Si hay algo que nunca dejaría de ser, era rabioso. Harry se rió, cambiando en su lugar para depositar un dulce beso en la mejilla que Draco fingió limpiarse, aunque se sonrojó.
Luego de unos segundos, volvió a ponerse serio.
—Entonces… —le dijo, dubitativo—. Vamos a hablar. De verdad. No más mentiras--
—¿Qué?
Fue un impulso interrumpirlo. Harry había estado seguro de que eso era todo. Que allí se acababa la charla, pero había más.
Por supuesto que había más.
Draco se veía tan incómodo como él, y nuevamente evitó su mirada mientras hablaba.
—Mi nombre es Draco Lucius Malfoy. Tengo veintitres años. En menos de un mes me gradúo en Música con mención en pedagogía--
—Draco, ¿de verdad? —lo cortó Harry con algo de incredulidad, entendiendo lo que quería hacer.
¿Realmente se iba a poner a contarle la historia de su vida?
—Mi padre se llama Lucius Abraxas Malfoy y mi madre Narcissa Lyra Malfoy…
Aparentemente sí.
—¿Cuál es el problema con tu familia y sus nombres raros? —preguntó para sí mismo, aún atontado.
Draco no le prestó atención.
—Soy gay, y lo descubrí a los trece luego de que uno de los chicos de cursos mayores de mi colegio se puso de novio con otra chica y a mí me sentó como patada en el estómago--
—Draco —lo paró Harry, mareado—. Esto no es necesario. De verdad.
El ojigris volvió a removerse y a asentir, intentando encontrar la posición en la que estaban antes de separarse. Su rostro enterrado en su pecho, sus manos alrededor de su cintura. Solo que esa vez, Draco subió sus piernas arriba de la cama, sin importarle que tuviera los zapatos puestos.
Wow. Debía ser en serio si no le importaba manchar el cobertor.
—Lo sé —dijo él con voz débil—. Pero quiero hacerlo.
Harry se preguntó si valía la pena pelear una batalla que iba a perder. No lograría convencer a Draco de que eso no era necesario, lo sabía, y quizás terminarían peleando y volviendo al tema de la confianza y sinceramente Harry no tenía los ánimos para eso, así que simplemente se conformó con apoyar su mejilla en la coronilla de la cabeza rubia y esperar.
Draco tomó una larga y profunda respiración.
—Mi padre encontró unas revistas y un cancionero debajo de mi cama con obvias referencias e imágenes de chicos y decidió mandarme a terapia para curarme lo "gay" —prosiguió, en un tono aún más bajo.
—Draco… —dijo Harry, con la rabia comenzando a bullir en sus venas.
Draco negó rápidamente, y se apretó más a él. Harry se obligó a tranquilizarse, apretando los puños de sus manos y contando hasta diez. Draco quería terminar pronto, si juzgaba lo rápido que hablaba, y él iba a intentar respetar su deseo.
—De alguna forma, los rumores llegaron a mi colegio y eran cada vez peores y más crueles, hasta que Crabbe se enteró de ellos y comenzó a sembrarlos también, pasando información real a la gente que quería hacerme daño, gracias a su padre, que era "amigo" del mío —soltó Draco con especial amargura, y Harry recordó como hacía mucho tiempo le había contado que Crabbe era su mejor amigo, que eran inseparables junto a Goyle, y tal como aquella vez, Harry sentía un odio intenso quemarle por dentro—. Entonces ahí fue cuando Lucius no se contentó con la terapia y me obligó a ir a ver prostitutas en vivo, pagarle a algunas para que me hicieran "hombre" y salir con mujeres para aparentar. Repetidas veces.
Todo pensamiento racional lo abandonó, y tembló de rabia.
Iba a matar a Lucius Malfoy. Lo iba a asesinar con sus propias manos hasta el punto de que ya no quedara nada de él y fuera irreconocible para nadie. Lo juraba. Hijo de puta. Le deseaba todo el mal que existiera en el jodido--
—Quise matarme más de alguna vez —susurró Draco, ajeno a sus pensamientos asesinos y Harry se obligó a retornar su atención a él—. Pero nunca encontré el valor, ¿sabes? Siempre fui un cobarde.
—No digas eso —le dijo Harry con firmeza, abrazándolo más fuerte. Quería matar también a todo aquel que llegó a hacerle pensar que Draco era un cobarde—. No vuelvas a decir eso de ti. No eres cobarde. Eres fuerte. Eres una de las personas más fuertes que he conocido. Te quedaste aquí, Draco. Te quedaste a sobrevivir y saliste adelante y ahora eres una persona amada y exitosa —pronunció cada palabra con una determinación ciega—. Ese fue un acto de valentía. No vuelvas a hablar así de ti.
Draco solo enterró más la cabeza en su ropa y respiró un par de veces, intentando controlar su respiración. Harry lo imitó, seguro de que perdería el control en cualquier momento si no se calmaba.
—Cuando me gradué y volví a casa —volvió a hablar, algo más recuperado—, la noticia con la que me recibieron era que estaba comprometido. Con mi prima.
Draco soltó una risa algo amarga y Harry recordó cómo se lo había mencionado meses atrás, y como ellos mismos habían bromeado sobre ser primos lejanos. Por alguna razón, en ese momento no parecía tan serio cómo ahora.
—Ahí fue cuando escapé —murmuró el rubio en tono ausente.
Dios. ¿Cuántos años tenía cuando lo hizo? ¿Diecisiete? ¿Dieciocho? Era un niño recién. Un niño que estaba comenzando a vivir.
Bueno, no es como si ellos fueran tan viejos tampoco, pero Harry podía decir que ciertamente era diez veces más maduro ahora, de lo que fue a los dieciocho.
—No lo pensé —continuó Draco—. Simplemente un día me levanté y me dije que no podía quedarme allí. Que me iba a terminar ahogando. Me escabullí en la noche en cada salón costoso que pudieras imaginarte y me llevé todo lo que a mis ojos tuviera un mínimo de valor. —Lo sintió sonreír—. Y me fui.
Harry se dobló para depositar un beso largo y concienzudo en su frente. Diciéndole sin palabras lo que quería expresarle.
Estoy orgulloso de ti.
—Alcancé a retirar bastante dinero de mi cuenta bancaria antes de que Lucius notara mi ausencia en la Mansión y la cancelara. Así pagué mi primer año de carrera —dijo, algo más liviano que antes. Harry suponía que no debía ser fácil hablar de sus años de adolescencia—. Y así también llegué a conocer a Marcus.
Entonces un peso helado se instaló en el fondo de su estómago ante ese nombre.
Harry era una persona celosa de por sí, muy celosa. Y sabía que si lo demás no le había gustado, aquella parte tampoco sería la excepción.
—Marcus era el tipo que me rentaba el otro lugar —confesó Draco, encogiéndose de hombros, y el nudo del estómago se le hizo más intenso. No, definitivamente no le iba a gustar nada lo que estaba a punto de escuchar —. Es algo así como ¿mi ex? No lo sé. Nunca tuve una relación seria, no antes de ti. —Sonrió ante esas palabras, no pudo evitarlo. Solo alguien como Draco podía hacerle esbozar una sonrisa en un momento así, aunque no le duró mucho—. Pero él fue con el que duré más tiempo teniendo cogidas ocasionales. Pero no porque me gustara tanto, o porque era siquiera un buen polvo.
Ahí fue cuando Harry lo supo, y se tuvo que morder la lengua con todas las fuerzas para no gritar de la rabia.
—Nos acostábamos a cambio de que no me cobrara la renta.
El azabache se separó al obtener la confirmación que imaginaba, y buscó sus ojos. Se sentía enfadado--vamos, se sentía enfurecido, aunque sabía que no tenía la autoridad para reclamar algo que sucedía antes de siquiera conocerlo a él. Pero había algo acerca de un hombre pidiéndole a Draco su cuerpo a cambio de la puta renta que no le sentaba bien. No le sentaba bien en lo absoluto. Porque si no exigía dinero, quería decir que no lo necesitaba.
Una persona decente lo habría ayudado sin recibir nada a cambio.
No habría hecho eso.
—No es así, Harry. No me mires así. No es como si me obligara, y no es como si me la pasara mal con él. A mis ojos, era ganar y ganar —dijo Draco casi con tono suplicante, mordiéndose el labio—. Solo que… no sé.
Harry respiró hondo tres veces para calmarse, y cerró los ojos, recordando las veces que ese tema había sido tocado y cómo Draco se había mostrado tan renuente a hablarlo. Le daba vergüenza. Podía sentir como emanaba en cada poro de su ser. Así que volvió a dejar un beso en la frente, intentando dejarle en claro que no estaba molesto con él.
—Cuando te emborrachaste, esa primera vez, cuando ni nos conocíamos, mencionaste que él te obligaba… —murmuró Harry, temblando de rabia.
Y de algo de miedo.
No sabía de qué se vería capaz de hacer si lo que creía era verdad.
—Nunca me obligó —aclaró rápido Draco, horrorizado y Harry sintió cómo sus pulmones volvían a llenarse de aire—. No de verdad. Tampoco me insistía demasiado. Si yo quería, podía parar cuando le dijera que no. Es solo que… —Volvió a parar, mordiéndose el labio—. Me sentía ¿en deuda? O sea, después de todo, él me estaba haciendo un favor.
—No —dijo Harry con firmeza.
Draco se estremeció bajo su agarre.
—Harry…
—No, Draco —volvió a decirle con fuerza—. No son mis celos hablando. Él no te estaba haciendo ningún favor. Pudo haberte ayudado sin pedir nada a cambio, y él--
—No quiero hablar de eso —interrumpió Draco con una nota suplicante y Harry se calló de inmediato, aún cabreado—. No estoy tratando de… ocultarlo, o desviar la atención--bueno, sí, un poco. Pero real, realmente, no es un tema en el que me gusta pensar y mi terapeuta ya me da demasiados dolores de cabeza al respecto.
Harry se obligó a relajar sus hombros y enfocarse en el cambio de tema. Bien. Draco ya no quería hablar más de eso. No iba a insistir. No iba a empujar. Ya era un sacrificio lo bastante grande el hablar de su pasado. No podía pedirle más.
Solo lo iba a apoyar.
Dejó otro beso en su frente.
—¿Cómo vas con eso? —preguntó con forzada suavidad.
—Mejor —respondió Draco automáticamente, pero luego dudó—. Mejor de lo que esperaba.
Estaban siendo increíblemente sinceros en ese momento. Tanto, que a Harry le parecía un poco extraño.
Sabiendo que no lo podía ver, asintió, y retomó sus caricias en la espalda, tratando de calmar la agitada respiración del rubio.
—Ese día —dijo Draco abruptamente luego de unos segundos, y Harry se detuvo de golpe, un poco confundido—, me imagino que sabía que con alcohol en el cuerpo era más probable que accediera y no opusiera resistencia. Y no quería. Además…
Ah, volvían a hablar del cerdo de su ex.
Harry, nuevamente, hizo lo posible por batallar en contra del grito de exasperación y rabia que quería salir de su garganta.
—¿Además? —decidió preguntar finalmente.
—Me gustabas tú —confesó Draco con timidez—. Me gustaste desde el primer momento en que te vi. —La respiración de Harry se había atascado en su garganta y estaba seguro de que su cerebro acababa de hacer cortocircuito. Draco siguió hablando, indiferente a sus sentimientos—. No recuerdo qué dije esa noche en específico, pero sí sé que no quería despedirme de ti.
Ahí estaba, el pulso enloquecido y ese revoltijo en sus entrañas. Una sonrisa bobalicona se abrió paso por su rostro y tomó la barbilla de Draco, dejando otro de sus castos y cortos besos, tomándolo por sorpresa.
—No lo sabía —le dijo, con una tonta felicidad.
—Me encargué de que fuera así. —Draco se encogió de hombros, algo atontado por el beso. Sacudió la cabeza—. Me encargué de enterrar lo más profundo que podía lo que estaba sintiendo, hasta el punto que, cuando realmente vi que me correspondías, que sentías lo mismo, yo era incapaz de mostrarte lo mucho que me gustabas. Lo mucho que deseaba que funcionáramos.
El azabache sintió nuevamente ese ramalazo de melancolía al escucharlo hablar.
Dios, si tan solo hubieran hablado.
—La primera… —siguió Draco, nervioso—. La primera vez que nos besamos, fue… Dios, Harry. No te imaginas cómo fue para mí. Creía que eras inalcanzable. Alguien que jamás en la maldita vida podría tener. Y ahí estabas…
Harry lo sostuvo como si se le fuera la vida en eso.
—Aquí estoy.
Ahí fue cuando Draco volvió a subir la cabeza para atrapar los labios ajenos entre los suyos.
Besaba tal y como recordaba. Se sentía incluso mejor. Las explosiones de su interior no se hacían esperar, mientras Draco delineaba su labio inferior con la lengua y luego lo mordía, con vehemencia y ternura.
Era extraño, si se paraba a pensar, en lo rápido que habían vuelto a caer en la rutina, y cómo no parecía extraño. En lo absoluto extraño, o incómodo. Besar a Draco era cómo caminar, comer o respirar. Algo natural y necesario.
Cuando se separaron, Harry dio un último mordisco a su labio inferior y depositó un pequeño beso, acariciando su cabello de forma inconsciente, intentando calmarse para así poder continuar.
Debían quedar mano a mano.
—Bueno… supongo... —Empezó a decir, sin atreverse a mirarlo a la cara, a pesar de que sentía su respiración encima de su boca—. Que lo justo es que haga lo mismo--
—Eso sí que no es necesario —lo cortó Draco al instante—. No lo necesito, Harry. No necesito--
—Lo sé. —Fue su turno de interrumpir, alejándose, hasta quedar a unos centímetros considerables de distancia. Suspiró hondo—. Pero quiero que no tengas lugar a dudas que confío en ti. Confío en que seas la primera persona que lo sepa absolutamente todo.
Por alguna razón, eso hizo que la réplica ácida que Draco tenía en la punta de la lengua no fuera dicha. En los ojos grises pasó una sombra de curiosidad, y de miedo y Harry cada vez se sentía menos seguro de decir lo que tenía que decir.
Pero lo haría, porque Draco había confiado en él y era su turno de confiar en Draco.
Se aclaró la garganta.
—Mis padres murieron, ¿no? Eso ya lo sabías. —Tragó en seco, rascándose la parte posterior de la cabeza—. Mi madre fue siempre la más lista de la familia. La más guapa. La mejor en todo lo que hacía. Y eso, eh… creo que a Petunia, mi tía, no le gustaba. O sea, nunca me lo dijo, pero uhm, hago mis conclusiones, supongo. Por las cosas que me decía.
Harry había girado nuevamente su cuerpo hacia al frente, aunque Draco aún lo tenía agarrado por la cintura, y hablaba sin mirarlo. No soportaría ver lástima en su expresión cuando acabara, aunque era lo más probable. No quería que Draco sintiera pena por él. Realmente no.
—La verdad no sé qué hacían de mí cuando era muy pequeño —prosiguió por lo bajo—. Pero si recuerdo que cuando lloraba, nunca nadie atendió mis llamados. Y cuando lo hacían, era para gritarme o golpearme para que me callara.
Ah, ahí estaba la primera reacción. Draco se sobresaltó en su lugar, con expresión algo sorprendida. Harry volvió a apartar la mirada, tratando de terminar rápido.
—Nunca tuve ropa propia. Mi primo, que era tres veces más que yo y como diez tallas más grande, era el que me pasaba la ropa vieja. —Se encogió de hombros fingiendo indiferencia—. Además, los problemas de visión nacieron por--bueno nacieron por culpa de ellos y empeoraron con el tiempo porque nunca me llevaron al oculista, a obtener unos lentes apropiados para mí.
El agarre de su cintura comenzaba a hacerse algo más intenso, pero sin embargo, Draco no había pronunciado palabra.
—Hasta que comencé el preescolar no tenía idea de cuál era mi nombre —continuó Harry, tiñendo su voz de neutralidad—. O si tenía uno siquiera. Porque nunca me llamaban por él. Uhm, siempre era "chico". "Chico, lava tu ropa. Chico, tráeme el periódico. Chico, hazme el desayuno".
El cuerpo entero de Draco se tensó.
—¿Hazme… el desayuno…? —preguntó lentamente.
—Sí —respondió el moreno—. Les hacía el desayuno a todos, y si quedaban sobras comía yo. Si no, no —esbozó una sonrisa carente de diversión—. Tío Vernon y Dudley, mi primo, pesaban lo mismo que una ballena azul, así que eso no siempre era posible.
Draco se giró a mirarlo, y, mientras Harry mantenía la vista en sus pies, pudo notar cómo las manos del rubio estaban formando puños alrededor de su ropa. Parpadeó un par de veces, nivelando su respiración y preparándose para continuar.
Draco fue más rápido.
—Dios mío, Harry. No entiendes la puta rabia que siento en estos momentos.
Al parecer, creía que su relato había llegado a su fin, por la forma en la que se había vuelto a reacomodar en su pecho.
Tenía sentido. Lo que había contado ya era lo suficientemente terrible, ¿no? Harry tragó en seco, apretando la mandíbula.
—Debería dejar de contarte más, entonces —susurró.
Draco levantó la cabeza en una décima de segundo.
—¡¿Hay más?!
El silencio de Harry fue respuesta suficiente.
—Dios. Dios. Dios. No puedo creer esta mierda. No puedo.
Draco intentó levantarse para poder mirarlo a la cara, pero Harry lo mantuvo firme en su lugar. Sentía como la garganta comenzaba a cerrarse y no quería que le viera llorar. Era demasiado humillante.
—Lo siento--
—¿Por qué? —espetó Draco, con preocupación y brusquedad—. ¿Por qué te disculpas?
—No lo sé —susurró.
Harry cerró los ojos, mientras sentía cómo Draco metía las manos bajo su camiseta y comenzaba a trazar círculos en su espalda. El moreno dio un escalofrío ante el contacto, y el intento de consuelo del hombre. Tragó, intentando disolver el nudo de su garganta y esperó.
Se sentía incapaz de hablar.
—Tú no tienes la culpa de nada. De absolutamente nada, Harry —dijo Draco con ira reprimida. Él volvió a temblar—. Todo lo que te hicieron esos monstruos recae en ellos y espero que los atropelle un puto tren y agonicen hasta el último jodido día de sus jodidas vidas. —El tono teñido de auténtica rabia hizo que Harry abriera los ojos, inquieto—. Se supone que he aprendido que la venganza no es algo que está bien, si miro a mis padres, pero en serio, en serio estoy considerando hacer que sus muertes parezcan un puto accidente.
—No, Draco…
No sabía porqué estaba intentando detenerlo. Él mismo quería a veces cobrar venganza por lo que le habían hecho. Pero que Draco fuera el que lo estuviera diciendo no le agradaba. Lo hacía sentir peor. Más indefenso. Más vulnerable.
—¿Qué más? —dijo con una voz baja y peligrosa.
Harry negó con la cabeza. Sentía que el pasado lo iba a comer vivo. Jamás le había dicho absolutamente todo a nadie. Quizás a Molly. Pero de todas formas no era lo mismo, y quería que el sentimiento, ese de agobio y desesperación que se había plantado en su pecho, se fuera ya.
—No… —murmuró.
Draco lo apretó más contra sí.
—¿No quieres hablar de eso? —preguntó con delicadeza.
Harry se obligó a soltar el aire que estaba conteniendo y a contar mentalmente hasta diez y lo pensó. Lo pensó bien.
No, tenía que hacerlo. Tenía que decirle a Draco toda la verdad. Ya habían sacado el tema. Tenía que ser valiente por una vez en su maldita vida y hablarlo. Draco se merecía ese voto de confianza y él no podía ya echarse hacia atrás.
Enterró la cabeza en el cabello rubio y respiró su aroma.
—Te dije que te lo contaría —habló contra los mechones de pelo—. Dije que--
—Harry. Por favor. —Negó Draco—. No quiero hacerte daño. No quiero hacerte sufrir--
—No, no.
Harry volvió a envolver el delgado cuerpo bajo sus brazos y suspiró por centésima vez. Draco parecía a punto de replicar, así que se apresuró a continuar y terminar lo más rápido posible.
—Dudley, mi primo, él… lo criaron para creerse mejor que todos. Mejor que yo. Todo era para Dudley —siguió, como si nada, haciendo memoria—. Recuerdo que en Navidad siempre le daban más de veinte regalos y a mí me daban centavos o cosas que recogían del suelo —soltó con un poco más de amargura de la que quería—. Y él, bueno, me perseguía en el colegio y me golpeaba. Así es como conseguí mi cicatriz…
Ya se lo había dicho a Draco, bastantes meses atrás. Así que, si cómo se revolvió bajo su agarre demostraba que él también se acordaba, no se sorprendió.
—Recuerdo que una vez, mintió a sus padres diciendo que en la escuela le habían regañado a él por mi cabello (que siempre ha sido un jodido desastre), y ese día tía Petunia me cortó todo con una brusquedad que hasta el día de hoy recuerdo. Y mi cabeza… —comentó, en un tono un tanto ausente. Recordaba perfectamente ese día. Cómo le había quedado doliendo el cuero cabelludo. Cómo había llorado al verse en el espejo—. La maestra tuvo que raparme los machetes de pelo que quedaban en el colegio, y cuando le preguntaron a los Dursleys qué pasó, dijeron que lo había hecho yo solo, antes de ir a clases ese día.
Sintió a Draco temblar de rabia, y cuando habló, su voz sonó cargada de odio, como Harry jamás la había escuchado.
—Qué hijos de la re mil puta.
El moreno pasó saliva, súbitamente conmocionado por la emoción de escuchar a Draco tan enojado. Se aclaró la garganta, intentando disipar cualquier pensamiento para seguir.
—Poco después de que me dieran un cuarto--
—Espera —interrumpió Draco casi al instante—. ¿A qué te refieres con que "que te dieran un cuarto"?
Oh no.
Esto era justo lo que no quería decir. Al punto al que no quería llegar. El que pensaba que podía evitar. No, no, no, no.
Odiaba esto. Odiaba que lo miraran con pena. Odiaba recordar ese lugar oscuro vacío, lleno de polvo y arañas y olor a muerte.
Parpadeó para ahuyentar las lágrimas de sus ojos.
—Hasta los doce años viví en la alacena bajo las escaleras.
A pesar de que intentó, no pudo detener a Draco cuando se levantó y quiso mirarlo a los ojos. Harry cerró los suyos por inercia y tragó, esperando que el bochorno se pasara. Que la vergüenza se fuera.
¿Cómo lo miraría ahora? ¿Qué pensaría de él, luego de que pasó toda su infancia dentro de un cuarto oscuro como ese?
Era un bicho raro.
—Dios mío… —lo oyó susurrar.
Harry quiso acabar con el tema cuanto antes. No soportaba escuchar la indignación. Ni soportaría oír lo que Drco tenía para decir.
—Por eso creo que se me jodió la visión, ¿sabes? Ahí no había casi nada de luz, y tenía que forzar la vista. —Parpadeó inconscientemente—. También creo que por eso no crecí más. No me alimentaba bien, y bueno, no tenía un buen ambiente para desarrollarme.
Draco tomó los lados de su cara en un movimiento brusco, y cuando Harry finalmente lo miró de frente, trató de rehuir sus ojos. La barbilla de Draco temblaba y tenía un aire peligroso que le costaba relacionar con él.
—Harry es que tú no entiendes las ganas que tengo de matarlos ahora mismo —siseó entre dientes—. ¡Eras un niño! ¡Ni siquiera cambiabas la voz! ¡Eras un puto niño!
Harry se removió en su lugar al escuchar cómo la voz se le quebraba al final. Draco estaba frenético y por alguna razón eso le hacía sentir inmensamente culpable.
—Draco, por favor, no--
—No es lástima, Harry —lo interrumpió, aunque Harry no había pensado siquiera en ese sentimiento. Desvió sus ojos verdes al piso, mientras el rubio lo sujetaba y hablaba—. Si estoy así es porque me importas. Me importas más que nadie en este mugroso mundo. Te quiero tanto que no puedo soportar la idea de alguien dañándote. A ti. Eres la persona más maravillosa que ha pisado la puta tierra y me sorprende cómo luego de lo que has pasado te las has arreglado para ser un humano decente y bueno y honorable, y simplemente extraordinario. Y quiero ir a la casa de esos hijos de la gran puta y matarlos uno a uno a sangre fría por lo que te hicieron. Porque no lo mereces.
La visión de Harry se nubló, y levantó sus manos para ponerlas encima de las ajenas y sacarlas de encima suyo. Alejarse. Huir. Era demasiado abrumador.
—Basta… —imploró en voz baja.
Draco volvió a apoyar sus frentes y Harry se obligó a cerrar los ojos para no dejar escapar las lágrimas.
—Te mereces el jodido mundo, Harry.
Entonces, volvió a besarlo.
El beso esta vez fue menos intenso, menos posesivo y desesperado. Estaba destinado a curar, a mostrar afecto, a mostrar apoyo. Los labios de Draco se movían con suavidad encima de los de Harry y Harry se permitió dejarse perder en ese beso. En dejarse ayudar a llevar la carga bajo sus hombros.
—Mientras yo viva —dijo Draco sin separarse por completo—, jamás nadie volverá a ponerte un dedo encima. Jamás.
Harry siguió besándolo, intentando deshacerse de la presión de su estómago.
—No quiero seguir hablando de esto… —murmuró contra su boca.
Draco dejó un último beso, y se enderezó, sentándose de una forma en la que su frente quedaba apoyada en el hombro de Harry, y sus brazos abrazaban su cuello.
—Está bien —concedió, y luego de unos segundos de silencio decidió volver a hablar—. Pero lo digo en serio. Harry, de verdad. Preferiría morir antes de ver cómo algo malo te pasara. Verte sufrir.
Oh, Dios. De verdad no quería seguir hablando de eso.
Harry apoyó su mejilla contra la ajena, y volvió a tirarlo en un abrazo.
—Lo sé.
No supo cuánto tiempo se pasaron así, nada más sintiendo al otro respirar. Y a pesar de que no le agradaba el tópico o siquiera hablar de su pasado, sí que sentía como una carga era levantada de sus hombros, y era reemplazada por un cálido sentimiento en su pecho.
Porque Draco finalmente estaba ahí.
Aquel día solo salieron a comer pizza neoyorquina que Harry insistía que le daría dolor estomacal y luego volvieron a su cuarto a ducharse. El moreno no se sentía aún con la capacidad o la intención de hacer algo sexual, así que nada más le hizo espacio en la cama de una plaza y media y se recostaron juntos, abrazados, y conversando sobre lo que se les venía encima.
En algún punto ambos se durmieron, con la ropa puesta y aún apretados contra el otro y para cuando Harry se despertó, decidió que era una buena idea llevarles comida al cuarto y aprovechó también de preguntar por indicaciones, para llevar a Draco a un lugar bonito en los próximos días.
Antes de salir y darle una última mirada a su cabello rubio esparcido por la almohada, se preguntó si así no podía ser su vida de ahora en adelante.
También, se aseguró de que el rubio no se espantara al despertar solo, así que dejó una servilleta a un lado de su cama.
Una servilleta que decía:
Ya vuelvo. Te quiero.
Harry.
•••
Una de las primeras cosas que Draco sugirió al siguiente día fue irse de fiesta. Claro, ¿cómo no? Harry sentía que había salido de fiesta más veces en el último año que en lo que llevaba de vida.
Para su sorpresa, (o no tanto, la verdad), el destino fue un club gay a quince minutos de su hotel.
Harry dejó que Draco lo peinara para ocultar su cicatriz, y ambos se pusieron lentes de sol para que su rostro se hiciera irreconocible, junto con sacarse los piercings de cara.
Aunque, pronto descubrieron, que no era una necesidad.
En Nueva York nadie te daba dos miradas de más a no ser que fuera estrictamente necesario. Eran las ocho de la noche cuando salieron, las calles continuaban repletas y las vestimentas de la gente se hacían cada vez más y más locas mientras llegaban a la zona. Harry incluso, al ver al resto de las personas haciéndolo sin importarles nada, tomó la mano de Draco y nadie les prestó atención, haciendo que este último dejara su nerviosismo y le correspondiera con una sonrisa.
Cuando llegaron al fin, lo primero que hicieron al recibirlos fue darles un cumplido algo subido de tono por sus acentos ingleses y Harry se sorprendió un poco por el descaro americano.
Pobre criatura.
Nada lo preparó para lo que vería dentro.
En el trayecto, Harry realmente estaba preocupado de que alguien los reconociera y dentro del bar, creía que sería peor. Después de todo, era un espacio cerrado y pequeño. Las probabilidades de que alguien supiera que eran parte de una banda famosa en Inglaterra se suponía que debían ser altas.
Pero, joder… ¿Quién les prestaría atención a ellos cuando había, literalmente, hombres con nada más que una pura tanga encima, bailando dentro de jaulas?
La respuesta simple y rápida era: nadie.
Todos coqueteaban con todos, y la diversidad de gente que existía shockeó muchísimo a Harry. Más que la primera vez que fue a un bar gay. Al menos en este momento tenía a Draco para apoyarse, quién parecía estar igual de conmocionado mirando el espectáculo que tenían enfrente.
—Ven, vamos a tomar algo —le dijo, jalándolo de la mano. Harry se dejó llevar dócilmente hacia la barra.
No pasó mucho antes de que estallaran en risas por los nervios y les sirvieran bebidas exóticas y llenas de alcohol. Harry se recargó en Draco, dejando su cabeza en su hombro y éste le pasó el brazo por los hombros, mientras miraban cómo se desarrollaba la escena frente a ellos.
—Estás loco —dijo Harry, con diversión, refiriéndose a llevarlo hasta allí, y tomando un sorbo de su vaso.
Draco dejó un beso en su mejilla.
—Por ti, sí.
A pesar de que era visiblemente notorio de que iban juntos, y Harry no se esperaba ningún tercero, durante la noche si se le acercaron al menos tres personas a ofrecerles propuestas indecentes que Draco se veía forzado a declinar porque Harry sentía que perdía el habla cada que se los decían, del puro horror. Y los celos, obviamente.
Llegó un punto en el que se puso a besuquear a Draco al medio de la pista para dejarle claro a todo el mundo que estaba con él y solo con él.
No supo cuánto tiempo se quedaron. Harry solo supo que tomó bastante, que el mundo no paraba de darle vueltas y que se sentía rebosante tanto en felicidad, como en pensamientos adormecidos por el alcohol, cuando salieron nuevamente a la calle.
El clima en Manhattan era un poco más cálido que en Londres, por lo que no necesitaron volver a ponerse las chaquetas una vez que estuvieron fuera, pero de todas formas Harry se acercó al costado de Draco y se acurrucó contra él en busca de calor humano.
—¿Sa-bes qué deberíamous hacer? —dijo Draco, arrastrando las palabras porque iba un poco borracho.
Por alguna razón, Harry se rió.
Sí, iba borracho también.
—¿Qué? —preguntó con emoción, levantando la cabeza para mirarlo con ojos expectantes.
Draco le sonrió de vuelta. Una sonrisa traviesa.
—Hacernos un tatuaje.
De todas las cosas que estaba esperando, esa no era una de ellas.
—¡¿Qué?!
Draco se rió de su exabrupto y volvió a abrazarlo en contra de su cuerpo. Algunas personas que iban pasando por ahí los miraron fugazmente, pero el ruido de sus voces no se comparaba con el de la música o las conversaciones del resto de personas en las aceras.
Harry aún se sentía en shock, siendo arrastrado por Draco por la mera inercia.
—¡Siempre he querido uno! —exclamó él.
—Estás loco. —El moreno negó con la cabeza—. ¡No me voy a hacer un tatuaje de la na-da!
Draco giró la cabeza hacia él, con una ceja ebria alzada.
—Acaso tienes… ¿miedo?
Harry bufó tan fuerte que le dolió la nariz, y luego de quejarse, le dio un golpe sin fuerza al rubio en el costado.
—¡Soy razonable, Draco! ¿De dónde vienen estos impulsos? —dijo con indignación—. ¡Yo soy el imprudente!
Draco volvió a reír.
¿Qué era tan chistoso?
Le iba a dar un puñetazo.
No, mentira. Le gustaba demasiado su carita bonita.
Le iba a pegar con algo más. Si entendían qué quería decir…
No, Draco era capaz de asesinarlo.
Sacudió la cabeza, enfocándose en lo que el ojigris estaba parloteando que hacía dos segundos atrás no eran más que sonidos incoherentes que hacia su boca mientras se movía.
—… Y antes de venir ya ví que había una tienda a unas calles.
Harry abrió los ojos como platos y se quitó los lentes de sol, subiendolos hasta su coronilla.
—¡¿Lo tenías planeado?!
Draco se encogió de los hombros con clara diversión y continuó caminando con liviandad. Harry aún estaba totalmente afectado.
—Buaaano. No te hagas el tatuaje. Pero yo si me lo voy a hacer. Con permiso.
Ahí fue cuando Harry levantó la mirada y notó que estaban frente a un local muy bonito de tatuajes. ¿En qué momento habían llegado? ¿Cómo había pasado el tiempo tan rápido?
Jesús, ¿qué tan borracho estaba?
—Dios mío. No puedo creer lo que estoy a punto de hacer… —murmuró para sí mismo—. Heeeeey, Dra-aaco, ¡espera!
Harry entró al local sin dedicarle más de una mirada de reojo y localizó rápidamente la cabeza rubia brillante en el mostrador, sonriendo alcoholizado hacia la chica de detrás.
—Hola. Nos gustaría hacernos un tatuaje a mí y a mí amigo, por favor —dijo, sonriente. Demasiado sonriente.
¿Siempre había tenido una sonrisa así de linda? Debería sonreír más seguido.
La chica de detrás alzó una ceja y les dedicó una mirada estudiosa.
Harry se fijó en ella un momento.
Era de piel negra. Casi tanto como Blaise, o incluso más. Tenía el cabello de un rojo intenso que estaba trenzado, con bastantes tatuajes repartidos por el cuello y los brazos y al menos cinco piercings en la cara, aunque Harry no podía contarlos porque no podía enfocarse en ellos.
Era muy guapa, la verdad.
—¿Algún diseño en mente? —preguntó ella finalmente.
Draco comenzó a hablar y a hablar y Harry se desconectó. En su lugar, comenzó a fijarse en su alrededor.
Era un local bastante limpio y luminoso, dividido en dos. Adelante estaba la sala de espera, y atrás, en unos biombos, él suponía que estaba el lugar para tatuar. Tenían las paredes con banderas de todos los colores, incluida la de arcoiris y fotos emblemáticas de artistas, diseños e incluso marchas, aunque Harry no podía distinguir de qué eran específicamente.
—Bien —dijo la mujer, haciendo que el azabache retornara su atención hacia ella de golpe—. Síganme por favor.
Harry, en realidad, lo que hizo fue seguir a Draco, quién iba tan contento y tranquilo que al moreno le daban ganas de golpearlo.
En el otro lado, habían tres tatuadores. Dos chicas y un chico, los tres superando los treinta años que los recibieron con expresiones divertidas y a la vez cálidas.
Vio los labios de la mujer de la recepción moverse pero no escuchó ni una de las palabras que salían de ellos y pronto descubrió como una de las tatuadoras se ponía de pie y se acercaba a él.
—Tú primero —dijo Harry rápidamente, mirando a Draco.
Todos los pares de ojos de la habitación se giraron a mirarle y él se paró incómodo en el centro de la habitación, mordiéndose el labio.
—Podemos arreglar que sea al mismo tiempo, si quieren —ofreció la mujer, elevando una ceja.
Harry miró suplicante a Draco y este, antes de responderle a él, se giró a la mujer y asintió, murmurando un por favor. El ojiverde ahogó un quejido.
¡No quería tatuarse aún!
—Deja de llorar, Harry —bromeó Draco, posándose a su lado mientras el resto comenzaba a acomodar las cosas para poder comenzar a tatuarlos.
Harry se obligó a respirar hondamente.
—Está bien —dijo, aunque le salió bastante tembloroso y ebrio. ¿Había dicho que estaba ebrio? Se giró de lleno a Draco, pero una de las personas, (Harry no reconocía cuál), se les acercó antes de que hablara.
—Hey, tú —habló, mirándolo a él—. No me has dicho qué vas a querer.
La verdad quería irse a su cuarto a follar pero no todo se podía en la vida.
Se giró a mirar a Draco, que estaba convenientemente examinando el lugar y fingiendo que no escuchaba.
Ah, a la mierda. Ya estaba allí por él.
—Que él decida —contestó Harry, apuntando a Draco con la barbilla.
Muy, muy ebrio.
El rubio se volteó, mirándolo con una sonrisa maliciosa y Harry se arrepintió un poco de su decisión.
La mujer asintió.
—Muy bien, entonces.
De un momento a otro, estaba encima de una camilla, eligiendo el mismo lugar que el rubio escogió, (la cadera, específicamente bajo el oblicuo) y cerrando los ojos, esperando que comenzara la tortura.
—Draco te juro por Dios que si es algo feo o muy grande… —habló, sin mirarle.
Draco volvió a reírse.
—No es algo graaande. Ni es algo feo. Es algo hermoso.
Tenía un mal presentimiento.
—¿No me habrás tatuado tu cara, verdad? —preguntó con miedo.
La chica se sentó justo frente a él, y comenzó a desinfectar su lugar, y la zona de piel. Harry tragó en seco.
—Naah —fue la respuesta que recibió.
No pudo replicar, porque ahí fue cuando sintió el primer pinchazo.
Harry se pasó la siguiente hora, (o minutos, no lo sabía con certeza), mirando el techo y contando mentalmente para no comenzar a gritar.
Si era sincero, no dolía tanto, ¡pero tenía que reclamarle a Draco por algo!
Hablando de Draco...
—¿Ya? —preguntó hacia el rubio, girando la cabeza, para descubrir que este ya lo estaba mirando.
—Deja de moverte. —Fue su tatuadora la que contestó—. No falta nada.
El nerviosismo volvió a él. Dios. ¿Qué mierda le había hecho? Se mordió el labio con tanta fuerza que casi que lo sintió sangrar y asintió, volcando su vista de nuevo hacia el techo.
Al cabo de cinco minutos, Draco fue el que habló, sacándolo de su trance.
—Ya está terminando, Harry.
Estuvo en pie en menos de dos segundos para ir hacia el espejo y ver qué carajos tenía ahora en la piel, demasiado miedoso de bajar la mirada y simplemente enfrentarlo. Sabía que no era muy grande. No debía medir más de diez centímetros, y bueno, si estaba feo siempre podría taparlo. Además de que no se encontraba en un lugar visible.
Pero todas las teorías sobre el horrible dibujo que ahora tenía grabado se desvanecieron cuando vio su reflejo, y luego bajó la vista hacia su cadera. Draco llegó a su lado de inmediato.
—Por el puto Dios… —murmuró, mirando con los ojos excesivamente abiertos las zona irritada y ahora llena de tinta.
—¿Sorpresa? —preguntó Draco con indecisión.
Harry levantó sus ojos para pegarle unas cuantas patadas mentales. Draco sonrió con algo de disculpa, pero no lucía arrepentido.
No lucía nada arrepentido.
—No puedo creerlo —exclamó Harry, apuntándole—. ¡Tú...!
Volvió a mirarse en el espejo, sin creer aún lo mal de la cabeza que estaba Draco. Quién, a propósito, comenzó a admirar su propio tatuaje en el reflejo y asintió, con una mueca que decía que "no estaba mal".
—Yo llevo uno igual.
Ahí fue cuando Harry cayó en cuenta de que era cierto.
Y su corazón no hizo más que caer hasta el fondo de sus entrañas porque, ¿cómo no iba a hacerlo?
¿Cómo no iba a querer morirse de amor, cuándo en la cadera de Draco estaba escrito su nombre con la caligrafía cuidadosa que trató de poner en la servilleta del día de ayer?
¿Cómo no iba a querer morirse de amor, cuando en su cadera llevaba el nombre de Draco también?
Harry lo miró con intensidad, y mientras volvía a la estación, para que le pusieran el parche de cuidados (o algo así), le susurró:
—Hablamos en casa.
Luego de pagar, Harry no sabe ni cómo llegaron de vuelta al hotel.
No se habían dicho mucho en el camino, aunque era porque Draco pensaba que Harry estaba enojado con él, (que si lo estaba, pero porque le costaba acoplar lo mucho que lo amaba en su sistema, cuando hacía cosas como esas), y porque, al fin y al cabo, continuaban algo borrachos. Aunque se les haya pasado un poco mientras estaban tatuándose y en la caminata.
Una vez que subieron en el ascensor y caminaron hasta su cuarto, cerrando la puerta tras de sí, Harry no perdió un segundo y empujó a Draco contra la madera, presionándolo ahí y sujetándolo de los costados, con una posesividad gigante. Dándole un beso que esperaba que en la puta vida se le olvidara.
—No puedo creer lo que acabas de hacerme —habló con dificultad, sosteniendo su labio inferior entre sus dientes.
Draco le devolvió el beso con avidez, aunque estaba algo confundido y lento por el alcohol que aún presente en sus venas. O eso suponía Harry. Él estaba igual.
—Puedes taparlo si gustas-- —comenzó a tratar de disculparse, pero Harry se lo impidió.
—No —respondió él entre beso y beso, mordiendo su labio una y otra y otra vez—. Jamás.
Fue el turno de Draco de despertar su posesividad ante esas palabras. Sus ojos grises se volvieron depredadores, brillando con hambre, y Harry sintió cómo se derretía instantáneamente bajo esa mirada. Se lamió la boca sugestivamente y le alzó una ceja.
Entonces el rubio cambió los roles, sujetando a Harry del cuello y empujándolo hacia una de las paredes, sosteniendo sus dos brazos arriba de su cabeza, besándolo como si se le fuera a ir la vida si es que no lo hacía.
Las rodillas de Harry temblaron, pero se dejó hacer, gustoso de entregarse completamente si es que Draco se lo pedía. De la forma en que fuera.
Se besaron por quién sabe cuánto, pero no se cansaban. Era imposible hacerlo.
—Eres mío —murmuró Harry con fiereza, comenzando a besar su cuello—. Y yo soy tuyo.
Draco se separó de golpe para poder mirarlo a la cara, y si quedaba alguna duda de lo que el rubio sentía por él, en esa mirada, se disiparon por completo.
El hombre lo tomó de la barbilla, forzando a estirar la cara para poder mirarlo más de cerca, y con un deseo renovado, sumergió su dedo pulgar dentro de la boca de Harry, para que este lo lamiera. El pelinegro estuvo gustoso de obedecer, ahuecando sus mejillas como sabía que a Draco le gustaba.
—Eres mío —repitió el ojigris, hipnotizado mirando sus labios—. Y yo soy tuyo…
Entonces, se estaban besando de nuevo.
Fue torpe, y lento, y probablemente ni siquiera fueron las mejores mamadas de sus vidas, pero eran con Draco. Y si eran con Draco, eran las mejores jodidas mamadas del universo.
Luego de cada uno caer en sus respectivas camas, (que habían juntado el día de ayer), se quedaron mirando por lo que parecía una eternidad, con el resto del mundo y del ruido pasando a segundo plano.
Lo último que escuchó Harry antes de quedarse dormido fue un "te amo".
Por primera vez desde que tenía memoria, esa noche, soñó con cosas agradables, cabellos rubios y sonrisas que curaban el alma.
1, decidí cortar el cap para hacerles dos en NY, si no, me quedaba muy largo. Espero que disfruten!
2, quiero matar a los Dursleys por haber sido tan mierdas. Lo peor es que estos maltratos que expongo fueron sacados de un análisis realista de la infancia de Harry en EL CANON.
3, no se hagan un tatuaje borrachos! Influye en la recuperación y puede hacer que sangres más, además de que se siente menos el dolor y es contraproducente. Aquí lo puse pq sé que había mucha ignorancia respecto al tema en esos años dkdkd.
4, lo voy a poner pq no espero que se acuerden. Pero recuerdan que en los primeros caps Harry dice que no le gusta soñar pq siempre tiene pesadillas??? Ahora sí, aprecien el último párrafo porque #lloro
En fin, los tqm3
