Resumen: Un extraño caso de robo de varitas a nivel internacional envolverá a Harry y Draco en una aventura que los hará enfrentarse a aquello que fervientemente han silenciado en sus corazones durante tanto tiempo. DRARRY

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rowling y Warner Bro.

Notas de autora: ¡Hola a todos! Ha pasado un largo tiempo desde la última vez que publiqué algo, y les pido mis más sinceras disculpas. Sepan que no me he olvidado de este hermoso fandom, mi ausencia se ha debido al fin de una carrera que ha demandado todo mi tiempo libre; Pero basta de excusas, los dejo leer tranquilos esta nueva historia. Espero que la disfruten tanto como yo lo hice escribiéndola.


Honor y Deber

2 de noviembre de 2009.

La lluvia caía fuertemente desde un oscuro y relampagueante cielo. Un fuerte viento resoplaba con aterradora intensidad, a tal punto de ocasionar un continuo golpeteo de las ramas de los árboles contra ventanas y techos. El invierno se acercaba a pasos agigantados, y con ello traía a cuestas un frío y triste panorama a su alrededor. Uno que se asemejaba en demasía a los sentimientos que siente crecer desde lo más profundo de su corazón.

Inevitablemente, un desganado suspiro escapa de sus resquebrajados labios, a la vez que percibe el tan familiar picor en sus ojos. Sin embargo, no hace el menor esfuerzo por evitar soltar esas molestas y saladas gotitas. ¿Y para qué intentarlo siquiera? ¿Qué podría cambiar con retenerlas? No es como si el simple hecho de contener sus lágrimas vaya a modificar en algo esa opresora sensación de vacío que siente empujar con fuerza en su pecho. Aunque, si somos completamente honestos, dejarlas salir tampoco parece ser una solución. Su silencioso llanto no será capaz de deshacer ese doloroso nudo que siente comprimir su garganta, y mucho menos alejará de sí la espeluznante soledad que lo ha atormentado por años.

Un pequeño rastro de humedad comienza a formarse sobre el lado derecho de su almohada, mientras las lágrimas continúan saliendo una a una del joven ubicado en la amplia y oscura habitación. Irónicamente, piensa que su llanto acompaña a la perfección el tormentoso clima que se está llevando a cabo en el exterior. Es casi como si la naturaleza tuviera conocimiento de su sufrimiento, brindándole a cambio el escenario perfecto para ocultar sus sollozos. Otro fuerte trueno retumba con ímpetu en la tormentosa noche y enmascara el gimoteo que sale de la boca del chico que aún continúa sollozando.

Y no, no lo entiende. Realmente no entiende por qué no puede dejar de llorar. No es como si esta fuera la primera vez que se siente así, tampoco ha tenido ningún motivo por el cual movilizar sus sentimientos de esta forma y, sin embrago, aquí estaba, recostado en su cama en posición fetal y sin poder parar de llorar. Una irritante vocecita se abre paso en su embotada cabeza y le susurra con malicia que sabe muy bien el motivo por el cual está llorando, y que éste es el mismo por el cual cada dos de noviembre termina así, llorando desconsolado por ese recuerdo en particular. El recuerdo del amor que nunca pudo ni podrá ser.

Y es entonces, cuando la tristeza es reemplazada por una desagradable sensación de rabia e impotencia. Rabia, porque después de todo por lo que ha tenido que pasar a lo largo de su vida, no ha podido hallar el tan ansiado respiro que todo el mundo le aseguraba que tendría una vez terminada la guerra; pero más importante aún es esa sensación de impotencia que siente apretar con fuerza su pecho, a tal punto de quitarle la respiración. Se dice que no es justo, en verdad no lo es. No es justo que después de todos estos años él no pueda dejarlo ir. ¿Por qué no podía resignarse de una vez por todas y asumir la realidad? ¿Por qué no podía aceptar que, sin importar cuánto quisiera que las cosas fueran distintas, no había nada que hacer? ¿Por qué no podía comprender que la única forma de seguir adelante con su patético intento de vida era olvidándose para siempre de él?

Porque lo amas. Porque lo amas y te arrepientes de nunca haber sido lo suficientemente valiente para decírselo… para pelear por él.

Y lo sabe. Sabe que esa molesta vocecita tiene razón. Aun así, se niega a escucharla. Por más acertada que esté, no puede hacer nada al respecto. Ya no. Han pasado once años desde la última vez que lo vio frente a frente, y no parece que vaya a volver a verlo en un futuro cercano. Y aún si lo viera, ¿qué le diría? ¿Qué se dio cuenta muy tarde de lo que sentía por él? ¿Qué, por ese entonces, ni siquiera tenía clara su orientación sexual? ¿Acaso podría confesarle que no se percató de sus verdaderos sentimientos hacia él hasta que se cumplió un año de la última vez que se habían visto? No, claramente no puede decirle nada de eso. No ahora, que han pasado once años de ello. Once años en los que no ha vuelto a escuchar hablar de él. No tiene idea de qué ha sido de su vida, pero de lo que sí está seguro, es de que no se encuentra en este país. Es imposible que esté aquí, porque de hacerlo, habría oído alguna que otra noticia suya. Quizás algún rumor o simplemente una pequeña mención a sus pasados accionares durante la guerra. Sin embargo, no había vuelto a tener noticias de él desde ese frío día de noviembre de mil novecientos noventa y ocho. Era casi como si la tierra se lo hubiera tragado una vez que el juicio terminó.

Nuevas lágrimas ruedan por sus mejillas al recordar ese último intercambio de miradas que se dirigieron, antes de que desaparezca de su vida sin dejar nada a lo que pudiera aferrarse. Harry cierra sus ojos y trata de evocar el recuerdo de esos grises ojos, los mismos que le brindaron una última mirada cargada de arrepentimiento y algo que en ese momento no pudo identificar qué era, sólo sabe que ese sentimiento parecía avecinar el fin de algo. Por desgracia, no cayó en cuenta de a qué podía deberse esa extraña mirada. Su joven e inocente ser lo atribuyó, tal vez, al fin de sus riñas estudiantiles. No obstante, ahora tiene claro conocimiento de que aquello que Draco Malfoy quiso decirle sin palabras fue que, en ese preciso instante, se estaba produciendo el fin de sus interconectados destinos. El Slytherin sabía que, una vez libre, no podría quedarse a rehacer su vida en un mundo que muy lejos estaba de querer otorgarles perdón a los que portaban una marca en su antebrazo izquierdo. Él sabía que la única manera de poder vislumbrar un leve haz de esperanza al final del camino conllevaría dejar atrás todo aquello que lo ataba a ese sombrío pasado… uno del cual Harry era parte. Sí, Draco lo sabía bien. Desafortunadamente, Harry no comprendió el significado de esa mirada hasta que fue demasiado tarde.

Las lágrimas continúan deslizándose por sus húmedas mejillas y se pregunta cómo es posible que aún no se haya quedado sin ellas después de todas las que ha derramado. No tiene idea del tiempo que pasa así, sollozando por un amor imposible hasta caer rendido al sueño, lo único que tiene en claro al despertar es que no ha podido descansar ni un segundo. Su cabeza parece estar rellena con alguna sustancia que presiona por escapar, mientras que percibe a sus hinchados ojos dar constantes punzadas. No se ha visto aún, mas no necesita de un espejo para saber que su esmeralda mirada de encuentra inyectada en rojo por su ininterrumpido llanto.

Con un resignado suspiro, aparta de un manotazo las mantas que lo cubren y dirige sus pasos al baño para tratar de refrescar un poco su semblante, intentando así ocultar de alguna forma el estropicio que es su rostro en este momento. Ciertamente no puede presentarse a trabajar en estas condiciones y, honestamente, no quiere dejarle servido en bandeja de plata a esos insidiosos reporteros de las revistas del corazón un motivo para escribir acerca de su deplorable estado. Recuperar un poco de normalidad en su rostro no es sencillo y parece llevarle más tiempo del esperado, a tal punto que, para cuando se resigna a aceptar que la apagada imagen que le devuelve su espejo es lo máximo a lo que podrá aspirar, el reloj en su muñeca ya marca las ocho de la mañana.

Soltando una maldición entre dientes al comprender que ya no tendrá tiempo de desayunar, Harry se apresura a colocarse el uniforme y corre hacia la chimenea de su hogar para transportarse hacia el ministerio. Una vez que las esmeraldas llamas lo dejan en el atrio, dirige velozmente sus pasos hacia los ascensores, tratando de pasar lo más desapercibido posible en caso de que algún venenoso reportero esté al acecho y note los rastros de la terrible noche que ha pasado. Afortunadamente, consigue llegar a éstos sin sobresaltos y en menos de unos pocos segundos, alcanza el segundo piso. Como un autómata, sale del ascensor y camina los metros que lo separan de su departamento. Ni bien pone un pie en la alborotada oficina de aurores, sus compañeros los saludan con entusiasmo y lo invitan a comer cualquiera sea el pastel que hayan comprado esta mañana. Harry declina la oferta y simplemente sigue camino hasta su cubículo, sin darle importancia a las bromas y silbidos que le propinan debido a su notorio mal humor. Una vez que se encuentra sentado detrás de su desordenado escritorio, Harry coloca un hechizo por todo su espacio para amortiguar el barullo proveniente del exterior. Cuando siente disminuir con creces las voces de sus compañeros, apoya los codos en la mesa y esconde su cara entre sus manos. El dolor persistente de su cabeza no hace más que recordarle la terrible noche que ha pasado, y realmente debe hacer un esfuerzo sobrehumano para no mandar todo a la mierda y simplemente tomarse el día libre.

Un suspiro escapa de sus labios, a la vez que obliga a su cerebro a ponerse en funcionamiento, al menos para conseguir despejar su mente de esos desoladores pensamientos que no parecen querer dejarlo en paz. Reuniendo fuerzas desde lo más profundo de su ser, Harry toma el primer archivo que tiene a mano y comienza a redactar el informe de una de las misiones completadas, al menos con ello podrá asegurarse de mantener su mente ocupada en algo más que en el triste recuerdo de Draco. Desafortunadamente, el destino no parece querer darle un respiro hoy y un suave golpeteo en la pared de su cubículo lo trae de nuevo a esta amarga realidad en la que se encuentra.

─¿Puedo pasar? ¿Estás ocupado?

Por mucho que le gustaría poder decirle que sí está ocupado y no puede pasar, no es capaz de hacer más que un gesto en dirección a Hermione, dándole a entender con ello que puede ingresar. Sin embargo, Harry evita a toda costa hacer contacto visual con ella y simplemente finge estar muy ocupado leyendo el archivo que tiene en sus manos.

─¿Seguro que no prefieres que venga en otro momento? Te noto algo… ─Deja salir Hermione con algo de reproche al no obtener la completa atención de su amigo. ─ …distraído.

Sabiéndose sin escapatoria, Harry suelta un suspiro y trata de dibujar una alegre sonrisa en su rostro.

─No, descuida, solo quería marcar donde me había quedado. ─Dice con un amable tono, mientras toma una hoja en blanco y finge marcar la página. ─Toma asiento mientras termino con esto.

─Gracias.

Cuando cree que ya no puede estirar más esto, reúne toda la fuerza de voluntad que posee y eleva la vista a su amiga para averiguar qué es eso tan importante que tiene que decirle, y que no pudo esperar a decirle durante la hora de su almuerzo. Afortunadamente, Hermione no parece haber notado la tristeza que recorre su mirada, o si lo hace, elige no comentar nada al respecto.

─Necesito tu ayuda. ─Pide Hermione con un suplicante tono, a la vez que rebusca entre el desordenado escritorio de Harry por un pergamino en blanco y una pluma. ─Mañana cumplimos diez años de casados con Ron, y yo aún no sé qué regalarle. ¡Tienes que ayudarme, Harry! Estoy desesperada. Y lo peor de todo es que sé que él tiene mi obsequio hace meses. Lo sé porque lo escuché decírselo a George, y es algo hermoso. Por eso es que necesito darle algo igual de especial. Estaba pensando que a él podría gustarle…

Así que eso era lo que tanto le preocupaba a su amiga. No tener un regalo que darle a su esposo en su aniversario. Harry observa a su amiga hablar a gran velocidad de los posibles objetos que ha pensado regalarle, mientras hace una lista en el pergamino que ha tomado de su escritorio y anota los pros y contras de cada uno, mientras que él no puede hacer más que apretar fuertemente los puños debajo de su escritorio en un intento por contener la rabia que lo carcome por dentro. Rabia por tener que fingir todo el tiempo frente a los demás una felicidad que no siente, por no poder ser capaz de decirle a su amiga que realmente no tiene deseos de hablar sobre este tipo de cosas en un día como este; pero por sobre todas las cosas, siente una gran desilusión calar en lo más profundo de su ser al observar cómo todos sus amigos parecen estar tan enfrascados en sus perfectas vidas, que ni siquiera se percatan de lo mucho que él está sufriendo.

Y es en ese instante, donde esa opresora soledad que tanto lo atormenta se hace presente con renovada fuerza, a tal punto que está seguro de no poder soportar por mucho tiempo más la perorata de Hermione sin romper en llanto aquí y ahora. Tratando de evitar que las traicioneras lágrimas vuelvan a salir, se obliga a detener el apresurado parloteo de Hermione con el fin de conseguir que su amiga salga de su oficina cuanto antes.

─Hermione. ─Interrumpe Harry con un agotado tono, mientras se arma de paciencia para tratar de tranquilizar los infundados nervios de su amiga. ─¿Acaso importa qué es lo que le regales a Ron? Sea lo que sea que le des, estoy seguro de que le fascinará. ¿Sabes por qué? Porque te ama y eres tú quien se lo dará. Merlín, si hasta podrías regalarle un cuenco lleno de arañas, y aun así, él sería feliz. Eres lo más importante que tiene en su vida y estoy seguro de que no le importará en lo absoluto qué le regales, siempre y cuando estés a su lado.

Cuando Harry termina de hablar, se apresura a masajear su frente en un intento por despejar ese dolor de cabeza que no parece querer irse. Internamente se pregunta si ha logrado convencer a su amiga en que desista de enumerar los cientos de románticas ideas que tiene planeadas para Ron. Por fortuna, el fuerte abrazo que la chica le regala, junto a una seguidilla de apresurados agradecimientos que son ahogados entre su maraña de pelos y el cuello del auror, es más que suficiente para dejarle en claro que eso era lo que quería escuchar. Harry no tiene tiempo de recuperarse de la sorpresa, porque inmediatamente Hermione lo suelta y sale presurosa de su oficina. Lo único que atina a hacer es observar cómo su mejor amiga se aleja ondeando felizmente esa desordenada cabellera por el pasillo.

Dando una gran exhalación, Harry suelta todo el aire que ha estado reteniendo y que no tiene idea de en qué momento ha contenido. Decidiendo que ya fueron suficientes emociones por un día, vuelve su vista al olvidado archivo en un intento por retraerse de esa desolada realidad en la cual está atrapado sin salida. Desafortunadamente, un nuevo golpeteo en su cubículo lo saca de sus cavilaciones, haciéndole preguntarse qué es lo que quiere su amiga ahora.

─¿Qué ocurre ahora, Hermione? ─Pregunta sin despegar la vista de su archivo, mientras cuenta internamente hasta diez en búsqueda de paciencia.

─Haz espacio en tu cubículo, Potter. A partir de hoy, compartirás la oficina con el auror enviado por el ministerio francés.

La voz de su jefe, Gawain Robards, hace que se sobresalte en su asiento e inconscientemente tense su postura con nerviosismo. Sin embargo, esto no lo prepara para lo que ve al elevar la vista y posarla en las dos figuras paradas en la entrada de su cubículo. Junto a la gruñona silueta de su jefe se encuentra un alto y atractivo mago ataviado en una túnica de color azul oscuro. El corazón de Harry se detiene en ese mismo instante e internamente se pregunta si acaso esto no es producto de su imaginación… un sueño; Porque frente a sí, se encuentra la imponente y altiva figura de quien jamás creyó poder volver a ver fuera de sus recuerdos.


Notas finales: si llegaron hasta aquí, se los agradezco infinitamente. Espero que les haya gustado el primer capítulo de esta historia. Nos leemos en la próxima actualización.