Resumen: Un extraño caso de robo de varitas a nivel internacional envolverá a Harry y Draco en una aventura que los hará enfrentarse a aquello que fervientemente han silenciado en sus corazones durante tanto tiempo. DRARRY

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rowling y Warner Bro.

Notas de autora: ¡Hola! ¿Cómo están? Lamento haber actualizado un día después. Como siempre, el capítulo va dedicado a todos aquellos que continúan leyendo mis locuras, en especial, a sailorlavi por tomarse el tiempo de darme sus hermosas opiniones. Ahora sí, los dejo leer.


Honor y Deber

5 de noviembre de 2009.

Lo primero que Harry percibe al despertar es que aún continúa en una camilla de hospital, sin embargo, hay algo en el aséptico ambiente que le produce una sensación de tranquilidad y seguridad que no sintió en el sótano de ese depravado hombre. Y a pesar de que aun siente su cuerpo pesado y sin energía, no quedan vestigios del agonizante dolor que lo acometió horas atrás. Al menos cree que han sido horas, era difícil saber cuánto tiempo había transcurrido desde que sus compañeros lo habían rescatado. Sí, para esas alturas Harry estaba seguro de que era su escuadrón el que lo había salvado justo a tiempo. Incluso bajo los efectos de ese demencial hechizo, era imposible no reconocer la característica túnica azul eléctrico de los aurores.

Una cálida sensación se instala en su pecho al recordar la alta figura del auror que se posó a su lado antes de que todo se tornara en oscuridad, y se dice internamente que, al fin y al cabo, su soñador corazón estaba en lo cierto. Draco había venido en su auxilio como un príncipe de brillante armadura. Inevitablemente, siente sus mejillas encenderse ante ese vergonzoso pensar, con lo cual carraspea y se obliga a comportarse como el adulto que es. Afortunadamente, unos suaves pasos a su derecha lo devuelven a la realidad. Esperando encontrarse con la imagen de Draco, Harry abre los ojos y plasma una radiante sonrisa en su rostro. Sin embargo, esta desaparece de inmediato al ver la alta figura de Justin Finch-Fletchley.

─Despertaste. ─Dice con obviedad Justin, a la vez que se apresura a colocarle las gafas sobre el puente de su nariz. ─¿Cómo te encuentras?

Harry observa en silencio a su colega, sin poder evitar que una decepcionada mirada se instale en sus verdes ojos. ¿Qué no había sido Draco quien lo había salvado? Entonces, ¿Dónde estaba el altanero Slytherin? Desafortunadamente, Justin no parece comprender las preguntas no formuladas que le hace, y continúa hablándole como si nada malo ocurriera.

─Nos diste un tremendo susto. ─Suelta en un apresurado tono, haciendo aspavientos con las manos. ─Cuando llegué hasta donde ese demente te tenía atado, creí que te habías vuelto loco. Gritabas y no parabas de retorcerte. No tuve más remedio que aturdirte.

Es entonces, donde se hace añicos cualquier pequeña esperanza forjada en el corazón de Harry. Justin. Había sido Justin el que lo había rescatado, no Draco. Una dolorosa y asfixiante presión vuelve a apoderarse de su pecho, trayendo consigo la tan conocida y temida sensación de vacío. Y por más ridículo que parezca, Harry cree que esta es mil veces más dolorosa que lo que sintió bajo los efectos del hechizo de su captor. Siente ganas de llorar y gritar, pero lo único que consigue hacer es cerrar los ojos y esperar a que toda esta pesadilla desaparezca. Un sanador se acerca a su camilla y comienza examinarlo, mas no le da importancia. A su lado, siente a Justin decirle algo que suena a una disculpa, pero a Harry no podría importarle menos a dónde se dirige el auror, lo único que quiere es que todos lo dejen solo para poder llorar en paz.

El examen del sanador continúa por unos minutos más, y luego de administrarle una serie de pociones para que recupere fuerzas, sale de la sala dando silenciosas zancadas. Una vez que Harry se queda completamente solo en esa habitación de lo que reconoce ser el hospital San Mungo, suelta un desolado suspiro y permite que sus ojos se empañen en saladas gotitas. Desafortunadamente, el destino no parece querer dejarlo llorar su sufrimiento en paz, porque la puerta vuelve a abrirse, y por ella entra una despeinada joven.

─¡Harry! ¡Oh, no tienes idea de cuánto me alegra que estés bien! ─Dice Hermione con prisa, dando los pasos que la separan de la camilla de Harry y lanzándose al cuello del auror para darle un fuerte abrazo.

─Her…mione.

El doloroso quejido parece alertar a la chica de que está aplastando el agotado cuerpo de su amigo, por lo que se aparta de inmediato. Harry observa en silencio a la avergonzada castaña dirigirle una mirada de disculpa, mientras comienza a arroparle las sábanas tal cual madre haría con su hijo. Cuando la joven se da por satisfecha con su tarea, acerca la silla ubicada sobre el lado derecho de Harry y se sienta a su lado.

─¿Cómo te encuentras? ─Pregunta en un susurro, sin despegar ni un segundo la vista de Harry.

─Como si el Expreso de Hogwarts hubiera pasado por encima de mi cuerpo. ─Responde Harry distraído, preguntándose si su amiga tendría idea de lo ocurrido.

─¡Y como para que no te sientas así! Ese demente conjuró hechizos y te dio una pócima de su invención para sacarte tu magia. Afortunadamente, ninguno de los hechizos funcionó, pero la poción pudo haberte destruido por dentro. Tienes suerte de que te encontraran a tiempo. De haber tardado un poco más en rescatarte… ─Hermione hace una pausa, y Harry cree que no es necesario terminar de formular la oración para saber qué hubiera pasado con él en caso de que no lo hubieran encontrado a tiempo. ─Pero lo importante es que los sanadores pudieron limpiar por completo tu organismo, y ya no corres peligro alguno.

Harry asiente con la cabeza, pero sus pensamientos estás muy lejos de allí. Lo único que su mente puede hacer es preguntarse el motivo por el cual Draco no está aquí. Decidiendo utilizar la inagotable fuente de conocimiento que es Hermione, se gira hacia la chica y trata de averiguar qué es lo que ella sabe, asegurándose de no mencionar el nombre del rubio auror. Ya bastante idiota se siente al haber susurrado equivocadamente el nombre de Draco a Justin, como para quedar frente a su amiga tal cual adolescente enamorado por un imposible.

─Hermione, ¿tienes idea de qué fue lo que ocurrió? ─Pregunta Harry midiendo cada una de sus palabras, a la vez que evita hacer contacto visual con la joven. ─¿Cómo pudieron encontrarme?

─Me temo que no puedo ser de mucha ayuda, Harry. Lo único que me dijeron es que un grupo de aurores fueron a rescatarte, y que fue Justin Finch-Fletchley quien te aturdió y te trajo inmediatamente aquí. ─Hermione lo mira con algo de preocupación, pero no dice nada. Simplemente se dedica a observarlo en silencio. Harry observa a su mejor amiga con el único propósito de alejar su mente de esos desgarradores pensamientos que lo acometen, y es entonces cuando aprecia el cambio en el rostro de la joven, como si hubiera recordado algo sumamente importante. ─¡Oh, casi lo olvido! Escuché a Justin decirle a otro auror que Malfoy estaba interrogando al bastardo que te secuestró.

Y Harry sólo necesita escuchar eso para que esa dolorosa opresión en su pecho se apodere de todo su cuerpo. Porque sí, esa era la confirmación que necesitaba. No era nadie para Draco. Tan poco significaba para él, que ni siquiera se había inmutado al saber que se encontraba internado en San Mungo. A tal punto era la indiferencia hacia su persona, que prefería encargarse de efectuar el interrogatorio para poder dar por finalizada cuanto antes la misión. Las lágrimas vuelven a empañar su visión, y lo único que Harry atina a hacer es pedirle a Hermione que lo deje solo. La preocupada chica no parece muy convencida con ello, sin embargo, acepta a regañadientes la petición de su amigo, no sin antes asegurarle que se pondrá en contacto con todos los Weasley para hacerles saber que está bien. Aunque Harry no puede evitar pensar para sí mismo que, en estos momentos, se siente de todo menos bien.

Harry aprieta con fuerzas las sábanas una vez que escucha cerrarse la puerta de la habitación, y comienza a llorar desconsoladamente. No sabe cuánto tiempo pasa así, llorando por ese amor no correspondido que tanto sufrimiento le genera, lo único que tiene en claro cuando otro sanador vuelve a entrar es que tiene que salir de aquí cuanto antes. Era hora de ponerle fin a esto, por mucho que eso destrozara su corazón. Era hora de dejar ir el recuerdo de ese amor imposible que nunca se haría realidad.

─Quiero que me den el alta médica. ─Deja salir Harry con un autoritario tono que no admite opción a réplica, a la vez que le dirige una intimidante mirada al joven sanador que lo observa con algo de temor. ─Ahora.


Harry nunca había sido una persona que empleara su fama de héroe del mundo mágico para su propio beneficio, al menos no lo había hecho hasta ahora. Debe reconocer que, de no ser por ello, él aún se encontraría internado en esa esterilizada sala de San Mungo, y no caminando a paso firme por el pasillo que conduce a la oficina de los aurores. Detrás había quedado cualquier vestigio de agotamiento físico producido por ese traumático secuestro, para ser reemplazado por una absoluta e inamovible determinación. No había sido fácil hacerle entender a esa pequeña e ingenua parte de sí, la misma que aún insistía en continuar aferrándose al amor que siente por Draco, de que ya no había vuelta atrás. La decisión estaba tomada, y nada de lo que su sensible corazón dijera podría hacerlo cambiar de parecer.

Sus pasos resuenan con firmeza en el frío piso, levantando a su alrededor murmullos de sorpresa por parte de sus compañeros. Afortunadamente, ninguno hace ademán de detenerlo al ver esa mortífera mirada en las verdes esmeraldas del auror. Harry aprieta el paso, y luego de unos segundos, se encuentra a escasos metros de la entrada de su cubículo. Desde aquí puede ver el bello rostro de Draco completamente ensimismado, con la vista perdida en un pequeño objeto que tiene en sus pálidas manos. Sin embargo, Harry no le presta demasiada atención a esto ni se cuestiona qué es lo que tan abstraído tiene al Slytherin, sólo se limita a apretar sus puños a los costados y entrar con enfado en su oficina.

Al escuchar sus pasos, Draco eleva la vista y abre los ojos con asombro, como si no esperara ver a Harry parado en el marco de la puerta.

─¿Potter? ─Pregunta con desconcierto el rubio auror, todavía sosteniendo entre sus manos lo que parece ser una placa. ─¿Te has vuelto loco? ¿Qué demonios haces aquí? Deberías estar descansando, jodido inconsciente.

─¡Oh, ya corta la maldita actuación, Malfoy! No finjas que te importa una mierda lo que ocurra con mi salud. ─Interrumpe Harry con desprecio, a la vez que le dirige una enfadada mirada. Por su parte, Draco lo observa confundido, como si no estuviera siendo capaz de comprender el motivo de su enojo. Y eso sólo hace que Harry sienta su sangre hervir, porque no puede creer el gran cinismo del otro. ─Ya interrogaste al maldito demente y tienes lo que querías. Seguramente van a darte un ascenso por ello y todo el jodido ministerio francés te amará. Así que ya puedes largarte, no tienes nada más que hacer aquí. ¡Largo! ¡Vete! ¡Sal de mi maldita oficina!

El silencio que se apodera de la habitación es tenso e incómodo, y puede ver cómo el rostro lleno de sorpresa de Draco se transforma de uno cargado de tristeza y desolación, como si las hirientes palabras de Harry estuvieran destinadas a dañar en lo más profundo su alma. Draco se queda en silencio unos segundos más, observándolo con una mirada totalmente resignada mientras aprieta con fuerza el objeto que tiene en su mano derecha; y Harry debe hacer un esfuerzo sobrehumano para mantenerse firme en su convicción y no ceder ante los desesperados deseos que siente por abrazarlo hasta quitarle esa abatida mirada. Finalmente, Draco cierra sus ojos con fuerza y se levanta de su asiento. Una vez que los vuelve a abrir, Harry ve un característico brillo en ellos que sólo puede significar una cosa… lágrimas contenidas.

─Es justamente por eso que nunca te lo dije.

Suelta Draco con desconsuelo, pero Harry no entiende a qué se refiere. Las enigmáticas palabras sólo contribuyen a incrementar ese malestar en los sentimientos del auror de la cicatriz, llenándolo de renovado enfado. No las entiende, y tampoco quiere hacerlo, sólo quiere que Draco salga de una maldita vez de su existencia para que pueda entregarse a la soledad que lo ha acompañado toda su vida.

─¿QUÉ? ¿DECIRME QUÉ, MAFOY?

Harry grita esas palabras con fuerza, porque es lo único que puede hacer para evitar que caigan esas traicioneras lágrimas de sus ojos, y ciertamente no iba a darle el gusto de verlo llorar. Aunque Draco no responde, y todavía apretando la placa en su mano, le da una última mirada que está cargada de despedida y se pierde por los pasillos de la oficina de aurores sin mirar atrás. Y lo sabe. Lo sabe e incluso puede sentirlo. Harry sabe que ese es el final de sus entrelazados destinos. Contrariamente a lo esperado, no llora. ¿Cómo hacerlo? Era imposible llorar por algo que nunca estuvo destinado a ser.

Un carraspeo lo saca de esa sensación de aturdimiento en la que se encuentra, y cuando eleva la vista, ve la enfadada mirada de Justin taladrando su figura. Harry ni siquiera tiene tiempo de preguntarle el motivo por que cual parece tan disgustado, porque el auror comienza a espetarle con inusitada valentía unas cuantas verdades.

─¿Sabes, Potter? Si te dignaras a ver más allá de tu presumido ser, te darías cuenta de lo mucho que lastimas a las personas que te rodean. Especialmente, a aquella que ha renunciado a todo por salvar tu patético pellejo.

─¿De qué demonios estás hablando, imbécil? ─Pregunta Harry con irritación sin querer, ni mucho menos importarle, oír cualquiera sea el estúpido motivo por el cual se haya sentido herido el endeble orgullo del tejón.

─Si te hubieras detenido dos segundos a pensar antes de soltar lo primero que pasa por tu cabeza, sabrías a qué me refiero.

Y sin decir más, Justin sale de su oficina, dejándolo con la extraña sensación de que esto tiene algo que ver con Draco. No sabe cómo ni porqué, sólo tiene en claro que su intuición no falla. Harry suelta un prolongado suspiro y se deja caer con pesadez en su asiento. Inmediatamente, siente todo el cansancio mental hacerse presente en un intenso dolor de cabeza. Distraídamente, masajea su frente en un intento por suavizar el fastidioso golpeteo que percibe contra su cerebro, pero este malestar no se compara con la insoportable sensación de vacío que siente oscurecer su alma.

No tiene idea de cuánto tiempo pasa así, sentado en su oficina con la vista perdida en los papeles de colores que Draco había ubicado en la pared frente a él, lo único que sabe es que jamás se había sentido tan infeliz en toda su maldita vida. Y aunque una pequeña parte de sí aun insiste en ponerse en marcha y salir a buscar al rubio auror, Harry no puede hacer más que forzarla a regresar a su inconsciente. De nada serviría seguir viviendo a costa de falsas ilusiones que no lo llevarían a ningún lado.

Un delicado golpeteo en el marco de la puerta lo saca de esos apesadumbrados pensamientos, sin embargo, nada es capaz de prepararlo para lo que ve al elevar la vista. Nuevamente, la refinada figura de Narcisa Malfoy se halla a escasos centímetros de distancia, aunque la mortífera mirada con la cual está observándolo no presagia nada bueno.

─¿Sabe, señor Potter? ─Dice la bella mujer con un tono que parece ser capaz de helar la sangre del sorprendido auror. ─Cuando Draco se apareció esta tarde en la mansión creí, ingenuamente, que usted había logrado convencerlo de hacer las paces con nosotros. Sin embargo, sólo me bastó divisar la enrojecida mirada de mi hijo para comprender que su presencia allí poco tenía que ver con nuestra situación.

Harry observa a la bella mujer en silencio, no comprendiendo el motivo por el cual se encuentra aquí, sermoneándolo por algo que no cree tener responsabilidad alguna. Sin embargo, Narcisa solo se limita a observarlo por unos segundos con rencor, y retoma su explicación.

─¿Sabe qué es lo peor de todo? ─Pregunta con marcado aborrecimiento, a la vez que lo observa como si fuera una basura particularmente difícil de quitar de la costosa suela de su zapato. ─Lo peor de todo es que Draco nos culpa a nosotros. Es inexplicable cómo, siendo que usted fue el responsable de quitarle lo único que le brindaba un leve vestigio de alegría en su vida, aun así, Draco es incapaz de culparlo.

─¿De qué… ─Harry atina a cuestionar, pero la peligrosa mirada que le dirige la altiva mujer lo congela a medio camino de terminar de formularle la pregunta.

─¿Sabe a qué vino mi hijo a la mansión, señor Potter? ─Pregunta con marcado rencor, a la vez que deja sobre la mesa una placa que posee tres varitas entrelazadas como insignia, y Harry la reconoce al instante. ¿Cómo no hacerlo, si él llevaba una igual en su pecho? Su mirada se dirige con temor a observar el nombre que ha sido grabado con magia, y es entonces, cuando siente su corazón explotar en agonía. ─Vino a darme esta placa, y a decirme que podíamos quedarnos tranquilos con Lucius, él ya no podría ejercer la profesión que tanto detestábamos. Me dijo que había renunciado a servir al ministerio francés para poder convertirse en su compañero, logrando así dar con su ubicación. Dijo que era la única manera que tenía de salvarlo.

Harry siente su alma escapar de su cuerpo al comprender lo que esas palabras significan, a la vez que sus ojos se llenan de lágrimas que no intenta retener. Sin embargo, Narcisa no siente piedad por el horrorizado muchacho frente a ella, y sin perder tiempo, continúa con su punzante relato.

─Y aun teniendo en claro lo que eso significaría para su vida, aun sabiendo que podría perderlo todo, Draco me dijo que ni siquiera dudó en resignar todo por ponerlo a salvo. Aunque nada de eso importaba ahora. ─Deja salir la mujer con una vidriosa mirada en sus ojos azules y en la cual se vislumbra algo similar al arrepentimiento. ─Draco me dijo que nada de lo que hiciera podría hacer que usted deje de odiarlo, y todo debido a que, durante años, Lucius y yo nos habíamos encargado de marcarle un camino lleno prejuicios y malas decisiones, los cuales habían provocado que usted lo detestara de tal forma que ni siquiera pueda ser capaz de trabajar en la misma oficina que él.

Harry no consigue hacer que su voz salga para corregir a la dama frente a sí, lo único que logra hacer es observarla con una implorante mirada, mientras que por su rostro continúan cayendo imparables hileras de saladas y gruesas gotitas. Narcisa le dirige una última mirada de desprecio, y antes de salir por la puerta a paso firme, suelta algo que termina de hacer sentir a Harry como el ser más insignificante del mundo.

─¿Sabe, señor Potter? Mi esposo y yo estábamos en lo cierto. ─Suelta con presunción, mientras lo observa con altivez desde su posición. ─Usted no es digno del amor de nuestro hijo.

Y esas letales palabras son lo único que necesita para sentirse morir. Harry es capaz de percibir el exacto momento en el cual su corazón se despedaza en diminutos e irreparables fragmentos, dejándolo con una sensación de vacío totalmente diferente a las que había experimentado con anterioridad. Ese agobiante sentimiento no sólo estaba cargado de soledad, sino que extendía por todo su cuerpo un terror que era incapaz de doblegar. Lo sabe, sabe que lo ha arruinado todo, y realmente no tiene idea de cómo reparar el daño que ha hecho. Harry siente su magia descontrolarse y destrozar todo a su alrededor, mas no le importa en lo absoluto que su oficina quede reducida a cenizas, lo único que quiere hacer es abrazarse a sí mismo y llorar desconsoladamente mientras la molesta vocecita de su conciencia no para de repetir dentro de su cabeza una especie de mantra sin fin.

Idiota. Idiota. Idiota. ¡Lo has arruinado todo!


Notas finales: gracias a todos por leer. Nos estamos acercando al final de esta historia. El próximo capítulo será el último y sólo voy a decirles que, finalmente y después de todo el drama que hemos tenido, al fin tendremos el tan ansiado Drarry en todo su esplendor.
¡Nos leemos muy pronto!