CAPÍTULO 41
"DESPEDIDA"

—¡Inuyasha! —exclamó Shippo al verlo aparecer en el castillo.

—¿Qué estás haciendo aquí?

El Hanyo no entendía nada en absoluto. No había visto a su pequeño amigo desde que partió con Kyoko hacia las tierras del Este.

Shippo le explicó brevemente la travesía al haber partido del palacio de la Luna para poder acudir a la boda de Kirinmaru.

—¿Kagome y Seshomaru...? ¿Desaparecidos? —preguntó Inuyasha, incrédulo.

El pequeño kitsune afirmó con la cabeza.

—Intenté ir tras ellos, pero Sesshomaru generó un gran torbellino con sus poderes para ahuyentar al Lord de las Tierras del Sur.

—Las Tierras del Sur no reconocerán nunca a un Daiyokai como Lord —interrumpió Kirinmaru—. Son una panda de salvajes, la mayoría medio-demonios y otras criaturas, aliados con seres humanos.

—Yo había escuchado que allí imperaban los Daiyokais —dijo Inuyasha.

—Los Daiyokais huyeron hace tiempo de la zona, repartiéndose entre el Norte, Este y Oeste. Pocos quedan ya en esas tierras —desmintió Kirinmaru—. No hacen caso a nada, ni se dejan gobernar por nadie... Es la tierra del caos.

—Había un Daiyokai entre ellos —dijo Shippo—. Se hacía llamar Tetsuo y atacó a Kagome.

—Ese traidor... gruñó Kirinmaru—. Lo conozco. Lo desterré de mis tierras por traición. Estará intentando gobernar sobre ellos a cambio de traer el cadáver de la chica. El respeto en el Sur se gana con sangre. ¿Qué puede tener ella que les interese?

—Es una de las sacerdotisas más poderosas de los cuatro puntos cardinales —dijo Kyoko—. De hecho, Kirin, tú la estuviste buscando durante mucho tiempo pensando que ella podía curarte.

—Comprendo... es una moneda de cambio para que el Sur le empiece a respetar. Pero no es tan fácil. Son tercos y nunca hincarán la rodilla a no ser que les demuestre un verdadero poder. Tetsuo es bastante fuerte, pero la ambición le ciega, y ellos ya cayeron en manos de un monarca ambicioso que les llevó a una guerra desastrosa. Están jugando con él.

—Debemos encontrar a Kagome —dijo Shippo—. Es posible que necesite ayuda.

—¡Teníamos un trato! —exclamó Kirinmaru, observando a Kyoko e Inuyasha con recelo.

Bajo ningún concepto permitiría que fuesen a rescatar a la sacerdotisa sin haber encontrado a la hechicera que les ayudaría con la maldición.

—Si Kagome está con Sesshomaru, seguro que nada malo le ocurrirá —dijo Inuyasha, cabizbajo.

Escuchar hablar de su hermano y ella aún dolía demasiado.

—Como vamos hacia el Sur, podemos ir en busca de la hechicera y después buscar a Kagome —dijo Kyoko.

—No sabemos si están en el sur —contestó Inuyasha—. Shippo nos acaba de decir que escaparon de ese demonio.

Inuyasha abrazó a Kirara, que estaba con Shippo. La adorable nekomata maulló de alegría al verlo.

—Kyoko. Lo ideal sería que tú y yo viajemos en ella. Como puede volar, llegaremos antes a las tierras del Sur.

—Yo también puedo ir volando —dijo Kirinmaru—. Os seguiré de cerca. Nos infiltraremos en la zona porque allí me reconocen, y esto puede originar una guerra. Mi ejército debe quedarse aquí en el castillo. Ahora mismo el ambiente es muy hostil.

Los sirvientes del castillo se acercaron para ofrecerles una capa a cada uno. De esa forma pasarían más desapercibidos en el Sur.

—¿Qué vas a hacer, Touma? —preguntó Kyoko.

—Lo siento —respondió, dirigiendo su mirada al Lord del Este—. Si vos me lo permitís, mi Lord, viajaré al Norte a rescatar a Lady Irasue.

—Es una locura, Touma —contestó Kirinmaru—. Deberías esperar a que regresáramos. Uniré a mis tropas y les asaltaremos.

—No puedo esperar, mi Lord.

El Daiyokai observó al fiel comandante del Palacio de la Luna. Pensó en lo injusto que era el destino al haber nacido medio demonio y enamorarse de una Diosa que odiaba cualquier atisbo de humanidad. Sus ojos violetas expresaban la gran preocupación que sentía por su amada, comparable a sus propias ganas de encontrar el antídoto que lo liberaría de la maldición que arrastraba. Irasue no se merecía a un súbdito tan fiel como aquel hombre que daría su vida por encontrarla sana y salva. Se merecía a un demonio despiadado y enfermo que también estaba dispuesto a someter a la humanidad con el fin de evitar su propia extinción. Al fin y al cabo no eran tan diferentes. Estaban recogiendo lo que habían sembrado.

Observó a Kyoko, vistiéndose con la capa que los sirvientes le habían entregado. Su olor le resultaba tan familiar... Fue aquella esencia lo que le hizo ganar su confianza. A pesar de haberla olvidado, su corazón latía con fuerza cada vez que la miraba con sus ojos de color verde esmeralda. Se ató el cabello carmesí para ir más cómodo durante el viaje.

Kyoko le devolvió la mirada.

—Nunca te había visto con orejas puntiagudas. Me recuerdas a los elfos —sonrió la joven.

Aquella sonrisa era tan cálida y sincera...

—¿Elfos?

—Son criaturas fantásticas de la literatura.

—¿Te gusta leer?

Kyoko asintió.

—Recuerdo haber pasado muchas tardes en la biblioteca contigo. Tú estudiabas historia de tu época. Me imagino que lo hacías para averiguar la verdad sobre vuestra propia extinción. Cuando te conocí, eras un ser humano. Me sorprendió mucho cuando me contaron que en realidad había entablado amistad con un Daiyokai de otra época.

Kirinmaru se ruborizó ligeramente. ¿Cómo era posible que aquella mujer tan risueña hubiese emprendido un viaje a sus tierras para salvarle? Le costaba creer cualquier acto noble en un corazón humano. Las personas eran egoístas y manipuladoras. Lo había vivido en sus propias carnes, con seres humanos traidores vendiendo a sus propios hijos a cambio de oro, o luchando de forma sucia y poco honorable en el campo de batalla.

—Deberíamos marcharnos —interrumpió Inuyasha—. Pronto anochecerá y es mejor viajar de día.


"¡Qué frío!" pensó Kagome, abrazada al cuerpo de Sesshomaru. El kimono que llevaba era fino de manga corta, y poco le protegía de las temperaturas del Norte, que acostumbraban a ser más bajas que en el Este y el Oeste. El Daiyokai, consciente de que el viaje podía llegar a ser poco confortable para un ser humano, la cubrió con su estola de piel mientras volaban.

—Ya es casi de noche, Kagome. No podemos parar a dormir en ninguna posada porque los habitantes de estas tierras me conocen. Nos alojaremos en una cueva de este bosque.

Kagome asintió con la mirada. Aún arrastraba el cansancio y la debilidad de la fiebre. Necesitaba descansar y llevarse algo a la boca.

Aterrizaron en un frondoso bosque. Kagome se sentó en la hierba, cubierta por la estola del Daiyokai. Caminaron un rato hasta encontrar una cueva, en la que prepararon una hoguera.

—Quédate aquí. Iré en busca de comida —dijo Sesshomaru.

Kagome se quedó sola durante un rato. Pensó en el importante cambio de acontecimientos y en la extraña amabilidad del Daiyokai. A pesar de sus palabras, sus actos siempre se encaminaban a protegerla, detectando sus necesidades con solo observarla. Estaban solos en esto. Nadie sabía nada de su paradero y aun así, Sesshomaru prefirió viajar hacia las Tierras del Norte sin ningún ejército a su lado. La misión era arriesgada, pero necesaria para tener alguna posibilidad de sobrevivir.

Lady Hanna era una hechicera poderosa, y había sido capaz de utilizar el vínculo que la unía a Irasue para contactar con ella. Se estaban metiendo en la boca del lobo, pero no tenían alternativa ya que si Irasue moría, ella también lo haría.

—¿Cuál es tu plan? —preguntó Kagome a Sesshomaru al entrar en la cueva con algo de caza para la cena.

—¿A qué te refieres?

—Vamos de camino hacia el castillo del Norte sin ejército y sin nada porque así lo pidieron. Sabes que nos están tendiendo una trampa.

Sesshomaru lanzó un par de aves para cocinarlas en la hoguera.

—Hanna me quiere a mí. Y eso es lo que tendrá.

—Pero...

—Está decidido, Kagome. Me necesitan para ganar esta guerra.

—Pero ya te tenían. Te ibas a casar con ella.

—Te equivocas —el Daiyokai la miró con sus bellos ojos color de oro—. Desde que tú apareciste, la unión de los cuatro puntos cardinales se ha puesto en peligro.

—¿Por qué?

Sesshomaru sonrió con tristeza.

—¿No es obvio, Kagome?

A la joven sacerdotisa le dio un vuelco en el corazón. ¿Qué quería decir con eso? Necesitaba escucharlo de su propia voz.

—Explícamelo.

—Siempre has sido una mujer muy perspicaz y observadora. Pero no te has dado cuenta de lo más evidente. Es igual. Ahora ya no importa.

—A mí sí que me importa.

Sesshomaru salió de la cueva a tomar algo de aire fresco.

Su profundo amor por la joven le hacía sentirse demasiado débil e indefenso. ¿Qué necesidad había de declararse si en breve acabaría en los brazos de otra mujer? Todas sus acciones iban encaminadas a mantenerla con vida, y con su plan, lograría desvincularla de su madre para que fuese libre. Lo demás era secundario.

"Hace frío incluso para mí" pensó, mientras entraba de nuevo para guarecerse. Kagome se había quedado dormida junto al fuego. Se despojó de su armadura para estar más cómodo. Al acercarse a ella, le besó la frente para comprobar si seguía con fiebre. Parecía bastante recuperada, aunque seguramente estaba exhausta por todo lo sucedido. La joven, al notar el beso, lo empujó con los brazos hacia ella, para su sorpresa, de forma que se quedó tumbado encima de su cuerpo y a pocos centímetros de sus labios.

—¿Estás dormida? —preguntó él—. Quizás lo había hecho de forma inconsciente.

Kagome emitió un pequeño murmullo, como si estuviese soñando. Lo abrazó fuertemente.

Sesshomaru no fue capaz de apartarse de aquel abrazo tan cálido que le hacía perder la cordura por momentos. Le acarició el cabello, que estaba completamente enredado por el viaje. Se ruborizó al percatarse de que solo les separaba una pieza de tela del kimono para sentir su cuerpo. El corazón se le aceleró, y empezó a notar un fuerte calor que procedía de dentro. Decidió desprenderse de la parte de arriba del kimono, pero no se atrevió a tocar el de la joven. Su corazón palpitaba con furia pensando que quizás, aquel sería el último momento en el que estarían juntos de aquella forma, sintiéndose el uno al otro y con la terrible necesidad de permanecer así para siempre. La mano de la joven se deslizó suavemente por su espalda, palpando sus fuertes músculos, hasta llegar a las nalgas.

—Kagome... —suspiró—. Aquella mujer le volvía loco. Cada caricia se acababa convirtiendo en una enfurecida lucha consigo mismo para no caer en su poderoso embrujo. Dejarse llevar por su corazón desbocado implicaba mostrarse a sí mismo con sus verdaderos sentimientos. ¿Por qué las cosas eran tan complicadas entre ellos?

La joven murmuró alguna palabra que no lograba entender. ¿Estaba soñando?

Se tumbó a su lado sin dejar de mirarla. Jamás se cansaría de contemplar su bello rostro mientras dormía cubierta con su estola. La hoguera se apagaría a lo largo de la noche, así que decidió acurrucarse junto a ella, tal y como había hecho cuando aumentó su fiebre.

¿En qué momento empezó a quedarse sin aliento al notar su presencia? ¿Viviría condenado a desvelarse por las noches suspirando por su amor? Aquel sentimiento le dolía desde lo más profundo de su corazón. Liberarla del peligro se había convertido en su obsesión, y, siendo consciente de que la estaba llevando a una trampa, sabía que Hanna sería capaz de deshacer el vínculo. Pero no sería fácil de convencer, y por ello, estaba dispuesto a ofrecerle un trato que no podría rechazar.


Kagome abrió los ojos. El rostro de Sesshomaru profundamente dormido a su lado la sobresaltó. La hoguera estaba apagada, por lo que era lógico que buscara su contacto para guarecerse del frío. Dormir a su lado le había hecho tener un sueño absolutamente reparador, con fuerzas renovadas para poder librar cualquier combate. Se abrazó a él con la esperanza de no despertarlo y seguir sintiendo su cuerpo en contacto con el suyo.

Si tan solo pudiese quedarse un rato más así, notando su cálido aliento en el cuello y rodeada de sus fuertes brazos... El mero hecho de pensar que pronto se casaría con aquella malvada mujer le provocaba una fuerte ansiedad. Se apartó de él, intentando negarse cualquier tipo de sentimiento, pero era imposible a esas alturas. Su corazón aún albergaba esperanzas de que el Daiyokai no sintiese nada por Lady Hanna, y más aún cuando su padre y ella le habían extorsionado de forma tan cruel. Conociendo el orgullo de Sesshomaru, sabía que jamás se lo perdonaría, y quizás aquel matrimonio nunca llegaría a celebrarse, o bien formaba parte de algún tipo de retorcida venganza.

—Según tu plan, debemos ir al castillo a llamar a la puerta —dijo Kagome al despertarse el Daiyokai, que no la había mirado a la cara desde que se había puesto en pie. Había regresado a la frialdad de siempre.

—Eso haremos.

—Pero ellos nos esperan. ¿No crees que será arriesgado?

—Hanna es capaz de romper el vínculo. Se conectó contigo, por lo que sabe cómo funciona. Si no vamos de frente, no tardará en atacar a mi madre para hacerte daño.

—Pero tú... te casarás con ella.

—Así estaba decidido desde el principio. Nada va a cambiar.

Sesshomaru seguía evitando su mirada.

Kagome suspiró ante su indiferencia y se preparó para el viaje. En breve llegarían al castillo del Norte, y todavía no le quedaba nada claro debido a las escuetas explicaciones del Daiyokai.


CASTILLO DEL NORTE

Irasue se encontraba presa en una de las celdas que se hallaban en las mazmorras del castillo del Norte, siendo incapaz de transformarse debido a la cadena mágica que la mantenía atada. Hanna era una hechicera realmente poderosa. ¿Cómo había podido subestimarla de aquella forma?

—Buenos días, madre —dijo Hanna al visitar a la Diosa, con una sonrisa impertinente.

—No me llames madre.

—Yo soy lo más cercano que tendréis a una hija. ¿Acaso habéis olvidado que si Lord Sesshomaru acude a estas tierras, no será por vos?

Irasue la miró.

—¿Creéis que no conozco a mi hijo? También sé que jamás os amará, por mucho que intentéis persuadirlo. Tendréis sus tierras, pero nunca su corazón.

—Eso ya lo veremos.

—Os habéis dejado llevar por los deseos de ira y de venganza. ¿Creéis que no habrá consecuencias? Las Tierras del Este y del Oeste irán a por vos y a por vuestro padre. Aniquilarán a toda vuestra familia hasta que no quede nada.

Hanna soltó una carcajada.

—¿Os creéis que somos estúpidos? Mi padre pretende casarse con vos.

—¿Aún a costa de enfrentaros a Lord Kirinmaru? ¡Qué descerebrados!

—Lord Kirinmaru está en las últimas. No es capaz de gobernar sus tierras en su estado. Será fácil arrebatárselas si entramos en guerra, por lo que dentro de poco conseguiremos el Este y el Oeste.

—No os saldréis con la vuestra. ¡Jamás me casaré con Lord Ryukotsu!

Irasue estaba empezando a sentirse realmente amenazada.

—Tras lo que va a suceder, vais a desear casaros con mi padre —sentenció Hanna, fríamente.

Abandonó la mazmorra, dejando a la Diosa sola, con el orgullo herido y preocupada por su hijo.


Sesshomaru y Kagome aterrizaron en un campo de arroz cercano al castillo del Norte. La joven nunca había visitado aquella zona y se asombró al ver la enorme fortificación de madera y piedra, rodeada de un foso con una gran torre del homenaje. Un inmenso portón se hallaba custodiado por múltiples soldados.

Se escondieron tras unos frondosos matorrales para hablar de su plan.

—Te quedarás aquí esperándome —dijo el Daiyokai—. Iré a hablar con los soldados de la puerta.

—Voy contigo.

—Iré a buscarte cuando esté seguro de que no corres peligro.

—¿Y quién te ayudará si eres tú quien corre peligro? Somos un equipo y debemos permanecer unidos.

Sesshomaru le tocó el rostro con sus manos.

—Hanna me quiere a mí. Estás en esta situación por mi culpa, y yo lo arreglaré.

Kagome no estaba convencida de su idea, manteniéndola al margen cuando se encontraba completamente preparada para la lucha.

—No puedes obligarme a estar aquí. Soy fuerte, ¿recuerdas? Me he entrenado para situaciones como ésta.

Sesshomaru suspiró, pensativo.

—Está bien. Pero me obedecerás cuando estemos dentro del castillo.


Ryukotsu y Hanna llegaron al gran salón para encontrarse con Sesshomaru y Kagome, que acababan de llegar al castillo.

—Hola, mi Lord —dijo Hanna—. No tienes buen aspecto. Os estábamos esperando.

La hechicera llevaba un suntuoso kimono verde floreado con una diadema decorada con piedras preciosas. Su cabello, rubio y lacio, resaltaba con el brillo de las joyas. Miró a la sacerdotisa de arriba a abajo. Kagome se sintió sucia y horrible en comparación con la deslumbrante e impecable Daiyokai.

—¿Dónde está mi madre? —preguntó Sesshomaru, con voz amenazadora.

—¿Qué modales son esos? —dijo Ryukotsu, que caminaba hacia ellos—. Estás hablando delante de tu futura esposa.

—Hemos venido solos. Ahora debéis cumplir con vuestra parte del trato —dijo el Daiyokai.

—Solo negociaré contigo, mi Lord —dijo Hanna mientras miraba a Kagome de reojo—. Esta mujer es una traidora. Nos engañó a todos para infiltrarse en el palacio. ¿Cuál es el motivo verdadero por el que viniste?

—No os mentí, mi Lady —se defendió Kagome—. Mi intención era proteger a Lord Sesshomaru, y por este motivo acudí a buscarle.

—¿Protegerle de qué? Ni siquiera te llamas Hiyori. ¿Estoy en lo cierto?

—Me llamo Kagome.

—En realidad no me importa tu nombre. Quiero arreglar esto en privado con mi futuro marido.

Sus palabras la llenaban de rabia, pero debía ser precavida. El castillo estaba lleno de soldados, y debía confiar en que el plan de Sesshomaru saliese según lo que había previsto.

Sesshomaru, antes de negociar nada con ellos, solicitó hablar con Kagome a solas. Hanna les acompañó a la habitación contigua.

—No puedes fiarte de ellos, Sesshomaru —le susurró en el oído, consciente de que debía ir con cuidado para no ser escuchada con sus poderes.

—Lo sé. Pero no me queda otra para mantenerte con vida.

—¿Vas a renunciar a tu felicidad, casándote con esa bruja, por mantenerme con vida?

El Daiyokai la miró con ternura.

—¿Qué felicidad voy a tener si no estás a mi lado?

Los ojos de Kagome se llenaron de lágrimas.

—Por favor... no hagas locuras.

Sesshomaru sonrió con tristeza.

—Escúchame. No importa lo que vaya a ocurrir en esa habitación. Pase lo que pase, regresaré a tu lado. Me da igual si tengo que sobrevivir medio siglo más para verte, o si debo desafiar las leyes de la naturaleza para encontrarte. Necesito que creas en mí, más que nunca.

Kagome lo abrazó fuertemente.

—Parece una despedida. No puedes hacerme esto, por favor. Podemos romper el vínculo de cualquier otra forma.

—Lo he intentado todo. Desde que mi madre te hechizó, he removido cielo y tierra para dar con el encantamiento que lo romperá, y ha sido imposible. Hanna es muy poderosa, y se comunicó contigo a través del vínculo. Estoy seguro que ella sabe cómo liberarte para siempre.

Kagome sollozaba mientras el Daiyokai intentaba apaciguarla en sus brazos.

—No me dejes sola, por favor. Te quiero.

Sesshomaru le levantó el rostro con delicadeza, brindándole una mirada repleta de amor y dolor al mismo tiempo.

—Siento no haber estado a la altura de tus sentimientos, Kagome. Quería defenderte y al final no ha servido de nada. Desde que llegaste a esta época, te he estado evitando para protegerte de mi madre, para ser el rey que ella quería que fuese con el fin de que no te hiciese daño, mientras buscaba un hechizo para romper ese estúpido vínculo. Me voy a casar con Hanna por obligación, porque con este matrimonio mi madre conseguirá su objetivo y así te dejará en paz.

Kagome escuchaba sorprendida lo que el Daiyokai le estaba confesando.

—¿Pero por qué yo? Podría haberte manipulado de cualquier otra forma.

—No es cierto. Ella sabía que yo no tenía ningún punto débil hasta que llegaste tú.

El corazón de Kagome latía con fuerza ante sus palabras, tan reveladoras y dolorosas al mismo tiempo.

—Dímelo, por favor. Necesito escucharlo de tu boca.

Sesshomaru la besó en los labios con ternura.

Era un beso intenso, triste, repleto del sentimiento contenido durante aquellos largos meses sin su presencia. El beso de un enamorado que anhelaba con desespero ser correspondido a pesar de las circunstancias, por encima de sus palabras al no haber sido sincero desde el principio.

Kagome le devolvió el beso, con su corazón repleto de amor por cada parte de su ser. Un amor sincero, maduro y eterno que la llenaba de alegría y de dolor al mismo tiempo. El dolor de dos personas que se amaban con la ansiedad de tener que separarse, de no verse y desearse, de saber que no importaba el tiempo, el espacio o la época.

Su amor duraría por siempre a pesar de las adversidades.

Sesshomaru le acarició el cabello con suavidad y la volvió a mirar con sus bellos ojos dorados.

—No quiero a Hanna. Nunca la he querido y jamás voy a querer a nadie más —confesó el Daiyokai, sin parar de acariciarla—. Te amo a ti, idiota. ¿Cómo no has sido capaz de darte cuenta? Te quiero desde el primer momento en que me reencontré contigo en Londres. Me lo he negado durante demasiado tiempo, intentando enterrar este sentimiento porque nos hace más débiles. Pensaba que sería capaz de liberarme con la recuperación de mis poderes, pero todo fue a peor. Los días se hacían cada vez más largos y la ansiedad por no verte me estaba matando por dentro. Pero tenías razón, Kagome. El amor nos hace mucho más fuertes. Y es este amor que siento por ti lo que me va a dar fuerzas para todo lo que está por venir. Desde aquella vez que me reencontré contigo en Londres y me desafiaste, ya no he podido dejar de pensar en ti.

Kagome no era capaz de articular palabra ante el mar de lágrimas. Sesshomaru siguió abrazándola con fuerza, sin querer que aquel momento acabase jamás.

—No quería expresarte mis sentimientos, pero ahora necesito que los recuerdes. Saldremos de esta, Kagome, te lo prometo.


Ryukotsu abrió la puerta de la habitación.

—Lleváis un rato hablando. No tenemos todo el día.

—Quédate aquí —ordenó Sesshomaru, mirando a Kagome—. Voy a hablar con Hanna.

Sesshomaru dejó a Kagome y a Ryukotsu en la habitación, mientras él caminaba hacia Hanna, con determinación.

—¿Ya os habéis confesado vuestros sentimientos? —preguntó Hanna, sarcásticamente.

—No es de tu incumbencia. He venido aquí para pedirte que la desvincules de mi madre.

—¿Y quién te ha dicho que yo sea capaz de usar ese tipo de magia?

—No juegues conmigo, Hanna. Sé que puedes hacerlo. He visto tus poderes y llegan a ese nivel.

Hanna sonrió ligeramente.

—Reconozco que soy una hechicera muy poderosa, pero después de la decepción que me he llevado contigo, no puedo permitirlo para que huyas con ella. Entiéndeme. Es importante seguir adelante con el plan.

—He venido para ofrecerte un trato.

La hechicera lo miró con interés.

—Adelante.

—Me casaré contigo cuando quieras. Seré todo tuyo y lucharé a tu lado sin miramiento alguno.

—Pero no es suficiente, mi Lord. Mientras ella siga viva, nunca tendré tu corazón.

—Tampoco lo tendrás si ella muere. Vengo a ofrecerte algo mejor.

—Te escucho.

Sesshomaru observó en ella el interés por las palabras que iba a pronunciar.

—Estuve mucho tiempo investigando la forma de romper el vínculo. Durante mis viajes, Jaken y yo descubrimos cómo volver a sellar el portal del tiempo para siempre.

—¿Y a mí que me importa ese portal? Sé que muchos estáis obsesionados con él, pero no es mi caso. El objetivo que perseguimos mi padre y yo es gobernar sobre todas las tierras.

—Kagome pertenece al futuro. Si la liberas del vínculo, te prometo que la enviaré a donde pertenece y sellaré el portal para no volver a verla jamás.

Hanna emitió una pequeña carcajada.

—¿Te crees que soy estúpida? Sé que removerás cielo y tierra para volver a encontrarte con ella, aunque transcurran quinientos años.

—¿Quinientos años no son suficientes para intentar ganarte mi corazón?

La hechicera lo miró, pensativa.

—Si la mato, sé que no me lo vas a perdonar en la vida —dijo, finalmente —Me has de jurar que nunca harás nada por contactar con ella. Se acabaron los juegos y la búsqueda por abrir un nuevo portal.

—Te lo juro —dijo Sesshomaru seriamente, sin vacilar—. Pero a cambio, debes desvincularla de mi madre y dejarla vivir. Es lo único que te pido.

Hanna se acercó a él.

—Entonces cerraremos este acuerdo con un beso.

Sesshomaru se acercó a ella y la besó en los labios.

—Todavía hueles a ella —dijo Hanna, fríamente.

—Prométeme que ni tú ni tu padre la mataréis, y no volverás a escuchar su nombre en tu vida.

El Daiyokai parecía sincero en sus palabras, a pesar de la frialdad del beso.

—Tenemos un acuerdo —dijo Hanna, finalmente.


Las puertas de la habitación se abrieron. Kagome y Ryukotsu entraron en el gran salón después de la conversación que Sesshomaru y Hanna habían mantenido en privado.

—Hemos llegado a un acuerdo, padre —dijo Hanna—. Necesito que venga Lady Irasue.

Al cabo de un rato, un par de soldados acudieron al gran salón con la Diosa, que se hallaba encadenada con la cuerda mágica que le hacía perder la fuerza y el poder para transformarse.

—Sess... Sesshomaru... —dijo con voz débil—. Hijo mío...

El Daiyokai la miró con desprecio.

—Todo esto es por tu culpa, madre. No te lo perdonaré jamás.

—¡No sé qué te habrán dicho, pero no confíes en ellos!

—Van a desvincularte de Kagome, madre. Ya no volverás a manipularme.

Irasue miró a Ryukotsu.

—Todo esto es un error. Si desvinculáis a la sacerdotisa, ya no tendré poder sobre mi hijo.

—Tenemos un trato —respondió Hanna—. Lord Sesshomaru lo cumplirá.

—¿Y qué prefieres, madre? —interrumpió Sesshomaru. —¿A cambio de qué hubieses accedido a romper este maleficio? No eres mejor que ellos.

Kagome los escuchaba sin saber bien a qué acuerdo habían llegado, aunque por la conversación que había mantenido con Sesshomaru, sabía que no volverían a verse durante mucho tiempo.

Hanna se acercó a la joven.

—Kagome, te voy a liberar de tu vínculo con Lady Irasue. A cambio, Lord Sesshomaru me ha prometido que sellará el portal del tiempo una vez lo hayas cruzado. Júrame que no harás nada por intentar volver a esta época y reunirte con él.

Kagome miró a Sesshomaru, percatándose de la dureza del plan. No estaba preparada para separarse de él. Aún no. Pero debía confiar en él.

"Pase lo que pase, regresaré a tu lado. Me da igual si tengo que sobrevivir medio siglo más para verte, o si debo desafiar las leyes de la naturaleza para encontrarte. Necesito que creas en mí, más que nunca"

Las palabras de su amado retumbaban en su cabeza, incesantes.

El Daiyokai la miró con ternura y seguridad, brindándole un "te amo" al leerle los labios.

—Lo juro —respondió Kagome, y sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.

—Bien... ahora tenéis que hacer lo que os digo —dijo Hanna.

Kagome e Irasue juntaron sus manos con las de Hanna. La Diosa no pudo evitarlo al estar atrapada con la cadena mágica, la cual ejercía un poder que la sometía a la voluntad de la hechicera. Pronunció unas palabras imposibles de interpretar. Parecía magia negra. Kagome se estremeció, quedando un sentimiento de puro vacío dentro de ella. Irasue empezó a gritar y sus manos se soltaron al mismo tiempo.

Sesshomaru presenciaba la escena mientras Ryukotsu pronunciaba otras palabras a sus espaldas.

Empezó a dolerle la cabeza de forma exagerada, emitiendo un grito desgarrador. Kagome e Irasue se giraron hacia él.

—¿Qué me has hecho, desgraciado? —preguntó el Daiyokai, con dolor —¡Teníamos un trato!

—Un trato que yo he cumplido a rajatabla —irrumpió Hanna. Se acercó a Irasue y le rajó la muñeca con una daga.

—¿Qué haces, estúpida? —se quejó la Diosa.

Hanna observó a Kagome, que estaba intacta.

—¿Ves, mi Lord? Si no hubiese roto el hechizo de vinculación, ahora mismo tu sacerdotisa estaría herida.

Sesshomaru se retorcía de dolor en el suelo y Kagome acudió en su ayuda.

—¿Qué le habéis hecho? —preguntó, con rabia en su voz.

—Mi hija te ha desvinculado —dijo Ryukotsu —Pero hay un inconveniente en el acuerdo. Hanna no se cree que renunciéis a vuestros sentimientos tan fácilmente. Tarde o temprano, hubieseis hecho cualquier cosa para reencontraros. Os hemos echado una maldición para que Sesshomaru no recuerde el contacto que ha tenido con los seres humanos. Si todo va bien, en unas pocas horas perderá todos los recuerdos y volverá a ser el Daiyokai poderoso del que mi hija se enamoró.

—¡Traidores! ¡hicisteis una promesa! —gritó Kagome.

—La hemos cumplido —contestó Hanna—. Es la única garantía que tengo para que mi matrimonio con Lord Sesshomaru perdure en el tiempo. Juntos lograremos recuperar nuestras tierras y volver a gobernar sobre todo.

—¡No la toques! —gritó el Daiyokai, agonizante—. Si le ocurre algo os mataré a los dos.

—¿Quién te piensas que soy, mi Lord? Voy a respetar mi promesa de no matarla.

Hanna recitó un encantamiento que rodeó a Kagome hasta hacerla desaparecer.

—¡Kagome! —gritó Sesshomaru, desesperado por la trampa que le habían tendido.

—No la he matado, tal y como te prometí —dijo Hanna—. Simplemente la he teletransportado a las Tierras del Sur.

El Daiyokai se levantó a pesar del dolor de cabeza e intentó atacar a la hechicera con sus garras venenosas. Logró arañarle el rostro.

—Sé que estás rabioso, mi Lord, pero de esta forma también cumplía la promesa que le hice a un viejo amigo.

—Tetsuo... —murmuró Sesshomaru.

De pronto se dio cuenta que había enviado a Kagome a morir en manos del Daiyokai que había intentado matarla para ganarse el respeto de los sureños.

—Hija de... No te lo perdonaré jamás...

—Pronto ya no te acordarás de esto. Todos tus recuerdos relacionados con Kagome y sus amigos humanos los perderás. Es la única manera de que nos podamos llevar bien, mi Lord. Enviarla al futuro no hubiese servido de nada porque os amáis demasiado el uno al otro como para daros por vencidos. A ella le sucederá lo mismo. Poco a poco irá perdiendo todos sus recuerdos sobre ti, hasta que le seas indiferente. Lo mejor que le podría pasar es morir con tu imagen en su memoria, así que cuanto antes la encuentre Tetsuo, mucho mejor.

Ryukotsu sonrió ante Irasue, que se había quedado perpleja con la sucesión de acontecimientos.

—¿Así que fuisteis vos quien maldijo a Lord Kirinmaru? —preguntó la Diosa, llena de rabia—. Debí habérmelo imaginado cuando os esperabais su muerte antes de nuestra boda.

—Todo esto es necesario, mi Lady. Lo acabaréis entendiendo.

—¡Jamás entenderé nada de alguien que ha causado tal herida en mi hijo! Con el tiempo sufrirá el mismo destino que él.

—Por eso es tan vital nuestra boda, mi Lady. Si cooperáis con nosotros, no dejaremos que vuestro hijo sufra.

Los ojos de Sesshomaru se tornaron del color de la sangre y sus colmillos empezaron a crecer. Preso de la ira descontrolada y del dolor, se estaba convirtiendo en bestia.

Hanna y Ryukotsu lo ataron con una cadena mágica para evitar su transformación.

—Solo serán unas horas, mi Lord. Las necesarias para que te olvides de la sacerdotisa.


Kagome apareció de la nada, aturdida por lo sucedido y con una furia sin precedentes. Cuando abrió los ojos, pudo ver que se encontraba en un enorme prado. Logró detectar una poderosa presencia que le resultaba familiar. A lo lejos distinguió la figura de un Daiyokai de orejas puntiagudas y verdes cabellos. Un ejército que parecía ser de medio demonios iba tras él. Se acercaron hacia ella.

—Nos volvemos a encontrar, sacerdotisa. ¿Qué se te ha perdido en las Tierras del Sur?

—Tetsuo...— dijo Kagome, con enfado—. Hoy no estoy de humor. Así que déjame tranquila o te arrepentirás.

Sus ojos de serpiente la miraron, soltando una enérgica carcajada.

Kagome fijó la vista en él.

La mirada de la sacerdotisa era tan fría que le llegó a helar la sangre.

Tetsuo, al sentirse amenazado, se lanzó sobre ella para atacarla. De pronto, una fuerte aura azulada la rodeó enérgicamente para protegerla. La sacerdotisa gritó con todas sus fuerzas, provocando un terremoto que desequilibró al ejército de Hanyos. El Daiyokai reanudó su ataque pero ella lo frenó contraatacándole con una enorme energía que emanaba de sus manos. El aura se agrandaba a medida que transcurrían los segundos, y Kagome decidió desplegar toda la furia contenida en su enemigo. Tetsuo no logró esquivar la energía, siendo engullido por la poderosa aura que la rodeaba ante el asombro de los Hanyos allí presentes.

El Daiyokai se había desintegrado en cuestión de segundos y el ejército la miró con asombro.

Uno de los Hanyos levantó la espada en señal de respeto ante la hazaña que todos acababan de presenciar.

Se arrodillaron ante ella, emocionados por su tremendo poder.

—¡Mi reina! —empezaron a gritar al unísono y repetidas veces, hasta que Kagome volvió en sí sin saber exactamente lo que había sucedido.

—¡Mi reina! ¡Mi reina! ¡Mi reina! —siguieron gritando, alzando sus armas ante la atónita mirada de la joven.

Kagome miró al cielo, triste y pensativa. Hanna y su padre les habían tendido una terrible trampa en la que Sesshomaru y ella se olvidarían el uno del otro de forma irremediable. Pero no lo permitiría. Acudiría en su búsqueda y encontraría un remedio para la maldición. Hanna y Ryukotsu no se saldrían con la suya.

Kagome levantó la mano en señal de agradecimiento.

—Majestad —dijo uno de los Hanyos, que parecía ser el comandante—. Sois la sacerdotisa más poderosa que hemos presenciado en siglos. A partir de ahora queremos que seáis nuestra reina.

El hecho de tener un ejército no le pareció una idea descabellada si quería luchar en condiciones contra Hanna y Ryukotsu, después de todo.

Se llevó las manos a la cabeza tras un intenso dolor.

"Espera un momento... ¿De quién no me quiero olvidar?"


Queridos/as lectores/as,

Se me ha hecho muy tarde y no puedo comentar las reviews. Aun así, agradezco mucho que comentéis qué os aparecido el capítulo. Ha dado un giro bastante importante.

Un abrazo!