CAPÍTULO 42
"REINA DEL SUR"

La fuerte lluvia acechaba los cultivos de la zona después de tres días de intensa tormenta. Una mujer de oscuros cabellos caminaba por la colina, descalza y sin rumbo fijo. Se sentó al lado de un viejo roble, con la mirada perdida en algún lugar del infinito.

—¡Kyoko!

La joven fijó su vista en el hombre que la estaba llamando. Intentó disimular las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas.

—Inuyasha... ¿Por qué has venido a buscarme? Quería estar sola...

El Hanyo se acercó a ella y le acarició el cabello. La abrazó con fuerza sin articular palabra.

—Ya no quiere mi sangre... —sollozó desconsolada. —. Si no se la toma, morirá. ¿Qué más puedo hacer?

—Es peligroso, Kyoko. Esta maldición empeora con el paso de los días, y cada vez necesita más. Si sigue tomando de ti, tú también morirás.

Kyoko le miró a los ojos.

—Llevamos casi dos meses dando vueltas y no hemos logrado encontrar a Neyma. Ahora ni siquiera podemos pisar las tierras del Este porque han pedido una recompensa por nuestras cabezas.

El Hanyo no sabía cómo consolarla. Habían recorrido la mayor parte de las tierras donde Kikyo dijo que se hallaba la hechicera que les ayudaría a romper la maldición, y se encontraban en un callejón sin salida. El ejército del Norte encabezado por Lord Ryukotsu había invadido el Este, aprovechándose de su ausencia y apoderándose del castillo. El Norte los buscaba. Mientras Kirinmaru siguiera vivo en alguna parte, suponía una grave amenaza para ellos.

Kirinmaru se hallaba escondido en una cabaña a las afueras del sur, postrado en cama sin poder moverse. Llevaba tres días en los que se había negado a tomar la sangre de Kyoko, pues cada vez la necesitaba con más frecuencia para mantenerse estable y sereno. Ya no le quedaba demasiado tiempo, y era complicado dar con la persona que les podía ayudar con la cura.

—Ya no puedo más, Inuyasha. Si él muere, no voy a ser capaz de superarlo.

—No debemos rendirnos ahora, Kyoko. Podemos volver a preguntarle a Kikyo, a ver si recuerda algo.

—Eso ya lo hemos hecho, y no ha servido de nada. Kikyo no conoce el paradero de esa hechicera, y cada vez nos cuesta más contactar con ella. Es como si el fuerte vínculo que le une a ti se fuera deteriorando poco a poco.

Inuyasha era consciente de aquel hecho, que podía ser debido a que su alma se iba desaferrando poco a poco del mundo terrenal. La última vez, hace una semana, intentaron convocarla y solo pudo permanecer pocos minutos antes de volver a esfumarse. La misión de Kikyo en el mundo de los vivos parecía haber finalizado, aunque alejarse de Kohaku tampoco debía haber hecho ningún bien debido al fuerte vínculo entre ellos.

—¿Y qué pasará con mis recuerdos? —preguntó Kyoko—. Es debido a que Kikyo está conmigo que me he vuelto inmune a la maldición. ¿Qué ocurrirá con Kirin si lo olvido? ¿Tendréis las mismas ganas de luchar por él?

—Somos amigos, ¿vale? Aunque perdieses sus recuerdos, yo no lo haría. Y seguiría luchando por él si es tan importante para ti.

Inuyasha se enrojeció con sus propias palabras. Sonaban demasiado amistosas para lo que él estaba acostumbrado, pero es así como se sentía. Kyoko era su amiga y compañera. Compartían múltiples aventuras en las que habían reído, llorado y apoyado en los momentos más difíciles. Aquella sensación solo la había experimentado con Kikyo y con Kagome. Se conocieron hace seis meses, en el futuro, y desde entonces eran prácticamente inseparables.

En algún momento del viaje, dudó de sus sentimientos hacia ella. Se trataba de una mujer preciosa, inteligente y de gran corazón. Cualquier hombre caería rendido a sus pies, incluido él. Pero también era consciente de que solo tenía ojos para Kirinmaru, y no se daría nunca por vencida hasta encontrar una cura para su maldición. Si se deprimía o desfallecía, permanecería a su lado para consolarla y animarla a seguir adelante, tal y como estaba sucediendo en ese momento.

Por aquel motivo, las palabras de ella le enojaron en lo más profundo de su corazón.

—¡Inuyasha! —gritó Shippo a lo lejos, que había regresado de la aldea colindante.

—¿Qué ocurre, Shippo? ¿Alguna novedad?

El pequeño kitsune solía ir a las aldeas en busca de víveres, ya que era el único del grupo que podía pasar desapercibido gracias a sus poderes de transformación, y siempre regresaba con noticias.

—El ejército del Sur ha vuelto a invadir otro territorio del Oeste.

—¿En serio? —preguntó Inuyasha.

—Sí... los aldeanos rumorean que la nueva reina es muy poderosa. Se ha aliado con los demonios lobo para atacar a los Yokais de la zona.

—Yo pensaba que las Tierras del Sur eran libres —dijo Inuyasha—. Debe ser alguien muy poderoso como para ganarse el respeto de los sureños.

—Dicen que es temible y salvaje —continuó Shippo—. La batalla por conquistar las Tierras de los Yokais está siendo más cruenta que nunca. Por lo que he escuchado, la llaman Lady Minami. Viste ropas de la tribu de los lobos y se pinta la cara cuando va a luchar. La han visto lanzando flechas celestiales con un arco, y posee un fuerte poder espiritual.

Inuyasha lo miraba atentamente, escuchando cada una de sus palabras con atención.

—¿Tú crees que podría ser ella?

—No conozco otra persona capaz de tener tal poder y tenacidad como para someter a un ejército entero.

"Kagome" pensó Inuyasha "¿Qué habrá ocurrido para que te hayas alejado de mi hermano? ¿Por qué atacas sus tierras?"

—¿Has averiguado algo sobre Sesshomaru?

—Sesshomaru ha estado muy ocupado últimamente —contestó Shippo—. Desde que se casó con Lady Hanna, no se le ha visto en el campo de combate.

—¿Y ha permitido que el Sur le arrebate otro territorio?

—El Norte y el Oeste, después de la invasión del Este, han estado muy ocupados con los preparativos de la boda de Sesshomaru y de su madre—dijo Shippo—. Es muy curioso que en el último momento, Irasue decidiese casarse con el Lord del Norte, Ryukotsu.

—Conociendo a esa perra, me imagino que ha preferido convertirse en la mujer de alguien más sano.

—¡Inuyasha! —exclamó Kyoko—. Podrías tener un poco más de delicadeza...

—¡Bah! Si no he dicho nada malo...

—Las cosas se están poniendo muy difíciles —dijo Shippo—. Deberíamos buscar ayuda.

—Con Kirin en ese estado, va a ser imposible moverlo para llevarlo a ningún lado —afirmó Kyoko.

—Quizás podríamos obligarle a tomar tu sangre, aunque sea por una vez más —dijo Inuyasha—. Regresemos a la aldea de Kaede. Nuestros amigos podrían ayudarnos a protegerle.


CASTILLO DEL NORTE

Irasue se despertó sobresaltada. ¿En qué momento habían cambiado tanto las cosas? Se encontraba sola en la cama del castillo del Norte, y desposada con un asqueroso Daiyokai que la había violado la noche anterior.

"Ya he esperado lo suficiente, perra. Ahora vas a ser mía"

Sus sucias palabras retumbaban en su cabeza. Se sentía inútil, humillada y mancillada por Ryukotsu. Aquel cruel demonio la había extorsionado, obligándola a casarse con él a cambio de mantener a Sesshomaru sin secuelas dolorosas debidas a la maldición. Recordaba el sufrimiento de Kirinmaru, necesitando la sangre de víctimas para mantenerse cuerdo con aquel incesante dolor de cabeza, y no quería aquello para su hijo. La otra condición que le impuso fue la de no hablarle nunca de Kagome, a igual que Jaken y el resto de súbditos que conocían a la joven. Cualquier referencia a la sacerdotisa sería castigada con la pena de muerte.

La maldición era implacable. Borraba de la memoria cualquier interacción mantenida con un ser humano, y cuanto más fuerte era el vínculo con la persona, más efectiva se volvía. Aquello provocaba que un Daiyokai como Sesshomaru perdiese todo lo aprendido de los seres humanos, convirtiéndose en una perfecta máquina de matar y perdiendo la compasión que alguna vez pudo manifestar.

La recuperación de su poder y falta de humanidad que le hacía carecer de debilidades era todo lo que hubiese querido para su hijo, pero no de aquella forma tan ruin, enfermándolo hasta el punto de tener que depender de Ryukotsu y Hanna para su propia estabilidad emocional.

Sesshomaru había perdido todo el interés en el amor. Ni siquiera cambió un ápice al casarse con Hanna, que parecía cada vez más enamorada de él a medida que transcurrían los días.

¿Realmente era eso lo que quería para su hijo? ¿Entonces por qué se sentía tan desdichada?

Si ahora mismo tuviese una daga en su poder, la usaría para rajarle el cuello y ver cómo se desangraba allí mismo, delante de ella. Pero también estaba Hanna, que era una hechicera muy poderosa y no dudaría en contraatacar al menor descuido.

Escuchó un pequeño ruido en la ventana, que le interrumpió los pensamientos. Se asomó sigilosamente al balcón de los aposentos, deslumbrándose con la luz de la luna, que brillaba con fuerza a pesar de su fase menguante. Respiró el aire puro del ambiente hasta sentir un olor que le resultó familiar.

Unas sombras aparecieron frente a ella, para su sorpresa. Se trataba de dos siluetas vestidas de negro, con sus rostros completamente tapados.

—¿Quiénes sois? —preguntó la Diosa, en posición de ataque.

—Mi Lady... soy yo...

No fue necesario poner su rostro al descubierto. Reconocería aquella voz en cualquier parte.

—¡Touma! ¿Qué haces aquí?

Se destapó el rostro mientras se arrodillaba ante ella.

—Hemos venido a rescataros.

La otra silueta también se destapó.

—¡Sara! ¿Tú también has venido? Pero si estabas en el futuro.

La joven muchacha que había participado en la misión de hacer regresar a la sacerdotisa más poderosa, había vuelto a por ella, en su auténtica forma de Daiyokai, para ayudarla.

Sus rubios cabellos en su aspecto demoníaco seguían intactos, así como sus ojos, que eran azules como el mar. Ahora lucía orejas puntiagudas y dos marcas rojizas en el rostro, como la mayoría de los Yokais.

—Nos volvemos a ver, mi Lady.

Irasue cerró las puertas del balcón y se acercó a ellos con sigilo.

—Ojalá pudiese huir con vosotros, dejando este maldito castillo y a todos sus integrantes atrás. Pero no puedo.

—Mi Lady... —dijo Touma—. No puedo aceptar vuestro "no" por respuesta. Sabemos que Lord Ryukotsu os está extorsionando, y no debemos permitirlo.

—Es complicado, Touma. La vida de Sesshomaru depende de ellos en este mismo instante.

—¿Cómo es posible? —preguntó Sara—. ¡Tenemos que luchar para impedir que se salgan con la suya, como hemos hecho siempre! No os podéis rendir, mi Lady.

—No es tan fácil. Ahora mismo mi hijo está bajo los efectos de una maldición. Con ella, ha perdido los recuerdos que tenía de cualquier ser humano con el que ha interactuado alguna vez. Además es recíproco. Los humanos que han tenido algún tipo de contacto con él, también le han olvidado.

—¿Eso significa que no recuerda a ningún ser humano que haya conocido?

—No exactamente. La maldición cobra fuerza cuanta más interacción haya tenido con las personas. Si apenas ha mantenido contacto, sí que las recordará, aunque de forma vaga. Por lo que he investigado, es usada por poderosos hechiceros para incitar el odio sobre la humanidad. Pero no es un hechizo perfecto y tiene efectos secundarios devastadores.

—¿Qué tipo de efectos? —preguntó Sara.

—Experimentará un dolor y sufrimiento terribles, además de delirios y ansias de sangre. Poco a poco se irá enfermando hasta desembocar en una muerte dolorosa.

—Lord Kirinmaru también sufrió esta maldición —dijo Touma—. Huyó del Este en busca de una cura, pero no sabemos nada de él desde hace tiempo.

—Por eso debo quedarme aquí, Touma. Si escapo con vosotros, Lord Ryukotsu y Lady Hanna se vengarán de mí haciéndole daño a él. Permaneceré en el castillo para averiguar si existe algún tipo de antídoto.

Touma la abrazó con fuerza, gesto que Irasue no se esperaba en absoluto. Odiaba cualquier muestra de amor y de cariño, pero era tan cálido...

—Sé que odiáis cualquier contacto, y más viniendo de un medio-demonio como yo. Pero no he podido evitar echaros de menos, mi Lady.

Irasue cerró los ojos. Sobrevivir en el castillo se estaba convirtiendo en una auténtica tortura, y aquel cálido abrazo le dio esperanzas para seguir luchando.

—Debéis encontrar una cura —ordenó Irasue—. Es importante localizar a Kirinmaru porque su objetivo es el mismo que el nuestro. Juntos les arrebataremos su poder. Convertiré este maldito reino en cenizas.

—¿Dónde están Sesshomaru y Kagome? —preguntó Sara. Con la explicación de Irasue, comprendió que al perder la memoria, se había olvidado completamente de la joven sacerdotisa, y por tal motivo se casó con Lady Hanna.

—Sesshomaru partió ayer hacia las Tierras del Oeste porque los sureños han atacado a los Yokais de la zona. Tienen una reina, Lady Minami, que ha invadido dos poblados y aniquilado a los demonios que sometían a los aldeanos. Dicen que es bastante poderosa, aunque dudo que sea una digna rival para mi hijo. Después de todo, se rumorea que es humana.

—Sí... hemos oído hablar de ella aunque no la conocemos —respondió Touma—. Debe ser poderosa para que los salvajes del Sur la respeten. No hincarían la rodilla ante cualquiera. Yo no la subestimaría, mi Lady.

—Respecto a la sacedotisa... Lady Hanna y Lord Ryukotsu la hicieron desaparecer —prosiguió Irasue—. Debió morir en manos de Tetsuo, aunque se rumorea que fue aniquilado por Lady Minami. Es complicado traer información del Sur. Son muy recelosos con los forasteros. Me está costando enviar espías y que salgan vivos de ese territorio de salvajes.

—Es muy cruel —lamentó Sara, apretando los puños e intentando contenerse las lágrimas—. Sesshomaru y Kagome se querían. ¿Cómo ha podido acabar todo de una forma tan injusta?

—En la guerra siempre hay daños colaterales —respondió Irasue—. Sesshomaru se dejó llevar por el amor hacia un ser humano en vez de centrarse en su verdadero objetivo. Si no hubiese sido tan estúpido, Hanna no se habría dado cuenta de lo que sentía por esa sacerdotisa.

—Con todos mis respetos, mi Lady —interrumpió Touma—. No creo que el amor nos haga más débiles. De no ser por mis sentimientos hacia vos, no estaríamos aquí intentando liberaros. ¿Y vuestro hijo? ¿Acaso no os estáis sacrificando por amor hacia él? Os conozco, y sé que vuestras palabras son pura fachada por todo lo que habéis sufrido.

—No digas tonterías, Touma. El amor nos ha llevado a este punto donde lo hemos perdido todo. Incluso a mi hijo.

—¿Acaso no es culpabilidad lo que sentís? Sabéis que si vuestro hijo recupera la memoria, se vengará de la muerte de Kagome, empezando por vos al haberlo extorsionado con el hechizo de vinculación. Aun así... ¿pretendéis salvarlo?

Irasue miró al suelo sin saber qué responder.

—Eso es amor, mi Lady —continuó el comandante—. El sacrifico de anteponer el bienestar de vuestro hijo por encima de todo.


Kagome observó el cielo estrellado antes de entrar en el campamento a descansar. La luna brillaba con fuerza aquella noche en la que regresaba del campo de batalla tras liberar una aldea humana de los Yokais del Oeste. Creó una poderosa barrera espiritual para ahuyentar a los demonios de la zona mientras pensaba en tomarse un baño en las aguas termales cercanas al valle donde su ejército había parado a descansar.

El fuerte olor a sangre que se había impregnado en sus ropajes le repugnaba más que de costumbre tras una batalla demasiado cruenta y devastadora. La joven reina, subida en los lomos de un poderoso demonio-lobo, se había ocupado de asegurar la aldea humana para alejar a los Yokais y restaurar la paz en la zona.

—Mi Lady —dijo una de las siervas, interrumpiendo sus pensamientos mientras entraba en las cálidas aguas para bañarse—. El líder de la tribu de los lobos quiere veros.

—¿A estas horas?

Kagome suspiró, pero estaban en guerra. Los lobos se habían convertido en unos poderosos aliados de los sureños.

Regresó al campamento después del baño, esperando noticias que le ayudasen con su objetivo.

Un atractivo demonio lobo la estaba esperando impacientemente.

—¡Koga! —exclamó Kagome al verle. Sus ojos, del color del cielo, la persiguieron hasta sentarse en una especie de trono de madera, dispuesta a escuchar lo que tenía que decirle.

—Kagome... siento interrumpir a estas horas.

El demonio-lobo no expresaba nunca formalismos con ella, ya que se trataban como dos viejos amigos. No había cambiado ni un ápice desde la batalla de Naraku. Vestía con la misma armadura de pieles y cinta en el pelo de color café.

—Me alegro de verte. Tus lobos me han sido de gran ayuda.

—Ya lo veo —sonrió—. No sabía que te llamaban "Lady Minami". Eres el tema de las canciones de los juglares de la zona. Pronto te harás famosa en todas las tierras.

—No es para tanto —contestó, algo avergonzada—. Pienso hacerles pagar por todo el daño que han hecho a los humanos.

—Pero no todos los Yokais somos iguales.

—Lo sé. Los Hanyos de mi ejército simpatizan con las personas, al igual que tu tribu. Sé que puedo confiar en vosotros.

—¿Cuál es el próximo objetivo? —preguntó Koga, intrigado por las intenciones de la sacerdotisa.

—Debemos seguir liberando aldeas de los demonios del Oeste hasta atraer la atención de los Daiyokais. Me preocupa que no hayan aparecido en el campo de batalla. O son una panda de cobardes o deben estar tramando algo. Me inclino más por la segunda opción.

—Han estado ocupados con los enlaces reales, me imagino. Aunque de eso quería hablarte, Kagome. Mis espías han detectado un campamento de Yokais no muy lejos de aquí. Se dirigen hacia el Sur como represalia a los ataques a los demonios del Oeste. No han podido entrar porque existe una barrera de protección bastante poderosa, pero han visto a Sesshomaru por los alrededores.

Kagome le miró, pensativa.

—¿Te ocurre algo? —preguntó Koga —Es el Lord del Oeste y hermano de Inuyasha, ¿recuerdas?

—Claro que sí.

—Luchamos todos juntos en la batalla de Naraku. E incluso se convirtió en un aliado.

—Lo sé, Koga —mintió.

Últimamente tenía recuerdos vagos de algunas cosas y no era la primera vez que le nombraban al poderoso Daiyokai. Pero no debía flaquear. Cualquier símbolo de debilidad podía provocar que le perdiesen el respeto y no podía permitir que descubriesen que en realidad, no había visto nunca a Sesshomaru.

Hacía seis meses que llegó a la Era Feudal y ni siquiera había escuchado hablar de él hasta hace poco, cuando se puso al frente del ejército del Sur y decidió ponerse al día con la historia de los monarcas de las tierras.

—Es un enemigo —prosiguió Kagome—. Su esposa y su padre, Lord Ryukotsu, son nuestro principal objetivo. Tanto ellos como la Diosa Irasue pretenden someter a la humanidad. No pueden seguir viviendo.

—Pero son Daiyokais muy poderosos —insistió Koga, sospechando que algo sucedía con su amiga—. Necesitaremos más ayuda para derrotarlos. Las Tierras del Este han sido invadidas por ellos y Lord Kirinmaru ha desaparecido. Debemos ser cautelosos. ¿Qué pensaría Inuyasha de todo esto? Después de todo, es su hermano.

Kagome miró al infinito.

—Inuyasha nunca me habló de él cuando viajábamos juntos en busca de los fragmentos de la esfera. Desconozco su paradero y ya no puedo contar con su ayuda ni consejo. Solo os tengo a vosotros, Koga. Los Daiyokais son sanguinarios y arrasarían cualquier aldea humana sin pestañear.

—¿Y cómo pretendes atacarles, Kagome?

—Jugaremos con el factor sorpresa.

—¿A qué te refieres?

—No esperaremos a que vengan a atacarnos. Lo haremos nosotros primero.

—¿En serio?

Kagome ordenó a un siervo que le preparase sus ropajes de piel de lobo y armadura, además de un arco y una espada.

—He visto a su asqueroso ejército de Yokais intentando acechar a las mujeres de las aldeas y amenazar a los niños, Koga. Lord Sesshomaru y su familia pagarán por todo el daño que han hecho a la humanidad. Lo prometo.

Koga sonrió ante la astuta decisión de Kagome. Sesshomaru no se esperaría ningún ataque después de la dura batalla acaecida justo aquel día, y habría altas posibilidades de atraparlo desprevenido.

Aquella mujer se había vuelto tan fuerte y poderosa que al joven lobo empezó a latirle fuertemente el corazón.

—Iré contigo —dijo, decidido.

—No esperaba menos de ti —sonrió Kagome, lista para el próximo ataque.


—¿Lady Minami?

—Sí, mi Lord. Ha sido ella la que ha atacado a nuestros aliados, los Yokais de las aldeas cercanas al Palacio de la Luna.

Sesshomaru observó al soldado que le traía las malas noticias, sin expresión alguna en su gélida mirada.

—Es la segunda aldea que arrasa. ¿Cómo es posible que ningún Yokai sea capaz de frenarla, si se rumorea que es humana?

—No es una simple humana.

—Silencio —ordenó con una voz tan distante que helaba las entrañas.

El soldado se retiró antes de que el Daiyokai descargara su ira sobre él.

"Panda de inútiles y cobardes. ¿Para qué os necesito?"

Sesshomaru se hallaba en el bosque, asentado en un campamento para pasar la noche, siendo el segundo día que acampaban. Se dirigía hacia el Sur con parte de su ejército debido a los disturbios sembrados recientemente.

No era la primera vez que escuchaba el nombre de aquella humana a la que los sureños llamaban "reina", y debía acabar con todos aquellos absurdos rumores sobre sus poderosas hazañas.

¿Hasta qué punto era cierto todo lo que se hablaba sobre ella? ¿Realmente acabó con Tetsuo de un solo golpe? Las leyendas tendían a ser exageradas, y él no se dejaría intimidar por una mujer a lomos de un lobo que le había desafiado atacando a los Yokais que vivían bajo su protección. Aquella salvaje reina se había convertido en su enemiga.

Se tumbó en la cama con dolor de cabeza. Hacía cierto tiempo que experimentaba fuertes migrañas y solamente se calmaba con la oscuridad. El olor a sangre le atraía demasiado últimamente, y aquello le empezaba a preocupar.

Pensó en Hanna, su esposa, y en su padre. Hanna se encontraba viajando hacia el Este después de haber conquistado juntos la fortaleza de Kirinmaru, que se hallaba en paradero desconocido. Necesitaba a alguien al frente del territorio, que todavía era hostil, mientras él se ocupaba de sus propias tierras.

Ahora que las celebraciones nupciales ya no ocupaban su mente, podía volver a concentrarse en lo que realmente le importaba: ganar la guerra y someter a los seres humanos a su merced.

"Humanos"

Había interactuado tan poco con ellos que apenas recordaba nada relevante sobre su existencia, pero sabía que eran seres inferiores, volubles y manipulables. Existía algo en su interior que le provocaba un odio visceral hacia cualquier ser humano, y los machacaría sin dudarlo, a igual que a su reina.

Un extraño sonido llamó a su atención. Parecía una piedra lanzada sobre la tela de la tienda. Se levantó de la cama y salió a curiosear, semidesnudo y sin armadura en el cuerpo. Los soldados dormían en los alrededores. El silencio en el exterior era sepulcral, a excepción de los grillos y aves nocturnas que merodeaban en el bosque. Captó una esencia que le resultó extrañamente familiar, y se dirigió hacia un pequeño riachuelo que se encontraba al final del camino. No observó nada sospechoso que le llamase la atención, por lo que regresó a su dormitorio con el fin de conciliar el sueño e intentar que el incesante dolor de cabeza frenase en algún momento.

Agudizó los oídos al tumbarse en la cama, y percibió el latido de dos corazones. Al fijar la vista en el techo se encontró con la mirada de una mujer, agarrada a un poste de madera con las piernas y empuñando un arco con una flecha que iba directa hacia su corazón. Tardó un segundo en darse cuenta de que se encontraba frente a Lady Minami, que había venido a atacarle por la espalda.

La joven reina no titubeó. Sabía que con Sesshomaru, dudar era sinónimo de acabar en una tumba. Lanzó una poderosa flecha que el Daiyokai logró esquivar, pero no sin perforarle gravemente el hombro. Kagome salió de la tienda apresuradamente, creando una fuerte barrera mágica para atraparlo dentro. Con Sesshomaru inutilizado sería más fácil acabar con el resto de su ejército.

—¡Koga! —gritó Kagome—. No he logrado acertar en el corazón. Ha esquivado el ataque. Es tu turno.

El demonio lobo hizo una seña para lanzar su tropa a los soldados que se hallaban en el campamento. La barrera de Kagome era lo suficientemente poderosa para mantener al Daiyokai dentro de la tienda durante un buen rato.

—¡Quédate con Sesshomaru! Mis lobos te ayudarán a custodiarlo.

La mitad de los lobos rodearon la zona, mientras la joven reina caminaba hacia la puerta de la tienda de campaña donde había atrapado al poderoso Daiyokai con su barrera espiritual. Se acercó para ver el rostro de su enemigo y no olvidarlo jamás.

Sus miradas se encontraron, curiosas, distantes y con ansia de sangre. Kagome se percató del parecido con su hermano, ambos con cabello plateado, bello rostro y ojos dorados. Su torso desnudo perfectamente fibrado, estaba manchado de sangre por la herida que le había causado en su hombro. Se hallaba de brazos cruzados, de pie, con pose majestuosa e imponente.

A Kagome se le heló el cuerpo solo con verle. Su fría belleza y figura angelical contrastaba con todo lo que había escuchado sobre sus sangrientas hazañas.

—Humana... Veo que has logrado deshacer la barrera del campamento.

Su voz sonaba distante, autoritaria e impasible a pesar de su herida.

—¿Cómo puedes ser hermano de Inuyasha? No te pareces en nada a él.

El Daiyokai no paraba de mirarla sin expresión en su rostro, y aquello la ponía nerviosa.

—Me alegra que pienses que no me parezco a ese idiota. Él no sería capaz de mirarte a la cara y decirte lo que vas a escuchar en este momento.

—¿Escuchar?

—Me has atacado por la espalda, sin ningún tipo de miramiento y de forma deshonrosa. ¿Es que no te atreves a enfrentarte a mí en una batalla justa?

—No me importan los medios si con ello consigo salvar vidas —se defendió Kagome, intentando no perder la compostura. No era idiota. Sabía que en un combate cuerpo a cuerpo no sería capaz de derrotarle.

—Pienso vengarme, humana. No eres nada. Cuando te derrote, los tuyos te abandonarán porque solo reconocen a líderes fuertes y poderosos. Será entonces cuando te arrebate todo lo que amas.

Kagome le apuntó con el arco.

—¡Cállate! Tus amenazas no significan nada. Si sigues hablando te dispararé.

Sesshomaru sonrió fríamente.

—Si disparas esa flecha sagrada, romperás la barrera que tú misma has creado. Voy a hacer que te arrepientas por haber fallado cuando me tenías a tiro.

—Eso ya lo veremos, Sesshomaru. Tu ejército te sigue porque te temen. Te respetan por miedo a represalias. ¿Cómo vas a ser capaz de gobernar si el pueblo entero vive aterrado por ti? Los aldeanos y sus hijos te recordarán como el ser más temido y odiado de las tierras. En cambio yo pienso gobernar con amor. Quiero que me respeten, pero que también me amen. Esa es nuestra gran diferencia. El mundo contigo no puede ser mejor si tus súbditos se sienten amenazados.

—Amor... otra debilidad humana.

—¡Los Yokais también os enamoráis!

—Solo los débiles se enamoran.

—¿Y por qué te casaste con Lady Hanna? ¿Acaso no la amas?

—No te importa.

No había forma de desarmar a aquel frío Daiyokai.

—Eres peor de lo que me imaginé.

Sesshomaru la miró, con sonrisa maléfica en su rostro.

—Aún puedo ser peor—contestó, tajantemente—. Te voy a explicar lo que es el amor. Voy a esperar a que nazca el bebé que llevas dentro para matarte. El amor por él hará que aumenten tus ganas de vivir para protegerlo. Será entonces cuando, antes de morir, sea mi cara lo último que veas.

Kagome se exaltó, sorprendida.

—¡Te equivocas! No estoy embarazada. ¡Es imposible!

—Mis oídos no me engañan, humana. Dentro de ti laten dos corazones con fuerza, luchando por aferrarse a la vida. Te lo dije. Vas arrepentirte por haber fallado el tiro con tu flecha.

Kagome escuchó a su amigo Koga, que gritaba a lo lejos mientras corría hacia ella.

—¡Huyamos de aquí! Son demasiados.

—La próxima vez que nos veamos, no fallaré —le amenazó Kagome, antes de huir de aquel lugar subida a lomos de un lobo.

—Te estaré esperando —contestó Sesshomaru.

Kagome y Koga huyeron del lugar, ante la atenta mirada del Daiyokai. Se vendó el hombro con el lazo del kimono que había guardado para el día siguiente, pensando en lo que acababa de ocurrir.

El olor de aquella humana le resultaba tremendamente familiar. Era dulce, fresco y terriblemente agradable. Su cabeza estallaba intentando recordar su origen, como si aquella esencia hubiese pertenecido a alguien muy importante para él.

"Es imposible. No la conozco"

Aquella mujer, ávida de deseo por matarle, expresaba pasión y devoción por su causa. Una enemiga así sería más difícil de derrotar. No debía subestimarla.

A media noche, cuando la barrera espiritual se desvaneció, decidió estirarse junto a un árbol a la luz de la luna mientras su ejército formaba guardia sobre el campamento.

"Lady Minami" pensó.

Aquella noche no logró conciliar el sueño pensando en su mirada.


Hola a todos/as

Gracias de nuevo por vuestras reviews! :)

Me alegra tanto que sigáis siendo fieles a la historia después de tanto tiempo... :D

Contesto las últimas:

Marijo Garcia: Muchas gracias por tu comentario. Lo sé... me gusta el drama, jajaja. Aunque también me gusta dar una de cal y otra de arena :)

Faby Sama: Bienvenida de nuevo. Gracias por las reviews de cada capítulo. Yo también tengo lado masoquista y me gusta que los personajes sufran un poco, jejeje. Hanna y su padre son unos auténticos enfermos. Hacen incluso buena a Irasue, que básicamente lo que le mueve es la ambición y el amor hacia su hijo (eso la redime un poco).

Aya: Muchas gracias por tu comentario. Me halaga que te parezca un fic maravilloso y atrapante (blush!) :). Sesshomaru y Kagome ahí siguen, con la memoria perdida, pero abriendo un arco que puede ser interesante ;)