CAPÍTULO 44
"LUNA SANGRIENTA"
"Tengo frío..."
Kagome abrió los ojos lentamente. Se encontraba en una especie de celda, atada con una extraña cuerda en sus manos. Se levantó del suelo con las piernas todavía adormecidas. ¿Qué había ocurrido? ¿Dónde estaba?
Intentó hacer memoria.
"¡Yuki!" pensó. "Ese idiota me secuestró".
Unos diminutos rayos de sol se asomaban a través de una ventana que se hallaba demasiado alta para poder observar el exterior.
"Es de día..."
Intentó concentrarse en su poder espiritual, pero aquella cuerda mágica se lo impedía.
"Mierda. Estoy atrapada"
—¡Yuki! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Eres un cobarde por atacarme cuando estaba indefensa! Atrévete a luchar conmigo de frente, no por las espaldas.
Escuchó la puerta de la celda abrirse lentamente, y su cuerpo se tensó de arriba a abajo.
—Humana...—dijo un soldado Hanyo que entraba con comida y agua—. Debes descansar. Avisaré al Lord del castillo.
—¿Dónde estoy?
—Lo sabrás en su debido momento —respondió el soldado mientras le dejaba los alimentos y el agua a su alcance.
Kagome se enfureció, aunque sabía que no podía hacer nada ante un soldado que solamente seguía las órdenes de su superior. Empezó a notar molestias en su estómago. ¿Su bebé estaría bien? Ni siquiera era capaz de concentrarse en su aura con la cuerda mágica atada a sus muñecas.
"Esta cuerda ya la había visto en algún lugar..."
Recordó que Lady Hanna la usó hace un tiempo en el castillo del Norte con la Diosa Irasue para impedir su transformación. ¿Y qué hacía ella en las Tierras del Norte? ¿Cómo había llegado a ese lugar? Un intenso dolor de cabeza apareció cuando intentaba atar los cabos de aquel día. Después de todo aquello, apareció de alguna extraña forma en las Tierras del Sur. El dolor se intensificaba a medida que intentaba pensar en el pasado, provocándole una fuerte sospecha de que alguien había manipulado sus recuerdos.
Escuchó el ruido de una fuerte tormenta que se acercaba con ímpetu y al cabo de un buen rato, cuando las gotas de lluvia alcanzaron la ventana de la celda, la puerta se abrió.
—Tenías que ser tú —dijo con desprecio al ver al imponente Lord del Oeste, Sesshomaru, caminar hacia ella con una frialdad plena en su bello y níveo rostro.
—No te equivoques. Te he salvado, y me debes un favor por ello.
Kagome simuló una carcajada.
—¿Y por qué me ibas a salvar? De hecho deberías haberme rematado para no tener que soportar tu mirada de triunfo sobre mí.
—Créeme, humana. Tengo mejores cosas que hacer que venir a disfrutar de mi triunfo.
—¿Entonces por qué estás aquí?
Sesshomaru se acercó a ella con elegancia y seguridad. Vestía un kimono negro de entrenamiento que le dejaba ver unos grandes y fuertes brazos. Sus dorados y felinos ojos se centraron en las muñecas, que apresó con sus garras.
—Esta cuerda es una cadena mágica. Ni el mago más poderoso puede romper su encantamiento.
—Suéltame —dijo la joven, mientras forcejeaba en vano.
El Daiyokai cerró los ojos, concentrándose en su aroma.
—He venido a cumplir mi palabra.
—¿A qué te refieres?
—El bebé está bien. Escucho su latido perfectamente. El día que me atacaste, te prometí que vivirías hasta su nacimiento. Será entonces cuando más aferrada estarás a la vida por tu espíritu de madre que quiere proteger a su cachorro. En ese preciso momento te lo arrebataré de tus brazos mientras te doy el golpe de gracia.
—¿Tú qué sabes de instinto maternal? Solo piensas en ti mismo. Nada más te importa.
—Te equivocas. Nadie que me ataca sobrevive para contarlo. Mi soldado me ha dicho que llamabas cobarde al Yokai que te intentó capturar. No eres mejor que él al haberme atacado por la espalda.
—Pero no te maté, y podía haberlo hecho.
Sus miradas se cruzaron, llenas de furia y curiosidad al mismo tiempo.
—¿Por qué no me mataste? —preguntó él.
—¿Por qué me salvaste? —contestó ella con otra pregunta.
Ninguno de los dos era capaz de responder al otro, situación que les causaba una extraña incomodidad.
La lluvia ya había alcanzado de pleno la ventana de la celda. El agua empezó a inundarla hasta el punto de mojar el cabello y la piel de la joven reina.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí encerrada? —volvió a preguntar Kagome, al ver que sería inútil que le contestase la pregunta anterior.
—Has dormido durante dos días.
—¿Qué me pasó?
—Un Yokai te inmovilizó con un somnífero.
—Yuki...
—Parece que le conoces. ¿De qué?
—Es una larga historia que no me apetece recordar.
Kagome observó la imponente figura del Daiyokai caminando hacia la puerta de la celda para salir de ella.
—¿Me vas a dejar aquí? ¡Me estoy empapando por culpa de la lluvia!
—No me importa tu bienestar —contestó él, fríamente.
—Los humanos somos seres débiles... Si me dejas aquí, embarazada y con este frío, es posible que no sobreviva mucho tiempo. ¿Cómo vas a llevar a cabo tu venganza si me muero antes?
—No me subestimes, niña ¿Acaso crees que voy a fiarme de ti?
—Pero con esta cuerda no puedo hacer magia.
—Tengo entendido que eres una buena luchadora. Podrías acabar con cualquiera de mis soldados.
Kagome lo miró con rabia al ver que era imposible manipular a aquel demonio tan frío y calculador. Necesitaba salir de la celda y descubrir la verdad sobre las cosas que había olvidado. Tenía que ser drástica para que le prestase la mínima atención.
Se agachó a alcanzar una pequeña piedra puntiaguda que usó para hacerse un buen corte en la muñeca. Por alguna razón, el Daiyokai la necesitaba viva, así que debía jugar con esa baza y rezar para que su teoría fuese cierta.
—Si no me sacas de aquí, pienso morirme desangrada —dijo la joven, contundentemente.
Sesshomaru se giró al oler la sangre que empezaba a inundar la celda. Kagome observó cómo sus ojos se tornaban rojos y los colmillos empezaban a asomar por la comisura de sus labios. Aquella reacción no se la esperaba en absoluto, como si de un vampiro se tratase.
—¿Qué haces, idiota? —dijo Sesshomaru, con enojo.
Acudió velozmente hacia ella y le sujetó la muñeca sangrante con sus garras. Kagome sintió miedo al ver que se estaba empezando a transformar en una especie de bestia. Sus planes no marchaban según lo previsto al percatarse que aquel demonio sentía sed de sangre, y podría acabar con su vida en cualquier momento.
Le lamió la muñeca mientras sus ojos carmesí se posaban sobre los suyos. Kagome emitió un pequeño gemido de dolor al recorrerle la lengua por su brazo, como si estuviese saboreando su piel. Le extrañó su comportamiento al no tener claras sus intenciones, sin darse cuenta de que un extraño y placentero escalofrío empezó a brotar de su interior.
¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué se excitaba de aquella forma mientras le succionaba la herida? ¿Se estaba volviendo loca?
La agarró por la cintura para su sorpresa, y aquella postura le resultó tremendamente familiar. Kagome le abrazó el cuello con la otra mano, sintiendo un déjà-vu al instante, como si aquel gesto respondiese a algún tipo de instinto. Se notó acalorada ante la sensación de encontrarse atrapada entre sus brazos mientras su lengua seguía recorriendo la muñeca hasta no dejar ningún rastro de la herida. Ambos se miraron, sorprendidos y avergonzados con lo que acababa de suceder.
Sesshomaru se apartó al recuperar el control sobre sí mismo. La sangre de la joven lo había reconfortado de forma que ya no sentía ningún dolor de cabeza. Sus miradas volvieron a cruzarse, curiosas y sorprendidos por la extraña forma en la que sus cuerpos reaccionaban. Su dulce olor y sabor habían provocado que la bestia que yacía en su interior despertase de su letargo. ¿Cómo era posible que aquella humana le estuviese causando tales sensaciones? ¿Acaso le estaba intentando hechizar para poder escaparse de él? Mientras estuviese atada con la cuerda mágica no era posible utilizar ningún tipo de encantamiento. ¿Entonces por qué su corazón se aceleraba con solo mirarla? Sin duda alguna se trataba de una mujer preciosa y fuerte. Pero no dejaba de ser una humana que se había convertido en su enemiga, habiendo cometido el mayor error de su vida al haberle atacado de forma tan ruin. Aquello era un desafío que jamás perdonaría. La reina del Sur debía pagar por lo que había hecho, y por ello no le daría ninguna oportunidad de escape.
Kagome se sonrojó sin entender por qué de pronto, con el contacto de sus cuerpos, un tremendo deseo empezó a brotar en su interior. El Daiyokai era terriblemente apuesto y su belleza dolía con tan solo mirarlo, pero no entendía aquella excitación teniendo en cuenta que se encontraba ante un asesino depredador que no dudaría en hacerla sufrir hasta el final. ¿Habría sentido él aquella especie de electricidad?
Sesshomaru la observó con rabia contenida. Su fría mirada expresaba furia por haber tenido que someterse a su voluntad, rescatándola de nuevo casi de forma instintiva, y volviendo a embriagarse con su aroma, que no era capaz de quitarse de la cabeza. Se sorprendió por haber probado su sangre, puesto que los Daiyokai no se alimentaban de ella. Le extrañaba demasiado que su cuerpo hubiese actuado por su cuenta al verla herida, curándola con su saliva y reconfortando su cabeza al tomarla. De ser otro humano ya le habría rasgado el cuello con sus garras para así acabar con su inútil existencia. Un Daiyokai como él no tenía por qué aguantar sus impertinencias. Pero la curiosidad le carcomía por dentro. Necesitaba respuestas que clarificasen la reacción de su cuerpo o el acelerado latido de su corazón al rozar su suave piel.
Apretó los puños, rabioso ante las palabras que no quería en absoluto pronunciar. Aquello se había convertido en una batalla psicológica, y no tenía más remedio que ceder si quería mantenerla de momento con vida para poder estudiarla.
—Te llevaré al palacio —dijo, finalmente—. Pero pienso vigilarte a todas horas. Llevarás la cuerda mágica para que no puedas usar tus poderes. Como intentes escaparte, juro que te quedarás en esta sucia celda hasta el fin de tus días.
Sesshomaru llevó a Kagome atada a una habitación cercana a sus aposentos. A la joven le resultaba aquel castillo demasiado familiar, como si ya hubiese pisado aquellos largos pasillos y visualizado las grandes paredes de madera.
—Te quedarás aquí vigilada por un soldado Yokai que no dudará en avisarme si intentas escapar. La doncella te traerá tres comidas al día y siempre estarás atada con la cuerda mágica.
—¿Qué debo hacer si necesito darme un baño? —preguntó Kagome.
Si la doncella la acompañaba, sería mucho más fácil poder escapar.
—Irás conmigo.
—¡Ni hablar! —exclamó ella, ruborizada. Se negaba a que el Daiyokai la viese desnuda.
—Entonces no te bañes —dijo él, con desdén—. Nadie te obliga a ello.
Kagome refunfuñó, pero no tenía más remedio que acceder a su petición si quería mantenerse limpia. Estaba claro que su única intención era vigilarla.
La doncella la acompañó al baño para ayudarla ya que sus manos permanecían atadas con la cuerda. Sesshomaru las seguía a una distancia prudencial, para poder actuar en caso de que a Kagome se le ocurriese cometer alguna locura.
—¡No mires! —gritó, con indignación.
—Tranquila. No hay nada que no haya visto antes en otras mujeres —contestó él, en la lejanía.
Lo cierto era que su cuerpo reaccionaba de forma extraña con ella, y al observarla disimuladamente entrar en el agua tapada por una pequeña toalla no hizo más que provocarle un terrible ardor.
Le llenó de inmensa rabia reconocer que era una chica preciosa, con fuertes brazos y piernas fibradas que podían tumbar a cualquiera de una patada. Si dejaba de mirarla, probablemente idearía una triquiñuela para huir de aquel lugar y regresar con su ejército de sureños. Posiblemente la buscaban, y el líder de los lobos quizás ya sospechaba de él. Se preguntó si aquel demonio lobo sería el padre de la futura criatura.
"¡Me da igual!"
La doncella se acercó a la joven reina para ayudarle a limpiar el cabello. Su melena, completamente oscura y salvaje, contrastaba con la claridad de su piel. Sus ojos expresaban furia y vitalidad. La vitalidad de una superviviente que no dudaría en usar todas sus armas con el fin de escaparse al mínimo despiste. Debía andar con sumo cuidado con ella.
Al marcharse la doncella, Sesshomaru se acercó al centro de la sala donde se hallaba una gran piscina de aguas termales. La joven lo miró, recelosa, intentando cubrirse con la toalla dentro del agua.
—¡Pervertido! —gritó.
—Tus técnicas para alejarme de ti no funcionarán conmigo —respondió él—. Los seres humanos no me atraen en absoluto.
Kagome se ofendió con sus palabras. Estaba claro que se trataba de un Daiyokai que odiaba a las personas. Pero podría haber tenido algo más de tacto al decirle que no la consideraba atractiva.
—En eso estamos de acuerdo, entonces. Los demonios como tú tampoco me atraen lo más mínimo.
Sesshomaru sonrió maliciosamente.
—Cualquiera lo diría, teniendo en cuenta de que la criatura que llevas dentro es un medio demonio.
—¿Qué?
Kagome se levantó del agua sin pensarlo, dejando al descubierto su bello cuerpo enfrente de él. Sesshomaru se ruborizó al instante al verla, e intentó apartar la mirada para disimular aquella reacción tan poco digna de un Daiyokai como él.
—¿Cuándo pensabas decírmelo? —preguntó, enojada.
—¿Es que acaso no sabes quién es el padre?
Kagome se abochornó al haberse auto delatado, y volvió a cubrirse con el agua de inmediato.
—Gracias a tu cadena mágica, no puedo concentrarme en su aura demoníaca —contestó, intentando excusarse.
—Eso no responde a mi pregunta.
Sesshomaru se acercó a ella todavía más. Le empezó a parecer bastante entretenido hacerla enfadar de aquella forma.
Kagome le miró a los ojos, sonrojada ante lo sucedido. El Daiyokai parecía estar disfrutando de la situación. No debía revelarle el secreto de su pérdida de memoria para no mostrarse débil frente a los enemigos.
Sesshomaru le lanzó una toalla seca al borde de la piscina y se alejó unos metros, simulando completa indiferencia. Había algo en aquella chica que le atraía, algo mucho más fuerte de lo que se atrevía a reconocer. El dolor de cabeza volvía sin tregua cuando intentaba concentrarse en dónde había sentido aquella esencia que le resultaba tan familiar. Si hurgaba en sus recuerdos, la fuerte migraña aparecía como si le advirtiera de que debía dejar su pasado atrás. Un pasado en el que su aroma fue algo sumamente importante para él.
Pero era solo eso.
El pasado.
UN MES DESPUÉS DEL SECUESTRO DE KAGOME
PALACIO DEL ESTE
Hanna se hallaba sentada en el trono del palacio del Este, a la espera de recibir la audiencia de diferentes súbditos que le informaban sobre los avances de la guerra. Las tierras se encontraban plagadas de enemigos fieles a Kirinmaru, que había desaparecido hacía tres meses. Probablemente estaría muerto como consecuencia de la maldición, pero sin su cuerpo, no existían pruebas de su fallecimiento y por lo tanto, aún se albergaban esperanzas de volver a verle por parte del pueblo.
Su padre seguía en el Norte, junto con su esposa, la Diosa Irasue, al frente de las tropas norteñas que la ayudaban a combatir en el Este cuando atacaban los rebeldes.
Los porticones del salón se abrieron, permitiendo la entrada de un Yokai que había venido a ofrecerle información de su interés.
—Yuki...
Hanna se levantó del trono para recibirle.
—La encontré, mi Lady —dijo él, arrodillándose ante ella.
—¿Estás seguro?
—Sí. Hace un mes aproximadamente. Era la sacerdotisa. La reconocería en cualquier parte.
—¿La mataste?
—No pude. Vuestro esposo me lo impidió.
Hanna apretó los puños con rabia. Había subestimado a la sacerdotisa dejándola en manos de Tetsuo y ahora, tras derrotarlo, la llamaban Lady Minami, la reina de las Tierras del Sur.
¿Cómo era posible que Sesshomaru hubiese intervenido para salvarla? ¿Acaso la maldición no había funcionado correctamente?
Su bello rostro se tornó oscuro y fantasmal. ¿Tanto la quería como para seguir protegiéndola a pesar del borrado de sus recuerdos?
—¿Por qué no me avisaste de inmediato?
—Lo siento, mi Lady. Estuve indagando sobre el Portal del Tiempo, tal y como me ordenasteis.
—¿Algún progreso?
—Todavía no han logrado deshacer el hechizo para que los Yokais que lo traspasen se conviertan en humanos.
Hanna pensó en qué es lo que debía priorizar.
Decidió ir en persona a enfrentarse con la sacerdotisa. Aquella mocosa no se saldría con la suya tan fácilmente. Ahora Sesshomaru le pertenecía y protegería lo que es suyo con toda su alma. El Portal del Tiempo podía esperar un poco más.
—Necesito que viajes a las Tierras del Norte y avises a mi padre, Lord Ryukotsu. Mañana partiré hacia el Palacio de la Luna.
—A sus órdenes, mi Lady.
ALDEA DE KAEDE
—¡Kohaku! —gritó Rin al ver a Kirara en el cielo sobrevolando la aldea—. ¡Son Inuyasha y Kyoko!
Kohaku y Kaede salieron apresuradamente de la cabaña, incrédulos ante las palabras de la muchacha.
La nekomata aterrizó, permitiendo que Inuyasha y Kyoko tomaran tierra sujetando a Kirinmaru, que se había quedado inconsciente durante el viaje debido a la maldición. Shippo apareció en medio de su pelaje.
Kaede preparó una cama para el Daiyokai, además de un paño con agua y un kimono limpio. Kohaku se montó en el lomo de Kirara para avisar a Sango y Miroku del retorno de sus amigos.
—Déjame ir... —dijo Kirinmaru, tumbado en la cama, mientras Kyoko le pasaba el paño húmedo por toda la piel—. Solo soy un estorbo.
—¿Qué le ocurre? —preguntó Rin, que se encontraba en la misma habitación.
—Los Daiyokais son criaturas muy orgullosas —dijo Kaede—. Está enfermo, y no parece que vaya a sobrevivir mucho tiempo.
—No está enfermo —replicó Kyoko—. Está bajo los efectos de una maldición.
Kaede lo observó, posando sus manos sobre su cuerpo para detectarle el aura.
—La maldición está muy avanzada. Debería haber muerto. ¿Qué habéis hecho para que sobreviva todo este tiempo?
—Le he ido ofreciendo mi sangre —contestó la joven—. La mía y la de otras personas.
—¿Están vivas?
Kyoko asintió con la cabeza.
—Inuyasha supervisaba las tomas. El problema es que ya no es suficiente. Y cuando la luna llena se acerca, los dolores se vuelven casi intratables.
—En todo caso está muy débil. Sé que su cabeza tiene precio, por lo que no puede seguir viajando. Si lo interceptan, no habrá posibilidades de salvarlo.
Inuyasha y Shippo entraron en la cabaña.
—No teníamos a donde ir. Nos buscan por todas partes. ¿Qué podemos hacer, vieja?
—Un poco de respeto, Inuyasha —recriminó Kaede—. Qué poco has cambiado...
—¡Bah! A estas alturas poco voy a cambiar.
—Habladme un poco sobre esta maldición —dijo la anciana.
—Está pensada para olvidarse de los seres humanos —dijo Kyoko—. También implica que los humanos se olviden del Yokai maldito. Pero tiene sus consecuencias. Poco a poco, el Yokai maldito se va consumiendo en un dolor de cabeza insufrible que solo se calma con sangre.
Kaede observó a Kirinmaru, pensativa.
—He oído hablar de ella. Y también de las devastadoras consecuencias que deja en el cuerpo del Yokai. Por suerte, él es un Daiyokai, y suelen sobrevivir más tiempo, pero no sin pasar por un terrible sufrimiento hasta acabar como un vegetal.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó Kyoko, sin fuerzas. Había intentado mantener a Kirinmaru con su sangre, y también sufría las consecuencias.
—Debéis averiguar quién lo hizo —contestó la anciana—. Normalmente este tipo de maldiciones se rompen con la muerte del sujeto maldito. Cuando esté en las puertas de la muerte, empezará a recordar, así como los humanos que se olvidaron de él.
—Lo hemos intentado todo. Pero no encontramos ninguna pista para romperla —dijo Kyoko.
—Es complicado —prosiguió Kaede—. Este tipo de maldición no deja pistas porque manipula los recuerdos de los afectados. Kirinmaru no recordará nunca quién lo hizo. El encantamiento se utiliza para que el demonio pierda cualquier vínculo afectivo con la humanidad. De esta forma es más fácil manipularlo para batallar contra nosotros, los seres humanos. Tiene que haber sido alguien muy interesado en exterminarnos. Probablemente un hechicero de alto rango.
—Kikyo nos dijo que buscáramos a Neyma. ¿La conoces? —preguntó Inuyasha.
—Esa vieja bruja solía estar por el Sur... siempre desaparece cuando la necesitan. Sí que os podría ayudar, ya que ella es capaz de descifrar quién le maldijo. Quizás Myoga, la vieja pulga, os podría ayudar a encontrarla.
—¿Dónde está Myoga?
—Hace tiempo que no le veo. Desde que los Yokais empezaron la guerra, ya no aparece por la aldea.
—Maldito cobarde... —murmuró Inuyasha.
—¿Sabéis algo de Kagome? —preguntó Kaede, cambiando de tema.
—Yo fui el último en verla —contestó Shippo—. Desapareció hace tres meses, cuando escoltábamos a Sesshomaru hacia las Tierras del Este, donde se iba a celebrar la boda de Kirinmaru con la Diosa Irasue.
—¿Quién es Sesshomaru? —preguntó Rin.
Inuyasha, Kyoko y Shippo la miraron con incredulidad.
—He oído hablar de él —dijo Kaede—. Es el Lord de las Tierras del Oeste, ¿cierto? Aquel que se casó con la hija de los norteños, Lady Hanna.
—¡Es mi hermano! ¿En serio no os acordáis de él? —insistió Inuyasha.
Kaede y Rin se miraron, confundidas.
—Tenemos un problema aún mayor —dijo Kyoko, tocándose la cabeza.
Los días transcurrían de forma veloz en el Palacio de la Luna a pesar de que Kagome permanecía encerrada en su habitación y vigilada a todas horas. La guerra de los Cuatro Puntos Cardinales continuaba y el ejército sureño se acercaba a las Tierras del Oeste en busca de su reina.
Cuando Sesshomaru regresaba de las batallas libradas, buscaba cualquier excusa para ir a visitarla. Habían alcanzado una especie de entendimiento entre ambos que les provocaba cierta dependencia y estabilidad emocional. Kagome aprovechaba la situación para obtener algunas licencias como ir un rato a la biblioteca todos los días, o entrenarse en uno de los dojos de palacio. Sesshomaru la acompañaba cuando salía de la habitación, pues no podía dejarla a cargo de nadie. En primer lugar, debido a que aprovecharía cualquier despiste para escaparse y por último, era imprescindible mantener su anonimato. Nadie debía saber que Lady Minami se encontraba retenida en el palacio, pues llegaría a oídos de Hanna, y sabía que la buscaba para matarla.
Kagome empezaba a notar que el Daiyokai la cuidaba a su orgullosa manera. Desde que acudía regularmente a la biblioteca, los libros se encontraban mucho más ordenados que de costumbre. Incluso ya disponía de un armario con bonitos kimonos y ropa de entrenamiento para su propio uso. Además, la cuerda mágica había sido sustituida por dos aros mágicos que realizaban la misma función, puestos uno en cada muñeca de forma que ya era capaz de usar sus manos. Todos aquellos detalles provocaban que, a pesar de hallarse encerrada en el palacio, se sentía más una invitada que una prisionera, y ello le causaba alivio para poder pasar la estancia más tranquila.
¿Y ella? ¿Podría llegar a apreciarle a pesar de sus amenazas y la intención de matarla una vez hubiese dado a luz?
Conforme los días transcurrían, el amor hacia su bebé aumentaba. Quizás se trataba del instinto maternal del que tanto había oído hablar, y por ello empezaba a tomar sus decisiones pensando en la seguridad de su futuro hijo o hija.
¿Y si intentaba algún acercamiento más íntimo con él para que le costase más llevar a cabo su venganza?
"¡Diablos! Es Sesshomaru... ¿Cómo podría funcionar semejante plan?"
Kagome llevaba un mes secuestrada, y era obvio que debido a su estricta vigilancia habían realizado algún tipo de acercamiento. Pero existía un gran abismo entre aquel hecho y pensar en el arte de la seducción con su captor: un demonio frío y sanguinario con un corazón imposible de derretir.
Pero no tenía nada que perder. Si lograba ganar su confianza, sus posibilidades de escapar se verían aumentadas.
Kagome decidió escribir una nota a Sesshomaru para ir a los jardines a contemplar la luna llena. Con la ayuda de su doncella, se vistió con un hermoso kimono rojizo y algo escotado que le realzaba la figura. Al mirarse al espejo se percató de que su cuerpo se había redondeado con el embarazo. Incluso podía notar ligeramente la curva de su vientre.
Se peinó con un bello recogido de flores, perfumándose con olor a jazmín para que resultase completamente embriagador.
"¡Ves a por todas! No tienes nada que perder."
El Daiyokai, al entrar en sus aposentos, notó algo extraño en su comportamiento.
—Pareces distinta —dijo él, mientras caminaban hacia el jardín e intentando no mirarla para evitar el rubor. Después de todo, no era inmune a su atractivo.
Kagome observó al guapo demonio, que también se había vestido con un bonito kimono azul de seda estampado con flores de cerezo. El reflejo de la luna en su rostro lo hacía más bello y misterioso que de costumbre, y su cabello largo y suelto le daba un toque salvaje.
—Quería hacer algo diferente. Llevo un mes siendo tu prisionera, y aún no me habías permitido salir fuera del castillo.
—Sabes que no quiero que llames la atención. Solo la doncella que te asigné conoce de tu existencia, además de uno de mis soldados más fieles.
Sesshomaru cerró los ojos, haciendo un gesto de dolor que intentó disimular.
—¿Qué te ocurre?
—No es nada. La luna llena no me sienta bien últimamente. ¿Por qué me has citado?
—Quería dar un paseo y sabía que no accederías a ello sin tu compañía.
El Daiyokai intentó no fijarse en su sugerente escote, que parecía haber crecido con su embarazo. Su cuerpo de infarto empezaba a ofrecer algunas curvas que no hacían más que aumentar su belleza.
¿A qué se debía aquel bonito vestido y carácter más apacible que nunca?
Sin duda alguna, tramaba algo, y él no se dejaría engañar tan fácilmente.
—Apestas —dijo él, volviendo a la frialdad de siempre.
Kagome se enfureció por dentro. Era muy difícil alcanzar el duro corazón de aquel demonio.
—¿No te gusta? Es un perfume de jazmín que me ha dado mi doncella —contestó, intentando no parecer enojada.
—Vienes aquí con ropas sugerentes y más dócil que de costumbre. ¿Pretendes engañarme?
Sesshomaru tomó su rostro, acercándolo al suyo hasta que sus miradas se encontraron brillando bajo la luz de la luna. El corazón de Kagome dio un fuerte vuelco al percatarse de que bajo la frialdad de sus ojos dorados y felinos, se escondía una llama que le estaba consumiendo por dentro.
—No sé a qué te refieres, Sesshomaru...
Se fijó en sus carnosos labios, perfectos y letales cuando sus colmillos asomaban, blancos y relucientes.
¿Qué estaba ocurriendo? Aquel demonio, con tan solo tocarla, la estaba excitando de forma enfermiza. ¿Serían las hormonas? En sus libros de medicina había estudiado que el embarazo podía provocar un aumento del apetito sexual. Tenía que ser eso.
—No soy tan estúpido como para caer en tus falsos encantos —le susurró en el oído, firmemente y con una voz que le sonó autoritaria y extremadamente sensual al mismo tiempo.
Se alejó de ella con intención de despreciarla.
"No necesitas disfrazarte de alguien que no eres para encandilar a un hombre" pensó mientras se mantenía a una distancia prudencial. La justa para no dejarla escapar si se le ocurría tal idea.
De pronto, el terrible dolor de cabeza se apoderó de él hasta el punto de caerse el suelo, retorciéndose en el mismo mientras la joven se giraba sin saber qué hacer. Por un momento pensó en escapar, pero no podía dejarlo en aquel estado de sufrimiento.
—Sesshomaru... —dijo, acercándose a él.
—¡Vete! —exclamó mientras gruñía y los ojos se volvían de color carmesí—. Es peligroso...
—¿Desde hace cuánto que te pasa esto?
—La luna... —murmuró, intentando señalarla con sus garras, cada vez más afiladas.
Kagome se fijó en la luna llena. ¿Podría ser que le afectara de tal forma? Recordó las leyendas de vampiros y hombres lobo que existían en su época. ¿Y si se estaba transformando en una especie de "Drácula"? Cualquier cosa podía suceder en la era feudal.
Pero no era capaz de abandonarlo, aun sabiendo que se le había presentado una gran oportunidad para escapar de aquel lugar.
—Querías huir de mí... ahora puedes... —murmuró, preso del dolor.
—No pienso dejarte en este estado.
Kagome le ofreció su cuello.
—No puedo controlarme. ¡Vete de aquí! —gritó mientras se transformaba en una bestia.
—Sí que puedes, Sesshomaru. Hay algo dentro de ti que te impide hacerme daño.
—¡No!
El Daiyokai no pudo evitar que la bestia que habitaba en su interior agrediese el cuello de la joven, de tal forma que empezó a succionar su sangre como si se tratase de un vampiro. Kagome lo abrazó fuertemente, rezando para que su teoría sobre no querer matarla fuese cierta.
El intenso dolor de la mordida se fue convirtiendo en algo sumamente placentero a medida que la lengua se deslizaba suavemente, saboreando cada parte de ella y deleitándose para apaciguar su sed. Kagome cerró los ojos fantaseando sobre cómo sería si su lengua le recorriese el cuerpo entero, y sin darse cuenta, su respiración comenzó a acelerarse.
Sesshomaru continuaba tomando su sangre, percatándose de que aquello podía ser peligroso para ella y para el bebé. Intentó frenarlo, pero se estaba quedando sin fuerzas, ni siquiera para gritar y suplicarle por su vida.
Se desmayó en sus brazos, sin poder seguir luchando.
Kagome abrió los ojos lentamente. Se encontraba en sus aposentos acompañada de su doncella, y era de día.
"Estoy viva" pensó.
—¿Dónde está Sesshomaru? —preguntó.
—Ahora mismo le aviso —respondió la doncella.
El Daiyokai no tardó en acudir, vestido con un kimono negro de entrenamiento y el cabello recogido con una larga coleta.
—Has venido... —murmuró la joven, todavía débil.
—Estaba entrenando en el dojo.
—Ya es de día...
—Has dormido toda la noche.
—¿Cómo está mi bebé?
—Está bien.
Acercó la mano de la joven a su barriga, y la apretó delicadamente.
—El corazón late aquí —señaló él, para alivio de ella.
—¿Y tu cabeza? ¿Te sigue doliendo?
—Nada que no pueda soportar —dijo, sin mirarla a la cara.
El Daiyokai se alejó de ella para marcharse de la habitación, y antes de abrir la puerta se frenó en seco.
—Anoche pudiste escapar fácilmente, y no lo hiciste —dijo él, de espaldas hacia ella—. No lo olvidaré.
Cerró la puerta, dejándola sola descansando.
"De nada" pensó, sabiendo que aquella frase era su forma de agradecer lo que ocurrió la noche pasada.
Sesshomaru permaneció un rato junto a la puerta, pensando en todo lo sucedido. Cerró los puños sin poder quitarse la imagen de la joven reina de la cabeza.
"Maldición... ¿Qué me pasa?"
Estaba convencido de que la muchacha pretendía seducirlo para escaparse a la mínima oportunidad, y justo en el momento en que podía haber huido de él, decidió ofrecerle su sangre para ayudarlo, aun sabiendo que era peligroso para ella y para su bebé.
¿Por qué lo había hecho? Su comportamiento le desconcertaba. Ya no era capaz de mirarla a la cara sin sentir vergüenza o mostrar calidez en su mirada.
—Lord Sesshomaru —dijo Yun, uno de los súbditos de mayor confianza—. Os estaba buscando.
—¿Qué sucede?
—Lady Hanna acaba de llegar a palacio.
El Daiyokai se llevó un toque de realidad con la información de su soldado. Su esposa se encontraba en el castillo, esperándolo, y probablemente con la información que le podía haber dado Yuki sobre su encuentro con él. Por algún motivo quería a Lady Minami muerta. Quizás porque la consideraba una enemiga potencialmente peligrosa, o puede ser que existiese algo que no le hubiese contado aún. Al fin y al cabo, hacía más de un mes que no se veían y debían ponerse al corriente de los acontecimientos.
—¡Querido! —exclamó Hanna al ver a su esposo aparecer en el gran salón del palacio.
Sesshomaru respiró aliviado. Con la llegada de su mujer se le quitaría la imagen de la reina humana de la cabeza. Se acercó a ella con efusividad, brindándole un pasional beso en los labios que la dejó sin respiración.
Hanna sonrió, juguetona.
—Yo también te he echado de menos —dijo ella, devolviéndole el beso, sorprendida con su reacción ya que normalmente solía actuar de forma fría y distante.
La besó en el cuello con ganas, luchando por desear a su mujer más que a ninguna otra. Al llegar a sus aposentos la desnudó, dispuesto a hacerle el amor como nunca se lo había hecho, pero a medida que la acariciaba y penetraba, la imagen de la joven reina volvía a su mente, provocándole una excitación voraz.
Cerró los ojos, fantaseando con ella y sus voluminosas curvas surgidas durante el embarazo. Le parecían tan tremendamente sensuales y apetecibles que no lograba concentrarse en otra cosa.
Pensó en su preciosa mirada llena de fiereza y vitalidad cuando le apuntó con la flecha el primer día que se topó con ella.
Pensó en su dulce aroma, tan apetecible como oler las flores en primavera.
Alcanzó el clímax pensando en toda ella, abrazando a su esposa con los ojos aún cerrados para seguir imaginándose que abrazaba con pasión y dulzura a la joven reina.
Queridos/as lectores/as,
Oficialmente estoy de vacaciones.
Había pensado hacer un poco de pausa pero aunque esté de viaje, me llevaré la tablet para seguir escribiendo allá donde esté. Ya os dije que no quedaban muchos capítulos para acabar la historia, así que una pausa larga tampoco tendría mucho sentido. Por lo tanto, aquí sigo, al pie del cañón, intentando aportar mi actualización semanal (aunque he tardado algo más porque mis hijas ya no tienen colegio… y claro… las que sois mamis me entenderéis ).
Hablando de maternidad… Si finalmente Kagome logra tener el bebé, ¿os gustaría que fuese chica o chico? Me gustaría saber vuestra opinión.
Por último: Recordad dar un like, comentar, recomendar el fic… en resumen, darle mucho mucho amor pues se agradece muchísimo. Pensad que es la única recompensa que tenemos los escritores. Así que ya sabéis
Un abrazo y que paséis unas buenas vacaciones!
Comento algunas reviews:
BitterCandy: Bienvenida de nuevo! Qué alegría volver a verte por aquí. Me alegro mucho haberte dado una sorpresa tan agradable con esta historia y que te haya enganchado todavía más. Han pasado muchas cosas, aunque como comenté, poco a poco va a llegando a su fin. Este capítulo, por eso, es bastante largo.
Watashi-sama: Gracias por tu review! Por supuesto que la continuaré. Aquí llevo desde hace diez meses, actualizando casi cada semana.
Faby Sama: Hola guapa! Ya sabes que me gusta dar una de cal y otra de arena. Este capítulo yo creo que ha dado más alegrías que tristezas, teniendo en cuenta de que ha habido un acercamiento Sesshome, jeje. Como siempre, muchas gracias por tu review. Te adoro! *
Aya: Muchas gracias por tu comentario. Hay cosas que no se pueden borrar. Aquí está la prueba ;) Rin también ha olvidado a Sesshomaru. Esperemos que no por mucho tiempo.
Meka6489: Bienvenida a mi historia! Me alegro muchísimo que la estés disfrutando tanto, y más después de un tiempo de sequía de fanfic Sesshome. Los que me conocen por aquí saben que me gusta hacer sufrir, pero también dar alegrías ;). Me ha encantado tu review. Muchas gracias!
