CAPÍTULO 48

"PATERNIDAD"

CASTILLO DEL NORTE

El encuentro de Hanna con su esposo en el funeral de Lord Ryukotsu fue un completo desastre. El Daiyokai apenas le había prestado atención durante los días de su estancia en el castillo del Norte, alegando que tenía deberes de guerra que atender ahora que su padre ya no estaba al frente de las tropas.

Observó los copos de nieve que caían suavemente a través del cristal de los grandes ventanales de sus aposentos. Estaba completamente segura de que Sesshomaru le ocultaba la verdad sobre la sacerdotisa y que pronto, Yuki vendría con nuevas noticias sobre ella.

La odiaba con todo su ser. Tenía todo lo que ella habría deseado y que le fue arrebatado por la familia Taisho. Con su aversión hacia la sacerdotisa, había decidido tomarse la justicia por su cuenta, ordenando a Yuki que acabase con su insignificante existencia. Hanna detestaba haber sido testigo del amor que su esposo y la sacerdotisa se profesaban... Un amor que todavía permanecía intacto a pesar de haberles borrado los recuerdos. Solo la muerte sería capaz de separarles, y por ello, había planeado su asesinato.

Lady Irasue también era peligrosa para su plan. Desde que su padre no estaba, ya no ejercía ningún tipo de presión sobre ella, por lo que en cualquier momento hablaría con su hijo y le explicaría la verdad sobre la maldición. Con un hechizo de invisibilidad logró esquivar que ambos se encontrasen en el funeral, pero aquella situación no duraría mucho tiempo. La única forma de manipularla era ejercer algún tipo de coacción con Sesshomaru. A aquella mujer solo le interesaba preservar la vida de su hijo y la de su descendencia. ¿Qué ocurriría si le contaba la verdad sobre el bebé? ¿Podría utilizarlo para mantenerla al margen?

Los nervios de Hanna florecían ante su inminente encuentro con Yuki, que esperaba en las profundidades de una cueva cercana al castillo del Norte. Si todo iba según lo previsto, el Yokai le traería el bebé de la sacerdotisa, después de haber acabado con su miserable vida.

Se recogió el cabello para disimular el calor de los nervios, a pesar del frío invernal. Odiaba la espera, aunque ésta mereciera la pena.

—Llegas tarde —dijo Hanna al escuchar unos ruidos en el fondo de la cueva.

—Disculpad, mi Lady. Ha sido un viaje algo accidentado.

Habían transcurrido dos días desde el secuestro del bebé de la sacerdotisa. Hanna observó al Yokai acercándose con las manos vacías.

—¿Y el bebé? ¿Sobrevivió?

Yuki sonrió ligeramente.

—Es un Hanyo, mi Lady. Está sano y salvo.

—Quiero verlo.

—¡Oh sí! Todo a su debido tiempo...

—¿Me estás desafiando?

La ira de Hanna empezaba a brotar, al ver que las intenciones de Yuki no eran claras.

—Antes que nada, necesito comprobar que Sara está bien.

—¿Dudas de mi palabra?

—No es que dude de vos, mi Lady. Pero los planes no han salido según lo previsto, y este bebé puede ser mi salvoconducto.

—¿A qué te refieres?

—La sacerdotisa está viva. Fue imposible acabar con ella porque se deshizo de sus cadenas mágicas. Ahora tenemos una enemiga muy poderosa que no dudará en matarnos para recuperar a su hijo.

El aura de Hanna se volvió oscura, y el suelo del palacio empezó a temblar.

—¡Maldición, Yuki! ¿No te das cuenta de que nuestras vidas corren peligro? Necesitamos a ese bebé más que nunca.

La Daiyokai intentó calmarse, a pesar de las malas noticias.

—Escúchame —prosiguió Hanna—. Tu vida también corre peligro porque la sacerdotisa sabe que tú robaste el bebé.

—Le dije que había sido un plan de Lord Sesshomaru, tal y como dijisteis, pero no sé hasta qué punto se lo creyó.

—La sacerdotisa es humana. Le costará mucho tiempo dominar su poder para aniquilarnos, así que el tiempo está de nuestro lado. Te juro por mi vida que Sara no sufrirá ningún daño. Solo podemos confiar el uno en el otro para esto.

—¿Qué le contaréis a Lord Sesshomaru?

—Yo misma me encargaré de que se enfrenten, y cuando la sacerdotisa baje la guardia, me desharé de ella. Ahora mismo le impera la ira y no será capaz de pensar con claridad. Debemos aprovechar esa ventaja para atacar. Pero necesito al bebé más que nunca.

—¿Para qué?

—Para hacer un hechizo de vinculación con él. Si me matan, él también morirá. Solo yo puedo protegerte, Yuki. Si muero, tú serás el siguiente. Sabes que jamás te lo perdonarán.


TIERRAS DEL SUR

—¡Es ella! —exclamó un demonio lobo, como si hubiese visto un fantasma.

Koga se hallaba recuperándose de las heridas sufridas tras el asalto al Palacio de la Luna con el objetivo de encontrar a Kagome. El joven líder de la manada no daba crédito a lo que escuchaba. Acudió rápidamente a la zona del bosque para corroborar la noticia.

Vislumbró una mujer a lo lejos, rodeada de un aura tremendamente poderosa. Su mirada, llena de odio, atisbaba el gran sufrimiento al que debió estar sometida, con su ropaje repleto de sangre y de suciedad.

—Kagome... —murmuró, incrédulo, intentando sacarla de su duro trance.

La joven temblaba de frío después de haber emprendido un largo viaje a las Tierras del Sur, su actual hogar. Los aldeanos la arroparon y le dieron un baño antes de que pudiese reaccionar. Se sentó junto a la hoguera del campamento del bosque, donde hacían guardia por si el ejército de las otras tierras se atrevía a venir.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Koga —. He estado muy preocupado por ti. Debes explicarme todo lo ocurrido.

—Necesito nuestro ejército —contestó la joven reina, con la ira asomándose a través de sus ojos.

—¿Dónde está tu bebé?

—Me tendieron una trampa, Koga... Mi bebé ha sido secuestrado. Debo recuperarlo cuanto antes.

Koga la abrazó fuertemente. La había extrañado tanto que dolía verla de aquella forma, presa de la rabia por la traición.

—Te acompañaré con mis lobos. Iremos a rescatar a tu bebé, pero antes debes darte un baño y prepararte para la batalla. Será muy dura.


Se encontraron frente a frente en la llanura situada bajo el cielo nublado del Palacio de la Luna. El sonido de los fuertes truenos vaticinaban la llegada de una gran tormenta. Era el escenario perfecto para el cruel combate en el que uno de los dos sobreviviría, y el otro perecería siendo recordado como un héroe por sus más leales súbditos.

Había cumplido su promesa de retarla a muerte para llevar a cabo su cruel venganza.

—Bienvenida, Reina del Sur —dijo Sesshomaru, vestido con su kimono blanco de guerra y empuñando su espada "Colmillo Explosivo" —. ¿O debo llamarte Kagome? No pienso tener compasión aunque seas una mujer.

La joven sonrió, sin ningún atisbo de duda en su rostro. Peinada con una coleta alta y armadura del ejército de los lobos, sacó una flecha de su carcaj.

—Soy una mujer humana a la que recordarás siempre.

El Daiyokai se lanzó sobre ella en el momento que le disparó, alcanzándole el brazo izquierdo con la flecha.

—Deberás esforzarte más. Tus disparos solo me producen cosquillas.

Kagome frunció el ceño, concentrándose en su aura para propinarle una fuerte patada dirigida hacia su perfecto rostro. Sesshomaru la frenó con sus puños, sin extrema dificultad, pero la fuerza espiritual aumentaba a medida que sus brazos se movían en el aire. El Daiyokai saltó encima suyo, dispuesto a atacarla con su espada, y ella empuñó su katana para defenderse.

El suelo tembló al chocar ambas espadas, que salieron disparadas en el aire.

—No necesito a Colmillo Explosivo para derrotarte —dijo Sesshomaru, orgulloso de su poder.

—Eso ya lo veremos.

Kagome arremetió contra él, propinándole varios puñetazos que cada vez eran más difíciles de esquivar. Saltó encima suyo, golpeándole con codazos en la cabeza hasta lanzarlo hacia el suelo con una llave de voltereta que incitó que la joven se sentara encima suyo. Le agarró con las piernas, provocando que ambos dieran vueltas de campana por el suelo debido al forcejeo. Sesshomaru la sujetó por la cintura hasta deslizar inconscientemente las manos hacia sus nalgas. El muro de piedra situado en la verde llanura les frenó, obligándoles a quedarse quietos, tumbados en la hierba.

La joven reina permanecía encima del Daiyokai, jadeando debido al cansancio de la lucha mientras él la observaba con fiereza y determinación.

Transcurrieron unos instantes hasta que se percataron del trance en el que estaban sumidos, perdiéndose ambos en la profundidad de sus miradas en las que se asomaba una ligera melancolía. Sesshomaru, de forma instintiva, le acarició el rostro, y con un suave gesto, la acercó peligrosamente a sus labios.

Sus fuertes latidos la delataban, y sus mejillas sonrojadas vislumbraban todo lo que había querido ocultar durante la batalla. Era inútil resistirse a lo que ambos sentían en aquel peligroso momento en el que debían seguir luchando para llevar a cabo la venganza por haberle intentado matar a sus espaldas.

La fuerte tormenta se acercaba, y la lluvia cayó sobre el campo de batalla. Ajenos a la temperatura del ambiente, a los relámpagos y a sus cuerpos cada vez más mojados, continuaron observándose extasiados, sin importarles nada más que volver a fundirse en uno solo, como antaño.

Se besaron irremediablemente en los labios, a pesar de las duras circunstancias, a pesar de haber intentado evitarlo... Fue un beso intenso, húmedo, casi desesperado por frenar la guerra en la que, dolorosamente, participaban ambos. Un beso de amantes y guerreros... de enemigos enamorados sin atreverse a reconocerlo… En aquel momento no importaban las guerras ni los bandos, ni las tierras ni los remordimientos. Solo ellos dos, inmersos en sus caricias y deseando estar juntos hasta el fin de los tiempos.

Una inmensa sed se apoderó del Daiyokai. Tan excitante y poderosa que no lograba controlarla a pesar de sus esfuerzos. La insaciable necesidad de arrancarle el vestido de piel de lobo, permitiéndole ver sus hermosos y protuberantes pechos al mismo tiempo que la joven se ahogaba con las caricias de sus húmedas garras.

Quería escuchar cómo gritaba mientras la besaba en el cuello con ansia, adorando cada gesto a la vez que sus caderas se movían encima suyo con total celeridad.

Quería darle una lección, castigarla por haberle intentado atacar por la espalda...

Quería odiarla, pero en realidad la amaba...


CASTILLO DEL NORTE

—Otra vez... —murmuró Sesshomaru al abrir los ojos en sus aposentos del castillo de los norteños. La luz del alba le nublaba ligeramente la vista, pero debía levantarse para partir hacia su hogar.

Odió haberse despertado. Desde que dejó a Kagome en el Palacio de la Luna había soñado con ella en varias ocasiones, la mayoría relacionadas con su venganza. Poco se esperaba que su sueño hubiese desencadenado en una fogosa escena que le vino de pronto a la cabeza.

"Sexo..."

Jamás lo había necesitado porque los deseos carnales siempre habían sido poco relevantes en su vida. Conocer a la joven reina le había alterado las hormonas por completo, llegando a sentir la imperiosa necesidad de autocomplacerse pensando en ella. Se había convertido en una obsesión que no lograba controlar, alejándole de la imagen de demonio frío y calculador por la que era conocido en las tierras feudales.

Una vez despejado de sus pensamientos, se miró en el espejo para acabar de arreglarse con su kimono blanco de combate y obi en el que guardaba las dos espadas legendarias.

"¿Por qué?"

No llegaba a entender el verdadero motivo de haber regresado al frente de las Tierras del Oeste, cuando lo que él siempre había deseado era ser libre y luchar por su cuenta. Algo terrible sucedía en su cabeza, pero no debía pararse a pensarlo ya que en consecuencia, las dolorosas migrañas volvían a inundarle de dolor y desesperación. Kagome le brindó cierta esperanza al explicarle que sus recuerdos habían sido borrados. Quizás, si los recuperaba, podría llegar a sus propias conclusiones y decidir el camino que debía tomar.

Ya había transcurrido una semana desde el funeral de Ryukotsu, y su presencia no era requerida en las Tierras del Norte. Hanna se bastaba para seguir gobernando el castillo, y él solo pensaba en regresar para volver a ver a la joven reina del Sur.

—Lord Sesshomaru —dijo Kyosuke, el joven soldado perteneciente a la guardia personal de su esposa—. Se ha convocado una reunión urgente en el gran salón. Lady Hanna desea veros.

El Daiyokai acabó de prepararse, preguntándose el motivo de tanta urgencia. Odiaba mirar a su mujer a la cara y pensar en la traición de sus votos matrimoniales. Sabía perfectamente que la gran mayoría de monarcas disfrutaban de la compañía de diferentes concubinas y amantes, engendrando hijos bastardos que debían ocultar o desterrar para no ultrajar el buen nombre del reino. Pero él no se consideraba como los demás. Para Sesshomaru, el matrimonio era sagrado, y su obsesión por Kagome lo había arruinado todo. Desde entonces, no había sido capaz de mirar a su esposa a los ojos sin sentirse poco honorable.

¿A quién estaba engañando? Aquella semana sin saber de la joven reina se le hizo tremendamente larga, ansiando en todo momento regresar al Palacio de la Luna para volver a verla. El recuerdo de sus besos y las caricias en su cuerpo le abrasaban hasta el punto de llenar de dolor su corazón. Ya no había razón para retenerla. No soportaba la idea de poder hacerle daño en un combate por su honor. Las cosas habían cambiado demasiado como para seguir negando la verdad.

Era egoísta. La excusa para mantenerla cautiva se disipaba como el viento, sabiendo que no volvería a verla si la dejaba marchar, a no ser que regresara al Palacio de la Luna con su ejército del Sur para hacerse con las Tierras. Al fin y al cabo se trataba de una reina humana que luchaba por su especie.

¿Qué debía hacer con Hanna? Su matrimonio con ella carecía de sentido más allá que la propia conveniencia en favor de la guerra. No deseaba hacerle daño, pero sabía que durante el tiempo que llevaban casados, sus sentimientos hacia él habían aumentado. Intentó darse un margen para poder corresponderla como era debido, pero una bruma en su cabeza le impedía abrirse al amor.

Al principio quiso amarla, intentando ver las grandes cualidades que había en ella. Era guapa, inteligente, elegante y educada. Pero todos los adjetivos del mundo no eran suficientes para encender la llama de su corazón.

Conocer a Kagome le hizo ver que el amor no trataba de tener buenas aptitudes o magníficas capacidades. Simplemente se amaba, o no. Kagome era indómita, testaruda y poco educada. Pero cualquiera de sus defectos valía más que todas las cualidades de Hanna. Solo Kagome era capaz de despertar profundos y salvajes sentimientos que pensaba que no sentiría jamás. No le importaba la guerra, la reunión con su esposa ni mantener su título de Lord del Oeste. Lo enviaría todo al mismísimo infierno si con ello lograba ver a Kagome una vez más.

"Sinceridad"

Tenía que ser sincero con Hanna. Se merecía saber la verdad aunque ello implicase la ruptura con un reino que jamás había querido. Era la única forma de volver a recuperar su honor después del vil engaño al que había sido sometida, traicionándola a ella y a sí mismo por haberse enamorado de una mujer humana.


Sesshomaru caminó por los largos pasillos del palacio, sumido en sus pensamientos. Fijó su mirada en la puerta del gran salón, a lo lejos, al escuchar el llanto de un bebé con sus agudizados sentidos.

"No es posible" murmuró para sí.

Un dulce olor le embriagó el olfato... La esencia de un cachorro Hanyo que mezclaba con perfecta armonía su propio aroma y el de la mujer a la que amaba. Dudó por un momento si se trataba de una alucinación al no poder estar junto a su verdadera reina, apresurándose en abrir las puertas para descubrir el secreto que se escondía al otro lado.

Hanna se hallaba en el fondo del gran salón, meciendo a un recién nacido en su regazo mientras los porticones se cerraban a su alrededor. Era un precioso bebé con orejas humanas, cabello plateado y blanca piel que no lograba calmarse a pesar de los arrullos de su esposa. Se acercó hacia ambos, hipnotizado por el aroma de la pequeña criatura. Hanna se lo ofreció y el Daiyokai lo tomó entre sus brazos, provocando que el bebé se calmara de inmediato. Cerró los ojos concentrándose en su olor para intentar entender lo que estaba sucediendo al mismo tiempo que sentía el cálido roce de su piel.

No albergaba duda alguna. Aquel hermoso bebé era suyo. Podía sentirlo, olerlo... aunque no lograba entender cómo había sucedido.

Tenía que resolver el misterio de su aparición.

—¿Dónde está Lady Minami? — preguntó, amenazante, a su esposa, al volver a la realidad. Su dulce olor también le recordaba al de la joven reina.

El rostro de Hanna se ensombreció al ver la actitud de su esposo.

—Tengo malas noticias, querido —dijo ella, intentando calmarle—. La Reina del Sur dio a luz en el Palacio de la Luna, pero la rabia se apoderó de ella y logró escapar con este bebé en sus brazos. Sé que la escondías, pero ella ha aprovechado tu ausencia para huir, atacando a todos los que se encontraba en su camino. Por suerte, uno de mis soldados se la encontró por el camino. Estaba confundida y desorientada, e intentó hacerle daño al bebé. Mi soldado logró escaparse con él y me lo trajo.

La rabia se apoderó del Daiyokai.

—¿Pretendes que me crea que uno de tus soldados logró escaparse con este bebé?

La agarró por el cuello.

—¡Suéltame! Me haces daño...

—Un simple soldado jamás sería rival para ella. ¿Dónde está? —preguntó, lleno de furia—. ¿Dónde tienes a Kagome?

—Si me haces daño... se lo harás también al bebé.

Sesshomaru la soltó.

—¿Has sido capaz de hechizar a este bebé para salvarte? ¿Cómo has podido ser tan ruin?

—La culpa es tuya por haberme engañado con esa sacerdotisa. Fuiste tú el que ocultó a nuestra enemiga, la mujer que atacó nuestras tierras con su ejército de salvajes. ¿No te das cuenta de que lo único que quiere es exterminarnos? Estás ciego, querido. Te arrepentirás de esto.

—A partir de ahora, tú y yo somos enemigos —dijo el Daiyokai, fríamente, sujetando al bebé en sus brazos.

—Eres como tu padre. ¡Sois todos unos traidores! —gritó, herida, mientras sacaba una pequeña daga de su kimono y se apuntaba al cuello—. Entrégame al bebé o me la clavo. Sabes que yo sanaré rápidamente, pero él es un bebé indefenso. No sabemos si sobrevivirá aunque sea un Hanyo.

Para Sesshomaru no existía acto más cobarde que usar una criatura indefensa para su propia protección. Aquella mujer era ruin y mezquina. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

Le entregó al bebé. Sabía que era la única forma que tenía de sobrevivir. Por el momento no le haría daño, pues lo necesitaba como escudo. Debía hallar la forma de desvincularlo para atacarla y acabar con ella para siempre.

Hanna realizó un hechizo para desaparecer con la criatura, y Sesshomaru se odió a sí mismo por no haberlo impedido. Debía actuar con la cabeza fría si quería salvar a su bebé... Un bebé que contra todo pronóstico era suyo y de la mujer a la que amaba. Necesitaba ayuda para romper el hechizo de vinculación, y debía encontrar a Kagome para explicarle lo sucedido. La joven reina no tardaría en reunir a su ejército, provocando una cruenta batalla que podría acabar con la vida de su cachorro.

Pensó en la aldea de la sacerdotisa Kaede... un lugar que también era frecuentado por su hermano. Prometió a Kagome que la acompañaría en busca de respuestas. Ahora que sabía que se trataba de su propio bebé, estaba seguro de que su memoria había sido borrada. ¿Qué tipo de relación llegaron a tener Kagome y él antes de lo sucedido? El dolor regresó a su cabeza, de forma aplastante.

La noche de luna llena se acercaba. Debía darse prisa.


ALDEA DE KAEDE

—Kyoko... —murmuró Kohaku al verla tan triste observando el paisaje, fuera de la cabaña.

—Por lo menos se ha levantado —dijo Rin, intentando consolar a su amigo, que parecía abatido por la joven. Sus lazos con ella se habían estrechado desde que Kikyo les contó que eran familiares.

Ambos la vigilaban a lo lejos, intentando no ser un estorbo para ella. Si necesitaba cualquier cosa, allí estaban ellos mientras Inuyasha se reunía con el resto del grupo para trazar un plan de búsqueda de Kagome.

—¿No te parece curioso saber que vas a acabar siendo padre? —preguntó Rin, para matar el rato, sin darse cuenta de las consecuencias que podría tener tal pregunta.

Kohaku se sonrojó, sin saber bien qué contestar. Cualquier palabra que saliese de la boca de Rin era pura inocencia y carecía de doble significado.

—No pienso ser padre si no encuentro a la mujer adecuada —contestó, intentando no mirarla demasiado a los ojos.

—Tienes muchas pretendientes, Kohaku. Estoy segura que habrá alguna que sea de tu interés.

El joven exterminador se enojó con aquella frase. ¿Acaso no le importaría si se prometiese con una aldeana cualquiera?

—Quizás es lo mejor —contestó con cara de pocos amigos —. Quizás acepte alguna proposición.

—Ah...

Kohaku la miró, intentando observar su reacción.

—¿Es que solo vas a decir "ah"? —preguntó, rabioso.

—¿Qué quieres que diga?

—Es igual.

Rin lo miró, sorprendida con sus gestos.

—No es igual. Te has enfadado por algo. ¿Por qué no me lo cuentas?

—¿Para qué? ¿Para perder la amistad que tenemos?

—Kohaku... quiero que te quede una cosa clara. No hay nada en el mundo que me puedas decir que ponga en peligro nuestra amistad.

—Si hiciese ahora mismo lo que estoy pensando, posiblemente no querrías volver a verme.

—¿Por qué estás tan seguro de eso?

Los ojos de Rin le miraron, desafiantes. Se percató de sus mejillas sonrojadas, y por un momento, pensó que ya era hora de confesarle sus sentimientos. Hacía demasiado tiempo que la amaba en secreto, y ya no era capaz de aguantarse más. Se acercó a sus labios, lentamente.

—¿Q... qué estás haciendo? —preguntó, nerviosa.

Kohaku se retiró.

—¿Lo ves? No serías capaz de aguantar lo que tengo que decirte.

El joven exterminador se alejó de ella, decepcionado por la reacción de la muchacha.

—¡Espera! —gritó ella, levantándose de un salto y acudiendo hacia él.

—¿Qué quieres ahora?

Rin lo agarró por los hombros y se puso de puntillas para besarle dulcemente en los labios.

Kohaku, completamente sorprendido con su reacción, la abrazó, correspondiéndole el beso después de tantos años sufriendo por su amor en silencio. No era capaz de creerse lo que estaba sucediendo. ¿Acaso ella sentía también lo mismo? ¿O necesitaba explorar sus sentimientos como cualquier adolescente de su edad?

"¿Qué más da?" pensó para sí. Se conformaría solo con eso, de momento. Tenían tiempo para hablar largo y tendido sobre lo que estaba ocurriendo.


La legendaria hechicera, Neyma, había llegado a la aldea con noticias. Kaede la recibió con honores, pues se trataba de una bruja muy poderosa que siempre había actuado prudentemente con sus hechizos, excepto cuando maldijo a la familia de Lord Ryukotsu en el pasado mediante magia negra. Era algo de lo que no se sentía orgullosa, pues sabía que tarde o temprano aquellas acciones tendrían sus consecuencias. Ya había llegado la hora de enfrentarse ellas, intentando salvar a la humanidad de la venganza de Lady Hanna.

Irasue había decidido esconderse en la aldea durante unos días junto a Touma y Sara. Jaken regresó a su pueblo en busca de Myoga con el fin de obtener pistas para encontrar a Kagome. Inuyasha y los demás también se centraron en la búsqueda de información para llegar hasta la sacerdotisa.

Inuyasha se reunió con los demás en el bosque del Árbol de las Edades. Miró el pozo devorador de huesos con melancolía, recordando viejos tiempos en los que solía viajar a través de él. Su amor por Kagome empezó en aquel pozo... y también se desvaneció con él. No había vuelto a hablar con su hermano desde entonces. En el fondo le guardaba rencor por haberle arrebatado a la chica que amaba, habiendo sido testigo de lo difícil que era dejarla marchar. Pero la vida seguía, y él se encontraba en proceso de ir sanando poco a poco su corazón herido.

Irasue apareció en el bosque, acompañada de la anciana Kaede y una hechicera que les recordó extrañamente a la mujer del lago del monte Azusa con la que combatieron el día de la muerte de Kirinmaru.

—Ella es Neyma —dijo Irasue, señalando a la hechicera—. Tiene pistas sobre la sacerdotisa.

Inuyasha la observó con recelo, pero debían confiar los unos en los otros para dar con Kagome lo antes posible.

Sara y Touma se pusieron en guardia, recordando los momentos vividos en la batalla del lago.

—No os hará nada —prosiguió Irasue—. La mujer del lago era un señuelo para despistar a Lord Ryukotsu.

—Para tratarse de un señuelo era bastante combativa —dijo Inuyasha, frunciendo el ceño.

—Siento que mi señuelo os haya causado tantos problemas —dijo Neyma, con voz tranquila—. Pero ahora tenemos asuntos más importantes que tratar.

La hechicera se acercó a ellos, tocando el talismán que pendía de su cuello con los dedos.

—Sé a dónde se dirige Kagome —prosiguió, lanzando su talismán al aire y creando una imagen en el cielo con él.

Inuyasha se acercó a donde se proyectaba la imagen, y allí la vio, acompañado de Koga, al frente de un inmenso ejército.

Su imagen era la de una mujer de belleza salvaje, subida en un demonio lobo gigante y dando órdenes como una auténtica reina. Vestía pieles de la tribu de los lobos, y le habían crecido los cabellos. Su mirada, llena de ira, distaba mucho de la mujer que conoció. ¿Qué le había ocurrido para mostrar aquel gesto de cólera en su rostro?

—Es ella —dijo Inuyasha—. La veo tan... distinta...

—Esa muchacha ha sufrido mucho —dijo Neyma—. Pero también ha ido superando todos los difíciles obstáculos que le ha puesto el destino. En poco tiempo se ganó la confianza del Sur, algo tremendamente complicado, créeme... Esta chica ha superado a su predecesora con creces.

—Es la reencarnación de Kikyo... —dijo Inuyasha.

—Puede ser... Pero ello no quita que sea más poderosa y pueda generar una energía inaudita en estos últimos siglos, más asombrosa incluso que el de la creadora de la Perla Shikon, la sacerdotisa Midoriko. Kagome es la única persona capaz de sellar el portal del tiempo.

—¿Hacia dónde se dirige? —preguntó Sara.

—Se dirige hacia el Norte —contestó la hechicera—. Busca venganza porque Lady Hanna le ha arrebatado algo muy importante para ella.

Todos los allí presentes la miraron, preguntándose qué podía ser aquello tan importante como para mover a su ejército entero e ir en busca de venganza.

—Su hijo —confesó Neyma.

—¿H...hijo? —preguntó Inuyasha, sorprendido, pensando que no había escuchado correctamente.

El Hanyo se fijó en el rostro redondeado de la joven, intentando imaginarse sus curvas bajo su traje y armadura de lobo.

—Kagome dio a luz a un bebé, y le fue arrebatado el día del parto. Removerá cielo y tierra hasta dar con él. El problema es que todavía no es consciente de la inmensidad de su poder, y podría dominarla al tratarse de una humana.

—¿Q... Quién es el padre? —preguntó Inuyasha, intentando asimilar la información que se le clavaba como cien estacas en el corazón.

—Es mío.

Se giraron al escuchar una voz que conocieron de inmediato. A unos pocos metros, a lo lejos, se encontraba Sesshomaru, vestido con su kimono blanco de combate y mirada con una expresión que reflejaba la dureza del momento.

—Es mi hijo... —repitió, ante la atónita mirada de los allí presentes.


Por favor, no os olvidéis de hacer una review si os ha gustado el capítulo.

No me da tiempo esta vez a contestarlas, pero lo haré a la próxima.

Nos leemos!