DRA-MA


Un asunto provisional


Capítulo 25

Después de muchas dudas, Hermione decidió acudir a la boda con Draco: al fin y al cabo, Ginny ya sabía lo suyo y, dado que se pasaban prácticamente todo el día juntos en la oficina y que, en teoría, ambos estaban solteros, a nadie le extrañaría que acudieran juntos. Así que el sábado, a las cinco en punto, Draco estaba plantado en la puerta de su apartamento, impecablemente ataviado con una túnica de gala en blanco y negro y una corbata azul cobalto que conjuntaba con el vestido largo de Hermione –por una cuestión puramente estética, no porque ninguno de los dos quisiera dejar traslucir que eran una pareja–. A pesar de ello, la bruja se sintió íntimamente complacida al percibir un destello de aprobación y deseo en la mirada de reconocimiento que le dirigió su rubio acompañante al entrelazar su brazo con el de ella.

En cuanto hicieron aparición en los terrenos que rodeaban a la Madriguera, adornados con cientos de farolillos, velas y flores, hubo más de una mirada extrañada al verlos aparecer juntos, acompañadas de bastantes murmullos y expresiones de curiosidad. Sin embargo, cualquier cotilleo fue acallado por la aparición de Ginny que, envuelta en tul y flores, caminaba hacia el altar con una sonrisa en los labios escoltada por Arthur Weasley.

La ceremonia fue especialmente emotiva: se hizo referencia a todos aquellos seres queridos que la guerra les había arrebatado y que, con toda seguridad contemplaban la unión de la feliz pareja desde un lugar mejor. En el momento del intercambio de votos, Hermione no pudo evitar dejar escapar un par de lagrimillas traicioneras, aunque se alegró de contar con la presencia de Draco que, sentado a su lado, enredó su meñique con el de ella en un mudo gesto de consuelo y simpatía.

Algo más tarde, fueron conducidos al banquete, servido en una inmensa carpa blanca iluminada por velas flotantes. Fue todo lo feliz que puede ser un banquete de boda: todo el mundo estaba de un humor excelente, dispuesto a hacer bromas y encajar chistes de dudoso gusto. La comida fue seguida por una sucesión interminable de felicitaciones, dedicatorias, discursos y buenos deseos para los felices recién casados y al final, todos se alegraron cuando Arthur y George, mediante sincronizados movimientos de varita, dieron entrada a las bebidas y declararon inaugurado el baile.

Hermione bailó prácticamente con toda la familia Weasley, además de muchos compañeros del Ministerio y antiguos conocidos de Hogwarts. No obstante, pasó gran parte de la velada ansiando secretamente que llegara el momento en que pudiera compartir un baile con Draco quien, por su parte, parecía absolutamente enfrascado en una conversación con un compañero diplomático del señor Weasley. La joven bruja se encontraba en un rincón de la pradera, especialmente acondicionada como pista de baile para la ocasión, tratando de recobrar el aliento tras una canción especialmente rítmica, cuando una suave voz a sus espaldas la sobresaltó.

–Así que es él ¿verdad? Un espécimen realmente magnífico, en mi opinión.

Hermione se giró para darse de bruces con una mujer cuya inverosímil belleza estuvo a punto de robarle el aliento: pelo plateado que ondeaba más allá de su cintura, ojos color aguamarina y una silueta alta y esbelta con sinuosas curvas estratégicamente dispuestas en los lugares exactamente necesarios. La mirada de la mujer recorrió a Draco de arriba abajo, en una silenciosa radiografía, antes de fijarse definitivamente en Hermione.

–Perdona que no me haya presentado antes –la mujer tenía un leve acento francés que resultaba encantador, con su tono de voz, dulce y musical–, Camille Delacour, la madre de Fleur, tú debes de ser la famosa Hermione Granger ¿no es cierto?

Fue entonces cuando Hermione cayó en la cuenta de quién se trataba: había visto a la madre de Fleur una sola vez anteriormente, en la boda de su hija con Bill, y aunque en aquella ocasión no había tenido la oportunidad de hablar con ella, recordaba que su asombrosa apariencia le había dejado sin palabras. Camille era hija de una veela y había transmitido a sus hijas gran parte de sus prodigiosos genes. La bruja más joven extendió la mano a modo de presentación y Camille se la estrechó en un lánguido ademán, para luego continuar hablando:

–Había escuchado rumores, pero hasta que no lo he visto con mis propios ojos, no me sentía dispuesta a aceptarlo ¡un veela macho! ¡Algo inédito en los últimos cinco siglos!

Hermione abrió mucho los ojos, espantada; se suponía que la identidad de Draco era un absoluto secreto únicamente conocido por ella, Blaise y Theo. Al escuchar a aquella mujer hablar tan abiertamente del asunto, la chica sintió que la invadía un instintivo afán de protección hacia Draco, que la hacía estar dispuesta a defenderlo frente a todos y todo. Camille debió percibir la vehemente actitud defensiva de Hermione, porque hizo un gesto tranquilizador con la mano y moderó el entusiasmo que revelaban sus perfectas facciones.

–¡Oh! ¡No, no, no! ¡No te preocupes, querida! ¡El secreto está a salvo conmigo! El aquelarre sabe perfectamente de su identidad y que su verdadera naturaleza ha despertado pero nadie dirá nada, se trata de uno de los nuestros, cuenta con nuestra total protección y lealtad –Hermione sintió que, al escuchar aquellas palabras, sus músculos se relajaban un poco, aunque mantuvo sus sentidos alerta–. Al fin y al cabo, si no nos protegemos entre nuestra propia especie ¿quién lo hará? Si me he atrevido a mencionártelo es porque he percibido que entre vosotros hay cierta corriente de… intimidad, así que intuí que estarías al tanto de todo.

Hermione sintió que se ruborizaba violentamente: en una de sus lecturas acerca del ciclo de apareamiento de las veelas había aprendido que, durante el celo, eran capaces de dejar impregnada a su pareja con su olor durante bastante tiempo; seguro que, aunque para el resto de personas resultara indetectable, la madre de Fleur era capaz de percibirlo.

–Así que… ¿las veelas de Francia lo habéis sabido durante todo este tiempo? –inquirió la joven, en un disimulado intento de cambiar de tema, además de por autentica curiosidad.

–Por supuesto –aseguró Camille con una sonrisa– y entre nosotras hacemos apuestas sobre cuándo encontrará a su compañera ¡debe ser algo verdaderamente grandioso!

Aunque recordaba la mayoría de la información disponible que había podido encontrar referente a los compañeros veela, la mayor parte de ella se encontraba envuelta en opacidad y misterio, por lo que Hermione sintió que la invadía una ola de creciente curiosidad que la hizo querer indagar más al respecto. Normalmente, las veelas eran muy reacias a hablar sobre un aspecto tan íntimo de su naturaleza, sin embargo, en la naturaleza de Camille, aquel rasgo colisionaba con su humano instinto cotilla

–Debe ser algo absolutamente inédito tratándose de veelas macho, ¿no es así, señora Delacour?

–Algo impresionante, sí, y me imagino que, en su caso, aún más: la naturaleza veela masculina es especialmente poderosa –la expresión de Camille se volvió levemente soñadora, mientras contemplaba a su marido, Louis Delacour, un hombre perfectamente corriente que, a unos cuantos pasos de ellas, bailaba torpemente con la tía abuela Muriel–. Me imagino que para un macho joven debe ser… como la colisión de dos planetas.

Hermione notó que un regusto amargo empezaba a invadirla al pensar en sentimientos tan fuertes por parte de Draco hacia una mujer que no fuera ella.

–¿Tan intenso es? –se arriesgó a preguntar.

–Bueno, en mi caso lo fue –la sonrisa evocadora permanecía en los labios de la semi veela–. Aún recuerdo los primeros meses después de conocer a mi Louis: era simplemente… no podía pensar en otra cosa que no fuera él. Apenas podía comer, dormir o hacer las tareas más sencillas: todo lo que existía en mi mente era él. Soñaba con amarle, quererle, pasar el resto de mi vida junto a él.

»Él se sentía como si fuera una parte de mí ¿sabes? como un brazo o una pierna… como si fuéramos dos piezas de un puzzle que, después de mucho tiempo, nos hubiéramos encontrado –Hermione escuchaba sin atreverse a interrumpir cada palabra que escapaba de los labios de la mujer–. Si nunca lo hubiera conocido, no sé qué hubiera sido de mi vida: supongo que hubiera sido gris, vacía, ¡estoy tan agradecida al destino o a los astros por haber hecho que nuestros caminos se encontrasen!

Hermione sintió su estómago encogerse, pero su masoquista deseo de saber más la empujó a seguir preguntando.

–Entonces ¿es tan especial como cuentan los tratados mágicos?

–¡Oh, querida! No creo que un sentimiento así pueda ser descrito en libros. Encontrar a un compañero, una pareja, alguien que conozca todas tus partes oscuras, las más tenebrosas, las más horrendas y, pese a todo, ame cada parte de ti; alguien que, no importa lo que ocurra, sabes que permanecerá siempre a tu lado… Eso, querida, vale toda una vida –afirmó la mujer, mirando con ojos absolutamente enamorados a su marido que, un poco más allá reía a carcajadas de la anécdota que le contaba su yerno–. Preferiría vivir un solo instante de mi vida con él a envejecer sin haberle conocido.

Tras pronunciar aquellas palabras, alguien reclamó la atención de Camille, que se despidió apresuradamente, besando en ambas mejillas a Hermione.

Entonces, la chica cerró los ojos y se permitió un momento para digerir todo lo que acababa de escuchar; paralizada en el sitio, sentía que le faltaba el aire, que era incapaz de moverse mientras los pensamientos se arremolinaban en torno a su cerebro llenándolo de ideas desagradables. Hasta aquel momento había pensado que, tal vez, todo aquello de la pareja era una exageración, una mera inclinación biológica extremadamente adornada en la literatura especializada. Sin embargo, la charla con Camille había supuesto una nueva revelación que le había abierto los ojos a la realidad: la pareja de un veela era algo con lo que nadie, no importara lo que hiciese, jamás podría competir. Draco se merecía alguien que le amara de aquella manera tan incondicional, tan auténtica; alguien en quién él pudiera concentrar todos sus torturados y complicados sentimientos. Tal vez la apasionada aventura que vivía con Hermione lo había disuadido de aquel objetivo durante unos cuantos meses pero, a la hora de la verdad, ella sabía que él merecía encontrarla o, al menos, intentarlo. Durante el tiempo que habían mantenido su peculiar acuerdo, Hermione había logrado penetrar en la psique de Draco bastante bien: había sido capaz de vislumbrar sus sentimientos hacia sí mismo –odio, autocompasión, repugnancia, remordimientos–; Draco merecía alguien en quien volcar todo el amor que era capaz de experimentar, alguien que lo enseñara a amarse así mismo.

Y estaba bastante claro que Hermione no era esa persona. Aunque Draco jamás había hablado abiertamente de sus sentimientos y ella estaba convencida de que tal vez sintiera algún tipo de afecto hacia ella –o cariño, complicidad–, Hermione había logrado detectar en varias ocasiones que él se refrenaba a sí mismo, que había algo que se guardaba para él solo y que no parecía dispuesto a compartir con ella bajo ninguna circunstancia. Hermione podría importarle, pero era imposible que jamás pudiera sentir por ella la clase de amor, de entrega incondicional del que Camille había hablado y que Draco merecía. Después de todo, el merecía encontrar su propia compañera de viaje y Hermione estaba dispuesta a dejarlo libre para ello, aunque tuviera que sacrificar su propio corazón por el camino.

Una vez tomada la decisión, se sintió mucha más liviana, así que respiró hondo un par de veces, dejó que sus pulmones se llenan del fresco y puro aire campestre y se encaminó a terminar con el asunto de una vez por todas. A lo lejos en la pradera, Hermione vislumbró a Draco muy contento, enfrascado en una conversación especialmente animada con George Wesley. Tenía que hacerlo. Tenía que hacerlo en aquel momento o jamás sería capaz de dejarlo escapar. Experimentó un dolor casi físico en el pecho: jamás volvería a ver aquella sonrisa dirigida a ella, pero tenía que hacerlo en aquel momento o más tarde no sería capaz de dejarlo ir, por lo que se armó de valor y fue directa hacia él.

–Draco, ¿podemos hablar un momento, por favor?

El rubio alzó las cejas, en actitud interrogante, pero no dijo nada y, tras despedirse de George con una palmadita en la espalda, se dejó arrastrar hacia un aparte.

–¿Todo bien? –inquirió preocupado una vez que se hallaron lo suficientemente lejos para que nadie escuchara su conversación.

–Sí, verás, hay algo de lo que quería hablarte –Hermione carraspeó y tragó saliva antes de comenzar–. Para decirlo sin rodeos: creo que esto ha ido demasiado lejos.

–¿A qué te refieres? –Draco se veía claramente confuso ante el rumbo que había tomado la conversación.

–Este acuerdo, o pacto o lo que quiera que haya entre nosotros –aclaró Hermione–. He estado pensando: el proyecto está a punto de terminar y ahora debemos centrar todos nuestros esfuerzos en ello. Creo que nuestra relación está embarullándolo todo y que ha llegado el momento de… bueno, de que terminemos con ella. Lo mejor que podemos hacer es concentrarnos en el proyecto y dejarnos de tantas distracciones.

Draco empalideció y aunque Hermione creyó ver un brillo de algo indescriptible en sus ojos, concluyó que debía haberlo imaginado porque, al instante siguiente, él se recompuso y volvió a exhibir su característica mueca de fría impasibilidad.

–Ya veo, así que te has aburrido ya ¿eh Granger? Vaya, ¿quién diría que serías tú, la virgen inexperta y no yo, quién se decidirá a acabar con esto?

–Verás, Draco –aunque Hermione sentía que el nudo de su garganta se hacía más y más grande, se negó a demostrar lo mucho que le habían herido sus palabras–, estos meses me lo he pasado muy bien, pero creo que ha llegado el momento de ponerle punto y final. Nos hemos divertido, hemos pasado buenos momentos juntos, pero no nos engañemos, ambos sabíamos que esto no iba a ninguna parte, que no iba a durar.

Draco seguía mudo, mirándola sin decir nada, inexpresivo, como si estuviera en medio de una clase de Historia del profesor Binns, por lo que Hermione continuó su discurso de carrerilla, sin dejar apenas pausa entre palabras.

–Creo que es mejor terminar ahora que estamos bien antes que estropearlo todo con reproches o malas vibraciones. De todas formas –añadió, al darse cuenta de un último detalle–, no te preocupes por tu problema, aún quedan varias semanas para tu próximo celo, tal vez para entonces ya hayamos podido terminar con el proyecto Europa y tú podrás dedicarte al cien por cien a buscar a tu compañera, aunque en última instancia, si fuera necesario y excepcionalmente, yo podría…

–No tienes por qué molestarte, Granger –la interrumpió él por fin, en un tono tan seco que le recordó al modo en que solía dirigirse a ella en la época de Hogwarts–, ya me las arreglaré para encontrar a alguien dispuesta a hacerme el favorcillo. Me alegro que hayas sido sincera conmigo y tengo que admitir que yo también me he divertido, pero no te voy a engañar: todo esto empezaba a hacerse un poco monótono, quiero decir, tal vez tú te estabas volviendo un poco pegajosa y empezabas a confundir las cosas…

«No te derrumbes, no te derrumbes ahora, Hermione»

La bruja apretó con fuerza el puño cerrado hasta clavarse las uñas en la palma de la mano. ¿Pegajosa? Así que eso era lo que pensaba de ella, al tiempo que Hermione, por su parte, atesoraba cada uno de aquellos instantes vividos, acurrucados después de hacer el amor, como los momentos más felices de su vida. Se las ingenió para mantener una actitud compuesta y con un último resquicio de dignidad terminó los jirones de su relación.

–Pues entonces, supongo que queda todo claro entre nosotros ¿verdad? No nos queda mucho más que decirnos.

–Por supuesto, Granger tú tomas tu camino y yo tomo el mío. Creo que ambos somos lo suficientemente adultos para mantener una actitud profesional en la oficina.

«Aguanta un poco más».

– Sí esto… supongo que ya nos veremos por el Ministerio.

Hubo un último momento incómodo entre ellos: frente a frente, Hermione supuso que lo más apropiado para aquella despedida sería darse la mano o abrazarse y partir como viejos amigos o antiguos socios. No obstante, Draco la sacó de toda duda porque, sin mediar palabra, se dio media vuelta encaminándose hacia una rubia vestida de rojo que andaba por allí.

Bien, Hermione no debía de arrepentirse: había hecho lo correcto, así que apretó los dientes y rezó porque él no fuera capaz de escuchar su corazón resquebrajándose en mil pedazos. Se sintió tentada a ir tras Draco, detenerlo y decirle que nada de lo que había dicho era cierto, abrazarlo con todas sus fuerzas y pedirle que no se marchara, que ella en realidad lo amaba y que no le importaba que sus sentimientos no fueran correspondidos porque ella tenía amor suficiente por los dos y jamás sería capaz de sentir por alguien lo que sentía por él. No obstante, ella era Hermione Granger, era una leona, por tanto, permaneció en silencio y dejó que él se fuera del brazo de la rubia; luego, Hermione se apareció directamente en su apartamento, se arrojó sobre la cama y dejó escapar, al fin libres, las lágrimas que llevaba toda la noche conteniendo.


N/A: ¿Quién es más tonto de los dos?