N/A: Hola! Ya comenté por FB que esta semana había hecho un gran esfuerzo para terminar esta historia –técnicamente, hasta la semana que viene aún es verano en el hemisferio norte, así que he cumplido mi promesa–, por lo que este finde habrá maratón de actualizaciones: mañana capítulo final y el domingo, el epílogo. Espero que os guste y no decepcionaros.
Con mucho cariño. De vuestra Lectora en las Sombras
Un asunto provisional
Capítulo 26
El lunes por la mañana, Hermione se sorprendió mucho al entrar en su despacho y encontrar sólo un escritorio. Sólo un escritorio, sólo una silla, sólo un perchero. ¿Dónde estaban las cosas de Draco? No tardó demasiado en averiguarlo porque, media hora después, apareció el ministro Shackelbolt y la sacó de dudas.
–¡Ah, Hermione! ¡Me alegro de encontrarte! –exclamó con tono jovial–. Esta misma mañana, me he encontrado encima de mi mesa una carta de Draco Malfoy anunciando su dimisión. Me da mucha pena porque creo que, en el fondo, se estaba convirtiendo en un buen chico y prometía mucho, pero ¡en fin! ¿Qué le vamos a hacer? Alega que es por motivos personales…
Kingsley siguió hablando, aunque Hermione ya no era capaz de escucharle ¿Draco había abandonado el proyecto?
–… así que, puesto que tu compañero ha presentado su renuncia voluntaria, a partir de hora ocupas en solitario el puesto de coordinadora del proyecto Europa, ¡enhorabuena Hermione! ¡Es una gran oportunidad para ti!
La bruja sólo pudo responder con algo parecido a un balbuceo al tiempo que estrechaba la mano del ministro. Kingsley reiteró una vez más sus sinceras felicitaciones, asegurando que tenía toda su confianza puesta en Hermione y después salió rápidamente por la puerta, alegando que tenía mucho trabajo pendiente. Una vez se hubo quedado sola, Hermione comenzó a dar vueltas por el despacho, incapaz de salir de su asombro ¿cómo se atrevía Draco a marcharse sin despedirse? ¡Aquello era el colmo de la desfachatez!
El resto de la mañana transcurrió envuelta en un maremágnum de papeleo, informes y memos. La exagerada carga de trabajo que, hasta ese momento, había soportado Hermione se había multiplicado al igual que sus responsabilidades. Por tanto, al llegar a su apartamento aquella noche no pudo más que desplomarse agotada en la cama. No obstante, fue incapaz de dormirse porque un incómodo pensamiento rondaba su cabeza ¿qué sería de Draco en aquellos momentos? ¿acaso habría ido en busca de su pareja? ¿la habría encontrado ya? No, era imposible: sólo habían pasado 48 horas desde que habían roto –si es que en algún momento había habido entre ellos una relación que romper–, él no podía haber encontrado tan rápido a la misteriosa mujer ¿verdad? Hermione se reprendió mentalmente por aquellos pensamientos tan inconvenientes y obligó a desconectar a su cansado cerebro.
Durante los siguientes días el ritmo de trabajo en el Ministerio fue horrible. Lo cierto era que Hermione siempre había sido buena en lo relativo a asuntos teóricos y tareas de oficina e inconscientemente, había subestimado las relaciones públicas; hasta ese momento no se había dado cuenta de lo importantes que realmente eran. Normalmente, era Draco quien se encargaba de negociar con los distintos departamentos: peleaba por determinadas líneas rojas, hacía concesiones y luchaba por conseguir cosas a cambio. En aquella semana que él faltó, Hermione se dio cuenta de lo hábil que era Draco en las funciones diplomáticas. Cuando por fin llegó el viernes, no tenía ganas de nada; recibió una invitación de Luna para ir a tomarse algo en el Callejón Diagon que rechazó casi de inmediato excusándose en que estaba muy cansada –puede que también un poco hecha polvo emocionalmente, pero eso no lo incluyó en su respuesta–; lo único que deseaba era tumbarse en el sofá y atiborrarse de helado mientras veía películas estúpidas en la tele.
Así que allí estaba: llevaba horas con la vista fija en la pantalla sin ver nada, únicamente tenía ganas de llorar. Hermione echaba muchísimo de menos a Draco y la idea de que jamás iba a tenerlo entre sus brazos, que nunca volvería a hacer el amor con él ni volverían a pasear a las orillas del Támesis cogidos del brazo, riéndose de todo y de nada a la vez, la llenaba de una tristeza infinita. Seguía lloriqueando, viendo una escena con la lacrimógena declaración de Ryan Gosling a Rachel McAdams, cuando unos golpes en la puerta la sacaron de su patético estado. En zapatillas de estar por casa y un horroroso pijama, sin molestarse en ponerse algo más presentable, se acercó a la mirilla para averiguar quién llamaba con tanta insistencia y se sorprendió al encontrar al otro lado de la puerta al mismísimo Theodore Nott. Hermione se apresuró a abrir para dejar pasar a Theo y cerró la puerta rápidamente antes de que la señora Jenkins tuviera tiempo de vislumbrar que un nuevo y apuesto joven la visitaba a altas horas de la noche.
–Theo ¿qué haces aquí? –preguntó con los brazos cruzados, sin molestarse en ocultar su irritación.
–¿Se puede saber qué coño le has hecho a Draco? –fue la áspera respuesta de Nott, que no parecía dispuesto a andarse con preámbulos.
–¿Que yo le hecho qué? –el enfado de Hermione crecía por momentos, si Theo iba a gritarle en su propia casa, ella tampoco pensaba tratarlo con sutilezas– ¡Él ha desaparecido sin dignarse a dar explicaciones!
–¡Por tu culpa! ¿Se puede saber qué coño le dijiste? ¡No hay manera de encontrarlo! ¿Tienes idea de la cantidad de estragos que podría causar si su cólera se descontrola?
Al poder observarlo mejor, a Hermione le resultó muy extraño que Theo Nott, habitualmente tan calmado y cerebral saliera a la calle en tal estado de descomposición: además de hablar a gritos, tenía la ropa arrugada, el cabello revuelto y la tez muy pálida.
–¡Yo no le he hecho nada! –Hermione trató de imprimirle a su voz un todo frío que, desde luego, no sentía en absoluto– Para que lo sepas, y no es que sea asunto tuyo, Nott, me limité a romper con tu amigo; algo que, por otra parte, le habrá llenado de alivio teniendo en cuenta lo empalagosa que le parezco…
–¿¡Que tú qué!? Joder, Granger, ¡lo has fastidiado todo! –tras escuchar su explicación, Theo parecía aún más desesperado si es que aquello era posible.
–¿Se puede saber qué estás diciendo, Theo? ¿Acaso no era eso lo que quería Malfoy? ¿Librarse de mí de una maldita vez y tener vía libre para encontrar a su compañera, quienquiera que fuese ella?
–¡TÚ ERES SU JODIDA COMPAÑERA! –exclamó el slytherin, fuera de sí– ¡Maldita sea, Granger, has sido tú durante todo este tiempo!
En cueato sus oídos procesaron la revelación de Theo, Hermione sintió que se quedaba congelada en su sitio.
–¿Se-se puede saber de qué estás hablando? –se las ingenió para preguntar, en tono vacilante.
–¡Madre mía, entre los dos habéis armado un lío enorme! –el chico se pasó una mano por la cara y resopló, algo más calmado.
–¡Theo, háblame! ¡No entiendo nada! ¿Cómo que soy su compañera? –al no obtener las respuestas que deseaba, Hermione siguió presionando– ¿Por qué Malfoy no me ha dicho nada de esto hasta ahora?
–¡Pues porque es Malfoy y piensa cosas raras en esa mente tan enrevesada que tiene! ¡Yo qué sé, Granger! Probablemente creyó que tú pensarías que él solo quería estar contigo porque tú eres su compañera o algún otro motivo retorcido y estúpido!
–¿Y- y desde cuándo sabes todo esto?
–Pues prácticamente desde el principio…
Aunque Theo se mostraba cada vez más incómodo y deseoso de salir de allí, Hermione no iba a permitirle marcharse tan fácilmente: aún no estaba segura de si quería llorar de felicidad o tirarse de los pelos ante el nuevo descubrimiento, pero aún necesitaba indagar más, tenía que asegurarse de que todo aquello no era un espejismo, un nuevo malentendido que la empujara a hacerse ilusiones para nada.
–¡Joder, Theo! ¿Me estás diciendo que llevamos siete meses juntos y durante todo este tiempo él ha sabido que era yo su compañera?
–Exactamente.
–¿Pero es que Malfoy es idiota o qué?
–A mí no me mires así, Granger. Esas fueron precisamente las palabras que le dije cuando me enteré.
–Pero yo no… no entiendo nada –Hermione tragó saliva, incapaz de contener las lágrimas ni un minuto más.
–Draco no quería que te sintieras atada a él –terminó explicando Nott–, pensó que tal vez, solamente estabas obligada a permanecer a su lado por algún imperativo biológico: ya sabes cómo es. Quería que verdaderamente fueras libre para elegir.
–¿Dónde está, Theo? ¡Tengo que verlo ahora! –el anterior estado de abatimiento de la bruja se había transformado en una feroz ansiedad– ¡Dime dónde está!
–¡No lo sé, Granger! ¿Por qué cojones te crees que he venido a verte? –el chico había vuelto a elevar el tono y su mirada recobró el brillo desesperado que tanto había sorprendido a Hermione– ¡He estado buscando por todo los lugares y no soy capaz de encontrarlo!
–¡Pero en algún sitio tiene que estar! ¡No puede haber desaparecido!
–¡Es lo que intento decirte desde que he entrado por esa puerta, Granger!
–¡No me chilles! ¡Y deja de tratarme como si tuviera la culpa de todo!
Theo y Hermione se hallaban frente a frente, en idéntica postura, con los puños apretados a los costados del cuerpo y las respiraciones agitadas.
–¿Cómo quieres que te hable, Granger? –Theo habló en tono más suave, desmintiendo sus palabras– Draco es mi mejor amigo y ha desaparecido: tal vez esté enfermo porque su parte veela cree que su pareja lo ha rechazado o tal vez haya perdido el control y haya tenido una explosión de magia involuntaria. ¡Joder, entre los dos lo habéis estropeado todo!
–¡Oh, pues perdóname, gran sabio Theodore Nott! Debería haber tenido el don de la adivinación para saber que era la compañera de Malfoy…
–¡Simplemente deberías haberle dicho la verdad: que estás enamorada de él!
–¿Igual que tú le has confesada a Zabini que llevas años enamorado de él? ¡Ah, espera! ¡Eso nunca ha ocurrido! –en el preciso instante en que pronunció aquellas palabras, Hermione se sintió mezquina por haberlas dicho: Theo siempre se había portado bien con ella y ahora acababa de asestarle un golpe bajo que, sin duda, el chico no merecía–. Lo siento, Theo, yo no pretendía…
–Da igual, Granger, tampoco es que hayas dicho ninguna mentira ¿no? –el chico esbozó una sonrisa, triste y cansada al mismo tiempo, por lo que Hermione no pudo reprimirse y le dio unas palmaditas reconfortantes en el hombro–. Me vais a volver loco entre los dos, lo sabes ¿verdad?
–Draco tiene mucha suerte de tener un amigo como tú, Theo, de verdad.
Súbitamente animado por aquellas palabras, el slytherin recuperó repentinamente la serenidad, se alisó la chaqueta y caminó hacia la puerta.
–Me voy ya, Granger –se detuvo durante unos momentos en el umbral–. Creo que tienes muchas cosas en las que pensar y, bueno, si alguno de los dos ya recibe alguna noticia de Draco no tiene más que avisar al otro ¿de acuerdo?
Cuando Theo finalmente se marchó y Hermione se quedó sola en el minúsculo apartamento, permaneció durante un buen rato parada en el mismo sitio. Su vida había dado tal vuelco en últimos veinte minutos, que no era capaz de procesarlo del todo. Theo llevaba gran parte de razón: aquel desastre era culpa suya; en realidad, era una culpa compartida entre Draco y ella, por ser ambos tan orgullosos y por no atreverse a hablar de sus sentimientos. Ahora tenía que encontrarlo cuanto antes, tenía que confesarle a Draco la verdad: que lo amaba, que quería ser su compañera, que quería estar con él sin importarle nada más. No obstante, Hermione no tenía ni idea acerca de dónde demonios se había metido él.
La repentina revelación atravesó su mente como un rayo: claro, no existía ningún otro lugar donde pudiera estar. Fue necesario enviar muchas lechuzas a amigos y conocidos e incluso echar mano de su estatus de heroína de guerra –algo que siempre había odiado– para conseguir hacerse con un traslador urgente hasta Escocia. Por ello, cuando Hermione se apareció en el claro del bosque donde se alzaba la cabaña que había sido el escenario de las vacaciones más felices de su vida, el sol ya estaba despuntando por el horizonte y teñía de rosado los árboles de su alrededor.
A la bruja le bastó un leve empujón a la puerta para que se abriera con un desagradable chirrido. El estado del interior de la cabaña dejó a Hermione sin palabras: los muebles estaban patas arriba, volcados e incluso rotos; las cortinas y tapicerías hechas jirones, el desorden reinaba allá donde se posara su vista: había botellas de alcohol medio vacías, envoltorios y trozos de tela tirados por los suelos y las paredes de madera presentaban arañazos de garras. Un gemido estrangulado logró sacarla de su estado de estupor y no fue preciso investigar demasiado para saber su procedencia: acurrucado en un rincón, en posición fetal, completamente desnudo y con las alas pegadas a su espalda, Draco se sacudía entre temblores agitados.
Hermione se acercó a él y comprendió que estaba soñando, ya que un murmullo ininteligible escapaba de entre sus labios. Al arrodillarse a su lado, notó que una fina película de sudor cubría su piel pálida, que en aquellos momentos parecía transparente.
–¡Draco! –exclamó, carcomida por la preocupación– ¡Draco, despierta!
El intento fue infructuoso, Draco no parecía escucharla: tenía los ojos fuertemente cerrados y no paraba de repetir, como si fuera una letanía, «se ha ido, se ha ido, ella se ha ido».
–Escúchame, Draco, tienes que despertar, estoy aquí ¿me oyes? Estoy aquí, contigo.
Hermione le agarró por los hombros y lo zarandeó, pero resultó en vano: Draco se mostraba incapaz de despertar; las pesadillas debían ser espantosa porque su cuerpo no dejaba sufrir convulsiones cada vez más violentas y el pánico comenzó a apoderarse de ella ¿y si Theo tenía razón y su naturaleza veela había sucumbido ante la idea de que su pareja le hubiera rechazado? Vaciló por un segundo sobre qué más podía hacer, pero pronto su indecisión se evaporó: se apresuró a tumbarse en el suelo junto a Draco y lo abrazó con fuerza. Aunque aquel gesto pareció calmarle un tanto, él seguía temblando, haciendo que sus dientes entrechocaran, mientras Hermione susurraba contra su sien «Ya está, Draco, estoy aquí» y le acariciaba los suaves cabellos de la nuca, tratando de apaciguarlo.
La mirada de Hermione se topó con la familiar manta de cuadros que habían llevado en sus excursiones al campo, descartada sobre un sofá desgarrado y entonces se le ocurrió una nueva idea: se separó de Draco, que gimoteó entre sueños y procedió a extender la manta en el suelo. Después, se despojó de su propia ropa, se quitó los vaqueros, el jersey y el sujetador, hasta quedar prácticamente desnuda y volvió a tumbarse sobre la manta, acercando a Draco a su cuerpo. El gesto tuvo un efecto positivo porque, acto seguido, él la envolvió entre sus brazos y plegó las alas a su alrededor, emitiendo un ronroneo satisfecho. Hermione suspiró aliviada al comprobar que sus temblores habían cesado por completo.
–Estoy aquí, Draco –murmuró contra su pelo–. Estoy aquí y no me volveré a marchar de tu lado.
La respiración del chico se ralentizó, mientras su aliento hacía cosquillas en el cuello de Hermione que, poco a poco, fue rindiéndose también al sueño, sintiendo que a partir de aquel momento todo iría bien.
N/A: ¿Qué os ha parecido? A riesgo de parecer muy pesada, nunca me canso de recordaros lo mucho que significan los reviews.
¡Hasta mañana!
