Querida oxybry, otro añito más. ¡Cómo pasa el tiempo! Espero que este día esté lleno de alegrías y sonrisas, hoy y siempre. Aquí te dejo un detallito para celebrar tu cumpleaños. ¡Muchísimas felicidades!
Descargo de responsabilidad: Seré la matriarca en esta vida (o cualquiera de sus variantes como título) pertenece a Ant Studio, Kim Roah y Gammon. Esta historia que van a leer sí es solo mía.
ATENCIÓN: Algunos pequeños spoilers aquí y allá si no llevan el manhwa al día.
[Aviso: No he leído la novela, solo el manhwa. Así que cualquier parecido con el final canon será (o no) fruto de la casualidad o de los spoilers con los que me haya topado en TMO XD. En cualquier caso, esta historia es mi versión].
Soy consciente de que existen variantes con los nombres, según los grupos de tradumaquetación. Yo me he decidido por Pherez y Florentia.
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LA PROPUESTA
Lo único que poseía Pherez en aquellos tiempos era su vida y la vacilante voluntad de vivirla, nada más. A Pherez se lo habían robado todo. Desde la infancia y la ilusión al cariño de su madre. Alimentado con sobras como si fuera un perro, ninguneado como si su mera existencia fuera una molestia intolerable, Pherez era sometido a un lento envenenamiento que le consumía las fuerzas y la determinación. Comía hierbas del jardín como un animal, por hambre y por combatir los tósigos administrados en sus magras comidas. Siempre preguntándose si estaba bien que él viviera, Pherez sobrevivía por costumbre, por inercia, o acaso porque esa había sido la última voluntad de su madre.
«El segundo príncipe que a nadie le importaba una mierda», ese era él. Lo había oído más de una vez, cuando lo creían dormido o mientras se encogía sobre sí mismo de dolor en su lecho. Un padre que no recordaba siquiera su existencia y una madrastra que sí que lo quería muerto, de hambre, de enfermedad y soledad. Como un depredador, ella había ido cercándolo y aislándolo, arrebatándole a todo aquel que le mostrara un ápice de amabilidad o afecto: dos niñeras pagaron tal humana merced con sus vidas y, solo más tarde, cuando Florentia empezó a mover sus hilos, el patriarca Lombardi hubo de ingeniárselas para mantenerlo vivo y burlar la vigilancia de los espías y asesinos de la emperatriz, Su Serenísima Ravini de la casa Angenas, madre del otro heredero, el favorito —el que sí existía para el mundo— y digno vástago de su crueldad. Los únicos recuerdos felices de su infancia habían sido las pocas visitas secretas de Tia al sombrío y ruinoso palacio de funesta historia que la emperatriz, toda gracia y magnanimidad, le había asignado al segundo príncipe. Antes de salir al mundo y convertirse en una pieza más de una partida de poder e influencia que había comenzado mucho antes de su nacimiento, sus ratos con Tia fueron las contadas ocasiones en que Pherez se permitió ser un niño, y no el pequeño fantasma que habitualmente fue, pura sombra del niño que debió haber sido.
Pero Pherez sobrevivía porque el simple hecho de que ahora había alguien que lo quería vivo, era la luz de la esperanza para sus soledades. Y si bien su amistad la ponía a ella en peligro —aunque ella se dijera intocable por su apellido—, Florentia Lombardi había traído la luz consigo una tarde de primavera. Por más que hubiera veces en las que Pherez quería tan solo rendirse y dejar de pelear por mantenerse vivo, dejar que el veneno triunfara al fin sobre su organismo y acabar con el dolor de sus entrañas, ella lo quería vivo. ¡Vivo!
Había en él, sin embargo, un inevitable punto de oscuridad, de crueldad incluso, que en ocasiones lo asustaba. Lo supo desde el primer momento en que blandió la espada de madera que Tia le había regalado. Y cuando entrenaba, lo único en que pensaba era en hacerse fuerte y en ser capaz de protegerla, decidido a romper para siempre esa cadena de desgracias que la emperatriz 'facilitaba'. Y cuando llegó el momento de buscar la venganza por la espada, de retribuir sangre con sangre, su mano no había vacilado. Se sabía despiadado, frío, en todo lo que atañera a la emperatriz y a su medio hermano. Y esa parte oscura de sí mismo hallaba cierta negra justicia poética en perdonarle la vida a la persona que intentó matarlo y en condenarla a sufrir el mismo abandono y soledad, olvidada del mundo.
Luego de la noche en que pintó de rojo los suelos de palacio, Pherez no tuvo más que asumir las obligaciones reales, que por tanto tiempo le habían estado vedadas. Su padre, el emperador, no era más que un títere de los Angenas, un inútil sin voluntad ni cabeza, que siempre dejó que los asuntos se los resolvieran otros. Pherez gobernó el reino desde su sombra y lo purgó de aduladores y partidarios de los Angenas, sustrayéndoles sus privilegios y estableciendo mejoras para los ciudadanos del reino: reguló los graneros de palacio, destinados a paliar hambrunas, fijó los precios máximos del grano y otros productos de primera necesidad, evitando así el monopolio y la especulación, estableció sistemas de atención pública (hospitales, albergues, comedores para menesterosos, escuelas, programas de formación para oficiales y aprendices…) y liberalizó las leyes que regulaban el comercio de importación y exportación de los artículos de lujo. Con el dinero entrando a espuertas en el reino, los estómagos saciados y una sociedad satisfecha, cuando su padre tuvo a bien fallecer de muerte natural, la transición fue absolutamente pacífica y ni una sola voz se alzó en su contra, mientras el pueblo llano a la vez lloraba la partida de uno y celebraba el ascenso del otro. El día que le ciñeron la corona, al sonido de fanfarrias y campanas, la corte entera estaba en la catedral, y todas las familias poderosas lucían sus mejores galas, en un ostentoso despliegue de joyas y de lujo, y ella, al frente de la casa Lombardi. Su Florentia. Tia...
Pherez alguna vez se había preguntado si la amaba porque ella era la única belleza y benevolencia que había conocido en aquellos días de soledad. Pero no, no era por eso. No la amaba solo porque ella le hubiera traído la esperanza y la fortaleza para soportar un día más, una noche más. Él la había creído, claro está, o, más bien, había decidido creerla, cuando ella le dijo que estaba bien que él viviera, y aún mucho después de sus esponsales, con la respiración sosegada de Tia durmiendo a su lado, en sus largas noches de insomnio (otra de las secuelas derivadas de su retorcido envenenamiento de la infancia) Pherez cerraba los ojos y recreaba en su mente la sonrisa luminosa de aquella niña, pero también las lágrimas derramadas por él. O si no, se le levantaba y releía, a la luz trémula de una vela, las cartas infantiles que habían intercambiado y que conservaba como uno de los pocos tesoros de aquellos años... Además, la admiraba tanto… Tia había desafiado a la mismísima emperatriz manteniéndolo vivo primero, y apoyando su facción después, con todo el respaldo y el peso de la casa Lombardi, para que él se hiciera con el poder cuando llegó su momento. Además, ella había sabido abrirse camino entre los suyos solo con su inteligencia, y había aprendido a hacerse respetar, a pesar de ser mujer, a pesar de su juventud, tejiendo a su alrededor una red de socios, aliados y conexiones basadas en la confianza, la honestidad y la reciprocidad. Florentia Lombardi había engrandecido su apellido y su casa, y su ejemplo lo estimulaba a él a hacer lo mismo. No por su apellido (porque el cielo sabe que nunca le importó demasiado tal cosa, en la misma medida que él no le importó a su padre), sino a superarse una y otra vez, a ser la mejor versión de sí mismo y llegar a ser digno de alguien como ella. Y de la admiración y el afecto había nacido su amor por ella, con tanta naturalidad que no sabría decir cuándo ocurrió, tan simple como eso…
Es por todo esto que Pherez apreciaba los pequeños y mundanos momentos (que él encontraba tremendamente íntimos) como este de ahora. La respiración tranquila de Tia, trabajando en el escritorio frente al suyo, el rasgueo de la pluma sobre el papel y el tintineo ocasional de una taza sobre la porcelana. Él sonreía, sin necesidad de apartar la vista de sus quehaceres, por la belleza de la escena repetida. No, no necesitaba alzar el rostro para saber qué espectáculo hallarían sus ojos. La luz del atardecer se colaría a través de los ventanales de cristales venecianos y crearía reflejos iridiscentes en sus cabellos, del color del otoño, y un destello verde de inteligencia recorrería los papeles y legajos sobre la mesa.
A ambos les convenía esta disposición de sus gabinetes. Siendo muchas sus obligaciones y sus cargas, les permitía pasar tiempo juntos y robar horas al día para una conversación intrascendente, una sonrisa, una broma inocente o más de un beso robado. Aun así, como cabeza de su casa, Tia se desplazaba al menos dos veces a la semana a la mansión Lombardi para reuniones que requirieran de su presencia. Allá vivían aún su padre, su tía y los gemelos, y sus tíos Vieze y Astell con sus odiosos hijos y sus nuevas familias. Su tía Shananet, siendo la mente brillante que era, manejaba los asuntos y negocios cotidianos de la familia, encomendándoles a sus tíos las cuestiones menores que, de no ser bien ejecutadas, no causaran demasiado menoscabo para los Lombardi, mientras que su padre y ella manejaban las grandes alianzas y proyectos bajo la supervisión directa de Tia. Los Lombardi seguían prosperando, y se esperaba que los gemelos se desposaran con dos hermanas de la vecina Siena, que aportarían, junto con sus generosísimas dotes, conexiones y nuevos campos inexplorados de mercado. Su madre, por su parte, era cortejada por un mercader anglosajón que sabía apreciar su inteligencia, su educación y su belleza madura. Ella, sin embargo, recelaba, escarmentada como estaba de su engañosa y desastrosa experiencia matrimonial, pero según decían los gemelos, su pretendiente la había hecho sonreír de nuevo.
Pherez miró el anillo en su dedo, recordatorio físico del día que pronunció sus votos ante Dios y ante los hombres, y no pudo evitar recordar también el día en que tan 'ingeniosamente' le había propuesto matrimonio a Tia. Llevaba meses considerando la mejor forma de hacerlo, y había ido descartando una idea tras otra casi inmediatamente… Con Tia no valían palabras de amor, porque apenas reaccionaba a sus no tan sutiles intentos de cortejo (aunque, afortunadamente, las pocas veces que sí lo hacía, su turbación de doncella y sus sonrojos lo animaban a seguir perseverando), así que finalmente se había decidido por hablar el lenguaje que un Lombardi mejor entendía: el del comercio.
—Tia… —le dijo mientras paseaban por los jardines reales—. ¿Qué opinas de una alianza formal entre los Lombardi y la familia real?
—¿Una alianza? —preguntó ella, frunciendo levemente el ceño con extrañeza—. ¿Te refieres a un matrimonio?
—Un matrimonio, sí —respondió él, mirando al frente, fingiendo cierto desapego que estaba muy lejos de sentir.
—Los Lombardi ya estamos emparentados con la familia real —le respondió ella, encogiéndose de hombros, refiriéndose a su tío Vieze, recientemente enviudado de una hermana de la difunta emperatriz.
—Los Angenas no cuentan, Tia —le replicó él, ignorando deliberadamente el sabor metálico de su garganta cada vez que sus labios habían de pronunciar el apellido que le había robado tantas cosas—. O por lo menos ya no —aclaró. Luego se detuvo frente a un banco de piedra a la sombra de un sauce e invitó a Tia a tomar asiento mientras él se sentaba a su lado—. Yo te hablo de los Durelli, del emperador mismo a través de mi persona...
—Oh —exclamó suavemente ella. Por unos instantes, solo se escuchó el susurro de la brisa en la copa de los árboles. A él, claro está, se le hicieron eternos—. ¿Te refieres a casarte tú? ¿A casarnos… tú y yo…? —preguntó ella, señalándolos a ambos sucesivamente. Él asintió con la cabeza sin pronunciar palabra y rogó al cielo para que su cara no mostrara los mismos rubores que había ahora mismo en el rostro de Tia, por más que precisamente este hecho le diera esperanzas a su corazón… Pero tal estado de venturosa incertidumbre estaba, lógicamente, destinado a no durar—. Reconozco —prosiguió ella, con un pequeño carraspeo, enderezando las espalda, alzando el mentón y llevándose las manos al regazo, adoptando esa postura un tanto distante y profesional que tantas veces le viera antes— que una alianza matrimonial con la casa real siempre es interesante y productiva. Y aunque yo misma soy una Lombardi y tu amistad sin duda nos favorece actualmente, no veo qué nuevos beneficios pueda traer un matrimonio a mi casa —concluyó con bastante firmeza, aunque los rubores encendidos regresaron a sus mejillas.
—Así que tu respuesta es… —acabó diciendo él, haciendo un gesto vago con la mano, animándola a expresarse claramente (y a romper su corazón en el proceso).
—Mi respuesta es no, Pherez —le dijo, aunque no lo miraba a los ojos.
«Bueno, de acuerdo —se dijo él—, ya sabías que esto iba a pasar… Respira, respira».
—Tia —susurró su nombre. Luego se aclaró la garganta y se obligó a que su voz sonara menos vacilante. Si iba a hacer esto, debía hacerlo bien, hasta sus últimas consecuencias… ¡Tenía un plan! ¡Solo tenía que seguirlo!—, ¿acaso crees que si me desposas tendrías que renunciar a tu posición en la familia? —La cabeza de Tia giró a tal velocidad que sus cobrizos cabellos se mecieron sobre sus hombros.
—¿Ah, no? —preguntó ella, con la incredulidad manifiesta en el rostro. Las comisuras de Pherez se alzaron en una mínima sonrisa y se felicitó a sí mismo por su plan.
—Jamás te pediría eso —le contestó él—. Sé de primera mano cuánto esfuerzo, sacrificio y dedicación te ha llevado llegar hasta aquí —Pero ella recelaba de sus palabras, y la ceja alzada daba buena prueba de ello.
—¿Estarías acaso dispuesto a tener una esposa que gestionara su propio patrimonio? —le preguntó Tia.
—Por supuesto —respondió él con naturalidad.
—¿Aunque en alguna ocasión sus actuaciones pudieran entrar en conflicto con las de la casa real? —insistió ella.
—Siempre que no se trate de un acto doloso, no veo por qué no —le contestó él, congratulándose de nuevo por haber contemplado las posibles razones de Tia para negarse al matrimonio.
—Pherez, ¿¡cómo se te ocurre!? —exclamó ella, dándole un golpecito en el brazo—. Los Lombardi somos transparentes.
—Lo sé, lo sé… —convino él—. Además, los Lombardi mantendrían sus privilegios, ciertamente —añadió—. Y si bien se te exigirían ciertas obligaciones como mi emperatriz, tengo la confianza en que sabrás compaginarlas con las de tu casa —Ella asintió en silencio un par de veces, mostrando su acuerdo, porque si algo era ella, era una persona capaz, trabajadora y llena de determinación y voluntad. Y un gesto tan pequeño como ese, el que Tia estuviera realmente entreteniendo la idea de ser su esposa y las obligaciones que con su nuevo título vendrían, hizo que el corazón de Pherez aleteara dentro del pecho con algo demasiado parecido a la esperanza.
—Pero perderé mi apellido si me caso —acabó diciendo ella, sin embargo.
—Tia, soy el emperador —le dijo él, tomándola de la mano. A ella se le encendieron (una vez más) las mejillas con lo íntimo del gesto, pero, por alguna razón (que a Pherez le daba alas), no la retiró—. Llevarás los dos. Al tuyo se unirá el mío.
—¿Disculpa? —preguntó ella, la confusión danzando en el verde de sus ojos.
—Cambiaré la ley para que puedas hacerlo —declaró él.
—¿Harías realmente eso por mí? —preguntó ella con un hilo de voz entreverado de lágrimas emocionadas que no llegaron nunca a sus ojos, su mano aún en la suya.
«Y más, mucho más», podría haber dicho él… Y aunque hacía rato que había renunciado a controlar sus propios rubores, sentía sus mejillas al borde de arder en llamas. Así que asintió con la cabeza primero y luego, llevándose al pecho la mano que no sostenía la de Tia, añadió:
—Tienes mi palabra —declaró Pherez con solemnidad. Tia clavó en él la mirada, luego la bajó a los dedos entrelazados (¿cuándo es que había ocurrido eso?) y finalmente exhaló un suspiro hondo. Él, por su parte, inspiró y formuló la otra gran pregunta de su corazón—. ¿Son estas tus únicas objeciones al matrimonio?
—No —respondió ella, sin vacilación alguna. A Pherez se le encogió el corazón, porque había pensado en todas las posibles variables, réplicas y contrarréplicas, argumentos y refutaciones, y, a pesar de todo, no tenía la menor idea de a qué otro asunto podría estarse refiriendo Tia—. Hay una más —dijo ella, bajando la mirada a las manos entrelazadas. Él hizo lo mismo y vio cómo Tia ponía su otra mano sobre la suya en un gesto audaz para una señorita de tan alta cuna. Luego alzó los ojos hacia él y se quedó mirándolo, sometiéndolo al escrutinio de sus ojos verdes. Él no podía más que devolverle la mirada, esperando su sentencia, porque así es como la sentía su corazón. Finalmente, ella preguntó—: ¿Me amas?
—Sí —suspiró, más que dijo, él—. Sí —repitió, sin vacilaciones, sin dudas. Sin mentiras… Los ojos de Tia brillaron con algo nuevo que él no había visto antes, y, para su sorpresa, ella acercó su rostro al suyo. Pherez no tuvo ni que pensárselo. Cerró los ojos, y saltó al vacío que ella le ofrecía salvando el espacio que los separaba con su primer beso.
Duró lo que deben durar los primeros besos: un instante infinito, una eternidad fugaz… Cuando se separaron, ambos tenían aún los ojos cerrados y las manos entrelazadas. El corazón de Pherez latía enloquecido de dicha, y en el rostro de Tia había una sonrisa de victoria.
—Quiero las capitulaciones matrimoniales por escrito —le dijo ella entonces. Él puso los ojos en blanco, pero sonrió.
—Las tendrás, Tia, por supuesto que sí… —le dijo, alzando sus manos para dejar en cada una un beso suave, que encendió las mejillas de ambos—. Cielos, llevas la negociación en la sangre.
—Soy una Lombardi, Pherez —le replicó ella, con un mohín de inevitable orgullo.
—Hecho por el cual siempre he estado agradecido, créeme… —repuso él, antes de volver a sellar su compromiso con el segundo beso. Y no es que haya demérito alguno en los primeros besos, pero es que los segundos resultan ser mucho mejores. Más aventureros, más osados, más…, más todo… Y los terceros, cuartos, quintos… Así hasta perder la cuenta…
Unos suaves toques a la puerta lo sacaron de sus recuerdos y al darse cuenta de quién era el visitante, una sonrisa amplia se dibujó en su rostro. Pasitos pequeños y rápidos recorrieron el espacio que iba desde la puerta hasta los escritorios. Tia dejó caer la pluma sin ningún cuidado y sus brazos se abrieron al visitante.
Su pequeña era la viva imagen de Tia a su edad… O al menos, así como imaginaba él que podía haber sido a los cinco años de edad… El mismo cabello otoñal, el mismo verde perspicaz y la misma sonrisa llena de luz…
Pherez se puso en pie y avanzó hacia las dos personas que amaba, con la certeza de que en su corazón había infinito amor para ellas y los que hubieran de llegar. Luego se agachó y la pequeña, viéndolo ya a su lado, sonrió aún más ampliamente y estiró uno de sus bracitos hacia él. Pherez cerró los ojos, dejándose arropar por el abrazo de su pequeña, mientras su otra mano se apoyaba con suavidad sobre el abultadísimo vientre de su esposa, que anunciaba la nueva vida por venir, y le dedicó entonces un pensamiento a aquella que había sido la primera en amarlo:
«He sobrevivido, madre. Y soy feliz…».
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NOTA: para quien quiera todavía más spoilers, miren la imagen absolutamente canon que acompaña esta historia XD
Querida oxybry, escrito con mucho cariño y corazón de pollo…, así salió.
