Descargo de responsabilidad: Akatsuki no Yona y Onward le pertenecen a sus respectivos propietarios. Esta historia que vas a leer, sí que es de mi autoría. Por razones narrativas, me he permitido ciertas licencias en cuanto a hechos, años y edades.

Esta historia participa en la actividad "Un amanecer de locos" del foro "El feliz grupo de hambrientos".

AU Fandom elegido: Onward (Película).


ONWARD AT DAWN

Yona nació en un mundo donde la magia ya no existía. Ahora la magia, antaño poderosa, no era más que materia para las leyendas y los cuentos infantiles a la hora de dormir. La tecnología y la ciencia la habían reemplazado y los magos fueron condenados al silencio de la lenta extinción y del desempleo a favor de un buen ingeniero. En cuanto a los dioses dragón, bueno, realmente nadie sabía qué sucedió con ellos…

Los elfos abandonaron el bosque y construyeron casas de cemento con instalación eléctrica, agua corriente y gas centralizado, sin saber, claro está, que acabarían perdiendo por ello su conexión con la naturaleza. Y sin nadie que velara por ella, los elfos dejaron de escucharla, tornándose sordos a su voz. El orden natural se alteró y los unicornios vagaban por entre los cubos de basura (anhelando quizás aquellos tiempos en que eran reverenciados y adorados), a las diminutas hadas se les agrió el carácter cuando olvidaron cómo volar, y elfos, centauros, cíclopes, faunos, mantícoras y demás criaturas superiores se dieron de alta en el censo, contrataron un seguro médico y se entregaron al disfrute de las modernas comodidades que esa cosa llamada dinero pudiese comprar.

Yona era descendiente de estos elfos que renunciaron la magia. Sin embargo, los suyos aún conservaban la piel azul de luna que los marcaba como elegidos, pues ello mostraba el arcano pacto de su raza con el cielo nocturno y la naturaleza, si bien ahora quebrantado y olvidado. Y sus orejas puntiagudas todavía poseían una audición un tanto superior a la de las demás criaturas, y puede que fueran más sensibles a los olores, pero poco más les quedaba ya de sus antepasados…

Cuando la madre de Yona murió, ella era demasiado pequeña como para recordar otra cosa que no fuera esa sensación cálida y confortable del lugar seguro entre sus brazos. A veces, si era afortunada, la inesperada fragancia de violetas suscitaba en ella una profunda añoranza y el pecho se le llenaba de ganas de llorar por la ausencia de la madre…

Y cuando su padre también faltó, Yona tenía ya seis años, y guardaba de él tres recuerdos preciosos: el primero, el día que la llevó a ver el mar (el sonido de su risa, el alboroto de las gaviotas y el sabor a sal en los labios); el segundo, el momento repetido de ir en el coche cantando juntos y desafinados las canciones que sonaban en la radio (sus pies de niña colgando del asiento de atrás moviéndose ritmo de la música); y el tercero, el más doloroso, el de su último día en el hospital, cuando su padre le dijo adiós y la dejó sola (el olor a productos de limpieza y medicinas, a enfermedad, el frío de la habitación y la voz cada vez más débil de su padre).

Fue el viejo Son Mundok, amigo de la familia, a quien se le encomendó su tutela. A pesar de sus pérdidas, Yona fue criada en la alegría y no la tristeza junto con otros huérfanos recogidos por el anciano. Estaba Hak, a quien nunca pudo llamar 'hermano' —a ratos insoportable, a ratos su otra mitad…—, y el adorable Tae-Yeon, que llegó con apenas unos días de nacido, cuando Yona tenía diez y Hak once. Rondaban también la casa Han-Dae y Tae-Woo, siempre con los ojos llenos de admiración hacia Hak. Medio barrio pasaba las tardes allí, y hasta un chico mucho mayor que ellos, Jae-Ha, se unió a sus juegos de libertad. Y con el tiempo, la algarabía de voces infantiles en la residencia Son llegaba más allá de la puerta y del jardín.

Para vergüenza de Yona, una broma de Hak se convirtió en costumbre: 'princesa', la llamó él un día en descarada burla, cuando ella no llevaba ni un año viviendo con los Son. Había en Yona un puntito de vanidad que nadie acertaba a explicarse y quiso la mala fortuna que Hak la sorprendiera un día mientras se lamentaba frente al espejo a cuenta de ese rojo tan intenso e inusual de su cabello, y que desentonaba tanto con el azul suave de su piel. 'Princesa' la llamó él entonces, para su eterno escarnio, y pronto Ki-Ja, siempre tan modoso, tan pulidito y prístino, repetía su recién adquirido título con adoración reverencial. Mientras que Hak, oh Hak, la llamaba 'princesa' también en los momentos de mayor seriedad, y no solo cuando quería burlarse abiertamente de ella. Zeno (que vivía con Yoon y su tutor) nunca la llamó otra cosa que el respetuoso 'señorita', mientras que Jae-Ha se decantaba por un 'Yona querida' en un tono tal, que solía hacer que le dieran escalofríos (tales momentos eran seguidos por los debidos cogotazos, cortesía de Hak o de Ki-Ja). Yona agradecía que los demás, entre ellos Shin-Ah y Yoon, la llamaran por el nombre que le pusieron sus padres al nacer.

Pero Yona era mucho más que eso… Yona era fieramente leal a los suyos, y no es que esto signifique que era propensa a la violencia. Al contrario. Más de una vez la muchacha había resultado con un ojo morado (o debiera decirse azul oscuro casi negro, y que contrastaba con su natural de piel) o un labio partido por interponerse entre dos contendientes y mediar en la pelea, y al final era Hak —siempre su sombra— el que, gracias a un par de eficaces coscorronazos, acababa poniendo orden y paz en el patio del colegio.

La mañana de su decimosexto cumpleaños, el hombre al que llamaba abuelo se acercó a ella con el semblante inusualmente grave y Yona supo que algo estaba mal. Quedó de pie, junto a ellos, con la cabeza baja y los hombros caídos. La conversación que mantenían Hak y Yoon se apagó y, de fondo, se oían las voces tenues del televisor. Yona exhaló un suspiro y, con cierta aprensión revolviéndole el estómago, apenas pudo obligarse a levantarse del sofá e ir hacia el hombre que le había dado un hogar, así que agradeció la presencia silenciosa de Hak y Yoon a su espalda.

—Yona —la llamó Mundok, dirigiendo hacia ella su único ojo bueno—, tu padre… —La voz se le quebró entonces y ella sintió el llanto revolotearle por la garganta—, tu padre me hizo prometerle —alcanzó a decir, y exhaló después un hondo suspiro— que cuando cumplieras los dieciséis te entregara esto —le dijo, mostrándole una pequeña cajita que llevaba en las manos—. Aparentemente, es una reliquia de familia y quería asegurarse de que la recibieras —Luego sonrió, aunque era la suya una sonrisa preñada de tristeza—. Feliz cumpleaños, mi niña.

Y con los ojos anegados en lágrimas, Yona tomó con manos temblorosas este regalo póstumo de su padre. Era una cajita sencilla, no mayor que un paquete de tabaco, y no llevaba lazo ni adorno alguno. Y sin embargo, a Yona le conmovió enormemente sentirla contra su piel, porque esa caja había estado en las mismas manos de su padre, y, por un instante, lo sintió cercano, como si fuera a entrar por la puerta en cualquier momento…

Cuando por fin reunió el valor para abrirla, dentro halló una piedra, de un rojo tan semejante al de su propio cabello que no pudo evitar la exclamación de sorpresa que escapó de sus labios. Los demás lo sintieron como una tácita señal para quebrar la intimidad de su momento y se acercaron, rodeando a Yona, para echarle un vistazo a su contenido. La piedra era una especie de cristal carmesí translúcido, de bordes irregulares, y emitía destellos iridiscentes según incidiera la luz en ella. Los dedos de Yona vacilaron en el aire, justo por encima de la piedra, sin atreverse a tocarla, pensando en cuánto significaría para que su padre se hubiera tomado la molestia de cerciorarse de que llegara a sus manos cuando él faltara.

Finalmente Yona la tocó, la tomó entre sus dedos y la volteó a la luz. Se sentía fría, aunque era un frío familiar, cómodo, pero cuando Yona la acunó en su mano y se la llevó al pecho, justo sobre su corazón, la piedra empezó a calentarse y una luz roja palpitante e intermitente —de ese mismo rojo que el amanecer y que sus extraños cabellos— empezó a irradiar de la piedra, primero muy despacio, y luego, a intervalos cada vez más cortos. Y, antes de darse cuenta (o de advertir siquiera el patrón regresivo), la habitación entera estalló en rayos de luz de colores (esplendentes rojos, magníficos azules, verdes vivos, amarillos luminosos, blancos cegadores…) que los echaron para atrás, atravesándolos, rodeándolos, deslumbrándolos y haciéndolos caer al suelo como el efecto de la onda expansiva de una bomba. Luego, cuando fueron perdiendo intensidad, se difuminaron hasta desaparecer…

Cuando Yona abrió los ojos, el mundo se hallaba aún desenfocado, pero podía escuchar la respiración desigual de Hak, el reniego brusco de Yoon y las protestas de alarma de Mundok. Y, para su sorpresa, también el latir acelerado de cuatro corazones…

No, eso era imposible. Seguramente aún seguía bajo los efectos de la explosión de luz… No podía ser real…

Pero Yona se equivocaba… Cuando su visión por fin se estabilizó, los colores le lucían más vivos, más intensos, y los contornos más nítidos, y su oído ahora percibía claramente los pasitos apresurados de Tae-Yeon sobre la alfombra en el piso de arriba, el zumbido veloz de la libélula que cruzaba el patio de atrás y el grito de un halcón en el cielo; podía oler desde aquí el café que se estaba preparando la vecina, las rosas y alhelíes del jardín, el ligero sudor nervioso de sus compañeros y el agua empozada del charco que se formaba donde la manguera del patio de atrás, y sí, para cuando Tae-Yeon llegó a la salita, Yona escuchaba con claridad el latido de cinco corazones… Todo, lo escuchaba todo, lo sentía todo, y todo a la vez.

La piedra resbaló de su mano y cayó al suelo. Yona empezó a jadear sin control y se encogió sobre sí misma, enterrando el rostro en su pecho, los ojos cerrados con fuerza y tapándose los oídos con las manos, incapaz de soportar la sobrecarga sensorial a la que se hallaba expuesta. Ella no sabía cuánto tiempo estuvo así, pero a ella le pareció sin duda una dolorosa eternidad.

Cuando su respiración empezó a normalizarse, su postura se relajó un tanto y se atrevió a dejar caer las manos y liberar sus oídos. Un susurrado "¿Estás mejor?" de Hak poco después casi le pareció un grito, pero pudo soportarlo. Pero no fue hasta que él apoyó la mano sobre su hombro que Yona se atrevió a alzar el rostro y abrir los ojos, y vio entonces la mirada aterrada de los demás. Tae-Yeon apretaba la mano de su abuelo, y Yoon no apartaba la vista de ella. Solo Hak parecía mirarla como si no fuera un bicho raro y le tendió la mano para ayudarla a ponerse en pie. Yona temblaba como una hoja, así que Hak la hizo sentar y la cubrió con la manta del sofá, sentándose luego a su lado.

—¿Qué demonios ha pasado? —le preguntó entonces. Yona negó con la cabeza, no sabiendo qué contestarle—. Levitaste, Yona —le dijo. Con esas dos palabras, ella sintió el vértigo en la boca del estómago—. Te vi flotar en el aire…

—Abuelo —susurró ella, sacudiendo la cabeza y negándose a sucumbir al pánico que le clavaba las garras en las entrañas. El hombre se acercó a ella, y si bien su primer paso fue vacilante, su afecto por la niña que había criado como suya pudo más que el recelo por la escena recién vivida, y el resto de su andar recuperó la firmeza de siempre. Agradecida, ella le sonrió débilmente cuando se sentó al otro lado y tomó su mano en la suya—. ¿Algo más? —le preguntó—. ¿Mi padre te dijo algo más? —El anciano negó con la cabeza, aún con el rostro transido por el asombro.

—Tan solo que tú sabrías qué hacer… —añadió, apretando su mano en la suya—. Y por lo que parece, no es poca cosa, Yona. —Ella frunció el ceño, sin saber qué peso era el que acababa de caer sobre sus hombros ni, siquiera, qué responsabilidades o expectativas recaían en ella. Ciertamente, a su ciudad habían llegado los rumores de que un muchacho de Elvenstory había despertado la antigua magia, y de que un dragón (extintos desde hace milenios) había sido derrotado a la manera de las gestas legendarias. Pero habían sido solo eso, rumores… Todo el mundo había fantaseado con esa posibilidad, de que la magia volviera a recorrer el mundo, y de cómo los elfos recuperarían su lugar de antaño… Pero ahora, precisamente ahora, después de lo que acababan de presenciar, ya no había duda alguna, ya no eran posibilidades sino realidades, porque sí, la magia vivía. ¡Vivía! Y como quiera que fuera, oh maravilla de maravillas, Yona estaba justo en el centro de lo que hubiera de suceder…

Pero apenas tuvieron tiempo de pensar nada más cuando Yona alzó la cabeza, miró hacia la calle, como si pudiera ver más allá de las paredes y ladeó el rostro, frunciendo (una vez más) levemente el ceño con extrañeza. Los demás (incluido Tae-Yeon) la imitaron y prácticamente dieron un respingo cuando la puerta de la calle empezó a ser aporreada por varias manos, a la vez que el timbre sonaba también, y la urgencia manifiesta (y maleducada) hizo que Mundok entrecerrara su ojo bueno con disgusto. Se levantó, cruzó la habitación y lo oyeron abrir la puerta por fin. Lo siguiente fueron las voces de saludos rápidos y el tropel de pasos apresurados. Y los dueños de tales pasos se detuvieron en seco, en el umbral de la salita, como si de repente, hubiera desaparecido como por ensalmo la urgencia que hasta hace tres segundos los consumía.

Luego, todos hablaron a la vez: "¿Señorita?", "¿Yona querida?", "¿Yona?", "¿Princesa?".

—¿Nos llamaste? —preguntó Jae-Ha, llevándose la mano al pecho.

—¿¡Qué!? —exclamó Yona, echando la cabeza hacia atrás de la conmoción. Ella no había hecho eso, ¿verdad?

—Estaré volviéndome loco, Yona querida —le explicó Jae-Ha—, porque hace nada escuché tu voz en mi cabeza, pidiéndome ser tu caballero y que te reconociera como mi señora.

—¿¡Tu qué!? —Yona ahora prácticamente gritaba. Se llevó las manos a los oídos, sensibles incluso a su propia voz, y se obligó a templar ese ataque de nervios que amenazaba con desbordarse en cualquier momento.

—Y yo —dijo Shin-Ah.

—Yo también —añadió Ki-Ja.

—Zeno también, señorita…

Los que estaban desde antes los miraron como si les hubiera salido otra cabeza. Lo cual era un pensamiento absurdo de por sí, puesto que ninguno de ellos tenía parentesco alguno con las hidras.

Y entonces, consumido ese momento de renovado asombro, los recién llegados se abalanzaron dentro de la salita y volvieron a hablar a la vez. Hak, siempre protector, alcanzó a interponerse entre la caterva de 'supuestos' amigos y Yona.

—Por favor —susurraba Yona, las manos de nuevo protegiéndose los oídos—. Por favor… —repetía. Pero nada, ellos seguían hablando, compartiendo los portentos y maravillas de esa tarde que habían presenciado los unos o protagonizado los otros, sin darse cuenta de cómo con cada nueva intervención iban aumentando su propio volumen a la vez que el sufrimiento de Yona—. ¡POR FAVOR! —acabó gritando. Por supuesto, hacerlo le provocó dolor, pero Yona dio la bienvenida agradecida al silencio abrupto que le siguió—. Tengo… —les dijo, exhalando un suspiro—, van a pensar que estoy loca, pero… —hizo una pausa y suspiró una vez más—. Pero tengo que contarles una cosa…


Acamparon en su salón, pidieron pizzas a domicilio, teorizaron al revés y al derecho (hipótesis realistas unas, y descabelladas otras), se volvieron a narrar las experiencias vividas, se añadieron detalles, se perfilaron otros… Y si alguna vez alzaban demasiado la voz, Hak se encargaba de recordarles 'amistosamente' la nueva condición de Yona. Hasta que en la hora más fría de la madrugada, uno a uno, fueron cayendo dormidos.

Yona sueña y sabe que sueña porque se ve a sí misma, como si la escena que se desarrolla ante sus ojos la viviera otra persona distinta. Sueña que se reúnen con Ik-Soo, el tutor de Yoon y Zeno, y que aquel toca la piedra carmesí y que lágrimas de dicha ruedan por sus mejillas mientras recita, con voz ajena a la suya, profecías de aventuras por venir y de despertares. De peligros, de gestas y hazañas de héroes de leyenda tornadas reales. De héroes que no son otros que sus propios amigos, de esta gente que ya lleva su corazón consigo. De dioses dormidos… De Diosa Naturaleza y dioses dragón. De cómo habrá de ser ella a quien le corresponderá renovar el pacto milenario con la raza de los elfos. Y de cómo con ello, regresaría la magia al mundo… De cómo habría de salvarlo…

Y cada uno, Hak también, tiene un papel que cumplir en esta empresa…

Cuando Yona abrió los ojos, la luz de la mañana se colaba por entre las cortinas del ventanal. En el silencio del alba, la audición mejorada de Yona escuchó, por encima de las respiraciones sosegadas de los durmientes que la rodeaban, por encima del canto de los grillos y de los pájaros tempraneros, a la Naturaleza misma susurrar su nombre. Yona…, le decía, llamándola…

Yona sonrió, con la emoción cosquilleándole en la punta de los dedos, aceptando que su misión (su propia gesta) era ir hacia adelante con cada amanecer, cuando la luna y el sol se encontraban, y que respondería a esa llamada, sabiendo bien que su vida jamás volvería a ser igual, como también su padre lo supo, y que así, así habría de cumplir su destino.

Pero eso… Eso es historia que otros bardos habrán de contar…