Los hijos del basilisco

Capítulo X

Hermione se despertó en medio de la noche debido a un fuerte sonido y tardó unos segundos en comprender que alguien estaba aporreando la puerta de su piso.

Cogió su varita de la mesita de noche para encender la lámpara y mirar con ojos somnolientos su reloj despertador. Eran más de las tres de la mañana. ¿Quién demonios se presentaría en su casa a esa hora?

Como los golpes no cesaban, salió de debajo de las mantas con pesar, estremeciéndose de frío. Crookshanks ya se había bajado de la cama y desaparecido por la puerta entreabierta de su habitación.

Tropezando con sus zapatillas, Hermione le siguió sin molestarse en calzarse. Encendió la luz del salón-cocina-recibidor y corrió hacia la puerta.

—Ya va, ya va —murmuró. Se asomó a la mirilla, descubriendo en la imagen deformada por el cristal a Draco Malfoy.

Algo iba mal.

Sin pensarlo un segundo, Hermione le abrió la puerta.

—¿Malf…?

Él entró en su piso como una tromba y cerró la puerta con rapidez, para luego apoyar la espalda en ella. Estaba pálido y parecía nervioso.

—Granger —murmuró, sin aliento.

—¿Qué sucede? ¿Estás bien? —Hermione le escaneó con la mirada, buscando alguna herida o lesión. ¿Le habría pasado algo?

—Granger —repitió él, sujetándola con fuerza por los brazos —Los Hijos van a por el primer ministro muggle. Quieren matarle.

—¿Qué? —barbotó, aturdida por la sorpresa. Su cerebro todavía estaba demasiado dormido como para procesar todo aquello.

—Ya me has oído. Herpa ha convocado a todos los Hijos para anunciarlo. No ha dicho cuándo ni cómo pero va a por él.

—¡Debo avisar a Shacklebolt de inmediato! —exclamó Hermione. Hizo ademán de girarse, pero las manos de Malfoy sobre sus brazos la estrechaban con tanta fuerza que estaba inmovilizada. Al percatarse de ello, Malfoy las retiró de inmediato y se las guardó en los bolsillos, apartando la mirada de ella. Hermione no perdió un segundo en recuperar su varita de la mesita de noche.

Dado que el Ministerio estaba cerrado debía avisar a Shacklebolt por otros medios. Desde la aparición de los Hijos y la amenaza que suponían, la seguridad alrededor del ministro había aumentado. La Red Flú estaba descartada y él no tenía teléfono, por ello habían acordado que en caso de tener que enviarle algún mensaje urgente recurrirían a un patronus mensajero.

Era infalsificable y no podía ser interceptado, por eso los miembros de la Orden del Fénix lo habían empleado durante la guerra. Hermione nunca había utilizado su Patronus de esa manera, pero suponía que no debía de ser demasiado complicado.

Cuando regresó al salón, Malfoy se había sentado en el sofá y Crookshanks, cómo no, estaba a su lado pidiendo mimos. Sin embargo, él, mortalmente serio, parecía demasiado perdido en sus pensamientos como para percatarse de ello. Parpadeó un par de veces al verla, como si volviera al presente, a la realidad.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó.

—Enviar un mensaje a Shacklebolt.

Sin más explicaciones, Hermione cerró los ojos, intentando conjurar un recuerdo lo suficientemente feliz. Estaba nerviosa y le costó más de un minuto centrarse lo suficiente en la memoria de su graduación en Hogwarts, cuando Harry y Ron volvieron a la escuela para acompañarla a ella, a Ginny, a Luna y a Neville, y luego fueron todos juntos a tomar algo a Las Tres Escobas para celebrarlo. Aquella había sido una de las últimas veces en que habían estado los seis juntos.

Sus esfuerzos surtieron efecto y cuando abrió los ojos después de pronunciar el hechizo, una nutria plateada se había materializado frente a ella. El animal empezó a correr por la habitación, subiéndose por todas partes. Saltó de la mesa de té al sofá, pasó por encima de Malfoy, le olfateó el pelo y después correteó por encima de la barra americana. Crookshanks lo observaba desde el sofá, con aspecto de juzgarlo por su comportamiento alocado. Malfoy tenía la misma expresión que el gato y por un momento Hermione no pudo contener una sonrisa pensando en lo mucho que se parecían en realidad.

—Creía que los Patronus era criaturas protectoras, ya sabes, majestuosas e imponentes. O al menos un animal inteligente como un zorro o una lechuza. No imaginaba que tu Patronus sería una nutria juguetona —declaró él.

Hermione alzó la barbilla, a la defensiva. Estaba muy orgullosa de la forma de su Patronus, sobre todo teniendo en cuenta lo que le había costado dominar ese hechizo.

—A mí me gusta. Y que sepas que las nutrias son animales muy inteligentes, leales y valientes.

Malfoy se limitó al azar una ceja, como cuestionando sus palabras, pero no dijo nada. En ese momento la nutria plateada pareció dar por finalizada la exploración de la casa y empezó a corretear alrededor de las piernas de Hermione.

—Necesito que le envíes un mensaje a Shacklebolt —explicó ella. La nutria se detuvo y se irguió sobre dos patas, escuchándola con atención —Dile que Malfoy está en mi piso y que el primer ministro muggle corre peligro.

El Patronus pareció asentir y se dirigió trotando hacia la ventana, atravesándola gracias a su cualidad incorpórea. Tras su salida, el apartamento quedó en silencio hasta que Malfoy lo rompió.

—¿Y ahora qué?

—Seguramente Shacklebolt aparezca de un momento a otro y querrá hablar contigo. Esta noche va a ser larga, así que… ¿quieres un café? —preguntó ella, mientras cogía una chaqueta de lana del perchero. Ya casi estaban en diciembre y, sin la calidez de sus mantas, empezaba a sentir frío llevando solo el pijama.

—Vale —accedió él.

Hermione fue a por sus zapatillas y después se dirigió a la cocina, donde enchufó la cafetera para comenzar a preparar café. Al cabo de unos segundos se dio cuenta de que Malfoy estaba mirándola como si le hubiesen salido ocho cabezas.

—¿Qué es esa cosa?

—Se llama cafetera. Es una máquina muggle para hacer café —explicó ella, reprimiendo un bostezo.

—¿Y para qué quieres una máquina teniendo magia? —el tono de Malfoy daba a entender que Hermione estaba haciendo algo estúpido, como si hubiese intentando encender un fuego para iluminar la habitación frotando dos palos —Es mucho más rápido calentar el café con un simple hechizo.

En el fondo Malfoy tenía razón, pero el sabor del café era diferente. Y quizás estuviese un poco chapada a la antigua en esas cosas, pero a Hermione le gustaba cocinar sin magia, a mano, como le había enseñado su padre. Le llevaba mucho más tiempo preparar al comida, pero la disfrutaba mucho más. Por no hablar de que cocinar mientras escuchaba la radio era una actividad que la ayudaba a desconectar del estrés del día a día y relajarse.

—Me gusta más así —Hermione se encogió de hombros —Y de todos modos, los hechizos culinarios tampoco son mi fuerte.

—¿Así que hay algo que a la perfecta Hermione Granger no se le da bien? —había burla en su voz, pero su expresión no era maliciosa —Primero tu Patronus adorable y ahora algo en lo que no eres buena. ¿Qué más oscuros secretos descubriré está noche?

Hermione abrió mucho los ojos, sorprendida. Que Malfoy dijera que encontraba adorable a su Patronus era casi como si estuviese llamándoselo a ella de manera implícita y por alguna razón, la idea hizo que un agradable calor se extendiese por su pecho. Él pareció darse cuenta de lo que estaba pensando y carraspeó, a todas luces incómodo.

—Bueno, ya he descubierto que duermes con los calcetines por encima del pantalón del pijama. —señaló —No sé si hay algo más oscuro que eso.

Y así, ese leve momento de turbación explotó como una pompa de jabón.

—Hace frío —murmuró ella, resistiendo el impulso de agacharse para ocultar sus calcetines. Su buhardilla no era muy cálida al no tener vecinos encima ni a ambos lados, y los otoños londineses se caracterizaban por el desplome de las temperaturas y la humedad.

—Lo he notado —replicó él, abrochándose el botón superior de la gabardina.

Hermione decidió encender la calefacción de nuevo, teniendo en cuenta que recibiría visita con toda seguridad. Después fue al baño y trató de peinarse un poco el pelo revuelto y aplastado tras unas horas de sueño. También se sacó el pijama del interior de los calcetines. Por un breve instante se planteó ponerse ropa de calle, pero desistió: estaban en medio de una emergencia así que a nadie le importaría su apariencia (excepto a Malfoy, pero confiaba en que ya hubiera agotado todas la maneras de burlarse de su aspecto por esa noche).

Cuando regresó, el café ya estaba hirviendo así que apagó la cafetera y rellenó dos tazas. Las colocó en una bandeja junto al azucarero y dos cucharas y, tras dejarla en la mesa, se sentó junto a Malfoy.

Él dejó de acariciar a Crookshanks para echarse no menos de cinco cucharadas de azúcar.

—Si quieres, puedes echar el café en el azucarero y bebértelo ahí —sugirió Hermione.

—No me gustan los sabores amargos y no me has ofrecido leche —se defendió él, con una expresión enfurruñada que le resultó cómica.

En cualquier caso, tenía razón. ¡Menuda anfitriona estaba hecha!

—Oh —se puso en pie con rapidez —¿Quieres leche?

—Está bien así —murmuró Malfoy. Removió el café con la cucharilla y después se lo bebió de un trago pese a que debía de estar ardiendo. Hermione lo observó anonadada, esperando ver algún gesto que delatara que se había quemado, pero él dejó su taza sobre la bandeja como si nada.

Percibiendo la mirada de Hermione, se encogió de hombros.

—No te ofendas, Granger, pero ese invento muggle hace un café asqueroso. O tal vez sea culpa tuya. Quizás deberías intentar aprender hechizos de cocina.

—Tal vez podrías enseñarme tú, Malfoy. Ah, olvidaba que lo más probable es que no hayas pisado una cocina en tu vida. Tienes a una elfina para que se encargue de eso —replicó Hermione con sarcasmo.

Como toda respuesta, Malfoy le mostró una sonrisa ladeada, sin separar los labios. Pero entonces, como si hubiese caído en la cuenta de algo, la miró con los ojos entrecerrados con sospecha.

—¿Y cómo sabes que tengo una elfina?

—La inmensa mayoría de las familias sangre pura todavía tienen elfos como personal doméstico.

—Eso es cierto, pero por alguna razón sabes que es concretamente una elfina. No habrás usado tu puesto en el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas para cotillear sobre mi familia, ¿verdad, Granger?

Hermione abrió la boca para replicar con indignación…pero tuvo que cerrarla porque lo cierto era que Malfoy había dado en el clavo. Aun así, no se avergonzaba de nada.

—¿Y qué si lo hice? Cuando trabajaba en ese departamento era mi deber comprobar que la situación de todos los elfos domésticos había pasado de "esclavos" a asalariados. Así que sí, teniendo en cuenta los antecedentes en tu familia, me aseguré de que habías regularizado a vuestro personal.

Malfoy no parecía molesto, al contrario. Su sonrisa torcida había vuelto, como si hubiese descubierto algo muy divertido.

—¿Por qué sonríes? —le interrogó ella. Le incomodaba que la mirase así, como un gato que ha atrapado un ratón.

—Porque después de años sin verme, seguías acordándote de mí.

Hermione puso los ojos en blanco. ¿Cómo era posible que se tomase como un halago el que ella hubiese comprobado que su familia cumplía la ley porque desconfiaba de ellos?

—Como recuerdas un dolor de muelas muy virulento —murmuró entre dientes.

Malfoy se limitó a sonreír de lado con una ceja enarcada. En ese momento, alguien llamó a la puerta y Hermione se levantó del sofá como si tuviera un resorte.

Hablando con Malfoy había olvidado la gravedad de la situación por un instante, pero la realidad volvía a hacerse presente. Después de intercambiar una mirada con él, ahora serio y tenso, Hermione se dirigió a la puerta. A través de la mirilla pudo ver a un grupo de gente en el que que pudo reconocer a Shacklebolt, Robards, Harry y varias Guardianas.

Abrió de inmediato, apartándose para permitir entrar al pelotón de magos. Harry le dio un apretón en el hombro a modo de saludo al pasar a su lado y, cuando todos hubieron entrado, una de las Guardianas cerró la puerta y comenzó a lanzar una serie de conjuros protectores sobre ella. ¿Temían acaso un ataque de los Hijos o solo estaban siendo precavidas?

—Señorita Granger, he recibido tu mensaje. —la saludó Shacklebolt. Estaba vestido de manera impecable. Nadie diría que acababa de despertarlo en mitad de la noche —Malfoy, cuéntanos todo.

El joven se había puesto de pie y colocado detrás de la barra americana, como si quisiera poner una barrera física entre él y los recién llegados. Las Guardianas rodeaban a Shacklebolt, con la varita en la mano, y Robards se situó en la ventana, como si creyese que Malfoy iba a intentar huir por ella.

Hermione observó la escena, incómoda. ¿Por qué todos se comportaban como si aquello fuese una trampa?

—Herpa ha convocado una reunión esta noche —explicó Malfoy con voz firme. Si se sentía intimidado por la actitud de Robards y las Guardianas no lo dejaba notar —Además de congratularse por la publicación del panfleto y la creciente popularidad de los Hijos, ha anunciado que la siguiente fase de su plan es romper las relaciones entre el ministerio mágico y el ministerio muggle.

—¿Asesinando al primer ministro muggle? —completó Shacklebolt.

—Así es. Ha puesto a gente a espiarlo. No sé mucho más pero creo que quiere que su muerte sea espectacular.

—¿Espectacular? —barbotó Robards —¿Qué quieres decir con eso?

—Es una conjetura pero mi teoría es que quiere matarlo en algún lugar público, no en su casa mientras duerme. Busca publicidad así que imagino que planea hacerlo a plena luz del día, con testigos, y de manera que a todo el mundo le quede claro que ha sido obra de magos.

—¡Esa mujer está loca! ¿Qué pretende? ¿Provocar una guerra con los muggles? Ni siquiera Voldemort intentó algo así abiertamente —chilló el jefe de los aurores. Se había puesto rojo y una vena se marcaba en su sien, tan hinchada que parecía que iba a saltar de su cara.

—Es un buen plan —verbalizó Hermione. Cuando todos se volvieron a mirarla, se dio cuenta de que había hablado en voz alta y se apresuró a explicarse—Es decir, si lo que quiere es debilitar al Ministerio y derogar el estatuto del secreto mágico, hacer algo así sería muy efectivo. Costaría mucho encubrir el asesinato del primer ministro muggle y sin duda quien le sucediese no tendría muy buena disposición a colaborar con el Ministerio de Magia. Además, también nos dejaría mal parados en el mundo mágico. Si los Hijos lograsen hacer algo así… demostraría su fuerza y nuestra incapacidad para detenerlos.

—Por fortuna, Malfoy nos ha puesto sobre aviso —terció Shacklebolt —Me comunicaré con el primer ministro muggle, el señor Whitman, de inmediato. Le pondremos una escolta mágica; Robards, lo dejo en tus manos. Por lo pronto, pongámonos en marcha. El primer ministro corre peligro así que no hay tiempo que perder.

Finalizada la reunión, una de las Guardianas empezó a levantar los hechizos protectores que había lanzado sobre la puerta y el resto se aproximó a la salida. Robards, antes de acompañarlas, se aseguró de lanzarle una larga y despectiva mirada a Malfoy.

Estaba claro que incluso después del soplo tan importante que les había dado seguía desconfiando de él. Aunque una parte de Hermione lo entendía, otra, cada vez más grande, sentía compasión por Malfoy. Estaba corriendo un gran riesgo por ayudarles y, en el fondo, temía que si lo despreciaban demasiado se replantease sus lealtades. ¿Cuánto tiempo seguiría dispuesto a jugarse la vida si solo recibía desaires y desdén a cambio?

Tal vez fuese porque se sentía en deuda con él (la había avisado de que Herpa iba tras ella cuando no tenía por qué), tal vez porque estaba empezando a ganarse su confianza, o quizás porque era la que más lo conocía, pero el caso era que Hermione sentía que debía hacer algo al respecto.

—Gracias por la información, Malfoy —dijo.

Como toda respuesta, la miró la miró a los ojos con intensidad durante unos segundos, lo suficiente para que se sintiera incómoda. ¿Estaba sorprendido por su gesto? ¿Conmovido? ¿Aburrido? Con su falta de expresividad, resultaba difícil aventurar qué sentía.

Robards rompió el momento de tensión lanzando un soplido desdeñoso, como si la idea de que Malfoy mereciese cualquier tipo de agradecimiento le resultase ofensiva. Por suerte, Shacklebolt recogió el guante que Hermione había tendido.

—Así es. Buen trabajo —concedió

Ella se sintió aliviada al escuchar ese breve reconocimiento del Ministro de Magia, pero Malfoy permaneció inmutable. Tal vez se estaba preocupando por nada: no parecían importarle el reconocimiento o los agradecimientos pero, aun así, Hermione no se arrepentía de habérselos dado.

Después de aquello, todos los recién llegados fueron saliendo de la buhardilla hasta que el único personal de Ministerio que quedó en su salón fue Harry. Lanzó una mirada a Malfoy, que seguía parapetado tras la barra americana, y después la miró a ella.

—Hablaremos luego —dijo. Le dio una palmada en el brazo y después se marchó.

Hermione cerró la puerta tras él, sintiendo que su pequeña buhardilla crecía varios metros ahora que volvía a estar casi vacía. Cuando se volvió, vio que Malfoy se había apoyados sobre la encimera de la cocina con los brazos cruzados, desde donde la miraba de una manera indescifrable.

—Creo que empiezo a gustarle a Robards, ¿tú no? —ironizó él.

—Le gustas tanto como a ti mi café —bromeó Hermione.

La comisura izquierda de Malfoy se elevó, dibujando un pequeño hoyuelo junto a su boca. Era una de las primeras veces que lo veía sonreír sin malicia y el gesto hizo que Hermione lo observase bajo otra luz. Cuando abandonaba su pose orgullosa y su mueca despectiva, debía admitir que era… atractivo. ¿Siempre lo había sido y la animadversión que sentía por él le había impedido percatarse de ello o se trataba de que la madurez le había favorecido? Y lo más importante, ¿por qué estaba pensando en algo tan intrascendente en medio de una situación tan complicada? Nerviosa por el curso de sus pensamientos, deseó que Malfoy se marcharse cuanto antes.

Ignorando lo que estaba pasando por su mente en esos momentos, él dijo:

—Recuérdame que la próxima vez te pida un té.

Y pese a todo, Hermione no pudo evitar sonreír.

—En fin, será mejor que me vaya —Malfoy reprimió un bostezo, incorporándose —Quedan solo cuatro de horas para que salgas de tu apartamento y te metas en ese autobús muggle tan lento como un streeler. Debería dormir un poco.

A Hermione le costaba hacerse a la idea de que, aunque no le viera, él estaba al corriente de todos sus movimientos. En cualquier caso, se sentía demasiado agotada mental y fisicamente para pensar en ello ahora que la adrenalina estaba abandonado su cuerpo. Malfoy tenía razón: no quedaba mucho para iniciar su jornada de trabajo en el Ministerio, que prometía ser larga y extenuante a la luz de los últimos acontecimientos, y haría bien en descansar un par de horas más.

—Cierto —coincidió. Arrebujándose bien en su chaqueta de lana, lo acompañó hasta la puerta.

Esperaba que se despidiese con su habitual gesto de cabeza pero, en su lugar, Malfoy le lanzó una larga mirada y dijo:

—Buenas noches, Granger.

Su voz sonó queda, con una suavidad inesperada. Hermione entreabrió la boca, sorprendida, pero no tuvo tiempo de contestarle antes de que Malfoy saliera y desapareciera por las escaleras.

Cerró la puerta tras él, y se apoyó en ella por unos instantes. ¿Ese mero gesto de educación había sido su manera de agradecerle que hubiese reconocido sus esfuerzos delante del Ministerio? Tal vez nunca lo sabría, pero el hecho es que lo último en lo que pensó antes de dormirse fue en el buenas noches de Draco Malfoy.


Como había vaticinado, la mañana en el Ministerio estuvo llena de actividad. Como miembro del departamento de Seguridad Mágica y enlace de Draco Malfoy, Hermione tuvo que asistir a largas reuniones acerca de la protección del Primer Ministro Británico. Aunque habían valorado la posibilidad de que el soplo fuese falso o incluso una trampa, la amenaza era demasiado importante como para no hacer nada. En cualquier caso, se decidió mantener el asunto bajo secreto, de manera que era poco el personal del Ministerio que estaba al tanto: además del primer Ministro y su equipo de seguridad, solo Robards como jefe de aurores, Harry, un inefable conocían la situación.

Tras horas de propuestas, debates y consideraciones, se resolvió que le pondrían una escolta mágica durante las veinticuatro horas del día. Dada la gravedad del asunto, Robards decidió encargarse personalmente del asunto. También asignaron a Harry, por su conocimiento del mundo muggle, y a varias de las brujas guardianas que protegían al propio Shacklebolt. La idea era que hicieran turnos rotativos con el objetivo de que Whitman nunca se quedase desprotegido y, aunque Hermione no se oponía a ello, había algo que la inquietaba.

—Pero Harry será fácil de reconocer para los Hijos y es bastante probable que Robards también —objetó —Se supone que desconocemos sus intenciones. Si intentan atacar al señor Whitman y los ven guardándole las espaldas… sería lógico que supusiesen que hay un traidor en sus filas que filtró la información. Eso podría poner en peligro a Malfoy.

—¿Sugieres que no salvemos la vida del primer ministro muggle para que el chico Malfoy no corra ningún riesgo? —espetó Robards. Su cara se había puesto colorada en un instante y miraba a Hermione con furia, como si hubiese dicho algo estúpido e imperdonable.

—Por supuesto que no —aseguró ella —Pero creo que debemos considerar todas las posibilidades para que nadie salga mal parado.

—Si nos reconocen, eso podría disuadirles y hacer que abandonasen su plan —continuó el auror —No pienso poner la seguridad de Malfoy por encima de la de Whitman, señorita Granger.

—Yo no…

—Shacklebolt —Robards la ignoró y se giró hacia el primer Ministro, como si Hermione no fuese más que una mosca —Ya que todo está decidido, me gustaría encargarme del primer turno de vigilancia.

Hermione se quedó boquiabierta por la brusquedad del viejo auror. Aunque nunca se había caracterizado por ser amable, hasta ahora la había tratado con un mínimo de educación. Estaba claro que odiaba a Draco Malfoy y le importaba un bledo lo que le pasara, pero ella no podía decir lo mismo. La había advertido de que los Hijos iban por ella cuando no tenía ninguna razón para ayudarla y estaba intentando enmendar el error que había cometido al unirse a ellos. Fuesen cuales fuesen sus razones, se merecía algo mejor que ser un daño colateral y no pensaba quedarse callada aunque eso supusiese enemistarse con Robards.

—Señor Ministro —Hermione también apeló a él de forma directa —Creo que hay una manera obvia y sencilla de garantizar la seguridad tanto del señor Whitman como del señor Malfoy.

—¿Ah, sí? —gruñó el jefe de aurores. Al parecer, Hermione había vuelto a existir para él.

—La poción multijugos. El ministro muggle ya tendrá sus propios guardaespaldas, así que propongo que Harry y los demás los reemplacen, tomando su mismo aspecto. Así los Hijos no sospecharán y también será más fácil pillarlos desprevenidos cuando ataquen porque no esperarán tener que vérselas con magos y brujas.

—Estoy de acuerdo con Hermione —la apoyó Harry.

Shacklebolt apoyó el mentón sobre sus manos entrelazadas con aspecto pensativo.

—Creo que es una gran idea, señorita Granger. ¿Alguna objeción, Robards?

Hermione se volvió hacia él, conteniendo la respiración durante el largo momento que el auror se tomó antes de responder.

—Ninguna —dijo al fin, aunque su expresión seguía siendo huraña.

—En ese caso, debo pedirles que me dejen a solas para informar a Whitman de la situación.

El despacho de Shacklebolt se vació con rapidez. A Hermione le hubiese gustado poder hablar con Harry de todo lo sucedido pero Robards lo llamó de inmediato para poner en marcha los preparativos. Mientras lo observaba marcharse al departamento de aurores, no pudo evitar sentir un peso en el corazón. Estaba aliviada porque hubiesen tomado en cuenta su propuesta y pudiesen proteger al ministro muggle sin comprometer a Malfoy, pero también estaba preocupada por Harry.

Entendía que le hubiesen asignado a la misión pero ser guardaespaldas era arriesgado. Los Hijos parecían cada día más peligrosos y no quería ni pensar qué pasaría si lograban hacerle algo al primer ministro muggle.

En cuestión de semanas, el mundo de Hermione se había puesto patas arriba. Primero la irrupción de Malfoy en su casa, después la amenaza que pendía sobre ella y ahora Harry debía proteger al primer ministro muggle para evitar una catástrofe lo que, además de ponerle en riesgo, suponía que apenas le vería en una buena temporada.

Mientras regresaba a su cubículo, Hermione se preguntó si lograrían acabar con los Hijos del Basilisco algún día.


¡Hola!

Espero que os haya gustado el capítulo 10, porque yo disfruté de escribirlo :) Las cosas se ponen en movimiento y el slow burn empieza a caldearse un poco con pequeños acercamientos entre Draco y Hermione (ha sido un simple buenas noches pero viniendo de Malfoy, cuenta doble ;) Por otro lado, el ministerio se ha puesto manos a la obra para proteger al primer ministro muggle. ¿Qué pasará con esto? ¿Lograrán los Hijos su objetivo o podrá impedirlo Harry? Seguid por aquí para descubrirlo ;)

Como siempre, muchísimas gracias por vuestras opiniones y ánimos. Me prometí escribir más durante las vacaciones pero he adoptado a una pequeña Sirius y tengo suerte de que todavía no se haya comido mi ordenador, así que he cuesta encontrar tiempo para actualizar. Pero prometo seguir con el ritmo de un capítulo por mes como mínimo. ¡Nos vemos en el siguiente!

Con mucho cariño,

Dry

PD: Deja un review para invitar a Malfoy a un café (el azúcar lo pones tú :P)