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Hay un camino engravado que une la casa principal de Rosings Park con aquella que fue construida para la viuda al morir el propietario de la finca, se trata de una casa con el mismo estilo ecléctico pero de dimensiones inferiores y que sin duda para la alguien como Lady Catherine sería considerado una degradación al estilo de vida de que había tenido desde el momento en que nació.

A casi una milla de distancia de tal lugar, el mismo camino pasa frente a la casa destinada al párroco de Hunsford. Se trata de una calle ancha que por tramos está resguardada por grandes olmos y en otras secciones solo la presencia de las hierbas silvestres enriquece la escena. De este camino principal se desprenden algunos más angostos por donde los carruajes tienen más complicación para transitar y que solo a pie o caballo se recorren con relativa facilidad. Éstos se adentran en los bosques y prados de la tierra que abarca Rosings Park, algunos conducen a pequeños nacimientos de agua y otros a áreas diseñadas para el descanso. A pesar de ser lugares con los mismos elementos naturales, cada uno de ellos es diferente y representa para el visitante algo nuevo que descubrir con cada paseo.

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Apenas el rocío de la hierba se secó, Elizabeth se puso en marcha para empezar su recorrido por los campos de Rosings Park a la mañana siguiente de la cena con la gran dama de la casa. Charlotte estaba ocupada en sus actividades junto con María mientras que el señor Collins tenía visitas que hacer a los miembros de su iglesia. En otras circunstancias, Elizabeth hubiese preferido acompañar a Charlotte o inclusive habría decidido hacer visitas con el señor Collins si Maria estuviese dispuesta a unirse al grupo, sin embargo, la mañana se presentaba como una perfecta ocasión para tener un rato para sí misma y reflexionar sobre la cena del día anterior.

Con el sonido de las aves sobre las copas de los árboles y la grava a sus pies, Elizabeth recorrió un tramo sobre el camino principal para desviar sus pasos hacia la derecha, adentrándose en un sendero sombreado que se movía a través de los robustos árboles que ya se recuperaban del invierno.

En tal estado de soledad la primera de las reflexiones fue sobre lo dicho por el señor Darcy. Ella no podía dejar de pensar acerca de la seguridad con la que él afirmó las intenciones de Caroline Bingley de comunicarse con Jane y eso la hizo desear poder hablar con su hermana de inmediato, incluso si nada cambiaba entre Jane y el señor Bingley.

Ella reconoció que el señor Darcy fue apenas un poco más cordial que cuando lo vio en Hertfordshire, pero supuso que tal cambio era atribuible a que él se sentía mejor cuando estaba en compañía de familiares pertenecientes al mismo círculo social. Esta idea la condujo a otra, una que incluía a Alexander Blake y el momento en el que finalmente lo conocería. Todos hablaban bien de él, acusando como principal falta el que tenía tendencia a perderse en sus pensamientos, como si recordara mejores días que su actual realidad.

Elizabeth pensó en Mary y lo feliz que se percibía a través de las cartas, pensó en Lydia y Kitty tratando de adaptarse a una vida de disciplina y modales que les abriría la posibilidad de un mejor futuro. Pensó en Jane y Robert. Irónicamente, la única persona a la que no incluyó en cavilaciones de ideas románticas fue ella misma; ya habría tiempo de entretener esto después, eso sí es que tenía inclinación por el romance. Si había algo que aprendió de la sociedad es que los matrimonios por amor no eran tan comunes, no al menos en el círculo al cual había sido elevada.

Una delgada rama seca se quebró en un paso descuidado que la hizo bajar la mirada y luego llevar la vista hacia la izquierda. Un hombre a caballo se acercaba y ella sabía bien quién era. El mismo hombre con postura impecable y silueta atlética que cruzó los campos de Netherfield en más de una ocasión, el mismo jinete que parecía dispuesto a conversar.

—Buenos días, señorita Bennet—pronunció él, y por razones que Elizabeth conocía bien, el nombre le trajo un poco de nostalgia.

—Buenos días, señor Darcy— ella devolvió la cortesía mientras el caballero en cuestión bajaba de su caballo.

Para ella era una sorpresa no muy agradable encontrarlo, para él era una situación esperada. Él había pasado parte de la noche pensando en dónde ella iniciaría su recorrido y ahora el encuentro le demostraba lo correctos que fueron sus instintos. Él supuso que ella empezaría con las áreas más cercanas a la casa de los Collins, enfocando su atención en las áreas con arboledas más densas.

—¿Qué le ha parecido la región, señorita Bennet?—insistió él, una vez que se fijó como destino mutuo de la caminata uno de los riachuelos de la finca y las preguntas de cortesía fueron intercambiadas.

—Aún no termino de decidir, señor. He llegado a Kent apenas unos días antes que usted lo ha hecho y no he tenido la oportunidad de recorrer lo suficiente para dar una opinión que le haga justicia— Elizabeth comentó, haciendo un esfuerzo por suprimir la risilla nerviosa de la mentira que salió de su boca.

Lo cierto es que el condado de Kent le gustaba, demasiado en realidad. Los amplios campos de Acker Hall y de Everton eran magníficos para saciar su vista y curiosidad por la naturaleza, y si bien su estancia en Rosings era de solo unos días, la finca era espléndida en cada sitio donde se posaba la mirada. Por supuesto esto no era algo que ella comentaría con él, especialmente ahora que se había propuesto hablar lo menos posible de asuntos personales con el señor Darcy.

—Sí, por supuesto—replicó él con obviedad y agregó—No tuve la ocasión de comentarle ayer, pero su interpretación al piano fue superior a la última vez que tuve la oportunidad de escucharla, señorita Elizabeth—dijo él, permitiéndose el uso de su nombre sin perder del todo la formalidad y a la espera de una reacción positiva por parte de ella.

Para Elizabeth el cumplido fue bastante inesperado y por un momento pensó en únicamente agradecerlo, sin embargo optó por algo diferente.

—¿Está usted diciendo que mis interpretaciones anteriores han carecido de habilidad y gracia, señor Darcy?—expresó ella, su ceja arqueada con natural desafío—No es algo que una señorita quiere escuchar, señor.

Al principio confundido por cómo ella cambio el sentido de las palabras, Darcy tardo un poco más en responder.

—Usted bien sabe que esas no han sido mis palabras, señorita Elizabeth. Me parece que no ha cambiado la manera en la que usted insiste en malinterpretarme, creí que ya habíamos discutido esto— comentó él con una sonrisa después de reconocer el tono de ella, era el mismo que escuchó en los debates de Netherfield.

—Puede ser, señor Darcy, aunque la implicación permanece. Por otro lado y sin querer hacer alarde de la mejora en mis habilidades, debo reconocer que hay algo de verdad en lo que usted ha comentado; es claro que tanto usted como Lady Catherine se han formado una opinión sobre mi interpretación, aunque creo que sigo sin alcanzar el estándar que la señorita Bingley ha establecido—Elizabeth no sabía que la había poseído a hacer tal comentario, pero una vez dicho eso no había manera de retractar sus palabras y solo restaba esperar por la respuesta de su interlocutor.

Sobre la referencia a la opinión de la señorita Bingley él simplemente decidió desestimarla. Por otra parte, Darcy se sonrojó un poco al recordar la manera en la que Lady Catherine ofreció opiniones y consejos sobre la interpretación a Elizabeth incluso después de haber reconocido que ella carecía de la habilidad, lo mismo que la señorita De Bourgh. Si bien Lady Catherine utilizó un tono cortés, todos los presentes de la cena pudieron percatarse de la actitud condescendiente, lo cual se vio agravado con la sugerencia de utilizar el piano de la ama de llaves para no importunar a los demás. Darcy quería evadir el tema, pero era imposible y se vio obligado a afrontarlo sin involucrarse por completo. Él tuvo que reconocer que si bien lo comentado por la señorita Elizabeth era cierto, el hecho de que ella se atreviese a traerlo a la actual conversación rompía con cualquier comportamiento antes exhibido por una joven de un rango social inferior, lo que sirvió para reforzar la idea de que ella no era alguien que se intimidase con facilidad.

—Lady Catherine es una mujer acostumbrada a expresar sus opiniones con vehemencia, y si algo mi primo y yo hemos aprendido es que en ocasiones tales consejos si bien tienen mérito, no siempre son aplicables a las circunstancias del momento o a la persona que los recibe.

Era una respuesta evasiva que únicamente dejaba todo a la interpretación, Darcy no tenía intenciones de disculparse por las palabras de Lady Catherine. Cierto, le causaba vergüenza que ella diese consejos y opiniones donde no era requerido, pero eso no justificaba que fuese él quien tuviera que responder por tan evidentes faltas en el comportamiento.

Después del comentario de Darcy la conversación no se prolongó demasiado y el resto del recorrido se redujo a intercambios de dos o tres frases intercaladas con largos silencios. Él se ofreció a acompañar a Elizabeth hasta la casa de los Collins y a pesar de no desear su compañía, ella se vio obligada a aceptar la cortesía mostrada por él.

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Richard tenía curiosidad por saber dónde había estado su primo, especialmente porque en años anteriores él rara vez cabalgaba hacia la casa del clérigo en Hunsford. La cena del día anterior le permitió conocer al señor y la señora Collins, y él estaba seguro que un hombre así no podía ser de interés para su complicado primo, una situación diferente al tratarse de la señorita Elizabeth Bennet.

Richard aún no sabía qué pensar de tal señorita. Era evidente que ella poseía una mente hábil y no se dejaba intimidar por el título de Lady Catherine. Cada uno de los discretos (y no tan discretos) embates hechos por la gran dama fueron tomados con gracia y respondidos con ingenio. En todo caso, a Richard le parecía peculiar que la señorita Bennet no se mostraba interesada en ganar la simpatía de Darcy. Richard, aunque reconocía que sus propias circunstancias no eran tan convenientes como las de Darcy, tendía a atraer la atención de las mujeres con su amigable personalidad y la conexión a un título, no obstante, la señorita Bennet no se molestó más que en extender la cortesía necesaria.

—¿Cómo se encuentra la señorita Bennet?—preguntó Richard para ver si sus suposiciones eran correctas.

Darcy se sonrojó un poco al ser descubierto por el coronel.

—Fue por casualidad que la encontré—defendió Darcy—Cuando la conocí en Hertfordshire supe que ella gusta de caminar, por lo que tarde o temprano la encontraría en los terrenos de Rosings.

Viendo que Darcy no parecía dispuesto a compartir más detalles del encuentro con la señorita Elizabeth, Richard decidió preguntar sobre Bingley.

—¿Has sabido algo sobre él ahora que regresó a Londres?

—No mucho, excepto que tiene una vida social bastante ocupada siendo el acompañante de su hermana a las fiestas.

—Entonces es lógico asumir que se ha recuperado de su decepción amorosa durante el otoño, aunque debo reconocer que este particular enamoramiento ha durado más que los anteriores.

—Lo superará, eventualmente. De la familia solo una más de las hermanas tenía un comportamiento adecuado, el resto, incluidos los padres, son una desgracia en sociedad. La madre hablando de la conveniencia de un matrimonio con un hombre rico, las hermanas menores corriendo tras los soldados y un padre incapaz de controlar a su familia. La señorita solo fue educada con Bingley y jamás observé la preferencia de ella hacia él. Tú has visto que Bingley es bastante obvio cuando demuestra su admiración por alguna dama. Caroline Bingley intentó mantener la relación de amistad, pero a cambio solo obtuvo silencio. Es claro que la señorita no tenía intenciones de mantener la amistad con las hermanas de Bingley.

—Darcy, creo deberías dejar a Bingley hacerse cargo de sus propios asuntos. Él no es un inocente recién salido de Eton, ha tenido oportunidad de ver el mundo y entiende de mujeres.

—Es lo mejor para él—dijo con tono áspero—Aunque la señorita es una mujer amable y hermosa, no tiene relaciones que beneficien el progreso de Bingley en sociedad—dijo Darcy con cierto desdén y para dar por terminado ese tema, agregó—Salvé a Bingley de un matrimonio sin afecto, sin dinero y sin buenas conexiones.

Richard, al no conocer personalmente a la familia en cuestión, aceptó los argumentos de Darcy y tuvo que reconocer que aunque era una intromisión en los asuntos personales de Bingley, su primo se preocupaba de aquellos a los que apreciaba y por lo tanto la intervención no debía ser malintencionada. Para Richard, Darcy era un hombre justo y observador que tomaba las precauciones adecuadas antes de poner un plan en movimiento, y el asunto de Bingley no era diferente.

La conversación se movió a temas como la insistencia de Lady Catherine por un compromiso y la mejora del ánimo de Georgiana, quien desde el verano en Ramsgate seguía afectada y sin querer interactuar demasiado con otras personas que no fueran su familia.

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