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Desde que Bingley notó la expresión de David, el muchacho de los establos en Longbourn, él supo que su presencia era por completo inesperada y no muy bien vista, especialmente cuando porque la señora Hill se puso tan pálida como si hubiese visto un fantasma y el señor Bennet endureció su mirada.

—Señor Bingley, no estaba enterado que Netherfield estaba abierto nuevamente—saludó el anfitrión de Longbourn desde la comodidad de su escritorio una vez que la señora Hill dejó la biblioteca.

—Llegué ayer por la tarde—dijo él, que jamás se había sentido tan intimidado por la presencia de otro hombre. La mirada de Thomas Bennet parecía cortarlo como si fuera la más filosa de las espadas, y Bingley pensó como mientras en la señorita Bennet el azul de sus ojos era un cielo despejado, en el señor Bennet parecía anunciar el siguiente gran diluvio.

—¿En qué puedo servirle, señor?

Si bien la pregunta era cordial, la postura del señor Bennet decía lo contrario. Él había recibido una inusual carta del señor Jonathan Spencer como para saber que su primogénita no solo se había recuperado forma adecuada de la caída, sino había indicios que no estaría soltera por mucho tiempo, aunque por el momento él dejó esta información fuera del alcance de la señora Bennet.

—Decidí pasar a saludar a toda su familia, guardo gratos recuerdos de mi estancia aquí durante el otoño y quise ver cómo se encontraban todos.

Thomas se esforzó en reprimir la risa causada por la mentira del visitante; la carta de Mary dejó muy en claro que el señor Bingley sabía de la ausencia de las hermanas Bennet en Longbourn así como lo que la señorita Bingley pensaba de la familia. A Thomas se le ocurrió que tal vez podía entretenerse un poco a costa del joven.

—No sé qué tan gratos puedan ser esos recuerdos, señor, a menos que algo le haya causado problemas para contar el tiempo, no entiendo como alguien confunde dos semanas con cuatro meses.

El señor Bennet casi podría jurar que el señor Bingley estaba por desmayarse, y en vista que él no quería retener al hombre más de lo necesario, tuvo compasión y aceptó el pretexto que Bingley ofreció sobre negocios que habían salido mal.

—Bueno, espero que usted tenga éxito en sus futuros proyectos. Respecto a lo de saludar a mi familia, debo decirle que mi esposa no está por el momento ya que fue a ver a la señora Phillips, pero si usted no tiene planes aún, puede venir a cenar con nosotros el día de mañana. A ella le dará gusto verlo.

—¿Y sus hijas, cómo están ellas?— Preguntó Bingley tras aceptar la oferta para cenar.

—Todas ellas se encuentran bien, señor. Kitty y Lydia por el momento están en seminarios para señoritas, aunque en escuelas diferentes, Dios sabe que juntas cualquier esfuerzo sería inútil. Por lo que escribe Lydia, finalmente se dio cuenta que tiene buena voz para el canto y Kitty está retomando el gusto por el dibujo. Pocos lo saben, pero incluso cuando ella era apenas una niña de unos nueve o diez años, fue obvio que tenía un buen dominio de la proporción. Es bueno ver que les interese algo más que los bailes y perseguir a los soldados del regimiento.

A propósito el señor Bennet omitió cualquier información sobre Jane, Elizabeth y Mary, a la espera de que la curiosidad de Bingley cayera por propio peso.

—Me alegra saber eso, creo que las señoritas Catherine y Lydia sabrán plasmar su entusiasmo a cualquier cosa que hagan—dijo Bingley e insistió—¿Y el resto de su familia, se encuentra bien?

—Tuvimos una boda en diciembre, señor. Mi primo, el señor Collins—respondió el señor Bennet satisfecho de ver que su visitante se tensó un instante y tras una pausa dramática, él agregó—, Collins pidió en matrimonio la mano de la mayor de las hijas de la familia Lucas. Siempre me agradó la señorita Charlotte Lucas, y es una verdadera pena que terminara casada con un hombre tan ridículo, pero al menos cuando ella dejó la región se le veía feliz con su decisión. Espero que ella tenga paciencia con él y el matrimonio le sirva para tener una segunda opinión en los sermones, porque si son tan adornados como sus halagos, yo no culparía a los feligreses si dejan de asistir a la iglesia.

Por los siguientes diez minutos, el señor Bennet continuó con un recital ininterrumpido de la felicidad de los Lucas, la segunda visita del señor Collins y hasta del día de la boda, a la que asistió a marchas forzadas. Cada minuto de la conversación fue un completo deleite para él, que disfrutaba la creciente frustración de su joven vecino.

Bingley decidió que no obtendría nada interesante del señor Bennet y sería más fácil informarse a través de la señora Bennet, por lo que cuando Hill anunció la llegada de correspondencia del dueño de Purvis Lodge, él tomó la oportunidad para retirarse. El señor Bennet reiteró la invitación a cenar y cuando vio a Bingley ya montado sobre el caballo, él sonrió satisfecho.

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Fanny Bennet apenas podía creer lo que su esposo le dijo durante el desayuno al día siguiente de la visita del señor Bingley. Ambos estaban comiendo cuando de la nada, él comentó las noticias sobre Netherfield.

—Pero señor Bennet—replicó Fanny Bennet—¿cómo es que lo has invitado a cenar? Después de lo que él y su hermana le hicieron a Mary... ¡es absurdo pensar que debemos recibirlo! ¿Por qué la señora Brown no dijo nada a Hill?

—Él llegó la misma tarde que ella estuvo aquí—el señor Bennet bajó sus cubiertos y miró a su esposa—Fanny, yo estaba bajo la impresión de que él sería el esposo de Jane...—y recordándole a su esposa, agregó— Tú me prometiste en septiembre del años pasado que si iba a presentarme, él terminaría casado con mi hija, pensé que una cena ayudaría a tu causa.

—¡Oh, cómo insistes en molestarme! Sabes que Jane puede conseguir a alguien mejor ahora. ¿No viste cómo el hijo de Lord Denton la miraba?

—Si pensabas desistir de nuestro vecino tan pronto, entonces no hubieras arriesgado a Jane en noviembre, no se te olvide que la enviaste a Netherfield cuando amenazaba por llover, con la esperanza de que ella pasara la noche allá, ¡y mira lo que pasó, casi muere de fiebre!—exageró el señor Bennet.

—Hmmm—Fanny apretó los labios al recordar y defendió sus acciones pasadas— en ese momento todos pensamos que él era un joven agradable y no un insensible con los sentimientos de ella. ¡Irse sin despedirse! ¡Y tratar de avergonzar a Mary por mi familia, cuando son mis niñas las que nacieron hijas de un caballero! Esos Bingley no son tan diferentes del odioso señor Darcy... Al menos aquel hombre no se molesta en aparentar ser amable.

Fanny Bennet siguió con sus quejas en contra de los Bingley y el señor Darcy, utilizando todos los insultos que la vida le había enseñado y que la privacidad de su hogar le permitía externar. Por otra parte, el señor Bennet parecía complacido con el exaltado estado de su esposa, ya que si bien él apreciaba que ahora el carácter de Fanny era más calmado, de vez en cuando echaba de menos las exageraciones y los nervios de ella.

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Jacob observó al señor Bingley regresar de la casa de los Bennet con expresión alterada y supo que cualquier intención que Bingley tuvo, no se vio satisfecha. Él, a diferencia del señor Brown, no encontraba divertido reírse a costa del inquilino de Netherfield, por lo que decidió sacar al hombre de su miseria y decirle lo poco que sabía de los Bennet, incluso sin saber cómo sus palabras serían recibidas.

Bingley escuchó vagos detalles de la visita de una familia muy numerosa y rica que llegó acompañando a los Gardiner y que se alojó en Purvis Lodge por varias semanas.

—Walden, me parece que ese era el nombre de la familia, y tengo entendido que venía un conde y su esposa con ellos. Cuando los nobles dejaron la zona, las señoritas se fueron con ellos—y tras una pausa rectificó—eran dos familias además de los Gardiner, los carruajes tenían diferentes escudos familiares.

—¿Y sabes algo de la señorita Bennet?—preguntó Bingley nervioso. Esta información era muy importante si se contrastaba con lo sucedido en Londres.

Jacob lamentó lo que estaba por decir, pero era mejor hacerlo ahora que exponer al señor Bingley a hacer el ridículo con frente a la familia Bennet. Después de todo, Bingley había sido una buena persona con todo el personal de la casa.

—David, un muchacho que trabaja en Longbourn, está seguro que la señorita Bennet pronto estará casada, y que eventualmente portará el título de condesa, señor.

Era una frase tan corta y tan cargada de significado que fue como un golpe que dejó a Bingley sin aliento. Él no tenía que especular para saber que se insinuaba una relación con Robert, el heredero del título familiar.

—¿Cómo puede él estar diciendo eso? Él podría estar poniendo en riesgo el nombre de ella al hacer esos comentarios—peleó Bingley con esperanza de que lo dicho por David fuera mentira.

Jacob negó con la cabeza.

—David es huérfano, señor. Fue la señorita Bennet quien convenció al señor y señora Bennet de ayudarlo, el tío de él no era muy buen hombre. Si hay alguien que jamás haría algo para dañar el buen nombre de ella, es él.

—¿Y tú crees que él tiene razón?

—Nunca he tenido motivo para dudar de su palabra.

Bingley agradeció la información y Jacob dejó el salón.

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Al día siguiente, cuando fue a cenar con los Bennet, se abstuvo de hacer cuestionamientos sobre las hijas de la familia y permitió que fueran ellos quienes indicaran las pautas de la conversación. Esto sorprendió a los anfitriones, quienes esperaban una ronda de preguntas sobre Jane y la relación con la familia Walden. A él se le cuestionó sobre Londres, sus hermanas y sus planes en Netherfield, los cuales parecían no estar determinados aún.

Fue al final de la cena cuando Bingley pidió un momento a solas con el señor Bennet. Apenas la puerta estuvo cerrada cuando el visitante expresó sus intenciones.

—Señor, sé que mi comportamiento no fue el mejor al irme por un periodo tan largo después de mi evidente interés en la señorita Bennet, pero estoy dispuesto a remediar eso.

—¿Cómo pretende hacerlo, señor Bingley? —preguntó Thomas mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.

—Quisiera permanecer en la región hasta el regreso de ella a Longbourn y tener su permiso para poder cortejarla.

Thomas Bennet se sorprendió y no hizo el menor esfuerzo en disimular su asombro. De todas las cosas que pudo haber dicho Bingley, esta era la menos esperada.

—No puedo darle una respuesta, señor—dijo Thomas, mientras a su mente regresó la mirada valiente de Jane cuando él le dijo la verdad a Elizabeth. La Jane Bennet que Bingley vio por última vez en el baile de Netherfield no era la misma mujer que Jonathan mencionó en la carta, y él no se sentía con el derecho de tomar una decisión por su hija.

—Tengo entendido que son los padres quienes conceden esta clase de formalidades—comentó Bingley en un tono que bajo otra circunstancia el señor Bennet habría apreciado.

Thomas Bennet se recargó de su escritorio, su expresión era seria y Bingley esperaba que él estuviera considerando su petición.

—Usted hará esa pregunta a mi hija estando en mi propiedad, si ella decide que quiere ser cortejada por usted, entonces yo daré mi permiso.

Bingley sonrió por su aparente éxito, hasta que notó que el semblante del señor Bennet se endureció.

—Si las circunstancias no lo favorecieran, usted y su familia respetarán el nombre de mi hija y mi familia, señor Bingley. Sé lo que la señorita Bingley intentó en el teatro con Mary, así que espero que usted vigile a su hermana y las intenciones de ella.

Bingley intentó disculparse, ya que ahora entendía la actitud del señor Bennet tanto el día anterior como en la cena. Él aceptó las condiciones impuestas, reiteró su agradecimiento por la cena y se marchó. Cuando le entregaron su caballo, la sensación de sentirse observado no se detuvo sino hasta que la silueta de David desapareció en la distancia.

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Al mismo tiempo que Bingley y el señor Bennet discutían, Joshua Lewis Hamilton Carter dobló la esquina que llevaba a su residencia y solo con ver la entrada, él supo que le esperaba el caos; Lady Joanna estaba de vuelta en la capital, dos semanas antes de lo previsto.

El mayordomo lo recibió con gesto apenado y solo quedó resignarse al torbellino que era ella y que por el momento estaba dando indicaciones para ordenar más flores.

—Te dije que llegaría a las tres de la tarde—protestó ella—¿Sabes lo triste que es no ser recibida por mi único hijo?

Carter dejo escapar un suspiro, aceptó la injustificada amonestación y después abrazó a su madre. Él se alegraba de verla, pero le causaba curiosidad el que ella hubiese adelantado el viaje.

—Madre, yo te esperaba en un par de semanas. Te aseguro que si hubieras llegado en la fecha establecida, yo mismo habría descargado tu equipaje.

—Sí, ese era el plan, pero las cosas cambian rápidamente cuando mi hermano me escribe para decirme que mi hijo anda en boca de todo Londres. ¿Por qué no me habías dicho que te has comprometido?

—Porque no lo estoy. Si mi tío te dijo eso, entonces él está en un error. Si crees que soy capaz de negarte el saber algo tan importante, soy yo quien debe estar ofendido.

—¿Entonces no hay una dama con la que al menos estés considerando la idea del compromiso?—dijo ella, decepcionada ante perspectiva de que su hijo siguiera soltero—Joshua, quiero verte formar una familia. Todos los hijos de la señora Parker ya tienen sus propios niños, y ella no deja de mencionarlo cada vez que tiene la oportunidad.

—Madre, sí hay una dama, pero no estoy comprometido con ella.

Esto de inmediato capturó la atención de Lady Joanna.

—No estás comprometido con ella, aún—dijo ella.

—La conocí hace varias semanas—aclaró él—y estoy pensando seriamente en cortejarla, pero por el momento solo somos amigos.

—Es un progreso, Joshua.

—Debo advertirte que ella no tiene título ni una dote cuantiosa como algunas de las debutantes de Almack, madre—dijo él, una ceja perfectamente arqueada a la espera de la reacción de ella.

Aunque el señor Carter sabía que su madre respetaría la decisión que él hiciera, él quiso dejar las cosas claras desde un principio. Lady Joanna puso los ojos en blanco ante el gesto defensivo de su hijo. Desde que el padre de Joshua había fallecido, ella esperaba verlo establecido con una familia propia.

—Querido, en este punto de mi vida me conformo con que no hagas lo mismo que el hijo del barón de Brackley. Cuando estuve en Hamilton Park, me enteré que el muchacho decidió desposar a una dama de cuestionable reputación— y agregó en voz baja—hasta nuestro administrador estuvo entre las piernas de esa mujer.

—Le puedo asegurar, mi Lady, que no es el caso. La señorita Bennet es una mujer honorable; y respecto a Villiers, me sorprende que él no supiera del romance entre Sally Burrells y el señor Heyer, cerca de Hamilton todos lo sabían.

Lady Joanna suspiró aliviada por la reafirmación de su hijo y cuestionó acerca de la mujer que parecía haber capturado la atención de él. Si bien a ella le parecía que una dote de cinco mil libras no era comparable a una fortuna como la de la familia Carter, estuvo satisfecha al saber que Joshua había conocido a la joven a través de la familia Walden, y que damas como Lady Edith Fitzwilliam y Lady Saint Vincent parecían estarle tomando simpatía.

—¿Por qué mi tío está bajo la impresión de que estoy comprometido? Ni la señorita Bennet ni yo hemos actuado de forma que sugiera esto.

—Te han visto en múltiples ocasiones en compañía de la señorita Bennet, además, él dice que te vio en el teatro, al parecer tus miradas hacia ella no fueron muy discretas. Dime, ¿era muy impresionante el collar que ella llevaba como para ver su cuello todo el primer acto?

El señor Carter sonrió como un niño atrapado en medio de una maldad.

—¿Y quiénes son los Bingley? Tu tío los mencionó en la carta.

Fue el turno del señor Carter para poner los ojos en blanco.

—Uno pensaría que el duque de Rutland tiene cosas más interesantes que hacer con su tiempo que estar intercambiando chismes con su hermana. Los Bingley son una familia que el señor Darcy tomó bajo su ala y con quiénes tuve algunas diferencias.

Lady Joanna no le dio más importancia al asunto y dirigió su atención al florero sobre la mesa, pronto empezó a reorganizar los arreglos que él había aprobado el día anterior.

—¿Y cuándo conoceré a la señorita Bennet?—preguntó ella, disimulando mal su curiosidad.

—Invité a los Walden a cenar el catorce de este mes, ese día habrá ocasión para que la conozcas.

Ella sonrió satisfecha y de inmediato empezó a lanzar ideas para la cena.

—o—

El mismo día que el señor Bingley visitó a la familia Bennet para cenar, Lady Catherine conoció a Jane, y fue una experiencia que la mayor de las señoritas Bennet no esperaba repetir.

Ella nunca se había sentido tan observada como lo bajo la mirada dura de Lady Catherine, quien parecía tener cientos de cosas que decir sobre su persona. Le recomendó salir menos porque obviamente su piel estaba resintiendo los efectos del sol, habló sobre cómo era una pena que el color del vestido no fuera el más favorecedor y su complexión muy delgada, y hasta hizo comentarios de las mujeres que utilizaban su belleza como elemento para llevar a hombres honorables a actuar en contra de las expectativas de la sociedad.

Al final de la cena, Jane había tenido suficiente de Lady Catherine como para toda una vida y pensó que si extendían alguna otra invitación, buscaría la manera de evitarla. El coronel había tratado de detener a su tía de hacer comentarios fuera de lugar, aunque eso solo funcionó cuando la reunión estaba bien avanzada, y después, cuando los invitados se retiraron, él tuvo que enfrentar los cuestionamientos de Lady Catherine sobre el repentino interés en la señorita Bennet.

Era obvio para casi todos los presentes, que los comentarios de Lady Catherine no surgían por franco desprecio a Jane sino de los celos y el miedo a que otra joven sin fortuna ni conexiones pudiera hacer flaquear la resolución de alguno de sus sobrinos, quienes parecían encontrar muchas distracciones fuera de la casa. Aunado a eso, fue por boca de los jardineros que ella supo que, al menos el señor Darcy, gustaba de caminar cerca de la casa parroquial.

Cuando regresaron a la casa, Elizabeth y Jane ofrecieron sus excusas y subieron directo a la habitación, donde la menor de ellas expresó, sin recato alguno, su opinión acerca de Lady Catherine en un lenguaje que haría sonrojar a más de una persona.

Jane, aunque no estaba contenta con lo ocurrido en la reunión ni con el ofensivo vocabulario de Elizabeth, no pudo evitar sonreír por la lealtad de su hermana, quien parecía siempre dispuesta a defenderla. Ella le pidió que bajara el volumen de su voz, pero Elizabeth parecía estar en un trance de ira como para prestar atención a esa sugerencia.

—¿Sabes qué fue lo que me dijo el señor Darcy sobre su tía el otro día?—Jane lo sabía, pero entendió que su hermana no esperaba que respondiera—Lady Catherine tiende a dar opiniones sin que sean solicitadas y gran parte del tiempo no merecen consideración—dijo Elizabeth imitando el modo de hablar del señor Darcy y agregó—, Pero Dios me perdone, esa mujer no necesita aprender modales o ser ignorada, ¡ella necesita que le amarren la boca! ¿De qué le ha servido el título para educarse si los caballos de los arados se comportan mejor? ¿Y qué hay de su comentario sobre las artes y trucos para atrapar a un hombre? Ella debe estar hablando por experiencia propia, porque solo así pudo haber encontrado esposo, o Sir Lewis debió estar al borde de la desesperación por dinero para aceptar la unión con ella.

Jane escuchó la puerta y rápido se levantó para abrir, era Charlotte. Ella notó de inmediato la preocupación de su amiga y supo, sin lugar a dudas, que las coloridas expresiones de Elizabeth habían sido escuchadas en otros lugares de la casa.

Elizabeth se detuvo y lamentó el volumen de sus insultos, más no ofreció retractarse de sus opiniones. Charlotte volvió a salir del cuarto y apenas la puerta volvió a estar cerrada, tanto dentro como fuera de la habitación, las mujeres empezaron a reírse.

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Días después de aquella terrible visita, el señor Collins llegó eufórico a su casa.

—Excelentes noticias, señora Collins. Hemos recibido una nueva invitación para asistir a Rosings Park.

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