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Cuando Alexander Joseph Blake abrió los ojos, solo pudo ver madera. Brevemente eso lo confundió, hasta que recordó donde estaba y el destino del navío. Él quiso levantarse, pero pronto se acercó un joven para impedir que lo hiciera.
—Coronel, le sugiero que se quede tal y como está, recuerde que acabo de vendarlo y no quiero que arruine mi trabajo—dijo el muchacho en un tono alegre—Es por pura gracia de Nuestro Señor que usted sigue con nosotros, aunque eso no significa que no le diré a mi padre que mi intervención ayudó.
El coronel Blake gruñó por la punzada de dolor que el movimiento ocasionó e hizo caso al joven. Esta sería su última misión, él llegaría a salvo a casa, vendería su comisión y se retiraría junto con su purasangre Júpiter a los calmados campos de Houghton Park, esos fueron sus planes cuando partió. En el campo de batalla, sin embargo, alguien fue más rápido que él y a pesar que su herida llevaba un buen avance sanando, todavía requería atención; el único consuelo que tenía era que al menos lo peor ya había pasado.
Él se perdió en sus planes frustrados que incluían la pérdida de Júpiter mientras el muchacho, de unos diecinueve años de edad de acuerdo a la estimación de Blake, siguió hablando sobre la llegada a Hampshire. También le contó historias sobre su padre, un médico en el condado de Devon y otras más sobre la experiencia de ser el único, entre todos sus hermanos, al que no se le revolvía el estómago en presencia de heridas y sangre. Al parecer, el soldado Ashton estaba arrepentido de haber seguido los pasos de uno de sus tíos y ahora, apenas estuviera en tierra, buscaría salir de la vida militar y regresaría a estudiar para intentar convertirse en un médico, ya que según él, las armas no se le daban muy bien. Un rato después, Ashton dejó al coronel y Blake cerró los ojos hasta que el movimiento del barco lo durmió.
Cuando volvió a despertar, escuchó como varios hombres llegaban para ayudarlo, dos de las voces sonaban conocidas, y en cuanto él vio a los dos individuos, casi lamentó haber dicho a uno de ellos la duración esperada de su estancia en el extranjero.
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Henry Walden observó a su primo político desde la puerta y agradeció que no fuera él quien tendría que darle las noticias sobre Denton y los descubrimientos de Londres. Ya era terrible que Blake tuviera dolor físico, pero enfrentarlo a la realidad de los actos de Ernest sería incluso peor.
Blake despertó, y reconoció la habitación en la que normalmente lo hospedaban cuando estaba de paso. Estaba en la residencia del único hijo varón de Stephen Walden, a unas tres millas del puerto de Portsmouth, en una casa elegante donde vivían Henry y su esposa Harriet. Ellos tenían dos hijos varones, el primero de ellos llamado Sthepen, como su abuelo, quien decidió perseguir una carrera en la iglesia y Gabriel, quien estaba completando sus estudios.
Después de conversar un rato y asegurarse de que Blake estuviera bien, Henry escribió diversas cartas con destinos que incluían Londres y Kent. Antes de salir de la casa de su primo, Lewis insistió en que tal vez era buena idea decirle a Blake sobre Elizabeth, pero Henry opinó que ellos no eran los más indicados para hacerlo y no se discutió más al respecto. Una hora más tarde, Lewis regresó con un médico, quien dejó indicaciones para una adecuada recuperación. El médico, al igual que el soldado Ashton, no olvidó recordarle lo afortunado que era.
Los siguientes días Blake leyó periódicos, libros, caminó despacio, comió todo lo que le llevaban en la bandeja y acepto la atención de Henry, Harriet y Lewis. Mientras su cuerpo se recuperaba, se tomó el tiempo de escribir a sus superiores, para reiterar su interés en vender su comisión y retirarse, los detalles serían aclarados en su siguiente viaje a la capital.
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Lewis dejó la casa de su primo varios días después, una vez que el médico declaró a Blake libre de peligro, se encaminó de vuelta a su hogar, cerca de Brighton. No era que Lewis no quisiera ver a su padre o a su hermano mayor, sino que él no quería estar cuando Blake descubriera que tanto Henry como él sabían de Elizabeth, y habían retenido la información por muchos días.
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Tanto en Acker Hall como en Londres, las noticias de Blake fueron recibidas con agitación, y apenas Jonathan, Lord Northampton y Lord Denton lo supieron, hicieron los arreglos necesarios para sus respectivos viajes.
En el caso de Londres, las noticias generaron que tanto el conde como su hijo no estuvieran presentes en la cena de la familia Carter, un evento en el que Lady Joanna pudo ser testigo de la reacción de su hijo con Mary Bennet.
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Blake sabía que algo estaba mal cuando su cuñado llegó de visita a la casa de Henry, pero decidió darle el beneficio de la duda y aceptar que era una visita con fines de negocios que coincidía con su regreso al país. No obstante, apenas se anunció la visita del conde y Lord Denton, Blake tuvo la certeza que aquello tenía otros motivos.
Después de asegurarse que efectivamente, Blake estaba recuperado, los recién llegados a Hampshire se reunieron con el coronel en la modesta biblioteca de Henry. Lord Denton estaba por empezar, pero el conde lo detuvo y les pidió a Jonathan y Matthew dejarlo solo con Blake. Aunque no completamente de acuerdo, ellos aceptaron y la habitación quedó en silencio después de que la puerta se cerró.
—¿Qué es lo que usted tiene para decirme, mi Lord?—Preguntó Blake—Desde ayer pude ver que hay algo que le inquieta y tiene que ver conmigo.
Lord Walden lo miró con la tristeza que Blake había aprendido a identificar después de muchos años.
—En noviembre del año pasado, llegó a cierta casa en el sur un clérigo con la intención de buscar esposa entre las hijas de su primo. El clérigo era el heredero de la finca y su intención era apaciguar las diferencias que el testamento establece. Este joven heredero seleccionó a la segunda de las hijas, sin embargo, para sorpresa de la madre y él mismo, la muchacha rechazó la propuesta. El padre de la dama, lejos de estar disgustado, aceptó de buen modo la decisión de su hija.
Blake observó al conde acercar lo que parecía un retrato, pero lo colocó de tal forma que él no pudo ver de quién se trataba.
—Cuando el padre explicó a su segunda hija por qué respaldaba la decisión, él le dijo la verdad sobre su origen. Ella no era hija nacida de la familia. El hermano mayor de este caballero quedó como guardián de una recién nacida cuando se supo que los padres de la pequeña murieron. El destino le arrancó a este bebé su legítimo guardián, pero el hermano menor asumió el cuidado de la niña y la vio crecer como si fuera propia, rodeada de hermanas, tíos y primos.
—¿Es la muchacha de la que Denton habló en el almuerzo la segunda hija de la historia?—preguntó Blake tratando de entender el significado de la historia que Lord Walden acababa de narrar.
—No exactamente, aunque la amiga de mis nietos es otra de las hijas de la familia sobre la que hablo.
—Mi Lord, por favor sea claro en lo que usted intenta decirme. ¿Qué relevancia tiene esto para mí?
—¿Quién es ella, Alexander?—preguntó Lord Walden mientras extendió un retrato hacia el coronel.
Blake observó el dibujo a lápiz y reconoció la mano experta de Emily Walden. Los trazos eran precisos y limpios, dotando a la obra de gran realismo.
—Es un retrato de mi esposa, mi Lord—respondió él tras un vistazo rápido a la imagen.
Lord Walden se preparó mentalmente para la siguiente parte de la conversación y casi lamentó su decisión echar de la recámara a Jonathan y Matthew.
—No hay forma fácil de decir esto, Blake. El retrato que tienes en tus manos es de una señorita que mis nietos identificaron en Hyde Park en enero de este año. Y acerca de la historia que te conté... el guardián de la niña fue un hombre llamado Frank Bennet. A la muerte de Frank, el hermano que quedó a cargo de ella y la finca es un caballero llamado Thomas Bennet. La niña es ahora una joven de veinte años llamada Elizabeth Frances Bennet. La finca es Longbourn, cerca de Meryton en el condado de Hertford.
El primer impulso de Blake fue negarlo todo y acusar al conde de estar mintiendo, todo esto era esperado por Lord Walden.
—No tiene usted derecho de jugar conmigo de esta manera—espetó Blake mientras se levantaba de su asiento y olvidando que aún debía hacer movimientos cuidadosos.
—¿Crees que mentiría sobre algo como esto? No eres el único que perdió a Emily, Blake. Yo la amaba como si fuera mi hija, siempre la vi de esa manera.
Él se detuvo a medio camino hacia la puerta y observó al conde con una expresión de rabia y desesperación.
—No es posible, mi lord—dijo Blake—Debe ser un error, Ernest me dijo que ambas fallecieron, hay registro de ello, su nombre está en el mausoleo familiar—, expresó él, mientras caminaba de vuelta al escritorio para agarrar el retrato una vez más.
—Blake, por favor escúchame—insistió Lord Walden—Vi las cartas que tu hermano escribió al señor Thomas Bennet, él negó cualquier parentesco con la bebé que Frank tuvo a su resguardo. Ernest le mintió a Emily acerca de tu muerte, y cuando Emily sintió que dejaba este mundo, le pidió a tu amigo cuidar de Elizabeth. Cuando Frank murió, Ernest mintió al señor Thomas y por ende, a ti. Tu hermano hizo todo esto.
Él observó el dibujo por largo rato antes de atreverse a decir algo. Era un retrato bastante detallado y al verlo de forma más detenida, pudo notar algunas diferencias con la imagen de su esposa. Blake volvió en su memoria, años atrás, y esta vez vio la expresión dura de su hermano, algunos comentarios adquirieron más sentido. Él sintió una opresión en el pecho que lo forzó a hacer respiraciones profundas. El mundo se derrumbaba bajo sus pies.
—Debió ser esto a lo que él se refería—murmuró Blake, hundiéndose en la silla por el cansancio que le sobrevino.
—¿A qué se refería quién?
Blake lo miró con gesto descompuesto. Recuerdos de su hermano enfermo vinieron a su mente, las palabras del doctor sobre las últimas horas de vida de Ernest.
—Cuando Ernest murió— empezó él con voz quebrada—, el último médico que lo atendió me dijo que durante la agonía por su enfermedad, él habló de una familia perdida. Mi hermano murió pidiendo perdón, al menos eso dijo el señor Gates, quien apenas entendió lo que él hablaba—volvió a ver el retrato—¿Realmente es ella, mi lord? ¿Es posible?
—Lo es, Blake. Cuando descubrimos esto, quisimos asegurarnos que toda la información tuviera sentido. Sin tener certeza, jamás le habría enterado a Jonathan, mucho menos a ti. Hay cartas, los tiempos coinciden, y como puedes ver, los rasgos de ella son casi idénticos a los de Emily. La señorita Elizabeth es hija de nuestra Emily, Blake. Ella es tu hija.
Él había conocido las miserias de los campos de batalla, había visto el dolor de los soldados y una vez más él estaba experimentado en carne propia las heridas de la guerra, y sin embargo, nunca había sentido tanto dolor como el que las palabras del conde le causaron. Era como el frío por la pérdida de sangre al mismo tiempo que una fiebre terrible. Su estómago quería devolver lo que comió una hora antes en la cena y la respiración parecía hacerse más difícil cada vez. La habitación daba vueltas, era como si de pronto el volviera a estar enfermo.
Blake escondió su rostro entre sus manos y empezó a llorar en silencio. Por momentos, Lord Walden escuchó algunos sollozos pero no se atrevió a hablar. Él solo podía esperar para continuar con los detalles del hallazgo de meses atrás.
Era una escena desgarradora. Blake era un hombre que había estado al frente en campañas y soportado todo con entereza, la muerte había empañado cada etapa de su vida. Ahora, al final de su carrera como militar, era una revelación lo que lo traía hasta el punto de hacer sus lágrimas incontenibles y le causaba uno de los dolores más intensos de toda su vida. El conde se levantó para servir un poco de brandy y sin más, lo puso frente al coronel. Sin importar el aspecto que tenía, Blake alzó la vista y tomó el alcohol de un solo trago.
—¿Por qué no se me avisó en cuanto la encontraron, mi Lord?
—Yo tomé esa decisión. Sabía que tú no podrías regresar antes de cumplir con tus obligaciones, y para cuando recibieras la carta, si es que esta llegaba a tus manos, tú estarías de vuelta.
Blake hizo más acusaciones sobre el retraso en ser notificado, cada una de las cuales Lord Walden defendió con sus propias razones. Cuando el fastidio y el enojo de la expresión del coronel se disiparon, finalmente él se atrevió a preguntar cómo era Elizabeth.
—Es amable, es inteligente, un poco impertinente; nos hizo amarla en menos de una semana. Los Bennet hicieron un buen trabajo criándola; ella creció rodeada de hermanas y padres que jamás la trataron diferente. Le debemos mucho a los Bennet, Blake.
—Si hubiera visitado al señor Bennet por la muerte de Frank, todo sería diferente—se reprochó a sí mismo Blake—¿Qué clase de amigo no envía condolencias a la familia por alguien a quien tuve en alta estima?
—No podías haberlo sabido, no conocías al hermano de Frank, él te dijo que la relación no era exactamente buena—Lord Walden movió una silla para sentarse junto—. Nada puede cambiar el pasado, Blake. Recuperamos una parte de Emily que jamás soñamos con tener, tienes una hija y yo tengo una nieta.
—¿Sigue en Hertfordshire?
—No. Después de que estuvimos en aquella comarca para explicar todo con la familia Bennet, ella viajó con Spencer a Acker Hall y ahora se encuentra visitando a una de sus amigas en Hunsford.
—¿Qué sabe ella de mí, mi lord?—preguntó él. Sus ojos aún seguían enrojecidos.
—Le contamos cómo conociste a Emily, historias de tu vida, tus hazañas en campaña. Ella ansia conocerte, Blake.
Los hombres hablaron por otros diez minutos antes de llamar a Jonathan y Matthew, lo que extendió la conversación por otra media hora. Posterior a esto, Blake se retiró a su habitación y en la semioscuridad del cuarto, él volvió a llorar. Lloró en nombre de la mujer que había sido su esposa y el amor de su vida. Lloró por el padre que había perdido y la madre que apenas recordaba. Lloró por la hija a la que jamás pudo cargar en sus brazos y que Ernest le había arrancado. Lloró por el hermano al que jamás le podría exigir respuestas. Lloró porque él no sabía cómo se construía una relación después de veinte años de ausencia y eso le aterraba más que cualquier otra batalla.
Antes de dormir, escribió dos cartas que jamás serían leídas por sus destinatarios. Una de ellas era para Emily, en la que él se disculpaba por haberle fallado, otra era para Ernest, en la que le recriminaba cada minuto que había perdido al lado de su hija. Él sabía que nada se resolvía desperdiciando papel y tinta, pero al menos en ese momento, el acto se sintió mejor que guardar todo para sí mismo.
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La mañana siguiente, Blake expresó sus intenciones de ir a Kent a buscar a su hija y ninguno de los presentes estuvo sorprendido. Harriet y Henry se opusieron por la premura, ya que consideraban que el viaje era demasiado largo para él a causa de los largos tramos de malos caminos que el mismo Jonathan pudo experimentar.
La preocupación de Henry poco le importó a Blake, quien empezó a caminar hacia la puerta para ir al puerto y preguntar cuando salía algún barco a Dover. Lord Denton estuvo de acuerdo que un viaje por mar hasta Kent era lo más lógico dentro de la irracional actitud de Blake, y junto con Henry fueron al puerto a preguntar por la siguiente salida con espacio disponible.
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En los días previos a su viaje, Blake se acercó a Jonathan para platicar sobre Elizabeth, y fue imposible para él no sentir celos de lo mucho que su cuñado ya conocía a la hija que llevaba años extrañando. Jonathan reconoció el miedo en los ojos de Blake cuando bromeó sobre cuánto le gustaría ver la reacción de Elizabeth al estar en Houghton Park.
—Yo no me apresuraría a pensar en eso—confesó él apesadumbrado—no tengo la certeza de que ella me tomará como padre. Soy un desconocido.
Jonathan hizo una mueca de comprensión y le entregó una carta.
—La recibí un día antes de salir de Acker Hall. La mayoría de lo que ella dice son sus impresiones sobre Rosings Park y su estancia con la familia Collins, pero la última parte es como si estuviera escrita para ti.
Blake tomó la carta y sin abrirla, apreció la letra de su hija, y un nuevo golpe de dolor vino cuando vio que aún tenía como remitente el apellido Bennet. Jonathan, confundiendo la reacción de Blake con temor por el contenido, trato de alentarlo.
—Los miedos que tú tienes son un eco de los de ella, Blake. Ustedes dos estarán bien.
Tras leer la carta, él peleó contra el impulso de tomar el más rápido de los caballos de Jonathan e ir directo a Kent a enfrentar su futuro y reclamar su lugar como padre, sin embargo, ganó en él la prudencia y esperó los siguientes dos días a la salida en el puerto.
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Notas:
I. El título de este capítulo fue tomado del poema Hermana, hazme llorar de Ramón López Velarde.
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