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La semana posterior a la primera visita de Jane a la casa de Rosings Park se fue en paseos por el campo en compañía de su hermana y Maria, o visitas al pueblo donde se les unió Charlotte. En ese periodo, dos ocasiones vieron a los sobrinos de Lady Catherine, la primera al recorrer los jardines y la segunda cuando ellos hicieron una visita a la casa parroquial.

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Desde el momento en que Anne de Bourgh vio regresar a su primo de la casa de los Collins, supo que Richard había desarrollado una intensa admiración por la señorita Jane Bennet. Conforme los días avanzaron, los sentimientos de él parecían no disminuir y eso le preocupó. Ella, si bien quería mucho a Richard como el hermano que jamás tuvo y lo consideraba como un gran ejemplo de carácter, sabía que él no tenía la voluntad para renunciar a su estilo de vida por amor a alguien.

Anne lo había visto en el pasado y también escuchado las historias; mujeres que pensaron que la amabilidad y caballerosidad de Richard era una señal de admiración con perspectivas a un compromiso; mujeres que eventualmente terminaron lastimadas porque Richard no supo decirles que él no podía ofrecer lo que ellas querían porque ellas no tenían lo que él necesitaba.

Ahora, con la presencia de Jane Bennet, el coronel estaba cayendo en los mismos viejos hábitos, y Anne decidió que la señorita Bennet no merecía sufrir lo mismo. Ella hablaría con él, incluso si Jane parecía bastante tranquila en presencia de Richard, Anne pensó que bien podía tratarse de una mujer que esperaba algo serio que sabía muy bien cómo guardar sus emociones.

—Solo te pido que tengas cuidado en como actúas con ella—dijo Anne— sé que a veces la cortesía es confundida con amor y no quiero que ella salga herida.

—Encuentro peculiar tu deseo de protegerla, ¿a qué se debe?—preguntó el coronel mientras cruzaba los brazos sobre su pecho.

Anne, si bien era educada con todos los invitados a Rosings Park siempre, rara vez demostraba interés en ellos, y esta vez ella tenía una expresión apenada.

—Mi madre ya hizo un excelente trabajo lastimándola. No quiero que piense lo peor de todos nosotros. No quiero que crea que tu entusiasmo ha sido un juego y se sienta avergonzada por esperar demasiado.

—He sido cuidadoso con la manera en la que me comporto, y no creo que ella espere algo de mi parte, pero si te hace sentir mejor, veré que todo sea aclarado.

Anne quedó satisfecha con la respuesta de su primo y se retiró de la estancia.

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La mañana del día de la visita a Rosings, Jane, sintiéndose agobiada por la posibilidad de volver a Lady Catherine y no haber encontrado una razón honesta para justificar su ausencia más allá de su incomodidad, salió a caminar por los jardines mientras Elizabeth ayudaba a Charlotte a arreglar un vestido. Ella se detuvo a descansar bajo un árbol cuando vislumbró en la distancia al coronel Fitzwilliam, quien se aproximaba hacia donde ella estaba.

Jane guardó la última carta de Cathy, que también contenía una nota de Robert y sonrió al coronel. Él la saludo con cordialidad aunque no le se veía muy tranquilo.

–No lo había visto pasear hasta esta parte del camino—dijo Jane después de devolver la cortesía.

–He estado dando la vuelta completa a la finca –contestó el coronel–, suelo hacerlo todos los años y pensaba terminar con una visita a la casa del párroco. ¿Va a seguir paseando?

–No, voy de regreso. Mi hermana debe estar preocupada por mi demora.

Él se ofreció a acompañarla y juntos se encaminaron hacia la casa parroquial.

–Coronel, nos ha dicho el señor Collins que usted y su primo dejarán Kent mañana, ¿es eso cierto?–preguntó Jane.

–Sí, si es que Darcy no vuelve a aplazar el viaje. Estoy a sus órdenes; él dispone las cosas como le parece mejor—y añadió con una sonrisa—aunque por el momento no me opondría a permanecer unos días más en la región.

El coronel se reprochó así mismo por haber dicho esto último, pues sus intenciones eran dejar en claro que él no podía ofrecer nada a la señorita Bennet, y después de los comentarios de Anne, él sospechaba que tal vez sí se había demostrado demasiado amigable e interesado como para elevar sus esperanzas.

—Si usted desea permanecer una semana más en compañía de su familia en Rosings Park, podría expresarlo al señor Darcy, tal vez él puede complacer la petición—dijo ella y agregó—, a menos que él tenga asuntos impostergables en la capital o Derbyshire, no veo porque no pueda aceptar.

–Mi primo es un buen hombre, pero al igual que a todos, le gusta hacer su voluntad—respondió el coronel Fitzwilliam encogiéndose de hombros, y tras unos segundos de pensarlo, él supo que este era el momento para hacer notar sus propias limitaciones al momento de seleccionar una pareja—. Él puede hacerlo, tiene medios suficientes porque es rico, lo cual no es mi caso—y dirigiendo la conversación hacia donde quería, dijo—es bien sabido que los hijos menores tienen que acostumbrarse a la dependencia y renunciar a muchas cosas.

Jane no estaba totalmente de acuerdo con él, ella sabía que Lord Northampton tenía dos hijos más aparte de Lord Denton y ninguno de ellos vivía mal. El conde había tomado las medidas pertinentes para asegurar un patrimonio para su segundo y tercer hijo; Lewis Walden había invertido gran parte de su dinero en la importación de bienes y construcción de barcos aunque tenía un finca en el campo; Carlton hizo discretas inversiones en negocios con sus primos además de desempeñarse como juez gracias a la dedicación en sus estudios de las leyes.

–Yo creo que el hijo menor de un conde no lo pasa tan mal como usted dice—respondió Jane con gentileza.

Ella encontraba simpático al coronel Fitzwilliam, no obstante, sintió la necesidad de hacerle ver lo exagerada que sonaba su queja.

—¿Se ha visto usted privado, por falta de dinero, de ir a donde quería o de conseguir algo que se le antojara?

Richard se sonrojó, después de todo, él estaba enterado de las circunstancias económicas del señor Bennet e imaginó que en una familia con cinco hijas no podía haber demasiados lujos que darse. Además, él pensó que la señorita Bennet no estaba entendiendo lo que él intentaba decirle y que debía ser más explícito.

–Ésas son cosas sin importancia, y acaso yo pueda reconocer que no he sufrido muchas privaciones de esa naturaleza, pero en cuestiones de mayor trascendencia, estoy sujeto a la falta de dinero. Los hijos menores no pueden casarse cuando así lo desean—Richard sintió que el aire dejaba sus pulmones y le dolían sus propias palabras, pero esperaba que ella comprendiera.

Jane de inmediato supo lo que él quería hacerle saber, y fue como si otra vez ella estuviera leyendo los versos que el señor Ward le había escrito cuando ella tenía quince años, o escuchando a Caroline y Louisa hablar sobre la importancia de una buena dote. Ella se sonrojó, pues consideraba innecesario que el coronel le hiciera saber que entre ellos dos no podía haber más que amistad.

–No concuerdo, coronel. Los segundos hijos pueden casarse donde les plazca, siempre y cuando tengan preferencia por las mujeres ricas, lo que según entiendo, es común—respondió Jane. Tal parecía que Robert no se había equivocado ni un poco al describir al coronel.

Richard intentó interpretar el tono de ella para ver si detectaba amargura, pero Jane fue ecuánime en su expresión.

–Nuestra costumbre de gastar nos hace demasiado dependientes, y no hay muchos de mi rango que se casen sin prestar un poco de atención al dinero.

Jane sonrió por la admisión del coronel. Ella pensó que la honestidad de él parecería interesante a Elizabeth.

–Hace unos meses escuché que una señorita se casó con el segundo hijo de un conde en Sussex, la dote de ella era de unas cincuenta mil libras ¿Es ese el precio normal para un hijo menor de un conde? —preguntó ella de buena gana.

El coronel se rio nerviosamente.

—Tal vez no tanto, pero es un aspecto que no puede ser ignorado—dijo él y dieron por terminado el tema.

Con la firme intención de evitar caer en silencios incómodos que él pudiera interpretar como afectación por lo antes dicho, Jane dijo:

–Me imagino que la intención del señor Darcy de dejar el sábado debe ser porque quiere ver a su hermana. Yo no he visto a las mías por algunas semanas y las extraño a pesar de que ha habido una buena cantidad de cartas. Debe ser difícil para él estar lejos de ella.

—Mi primo es un excelente guardián de mi prima, y aunque él toma la mayoría de las decisiones sobre el bienestar de ella, ambos compartimos la responsabilidad. Ella ahora tiene dieciséis, pero cuando mi tío falleció era mucho más joven y esa fue la razón de una tutela compartida. Mi tío no deseaba que Darcy tuviera demasiadas responsabilidades sobre sus hombros.

A Jane le sorprendió la corta edad de la joven, lo que le hizo dudar de las palabras de la posible unión que mencionó Caroline. Ella no podía imaginar al señor Darcy dando la mano en matrimonio de su hermana a esa edad o incluso a los diecisiete.

–Es bueno que él tenga alguien que lo apoye, coronel. Sé por propia experiencia con mis hermanas menores que las jóvenes de esa edad son a veces un poco difíciles de gobernar y muchas de sus acciones son guiadas por la impulsividad más que la sensatez.

Richard, que estaba enterado que Wickham había estado en la región de Meryton, temió que él hubiese dicho algo que afectara la reputación de la señorita Darcy.

—¿Por qué supone usted que ella es una persona problemática?—preguntó él muy serio.

Jane no sabía la causa del cambio en la actitud del coronel, pero se apresuró a aclarar lo que tal vez pudo preocuparle.

–No ha sido mi intención dudar del carácter de la señorita Darcy, coronel. Siendo franca, jamás he oído decir de ella nada malo, únicamente ha habido halagos en su nombre. Sé que ella goza de la simpatía de ciertas señoras que conozco: la señora Hurst y la señorita Bingley. Supongo que usted también debe conocerlos.

–Un poco, sí. Su hermano es un caballero muy agradable, íntimo amigo de Darcy—respondió él más calmado al darse cuenta que las palabras de ella no fueron malintencionadas y su preocupación era infundada.

–Al menos en lo que pude ver en Netherfield, sé que el señor Darcy es muy amable con el señor Bingley, no muchos amigos deben estar dispuestos a destinar su tiempo para instruir en el manejo de una finca—dijo ella, pensando que tal vez la conversación regresaría al señor Darcy y no se enfocaría en el amigo de él, de quien ella no quería hablar.

A Richard le agradó escuchar un comentario favorable hacia su primo, y pensó que tal vez la señorita Bennet haría votos a favor de Darcy frente a la señorita Elizabeth.

—Sí, y realmente creo que lo cuida en aspectos dónde mayores cuidados requiere. Por algo que me contó cuando veníamos hacia Rosings, sé que Bingley le debe mucho.

—¿Qué quiere decir?—preguntó ella, abandonando su resolución de no hablar de Bingley.

—Es una cosa que Darcy no quisiera que se divulgase, pues si llegase a oídos de la familia de la dama, resultaría muy desagradable.

—Puede contar con mi discreción, coronel, pero si usted considera que es mejor mantener las conversaciones del señor Darcy en privado, no me sentiré ofendida.

—Lo que Darcy me dijo es que él se alegraba de haber librado hace poco a su amigo de cierto casamiento muy imprudente; pero no citó nombres ni detalles sobre la familia que pretendía beneficiarse de la unión.

Jane palideció, pero se apresuró a disimular su sorpresa.

—¿El señor Darcy le dijo a usted las razones que tuvo para inmiscuirse en el asunto?—inquirió ella.

—Yo entendí que había algunas objeciones de peso en contra de la señorita. Mi primo asegura que había falta de afecto y las circunstancias familiares no eran las mejores para Bingley. El señor Bingley desea avanzar en sociedad y tal asociación no ayudaba mucho a este propósito.

Jane no hizo ningún comentario y siguió caminando con el corazón palpitando fuerte a causa de la indignación. Después de observarla un poco, el coronel le preguntó por qué estaba tan pensativa.

–Estoy pensando en lo que usted me ha dicho –respondió Jane–. La conducta de su primo no me parece muy adecuada. ¿Por qué tenía que ser él el juez?

–¿Quiere decir que su intervención fue indiscreta? —dijo él, mientras recordaba sus propias impresiones cuando Darcy lo enteró del asunto.

—No veo qué derecho puede tener el señor Darcy para decidir la manera en la que su amigo será o no feliz—dijo Jane—, espero que realmente la intervención haya sido algo nacido de un sincero afecto, aunque me siento inclinada a no creerlo de esa manera—añadió ella, sorprendida de expresar algo tan contrario a la actitud que había exhibido toda su vida.

—Es lógico pensar esto—dijo el coronel y agregó en tono de broma—pero eso no hace menos meritorio el triunfo de mi primo.

—Yo creo que su primo se apresuró en emitir un juicio sobre la señorita, coronel. Dígame, ¿qué palabra utilizaría el señor Darcy para una dama que demuestra su afecto de forma abierta sin que haya un compromiso primero?—Jane, que estaba enojada por el mal intento de humor, cuando vio que él no estaba dispuesto a responder, dijo—Eso imaginé. Aunque si el señor Bingley fue persuadido con tanta facilidad, fue lo mejor para ambos.

El comentario de Jane dio fin a esa conversación y empezaron a hablar de temas intrascendentes hasta que llegaron a la casa. En cuanto el coronel se fue, Jane subió a la recámara muy alterada y Elizabeth fue tras ella. Durante un buen rato Elizabeth no hizo más que sostener a su hermana, hasta que Jane se calmó y estuvo en posibilidades de explicar lo sucedido.

—Lo lamento mucho, Jane. De haber sabido lo que el coronel terminaría confesando eso, habría ido contigo.

Jane se liberó del abrazo de Elizabeth y se sentó en la cama.

—Nadie podía haber sabido esto, Lizzy. Y si estoy así, no es porque lamento que alejaran al señor Bingley de mí; me molesta que fui muy ciega para creer que el señor Darcy por lo menos tenía una actitud imparcial hacia mí. Esperé lo peor de las hermanas del señor Bingley después de la carta que me envió Caroline y lo que le hicieron a Mary en Londres, pero jamás espere algo del señor Darcy.

Elizabeth preguntó por la carta de la que ella no tenía conocimiento previo y Jane procedió a explicarle.

—El mismo día que los Hurst, Caroline y el señor Darcy dejaron Netherfield, recibí una carta de la señorita Bingley. Ella decía que era muy probable que jamás regresaran a la región, y que entre otras cosas, era motivo de alegría la reunión con la señorita Darcy. Mencionó que una unión entre su hermano y la hermana del señor Darcy era algo esperado por la familia.

—Era mentira—dijo Elizabeth comprendiendo ahora que sabía de la edad de la señorita Darcy—¿Por qué no me dijiste antes que ella te escribió?

—Lizzy, yo decidí que era lo mejor. Tú estabas tan vulnerable en aquellos días y yo sabía que mis problemas solo te alterarían más. Fue mi decisión no ir a Londres para buscarlo, fue mi decisión quedarme, fue mi decisión terminar cualquier comunicación con ellos—Jane agarró a Elizabeth de los hombros y mirándola a los ojos dijo—La verdad es que no me arrepiento de hacerlo. Tú encontraste a tu otra familia, una que abrió un nuevo capítulo en tu vida. Lizzy, obtuviste las respuestas que nosotros no podíamos darte.

Jane lloraba abiertamente al igual que Elizabeth. No había razón para pretender que ambas estaban bien.

—Lamento que tuviste que soportar demasiado tu sola. Lamento no haber visto que tú también sufrías.

—Yo esperaba lo mejor, pero la realidad que encontré en la carta de Caroline me hizo ver que yo no era bienvenida. ¿Qué clase de futuro podía esperar si ellas resentirían siempre a mi familia? Una vez que acepté eso, dejar morir mis sentimientos por él fue más fácil. Si no hablé antes, fue para protegerte, ese es mi deber como hermana mayor, Lizzy.

Se recostaron una al lado de la otra en la cama y durante un rato ninguna de ellas dijo algo. Cuando las lágrimas de Jane se habían secado, ella estaba decidida a no ir a Rosings. Simplemente no podía ver a ninguno de los miembros de esa familia sin sentir que en cualquier momento volvería a llorar, o gritar.

Elizabeth se levantó y fue en busca de Charlotte para explicarle que no se unirían a la visita en Rosings. El señor Collins quiso protestar pues conocía que Lady Catherine detestaba un cambio de planes sin previo aviso, y aunque él jamás lo diría, sabía que a ella le gustaba cuando sus invitados podían deleitarla con algo de música.

Elizabeth fue firme en su deseo de quedarse con su hermana, defendiendo que Jane se sentía mal y no quería dejarla sola. Charlotte sospechaba que había algo más que no le estaban diciendo, pero consideró que era mejor de esa manera; Elizabeth se veía tensa y sabía que el nivel de tolerancia en ese momento no era apto para encarar los ataques de Lady Catherine.

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