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Samuel Addison recorrió la distancia entre Acker Hall y la casa parroquial de Hunsford en un tiempo relativamente corto el viernes; él venía con la específica tarea de entregar correspondencia para la señorita Elizabeth Blake, cuyo padre había llegado ese mismo día a la residencia de la familia Spencer.
Cuando Addison vio por primera vez a Elizabeth, no le tomó mucho tiempo deducir que ella estaba relacionada a la familia Spencer; el parecido entre ella y el señor era obvio para cualquiera que tuviera oportunidad de verlos juntos. Más tarde, con el correr de los días, él se enteró que se trataba de la hija del coronel Blake, un hombre al que había visto unas tres veces a lo largo de los cinco años que llevaba trabajando en Acker Hall.
Él conocía lo suficiente de la historia entre los Blake y los Spencer para saber la importancia que Elizabeth tenía para el coronel y por eso, cuando Jonathan le pidió ir a dar las noticias a Hunsford, Addison no podía evitar sentirse halagado por el voto de confianza que su patrón tuvo con él.
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Elizabeth y Jane se encontraban descansando arriba cuando la campanilla sonó. Jane, que estaba en la cama bajo las sábanas, pidió a su hermana que atendiera a quien fuera y solo si era necesario bajar, lo haría. Ella sabía que su aspecto no era apropiado para visitas y no tenía la energía ni la disposición como para arreglar su apariencia e ir a entretener a alguien.
Elizabeth se sorprendió de recibir al señor Addison, y después de saludarlo, le confesó no haber escuchado un carruaje que advirtiera su llegada.
—No se preocupe, señorita, le he pedido a John que no viniera hasta aquí, media milla no es mucho para caminar. Dos criados del señor Spencer recibieron una carta ayer, el padre de ellos está enfermo y vive en el pueblo de Hunsford. El señor les permitió unirse conmigo en el carruaje y John los ha ido a dejar junto con los alimentos y ropa que envía la señora Spencer para la familia—. Addison se detuvo un momento y por primera vez percibió el silencio de la casa—Pensé que encontraría al señor y la señora Collins.
—Ellos salieron hace un rato. Todos fuimos invitados a Rosings Park, pero mi hermana y yo decidimos que no podíamos asistir esta tarde.
—¿Es necesario que vaya a traer a un médico para alguna de ustedes?—preguntó él, preocupado porque algún nuevo mal estuviera afectándolas.
—Gracias, señor, pero ambas estamos bien. Fue solo que necesitábamos asimilar algunas cosas de las que nos enteramos esta mañana, no es algo que una tarde de reposo no pueda aliviar.
El señor Addison asintió y entonces procedió con la entrega de un par de cartas para ella y a darle la noticia de la llegada del coronel Blake. Como era de esperarse, Elizabeth derramó algunas lágrimas de alegría mientras escuchaba al administrador.
—Lord Northampton sugiere que usted y la señorita Bennet viajen mañana a la casa del señor Spencer, a menos que ustedes quieran pasar más tiempo aquí.
Elizabeth sabía que Jane no objetaría por dejar Hunsford tan pronto y aceptó lo que le parecía un buen plan. Les tomaría algunas horas de la noche empacar adecuadamente, pero estaba determinada a salir lo más pronto posible y así se lo hizo saber.
—Permítame asegurarle, señorita, que el mismísimo coronel quería venir, pero todos estaban demasiado cansados del viaje y no se tenía la certeza de que usted estaría aquí para recibirlo—dijo él y Elizabeth agradeció la honestidad.
—Aunque aprecio la cortesía de que se me avise personalmente, no puedo dejar de pensar que es un viaje muy largo para usted, ya que asumo que volverá de inmediato a la finca.
—El señor Spencer así lo sugirió, señorita. Él no quería postergar las noticias un día más, dice que usted ha esperado suficiente.
En ese momento volvió a sonar la campanilla, y Elizabeth, que quería enviar una nota, le pidió al señor Addison que la esperara un momento en la pequeña sala al otro lado del pasillo mientras ella atendía a la segunda visita.
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Cuando la familia Collins llegó a Rosings y las hermanas Bennet no estuvieron entre el grupo, Lady Catherine quiso saber la razón de tal ausencia. Era la segunda vez que Elizabeth faltaba a una invitación y eso le parecía una gran falta de respeto. Charlotte mencionó que ambas señoritas se sintieron mal pasado el mediodía y decidieron quedarse a descansar para recobrar fuerzas. Maria estaba por decir que en realidad solo Jane se sentía mal, pero el señor Collins le hizo una seña y la muchacha se quedó callada.
En cuanto los sobrinos de Lady Catherine escucharon esto, quisieron ir a la casa parroquial a ver a la respectiva dama que admiraban, sin embargo, el coronel comprendió que la conversación de la mañana le había quitado cualquier derecho de estar interesado en Jane Bennet. Esto no detuvo a Richard de, discretamente, decirle a su primo que si quería ir, él trataría de cubrir su ausencia frente a Lady Catherine.
Darcy salió de Rosings Park como un hombre decidido a finalmente declarar sus sentimientos y dejar Kent como un hombre comprometido. Fue la noticia de Elizabeth enferma lo que le dio ese último impulso que él necesitaba; la idea de ella sufriendo, sin que él pudiera tomar parte en una solución, le hizo ver que los sentimientos que tanto él quiso suprimir desde que la conoció no podían ser silenciados por más tiempo.
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Una vez más, Elizabeth trató de alisar la tela de su ropa y se encontraba de espaldas a la puerta de la estancia cuando entró el señor Darcy. Él parecía agitado y por un rato no dijo nada. Ella se sentó cerca de una mesa y entonces él empezó a preguntarle por la salud de ambas, atribuyendo la visita a su deseo de saber que se encontraban mejor.
Elizabeth le contestó que tanto ella como Jane se encontraban bien, aunque su hermana seguía descansando en la habitación. El tono de ella fue frío sin perder la cortesía; era intención de ella demostrarle al caballero que su presencia no era deseada, y le costó gran control sobre sus emociones no acusarlo a él y el coronel de ser la causa de la aflicción de Jane, le parecía hipócrita que él quisiera saber sobre el bienestar de ellas.
Después de un prolongado silencio, él se acercó a ella para cumplir con su cometido.
—En vano he luchado y me niego a seguir haciéndolo. Ya no puedo contener mis sentimientos. Permítame decirle cuán ardientemente la admiro y la amo.
La expresión de Elizabeth era indescifrable y ella apenas podía creer que eso estuviera sucediendo, mientras al otro lado del pasillo, el señor Addison no sabía lo que debía hacer. Él se sentía confundido, pues no estaba enterado que la señorita estuviera en un cortejo con algún el caballero, las sirvientas de Acker Hall siempre hallaban formas de enterarse de esas cuestiones. Él quería cerrar la puerta de la pequeña sala para darle más privacidad a la pareja, pero sabía que el ruido delataría su presencia y no estaba seguro de cuál sería la reacción de ellos.
Mientras Addison trataba de bloquear las palabras de su cabeza, Darcy interpretó las mejillas rojas y el silencio de Elizabeth como un signo favorable y siguió manifestándole todo lo que sentía por ella desde hacía tiempo. Él se expresó con gran elocuencia, habló de ternura y amor, y en su deseo de ser honesto, también trajo el tema del orgullo.
La inferioridad de Elizabeth, la degradación que significaba para él, los obstáculos de familia a los que su buen juicio había dado siempre más prioridad sobre el afecto que él sentía. Él habló todo esto con un ardor que reflejaba una lucha interna, sin comprender que esa clase de discurso no era el más indicado para apoyar su causa.
En un principio, y dejando de lado la antipatía que sentía por el caballero, Elizabeth sintió cierta tristeza por la decepción que él estaba por llevarse, sin embargo, cuando él se expresó con tanto fervor sobre la inferioridad de ella, cualquier noble sentimiento se tornó en ira. Elizabeth, que fácilmente podía desmentir al señor Darcy con solo decirle la identidad de su familia consanguínea, tomó las palabras de él como una absoluta afrenta a los Bennet, los Gardiner y los Phillips, quienes integraban la familia que la había amado incondicionalmente.
Él concluyó su declaración asegurándole la firmeza de su amor que, a pesar de todos sus esfuerzos, no había podido vencer, esperando ser recompensado con la aceptación de su mano. Por la manera de hablar, Elizabeth advirtió que el señor Darcy estaba seguro que ella le daría una respuesta favorable.
El aspecto imperturbable y la actitud de confianza absoluta del señor Darcy la irritaron aún más. Cuando él terminó, ella sentía como las mejillas le ardían y aunque cada parte de sí misma quería gritar, se obligó a mantener la compostura.
–En estos casos creo que se acostumbra expresar cierto agradecimiento por los sentimientos manifestados, aunque no puedan ser igualmente correspondidos. Es natural que se sienta esta obligación, y si yo sintiese gratitud, le daría las gracias. Pero no puedo; nunca he ambicionado su consideración, y usted me la ha otorgado muy en contra de su voluntad. Lamento si he dañado a alguien, pero ha sido inconscientemente y espero que esa afectación dure poco tiempo. Los mismos sentimientos que usted me asegura le impidieron darme a conocer sus intenciones durante tanto tiempo, vencerán sin dificultad ese sufrimiento.
Darcy, que estaba apoyado en la repisa de la chimenea con los ojos clavados en el rostro de Elizabeth, parecía recibir sus palabras con igual resentimiento que sorpresa. Él palideció de rabia y todas sus facciones mostraban la turbación de su ánimo. Él, al igual que ella, luchaba por mantener la apariencia de calma, y no abriría los labios hasta que creyese haberlo conseguido. Dadas las circunstancias, ese silencio fue terrible para Elizabeth, aunque no fue tan diferente de los modos que ella ya le conocía. Por fin, decidido a no ser traicionado por su voz, él dijo:
—¿Y es ésta toda la respuesta que voy a tener el honor de esperar? Quizá debiera preguntar por qué se me rechaza con tan escasa cortesía, pero no tiene la menor importancia.
—También podría yo preguntar por qué con tan evidente propósito de ofenderme y de insultarme, me dice que me ama en contra de su voluntad, contra su buen juicio y hasta contra su modo de ser—dijo ella, levantándose de su asiento para ganar estatura frente a él—¿No es ésta una excusa para mi falta de cortesía, si es que en realidad la he cometido?—y mirándolo directo a los ojos, ella agregó—, Señor Darcy, aunque mis sentimientos no hubiesen sido indiferentes a los suyos, ¿cree usted que me sentiría tentada a aceptar a un hombre que piensa tan mal de la familia a la que le debo todo lo que soy?
Al oír estas palabras, Darcy cambió de color; pero la conmoción fue pasajera y siguió escuchando sin intención de interrumpirla. Elizabeth aceptó el silencio de él y tomó la oportunidad para expresar su desagrado, después de todo, él ya había tenido su turno de hablar.
—Tengo además otras razones para pensar mal de usted—continuó Elizabeth—. Desde su manera de comportarse con la gente de Meryton hasta los argumentos para desacreditar a mi hermana frente al señor Bingley.
Ella hizo una pausa y vio, indignada, que Darcy la estaba escuchando y su aspecto indicaba no hallarse en absoluto conmovido por ningún tipo de remordimiento. Incluso la miraba con una sonrisa de petulante incredulidad.
—No se atreva a negar esto, ya que su intervención ha sido confirmada.
—No tenía intención de negarlo—respondió él airado y sin manifestar curiosidad por la fuente que había proporcionado tal información—Hice todo lo que estuvo en mi mano para separar a mi amigo de su hermana y me alegro del resultado. He sido más amable con él que conmigo mismo—dijo entre dientes, aunque Elizabeth igual pudo entenderlo.
Tal vez fue el tono con el que él declaró estar satisfecho con el éxito de la separación, o tal vez fue que en ese momento Elizabeth no pudo imaginar mejor hombre para Jane que Robert, pero de cualquier manera, el comentario de él provocó una leve sonrisa en ella. A pesar de todas las diferencias entre ellos, tenían algo en común: Elizabeth también se alegraba de la separación tanto como el señor Darcy y se lo hizo saber.
—No puedo pensar bien de usted, que censura el recato de mi hermana al expresar afecto y que resta importancia al hecho de que no es ella quien desciende de generaciones completas de comerciantes; pero concedo que yo, al igual que usted, celebro el maleable carácter del señor Bingley. Mi hermana sufrió al principio de la separación, pero ella lo ha superado, y sé que un día será feliz con alguien cuya constancia de sentimientos no dependa de la opinión de los demás. Así que señor Darcy, en ese asunto, solo sostengo en su contra la parcialidad con la que usted juzga a dos familias inferiores a usted.
Tal giro en la conversación tomó a Darcy desprevenido. Era obvio para él que ella sabía de la intervención, sin embargo, le desconcertó que no había emociones fingidas. Ella estaba de acuerdo que había sido lo mejor, e incluso si él no entendía hacia donde se dirigía la conversación, estaba dispuesto a escucharla.
—De igual manera, no puedo pensar bien de usted después saber de sus asuntos con el señor Wickham. Usted creció con él y sabía la clase de vicios que arrastraba su carácter. Muchos fueron arruinados por él y más pudieron haberlo sido, incluidos los miembros de mi familia.
Una vez más, Darcy no esperó esto. Cuando Elizabeth mencionó a Wickham, él esperaba escuchar la triste historia del despojo sobre el beneficio de Kympton y cómo alguien tan agradable había sido reducido a la pobreza, era un discurso conocido. No obstante, el saber que el carácter de Wickham había sido descubierto era una interesante novedad.
—La naturaleza de mis asuntos con el señor Wickham involucra la reputación de personas cuyas necesidades debo de anteponer sobre las de una comunidad que se deja encantar por la apariencia de bondad y el conveniente uso de halagos—él se defendió.
—Puede usted estar satisfecho entonces, señor Darcy, su desidia por el asunto ha sido remediada por alguien más.
—¿Cree que mi apatía es la causa para mantener en privado ese asunto?—preguntó él pensando brevemente en Georgiana y agregó—Al parecer, en su opinión, soy un hombre con demasiadas faltas, gracias por explicármelo tan abiertamente. Mis faltas son grandes, pero puede que estas ofensas hubiesen sido pasadas por alto si yo no hubiese herido su orgullo al expresar los reparos que me impidieron tomar una resolución. Me habría ahorrado acusaciones si hubiese sido más hábil y le hubiese ocultado mi lucha, halagándola y hacerle creer que había dado este paso impulsado por la razón, por la reflexión, por una incondicional y pura inclinación. Pero detesto todo tipo de engaño y no me avergüenzo de los sentimientos que he manifestado, eran naturales y justos— y agregó con incredulidad—¿Cómo podía suponer usted que me agradase la inferioridad de su familia y que me alegrara por la perspectiva de tener unos parientes cuya condición están tan por debajo de la mía?
–Se equivoca usted, señor Darcy, si supone que sus palabras han afectado mi respuesta. Incluso si usted hubiera actuado de un modo más caballeroso en su declaración, mi decisión sería la misma—ella hizo una pausa y titubeó si debía continuar, al final ella agregó—No puedo aceptar a un hombre que no es capaz de inspirar afecto en mí.
Él, que toda su vida había navegado entre mujeres que esperaban ganar su admiración, se había enamorado de alguien que estaba determinada a rechazarlo y no tenía reparos en hacérselo saber. El sentimiento de humillación era grande, pues él había estado seguro que ella esperaba una propuesta de su parte. Ahora se daba cuenta cuan equivocadas fueron sus observaciones.
–Desde el principio, casi desde el primer instante en que le conocí, sus modales me convencieron de su arrogancia, de su vanidad y de su egoísta desdén hacia los sentimientos ajenos; me disgustaron de tal modo que hicieron nacer en mí la desaprobación que los sucesos posteriores convirtieron en firme desagrado—ella hizo una pausa y levantó la barbilla sin dejar de verlo a los ojos, que aunque eran de color café, en ese momento lucían casi negros—No mucho tiempo después de conocerlo supe que usted sería el último hombre en la tierra con el que podría casarme.
Si bien Darcy comprendió las palabras de ella, no fue la voz de Elizabeth la que llegó a sus oídos. En su mente resonó la voz grave de su tío abuelo Frederick Darcy, un juez justo al momento de hacer su trabajo, y un hombre drástico en la vida familiar. Tal como había hecho a los quince años después de ser regañado por su tío, Darcy encuadró los hombros, se tragó sus emociones e intentó mostrar civilidad.
–Ha dicho usted bastante, señorita. Comprendo perfectamente sus sentimientos y solo me resta avergonzarme de los míos. Perdone por haberle hecho perder tanto tiempo, y acepte mis buenos deseos de salud y felicidad para usted y su hermana.
Dicho esto, dejó precipitadamente la habitación y Elizabeth le oyó al abrir la puerta de la entrada y salir de la casa. La confusión de su mente le hacía sufrir intensamente, de pronto se sintió muy cansada y no podía sostenerse de pie, tuvo que sentarse porque las piernas le flaqueaban.
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El señor Addison tocó la puerta entreabierta del salón y esperó a que Elizabeth le dirigiera la palabra. Era evidente que él se sentía apenado y ella sospechó que él tuvo la desgracia de escuchar una propuesta con tan mala ejecución.
—Lamento que usted tuviera que escuchar todo eso, señor Addison—dijo ella con el rostro rojo, ya fuera por la vergüenza o por enojo, él no podía decirlo.
—¿Hice mal en no haber anunciado mi presencia, señorita?—preguntó él, preocupado por lo que Elizabeth pudiera pensar.
—No—confesó Elizabeth—, En todo caso, al permanecer en silencio, usted me dio la oportunidad de hacerle saber al señor Darcy lo que pienso de sus acciones.
El señor Addison aceptó esa respuesta y ella, incapaz de controlar el temblor de sus manos, despidió al empleado de su tío sin una nota que entregar. Aunque ella no quería, las lágrimas rodaron sobre su rostro.
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Elizabeth subió a la recámara y encontró a su hermana acurrucada sobre la cama. Parecía que Jane había vuelto a llorar hasta el punto de quedarse profundamente dormida. Después de intentar controlar su deseo de ser escuchada, ella se atrevió a mover a Jane para despertarla.
—¿Quién era?—preguntó la mayor de las Bennet cuando salió de su estupor.
—El señor Addison—y tras una pausa—mi padre, el coronel Blake, ha llegado a Acker Hall.
—Has llorado—dijo Jane cuando los ojos de Elizabeth, en vez de reflejar incontenible alegría, estaban empañados con tristeza e impotencia—¿qué sucedió Lizzy?
—¿Dio el señor Darcy algún indicador de estar enamorado de mí?—preguntó ella con una mezcla de emociones reflejada en su voz.
—Lizzy, voy a necesitar más información para entender lo que me estás diciendo, no puedo...
—El señor Darcy me pidió ser su esposa.
Jane estaba sorprendida por las palabras de su hermana y por un instante fue incapaz de hablar. El estado atónito de Jane le permitió a Elizabeth explicar a detalle el discurso del señor Darcy.
—Estaba tan enojada, que no sé cómo pude contenerme—dijo Elizabeth mirando hacia el techo, tratando de contener una nueva ola de lágrimas y fallando terriblemente—Él lucía satisfecho de su intervención, ¿Qué tal si tú siguieras enamorada del señor Bingley? ¿Habría hecho él algo para remediar su equivocación?
Jane abrazó a su hermana y solo la dejo ir hasta que sintió que Elizabeth estaba más tranquila.
—Soy hija de coronel Blake, pero no hay forma en la que yo pueda olvidar que también soy una Bennet.
Jane, que esta vez no tenía nada bueno que decir en favor del señor Darcy, le pidió más detalles sobre las buenas noticias que trajo el señor Addison. Ella sugirió empezar a empacar y momentos después, escucharon el carruaje de Lady Catherine que traía a los Collins y Maria de regreso.
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Samuel Addison recorrió el camino de vuelta a Acker Hall con un debate en la mente. Él desconocía si la señorita tenía intenciones de compartir lo sucedido con alguien y supuso que tal vez solo lo haría con la señorita Bennet, y mientras el honor le decía que debía mantener la boca cerrada, otra parte insistía que por lo menos él debía avisar a su patrón; el señor Spencer decidiría que hacer después con la información. Al llegar a la casa, Addison ajustó sus ropas y entró a la oficina de Jonathan, quien estaba en el escritorio revisando papeles viejos.
Él preguntó sobre el estado de los caminos y cómo estaba la madre de los hermanos Linton antes de inquirir sobre Elizabeth, sin embargo, la expresión preocupada de Addison alarmó al señor Spencer.
—Señor—empezó él cuidando el volumen de su voz—algo sucedió cuando estuve en la casa de los Collins, algo que requiere la más absoluta discreción, y de no ser porque creo que usted debe estar enterado, yo jamás me atrevería a revelarlo a otra persona.
—¿Qué sucede con mi hija?—preguntó Alexander Blake, que había escuchado al administrador entrar a la oficina mientras él permanecía recostado sobre el mueble frente a la chimenea, sin advertir de su presencia en tanto la conversación no tuviera asuntos relacionados con él.
El empleado sintió que un escalofrío bajaba por su espalda y volteó a ver al coronel que se acercaba hacia el escritorio.
—Hable por favor, señor Addison—insistió Jonathan—mi cuñado también tiene derecho a saber lo que usted tenga que decir sobre Elizabeth.
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