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Richard Fitzwilliam observó a su primo regresar de la casa de los Collins con más agitación que la que pudo causar la actividad física del recorrido entre las residencias. Él tenía la mirada distraída, y cuando pidió ser excusado de la presencia de Lady Catherine, él supo que necesitaba saber qué había sucedido para que Darcy actuara de esa manera.
Eran cerca de las nueve cuando él tocó la puerta de la habitación. Al principio, Darcy no respondió, pero el coronel sabía que sí insistía lo suficiente, su primo terminaría cediendo. Y así fue. Después de algunos minutos de prácticamente utilizar la puerta como tambor de guerra, Darcy abrió.
La mirada dolida era una que él ya había visto antes, diferente al sufrimiento de haber perdido a un padre o el reproche por el peligro al que estuvo expuesta una hermana. Richard le mostró la botella que traía consigo, y aunque Darcy creía que era imposible sentirse mejor en ese momento, una sonrisa se dibujó en su rostro.
—No podemos dejar que se desperdicie esto, ¿No crees?—dijo él, que sabía dónde se guardaban las botellas destinadas para los duques y condes. No era que su tía sirviera mal licor para el resto de los invitados, pero Lady Catherine siempre reservaba lo mejor para los más distinguidos títulos.
El coronel, que podía sobrellevar bastante bien el alcohol, pensó que necesitaría más tiempo para hacer hablar a su reservado primo, pero tras el primer vaso, Darcy estaba dispuesto a compartir. Él no estaba afectado por el licor, pero la sensación de calidez que se albergó en su cuerpo lo relajó.
Richard lo escuchó con atención, y aunque sabía que a su primo no le agradaría oír su apreciación, le hizo saber lo que él consideraba como equivocación. Para el coronel no fue fácil externar una opinión, ya que al hacerle ver a Darcy como pudieron sonar las palabras de él para Elizabeth, tuvo que reconocer la responsabilidad por haber divulgado los asuntos de Bingley que ahora eran del conocimiento de las hermanas Bennet.
Él se preparó para enfrentar lo que Darcy tuviera que decir y acusar, él se sentía avergonzado por no considerar la probabilidad de que las Bennet conocieran a la familia en cuestión, mucho menos que se trataba de ellos. Para sorpresa de Richard, cuando él terminó su explicación y disculpa, Darcy lo observó fijamente pero no hizo comentario alguno, desvió la mirada hacia el techo y cerró los ojos.
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El sábado fue un día agitado en la casa parroquial desde antes que saliera el sol. Elizabeth apenas pudo dormir por los nervios y Jane pasó gran parte del tiempo ayudando a su hermana, quien parecía incapaz de concentrarse en empacar apropiadamente. El día anterior, ellas le explicaron a Charlotte y el señor Collins la premura con la que debían dejar Hunsford a causa de asuntos relacionados con la familia de Kent. Charlotte más tarde obtuvo los detalles, y a pesar que le causaba tristeza separarse de sus amigas otra vez, entendió la importancia que tenía para Elizabeth. El señor Collins les recalcó que una salida tan apresurada y sin haberse despedido de algunas de las familias a las que conocieron no era muy bien visto, pero las hermanas le dijeron que confiaban en él para dar sus disculpas.
Lo cierto es que a Elizabeth poco le importaba lo que pudiera pensar Lady Catherine de ella por no ir a despedirse personalmente, lo único en su mente era el deseo de conocer a su padre.
Jane comió poco y Elizabeth apenas tocó su comida. Su estómago estaba indispuesto a probar alimentos antes de viajar, y cuando el resto terminó el desayuno, decidió salir a caminar cerca de una alameda para distraer su mente hasta que fuera la hora en que llegase el carruaje. No llevaba mucho tiempo paseando cuando vio la silueta de un hombre acercarse. Era el señor Darcy, y antes que ella pudiera seguir avanzando bajo el pretexto de no haberlo identificado, él la llamó por su nombre.
Los dos tenían semblantes que ponían en evidencia la falta de sueño, teniendo al menos una razón en común. Una vez que se saludaron, Darcy le hizo entrega de una carta, y en cuanto Elizabeth la tuvo en sus manos, él agradeció el tiempo y se despidió.
Ella permaneció un rato cerca de la arboleda, pero no abrió la carta en ese momento. Decidió que la leería después, cuando no se sintiera tan alterada.
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La señora Spencer llegó poco antes de las once a Hunsford acompañada de Robert. Durante el tiempo que ella y su sobrino estuvieron en la casa parroquial, el señor Collins, que ignoraba la importancia del nombre de la familia Walden, aceptó la simple presentación del caballero como el señor Walden y de Cathy como la señora Spencer, otra de las primas de la madre de Elizabeth. Veinte minutos después, el carruaje estaba listo y Charlotte se despidió de sus amigas, ella sabía que la próxima vez que la viera, ambas estarían en circunstancias muy diferentes.
Casi al mismo tiempo que el carruaje dejó la casa de los Collins, el coronel llegó para despedirse de Elizabeth y Jane antes de dejar Rosings en compañía de Darcy. Él tenía la intención de disculparse con la mayor de las Bennet por sus comentarios el día anterior, incluso si no sabía la recepción que tendría.
El coronel vio un carruaje alejarse, y cuando este dobló un poco en una curva, pudo ver que se trataba de un carruaje jalado por cuatro caballos, con un diseño tan elegante como el de Lady Catherine o la familia Fitzwilliam, aunque en ese momento él desconocía quiénes viajaban en este.
El señor Collins dejó de inmediato la casa y dispuso ir a la iglesia para revisar los libros de la parroquia. Richard, que venía sobre el camino principal, vio salir al hombre en cuestión y esperó hasta que él estuvo a una buena distancia para acercarse a la casa.
Charlotte y Maria platicaban cuando la campanilla sonó y fue anunciada la llegada del coronel. Ella suponía que los sobrinos de Lady Catherine ya habrían salido a Londres a esa hora, y aunque sospechaba que la razón para que el caballero estuviera ahí era Elizabeth y Jane, de cualquier modo se alegró por la visita.
Cuando Richard preguntó por las hermanas Bennet, Charlotte no dudó en decirle la verdad. Si Elizabeth presentó a sus familiares como el señor Walden y la señora Spencer, ella consideró que podía hacer lo mismo.
—Ellas se han ido, coronel. La señora Spencer ha venido por Elizabeth y la señorita Bennet. El padre de Elizabeth llegó el día de ayer a la finca del señor Jonathan Spencer, cerca de Westerhill—dijo ella, esperando a que él entendiera.
El coronel, que conocía mejor a las familias de la región en un radio más amplio que el señor Collins, no la decepcionó, aunque sí lo hizo la falta de reacción de él.
—Conocí a un señor Spencer hace unos cinco años, cuando el padre de Darcy falleció y vine a Rosings solo. Uno de los sobrinos de Sir Lewis estaba de visita y le acompañé a—él hizo una pausa para recordar el nombre—Acker Hall.
—Allá fueron ellas, coronel. El padre de ella la espera ahí.
—La señorita Elizabeth no es una Bennet—declaró él, mientras en su mente comparaba los rasgos de una hermana y otra, además de las palabras de Charlotte así lo insinuaban— ¿quiénes son sus padres?—preguntó, ya que él sabía que no había demasiados de esos Spencer.
—Se presume que se trata del coronel Blake, quien estuvo casado con la hermana mayor del señor Spencer.
—¿Blake de caballería?—cuestionó él, mostrando la sorpresa que Charlotte esperó antes.
—Desconozco esa información, pero sé que él es de Norfolk y tiene una propiedad en el norte de ese condado.
Richard, que un par de años atrás conoció al coronel, no podía creer lo que escuchaba. Blake le había comentado que tanto su esposa como hija fallecieron muchos años atrás mientras él estaba en campaña.
—Aparentemente el coronel Blake fue engañado, señor, aunque todavía debe hacerse el esclarecimiento de cómo se dieron los hechos, pero todos están seguros que se trata de ella.
Richard hizo algunas preguntas más, aprovechando que la señora Collins parecía dispuesta a sacarlo de sus dudas. Él, que si bien entendía las razones por las que la señorita Elizabeth no dio su nombre, no dejó de pensar en lo mucho que ese conocimiento habría cambiado en algo las palabras de Darcy. Al mismo tiempo y de forma pasajera, una parte menos honorable de su pensamiento cuestionó si Darcy estaría dispuesto olvidar a Elizabeth, ya que ella había sido firme en su rechazo y Darcy, al menos cuando él lo dejó solo después de beber, no parecía muy dispuesto a hacerla cambiar de opinión.
—o—
Blake observó desde la terraza norte como un carruaje apareció en el camino, y a pesar de la gran distancia, él supo de quienes se trataba. Conforme el coche se acercaba, su turbación aumentó, y trató de disimular su estado fingiendo que componía su ropa.
El conde estaba entretenido mirando al curtido militar actuar de forma tan inusual, que iba de un lado a otro del salón, entraba y salía, leía los títulos de los libros y sacaba temas de conversación sobre las publicaciones que Henry puso a su disposición en Portsmouth.
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Jonathan estuvo a cargo de las presentaciones en una estancia donde se respiraba la ansiedad, por lo que trató de hacerlo lo menos serio posible y facilitar una conversación entre los dos protagonistas del encuentro.
Blake, que la observó desde que el grupo entró al salón, pudo notar el parecido entre Emily, y no cupo duda en su corazón que se trataba de la hija que no pudo conocer antes. Le dolía pensar que él llegaba en un punto de la vida de ella donde el interés de los caballeros conducía a apartarla de su vida una vez más, tan solo el día anterior hubo un intento de hacerlo. Él, que no conocía personalmente a los Darcy, había escuchado hablar de ellos a través del coronel Fitzwilliam además de lo que Jonathan lo enteró. Blake, si bien se sintió molesto por escuchar que su hija recibió una propuesta en términos ofensivos, no podía sino agradecer que ella estuviera tan decidida en rechazarlo; él acababa de ganar más tiempo con ella.
La idea de ser un padre aún le causaba desconcierto, había estado por su cuenta demasiados años que una nueva presencia sería un cambio significativo. Él, que conocía bien sus razones para no volver a formar una familia, no podía entender esto cuando pensaba en Ernest, quien no tuvo inclinación por el matrimonio ni quiso encontrar a alguien que le diera un heredero o heredera para la finca. Blake, que por el momento pensaba en su experiencia en relaciones familiares a través de lo que observó a lo largo del tiempo en los Walden y las familias de sus amigos, supo que experimentarlo en carne propia sería diferente. Él no sabía cuál sería su relación, o si ella estaría dispuesto a llamarlo padre. La presencia de Elizabeth solo hizo más tangible su temor sobre su papel en la vida de ella.
—Coronel, me gustaría que usted conociera a Elizabeth Frances, la peor jinete en este condado, en Hertfordshire, y el cielo no lo permita, en Norfolk; entonces no faltará quien crea que fue solo suerte el éxito de usted al frente de su regimiento. Elizabeth, aquí te presento a tu padre, Alexander Joseph Blake, coronel de caballería y dueño de una finca con la reputación de producir excelentes caballos.
Elizabeth se sonrojó con intensidad ante las palabras de su tío y la expresión divertida de Robert, Cathy y Lord Denton. Jane y el conde luchaban por controlarse y apenas lograron hacer un mejor trabajo que el resto.
Blake abandonó sus cavilaciones, y fue consiente que todos lo observaban a la espera de que él dijera algo.
—Es un gusto conocerle, señorita, aunque llego veinte años tarde a nuestra presentación—respondió él con una expresión melancólica a pensar de la alegría que sentía.
—Mejor tarde que nunca, coronel—agregó ella con una sonrisa y los ojos brillantes por las lágrimas que querían salir pero logró contener.
—Me han contado muchas cosas sobre usted—comentó él, miró rápidamente hacia Jonathan y agregó—y respecto a las habilidades a caballo, no lo esperaría diferente. Lleva usted sangre de los Spencer, y es bien sabido que ellos demoran más en entender a esas nobles criaturas, afortunadamente, usted también es una Blake.
La risa provocada por el comentario alivió parte de la tensión por conocerse por primera vez y otros miembros del grupo compartieron sus anécdotas. Blake, que en ese momento también conoció a Jane, tuvo la ayuda de ella y Jonathan para que la conversación fluyera con cierta naturalidad. Eventualmente, Jane fue alejándose de ellos y dejó a Jonathan continuar en su papel de mediador entre dos nuevos conocidos.
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El almuerzo se sirvió más tarde de lo normal y sin un acomodo en particular más que el sentar a Elizabeth junto a Blake y Jonathan. Múltiples conversaciones tenían lugar al mismo tiempo y solo por momentos el grupo centraba su atención en alguien en específico. Elizabeth y su padre platicaban del último viaje de él en la península, y por el momento él dejó a un lado el incidente de haber sido herido. El conde, Lord Denton y Cathy seguían su propia conversación, mientras que Jane y Robert se ponían al día con sus temas.
Al final de la comida, el grupo se dispersó para atender distintos asuntos, y Jane, que en otras circunstancias hubiera pasado tiempo con Elizabeth, la dejó sola con el coronel Blake. Él aprovechó la oportunidad y le pidió a su hija acompañarlo a dar una vuelta por el jardín.
La conversación en grupo les permitió romper un poco el pánico de la primera impresión, pero Blake esperaba que un momento más privado les sirviera para hablar sobre asuntos más personales. Él sabía que quería una relación con ella, pero temía que el arraigo por la familia Bennet fuera demasiado.
En cuanto salieron de la estancia hacia una terraza, Blake habló de querer referirse a ella por su primer nombre. Era una petición honesta a la que Elizabeth no se negó, incluso si la sorprendió la rapidez de la solicitud. Él, que aunque siempre había soñado ser llamado padre, le hizo entender que aún no esperaba el término sobre sí mismo, lo que sirvió para que ella se relajara.
A diferencia del almuerzo, donde la conversación giró en torno a él, la plática por el jardín serviría para conocerla mejor. Él preguntó más acerca de cómo fue crecer con hermanas, y ella compartió algunas de las historias de clásicos desacuerdos en una casa con tantas mujeres tan diferentes. Hizo un retrato a detalle de la personalidad de cada una de sus hermanas y hasta habló del humor de Lydia, quien en más de una ocasión hizo objeto de sus bromas al señor Collins.
—¿El mismo señor Collins que pidió tu mano?—preguntó él sin pensarlo, las palabras del conde seguían frescas en su mente.
—Sí—dijo ella un tanto sonrojada de que le hablaron al respecto y explicó la causa de su decisión—Él no me hubiera hecho feliz, y estoy segura que yo no contribuiría demasiado a la felicidad de él. A veces pienso que fue egoísta, solo pensé en mi vida y no en proteger a los demás.
—No puedo respaldar esa idea. No estaríamos aquí si la respuesta hubiese sido diferente —comentó él encogiendo los hombros.
—El señor Collins tenía buenas intenciones al querer subsanar la ruptura entre familias a través de su oferta, pero siempre he querido algo más que solo comodidad—dijo ella, manifestando una franqueza que solo tenía con Jane, luego su expresión se ensombreció—Cuando el señor Bennet me dijo que no me forzaría a nada y explicó sus razones, por un instante lamenté no haber aceptado.
—Permanecer en la ignorancia parecía la mejor opción, una que lastimaba menos—agregó él, que sabía perfectamente a lo que ella se refería.
—En ocasiones me sentí como un intruso en una escena familiar, sin importar que ellos no me han tratado diferente. Cuando los Gardiner nos visitaron en Longbourn, Jane pensó que sería buena idea que yo fuera con ellos a Londres, pensaron que la ciudad me distraería. Después los Walden me encontraron—añadió en un tono distante, como si otra vez estuviera escuchando a su tío Gardiner hablar sobre la visita del conde.
Blake se detuvo, y Elizabeth lo imitó. Él la miró con insistencia, el verde de sus ojos parecía atravesarla.
—No tienes idea lo mucho que lamento no haber viajado hasta Hertfordshire, Elizabeth—dijo él, luchando para mantener la compostura frente a ella, que tenía una expresión de profunda tristeza por las memorias— Frank Bennet fue el mejor de los amigos que un hombre pudo tener, y yo no fui capaz de presentar mis respetos. Estaba tan sumido en el dolor por haber perdido a mi familia que no pude ver más allá. Lo lamento de verdad y espero que puedas perdonarme.
Elizabeth no respondió, y el único gesto que pudo expresar fue asentir a las palabras de él. Su mirada estaba en el suelo para evitar que su padre la viera llorar. Él la guío hasta una banca de piedra, donde le ofreció un pañuelo.
—¿Es cierto lo de los caballos?—preguntó Blake después de un rato e interesado en un tema menos serio pero igual de importante para él; algo que pudiera hacer olvidar el llanto por el momento.
—Me temo que sí—respondió ella, su rostro ya libre de las lágrimas—Jane lo hace ver tan fácil y cualquier caballo es dócil con ella, pero apenas me ven y deciden hacer su voluntad.
Blake, que era un jinete experimentado, lejos de sentirse decepcionado por la aparente falta de habilidad de su hija, lo consideró como una oportunidad de enseñarle; de intentar darle algo donde otros fallaron.
—Si yo te enseñara—empezó él, decidido a probar su suerte—¿Lo intentarías de nuevo... en Houghton Park?
Hubo una pausa que se sintió eterna para él y breve como un suspiro para ella.
—Estoy dispuesta a darle la oportunidad—aseguró Elizabeth con tranquilidad en su voz.
Ambos sabían que no solo estaban hablando de caballos.
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