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George Wickham vio el cielo nublado de la mañana del viernes. La noche anterior había llovido y ese día prometía ser igual, no pudo dormir y en cambio, pasó las horas pensando en si Darcy creería en sus palabras. Él sabía que su destino no podía ser cambiado en el último minuto, y aunque eso fuera posible, sabía que nadie querría intervenir en su favor.

El breve discurso del juez Rashford acerca del cumplimiento de las obligaciones vagamente vino a su mente, y luego sus pensamientos fueron a ese momento en Londres, más de cuatro años atrás, cuando Darcy le ofreció tres mil libras como compensación por el beneficio de Kympton. El ingreso como párroco era de unas trescientas libras anuales y permitía el uso de una casa adecuada con una porción de tierra aprovechable, con varios árboles que el clérigo anterior había sembrado y ahora doblaban sus ramas cargadas con frutas.

La vida como párroco de Kympton hubiera sido buena. La sociedad en ese pueblo era amable y la región bastante próspera, él sabía que de haber seguido por el camino que su padrino dejó preparado, eventualmente habría encontrado a una mujer dispuesta a formar una familia a su lado. Tal vez esa dama no sería tan rica como Georgiana Darcy, Anne de Bourgh o incluso Mary King, pero tal vez con un poco de suerte ella tendría una dote de cuatro o cinco mil libras que pudieran aportar unas doscientas libras extra como ingreso anual. Quizás la dama pudo haber sido alguna de las hijas del señor Linton, probablemente Ellen, la mayor de ellas que portaba una sonrisa perpetua.

Una voz le hizo abandonar el perfecto mundo de las decisiones que no fueron y él empezó a orar. Hubiera sido una buena vida.

—o—

El viaje a Londres fue callado, al menos durante la primera hora, ya que cada uno de los primos estaba sumido en sus pensamientos. Darcy, aunque no guardaba esperanzas de volver a cruzar camino con la señorita Elizabeth, esperaba que la lectura de su carta pudiera cambiar un poco la opinión de ella sobre él. El coronel, en cambio, debatía consigo mismo sobre lo que era pertinente revelar acerca de las circunstancias reales de la misma dama. Llevaban tres horas de camino cuando Richard finalmente tocó el tema.

—Estoy seguro que Lady Catherine lamentará ser privada de compañía ahora que tanto las señoritas Bennet como nosotros hemos dejado Hunsford. Sin Anne con habilidad al piano y Jenkinson ocupada cuidando de ella, no hay mucha gente dispuesta a complacer su gusto por la música.

Darcy, que tenía la mirada fija en la ventana del carruaje, volteó a ver a su primo con expresión sorprendida, por lo que Richard continuó:

—Cerca de las once fui a la casa de los Collins, con la intención de despedirme de la familia, y cuando pregunté por las señoritas Bennet, la señora Collins me informó que ellas acaban de dejar la casa. Tuve la oportunidad de ver el carruaje girar cerca del sauce.

—No sabía que saldrían hoy mismo, tenía entendido que su estancia se prolongaría por al menos un par de semanas más—comentó él, y con decepción en su voz agregó—Supongo que Hunsford solo ha sido una experiencia amarga para ellas y tenían prisa por dejar la región.

—En realidad se trata de un asunto relacionado con el padre de la señorita Elizabeth—dijo el coronel y decidió dejarle saber todo a su primo— Él llegó de Portsmouth ayer, y tiene la intención de conocer a su hija por primera vez. Los Bennet la cuidaron todos estos años, pero no son su familia consanguínea.

—¿Puedo saber la fuente que te ha confiado algo tan importante? —pidió Darcy, asombrado por el contraste entre la calma de Richard y lo drástico de la declaración.

—La señora Collins me lo ha dicho. La familia de la señorita Elizabeth fue a recoger a ambas señoritas a Hunsford—Richard levantó la mano para detener la intervención de su primo y continuó—Hay algo más, Darcy. Se presume que ella es sobrina del señor Spencer, de Acker Hall. Iban hacia allá esta mañana. Al parecer, el padre de ella es el coronel Blake. Conocí al hombre hace un par de años, tiene una finca en Norfolk, y no dudo que debe haber sido una sorpresa para él enterarse que la familia que creyó perdida en realidad está viva—él, que no sabía si Darcy tenía por completo claras las nuevas relaciones de Elizabeth, preguntó—¿Eres consciente que si esto resulta ser cierto, la abuela de la señorita Elizabeth es Lady Virginia Spencer, verdad?

—Sí, y su tío abuelo es Lord Walden, el conde de Northampton—respondió Darcy, apenas creyendo el giro tan inesperado de eventos.

Darcy pidió al coronel saber más del asunto, incluso si tal conocimiento lo dejó con la sensación de haber sido engañado, hasta el punto de lamentar la entrega de una carta que contenía la narración fiel de uno de los momentos más angustiantes de su familia, cuando él, al parecer, ni siquiera sabía de la identidad correcta de ella. Richard escuchó a Darcy hablar sobre cosas que él no vio antes y comentarios que en su momento le parecieron extraños pero fueron descartados.

El coronel asintió a las expresiones de su primo, no había mucho más que pudiera decirle que cambiara lo sucedido. Por el resto del viaje, Darcy no dejó de pensar en la última de sus conversaciones con Robert, un presentimiento formándose en su mente sobre quien había tomado el asunto de Wickham para resolverlo de forma definitiva.

—o—

Varias horas después de la cena, el grupo estuvo reunido en una de las estancias donde Elizabeth y Cathy tuvieron oportunidad de tocar y cantar algunas melodías que alegraron la velada. Para Blake, que por muchos meses solo había escuchado canciones populares entonadas por las voces graves de los soldados, el cambio fue bienvenido y con grato placer se dispuso a disfrutar de la voz de Elizabeth mientras Cathy la acompañaba en el instrumento.

Eventualmente el cansancio del día se manifestó entre los presentes y se fueron retirando a sus habitaciones, hasta que solo quedaron Jonathan y Blake. Jonathan propuso una par de rondas de billar en la sala de juegos y el coronel aceptó de buena gana, él se sentía feliz y estaba más relajado de lo que había estado en años.

El primer juego lo ganó Jonathan, Blake reconoció estar fuera de práctica y solo en el segundo partido pudo mostrar la habilidad que había cultivado en algunos de sus momentos de ocio en Houghton Park. Inicialmente la conversación se basó en las impresiones del día, en lo que representaba para Blake conocer a Elizabeth y algunos de los temas que con ella él pudo discutir.

—Supongo que debo estar satisfecho—comentó Blake mientras sus ojos seguían una de las bolas rodar en la mesa—ella parece estar dispuesta a darme una oportunidad. Quiero que me vea como su padre—confesó él.

—Dale tiempo, Blake. Es solo el primer día, y siendo realistas, ella debe tener demasiado en la cabeza. ¿Te mencionó Elizabeth algo sobre la tarde de ayer?—preguntó Jonathan mientras se preparaba para su turno.

—Mencionó al señor Collins y las razones por las que ella lo rechazó, pero no sobre el otro caballero, es demasiado pronto para esperar que ella confíe en mí—dijo resignado.

—Así sucedió con todos nosotros, ten paciencia—respondió él y cuando vio el éxito de su golpe, continuó con ligereza en su voz— Lo que me parece curioso es que no estés rumbo a Hunsford para encarar a otro de los prospectos de tu hija.

—En realidad, no hay demasiado qué hacer en ese respecto. Ella lo ha rechazado.

Jonathan lo miró sorprendido. Blake, que si bien tenía una personalidad tranquila con sus amigos y familia, tenía también la reputación de ser impasible en el campo de batalla. La noche anterior, cuando el señor Addison lo enteró de la propuesta, él se mostró alterado, pero claramente su percepción había cambiado de un día para otro.

—Le ha ablandado la edad, coronel, es bueno que esté pensando en el retiro—dijo Jonathan con buen humor.

—No puedo decir algo sino hasta que ella me comente lo que sucedió, se supone que no sabemos esto, no lo olvide, señor Spencer—le recordó Blake mientras su expresión exhibía una ceja levantada—Además, dudo que él quiera volver a ver a Elizabeth; dime, ¿tú volverías después de un rechazo así?

—Supongo que no—comentó Jonathan y dejó morir el tema por el momento, para concentrarse en otro más apremiante que llevaba semanas enteras meditando—. Antes de la cena hablé con el conde y Denton, y aunque están dispuestos a apoyarte como sea necesario, creen que la decisión es tuya, así que, ¿Cuándo debo escribirle a mi madre, Blake? Ella merece saber lo que sucede, Elizabeth es su nieta.

Él se tensó por un instante y la expresión de su rostro se tornó seria. Recordó la última vez que vio a Lady Virginia, unos dieciocho años atrás y la conversación terminó en reproches por ambas partes. Ella lo acusó de mercenario e indecente, de ser el culpable de la muerte de su hija; él apuntó que ella solo quiso usar a Emily para consolidar un mejor estatus en sociedad. Después de eso ninguno de los dos volvió a dirigirse la palabra, y tras la amistad de los Walden hacia Blake, la separación entre Lady Virginia y sus hermanos fue aún más drástica.

Blake se acercó a la repisa de la chimenea y observó con cuidado los detalles de un jarrón encima de esta por algunos minutos, en lo que conciliaba sus sentimientos hacia Lady Virginia con el hecho de que él la necesitaba de su lado, o al menos no en su contra.

—Si Weston contradice mi reclamo y defiende que se trata de un engaño para despojarlo de heredar Houghton Park a mi muerte, necesito saber que Lady Virginia no respaldará esa postura, Spencer. La finca puede pasar a través de Elizabeth a mi primer nieto, pero si Weston obtiene el favor de tu madre, existirá una duda razonable para cuestionar la veracidad de mi declaración.

—Ella estará convencida, Blake. No la he visto mucho en los últimos años, y ese ha sido un error de mi parte, pero estoy seguro que jamás se atrevería a hacer algo así—dijo Jonathan con certeza, su expresión mostró un poco de dolor y añadió—Lord Walden jamás ha ocultado su resentimiento hacia ella, él cree que mi madre no está arrepentida de sus acciones, pero la verdad es distinta. Ella amaba a mi hermana, y a pesar de su severidad años atrás, le duele saber que la perdió.

Blake quiso creer en la convicción de su cuñado y pensar que lo que estaba por emprender no sería tan complicado. Era pronto para pensar de esa manera, y su viaje para hablar con el magistrado en Fakenham, Norfolk, era solo el primer paso.

—Tu desistimiento no pasó desapercibido por ella, Blake—continuó Jonathan—Ella sabe que no buscaste a Emily por su dinero. El lunes enviaré una carta urgente, lo más adecuado sería verla en Londres en algunas semanas; si es en Westminster o la calle Brook, eso tú lo decides.

—Mi casa en Brook sería lo mejor—dijo el coronel, y argumentando cansancio, anunció su intención de retirarse. Cuando estaba en la puerta, se detuvo y añadió—Dile que mis días de la guerra ya terminaron, Spencer.

Él dejó a su cuñado en el salón, mientras que Jonathan pensó que la conversación había salido mejor de lo esperado. Él tenía esperanza en la reconciliación.

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Esa noche, después de que Elizabeth tuvo oportunidad de platicar con Jane sobre los eventos del día, decidió abrir la carta del señor Darcy. Al romper el sello, notó la caligrafía firme del caballero, y sin contener por más tiempo su curiosidad por lo que él tenía para decirle, empezó la lectura.

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No se alarme, señorita, al recibir esta carta, ni piense que voy a repetir en ella mis sentimientos o a renovar las proposiciones que tanto le molestaron ayer. Escribo sin ninguna intención de afligirla ni de humillarme insistiendo en unos deseos que, para la felicidad de ambos, no pueden olvidarse tan fácilmente; es mi modo de ser lo que me obliga a escribirle y a pedir de usted que la lea. Perdóneme que tome la libertad de solicitar su atención; incluso si usted siente que no la merezco, apelo a su sentido de justicia y lealtad.

Ayer me acusó usted de dos acciones de naturaleza muy diversa y de muy distinta magnitud. La primera fue el haber separado al señor Bingley de su hermana, valiéndome de un juicio equivocado sobre los sentimientos y circunstancias de ella; y el otro que, haciendo caso omiso del honor y de la humanidad, expuse a toda una comunidad al mantener oculto el carácter del señor Wickham.

Espero que tras leer esta carta, usted comprenda cuales fueron mis motivos para proceder de esa manera, y retire usted la severa censura dirigida hacia mí. Si en la explicación que no puedo menos que dar, me veo obligado a expresar sentimientos que la ofendan, sólo puedo decir que lo lamento.

No hacía mucho que estaba en Hertfordshire cuando observé, como todo el mundo, que el señor Bingley distinguía a su hermana mayor mucho más que a ninguna de las demás muchachas de la localidad; pero no fue sino hasta la noche del baile de Netherfield que vi que su aprecio era más formal que en otras ocasiones cuando le vi enamorado. En aquel baile supe por primera vez, por una casual información de Sir William Lucas, que las atenciones de Bingley para con su hermana habían hecho concebir esperanzas de matrimonio; él me habló de ello como algo resuelto que solo requería de fijar la fecha de la boda. Desde aquel momento observé cuidadosamente la conducta de mi amigo y pude notar que su inclinación hacia la señorita Bennet era mayor que todas las que había sentido antes. También estudié a su hermana. Su aspecto y sus maneras eran francas, alegres y atractivas como siempre, pero no revelaban ninguna estimación particular. Mis observaciones durante aquella velada me dejaron convencido de que, a pesar del placer con que ella recibía las atenciones de mi amigo, no le correspondía con los mismos sentimientos. El aspecto y el aire de su hermana podían haber dado al más sutil observador la seguridad de que, a pesar de su carácter afectuoso, su corazón no parecía haber sido afectado.

Mi objeción a esa unión no era únicamente la que mencioné antes sino otras más, y debo decir cuáles eran, incluso si brevemente. Desde que conozco a Bingley, he sabido de los deseos de su familia de remover su nombre del legado del comercio, incluso si fue éste el que les proporcionó la fortuna suficiente para facilitar la transición, por lo que la posición de la familia de su madre poco habría favorecido. Sin embargo, ese asunto no era nada comparado con la falta de discreción mostrada por dicha señora, por sus tres hermanas menores y, en ocasiones, incluso por su padre. A usted y su hermana debo excluirlas de tales juicios, su comportamiento ha sido irreprochable.

Me duele ofenderla con la descripción de mis observaciones sobre su familia, especialmente cuando usted y la señorita Bennet han sido objeto de censuras inmerecidas por parte de Lady Catherine. Si hay algo de lo que he de ofrecer una disculpa, es de no haber intervenido para detener a mi tía.

Lo que pasó la noche de Netherfield confirmó todas mis sospechas y aumentaron los motivos que ya antes hubieran podido impulsarme a preservar a mi amigo de lo que consideraba como una unión desafortunada. Bingley se marchó a Londres al día siguiente, como usted recordará, con el propósito de regresar muy pronto.

Mi intervención en el asunto refiere a que junto con las hermanas de Bingley coincidimos en nuestras apreciaciones. Vimos que no había tiempo que perder si queríamos separar a Bingley de su hermana, y decidimos ir con él a Londres al día siguiente de su partida. Ahí me dediqué a hacerle comprender a mi amigo los peligros de su elección; se los enumeré y describí con insistencia. Pero, aunque ello podía haber conseguido que su determinación vacilase o se aplazara, no creo que hubiese impedido al fin y al cabo una propuesta por parte de mi amigo, a no ser por el convencimiento que logré inculcarle de la indiferencia de su hermana, el cual se vio reforzado cuando la señorita Bingley no recibió contestación alguna de la carta de despedida cuando dejamos la región. Ya sea por fallas en el sistema de entrega o la deliberada decisión de la señorita Bennet de no responderla, Bingley, que hasta entonces había creído que ella correspondía a su afecto con sincero aunque no igual interés, confió en mis palabras y creyó en mi sagacidad. Una vez que lo convencimos de que se había engañado, fue fácil para él tomar la decisión de no volver a Hertfordshire.

Usted me ha dicho que la señorita Bennet ha superado cualquier afecto hacia mi amigo, lo que me lleva a creer que mis motivos fueron más válidos que condenables.

Respecto a mis asuntos con el señor Wickham, procederé a explicarle la relación de ese señor con mi familia. Tal como usted mencionó ayer, el señor Wickham creció conmigo. Él es hijo de un excelente hombre que durante muchos años estuvo a cargo de la administración de Pemberley. Mi padre apreció al padre del señor Wickham, por lo que el hijo se vio favorecido con la generosidad de mi familia hasta el punto en que mi padre lo hizo su ahijado. Costeó su educación en un colegio y luego en Cambridge, pues su padre, constantemente empobrecido por las extravagancias de su mujer, no habría podido darle la educación de un caballero.

Mi padre se formó de Wickham el más alto juicio y creyó que la Iglesia podría ser su profesión, por lo que procuró proporcionarle los medios para ello. Reconozco, que en cambio, hace muchos años empecé a tener de Wickham una idea muy diferente. Tras la muerte de mi padre, le hice entrega de mil libras que él dejó en su testamento, además de estar dispuesto a apoyarlo en su profesión. Mi padre deseaba que si se ordenaba en la iglesia, se le otorgase un beneficio capaz de sustentar a una familia, a la primera vacante.

El padre de Wickham no sobrevivió mucho al mío y medio año después de su muerte, él me escribió informándome que por fin había resuelto no ordenarse, y que a cambio del beneficio que no había de disfrutar, esperaba que yo le diese alguna compensación más inmediata. Le entregué tres mil libras para sus estudios en la carrera de Derecho y él renunció a toda pretensión de ayuda en lo referente a la profesión sacerdotal.

Todo parecía zanjado entre nosotros. Yo tenía muy mal concepto de él para invitarle a Pemberley o admitir su compañía en la capital. Creo que vivió casi siempre en Londres, pero sus estudios de Derecho no fueron más que un pretexto, y como no había nada que le sujetase, se entregó libremente al ocio.

Estuve tres años sin saber casi nada de él, pero a la muerte del poseedor de la rectoría que se le había destinado inicialmente, me mandó una carta pidiéndome que se la otorgara. Me negué a hacerlo, teníamos un convenio y debía ser respetado. El resentimiento de Wickham se manifestó en injuria ante conocidos y todo aquel dispuesto a escuchar. Después de esto, se rompió todo tipo de relación entre él y yo. Ignoro cómo vivió después de eso, hasta que el último verano tuve de él noticias muy desagradables.

Tengo que referirle a usted algo, ahora, que yo mismo querría olvidar y que ninguna otra circunstancia que la presente podría inducirme a revelar a ningún ser humano. Sé que el confesar mi intervención a mi primo no me da el derecho de pedir su discreción, aunque puede usted estar segura que jamás mencioné el nombre de su hermana. Sin embargo le pido, por favor, tenga a bien guardar este secreto.

Mi hermana, que tiene diez años menos que yo, quedó bajo la custodia del sobrino de mi madre, el coronel Fitzwilliam y la mía. Hace aproximadamente un año salió del colegio y se instaló en Londres. El verano pasado fue con su institutriz a Ramsgate, mismo lugar al que fue el señor Wickham al enterarse que ella estaba ahí, ya que más tarde supimos que la señora Younge y él habían estado en contacto. Nos habíamos engañado, por desgracia, sobre el modo de ser de la institutriz. Con la complicidad y ayuda de ésta, Wickham se dedicó a cortejar a Georgiana, cuyo afectuoso corazón se impresionó fuertemente con sus atenciones; era sólo una niña y creyendo estar enamorada consintió en fugarse. Ella no tenía entonces más que quince años, lo cual le sirve de excusa. Fui a Ramsgate y les sorprendí un día o dos antes de la planeada fuga, y entonces Georgiana, incapaz de afligir y de ofender a su hermano a quien casi quería como a un padre, me lo contó todo. Puede usted imaginar cómo me sentí y cómo actué. Por consideración al honor y a los sentimientos de mi hermana, no di un escándalo público, pero escribí al señor Wickham, quien se marchó inmediatamente. La señora Younge, como es natural, fue despedida en el acto. El principal objetivo del señor Wickham era, indudablemente, la fortuna de mi hermana, que asciende a treinta mil libras, pero no puedo dejar de sospechar que su deseo de vengarse de mí entraba también en su propósito. Realmente habría sido una venganza completa.

Sé que esto agrava mi falta de acción frente a sus ojos, pero mi hermana es lo único que me queda de mis padres más allá de bienes materiales, los cuales no son equiparables al afecto que me une a ella. Para revelar la naturaleza de Wickham, yo hubiese tenido que revelar detalles de la relación que hay con mi familia, arriesgando la reputación de mi hermana y de mi familia. Alguna vez cuando hablamos en Netherfield usted hizo mención sobre la facilidad con la que él hace amigos, y yo no dudo que tal habilidad le hubiera servido para difundir rumores que solo agravarían la tranquilidad de mi hermana. Si ignoré la presencia de Wickham en la región de Meryton, fue porque tenía la esperanza de dejar todo esto atrás, y que él, como hombre al servicio del ejército, tendría un comportamiento más honorable que aquel que le conocí con anterioridad.

No le conté todo esto anoche porque entonces no era dueño de mí mismo y no sabía qué podía o debía revelarle. Sobre la verdad de todo lo que le he narrado, el coronel Fitzwilliam puede dar testimonio, quien, por nuestro estrecho parentesco y constante trato, y aún más por ser uno de los albaceas del testamento de mi padre, ha tenido que enterarse forzosamente de todo lo sucedido.

Espero que las palabras de mi primo y el desprecio que yo le inspiro no invaliden lo declarado en esta carta, le aseguro que se trata de la absoluta verdad. Intentaré encontrar la oportunidad de hacer llegar a sus manos esta carta, en la misma mañana de hoy. Sólo me queda añadir: Que Dios la bendiga.

Fitzwilliam Darcy.

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Mientras Elizabeth leía y reflexionaba sobre la carta del señor Darcy, Jonathan pensaba en cómo redactar lo que enviaría a Lady Virginia. En otra habitación, Blake selló una carta con destino al pueblo de Ashbourne en Derbyshire, que saldría simultáneamente con la de Jonathan. Ahora él estaba frente a una hoja nueva, con la pluma en mano, tratando de decidir cómo empezar el agradecimiento más importante de toda su vida. Él, a quien las palabras pocas veces le fallaban, parecía no encontrar aquellas que pudieran reflejar la gratitud que sentía por la familia que había tomado a Elizabeth por tantos años.

—o—

Cuando el par de caballeros llegó a Londres, a la casa de Darcy en Mayfair, dos cartas sobre el escritorio esperaban al dueño. La primera de ellas era de Bingley y provenía de Netherfield Park, la otra provenía de Newgate.

Por un momento, Darcy hizo a un lado la carta de Bingley y se concentró en aquella de papel más corriente, cuya procedencia era la última morada de muchos hombres. El corazón le palpitaba con intensidad y sus manos estaban frías. Solo tuvo que leer las primeras tres líneas para entender que la disculpa de Wickham era el último acto de un hombre ya ejecutado.

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