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Una vez que Darcy concluyó con la carta de Wickham, permaneció un rato perdido en las memorias de cuando fueron amigos. Esos tiempos parecían ya muy lejanos, empañados por todo lo que vino cuando entraron a Cambridge y que fue más evidente una vez que los padres de ambos murieron. Era por aquel joven por el cual Darcy sintió pena, aquel muchacho con quien pasó tardes enteras pescando en Pemberley, no por el hombre que luego quiso lastimar a la familia que tanto le apoyó antes.
Wickham fue discreto en la redacción de la carta, Darcy notó eso, como si hubiera temido que esta no llegara a sus manos. No era muy larga, una cuartilla nada más, que consistía en el dato de fecha de arresto y una disculpa por lo sucedido en Ramsgate. Wickham guardaba la esperanza de ser perdonado alguna vez por lo que intentó hacer en aquel lugar, y se despedía de la vida sin culparlo por su destino.
Darcy, que por años conoció lo mucho que Wickham evitó asumir responsabilidades de cualquier naturaleza, se asombró de la resignación en las palabras de él. Cuando Wickham lo buscó para pedirle el puesto en la rectoría de Kympton, este se valió de las memorias de su padre, recordándole que se trataba de una de las últimas voluntades de George Darcy en un último esfuerzo por persuadirle. Este hombre, del que recibía la carta, se despedía sin buscar hacer más daño; Darcy casi pudo imaginarlo con una clásica sonrisa burlona diciendo au revoir.
La carta de Bingley era menos elocuente y, a primera vista, tenía las usuales manchas de tinta y palabras a medio escribir. En esta, su amigo hablaba de Mary Bennet siendo invitada de la familia Walden. Bingley no hizo mención de Caroline en el teatro o el señor Carter, y se enfocó en hacerle saber a Darcy sobre la decisión de cortejar a Jane Bennet. Él estaba decidido a ganar el afecto de la señorita, ya que el señor Bennet le había asegurado que si ella aceptaba las atenciones, él no se opondría.
Darcy, que fue testigo de la franqueza de Elizabeth, lamentaba que Bingley muy probablemente sufriría una verdadera decepción a manos de Jane Bennet, especialmente ahora que parecía firme y sin intención de desistir. Él no dudaba que con las nuevas relaciones de Elizabeth, la señorita Bennet sería expuesta a un círculo superior de caballeros dispuestos a ignorar todo lo que él vio como inconveniente si a cambio obtenían la belleza física y noble carácter de ella, además de ganar la simpatía de las familias Walden, Spencer y Blake; caballeros que no tendrían el antecedente de haber desaparecido después de mostrar interés.
Él estaba considerando la manera más apropiada de responder la carta a su amigo cuando el coronel Fitzwilliam llamó a la puerta con un periódico en mano. Tal como él esperaba, su primo comentó sobre la ejecución de Wickham, un tema sobre el que Darcy prefería no hablar más. Richard, quien parecía no notar la expresión de él, especuló sobre el tiempo que duró el proceso de Wickham.
Darcy estaba casi seguro de las razones por las que el proceso fue particularmente rápido, o más bien las personas, pero decidió no hacer más comentarios que no resolverían nada y sin tener la certeza. Richard, que esperaba más conversación de su primo, se cansó de los monosílabos y dejó el estudio diciendo como broma que habría que enviar condolencias a la señora Younge.
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La carta permitió a Elizabeth hacer una reflexión más calmada de lo sucedido con el señor Darcy, y aunque todavía desaprobaba que él se adjudicara la autoridad para decidir sobre la felicidad del señor Bingley, tuvo que conceder que, en algunos aspectos, las observaciones que él hizo eran terriblemente correctas. Ella, a pesar del afecto y gratitud que sentía por la familia Bennet, reconoció que antes de la intervención de la familia Walden, su madre fue bastante indiscreta al hablar sobre lo rica que Jane sería al casarse con el señor Bingley. Recordó como Lydia y Kitty iban de un lado a otro persiguiendo a los militares, sin la más mínima consideración de cómo esa actitud se reflejaba mal sobre la familia. Pensó en el señor Bennet, quien no intervino para moderar el comportamiento de la familia. Él tuvo razón en insinuar que fue Jane quien terminó la comunicación con los Bingley, aunque todo fue derivado de maquinaciones de Caroline para hacerle creer que el señor Bingley tenía un arreglo con la señorita Darcy.
Respecto al tema del señor Wickham, ella recordó lo dicho por Charlotte cuando llegó por primera vez a Hunsford. Su amiga trató de hacerle ver que el señor Darcy debió tener razones para su manera de proceder, y dio cierto mérito al deseo de discreción en un asunto tan delicado. Él hizo mención de la conversación el día del baile y ella tuvo que admitir que en su reservado modo de ser, él quiso hacerle saber que el señor Wickham no era alguien confiable, solo que en ese momento ella se sentía bastante atraída por el encantador soldado como para aceptar la información de un hombre que era desagradable casi todo el tiempo.
Elizabeth dobló las páginas y guardó la carta. Pasó un rato más pensando en la propuesta, Jane, y el señor Darcy. Para ella, él seguía siendo un hombre orgulloso, y aunque seguía firme en que rechazarlo había sido lo mejor, la intensidad de su desprecio no era la misma que la que experimentó el día anterior.
Ella sabía que los recuerdos relacionados con el caballero del norte no se desvanecerían tan pronto y que la acompañarían por mucho tiempo, sin embargo, esa noche se esforzó en remplazarlos por los momentos con el hombre al que conoció ese mismo día y del cual había escuchado hablar por meses: el renombrado Coronel Alexander Blake, quien resultó ser más alto de lo esperado y con una particular coloración de ojos que a ella no le habría molestado heredar.
En un principio fue evidente que ambos estaban nerviosos, pero el estar entre un grupo con más personas alrededor ayudó a sobrellevar esa primera impresión. Mientras más horas transcurrieron en compañía de él, empezó a hablar con más naturalidad, como si se tratara de un buen amigo al que veía después de mucho tiempo. Ella sabía que había demasiado por conocer el uno del otro, pero la ansiedad ya había desaparecido y en cambio, se sentía emocionada por los siguientes días.
—o—
El señor Ferrars, párroco de Westerhill, fue a cenar a Acker Hall el lunes. El día anterior, cuando la familia Spencer e invitados atendieron los servicios religiosos, la presencia de Elizabeth no pasó desapercibida cuando entró a la iglesia del brazo de su padre, atrayendo las miradas de varios miembros de la comunidad.
Ferrars, que había recibido el beneficio de la parroquia treinta años atrás gracias a su padrino, el abuelo de Jonathan Spencer, conoció a Emily desde que ella era una niña, y la vio convertirse en una mujer muy parecida a la que caminó al lado del coronel el domingo. Él sabía que había una historia ahí, pues la señorita tenía un gran parecido no solo con la difunta señora Blake, sino también con Lauren Spencer, tía abuela de Emily y Jonathan.
Cuando terminaron los servicios, él se acercó a saludar a sus benefactores y la ocasión sirvió para presentarlo con el resto de los familiares de los Spencer. Fue esa la primera vez que Jonathan presentó a Elizabeth como la hija del coronel Blake. La expresión de sorpresa del hombre fue imposible de disimular, y Jonathan, no más dispuesto que su cuñado a dar detalles donde la audiencia era numerosa, extendió una invitación al señor Ferrars para visitar Acker Hall.
Fue una cena agradable y más formal que la del sábado o domingo. Los habitantes de la finca contaron la historia detrás de la presencia de Elizabeth antes de pasar al comedor, en un relato más o menos clínico y sin tantos detalles del impacto emocional de cada uno de los encuentros. Ferrars lamentó los eventos, sin embargo, supo que seguir ofreciendo condolencias por el pasado no sería de ayuda para la familia que se reunificaba, por lo que a la hora de los alimentos, él se dedicó a contarle a Elizabeth historias de cuando llegó a Westerhill y algunas de las travesuras que Emily y Jonathan hicieron siendo niños.
Más tarde, cuando estuvieron a solas los caballeros, el párroco se acercó al coronel. Muchos años atrás, él había sido testigo de la renuente postura de Emily a formalizar un compromiso con el Vizconde de Liss, y fue una de las primeras personas en enterarse de las intenciones de ella de casarse con Blake.
—Él no se equivoca, coronel—dijo Ferrars señalando con la cabeza en dirección de Jonathan, quien estaba al otro lado de la estancia con Lord Denton—Todos se están preocupando demasiado por lo que Lady Virginia tendrá que decir, cuando es obvio que ya no la conocen.
—Mi última conversación con ella no terminó de la manera más agradable, señor Ferrars. Spencer dice que la opinión de ella sobre mi ha cambiado, pero no quiero tener expectativas demasiado elevadas sobre su recibimiento por esta noticia. Le he escrito, pero no sé cómo tomará mis palabras.
—No es la misma mujer que usted conoció hace tantos años, o la que discutió tan acaloradamente con el conde. En ciertos aspectos ella es igual, aún valora las amistades con familias poderosas y no tolera demora en el cumplimiento de sus instrucciones; pero a usted, ella dejó de odiarle hace mucho tiempo—y en voz baja agregó—, claro que esta información no es muy conocida.
—Usted ha sido amigo de ella por muchos años y le pido que con el conocimiento que tiene sobre su carácter me hable con sinceridad, ¿Cree usted que Lady Virginia aceptará que se trata de su nieta?
—Sí—respondió él con absoluta certeza y añadió—Y creo que ella buscará hacer pagar a los responsables que aún estén entre los vivos.
«Igual que yo» pensó Blake.
—o—
La residencia de la familia Spencer en Ashbourne, Derbyshire, se encontraba situada a unas tres millas del pueblo. Era una casa notablemente más pequeña que aquella en Westerhill, pero lo suficientemente amplia como para recibir múltiples visitas. Cuando Lady Virginia renunció a permanecer en Kent, y desechó la idea de estar en la capital, viajó al norte. La pequeña finca siempre le había gustado, tanto por ubicación como por atributos, y dedicó su tiempo a devolver la belleza a los jardines que durante años solo recibieron la atención mínima. La primera acción que hizo fue cambiar al maestro jardinero, y obtuvo los servicios del señor Baker por recomendación de uno de sus vecinos. Ordenó remover algunos árboles que ensombrecían el jardín de la fachada sur, y podar de manera drástica muchos de los arbustos que habían perdido su forma. No hubo espacio al exterior que no recibiera alguna clase de intervención. El área más soleada de la finca pronto se vio cultivada con múltiples ejemplares de rosas que crearon andadores llenos de color durante el verano. Nunca igual, y siempre demandante de atención, Rosehill se convirtió en el lienzo donde la imaginación de Lady Virginia cobraba vida.
A pesar de un activo papel en sociedad que su título podía garantizarle, Lady Virginia llevaba una vida tranquila desde la muerte de su esposo, interactuando principalmente con sus vecinos y los nobles de la región. Tenía gusto por la lectura y el bordado, actividades que ella prefería realizar haciendo uso de la luz natural. Contrario a lo que uno pudiera pensar de ella, su interés por la lectura no se veía completamente satisfecho con el contenido de la biblioteca de Rosehill, sino con los periódicos y otras publicaciones regulares donde podía leer las novedades relacionadas a su tema favorito: el ejército.
Seguir la trayectoria del coronel Blake se volvió menos complicado desde la muerte de Phillip, cuando ella tenía suficiente tiempo para revisar a detalle los periódicos para encontrar la información deseada sin los constantes cuestionamientos de su esposo. Ayudaba también que algunos de sus vecinos y amigos tuvieran familiares en altos rangos de la milicia, como Lord Ashbourne, un hombre de carácter afable que compartía con ella cuanto le era posible. Aunque la relación con el conde de Matlock y el ahora coronel Fitzwilliam no era tan estrecha como aquella que ella tenía con el vizconde, un día ella pudo escuchar, de viva voz del coronel, sobre la experiencia de conocer a Blake. El joven militar habló de lo admirable que era su historia dentro del ejército, y ella, a pesar de no tener derecho, se sintió satisfecha de saber que hablaban bien de él.
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Una mañana de abril, ella estaba ocupada recorriendo el jardín, valorando el mejor lugar para una rosa que el señor James, uno de sus vecinos, había logrado reproducir con éxito el año anterior. El señor Baker la seguía de cerca, a la espera de alguna indicación sobre el sitio para la planta. Después de un par de vueltas alrededor del área, ella finalmente colocó una vara al centro de una jardinera semicircular al fondo de un andador rodeado de rosales Alba. Baker, que sabía que Lady Virginia no confiaba los ejemplares únicos a otros jardineros que no fueran él, empezó a cavar. Todo el proceso de siembra fue vigilado celosamente por ella, y cuando la planta estuvo en su lugar definitivo, Lady Virginia dejó a su empleado volver al resto de sus actividades.
Ella revisó los macetones al pie de la escalinata y con agrado notó que los narcisos parecían apreciar su nuevo lugar mejor que con respecto al del año anterior. Un follaje conocido llamó su atención cerca de uno de los setos de lavanda, se trataba de margaritas silvestres que otra vez insistían en ocupar un lugar en aquel jardín. Todavía eran plantas jóvenes que fácilmente podían ser arrancadas, pero empezó a entretener la idea de dejarlas en aquel lugar y cortar las flores antes de que las semillas pudieran madurar. Ella estaba a mitad de su visualización cuando el ama de llaves apareció en el jardín con un grupo de cartas en la mano. Uno de los remitentes era usual, de los otros dos no había recibido algo en años.
En la privacidad del estudio contiguo a la biblioteca, ella abrió las cartas de su hijo, Lord Walden y el coronel Blake, en ese orden. Su hijo hablaba de un descubrimiento extraordinario, mencionaba a una señorita, cartas entre Ernest Blake y un tal señor Bennet, una finca en Hertfordshire y un encuentro en Hyde Park durante el invierno en Londres. Esta primera carta le alteró y no creía lo que acababa de leer. Le parecía imposible que algo así pudiera suceder y continuó con la de su hermano para obtener las explicaciones que Jonathan no supo dar.
Las palabras de Lord Walden, a pesar de que no mostraban el mismo resentimiento de años atrás, eran directos. Él escribió una relatoría organizada de los eventos, desde que a Elizabeth le fue dicho su naturaleza como hija no consanguínea de la familia Bennet hasta llegar al día en que ella conoció al coronel Blake. El conde habló de sus impresiones sobre la señorita y destacó el gran parecido entre ella y Emily. Tales afirmaciones se volvieron demasiado para asimilar y el encierro de su estudio se volvió sofocante. Eso la forzó a abrir una de las ventanas e inhalar profundamente hasta que su corazón hubiera regresado a un ritmo normal.
Volvió a leer las dos cartas, cada fibra de su ser gritándole que debía ser mentira. Fue en la segunda lectura cuando se dio cuenta que su hijo le pedía reunirse con él en Londres, para presentarle a la que, según él y el conde, era la hija legítima de Emily y Alexander Blake.
Sus manos temblaron al sostener la tercera carta, aquella del hombre cuya vida había estado siguiendo por años. En un principio, ella despreció la elección de su hija, y solo el tiempo comprobó que se trataba de un buen hombre. Después de la muerte de Emily, ella buscaba enterarse de las noticias de él porque esperaba el momento en que Blake usara el dinero para dejar el ejército, contaba los meses hasta que él olvidara a su difunta esposa y buscara otra mujer. Pero ninguna de esas cosas sucedió. Él no dejó el ejército, ni buscó una nueva esposa. En cambio, apenas Jonathan estuvo a cargo de la fortuna familiar, él devolvió el dinero que jamás sintió como suyo; era un acto que bien podía ser considerado como estúpido, especialmente por tratarse de un monto que lo liberaría de seguir en el ejército exponiendo su vida. No obstante, en ese momento ella aprendió a respetarlo, y siguió buscando las noticias de él por costumbre, un escondido deseo de saber qué tan lejos él podía llegar.
Lady Virginia conocía los logros que él tuvo en cada uno de los rangos que ocupó previamente a ser coronel. Sabía que tiempo atrás él se había asociado con un caballero de Fakenham y utilizado sus ahorros para crear una finca dedicada a la crianza de caballos, encontrando una importante clientela en los hombres del ejército. A través de Jonathan se enteró de la muerte del señor Ernest Blake, y que después el coronel mudó parte de sus establos a Houghton Park, donde estaba probando su mano en caballos finos para clientes más exigentes. Incluso si no se volvieron a hablar después de aquella ocasión cuando discutieron, Lady Virginia no olvidó a Alexander Blake.
Mientras que Lord Walden y Jonathan parecían querer convencerla de la veracidad de los eventos y el vínculo de la señorita Elizabeth con la familia Spencer y Blake, la carta del coronel era distinta.
Blake, a diferencia de los otros dos caballeros que expresaban regocijo en sus mensajes, escribió sobre el dolor de haber sido engañado por alguien tan cercano a él, hasta el punto de negarle la vida de una hija. Decidió compartir un recuerdo sobre la última vez que vio a Emily, quien ya lucía con el vientre abultado por el embarazo, y líneas después, hablar sobre la pena de perder a una esposa, hija y amigo. Él finalizaba con la simple declaración que la sangre de Emily Blake corría por las venas de la señorita hasta ahora conocida como Elizabeth Bennet, y la exhortaba a hacer una visita a Londres para comprobarlo por sí misma.
A Lady Virginia le dolió la sinceridad del coronel, le dolió volver a pensar de su hija embarazada y haberse negado a compartir ese momento. Los arrepentimientos que Blake tenía eran muy semejantes a los que ella había cargado por años.
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La señora Lewis, acompañante de Lady Virginia, al regresar de hacer algunos encargos en Ashbourne, encontró a la gran dama con la cara un poco enrojecida y escribiendo breves notas, era obvio que había llorado y su semblante reflejaba un inusual cansancio.
—Saldremos pasado mañana, por favor dígale a los sirvientes que preparen las cosas—dijo ella en cuanto vio que la señora Lewis estaba por preguntar algo.
—¿Algún destino en particular, mi Lady?—cuestionó Lewis, que por el tono sabía que se trataba de una decisión inamovible.
—Acker Hall.
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Nota:
I. El título del capítulo corresponde a un verso del poema Y pensar que pudimos, de Ramón López Velarde.
