Otra semana pasó y los Darcy decidieron 'olvidar' lo sucedido y volver a relajarse en presencia del otro. Bajaron la guardia y dejaron de andar de puntillas alrededor del otro, en aquella extraña danza que no hacía más que suscitar la curiosidad de Georgiana. Era cierto que después de lo que le había confiado Lizzy entendía más la naturaleza de su relación, pero precisamente eso no hacía más que maravillarla: el que se llevaran tan bien para unas cosas, pero luego fueran tan ciegos y obstinados para otras… Le constaba que se preocupaban por el otro, que se respetaban, y si bien sus personalidades entraban en conflicto de tanto en tanto, hasta ahora siempre lo habían resuelto con el diálogo honesto y sincero. Lizzy había ganado en serenidad y su hermano, en alegría. Eran buenos el uno para el otro, concluía Georgiana.
Ella, por su parte, se sentía satisfecha. No se atrevería a decir feliz, desde que su corazón aún lamentaba su ceguera respecto al verdadero carácter de George Wickham, y sabía que habría de pasar mucho más tiempo para aceptarse y perdonarse a sí misma por completo, pero sí que era cierto que parte del peso de la culpa y la vergüenza habían sido aliviados de sus hombros. Y eso jamás hubiera pasado sin la intervención de Lizzy, claro está. No solo por la conversación que habían mantenido ambas, sino por también por la de su hermano después, esa misma noche. Antes, a Fitzwilliam jamás se le habría pasado por la cabeza tener una conversación con ella que versara sobre temas desagradables y no aptos para el oído femenino. Gracias a Lizzy, su hermano por fin había dejado de tratarla como a una niña y la había hecho partícipe de las agrias realidades del mundo, con una honestidad y delicadeza que aún la sorprendían.
Es por ello que Georgiana había decidido dejar de vivir como la muchacha melancólica y triste que había sido después de Ramsgate, que rehuía de todo y de todos, su hermano incluido. Sabía que, a su manera torpe, Fitzwilliam había tratado de alcanzarla, pero en aquel entonces Georgiana cargaba con sus propias culpas como para atreverse a dar siquiera un paso para encontrarse con él a medio camino. Pero ahora todo era distinto… Y ella…, ella también era distinta…
—Me alegra ver que han hecho las paces —comentó Georgiana, escondida tras su taza de té. La luz pálida de los primeros días del otoño se colaba tras los tenues visillos de los ventanales abiertos y la suave brisa de la tarde los mecía blandamente.
—¿Las paces? —repitió Fitzwilliam enarcando una ceja, para después echar una mirada furtiva y rápida hacia la puerta de la salita, no sea que fuera a aparecer inesperadamente su esposa—. Es más complicado que todo eso, Georgie.
—Puedo imaginarlo —concedió ella, dejando con elegancia su taza sobre el platito—, pero el hecho indiscutible es que sonríes más, hermano.
—¿De veras? —preguntó él, enarcando una vez más la misma ceja.
—Sí, lo haces —aseveró Georgiana, y sintiéndose audaz (acaso por segunda o tercera vez en su vida), añadió—: Y en cuanto ella entra en la habitación, tus ojos la buscan.
—¿Uhmm? —murmuró él, decidido a ignorarla, porque tal afirmación andaba demasiado cerca de la verdad… Pero los ojos de Georgiana destellaron con el brillo de la súbita revelación y, luego, con la certeza de la comprensión.
—¡Cielos! —exclamó, llevándose una mano a la boca para disimular un tanto su sorpresa. Y luego, también ella miró hacia la puerta para asegurarse que aquella de la que estaban hablando no fuera a entrar de improviso, y después adelantó el torso sobre la mesa y bajó aún más la voz—. Está usted enamorado de su esposa, señor Darcy.
—Georgiana —le replicó él poniendo en blanco los ojos—, definitivamente pasas demasiado tiempo con Elizabeth. —añadió, en lo que trataba inútilmente de parecer un serio tono de reconvención, por lo demás, absolutamente fingido, y que Georgiana supo reconocer por lo que era. A ello se le sumaban los hoyuelos que le formaba la sonrisa que Fitzwilliam apenas trataba de ocultar, eso, y las orejas encendidas en profundo carmesí.
Georgiana estalló en carcajadas.
A la mañana siguiente, los Darcy desayunaban en silencio, apenas roto por el susurro del papel y el tintineo de los cubiertos contra la porcelana. No era un silencio igual al de aquellos otros días, sino uno más propio de aquellos de mentes ocupadas: Georgiana revisaba la última partitura recibida de Londres, Fitzwilliam leía la carta de su abogado que le confirmaba que la custodia y los bienes de Georgiana habían sido blindados contra injerencias no deseadas, y Lizzy fruncía el ceño con la preocupante carta de Londres que había llegado en el correo de la mañana.
—Fitzwilliam —lo llamó ella, a lo que él murmuró un algo indescifrable pero que indicaba que la había escuchado—, ¿el señor Bingley te ha comentado si tiene intenciones de regresar a Netherfield? —Él entonces se envaró y se removió en su butaca, dejando caer la carta que leía sobre el prístino mantel, movimientos ante los que Lizzy no pudo más que enarcar suspicaz una ceja.
—La verdad, no sabría decirte… —contestó él, tratando de ignorar el sudor frío y repentino que sentía deslizársele por la espalda—. La intención de sus hermanas nunca fue abandonar Londres por demasiado tiempo… —añadió, deseando que esa fuera respuesta suficiente para satisfacer la curiosidad de su esposa. Pero, a juzgar por el ceño aún fruncido de su frente, evidentemente, no lo fue.
Con gran criterio, Georgiana decidió que ese era el momento perfecto para dar por terminado su desayuno y reunirse con la señora Annesley. Ambos le dedicaron un distraído saludo de despedida y cuando la puerta se cerró tras ella, Lizzy continuó preguntando, renovado su interés a causa de la desacostumbrada reacción de su esposo.
—¿Estás diciendo acaso que el señor Bingley no tiene criterio propio para decidir por sí mismo si le conviene más a sus intereses permanecer en Netherfield o en Londres? —preguntó ella, la espalda recta y un brillo airado en los ojos.
—¿Sus intereses? —repitió Fitzwilliam. Ahora fue él quien enarcó, curioso, una ceja.
—Es decir, que entonces han sido sus hermanas quienes han decidido por él —concluyó Lizzy, exhalando un suspiro para arrojar después de mala gana su servilleta junto a su plato—. ¿Estoy en lo correcto?
—Elizabeth, no pongas palabras en mi boca… —le pidió él, ladeando la cabeza.
—¿Y qué parte tienes tú en esto, Fitzwilliam? —preguntó ella a bocajarro—. No creas que no he advertido esa expresión tuya de culpa. —Él llevó la espalda hacia atrás, acusando el golpe—. ¿O quizás sea remordimiento? —agregó Lizzy. Él evitó sus ojos y los dedos de su mano derecha daban golpecitos incesantes sobre la mesa. Lizzy no pudo dejar de notarlo y acabó entonces dando otro suspiro, esta vez hondo y resignado—. ¿Fitzwilliam? —le preguntó con deliberada suavidad—. Por favor, cuéntame. —No quería comenzar una pelea, de verdad que no. Después de leer la carta, no le quedaban fuerzas ni energías para tal cosa. Y además, era cierto lo que había dicho: ya fuera culpa o remordimiento lo que hubiera visto en el rostro de Fitzwilliam, era claro para ella que le suponía una onerosa carga y, como ya le había pedido él con anterioridad, alguna vez deberían empezar a compartirlas como un matrimonio…
—Es posible… —comenzó a decir él, cuando ya parecía que no iba a responderle, aunque luego calló abruptamente. Alzó entonces los ojos, y vio a Elizabeth mirándolo, aguardando aún una respuesta suya. Y, mal rayo le partiera, la verdad era lo que ella merecía y lo único que debería darle…—. Es posible —continuó al fin— que le haya aconsejado a mi amigo sobre la conveniencia de proteger su corazón permaneciendo en Londres…
—¿Proteger su…? —empezó a repetir Lizzy, para luego callar de repente cuando el significado de tales palabras le hubo alcanzado—. Cielos, Fitzwilliam, ¿¡qué has hecho!? —exclamó ella, llevándose la mano a la boca, para después dejarse caer sin fuerzas contra el respaldo de su butaca—. Así que efectivamente el señor Bingley es una persona tan falta de carácter y fácilmente influenciable…
—Elizabeth —dijo él, carraspeando un tanto—, ciertamente no entiendo tu interés en este asunto… A menos que… —añadió, dejando la frase sin terminar y sintiendo cómo el corazón se le hundía en el pecho.
—A menos que haya recibido carta de mi hermana Jane, sí —terminó Elizabeth por él.
—Oh —dijo, y sintió desplomarse sobre él todo el peso de su intervención en asuntos de corazones ajenos.
—Sí, oh —repitió Lizzy, exhalando un nuevo suspiro.
—¿Entonces? —preguntó él, guardando la esperanza de que el daño ocasionado no fuera tan grave como parecía a primera vista.
—Entonces significa lo que crees que significa, sí —le contestó ella.
—Pero yo los observé, y estaba realmente seguro de que la señorita Bennet no–
—Sin traicionar la confianza de mi hermana —le dijo ella, interrumpiéndolo—, pues ella siempre ha sido reservada en extremo, has de creer sus sentimientos mucho más profundos de lo que se permita exteriorizar.
—Totalmente lo contrario a Charles… —dijo él, dejándose caer una vez más, vencido, contra el respaldo de su asiento—. Elizabeth, en tal caso, he de disculparme por haber juzgado erróneamente a la señorita Bennet.
—¿No nos sucede a todos en algún momento? —le replicó ella, agitando una mano blandamente en el aire—. Para mi vergüenza, yo misma he cometido más errores de juicio de lo que me atrevería a reconocer —añadió, mirándolo a los ojos. Fitzwilliam sintió que, de alguna manera, estaba hablando de él—. Sin embargo, me siento terriblemente molesta, y puede que hasta ofendida, aunque no tanto contigo como con el señor Bingley.
—¿Disculpa? —preguntó él.
—¿Es el señor Bingley tan persuasible y su supuesto afecto tan inconstante como para abandonar Netherfield y a mi hermana Jane atrás? —preguntó a su vez—. Quizás Jane estaría mejor sin el señor Bingley…
—No puedes pensar realmente eso —se apresuró a rebatirle él—, sabiendo lo que ambos sabemos ahora…
—¿De veras? —preguntó ella—. No quiero discutir contigo, Fitzwilliam, pero ¿tú querrías para tu hermana un pretendiente que no fuera firme en sus afectos?
—No, por supuesto que no… —se apresuró a responder él. Ella ladeó la cabeza, reconociendo que daba la razón. Un nuevo silencio, esta vez preñado de cierta tristeza se instauró entre los dos. Fitzwilliam se arrepentía de la parte que había desempeñado en separarlos, por más que hubiera sido pensando únicamente por el bien de su amigo, mientras que Lizzy se lamentaba por el dolor que habría de infligirle a Jane.
—Habré de contarle la verdad, por supuesto —dijo al cabo, haciendo que Fitzwilliam se sobresaltara cuando su voz quebró el silencio—, y romper aún más su corazón…
—Yo le escribiré a Charles para convencerlo de regresar a Netherfield —le aseguró él, decidido a enmendar su mal proceder. Pero Lizzy negó suavemente con la cabeza a sus palabras.
—¿No ves, Fitzwilliam —le dijo—, que con tu interferencia repites el mismo error tratando de subsanar el primero?
—Pero he de ponerle remedio, Elizabeth, es culpa mía que Charles…
—No, no lo es —le replicó ella, cortándolo, y Fitzwilliam sintió que un peso desaparecía de su corazón. Y en verdad que Lizzy consideraba culpable tan solo al joven Bingley, por no defender su relación con Jane, por dejarse persuadir por unos o por otros, fueran las que fueran las razones de estos—. Y le corresponde a mi hermana decidir qué hacer respecto al señor Bingley, a nadie más.
—Pero no puedes pedirme que no corrija mi mal proceder —le insistió él—. Necesito hacer algo… —Lizzy lo miró y vio el pesar en sus ojos, y también el arrepentimiento por haber obrado mal, aunque fuera con la mejor de las intenciones. Y no pudo dejar de admirar que Fitzwilliam siguiera actuando como un auténtico caballero, tratando de enmendarse y de corregirse a él y a sus acciones, no solo por su propio bien sino por el de aquellos que se habían visto afectados por sus actos.
—De acuerdo entonces —le dijo, y algo en la postura de Fitzwilliam se suavizó de puro alivio por poder hacer algo—. Te encomiendo una misión. Puedes escribirle al señor Bingley y decirle que mi hermana está ahora mismo en Londres. Nada más —le indicó ella, alzando un dedo admonitorio. Él asintió con la cabeza, prestando atención a sus instrucciones—. Aunque, si quisieras suscitar alguna reacción por parte del señor Bingley, podrías añadir que mi hermana, la señorita Bennet, ha sido visitada sin su conocimiento por sus 'adorables' hermanas, la señorita Bingley y la señora Hurst, en la casa de mis tíos Gardiner en la calle Gracechurch. —Un brillo de inesperada malicia destelló en sus ojos—. A ver qué hace el señor Bingley cuando se entere…
Fitzwilliam suspiró, y, en silencio, agradeció al cielo que Elizabeth fuera su esposa y no su enemiga.
