Una vez que su esposo hubo escrito y enviado dicha carta (hecho del que él se aseguró fuera conocido por su esposa), Lizzy tuvo el buen criterio de no volver a sacar el tema. Aunque una parte de ella seguía pensando que, de haber sido otras las circunstancias, jamás le hubiera perdonado a Fitzwilliam su intervención (o intromisión) en la ruptura de las esperanzas e ilusiones de su hermana. Lizzy era demasiado vehemente en lo que respectaba a los suyos y era obstinadamente firme en sus afectos y desafectos. El señor Darcy hubiera caído en su lado malo y, de haber sido forzada a tratarlo, lo hubiera hecho con esa cortesía fría y rayana en lo huraño de sus primeros días, manteniéndolo siempre a un brazo de distancia. Pero es que, de hecho, las circunstancias sí que eran otras. Ahora no era el señor Darcy, sino Fitzwilliam, el hombre con el que había entrelazado su vida. Ahora lo conocía demasiado, y sabía que su marido no era una persona que se moviera por banalidades o frivolidades, y que tanto si su consejo fuera solicitado o no, él se esmeraría por ofrecer uno sensato y razonado objetivamente, alejado de malas intenciones o intereses personales, solo mirando por el bien de su amigo.
Por supuesto, eso no era excusa para su rápido perdón. O quizás sí que lo era, desde que, en su corazón, no podía guardarle rencor por ello, porque ella hubiera hecho lo mismo de haberse invertido los papeles. Que dicho corazón fuera "débil" en lo que atañía a Fitzwilliam, desde luego no tenía nada que ver…
Tan solo diez días después, Lizzy leía una carta de Jane, y este hecho vino a dar fin a sus divagaciones, porque en cuanto hubo roto el sello de lacre y desplegado la hoja, en su rostro se dibujó una sonrisa más propia de niña traviesa que de la señora de Pemberley. Jane le comentaba en la carta que, para su sorpresa, el señor Bingley se había presentado en Londres, en casa de sus tíos, el día antes de su partida, todo encanto y sonrisas —y un mucho de rubores, imaginó Lizzy, si Jane fuera lo suficientemente valiente como para poner tal cosa por escrito…—, y que pasaron la tarde en buena conversación —Lizzy supo de inmediato que habría de haber sido su tía la encargada de no dejar morir dicha conversación, porque Jane y el señor Bingley no hablarían de libros ni de filosofía ni de las obligaciones de un terrateniente ni tampoco de la política del país. Y tal pensamiento le hizo darse cuenta de cuánta diferencia había entre ambas parejas, porque, de hecho, esas sí que eran sus conversaciones con su propio esposo.
Y no solo eso, continuaba la carta de Jane, sino que el señor Bingley había acudido a despedirla al día siguiente con la promesa inequívoca de reencontrarse muy pronto. Y ese 'muy pronto' resultó ser precisamente la mañana después… —Lizzy ahogó una exclamación de sorpresa—. Apenas estaban terminando de desayunar en Longbourn, decía Jane, cuando el señor Bingley se había presentado sin anunciarse y, de paso, había creado un pequeño caos en la salita, con su madre pidiendo las sales y las hermanas menores buscándolas por toda la casa… Su padre lo había saludado con cálida cordialidad y luego se había retirado a su gabinete, dejando atrás una salita ardiendo en metafóricas llamas…
En el siguiente párrafo, Jane se disculpaba profusamente por no haberle contado antes nada de esto, pero es que estaban sucediéndole tantas y tantas cosas…
Oh, Lizzy, temo que me oculte algo. —escribía Jane. Lizzy enderezó la espalda y apretó la mandíbula, preguntándose qué podría ser, desde que el señor Bingley solía ser transparente en exceso.
Ha venido solo, Lizzy —continuaba Jane—. Ninguna de sus hermanas ha regresado a Netherfield, al menos hasta la fecha. Y si bien tal hecho no me disgusta particularmente, no puedo evitar pensar que hay mucho más detrás de su ausencia… Cuando el señor Bingley habla de su familia, su rostro se torna inusitadamente serio, un cierto velo de tristeza nubla sus ojos y yo no puedo más que compadecerme de él… Pero antes siquiera de que yo alcance a preguntarle por la razón que le aqueja, él cambia de tema de conversación, forzándose una sonrisa en el rostro, que, por no sentida, no real, resulta del todo discordante con su persona.
Sin embargo, y a pesar de este secreto que solo le concierne a él y a sus hermanas, creo que solo ahora es cuando por fin estoy conociendo cabalmente su verdadero carácter, Lizzy. Hablamos de todo, no solo de los libros que no leemos o de los bailes a los que asistiremos, sino también de sueños, inquietudes y miedos…
Oh, Lizzy…, ¿me atreveré a soñar?
—Fitzwilliam… —dijo Lizzy, dejando el pliego sobre la mesa con cuidado de no mancharlo. Su marido masculló un «hmm», apenas apartando la vista un momento de su propia correspondencia—. ¿Estás seguro de no haber puesto sobre aviso al señor Bingley?
—¿Sobre aviso? —repitió él, enarcando una ceja y mirándola entonces directamente—. No, por supuesto que no. Me limité a expresarle lo que habíamos acordado… —Aquí dejó sus papeles y los hizo a un lado sobre la mesa—. ¿Ha sucedido algo?
—Carta de Jane —dijo ella, señalando el papel junto a su plato—. Pareciera que el señor Bingley está tomando por fin decisiones por su propia cuenta…
—¿En qué sentido? —le preguntó Fitzwilliam.
—Ha vuelto a Netherfield —le respondió Lizzy.
—Oh —dijo él, sin molestarse en disimular su sorpresa—. ¿Y? —Ni tampoco su curiosidad.
—Aparentemente sus intenciones para con mi hermana son absolutamente serias… —contestó Lizzy, dejándose caer contra el respaldo de su asiento a la vez que un suspiro de alivio salía de su pecho.
—Bien —dijo Fitzwilliam, asintiendo con la cabeza. Y luego agregó—: La señora Bennet se sentirá muy dichosa cuando llegue el día en que se proponga…
—No puedo discutirte eso —añadió Lizzy, rodando los ojos—. Al menos, así dejará de lanzar a mis hermanas delante de cuanto soltero elegible llegue a la comarca…
—Con una sola debería haber sido suficiente —dijo él, exhalando algo parecido a un resoplido de fastidio.
—¿Te arrepientes, Fitzwilliam? —preguntó ella, y ante su pregunta muda, reformuló sus palabras—. ¿De haberte casado conmigo?
—¿Arrepent…? ¡No! —exclamó él con vehemencia desacostumbrada, apoyando las palmas de las manos sobre el tablero de la mesa—. Por el cielo que no hago tal cosa… —añadió—. Pero sí es cierto que al menos me hubiera gustado haberlo hecho en mis propias condiciones.
—Sí, puedo entender eso… —convino Lizzy—. Pero de haber sido así, jamás hubieras mirado dos veces a alguien como yo…
—Elizabeth —dijo él, interrumpiendo sus pensamientos—, te puedo asegurar que ese no fue el caso… —Ella se lo quedó mirando, ladeada la cabeza—. Me llamaba la atención sobremanera tu vena belicosa y respondona.
—Mi vena beli… —repitió Lizzy, interrumpiéndose súbitamente a sí misma—. ¡Señor Darcy! —exclamó acto seguido entre risas—. No diga usted eso, por favor. La expresión correcta sería firmeza de carácter…
—Llámelo como quiera, señora Darcy —replicó él, siguiéndole el tono jocoso—, pero eso no cambia nada —le dijo. Y Lizzy vio en su rostro esa sonrisa que hacía saltar a su corazón.
Esa misma noche, durante la cena, las palabras de Fitzwilliam aún flotaban entre ellos. Lizzy no quería analizarlas demasiado, no fuera que viera en ellas más de lo que realmente había. Pero tal determinación resultaba del todo infructuosa, porque toda la lógica que su mente racional era capaz de reunir concluía siempre en el mismo hecho: ella, hija de caballero rural, sin dote significativa ni fortuna alguna, había llamado su atención desde el principio. Y sin intentarlo siquiera… Es más, tratándolo con esa cortesía distante y desapegada con que había decidido tratar a quien la había ofendido la misma noche en que habían sido presentados…
Apenas iban por el primer plato cuando uno de los lacayos se acercó al señor Carson, el mayordomo, y murmuró unas palabras a su oído para entregarle después una bandejita. Cuando el muchacho salió, el señor Carson recorrió la mesa hasta llegar a Lizzy y entonces carraspeó suavemente para llamar su atención.
—Señora —le dijo, haciendo que ella dejara de comer y lo mirara. Georgiana y Fitzwilliam también hicieron lo mismo—, un correo expreso acaba de traer esta carta para usted.
—¿Para mí? —preguntó ella frunciendo el ceño, mirando con recelo la carta que se le ofrecía, sintiendo el vértigo ominoso crecerle en la boca del estómago—. Encárguese de que jinete y montura sean debidamente atendidos. —El señor Carson asintió y luego dio unos pasos atrás para transmitir sus instrucciones.
La carta era de Longbourn, claro está, constató Lizzy. Y el que hubiera sido enviada por correo expreso, por lo caro y lo desacostumbrado, solo podía significar una desgracia.
Y una desgracia ciertamente era, según comprobó Lizzy al rasgar el sello y leer su contenido. El semblante se le tornó pálido y una mano cubrió su boca para evitar un grito de desesperación.
Fitzwilliam se levantó de su silla sin miramiento alguno y recorrió a zancadas los breves pasos que lo separaban de su esposa.
—Fitzwilliam… —susurró ella, tendiéndole con mano trémula la carta. Él la tomó casi por acto reflejo pero aún miraba a Elizabeth, cuyos ojos empezaban a llenarse de lágrimas. Y no fue hasta que ella apretó suavemente su mano sobre la suya que se decidió a leer la misiva que tanto la había perturbado.
Querida hermana, sé que esta carta habrá de inquietarte, pero has de saber que esta familia se halla en peligro. Por puro azar, Kitty ha revelado la intención de Lydia de fugarse a Escocia* con el señor Wickham aprovechando su estancia en Liverpool** con los Forster.
Papá ha salido ya para Liverpool y también ha despachado otro correo urgente al coronel Forster y su esposa para impedirlo, pero, dada su salud, temo que no sea capaz de llegar a tiempo y mucho menos, de soportar el viaje en tales condiciones…
Fitzwilliam dejó de leer y guardó silencio, la mandíbula apretada en duras líneas rectas, apenas conteniendo su ira.
—¡Bastardo! —exclamó al fin, el papel arrugado en su puño.
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NOTAS:
* Gretna Green, en Escocia, era famoso en la época porque permitía el casamiento a los jóvenes menores de edad (21 años) sin el consentimiento paterno. La ley que lo impedía en Inglaterra no se aplicaba en Escocia, convirtiéndose en el destino de las jóvenes parejas ansiosas por desposarse.
** He cambiado la estancia de Lydia con los Forster de Brighton a Liverpool por pura necesidad cartográfica. Brighton está demasiado cerca de Hertfordshire para mi interés narrativo.
