Hoy era una de esas noches. Sí... una de esas noches que no se repetían tan a menudo. Los dos habían sido pacientes. Contuvieron sus ansias de estar a solas, el deseo de unir sus bocas sin el menor escrúpulo. Un impulso los influenciaba a dejarlo todo y escapar, huir de la sociedad y empezar una nueva vida juntos, sin nadie que los molestara. Era una tentación terrible. El simple hecho de soportar el estrago les revolvía los estómagos. ¿Por qué tenían que ocultarse? ¿Acaso Zootopia no era un lugar donde cualquiera podía ser lo que quisiera? Si ese era el caso, ¿por qué esmerarse tanto en esconderlo? Nick no podía evitar echarle miraditas, ojitos llenos de un desenfreno imposible de amainar. Judy, enrojecida desde las mejillas, sonreía ante sus gestos. Eso era lo único que podía hacer, sonreír. Si intentaba otra cosa parecida, delataría su relación con el vulpino. Debían ser cuidadosos. La jefatura prohibía las relaciones amorosas entre sus integrantes. Con todo y que planeaban fugarse, en el fondo sabían que eso jamás iba a ocurrir porque tendrían que hacer a un lado todo lo que habían construido juntos. Su trabajo como oficiales de policía, el sueño de Judy desde que era pequeña, el inesperado cambio de vida que Nick jamás anticipó. No les era fácil considerarlo. Pese a las dificultades, consiguieron realizar sus cometidos, no sin concebir profundos sentimientos el uno por el otro.
Nick salió de la jefatura hacia su apartamento. Rentaba uno a pocas calles, por lo cual no tardaba más de diez minutos en llegar. La vida nocturna. Savanna Central destellaba con sus rascacielos, sus vívidos colores y sus espacios anchos. El sol anunciaba el crepúsculo, el desvanecimiento de la claridad. Su corazón latía rápido. No podía esperar hasta más tarde. Era la rutina que seguían en estos casos: Nick salía primero para alistar todo y después Judy con una diferencia de tiempo de quince minutos para que nadie lo sospechara. Empujó la puerta de la recepción y saludó a Sandra, una cerdita de la tercera edad que ha pasado demasiado tiempo como recepcionista del edificio.
—Buenas noches, joven Wilde, me alegra volver a verlo.
—Igual a mí, Sandra, gracias —pasó veloz hacia el ascensor y presionó el botón.
Sandra lo miraba nervioso, impaciente. La agitación de sus pasos, el temblor en sus patas, la respiración entrecortada, sus constantes miradas al reloj de su muñeca. Todo esto sólo indicaba una cosa en particular.
—¿Espera a alguien más, Nicolás? —cuestionó interesada.
Nick hizo un ruido y la miró con desprecio, reprobando la falta de necesidad de su pregunta.
—Sabes que sí —respondió retirando la mirada, disgustado—. Ya sabes que no debes decir nada, ¿recuerdas?
—Como en las anteriores ocasiones, por supuesto —contestó antes de encender su celular y acomodarse en su silla, ignorando su presencia—. No te preocupes, no lo haré.
—Gracias.
Segundos más tarde, el elevador llegó. Nick ingresó en la cabina y presionó el botón número tres. Alcanzó a observar una picardía en el rostro de Sandra antes de que las puertas se cerraran. Esto por poco derribaba al vulpino. Recargó la espalda en el muro y se llevó la pata a su rostro. Suspiró. Se sentía culpable. Una sombra lo perseguía, un miedo aterrador, una brisa tan densa como nubes de tormenta. Sus motivos se derrumbaban cuando explicaba las justificaciones de su aventura con Judy. Seguro que Sandra pensaba lo peor de los dos en el momento que subían a su apartamento, que le parecía reprobable que estuvieran llevando a cabo un romance interespecie. Sobre gustos no hay nada escrito, eso era cierto. Nick se tranquilizaba elevando la cabeza para respirar y soltar todo prejuicio, todo fundamento que pudiera acabar con sus ideales y sus preferencias por Judy. Si alguien le preguntara por qué lo hacía, respondería que porque simplemente estaba enamorado de ella.
No tendría por qué haber otra explicación razonable como la del amor. Con eso y todo, no era suficiente para calmar los malos augurios de la sociedad, pero sí para recibir a su bella amada y demostrarle lo mucho que la quería. Dentro de su departamento, el mundo dejaba de existir, los dogmas sociales, los estigmas culturales; absolutamente todo llegaba a su fin, y gracias a eso podían adueñarse del cenit nocturno que disfrutarían juntos. Eso nadie iba a poder quitárselos.
Jamás.
Esbozó una sonrisa para aliviar el estrago. Las puertas del elevador se abrieron y Nick se encaminó rápidamente a su apartamento. Sacó la llave de su bolsillo y la insertó en la cerradura. Giró la perilla y entró. Encendió la luz. El comedor se hallaba justo a un lado de la sala. La cocineta de mármol era elegante. Había un refrigerador de acero inoxidable y una vajilla que brillaba reluciente. La iluminación era acogedora. La pantalla descansaba encima del aparador. El tapiz de los sillones era marrón. Las persianas estaban cerradas. Al fondo se miraba la habitación principal y justo a un lado la de huéspedes. Nick arrojó las llaves y sacó de la alacena una botella de vino y dos copas de cristal. La había comprado para esta ocasión especial. Costó un buen de dinero, pero valió la pena. Gracias a su sueldo como detective podía darse la oportunidad de rentar un sitio como aquel, completamente amueblado y con servicio a la habitación. Su astucia para manejar los gastos y su maña para conseguir buenos tratos lo beneficiaban para todavía conservar un ahorro y gastar en regalitos para Judy. A él no le pesaba comprarlos. Al contrario. Se placía en escoger el indicado, el mejor de todos los que había pensado. Por eso trataba de hacerlo con semanas de anticipación y así tener tiempo necesario para tomar una decisión.
Judy lo traía como loco.
Loco de amor.
Se quitó el cinturón y lo puso en la encimera, el único lugar que estaba a su alcance. Aflojó la corbata y la aventó. Abrió un poco su camisa y se arregló las orejas. La impaciencia lo acogía, lo volvía vulnerable. Miró el reloj otra vez. Ya habían sucedido casi veinte minutos. Judy estaba retrasada. Imaginó que se entretuvo hablando con el jefe Bogo sobre el caso que resolvieron hace un par de días, quizá se había estado despidiendo de todos en la jefatura, cosa que ella hacía muy a menudo; o quizá solamente le estaba tomando más de lo normal llegar al edificio. No quiso preocuparse. Todo estaría bien. Tomarían un poco de vino y conversarían sobre los dos. Usualmente improvisaban. De hecho, Nick creía que eso era lo bonito de las relaciones, que uno nunca sabe lo que va a suceder. Por eso prefería que todo fuera tomando forma conforme al tiempo. No había prisa. Tenían la noche entera para hacer lo que les viniera en gana.
La emoción agitaba sus miembros, el reflejo de sus ojos, lo erizado de su pelaje.
Pronto llegaría, cerraría la puerta detrás suya y se arrojaría a sus brazos para besarlo. Así lo imaginaba. Estaba nervioso. Después de haberlo hecho tantas veces todavía se ponía nervioso con ella. El amor derrumba barreras como el egoísmo, la arrogancia y la altanería; vuelve puro lo impuro, arregla lo que alguna vez estuvo roto, ayuda a enmendar los errores y corregir actitudes. Judy fue la que confió en él desde el principio, la que no se dejó influenciar por los prejuicios. Ahora Nick presumía ser otra persona distinta. Ya no le dolía recordar su pasado. Habían estado resolviendo casos por tanto tiempo que se enorgullecía de ser quien era ahora.
Y estaba vivo para decirlo.
Tomó la botella y las dos copas y se sentó en la sala. Las puso en la mesita de centro de cristal y esperó. Su sonrisa confiada hablaba mucho de lo que estaba pensando. La lámpara de al lado iluminaba parcialmente su mirada. Tabaleaba en el descansabrazo, advertía su reflejo en el televisor, el fluido eléctrico zumbando, el silencio adueñándose de la comodidad. Faltaba poco. Quizá estaba subiendo los escalones, o a lo mejor prefirió usar el elevador. Sea como sea, ya presentía su llegada.
...toc toc toc
Casi pegaba un brinco. Sus ojos crecieron como platos. El titubeo en su paladar no le permitió ni siquiera gritar que ya atendía. Se puso de pie. Sacudió su ropa. Ajustó su camisa. Arregló su peinado. Sacó el aire de su pecho.
«Bueno, tranquilo, tú puedes». Dijo para sí mismo en lo que llegaba hasta la puerta.
Al abrir la puerta la miró. Parecían años de no haberla visto. Las orejas reposando detrás de su cabeza, el avivado color violeta de sus ojos, esa naricita rosada, esa sonrisa que lo enloquecía tanto. La examinaba de pies a cabeza. Todo en ella era maravilloso. Estaba que no podía creerlo. ¿Cómo pasaron de ser amigos a ser amantes? ¿Acaso fue un accidente? ¿Sería que siempre habían estado enamorados desde que se conocieron? Lo que había comenzado como una relación de buenos amigos ahora era un proyecto secreto, un plan a futuro. Las circunstancias eran atenuantes para los dos, y por eso tenían que ser cuidadosos. Aprendieron a conocerse, a sobrellevarse, primero con salidas casuales al parque, paseítos por las calles de la ciudad, cenas austeras en restaurantes. A raíz de esto, el zorro se confundió. Su lazo de amistad se había estado convirtiendo en uno más poderoso, y vino a darse cuenta de ello cuando empezó a reconocer en Judy su belleza de mujer, aquello que la hacía ser lo que ella era, aquello que tanto la caracterizaba, su aroma, su pelaje, el color de sus pupilas, su sonrisa animada y su inigualable voz; pero no sólo eso, sino también la forma de su cuerpo, el vaivén de sus caderas al caminar, el entalle de su cintura dentro del uniforme, la pronunciación elevada de su busto.
Su cola esponjada.
Ese rabo de algodón que vibraba en raras ocasiones y que lo hacía alucinar.
Sus escritorios estaban contiguos, lo cual beneficiaba a Nick especialmente, quien en medio de sus reportes la miraba trabajar, la miraba concentrada en resolver pistas y acertijos. Esa expresión de seriedad que reemplazaba su ternura, su risueño modo de ver el mundo, le parecía sensual. Los ojos de Nick brillaban al contemplarla, su corazón se envolvía en un frenesí que no podía manejar y sus respiraciones se entrecortaban ante la preocupación, la incertidumbre. Judy lo había atrapado observándola una que otra vez, pero Nick disimulaba rápidamente para destruir toda posible sospecha. En las noches, cuando las labores terminaban y sólo existían las sábanas y el frío, el vulpino no conciliaba el sueño. La duda sobre su posible flechazo hacia Judy lo molestaba. No estaba seguro de si en verdad estaba enamorado de ella o si sólo eran ideas equivocadas, jugadas sucias de su corazón en riña con sus pensamientos. Levantándose de la cama para mirar las estrellas o para meditar a la luz de la lámpara, el zorro estaba aterrado. Temía lo peor. Lo asustaba que su relación con Judy acabara por causa del desorden de su cabeza. Estaba estancado, atrapado en un loop, situado en una confusión que no podía comprender.
Esto no era ninguna sorpresa.
No podía dejarlo así.
Debía enfrentarlo.
Al cabo de varios meses de haberlo escrutado, Nick estaba listo para dar el siguiente paso. Había planeado invitarla a cenar a su departamento. Comerían ligero y se sentarían en el sofá para mirar alguna película. Aquel día salieron tarde de trabajar, casi a las diez de la noche. Se entretuvieron redactando los informes de la persecución contra el abogado de Fidel Garza, un puma de pelaje canela acusado de tráfico de narcóticos en Sahara Square. Aquel abogado, un koala cuyo nombre era Travis Verone, era una pieza fundamental para atrapar a Fidel, ya que no se había podido comprobar nada que pudiera ameritar su detención, situación que le permitía deambular por los barrios de Zootopia sin temor a ser arrestado. La persecución causó daños considerables, pero el jefe Bogo dijo que se haría cargo de todo y que hablaría con Leonzález, y para eso requería los reportes en su escritorio en la mañana temprano. Luego de una larga espera, Judy los imprimió, los anexó a una carpeta y los puso encima del escritorio del búfalo.
—Bien, pelusa, por fin acabamos —le dijo Nick después de cerrar la puerta—, ¿qué harás más tarde?
—¡Ay, Nick, estoy muerta! —exclamó agotada— Creo que me iré a casa, mañana temprano tenemos que interrogar al koala ese. Son casi las diez de la noche.
—Vamos, que todavía estamos a tiempo de ir a comer algo —caminaban por el pasillo—. Esta vez yo invito, tú lo hiciste la última vez. Celebremos que ya casi estamos cerca de atrapar a ese maldito de Fidel.
—En serio te lo agradezco, pero creo que desistiré.
—Oh, no, no, tú no irás a ningún lado —la abrazó desde los hombros para acelerar el paso—, iremos a cenar y después podrás hacer lo que tú quieras.
—Qué terquedad la tuya, eh —dijo sugestionada, cediendo ante sus insistencias.
—Coneja astuta y perspicaz, ya me estás entendiendo mejor.
—Ya cállate.
Minutos más tarde, estando afuera de la jefatura, Judy sacó su teléfono para pedir un Uber, pero Nick le dijo que no era necesario.
—¿Iremos caminando? No hay ningún restaurante cerca de aquí—cuestionaba la coneja.
—Y, ¿quién dijo que iremos a un restaurante? —la miró con arrogancia— Déjamelo a mí, yo me encargo.
Le devolvió el teléfono y Judy, no comprendiendo las intenciones del vulpino, lo guardó en su pantalón.
—¿Qué planeas, torpe? ¿Acaso no vamos a cenar?
—Claro que lo haremos, pero en mi departamento, ahora camina —Nick avanzaba por la acera.
—¿Cocinas? Eso sí que no lo sabía —lo alcanzó.
—¿Cocinar, yo? No seas tonta, pediremos algo y veremos una película, ¿te gustan las de suspenso? A mí me encantan.
—No son de mis favoritas, pero está bien.
—Miré una hace un par de días en Netflix. Te gustará.
—Está bien.
Había cruzado la primera barrera, convencerla de ir a su departamento. Aún recordaba la sonrisa en su rostro, esas orejas alzadas y su colita esponjosa. La ciudad fulguraba con sus luces de estela y sus colores vivos. Downtown tenía dos facetas que la hacían lucir de maravilla, cuando el sol la alumbraba en su cenit, y cuando la luna la acompañaba en su espectáculo luminoso. Cualquier animal en los alrededores podía visualizarla, era como un punto de encuentro con sus grandes estructuras, una selva de concreto, una jungla de asfalto. Al deambular por la acera, los residentes los saludaban. Eran famosos por haber traído nuevamente la paz a Zootopia. El caso de los Aulladores había quedado atrás y eso originó que las puertas del progreso y la tolerancia volvieran a ser abiertas. Judy se sintió terrible cuando sus declaraciones en aquella rueda de prensa levantaron el revuelo entre las presas y los depredadores. Comprendió que tenía que enmendarlo, y para eso necesitaba a Nick, su compinche, su compañero de caso. Leodoro Leonzález le otorgó un reconocimiento por su trabajo, razón suficiente para que pudiera disculparse frente a las cámaras, ganándose así el respeto no sólo del cuerpo policiaco, sino de toda la ciudadanía, que tenían la esperanza de que las cosas saldrían bien. Era evidente que, a pesar de que la ciudad era considerada como un lugar donde todos pueden ser lo que desearan, una utopía donde el conflicto y la disputa entre los animales no tendría por qué tener cuerpo, todavía había quienes desconfiaban de los depredadores, aun sabiendo que la población de presas era nueve veces más grande que la de éstos últimos.
Se adentraron en una plaza. Miraron algunos cachorros jugando a la pelota con sus amigos. El parque de juegos estaba repleto de niños, había puestos de helado, árboles frondosos y pastos verdes, densos arbustos y espacios abiertos. Judy estaba contenta. La inocencia asomándose desde sus ojos, el foco de esperanza en su rostro adornándola de pies a cabeza. Un tigrillo y un venado corrían en su dirección. La coneja rió al acariciarlos. Antes de que siguieran su camino, Nick hizo una ligera sonrisa. Era incapaz de comprender la nobleza de su compañera, y era precisamente eso lo que lo emocionaba.
—Adoras a los pequeños, ¿verdad, pelusa? —le preguntó el vulpino.
—¿Lo preguntas porque salude a unos cachorros?
—Por cómo te brillan los ojos cuando lo haces, por eso.
—Me dan ternura, torpe, a todos les dan ternura. Tengo muchos hermanos.
—No como a ti, eso lo tengo claro —alzó las cejas un par de veces con un gesto burlón.
—Pues sólo para que lo sepas y dejes tus insinuaciones, sí, sí quiero tener hijos.
—No es una sorpresa para mí, te he observado, y me parece tierno que quieras tener una familia.
—Es otro de mis objetivos, claro que sí —decía—. No sé si pueda lidiar con tantos pequeños. Ni siquiera tengo idea de cómo hicieron mis padres para criarnos a todos en la comarca…
—Yo no me preocuparía por eso —contestó el vulpino—. Es natural que ustedes los conejos tengan muchas crías, supongo que también está en su naturaleza averiguar fácilmente cómo lidiar con ello.
Judy retiró el semblante considerando su análisis.
—Creo que tienes razón.
—Claro que la tengo, pelusa. Soy más listo que tú.
—Claaaro, lo que tú digas —rodó los ojos, exasperada.
—¡Hey, no me culpes! —sonreía— Está en mi naturaleza…
—Mejor cállate, ¿está bien?
El zorro soltó una risa. Le encantaba molestarla. En ocasiones cuando trabajaban en la oficina, se hacían bromas entre los dos. Básicamente Nick era el inquieto porque Judy se encargaba de redactar y de organizar todo el papeleo para Registros. El vulpino recargaba los pies encima del escritorio y se recostaba con las patas detrás de su cabeza, arrojándole avioncitos o bolitas de papel, apurándola para ir a almorzar. Judy entendía a su compañero mejor que nadie, por eso el jefe Bogo los puso en el mismo equipo porque cuando había que resolver un caso eran imparables. El búfalo no desaprovecharía sus habilidades deductivas ni un segundo. Jamás imaginaron que el incidente de los Aulladores sería un caso tan complejo y diabólico, mucho menos que Bellwether fuera la mente maestra detrás de todo. Estaba seguro de que serían capaces de hacer grandes hazañas en la jefatura de policía y que tal vez en unos años más se convertirían en detectives. Se había equivocado respecto a Judy. Había aprendido una valiosa lección. No iba a cometer el mismo error otra vez.
Al oír a Judy decir que planeaba tener una familia, los ánimos de Nick se desplomaron. Incluso pensó que no sería una buena idea confesar su enamoramiento. No estaba enterado de un romance con algún conejo en Bunnyborrows o en Zootopia, así que descartó que su anhelo fuera por esa causa. Nadie estaba exento de imaginar una familia, incluso Nick lo había hecho en ocasiones anteriores, lo cual causaba que sonriera con ingenuidad, como si fuera imposible. Enfocarse en las estafas y en conseguir plata lo distraía lo suficiente para no considerar esas tonterías. Sí, tonterías en aquellos años. Ahora era distinto. A sus treintas Nick advirtió su soledad, que no tenía a nadie con quien compartir el resto de su vida, y justo cuando nacían esos impulsos se volvió el mejor amigo de Judy, su compañera policía, tan hermosa y sensual. Quería asegurarse de no estar trastocando sus estímulos por encontrar pareja con su afecto por Judy, que eran cosas muy distintas. Nick entendía que las parejas interraciales eran socialmente aceptadas; sin embargo, tenía inquietudes al respecto. Vamos, ¿un conejo y un zorro? ¡Eso era impensable! Eran especies indudablemente distintas. Aunque intentaran mantenerlo en secreto, no pasaría mucho tiempo para que los demás animales se enteraran de su amorío. El aroma de Nick quedaría en Judy, sus feromonas se impregnarían en ella como una señal, hincadas en su pelaje como la peste. Le preocupaba que pudieran alertar su relación. ¿Qué pensarían Bogo y los demás policías de la jefatura? ¿Qué reprensión le haría su madre al saber que su hijo salía con una coneja? ¿Qué represalias tendrían los padres de Judy al enterarse que su querida hija intimaba con un vulpino, uno de los principales depredadores de los conejos? ¡Dulces moras! Acababa de recordar que Stu guardaba una escopeta de doble cañón en el establo. ¡Ay, Madre Naturaleza!, temía que la fuera a usar contra él. Con todo y que conocían a Nick desde hace más de dos años, todavía tenían dudas sobre su comportamiento. Había ido a Las Madrigueras. El escándalo fue terrible cuando todos en la comarca miraron a Nick, pero se calmaron en el momento que Judy les avisó que era un buen amigo suyo. Aquella tarde Bonnie compró un apetitoso pastel de zanahoria con moras azules. Judy le había dicho que le encantaban, por lo que Nick se emocionó cuando lo sacó del refrigerador. Sabía tan bien que preguntó dónde lo podía conseguir. Fue entonces que Judy le habló sobre Gideon Grey, el ahora mejor pastelero de La Comarca. Al entrar en su negocio se conocieron. Pensó que era otro conejo como Stu o Bonnie, pero fue grande su sorpresa cuando miró que era un zorro igualito a él. Al estar hablando, Gideon le dijo que Judy y él tuvieron ligeros roces en el pasado, y que cuando ella regresó a casa por el incidente de los Aulladores hicieron las paces. Agregó que, desde ese día, su relación había ido creciendo. Antes de regresar a Zootopia, Gideon le regaló a Nick media tarta blanca con salsa de moras, también le dijo que abriría un local en Downtown dentro de unos meses, por si estaba interesado en visitarlo algún día. Era tanta la nobleza de Gideon que aquel día Nick se sintió miserable. Se arrepintió por haberse comportado como un patán durante tantos años, de haber engañado a tantos animales con sus estafas. Si Gideon, que era un zorro, pudo darse cuenta de su comportamiento erróneo, de que su vida era un completo desastre, ¿por qué Nick tendría que estar librado de ello? Estando debajo del marco, justo antes de cerrar la puerta, Gideon detuvo a Nick.
—Todos podemos cambiar —respondió con una sonrisa—, nunca es tarde para comenzar de nuevo.
Nick asintió y le esbozó una sonrisa.
—Creo que ambos entendemos eso, Gideon.
—Somos zorros —encogió los hombros—. Es natural que al principio nos teman.
—No lo pudiste haber dicho de otra forma —se dieron la pata—. Hasta luego.
—Vayan con cuidado.
Aquella tarde, durante todo el trayecto de regreso a Downtown y la noche antes de acostarse, Nick pensó en lo que habría sido de él si no hubiera conocido a Judy. Le daba miedo imaginarlo, pero quizá estaría muerto en algún callejón. Gideon era ahora uno de los mejores pasteleros de Las Madrigueras, lo comprobó al comer sus pasteles. ¿Qué habría sido de él si no se hubiera dedicado a la repostería? No le era grato pensar en lo incierto, pero comprendía que en ocasiones era necesario para evitar la vanagloria, la soberbia, dos actitudes que los habrían hundido. Gideon se casó. Tenía una esposa maravillosa y dos hermosos niños. Nick pudo conocerlos en la pastelería. Corrían de un lado a otro, gritaban y reían sin parar. Su madre intentaba tranquilizarlos. Judy estaba encantada con ellos y Nick no hacía otra cosa más que sonreír. Pronto advirtió que la idea de quedarse solo quizá no era la mejor. Llegó a tener envidia de Gideon por un instante. Ante esto, negó con la cabeza y cambió el tema de conversación. Repantillado entre las sábanas de su departamento, Nick trajo a memoria la innegable emoción de Judy al mirar a los cachorros, ese amor fraternal fulgurando de sus ojos, ese cariño abrasador al momento de cargarlos en sus brazos, ese contentamiento al estar jugando con ellos en el campo. Había sol y un paisaje de cerros verdes y vívidos, pinos altos y tupidos. Sintió un estrujamiento en el corazón, una ternura difícil de asimilar al observar su mirada violada, sus enormes ojos apreciando con amor a los hijos de Gideon. Infirió que Judy sería una madre ejemplar, una madre que amaría a sus pequeños y que se entregaría por completo a su cuidado. Estaba seguro de que hallaría un buen esposo y que formarían una familia maravillosa como Stu y Bonnie. Le daba gusto verla feliz. Haría lo que fuera por evitar que decayera.
Había pasado mucho tiempo desde que se conocieron en aquella heladería, en donde Judy lo vio tratando de estafar al elefante encargado del negocio. Nick nunca iba a olvidar aquel momento. Siempre estaba junto a Judy, no se separaba de ella en lo absoluto. Cuando se despedían después del trabajo, le enviaba un mensaje de texto que de inmediato Judy respondía con entusiasmo. En la noche, con su ropa de dormir puesta, hablaban horas sin parar. Durante una persecución peligrosa de unos ladrones en Sabanna Central, la patrulla volcó. En un acto de valentía, Nick retiró su cinturón y se echó encima de Judy para protegerla. Ese día pudieron morir, pero Nick prefirió dar su vida para salvarla. Después de haberse enderezado el vehículo, sus miradas se encontraron, se unieron en una bella sinfonía. No podía creerlo: Nick estaba dispuesto a perder la vida con tal de que saliera ilesa. El sonido de sus garras desprendiéndose de su asiento la alertaron. Estaba decidido a no permitir que ni siquiera una esquirla de vidrio le cayera en el cuerpo.
Nick fue demasiado lejos.
¿Por qué Nick se comportó de esa manera con ella?, ¿qué lo impulsó a actuar de ese modo tan protector? Judy entonces recordó que el zorro la agradeció por haberlo rescatado del fango cenagoso, de esa vida vil y sin sentido que lo llevaba a ningún lado, por haberlo ayudado a levantar la mirada y tomar un nuevo camino. Nick le dijo que era un estafador y un embustero, que nadie confiaba en él por el simple hecho de ser lo que ha sido desde que llegó al mundo: un zorro. Continuó diciendo que con ella había sido diferente, que con ella se sentía alguien importante, relevante por primera vez en su vida, finalizando con una declaración que provenía de lo más profundo de su corazón que señalaba a Judy como la única que hizo a un lado todos los estereotipos:
—Tú fuiste la única que confió en mí, Zanahorias…
Sólo con Judy se desahogaba de sus penas y dolores, esperando su dulce consuelo.
Al llegar al edificio, saludaron a Sandra, la cerdita de tercera edad que trabajaba como recepcionista. Se alegró de mirar nuevamente a Nick, pero se sorprendió al ver a su acompañante, la tierna y dulce conejita que analizaba el interior del lobby.
—Buenas noches, Sandrita —la saludó el zorro—, ¿qué tal tu noche?
—Igual que siempre, Nick, atender llamadas, responder por los huéspedes, lo normal —explicaba con cansancio en lo que acomodaba sus lentes.
—Tómate unas vacaciones, tal vez luego podamos ir a cenar alguna vez, ¿no te gustaría? —le propuso con un gesto pícaro.
—Ja, ja, ¡ay Nick, ya basta! —exclamó entre risas.
—Sólo digo que aproveches que estoy soltero, por ahora.
—Me encantaría, pero prefiero aquí, estoy muy tranquila, muchas gracias.
—Cómo digas.
Dirigió su atención hacia la coneja que sonreía por las bromas de su compañero.
—No le haga caso, que él siempre es así con todas —le dijo Judy con ironía.
—No tienes que decírmelo, linda. Qué bonita eres, ¿qué te trae por aquí?
—Oficial Judy Hopps, soy la compañera de este inepto —señaló con el pulgar al vulpino.
—Oye, pelusa, ¿así me tratas frente a Sandra, mi informante?
—Te trato como debo, torpe.
—Bien hecho, primor, tal vez así aprenda, ja, ja —carcajeó la anciana.
—Eso intento, pero es difícil.
—¿Vienen juntos a su departamento?
—Sí, preparará la cena y después veremos películas de suspenso, o eso me dijo. Le cuesta trabajo pagar comida en un puesto ambulante —decía Judy con las patas cruzadas.
Nick rodó los ojos ante sus comentarios.
—¡Ay, mujeres! ¡Quién las entiende! —llegó hasta el elevador— Andando Zanahorias, que se hace tarde.
—Tenga linda noche, señorita —le dijo a la cerdita en lo que alcanzaba a su compañero.
—Disfruten su película —les gritó antes de que las puertas se cerraran.
Justo en el momento en el que la cabina comenzó a elevarse, la cabeza de Nick se abrumó en un miedo sofocante. Quería gritar con todas sus fuerzas lo que estaba sucediendo. Su cuerpo se caía a pedazos, sus huesos tiritaban, sus músculos se contraían abruptos, sus piernas desfallecían, su rostro se congelaba en horror. Una gota de sudor se deslizó sobre su sien. Los ojos le temblaban. Tragaba saliva. Quería mantener el control, pero era demasiado difícil. Judy jugaba con sus orejas, sacudía la nariz, revisaba su celular. La incertidumbre de lo que podría suceder. ¿Qué pasaría una vez se lo dijera? ¿Qué? ¡Por las moras, que Nick estaba en un terrible dilema! No quería perderla, no quería echarlo a perder…
Salieron del elevador y avanzaron por el largo corredor hasta su puerta, la del fondo. Sacó las llaves de su bolsillo y retiró el seguro.
—Al fin, muero de hambre —dijo cuando Nick empujó la puerta y ella ingresó—, ¿qué cenaremos?
En realidad, nada. Sólo fue un pretexto para hacerla venir. No creyó que llegaría tan lejos.
—Ordenaremos algo, ya te lo dije —cerró la puerta con seguro.
Allí estaba Nick, sosteniendo la puerta.
—Hola, mi amor.
—Hola —dijo Judy con deseo, mordiéndose el labio inferior—, espero no haber tardado demasiado…
El vulpino le echó una mirada coqueta, rebosando de lo ansioso.
—E-en lo absoluto, eeh, preparé vino por si-
Pero Judy lo interrumpió abalanzándose sobre su cuello, besándolo como si no lo hubiera hecho en años.
