El jardín del nunca más
La jardinería fue un pasatiempo tan tranquilizante para Hinata. Su creciente gusto por las espadas no impidió el contemplar los hermosos paisajes que otros creaban y ella espera replicar la mitad de bueno que esos genios agrarios lograron alcanzar. Más que los cultivos de productos que contenían una magnificencia en su ejecución, a Hinata le apasionó el uso tan creativo de las flores.
Hinata fue a la floristería Yamanaka. Como ocasión especial, Ino no estuvo atendiendo a la clientela como lo hacía con regularidad, siendo que su tasa de entrenamiento disminuyó por Shikamaru siendo el único alumno que participaba en las rondas finales de los exámenes Chunin. Hinata pudo imaginar a Kurenai-Sensei jactarse con Asuma de tener dos de sus tres alumnos en las final; a ella no le disgustó el pensamiento.
— Hinata, ¿Ya se te acabaron la ración de Narcisos? No deberían marchitarse aún — Habló la mujer del mostrador, una señora de mediana edad de pelo castaño y gran porte en su vestir que recordaba a los vestidos de los nobles que Hinata leía de niña.
— No, necesito otro conjunto — Negó Hinata.
— Ya veo, ¿tienes la lista? — Sin decir una palabra, Hinata pasó la lista a la señora. Un ceño fruncido se dibujó en la frente de la mujer al leerla.
— ¿Estás segura de esta selección?, ¿Semillas de amapolas?, ¿Lycoris?, eso es…
— Lo sé, pero es lo que deseo señora Yamanaka — Cortó Hinata, una autoridad escondida en su dulce voz que dejó a la mujer sin réplica alguna.
En silencio, la señora Yamanaka buscó las flores de la lista de Hinata mientras ella esperaba con paciencia parada en la entrada de la floristería, los ojos de la niña fijos en los movimientos de la mujer, desde su andar, hasta la rigidez de sus hombros, algo divertida de la incomodidad de la mujer… no, tal vez entretenida era la palabra correcta.
— Muchas gracias — Con formalidad, Hinata pagó su pedido y tomó rumbo a su jardín; se moría de ganas de decorarlo con su nueva adquisición, después de todo, Hinata le dio un mimo especial a su jardín favorito a pesar de que se marchitara más rápido que cualquier jardín que ella hiciera.
Tras salir de la floristería, Hinata tomó la ruta comercial de Konoha para llegar a su destino. Las diferentes tiendas eran un atractivo innegable de la aldea, siendo los mismos Shinobis y civiles quienes disponían de una variedad de productos y objetos útiles en su vida diaria. Desde tiendas de comidas, hasta comerciales, pasando a las de armamento y las pequeñas bibliotecas que resguardaban conocimiento que no se podría encontrar en la biblioteca de la aldea.
Hinata no se consideraba una adicta a la compra y al mercado, pero le era imposible evitar la variedad de elementos que le llamaron la atención. No se desvió mucho de su camino, pero la Hyuga notó que se quedó más tiempo del permitido pasando de mostrador en mostrador; no es que fuera importante, sencillamente fue un problema de enfoque, varios de los que ha estado teniendo en los últimos días.
Sacudiéndose mentalmente, Hinata continuó su rumbo hasta su destino, alejando la tentación de las tiendas de la aldea. Era imposible no contenerse para ella, los Kunais en grandes promociones, vestidos que le quedarían genial a su hermana, los pescados despellejados para ser vendidos…
Pescados.
Como si fuera un interruptor, la curiosidad de Hinata se disipó por completo, dejando que las incontables voces de mercaderes se volvieran sordas. Se quedó atrapada por unos cuantos segundos el cómo retiraban las escamas, los limpiaban y les ponían precio en su mercado, las personas interesadas en un producto fresco, el purificar el lugar para que el olor no se extendiera más allá de su puesto.
No era el proceso lo que le incomodaba a Hinata, fue su mente que hizo una conexión obvia. Una pequeña historia que le fue contada hace bastante tiempo.
En el basto mar, donde las tierras y las naciones no se veían a la vista vivían diferente clases de animales; desde las bestias más intimidantes, hasta los plancton más insignificantes. Entre todas las especies se encontraban los peces, comunes y corrientes. Sin aspiraciones, sin objetivos claros en la vida, nadando plácidamente en las profundidades de los mares esperando a ser devoradas.
Sin embargo, uno de esos peces, el más pequeño pero el más curioso de todos decidió tomar otro rumbo que sus congéneres. Un día, el pequeño pez conoció una manada de tortugas. El pez, en su infinita angustia, se sumergió hasta la morada de las tortugas.
- Señor tortuga, ¿qué hacen las tortugas?
La tortuga, sorprendida y confundida por la repentina aparición del pequeño pescado, no supo que responder. El pez, con impaciencia, pasó a las demás tortugas solo para llevarse la misma reacción. Fue con la gran tortuga, la más imponente y la más sabia de todas, quien resolvió sus interrogantes.
- Las tortugas no se diferencian de los peces, también nadamos, también somos cazados.
- Pero he escuchado que las tortugas pueden nadar a las tierras del sol, ¿no es así?
La tortuga, comprendiendo los sentimientos del pequeño pez, preguntó con toda la seriedad que se pudo hallar en los siete mares.
- Y tú, pequeño pez, ¿estás dispuesto a dejar de ser pez para ser tortuga? Porque quien conozca los secretos de la tierra del sol solo puede ser llamado tortuga.
El pez, sin vacilar, asintió.
- Muy bien, como buena tortuga que soy te acompañaré a las tierras del sol.
Desde ese momento el pez no volvió a su manada, la manada que recorría con tranquilidad las aguas de los mares. El tomó el camino de las tortugas, sometiéndose a las poderosas corrientes que azotaban los duros caparazones de sus compañeros. Con coraje, el pez aguantó, dispuesto a alcanzar lo desconocido de las tierras del sol.
Sus frutos fueron recompensados, la entrada a la tierra del sol estaba en un aleteo. Sin embargo, la sabia tortuga lo detuvo.
- He aquí las tierras del sol. En el momento en que cruces el umbral dejarás todo lo que conoces para adentrarte en sus misterios, ¿sigues firme de continuar?
- Las fuertes mareas y mi infranqueable convicción solo fueron pruebas menores de lo que significa estas tierras. Oh, imponente tortuga, muéstrame los secretos de la tierra del sol pues aquí yace todo lo que soy.
Sin más cuestionamientos, la manada de tortugas avanzó a la superficie, adentrándose en los hermosos pasajes que brindaba las costas de los mares. Cuando el tiempo de regresar a los mares llegó las tortugas volvieron al agua, de nuevo a tomar las fuertes corrientes con solo un ligero detalle; el pez se quedó en la tierra del sol.
Hinata no recordó si fue su padre, algún criado de la rama secundaria, la academia, ni siquiera un libro de cuentos que recordó ese cuento infantil. En realidad, no sabía porque lo recordaba en estos momentos… tal vez fue por ella. Pese a ello, el cuento giró sobre la cabeza de Hinata por un largo rato mientras caminaba, sus extremidades moviéndose de forma automática hasta su destino.
Al llegar, ella caminó por un largo sendero, todos decorados de forma curiosa. Algunas zonas repletas de flores vivas y alegres, otras malas hierbas acumuladas por el descuido de su jardinero, otras flores que tambaleaban entre lo marchito y lo vivo y otras que sencillamente no poseían flor alguna, un espacio en blanco esperando ser rellenado, pero ninguno de esos era el jardín favorito de Hinata.
Los pensamientos pausaron, el enfoque se volvió absoluto al decorado de flores blancas rodeando el centro principal del jardín de Hinata; una piedra conmemorativa en memoria de una persona; Hikari Hyuga. Con cautela, Hinata organizó las herramientas de jardinería para manipular la tierra con sumo cuidado. El toque y la suavidad de cada extracción de tierra, cada flor enterrada, cada semilla sembrada asemejaba la obra de un artista en los finos toques de una obra maestra, expectante ante el mínimo error que se pueda cometer para responder en reacción.
- He estado distraída estos últimos días, lo siento por no visitarte – Hinata empezó a hablar, su única respuesta fue el sonido de las tijeras podando las flores secas -, he tenido algunos… percances últimamente. El entrenamiento ha sido brutal, ¡Oh!, no te he contado; estoy en las etapas finales de los exámenes Chunin. Debes estar sorprendida, yo tampoco pensé que llegaría tan lejos, aunque… no fue de la forma que más me hubiese gustado, sabes.
Hinata volvió su enfoque en su labor, viendo los últimos toques de su obra siendo finiquitados.
- Padre me ha estado ayudando con mi Taijutsu. He pensado hablar con él sobre eso, no me siento cómoda con el puño suave, tal vez él pueda ayudarme a modificarlo, me contaste que aprendiste a usar una variante del estilo, puede que yo haga lo mismo, a-así no lograré… decepcionarlo.
La emoción en la voz de Hinata se apagó, el estado de ánimo positivo que fue recopilando durante el día fue evaporado cuando un cúmulo de inseguridades azotaron su mente.
Si bien su entrenamiento con el puño suave no fue del todo malo, para los estándares de su padre fue algo deficiente. No importaba la constancia y energía que presentaba en los últimos días, las posturas de Hinata seguían siendo deficientes; Todo lo contrario al Kenjutsu. La habilidad con la espada fue natural en ella. De vez en cuando entrenaba con Yugao en la tienda de armas y elogiaba la toma de conocimiento como si fuera una esponja, pero había un factor; ella era un Hyuga. El uso de la espada en el clan, aunque no deshonroso, sí era muy mal visto, viéndolo una deficiente elección de arsenal en comparación al refinamiento del puño suave que lograba ser más mortal que una espada. Además, los rumores del poder oscuro que utilizó para derrotar a Neji aun pesaban sobre la heredera pese a ignorar la mayor parte de los comentarios.
Para complementar, el estado anímico de su hermana, de su padre, de la propia Yugao, el ambiente no fue reconfortante, mínimamente agradable. En todo momento había una ligera bruma de tensión que, ya sea con enfoque en Hinata o no, la chica podía sentirlo sobre su piel como si fuera dirigida a ella en todo momento. No fue agradable, para nada lo fue.
Sin darse cuenta, Hinata empezó a embarrarse las manos, jugando con la tierra alrededor sin dañar los decorados de la tumba. Consciente de su acción, ella dejó de hacerlo para dejar su sentado formal para optar por un abrazo sobre sus piernas, ocultando su barbilla sobre ellas en una ligera incomodidad que ella no sabia cómo sobrellevar. Intentó mantenerse estable con todos los acontecimientos de los últimos días, Hinata en verdad lo intentó, pero se hacía más difícil. La realidad golpeaba fuerte y bastantes emociones reprimidas fueron saliendo poco a poco a la luz. En cada estocada, en cada swing, en cada golpe, pedazos de su profunda melancolía, de su tristeza, de su furia, todo almacenado en sentimientos que ella nunca pensó poseer, nunca pensó en llevar; la más horrible de todas: la indiferencia.
- Esa no es la postura de una princesa – Hinata no se volteó hacia la voz, sabía perfectamente quién estaba detrás de ella -, y decepción no es la palabra que describe mi vista sobre ti. Llámalo… intriga.
Hiashi se sentó al lado de su hija, Hinata no abandonó su posición, su mirada enfocada en la tumba; ninguno expresó algún indicio de empezar la conversación, no fue necesario, el silencio fue el mejor lenguaje en ese momento. Miradas indiscretas, lectura de lenguaje corporal, sudoración, micro expresiones, todo el entrenamiento de política de Hinata se tuvo que llevar a cabo para leer a su padre. Sorprendentemente, Hinata logró captar pistas de pensamientos y emociones de su padre, pero dedujo con avidez que fueron intencionados sabiendo que su padre no era alguien que se dejara flanquear con tanta facilidad, no había sido el jefe del clan por más de una década por ser malo en la política; sin embargo, Hinata deseó que la tristeza, la nostalgia y el orgullo que destellaban en la brevedad de su expresión fuera verdadero.
- Tu madre nunca fue una maestra del puño suave, ella lo sabía. Por mucho tiempo buscó alternativas para compensar su debilidad. Probó con jutsus elementales, pero su Chakra no era suficiente para mantener Ninjutsu constante. Probó Genjutsu, le fue mejor, el control de Chakra característico del clan se heredó a ella, pero tampoco fue la mejor. Por un tiempo practicó con el Fuinjutsu, pero se quedó estancada por falta de información en el arte, además que no era tan creativa como ella creía.
Hinata se encogió un poco en su posición, ¿por pena? No, aguantaba las ganas de gritarle a su padre en protesta de su desprecio a su madre. Sin embargo, Hiashi continuó hablando.
- Pero ella poseía otros talentos. Su toque con las flores era divino, juré por mucho tiempo que nació con el don de revivir a las flores. Ella me enseñó mucho de etiqueta y modales en mis primeros días como jefe del clan; fue un conocimiento vital.
Hinata permaneció callada, aún en conflicto con las emociones que su padre desembocaba.
- No estoy decepcionado con tu desarrollo en el Kenjutsu. Eres talentosa, casi podría llamarte prodigio con la espada, pero lo veo prematuro. No obstante, tu debilidad emocional no permite que explores opciones más allá de lo que dictó yo, las personas o el ambiente, te falta criterio, algo que nunca le faltó a tu madre para la toma de decisiones.
- ¿Eso me vuelve débil? – Hinata lo cortó, aun sin mirarlo. La intensa mirada que Hiashi le estaba dando a su hija se suavizó, no se había dado cuenta del ceño hasta que lo notó en su propio rostro.
- No débil, limitado – Hiashi tomó los hombros de Hinata, ella entendió el mensaje de su toque y posó sus ojos sobre él -. Habrá personas que juzgarán tus talentos, virtudes y creencias, y entre esa gente puede que caiga yo o tu hermana. Lo que estoy dejando en claro es que mantengas con orgullo tus convicciones, ser un Hyuga no es solo poseer el Byakugan y entender nuestras costumbres, también poseer nuestro carácter… pero eso ya lo estás entendiendo.
Con eso Hiashi se levantó, caminando con dirección a la salida del cementerio dejando a Hinata sola en su mente.
- ¿Y si ese orgullo no me pertenece?
Hiashi se detuvo en seco para volverse a su hija, por un breve momento sus ojos danzaron en una apertura de disonancia al ver a Hinata. Una expresión pétrea, una digna de un aristócrata en un juego de intereses. Pese a ello, le daba un escalofrío incómodo en la perspectiva de Hiashi. Asumió que parte de la expresión fue por las circunstancias; él no fue tan infantil para creer que eso fue todo el problema, pero ese no era un problema por el momento.
Como un último decorado al fúnebre jardín, Hiashi regresó y colocó su propia flor de Narciso encima de la tumba de su mujer, con cuidado indiscreto de no arruinar la obra de su hija.
- Ten el coraje de tomar el camino que dicte tu instinto y la sabiduría para determinar la efectividad de ese camino. Deberías interiorizarla, me ha ayudado mucho a lo largo de mi vida.
Con esto, Hiashi abandonó a su hija. Hinata no pasó mucho tiempo antes de abandonar también el cementerio, no sin antes mirar por última vez la tumba de la más hermosa de las flores del cementerio.
XXX
En estos días le tendré que dar una revisada a este fic. Hay cosas que me suenan disonantes después de un año escribiendo, pero bueno, será una tarea para después.
=P
