Después de reinventar el paraguas, se volvió más cómodo recolectar materiales a pesar del cambiante clima otoñal.
Fue mientras regresaban a la aldea que Senku notó lo largas que eran las pestañas de la rubia que lo acompaña, el suave aroma que desprendía a pesar del petricor en el ambiente y lo terso de su piel que rozaba inocentemente el brazo que sostenía el paraguas.
"Sigo creyendo que un cerebro enamorado es bastante problemático. Sin embargo, no quiero dejar de mirarla", pensó el científico.
Faltando poco para entrar al almacén, Kohaku se detuvo frente al joven científico, tomándolo por sorpresa.
—S-senku– murmuró, sin mirarlo.
El científico por alguna razón solo sentía martillar su pecho.
—Senku, cuando termine la guerra contra Tsukasa necesito hablar contigo. ¿Escucharás lo que tengo que decir?– declaró con vehemente.
Una suave calidez en su pecho se extendió por todo su cuerpo al oír las palabras de la rubia.
—Lo estaré esperando, Kohaku– respondió con un hilo de voz sobre su oído.
