Recuperando la conciencia después de una reparadora noche descanso, Kohaku abrió perezosa sus párpados.

Acostumbrando sus orbes lazurita a la tenue luz del amanecer, la rubia sintió un leve escalofrío causado por el cambio de estación. Las mañanas se estaban volviendo más frías, el invierno se acerca.

Acurrucando su cuerpo entre las pieles que la cubrían recordó que Senku estaba descansando a su espalda.

Sintió su brazo sobre la cintura en un gesto protector, manteniéndola cerca de su cuerpo.

Disfrutando de la sensación de tener sus piernas enredadas a las suyas, sonrió complacida.

Era una manera maravillosa de despertar.

Siempre que despertaba a su lado se sentía muy afortunada.

Giró lentamente su cuerpo para encontrar el gesto relajado de su acompañante.

Comenzó delineando su marca de petrificación,

admirando como ambos mechones enmarcan su rostro, yendo por lo delicado de su nariz y terminando por mirar fijamente sus labios. Meditando si despertarlo con un beso de "buenos días".

—Te estás tardando demasiado, Leona– advirtió, el joven científico con los ojos cerrados todavía.

—No me llames así. ¿Y desde cuando estás despierto?– preguntó, sonriendo divertida por ser atrapada en su acción.

—Desde antes que despertaras, estaba esperándote para ir a buscar algo para desayunar– respondió, repantigando su cuerpo boca arriba.

Kohaku acercó su figura a la de Senku, metiéndose debajo de su brazo. Estrujando ligeramente, gozando de su cercanía.

— Todavía no hay que levantarse, hay que quedarnos así un poco más– rebatió la rubia, subiendo su pierna sobre la de él.

Eran estos momentos en donde no quería negarle nada, porque a él también le encanta estar así.