Al regresar de la expedición topográfica, en la aldea Ishigami había bastante movimiento. Al parecer estaban preparando una gran fiesta. La cuestión era para quién.
Al acercarse el grupo de expedición aérea, la joven sacerdotisa abrazó efusiva a Kohaku. Girando con ella en brazos, dejando sorprendidos a la mayoría por la gran fuerza que poseía aquella joven de apariencia frágil.
— ¡Feliz cumpleaños, Kohaku!–exclamaron al unísono Ruri junto con su padre.
— Ruri-nee, gracias. Pero no es necesario hacerme una fiesta.– explicó a su hermana algo aborchonada por la situación.
— Siempre dices lo mismo todos los años, la diferencia aquí es que ya estoy totalmente recuperada. Toda la vida has cuidado de mí, hoy yo quiero hacer esto por ti, Kohaku–dijo la sacerdotisa, mirando cariñosa a su hermana.
Mirando ajeno la dulce escena, Senku sonrió sardónico ideando un regalo para la invitada de honor.
Al pasar las horas la fiesta se fue desenvolviendo bastante amena y sin incidentes. Todos los asistentes, disfrutaban sin reservas el delicioso menú hecho por Françoise. Reían y conversaban entre ellos como si aquella brillante luz verde jamás hubiera sucedido.
Al llegar la noche, Kohaku se retiró del alegre convivio a descansar. Ya que mañana Senku y los demás saldrían temprano a seguir completando el mapa.
Al ir caminando de regreso a su cabaña, una luz en el laboratorio llamó su atención. Se acercó con sigilo a ver quién estaba dentro, no se sorprendió de ver al joven científico y líder de la aldea todavía trabajando.
— Ya es tarde, Senku. Mañana seguiremos completando el mapa, tienes que descansar– manifestó la rubia, esperando su reacción.
— Tenía algo importante que hacer, pero ya terminé. Toma esto es para ti. Feliz cumpleaños, Kohaku– respondió rascándose el oído, extendiendo una bolsita de cuero que contenía un pequeño dije en forma de gota con una hermosa piedra de un azul tan profundo como sus ojos. Estaba engarzada en plata unida a una fina cadena del mismo material.
Miró embelesada el hermoso brillo de la gema entre sus dedos, observando cada detalle de su manufactura. Era simplemente hermoso.
El joven científico a su lado no pudo más que sonreír satisfecho, por como Kohaku no quitaba los ojos de encima de su obsequio.
— Si lo miras mucho se va a romper, Leona– bromeó tratando de ocultar una sonrisa socarrona.
— ¡Eso no es cierto y no me llames así, bastardo!– exclamó, sonrojada por el enfado y ocultando en su pecho el objeto entre sus manos.
— Tranquila, no va a pasarle nada. Bueno me voy a dormir. Hasta mañana, Leona– dijo, yendo a dormir estirándose y bostezando.
— Muchas gracias, Senku. Por todo– agradeció la joven de ojos ultramarinos con una suave sonrisa.
El joven científico solo giró para sonreírle con sus bellos ojos granate, diciendo sin palabras "no hay porque".
