Desde a media tarde, Kohaku tenía una gran necesidad que debía ser saciada: era muy distinta de sus instintos más básicos.
Era un impulso que solo una persona era capaz de llenar. Solo quería que las horas de trabajo para la construcción del cohete terminaran pronto para ir a colmar su deseo.
Tan pronto como llegó el crepúsculo y antes de que empezará la cena fue a buscarlo al Laboratorio. Era lo más probable que él estuviera ahí.
Antes de entrar, Kohaku alcanzó a oír a Chrome y Suika despedirse del líder científico. No es que fuera necesario esconderse de ellos, pero no quería posponer más su objetivo.
Entró sigilosa, silenciosa, digna merecedora de que él la llamara Leona, su Leona.
Acechado a su presa, acercando su felina figura tras de él.
Envolvió lentamente sus brazos en el torso de Senku, dejando salir un leve gruñido de satisfacción.
Dejando de hacer sus cálculos frente al pizarrón, el joven científico concentró sus sentidos en la sensación de tener a su Leona abrazada a su cuerpo. Porque sentir su cuerpo tan cerca le llena de energías.
Soltando por un momento el agarre de la rubia entrelazó sus dedos con los suyos y acariciando sus brazos en el proceso.
—Hay que ir a cenar– murmuró Kohaku, deleitando su olfato con el aroma de Senku.
—Entonces ya hay que irnos. Terminaré esto mañana–dijo el joven científico tomando de la mano a su Leona, yendo a la cena de esa noche.