Kohaku y Senku eran tan diferentes el uno del otro, pero eso no impedía en lo absoluto compartir momentos como este.

Desde niños solían mirar las estrellas en la casa de alguno de los 2. Mientras que Kohaku y su hermana observaban a través de su telescopio, él les explicaba lo que leía desde un libro de astronomía.

Conforme iban creciendo, las noches en las que se reunían se volvían más amenas con la llegada de Chrome, Taiju y Yuzuriha. No podía ser más divertido.

Alguna ocasión en preparatoria, nadie más que él y la rubia, llegaron a la reunión en el parque para ver el acercamiento de Marte. Esa noche, se tomaron de las manos para mitigar un poco el frío nocturno y fue cuando el joven de ojos carmín se percató de la suavidad de la piel de su compañera. Por supuesto que el gesto no pasó desapercibido, aún así ella no apartó sus manos de las suyas.

A partir de esto buscaban que las reuniones para mirar el cielo nocturno solamente fueran ellos 2.

Una de tantas noches—mientras esperaban la caída de las Draconícas, en el mirador a las afueras de la ciudad– se dieron su primer beso a la tenue luz de los astros.

El hobbie que compartían les había dado los momentos más dulces de sus vidas.

Muchas de las veces en que acampaban para tener una mejor vista de la vía Láctea, Senku abraza a su Leona por detrás y coloca su barbilla sobre su hombro. Repitiendo una y mil veces los nombres de las constelaciones, ya que apesar de los años observando el firmamento a Kohaku jamás se le quedó pegado el nombre de alguno de los astros que contempla en este momento. Ella solo se conforma con mirar el precioso destello de las estrellas junto a él y mirar la emoción en su bella mirada rubí.