Desde que habían zarpado en dirección al este, buscando el maíz que necesita Senku para crear más líquido despetrificador, se dedicaba mirar el atardecer desde la popa del Perseo.

Al terminar los entrenamientos con Hyoga y Tsukasa era lo que más le gustaba hacer. Observar como se oculta el sol desde el mar era hermoso. Ese precioso cambio de colores en el cielo era muy distinto de verlo en tierra. Su parte favorita del crepúsculo es cuando las tonalidades violeta dejan observar un par de estrellas en el firmamento. Sin duda alguna era un espectáculo hermoso.

Uno de tanto atardeceres, Senku se acercó junto a ella. Él simplemente que quedó a su lado largo rato sin decir nada, solo contemplando el cambio del día a la noche.

Desde ese día él la acompañaba sin falta.

La popa del Perseo era un lugar bastante tranquilo para estar, en comparación del otro lado del barco donde se reunía la mayoría de la tripulación.

Aún así no faltaban las malditas insinuaciones por parte de Gen y Ryusui por buscar la compañía de Kohaku, ese par era un maldito dolor en el culo pero aún así ellos los dejaban estar solos, vislumbrando las estrellas. Disfrutando de la compañía de su Leona y su mirada fascinada, viendo como el Sol se oculta en el horizonte. Le gustaba observar el refulgente brillo del sol en sus preciosos orbes lazurita. Algunas de las veces se extendió explicándole el porque el sol volvía a salir por el otro lado, el porque se usaban las estrellas para no perderse en la inmensidad del mar, el porqué esos "peces extraños"—como se refirió a los delfines– nadaban junto al barco y si estos eran "comestibles". Era una imagen bastante tierna el ver cómo señalaba a los delfines como una niña pequeña, emocionada por ver cómo saltaron fuera del agua. En ese momento no pensó realmente lo que estaba haciendo, acercó su mano —aprovechando que Kohaku estaba distraída– y rozó con el dorso la mejilla de su Leona.

—¿S-senku?

El tímido murmullo de la mujer frente a él lo sacó de su ensimismamiento, fue que se dió cuenta de lo que hizo y del leve rubor que adornaban sus mejillas. Ya no servía de nada tratar de ocultar lo obvio, pero aún así se excuso diciendo que ya era hora de cenar. Huyendo de ahí.

Por mientras ella se quedó en su sitio, estática. Rememorando una y otra vez el suave toque de su mano contra su piel, no pudiendo creer que Senku hubiera hecho algo así.