Desde la primera vez que lo abrazó, el sentir su aroma tan cerca fue algo intoxicante. Hundir su nariz en su pecho disfrutando de su masculina esencia fue una rutina que se volvió diaria.
— Al menos espera a que me bañe, Leona– regañó un poco avergonzado, ya que había estado trabajando con Kaseki y el suave perlado sobre su piel era prueba tangible de ello.
Kohaku escondió sus manos detrás de su espalda haciendo un puchero que a Senku le pareció de lo más lindo que hayan visto sus ojos.
— Bueno, entonces en un rato nos vemos– se despidió la rubia algo decepcionada por no poder abrazarlo en ese momento.
Él no quería admitirlo en voz alta, pero sentir el leve cosquilleo de la nariz de Kohaku rozando sobre la piel de su cuello, buscando su fragancia y el divino gesto de satisfacción que hacía cuando terminaba su faena, removía muchas cosas dentro de su pecho. Tampoco quería admitir que al terminar con esa curiosa costumbre el también se deleitaba con el olor restante de su Leona.
Un cerebro enamorado es una molestia, pero ya no había mucho que hacer a estás alturas.
