Dr. Stone no me pertenece es propiedad de Inagaki y Boichi, yo sólo tomo prestado a los personajes para fines de esta historia.

II. La promesa de un futuro.

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Tal como Kokuyo auguró, el prometido de Kohaku arribó al reino un mes después de la inesperada y desagradable reunión.

Mozu llegó al palacio una tarde de verano cuando los rayos del sol acaecían lentamente en el horizonte. Y Kohaku debió admitir que el muchacho gozaba del excelente porte digno de un guerrero de la realeza, sin embargo fue su actitud la que contrastó diametralmente con su título Real.

El príncipe no resaltó por ser un caballero andante de armadura reluciente que hacía ver a cualquier buen mozo como un neandertal sin principios, no, porque la verdadera naturaleza de Mozu fue el cinismo y la hipocresía de un mujeriego.

Su padre quizá exageró en demasía al referirse al muchacho como el mejor prospecto de prometido y futuro gobernante.

Mozu podría aparentar ser un caballero frente a Kokuyo y los demás, pero dicha fachada se venía abajo en cuanto abría la boca o cuando estaba en presencia de alguna mujer.

Kohaku no pudo más que repudiar casi de inmediato a ese hombre arrogante que regía su actuar no por el principio del deber, sino por la ambición.

—Princesa su prometido la espera en el jardín para dar un paseo. —Yuzuriha, unas de las Doncellas del palacio, se asomó por las inmensas puertas de madera de la habitación de Kohaku.

El sonido chirriante de las enormes puertas al abrirse, reverberó por las paredes del aposento y Yuzuriha se disculpó por tal intromisión antes de ingresar pidiendo previamente una aprobación. Una vez estuvo dentro hizo una pequeña reverencia.

—Yuzuriha ya te dije que no es necesario que hagas eso cuando estamos solas. —reprendió Kohaku por semejante acto de formalidad.

Dentro del palacio, la Doncella costurera era de las pocas personas a las que podía llamar "amiga". Fuera del enorme respeto y admiración que Kohaku sentía por el trabajo de Yuzuriha al confeccionar cada pieza de ropa, también encontró en esa humilde y hermosa joven la confianza que muy pocos sirvientes podrían ofrecer.

Además, Yuzuriha era de las pocas personas que sabían y apoyaban su relación con Senku.

—Lo siento tanto Kohaku. —instintivamente Yuzuriha llevó sus manos a la altura del pecho en señal de nerviosismo.

A pesar de los años todavía no se acostumbraba a dejar de lado los formalismos con la princesa aunque fuese ésta quien se lo pidiera.

—Pero el joven príncipe solicita su presencia.

— ¿Ahora? —inquirió Kohaku con un ligero toque de molestia en su voz, molestia que dignificó con un audible gruñido de su parte.

Kohaku tenía planes con Senku, planes que no incluían desperdiciar un sólo momento del día con el engreído joven del reino vecino, ese que Kokuyo perjuraba era su prometido. ¡Por favor! El infierno se congelaría antes de que esa boda se efectuara y de eso se encargaría ella personalmente.

—El joven la está esperando en uno de los bancos del jardín. —Yuzuriha notó la frustración en Kohaku, adivinando sin lugar a dudas y por la apariencia poco arreglada de la princesa, los planes que ya tenía en marcha para esa mañana.

Aún si Yuzuriha apoyaba con creces la relación entre la princesa y su amigo, el sentido común le gritó en más de una ocasión que todo era demasiado arriesgado.

Kohaku miró el reloj de la pared, cuyas manecillas indicaban que aún no era medio día ¡Perfecto! Tenía tiempo de sobra para pensar en algo y reunirse con Senku.

—Dile a Mozu que no bajaré porque me siento indispuesta esta mañana.

Captando el mensaje de la princesa, Yuzuriha la reverenció a manera de despedida y estuvo a punto de salir de la enorme habitación para encaminarse al jardín del palacio.

Sin embargo y en última instancia, Kohaku cambió de opinión al considerar que Mozu no desistiría tan fácilmente de su petición.

—¡Espera! —la detuvo—. Dile que bajaré en cinco minutos. —Sin más que agregar, despidió a Yuzuriha.

Kohaku dejaría en claro su posición sobre ese absurdo matrimonio a ese interesado pomposo.

.-.-.-.-.-.

—Creí que no vendrías, preciosa.

La sonrisa pícara del descarado príncipe sólo hizo que la molestia de Kohaku incrementara diez veces más. Ese patético intento de seducción no funcionaría en ella, no cuando la única sonrisa capaz de derretir su corazón y su voluntad era la que Senku le dedicaba cuando estaban juntos y en cada ocasión que podía para ponerla nerviosa.

Simplemente no hubo nada que llamara la atención de Kohaku en Mozu.

— ¿Qué pretendes Mozu? —atajó de repente, tratando de cortar de raíz cualquier inútil y molesto intento.

Mozu no pareció muy sorprendido por la actitud de Kohaku para con él, desde su llegada al palacio y durante esas dos semanas de estadía, la princesa hizo evidente su disconformidad ante su presencia así como el descontento sobre el asunto del matrimonio arreglado entre ambos.

Sin embargo, él no tenía inconveniente en desposar a esa pequeña y hermosa fiera.

—Quiero conocer a mi prometida, eso es todo. —otra mentira, como toda palabra que salía de su boca.

— ¿Por qué quieres siquiera seguir con esto? —Kohaku tanteó el terreno antes de poner en marcha su plan de acción, una opción en la que tenía esperanza—. Sólo debemos hablar con ellos para que cancelen esta locura, tengo una solución que beneficiará a ambos reinos sin la necesidad de este absurdo matrimonio. —sus palabras parecieron esperanzadas cuando abandonaron su boca.

Quizá podría convencer a su padre de poner fin al matrimonio, pero también quería hacer desistir a la otra parte involucrada. Cada mirada desdeñosa hacia el joven, así como cada palabra dura que le dedicó tenían un motivo: alejarlo de ella y hacerlo retractarse en su decisión de desposarla.

Y si la fría indiferencia de Kohaku y su afán de convertirse en una desdeñosa arpía no lograban su cometido para que él pensara dos veces en desposarla al ver que la relación no tenía cabida para otra cosa que no fuese el fracaso, entonces apelaría al lado diplomático al plantear una solución que beneficiaría a ambos reinos a mediano y largo plazo.

—Esto no se trata de lo que nosotros queramos, preciosa —el semblante antes coqueto se tornó serio de repente—. Sino de nuestro deber.

Y fue tan simple como eso, las ilusiones de Kohaku se derrumbaron de un momento a otro. ¡El deber! El maldito deber parecía pesar más que cualquier otra cosa. Pero en el fondo ella supo que más que cualquier sentimiento de deber y compromiso por el bienestar de sus pueblos, lo que él buscaba en realidad era el título y el poder que la unificación de los reinos le otorgaría.

Esa sucia ambición de poder.

—Entonces creo que tú y yo no tenemos nada de qué hablar, pero te aseguro que este matrimonio no se llevará a cabo. —Kohaku fue tajante al respecto antes de darle la espalda a Mozu y retirarse de ahí dejándolo con la palabra en la boca.

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A pesar de ser la heredera al trono, Kohaku era una chica sencilla que gozaba de los placeres simples que la vida le ofrecía. Ver un amanecer, pasear bajo el cobijo de las estrellas o simplemente sentir la brisa del aire de verano golpear su rostro; justo como ahora, cuando el cálido viento acarició su mejilla y revolvió los mechones dorados que se negaron a permanecer atados y se esparcieron salvajemente por toda su cara.

—Maldición ¿Por qué todo tiene que ser tan difícil? —susurró para sí con evidente frustración.

De alguna manera, Kohaku tenía el anhelo de que la propuesta trajera la solución a su problema.

Quedaba mes y medio para el matrimonio e intuyó que ese molesto compromiso se le estaba yendo de las manos, como si las arenas del tiempo confabularan en su contra y escaparan de sus dedos sin que ella pudiese evitarlo.

La fertilización del suelo árido del Reino aún no estaba dando resultados y Senku seguía trabajando en ello con otros métodos, pero a pesar de todo, ella tenía fe en él y en su Ciencia.

—Será mejor que bajes de ahí antes de que suba por ti.

Kohaku miró hacia abajo, vislumbrando a Senku. Desde su posición en el suelo bajo la sombra de ese enorme árbol, él no se veía tan intimidante como quería aparentar en su tonto tono de voz.

— ¿No tienes cosas que explotar? —se mofó de él con la pura intención de hacerlo enojar y que se marchara.

Por el momento, Kohaku sólo quería estar sola y hundirse en su derrota.

— ¿Y tú no deberías estar con el señor "soy tu perfecto prometido" en lugar de estar ahí trepada a ese árbol como una gorila? —Senku medio siseó con sarcasmo.

Irónicamente tener a Kohaku cerca de ese idiota era lo último que quería, pero en vista de que ella decidió cancelar su encuentro para reunirse con Mozu esa mañana, quizá lo molestó un poco.

Oficialmente Senku estaba dejando entrever un sentimiento que nunca creyó experimentar nunca: celos. Aunque no lo admitiría abiertamente.

—¡No me llames Gorila, Idiota!

—¿Prefieres que te llame Leona entonces?

—No me molestes Senku, podría golpearte por eso. —ella se cruzó de brazos muy indignada.

A pesar de todo, Kohaku se negó a bajar del árbol, la vista no sólo era magnífica sino que ella era una fiel amante de las alturas. Y por sobre todo, el sentimiento de libertad era totalmente indescriptible.

—Baja, Leona. —ordenó Senku haciendo acopio del último gramo de paciencia.

Lo único que obtuvo fue otra negativa de Kohaku, aunado a esto, la mala mirada que ella le envió para recalcar su molestia por el atrevimiento.

Sin opción alguna, Senku optó por cumplir su amenaza y subir hasta donde ella se encontraba, lo que quedó en un patético intento debido a su falta de condición física y habilidades para escalar. Ante una carcajada de burla por parte de Kohaku, trepó hacia ella con ayuda de una improvisada escalera que tenía en su laboratorio (como él llamó al lugar designado donde trabajaba en sus complejos proyectos cada día hasta el anochecer).

—Te estuve buscando por horas. —se quejó cuando tomó asiento a su lado, Senku se aferró a la rama de ese árbol para no caer y en todo caso, por si a Kohaku se le ocurría empujarlo.

Y en efecto ella así lo intentó, aunque falló totalmente en el acto ya que Senku prácticamente tenía las uñas clavadas a la corteza del árbol para afianzar su agarre.

— ¿Quieres asesinarme? —se escandalizó y le lanzó una mirada incrédula a Kohaku, quien para el caso, no se molestó en ocultar su descarada sonrisa—. Si quieres utilizar el asesinato como una coartada para ir a prisión e impedir el matrimonio, búscate a otra víctima.

—Deja el dramatismo Senku —ella rodó los ojos ante la absurda conjetura ¡por favor!—. Además ¿Por qué asesinaría a la única persona que está trabajando en una manera de impedir el matrimonio?

—Esto me dice que debo asumir que nuestra relación se basa entonces en la conveniencia —le echó en cara con mirada sarcástica, estaba jugando para tratar de disipar la tensión que notó en ella cuando la observó en ese lugar—. ¿Pasó algo? Te esperé toda la mañana y no apareciste —comentó, aunque sin intención de convertir las palabras en un reproche.

Ella denegó la cuestión y se sinceró con él.

—Traté de hablar con Mozu y plantearle la solución en la que estamos trabajando, pero fue inútil, su mente es tan superficial y ambiciosa como aparenta su imagen.

Senku no pudo más que concederle la razón.

—Tal vez la idea del matrimonio no sea tan mala —notó la mirada horrorizada y dolida de Kohaku sobre él ante su declaración—. Heredarás la corona, y tal vez luego podríamos deshacernos del idiota príncipe, ya sabes, hacer que todo parezca un trágico accidente. —la mente de Senku voló de inmediato a mil y un maneras de sacar a Mozu de la jugada mientras una perturbadora sonrisa deformaba la comisura de sus labios.

—Tienes una mente muy siniestra, idiota. —el comentario de Senku le causó cierta gracia a Kohaku, pero a pesar de lo tentadora que resultara la sugerencia, ella no podría ejecutarla—. Pero no voy a casarme con ese idiota.

Kohaku alcanzó la mano de Senku y le dió una significativa mirada.

Algo dentro del científico despertó y se atrevió a formular la pregunta del millón guiado por una repentina necesidad.

—Dime Kohaku, si a pesar de todo, tu padre siguiera con los planes de Matrimonio sin importar qué ¿Qué es lo que harías?

Senku no se atrevió a cuestionar más allá de lo que quería saber en específico considerando que aún no era el momento ni lugar adecuado.

Ella lo miró extrañada ante su repentina cuestión y el tinte de preocupación escondido en su tono de voz.

—No me daré por vencida —afianzó su agarre—. ¿Ya lo estás haciendo tú? —ella temió una respuesta que no le gustaría escuchar.

Pero la respuesta que esperaba llegó con el roce de un beso y la mirada cargada de promesas que él le dedicó.

—No voy a renunciar así como así a mi reino científico. —la descarada y juguetona sonrisa se plasmó en el semblante de Senku.

—A veces eres una pequeña escoria Senku. —una pequeña risilla resonó de los labios de Kohaku. Dicha afirmación era la manera de Senku de decirle que él tampoco desistiría.

El silencio se instaló, pero a diferencia de Mozu, con Senku nunca era incómodo.

—Tu padre no puede obligarte a casarte con ese arrogante y menos por tu derecho al trono —Senku rompió el silencio—. Los sirvientes del Palacio dicen que Kokuyo era un hombre del pueblo cuando se casó con tu madre, quien era la legítima heredera al trono, y que ella se opuso al entonces Rey huyendo con tu padre. Y tu abuelo al no tener otro heredero, no tuvo más opción que aceptar su matrimonio.

Al menos esos fueron los rumores del Palacio, los que Senku nunca dió mayor relevancia.

—Pero mi padre sí tiene opciones. Magma, su primo, tendría el legítimo derecho si yo abdico. —aclaró con evidente desagrado ante la sola idea.

— ¿En verdad lo deseas? —cuestionó Senku haciendo alusión al derecho a gobernar.

Y ella comprendió.

¿Lo deseaba? Era su derecho y ella amaba a su pueblo ¿entonces por qué la cuestión le hizo titubear al respecto?

No fue la pregunta en sí, sino el hombre que se atrevía a plantear dicha cuestión.

—Yo, no lo sé. —de nuevo su voluntad se dividió entre el deseo de asumir su deber y el anhelo de estar con Senku.

—Entonces no —dictaminó él con seguridad, si ella no estaba segura al Díez mil millones por ciento, entonces no lo sentía y anhelaba de verdad—. Leona, eres demasiado orgullosa al querer asumir el cargo tú sola.

La acometida de Senku le ofendió un poco.

— ¿Entonces debería casarme con alguien a quien apenas conozco y que no amo? ¿Debería entonces terminar con lo nuestro?

Kohaku intentó apartarse para bajar del árbol y dejar a Senku, pero él no la dejó cuando la abrazó por la cintura y la acercó a él.

—Idiota, sabes que no me refería a eso. Aún tenemos tiempo para conseguir lo que queremos.

¿Qué tan certeras podrían ser las palabras de Senku? Kohaku no estaba del todo segura.

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Las estrechas calles estaban casi al tope de transeúntes: comerciantes, civiles, gente humilde y algunos -unos pocos- nobles a juzgar por la fina tela de sus ropajes.

Esa mañana, Kohaku buscó atuendo alguno acorde a la situación entre los baúles de su aposento, pero lo único que encontró fueron las prendas que su padre le pidió a Yuzuriha confeccionar. La princesa cambió el vistoso vestido de color azul, adornado con detalles blancos que ciertamente se miraba majestuoso a comparación de otras prendas, por un sencillo vestido que le permitiera moverse con mayor libertad.

—Más vale que no te apartes demasiado —Senku le dijo mirándola de soslayo mientras avanzaban en el mar de gente—. Las calles están hasta el tope a esta hora y sería bastante fácil perderte. Kokuyo me ejecutaría si regreso al palacio sin su querida heredera. —fue una certera advertencia para que no se le ocurriera vagar por ahí presa de la inmensa curiosidad que poseía.

Eran contadas las ocasiones en las que Senku y ella visitaban el pueblo cuando Jasper y Turquoise no estaban vigilando o dando las lecciones de etiqueta a Kohaku respectivamente.

Siendo ella la heredera, Kohaku se sintió con la obligación de conocer mejor a su gente y fue por ello que junto a Senku planeaban furtivas visitas. Kokuyo jamás se enteró, creyendo ingenuamente que ella permanecía encerrada en la biblioteca real leyendo los pesados libros de etiqueta e historia.

El recuerdo de la primera visita vino a su mente y con él, el nerviosismo ante la expectativa de que su padre se percatara de su ausencia en el palacio.

Ella le dio un codazo al científico, nada sutil por su estúpido comentario.

—Cállate. —gruñó ella, odiaba la insolencia de Senku cuando se trataba de su título.

Pero en esta ocasión no podía desestimar del todo dicha afirmación. Prueba de ello eran las personas que pasaban junto a ella, empujándola y cargándola al abrirse paso entre el mar de gente. Y tampoco quería meter en problemas a Senku, al menos no antes de tiempo.

La única preocupación en Kohaku fue que alguien lograra reconocerla a pesar del modesto disfraz que consistía en ese sencillo y desgastado vestido azul acompañado de la capucha que utilizaba para esconder su cabello dorado; siendo anteriormente la hija problemática del Rey, Kohaku evitó la mayoría de los eventos sociales y permaneció como un enigma y rumor para los habitantes del Reino.

Senku sin embargo, no escatimó en ocultar su apariencia y ¿cómo hacerlo con esa escandalosa y poca ortodoxa cabellera? Fue inevitable que las miradas se clavaran en él, lo que podría conllevar a correlacionarlo como el forastero del palacio.

Kohaku se perdió en sus propias cavilaciones mientras andaba a la par de Senku, sin prestar real atención a su alrededor. Ni siquiera fue consciente de en qué momento él tomó su mano para evitar que se alejara.

El bullicio de los pobladores que ejercían su quehacer cotidiano en las calles la sacó de su ensimismamiento; Kohaku volcó toda su atención a lo que los comerciantes locales ofrecían.

El científico se detuvo un momento, incluso él tenía un límite y de cierta manera no le sorprendió que ella no tuviera uno; caminar sin cesar por lo que pareció ser una media hora fue realmente agotador.

—Quédate aquí un momento Leona, ahora vuelvo. —No fue una sugerencia sino más bien una orden explícita.

Senku la situó a un lado del camino considerando que era un buen lugar para alejarla del gentío. Tenía un asunto que atender y no tardaría más de unos minutos en ir y venir del lugar al que pretendía visitar.

— Idiota, no me hables con ese tono. —una pequeña e imperceptible mueca asomó de la comisura de los labios de Kohaku.

Últimamente detestaba que se le tratara de semejante manera, ella no tenía la predisposición de acatar órdenes y él bien sabía eso.

—Entonces sólo haz lo que te digo, la idea de salir del palacio fue mía así que no hagas que la reconsidere porque si quiero, puedo pedirle a Taiju que te regrese a rastras al palacio. —amenazó, quizá no poseía una fuerza hercúlea pero sabía que el grandulón que los acompañó sí.

Aunque en realidad, Senku simplemente estaba siendo un fanfarrón, de algún modo quería darle un poco de paz mental a Kohaku, y siendo honesto consigo mismo, también quería recuperar el tiempo perdido del día anterior.

— ¡Ja Insolente! —rebatió Kohaku sabiendo que él no tenía tanto poder sobre ella como quería aparentar.

Senku no era el prospecto de caballero andante de brillante armadura cabalgando hacia el horizonte después de salvar el día como cualquier doncella esperaría en su amado, Kohaku lo catalogó como el molesto científico loco y arrogante que se encargaba de poner a prueba su paciencia la mayor parte del tiempo.

—Regreso enseguida, no te metas en problemas Leona. —al menos esperó que así fuese.

Le dió la espalda a Kohaku dispuesto a marcharse, pero antes de dar un sólo paso sintió un pequeño tirón en su ropa. Mirando por encima del hombro notó el prominente ceño fruncido de la chica.

— ¿Vas a dejarme aquí? —reprochó tratando de ocultar la inseguridad en su tono de voz.

—Te dije que serán sólo unos minutos, a menos que la futura soberana se sienta tan intimidada con simples personas rondando a su alrededor. —El sarcasmo brotó por sí sólo en cada palabra dicha.

Kohaku tenía diferentes facetas y eran pocas las ocasiones en las que ella dejó entrever su vulnerabilidad, aunque sin importar cuánto ella se esforzara en levantar una muralla de orgullo e independencia, ésta siempre terminaba destrozada frente a Senku.

Ella era igual a Kokuyo en varios aspectos, pero el que más resaltó fue el orgullo, y ella tenía de sobra. Un mar de gente no la acobardaría tan fácilmente.

—Sólo vete y haz lo que tengas que hacer, nos estás retrasando. —Kohaku desestimó la presencia del científico con un desdeñoso gesto de su mano.

Con una sonrisa de victoria, Senku se marchó y Kohaku se limitó a observar cómo su espalda se perdía entre la multitud hasta convertirse en una imagen difusa. ¿A dónde iba? ¿Por qué prefería ir solo y no llevarla con él? ¿Regresaría pronto tal como lo había prometido? No supo la respuesta a ninguna de las preguntas que se planteó y eso la frustró.

Kohaku paseó la mirada intrigada.

Ancianos, mujeres jóvenes (y no tan jóvenes), niños y hombres; perdidos en la rutina de sus vidas, ignorantes a lo que había más allá, presos de su ignorancia y viviendo una existencia mundana. Los envidió.

Un chillido agudo llamó la atención de Kohaku y a lo lejos notó un tumulto de personas congregadas en una de las esquinas del estrecho camino, se percató también de cómo otras pocas seguían abriéndose paso ignorando el insistente grito que amenazó con convertirse en un alarido.

Ella dudó un segundo en acercarse para descubrir el origen de tan escandaloso sonido, pero toda duda se esfumó al escuchar un segundo chillido que más bien pareció un grito ahogado. Dejando cualquier duda de lado, se apresuró al lugar, introduciéndose en las pequeñas aberturas que quedaban entre los cuerpos de las personas reunidas hasta llegar al punto exacto y tener al fin la visión de lo que ocurría.

El cuerpo de una niña temblando en el suelo, los ojos de la criatura observaron con pavor al furibundo hombre que gritaba a diestra y siniestra todo tipo de improperios.

— ¡Esto te enseñará a no tomar lo que no es tuyo Suika!

La voz del sujeto era áspera y desagradable. Y su aspecto no ayudó demasiado, era corpulento y enorme, ceño fruncido y rostro arrugado.

El hombre avanzó un paso más cerca hacia la pequeña, su mano sostuvo en alto un palo y la escena no dejó en duda sus intenciones. Los moratones que la niña tenía en el brazo y piernas corroboraron el actuar del sujeto.

¿Por qué nadie hacía nada por esa criatura? Permanecieron estáticos siendo simples espectadores de semejante acto de crueldad hacia una niña inocente. Porque esa era la palabra correcta para describir semejante acto: crueldad.

Algo comenzó a hervir en el pecho de Kohaku y la ira se abrió paso velozmente hacia el exterior, otorgándole un deje de determinación a la princesa. Ya no pudo más, no se quedaría de brazos cruzados ante la impotencia ¡no podría hacerse la desentendida y fingir que nada estaba sucediendo!

— ¡Detente! —exigió, avanzando e interponiéndose entre el corpulento hombre y la pequeña niña, quien -como los demás- observó anonadada la escena.

El desagradable hombre se detuvo de inmediato, pero no por la orden de Kohaku sino por la impresión que le causó tal intromisión.

— ¿Cómo te atreves, mujer? —escupió furioso, reafirmando el agarre en el objeto de madera y enviando una mirada venenosa a quien se atrevió a interrumpir su escarmiento hacia esa ladrona, no menos que ¡una mujer!—. ¡Qué insolente!

—Vete. —le dijo a la niña en un tono suave para no infringirle mayor pavor del que ya poseía.

Suika sin entender del todo lo que estaba sucediendo, acató la orden de inmediato y se marchó perdiéndose entre la multitud, no sin antes agradecer a su salvadora.

Una exhalación de alivio escapó de Kohaku al saber que la niña ahora estaba a salvo.

No obstante, tal acto fue el acabose de la paciencia del hombre. Considerando que esa atrevida mujer no sólo se entrometió en sus asuntos sino que la muy insolente dejó escapar a la ladrona. Era imperdonable que alguien osara robar de su mercancía y se marchara sin más, desentendiéndose del castigo que por ley le correspondía.

El mundo era un lugar en el que sólo los más fuertes y astutos sobrevivían, demostrar una pizca de indulgencia era debilidad.

—Veo que quieres tomar el lugar de la chiquilla. Bueno, eso no será un problema para mí. —amenazó él. Sus ojos marrones destellaron con un malicioso brillo que cargaba promesas desagradables para su víctima.

Gustoso aceptaría el intercambio de aquella mocosa por esta insolente.

Pero la amenaza no inmutó a Kohaku, ella le enseñaría a esta basura a respetar a los demás. Por sobre todas las cosas, era una mujer precavida que se preparó en las artes de la lucha con espada así como el combate cuerpo a cuerpo, a pesar de la negativa de su padre en un principio. Su linaje demandaba un excelente uso de la espada y ella no fue la excepción.

El corpulento hombre levantó de nueva cuenta su improvisada arma con toda la intención de golpear a Kohaku, pero ella estaba estudiándolo detenidamente, buscando el punto exacto para asestar un certero golpe y despojarlo del palo de madera.

Guiado por la furia hacia la entrometida mujer, fue él quien trató de atacar primero, sin embargo no logró su cometido cuando su arma voló de sus manos gracias a una repentina explosión que estalló en su rostro.

—Ni siquiera lo pienses. —la amenaza del recién llegado flotó en el aire.

Y Kohaku reconoció el tono de voz del culpable de dicha explosión.

— ¿Qué? —El hombre volcó toda su atención al sujeto cuando la estela de denso humo negro se disipó.

Senku clavó la mirada en él, estaba furioso.

—Déjala —fue tajante al respecto—. Y en cuanto a ti, te dije que te quedaras donde te indiqué. —esta vez se dirigió a Kohaku con una rápida mirada de reproche ¿por qué era tan terca?

Formaba parte de su naturaleza al parecer.

—Te tardaste —le reprochó ella de vuelta—. Y no te metas, estoy por demostrarle a esta escoria a no golpear a criaturas inocentes.

El sujeto se tensó aún más tras las palabras de Kohaku.

—Debes enseñarle a tu mujer a mantener la boca cerrada frente a un hombre y mostrar respeto —gruñó el sujeto en dirección a Senku—. Pero en vista de que no lo has hecho tú, tendré que hacerlo yo.

El corpulento comerciante intentó avanzar hacia Kohaku pero Senku recogió la espada del suelo e incrustó el mango en las partes bajas del sujeto, sacándole el aire y dejándolo de rodillas en el suelo.

Una vieja técnica que aprendió de Chrome, un ex sirviente del palacio.

Aprovechando esta breve oportunidad, Senku se apresuró a tomar la mano de Kohaku para salir huyendo de ahí con la intención de no hacer un escándalo mayor. Está de más decir que Kohaku reprochó todo el camino de vuelta al palacio.

.-.-.-.-.-.

—Ni siquiera entiendo por qué estás molesto.

Para ese entonces ambos ya estaban seguros en uno de los jardines aledaños al palacio. El corazón de Senku palpitó a mil revoluciones por segundo, o al menos esa fue la impresión que tuvo al poner una mano sobre su pecho para calmar su agitación.

— ¿Te parece poco lo que hiciste en el pueblo al retar a ese sujeto? ¿Qué hubiera sucedido si yo no hubiese llegado a tiempo? —le espetó casi fúrico y al borde de un pequeño colapso.

¿Cuándo entendería ella que no era un ser omnipotente?

Kohaku desvió la mirada de él, fingiendo indiferencia ante sus palabras, ¿Por qué no podía entender su proceder? Ella estaba completamente segura de que estando en su situación él habría hecho exactamente lo mismo.

Quizá.

—Simplemente esa basura hubiese recibido su merecido. —soltó, sin querer sonar pretenciosa.

Ella no se tentaría el corazón al adjudicar un castigo a un hombre como ese. Detestaba la injusticia.

Senku se dejó caer al pasto y golpeó las palmas en las rodillas cuando se sentó sobre sus propios pies, era lo único que podía hacer para apaciguar un poco el repentino y cada vez más creciente descontento ante la actitud de su insensata amante. Bien, la arrogancia ya había sobrepasado el límite en algún punto.

— ¿Leona, cuándo vas a entender que no puedes hacer lo que quieras? —cuestionó con un tono de reproche—. Si hubieras golpeado a ese comerciante, créeme que el menor de tus problemas sería el sujeto. Estuviste a punto de exponer tu identidad frente a todos los del pueblo y tal vez...

Dejó las palabras flotando en el aire.

Imaginar a Kohaku rodeada de guardias y custodiada hacia algún lugar en el palacio para ser sometida a quien sabe qué castigo por su padre le perturbó. Kokuyo podría parecer demasiado indulgente con ella, pero Senku sabía que hasta aquel hombre tendría un límite; aunado a esto, su actual situación con el matrimonio la hacía caminar por la cuerda floja y su incierto destino pendía de ese delgado hilo.

Le miró incrédula y sin expresión alguna que delatara su frustración y enojo, Kohaku permaneció callada el tiempo suficiente antes de dar al científico su réplica.

— ¡Tú no viste lo que yo vi! El terror en los ojos de esa pequeña era enorme Senku ¿tú no harías lo mismo si esa pequeña fuese hija tuya o una hermana?

La respuesta que reflejó la mirada de Senku fue certera. Lo haría, pero no de esa manera poco lógica.

—Sólo sé más cuidadosa, el mundo es diferente fuera de estas paredes. —Él no pudo dimensionar el significado de dicha afirmación, pero tuvo la certeza de una sola cosa: las personas del exterior no dudarían en asesinar si se sentían intimidadas.

Después de todo, era el instinto más primitivo en cualquier hombre o mujer.

Senku notó la mirada de Kohaku, estaba perdida en la nada, como si estuviera cavilando infinitas posibilidades. Y aún cuando sabía que no era del todo cierto, la vista de la Leona pensativa le causó bastante gracia.

Eran pocas las veces en las que podía contemplarla de esa manera: Callada y quieta. No el torbellino de curiosidad y vitalidad que era siempre, oponiéndose a él como si de un juego se tratase, un juego en el que ella conseguía la victoria la mayoría de las veces.

Una vez que la impresión del momento pasó, Senku recordó algo importante. Rebuscó entre sus ropas hasta que dio con lo que estaba buscando.

—Toma. —llamó la atención de Kohaku.

Extendió una de sus manos hacia ella, exhibiendo algo en su palma. Kohaku observó atentamente el objeto y sus ojos brillaron a causa de la sorpresa.

— ¿Esto es...? —cuestionó dubitativa ante tan repentino gesto, y en general por el objeto que Senku le estaba dando.

—No es a lo que estás acostumbrada pero creo que servirá por ahora. —por instinto él se llevó el meñique a la oreja para fingir indiferencia.

Aunque por dentro fuese todo lo contrario.

Ella tomó el objeto en sus manos y las lágrimas de emoción casi se derramaron por sus ojos.

Un anillo. Tal vez no era oro o plata pero fue hermoso y la sencilla piedra de ámbar que la adornaba le dió un toque especial. Contempló el objeto unos minutos más para después afianzarla entre sus manos y llevarla a su pecho, muy cerca de su corazón.

Kohaku comprendió sin necesidad de palabras el significado de dicho objeto.

— ¿Fue por esto que me abandonaste a mi suerte entre ese mar de gente? —le sostuvo la mirada esperando una respuesta.

— Le pedí a Kaseki que la hiciera con los materiales que le llevé, es una aleación inoxidable. Así que tómalo y cállate. —se apresuró a responder cortando súbitamente cualquier dramatismo.

Casi de inmediato Kohaku se colocó el anillo en el dedo anular y observó apreciativamente cómo encajaba a la perfección.

— ¿Y bien? —levantó la mano en alto para que Senku pudiese apreciar mejor el anillo.

Él no pudo negar que se le veía precioso, y quizá no fue el extraño metal del anillo ni la piedra que la complementó lo que brilló con tanta intensidad ante los ojos de Senku, sino la persona que lo portaba. Kohaku era una excelente persona, sus defectos jamás opacaron las virtudes que poseía.

Y sin lugar a dudas ella era la indicada, con ese anillo, Senku se aseguró de dejar en claro la promesa de un futuro juntos.

—No lo pierdas ¿oíste? Porque no pienso mandar a hacer otra. —la encaró con esa sonrisa que lograba derretir el corazón de Kohaku.

Duró apenas una fracción de segundo, tiempo en el que ella le devolvió el gesto. Kohaku no perdió oportunidad para acercarse a él y robarle un pequeño beso.

—Me pregunto qué diría tu molesto prometido si nos viera de esta manera, Leona. —a pesar de sus palabras, él se negó a dejarla ir cuando la abrazó por la cintura para acercarla más a su cuerpo y sentir su calor.

—¿Mi prometido? ¡Ja! Lo estoy viendo ahora mismo y no parece tener problemas con esto. —Kohaku le dedicó una pícara sonrisa antes de volver a besarlo.

Sí, el infierno se congelaría antes de que ese absurdo matrimonio con Mozu se llevara a cabo.

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Fin (?)

N/A:

Aquí una secuela innecesaria pero que de igual manera existe XD

¿A quién engaño? Me gusta mucho este UA 7u7

Y pues nada, aprovechando un poco del tiempo libre fue que decidí hacer está segunda parte… y porque no quise escribir el siguiente capítulo de Giros del Destino XD al menos no todavía…

En fin, fue algo largo y quizá esta vez si sea el final… creo… puede ser n.n

Espero les gustara y me dejen saber sus opiniones al respecto :3

¡Hasta la próxima!