-Muy bien, señorita. Dígame cuáles son los elementos más abundantes de la corteza terrestre y la dejaré pasar. -Ishigami Senkuu le sonrió ampliamente a Kohaku, mirándola de pies a cabeza como si quisiera devorarla tan pronto como fuera posible.
-Sí, profesor. -la rubia hizo una pequeña reverencia. -¿Litio…?
El hombre negó con la cabeza, frunciendo el ceño como si estuviese profundamente molesto, y Kohaku rio para sus adentros.
La primera vez que jugaron a esto no empezó realmente como un juego. Kohaku necesitaba aprobar uno de sus ramos para la universidad y él se había ofrecido a ayudarle. En ese entonces, solo eran buenos amigos, y se habían mantenido como tales por un tiempo, hasta que sucedió -para ese entonces- lo más inesperado: Senkuu le había propuesto jugar.
Y el juego consistía en que, si respondía bien algo, la dejaría "pasar", pero de lo contrario, tendría que castigarla.
"¿Castigarme cómo?" había preguntado Kohaku, inocentemente, lo suficientemente competitiva y enamorada de su amigo como para aceptar el reto antes de que siquiera le explicara qué tenía en mente.
Había pensado en trabajo pesado, favores absurdos, e incluso algo de dinero, pero la joven deportista nunca imaginó que se encontraría sentada en la orilla de su propio escritorio con las piernas abiertas de par en par mientras Senkuu introducía dos dedos dentro de ella y se los llevaba a la boca justo después de hacerla correrse.
Había pasado más de un año desde aquella vez y Kohaku se sentía insaciable, aun cuando tuvieran una vida sexual bastante activa.
De nada ayudaba que su novio estuviese trabajando como profesor en su misma universidad, y menos que ella estuviera visitándolo de improviso tras un mes completo en que la joven estuvo viajando.
Kohaku había planeado todo desde que llegó a Japón: entró a su departamento, se hizo algo de comer, se duchó, se colocó su antiguo uniforme escolar que aún tenía guardado y se dirigió a la Universidad, esperando a que su novio saliera de clases para ir a visitarlo al aula magna donde las impartía.
La expresión de Senkuu lo decía todo: sorpresa, felicidad y, sobre todo, deseo.
-¿Alguien te vio entrar? -el científico preguntó, con la voz agravada.
-No, profesor. -Kohaku respondió suavemente, acercándose a su novio con lentitud, contoneando sus caderas exageradamente.
Realmente extrañaba su irritante sonrisa y la manera en que la miraba.
-Tome asiento entonces. -Senkuu señaló con la mirada hacia el pupitre inmediatamente frente a él, y Kohaku se sentó obedientemente.
-Profesor Ishigami, me temo que no podré aprobar biología con las calificaciones que tengo, y realmente necesito hacerlo. Necesito tener mis estudios para poder pagar el tratamiento de mi hermana.
Kohaku intentó no reír. Le gustaba agregarle algo de drama a la historia, y sabía que a Senkuu también.
-Veré qué puedo hacer por usted. -el peliverde simuló revisar en su libreta. -¿Cuál es su nombre?
-Kohaku.
-Ah, Kohaku. Aquí tengo que necesitas dos décimas para pasar mi curso.
-Sí, señor.
-Entonces evaluemos cuánto sabe. -Senkuu se puso de pie y cruzó ambos brazos alrededor de su pecho, acomodando sus anteojos y acercándose lentamente a ella.
-De acuerdo.
-Muy bien, señorita. Dígame cuáles son los elementos más abundantes de la corteza terrestre y la dejaré pasar.
Kohaku sonrió. Sabía muy bien cuáles eran: lo había repasado una infinidad de veces cuando iba a la escuela, pero responder correctamente no era parte del juego. Así que, poniéndose de pie y haciendo una pequeña reverencia, dijo lo primero que se le vino a la mente:
-¿Litio…?
El gesto de Senkuu fue genuinamente gracioso. Siempre había sido particularmente sensible con las respuestas erróneas, tratando de corregirlas lo más pronto posible.
Pero ahora no era momento para eso.
-Acércate.
Kohaku tragó saliva cuando Senkuu la inspeccionó con la mirada.
-Parece que también tiene problemas siguiendo la normativa del uniforme. -el peliverde llevó una mano al cuello de su camisa, tirando de ella hasta soltar unos cuantos botones hasta llegar al que cubría su ombligo.
Kohaku sintió cómo sus mejillas y su pecho se teñían de rojo. Pero era tan vergonzoso como excitante el hecho de que alguien pudiese entrar en cualquier momento.
-Carbono. -la rubia continuó, una vez que Senkuu pareció satisfecho con su pequeño castigo.
-No. Ese es de los organismos vivos. -el científico replicó, casi con un gruñido, antes de llevar una mano hacia el pecho de Kohaku y remover su sostén hacia un lado, dejando que sus pezones rozaran contra la palma de su mano por unos segundos antes de pellizcarla.
-Fósforo. -Kohaku dijo rápidamente luego de pegar un brinco. Las manos de su novio estaban algo frías y contrastaban con el calor de su propia piel.
-Es la tercera vez que se equivoca. Eso está mal. -una sonrisa macabra se formó en el rostro de Senkuu, quien volvió a mirarla descaradamente de pies a cabeza. -Arrodíllese.
La joven lo miró algo incrédula: eso sería realmente arriesgado.
Sin embargo, Kohaku no estaba dispuesta a parar: no estaba dentro de sus planes. Así que, obedientemente, se agachó hasta que sus rodillas tocaron al suelo y miró al peliverde desde ese nivel.
-Debe ganarse otra oportunidad. -murmuró Senkuu, llevando una mano hacia la mejilla de la rubia para acariciarla suavemente, en contraste con sus palabras.
-Sí, profesor. -Kohaku asintió, mirando hacia la entrepierna del peliverde para notar su miembro duro, constreñido por la tela del pantalón.
-Usted sabe qué hacer, ¿no?
Kohaku volvió a asentir, tragando saliva. Sus manos viajaron lentamente hacia el cinturón del científico y comenzó a desabrocharlo a la misma velocidad, sabiendo que eso lo volvía loco. Su ropa interior, una vez que bajó el cierre del pantalón, estaba húmeda con sus fluidos, e hicieron que la boca de la rubia se aguara.
Lo besó por sobre la tela de su ropa interior, suavemente, deleitándose con el aroma a detergente de ropa mezclado con el de su sexo, y lo desnudó rápidamente para acariciarle con la mano su base y guiarlo a su boca. Primero, rodeó con su lengua el glande del científico, y luego, intentó hundirlo por completo en su boca, succionando una vez que estuvo en su límite.
El grave gemido de Senkuu no pasó desapercibido para ella, y la llevaron a continuar con sus ministraciones de manera más intensa, ayudándose con la mano para llegar a donde no alcanzaba y jugueteando con su lengua. A pesar de que él no dijera nada, Kohaku sabía que lo estaba disfrutando por la manera en que tironeaba de su cabello y movía sus caderas casi involuntariamente, además de la intensa mirada que le dedicaba.
Senkuu se separó de ella abruptamente cuando Kohaku comenzó a tomarlo más profundamente, y respiró agitadamente por unos segundos antes de guiarla con su mano en la nuca de la rubia para que se pusiera de pie nuevamente.
-Buena chica. Ha ganado otra oportunidad. -Senkuu le quitó las manos de encima.
Kohaku se limpió los labios con el reverso de la mano e intentó ocultar su sonrisa.
-¿Oxígeno…?
El científico sonrió ampliamente, acercándose a ella lentamente.
-Muy bien, voltéese. -ordenó, y la joven obedeció rápidamente. -Ahora apoye las manos en su escritorio e inclínese.
Kohaku se estremeció con la voz de su novio, y lo obedeció al pie de la letra. El aire frío sobre sus muslos hizo que su piel se erizara.
Senkuu recorrió sus piernas lentamente, acariciándola con ternura. Kohaku disfrutaba mucho del contraste entre su autoritaria voz y la manera en que la tocaba a veces, y tuvo que ahogar un gemido cuando el peliverde corrió su ropa interior hacia un lado e hizo presión sobre su clítoris.
-¿Tan húmeda y solo por chupármela? -el científico introdujo un dedo dentro de ella, sin dejar de estimularle el clítoris.
-Sí, profesor. -gimoteó Kohaku.
-Mmm. Eso merece una décima completa. -Senkuu sumó otro dedo y llegó más profundo, formando una especie de gancho con ambos para alcanzar su punto G, lo que hizo a Kohaku brincar y empapar aún más los dedos del peliverde. -Continúe.
-Ahh… silicio. -Kohaku apretó los labios.
-Correcto.
Lo escuchó arrodillarse en el suelo y se sintió mareada y estática. Si alguien los llegaba a ver así sería algo realmente vergonzoso, pero ya no importaba: no cuando Senkuu la recorrió con la lengua, abriendo sus piernas ligeramente para succionar su clítoris y luego introducirla dentro de ella.
Kohaku se contrajo alrededor de su lengua. Era a veces ridículo lo rápido que Senkuu podía llevarla al orgasmo. Pero, así como podía complacerla, también podía dejarla queriendo más.
-El oxígeno y el silicio no son los únicos componentes, señorita. -el científico habló, con su voz cargada de lujuria, tras separarse de su sexo.
-¿Manganeso…? -Kohaku musitó.
No podía culparla: estaba ansiosa por conocer su castigo.
Gimió sonoramente cuando estampó la palma de su mano en su nalga e incrustó sus uñas en la otra luego de volver a ponerse de pie tras ella.
-Aluminio. -la rubia dijo, con seguridad, mirándolo por el rabillo del ojo y conectando con su mirada una vez que volvió a sentir su dedo entre sus piernas como recompensa.
-Hierro. -Kohaku sonrió, y el asintió.
-Ahora voltéese y siéntese en el escritorio.
-Sí, profesor. -la joven dio la media vuelta y subió al escritorio, mirándolo con malicia.
-Abra sus piernas. -ordenó, y la observó de pies a cabeza, relamiéndose una vez que sus ojos se fijaron en los labios de Kohaku.
Esta vez, la rubia se tardó en seguir sus instrucciones, resultando en un desesperado gruñido de parte del peliverde, quien parecía perder la paciencia.
Cuando se acercó a ella, Senkuu se dirigió a su cuello para besarla allí, mientras con su mano la recorría completa y detalladamente, deteniéndose a sentir el peso de sus pechos y los músculos de su abdomen.
-Calcio.
-Mmmm. -Senkuu murmuró sobre su piel y el cuerpo de Kohaku vibró con él. Sus manos se dirigieron a las piernas de la rubia para levantarlas mientras comenzaba a penetrarla, lentamente.
Siempre le dolía al principio, pero pronto se acostumbraba, y Senkuu siempre tenía cuidado, aun cuando estuviese muy desesperado por ella.
-Más le vale no volver a equivocarse. -el científico le susurró al oído, moviendo sus caderas lentamente dentro de ella.
-S-sí, profesor… -Kohaku balbuceó, intentando coincidir el movimiento de su pelvis con la de Senkuu. -Me esforzaré.
El científico comenzó a moverse fuera de ella hasta que llegó a la punta, y gruñó cuando sus paredes lo apretaron como queriendo retenerlo.
-Sodio… -la rubia murmuró antes de ahogar un grito cuando sintió a su novio volver a penetrarla, llegando más profundo que la vez anterior y sosteniéndole la cintura en el intertanto.
Sí que lo extrañaba. Extrañaba la forma en que la miraba y cómo entraba y salía de ella de manera que la mantenía siempre al borde del éxtasis, logrando que, al final, su orgasmo llegara con tanta fuerza como para hacerla temblar.
-¿Cromo…? -Kohaku se equivocó a propósito, y la mirada algo cabreada de su novio casi la hace reír a carcajadas.
-No. -gruñó.
Pero en lugar de salir de ella, y dejarla con ganas de más, Senkuu le llevó una mano al cuello, y lo rodeó con firmeza, provocando que su respiración se hiciera mucho más dificultosa.
Y no era porque se la estuviese cortando. En ese mismo momento, el peliverde se debió percatar de lo mucho que a Kohaku le estaba gustando el giro de eventos por como su cuerpo reaccionó, y que su forma de castigo no había sido para nada efectiva.
Pero ya no parecía importarle. Su mano siguió allí y sus caderas comenzaron a moverse más rápido.
-Potasio… -articuló ella, e inmediatamente Senkuu llevó su mano libre hasta el clítoris de la rubia, haciendo presión sobre este.
-Kohaku. -el científico le llamó la atención cuando sus paredes comenzaron a contraerse con fuerza alrededor de él. -Sea una buena chica y dígame el último elemento o tendré que correrme fuera… y sé que ninguno de los dos quiere eso.
-No, señor. -Kohaku tembló. -El último elemento… es el magnesio.
Senkuu le tapó la boca con un desesperado beso mientras la guiaba, con suma precisión, a uno de los orgasmos más potentes que Kohaku jamás había tenido. No sabía ya cuánto tiempo llevaban en ese lugar, pero el peligro de que alguien entrara por la puerta principal o los viera por la ventana era cada vez mayor. Y sin embargo, ahí estaba él, corriéndose dentro de ella como si nada le importara.
Nada más que ellos dos.
Era una de las muchas cosas que Kohaku amaba de Senkuu.
-Mierda, mis clases empiezan en menos de un minuto. -el científico la miró completa una vez más, antes de retirarse de ella y comenzar a vestirse rápidamente, instándola a que hiciera lo mismo.
Kohaku rio, traviesa, observando el aspecto desarreglado de su novio, mientras se arreglaba la blusa. Y sabiendo que no había tiempo para nada más, comenzó a abrir el ventanal para escaparse por allí.
-Espera, leona. -Senkuu la detuvo, acercándose a ella. -Ve a casa y abre el cajón con los cubiertos. Ahí está tu regalo de bienvenida.
-Ah, ¿te refieres a esto? -Kohaku alzó su mano, mostrándole el delicado anillo de plata con ámbares que había encontrado por casualidad cuando llegó de su viaje.
Senkuu la miró entre sorprendido y divertido.
-Si tu pregunta es si quiero casarme contigo, la respuesta es sí. Sí diez billones de veces. -Kohaku rio ligeramente, y abandonó la sala al momento en que sintió la puerta principal abrirse.
